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Full text of "Pájinas chilenas"

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I 


JOAQUÍN  DÍAZ  GARCES 

'  (ANJEL  PINO) 


3 


ajinas  Chilenas 


\ 


COLECCIÓN  DE  ARTÍCULOS, 
NARRACIONES  Y  CUENTOS  DE  1897  A  1907 


A, 


ILUSTRACIONES  DE  PEDRO  SUBERGASEAUX 


SANTIAGO  DE  CHILE 
Imprenta    "ZIg  -  Zag" 

1907 


1 


NvxK^i^ 


I 


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JOAQUÍN  ^az   OARCCS 

(AUJEL,  PINO) 


las 
lilenas 


ON  otí- artículos, 

ONES,  Y  éiJENTIlS 
J  A  19Cf.»  »'•; 


NB8  DB  riOUO  HUBBBTUEÁUX 


SANTIAGO  DE  CHILE 

Imprenta  -Zlg-Zaij.. 

1907 


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JOaQUIN_DISZ   OflRCES 

(ANJEI,  PINO) 


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COLECCIÓN  Dtó  artículos, 
NARRACIONES  t  CUENTOS 
DE     1897  A    I94>r     é  «  « 


E  FEDIUl  HUBBBTUCinK 


SANTIAGO  DE  CHILE 

Imprenta  ••Zig-Zan.. 

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Joaquín  Diaz  Bcsoain 


dedica  respetuosamente  este  home- 
naje de  cariño  filial  y  de  amistad. 

ei  ñüTOR 


'<> 


ñDUERTEHCIñ 


Asi  como  a  nadie  se  le  ocurre  confundir  al  monagruillo  que 
encuende  las  luces  del  templo,  abre  las  puertas  para  que 
enti-en  los  fieles  a  orar  y  coloca  los  vasos  sagrados  sobre 
^  el  ara;  con  el  levita,  que  oficia  en  los  altares,  ])redica 
desde  el  pulpito  o  reza  la  encendida  plegaria  desde  el 
coro;  he  cmdo  siempre  que  no  debe  confundírsenos  a  los  ])e- 
riodistas  que  impulsamos  los  diarios,  estos  rápidos  vehículos 
(le  la  idea,  de  la  información  y  de  la  propaganda,  con  el  hom- 
bre de  letras  que  en  la  intensa  jestacion  de  un  libro  estudia 
his  almas  v  sabe  conmoverlas. 

Foresta  razón  apenas  se  esplica  este  libro.  Formado  de 
Iiojas  sueltas  destinadas  a  desaparecer  revela  la  improvisa- 
cion  nerviosa  de  cada  dia,  nunca  la  meditación,  ni  el  estudio 
«le  una  verdadera  labor  literaria.  Como  el  vuelo  medroso  de 
una  golondrina  posada  sobre  los  hilos  del  telégrafo  levanta 
un  millar  de  otras  en  ajitada  fuga,  así  los  cuatro  o  cinco  ar- 
tí(*ulo8  que  hemos  querido  salvar  del  olvido,  han  traido  con 
tallos  un  centenar  que  solamente  como  brisas  fugaces  conser- 
van cierto  recuerdo  de  una  hora  pasada. 


VI 


Sentados  a  la  mecia  en  la  mañana,  pura  el  diario  de  la  tar- 
de, o  en  la  noche  para  el  diario  de  la  mañana  (1)  recorriendo 
febrilmente  las  carillas  ven  viándoselas  en  una  racha  violen, 
ta  a  lajs  linotipias  ¿pueden  merecer  esos  artículos  vivir  mas 
(]ue  la  efímera  hoja  en  que  aparecieron?  Uno  que  otro,  de  los 
dos  mil  escritos  en  diez  años  de  periodismo,  pueden  salvarse 
ante  la  benevolencia  de  lectores  y  críticos,  porque  su  inten- 
ción y  pensamiento  mas  duraderos  no  los  han  condenado 
aun  a  morir. 

Ademas  de  este  deseo  de  supervivencia  no  seria  honra- 
do negar  que  otro  i)ropósito  ha  sido  también  poderoso 
a<iuij(m  de  este  libro.  Desde  la  dirección  de  un  diario,  y  de  un 
diario  metropolitano,  se  consiguen  amigos.  Debo  confesar 
que  creo  tenerlos  desde  las  salitreras  hasta  los  bosques  del 
sur,  pocos  pero  decididos  y  sinceros.  Todos  ellos  o  han  desfi- 
lado por  la  capital  en  demanda  de  algo  y  han  encontrado 
justicia  y  apoyo  desinteresados,  o  han  hallado  cristalizadas 
sus  ideas  y  sus  aspiraciones  en  algún  artíííulo.  De  todos  estos 
luchadores  del  desierto,  del  valle  central  o  del  estremo  sur. 
he  esperado  hoí  un  amistoso  recuerdo  y  confiando  en  esa 
amistad  he  lanzado  este  libro. 

Algunas  pajinas  con  alusiones  ardientes  a  los  paises  veci- 
nos se  esplican  por  la  fecha  en  que  fueron  escritas.  Esa^  es- 
presiones disuenan  lioi  tanto  como  paivcieron  entonces  dis- 
cretas. El  ánimo  del  autor  ha  sido  borrarla. 

Las  pajinas  sobre  la  vida  del  cuartel,  escritas  cuando  i'ecieu 
tomaba  la  pluma,  se  comprenden  en  este  libro  por  el  esi)íritu 
que  los  insi)iró  durante  la  vijencia  de  la  lei  de  Guardia Nacio- 


(1)  EstoM  artículos  han  sido  escritos  en  SUR  cuatro  quintas  partes  para 
El  Mercurio  y  Ultimas  Noticias  de  Santiago  y  han  sido  insertados  también 
en  Yalparaiso  en  ]as  ediciones  de  la  misma  empresa  Alg^unos  del  primer 
tiempo  aparw'ieron  en  El  Chileno  y  otros  en  las  iwiHtas  ilustradas  Instan- 
tSneas  y /Afr-Zufí. 


VII 


nal.  Desgraciadamente  el  entusiasmo  de  entonces  no  acompa- 
ñó a  la  lei  de  servicio  oblijL>:atorio  que  vino  en  seguida. 

En  fin,  el  autor  que  rara  A'ez  retrocedió  ante  la  inserción 
de  un  artículo  en  los  periódicos,  aunque  le  constaran  las 
deficiencias  de  la  forma  y  el  fondo,  tiembla hoi  al  cerrar  estas 
pajinas.  Y  es  que  el  i)eriódico  pasa  tanto  mas  rápidamente  que 
el  libro!  Confiamos  (pie  la  jeneral  benevolencia  y  los  nombres 
con  que  hemos  encabezado  estas  pajinas  han  de  traerle  bue- 
na fortuna. 


.    V 


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i 


jonquiM^flz  oaRCES 

(ANJEL   PINO) 


f- 

las 


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menas 


BN  Btí  artículos,  ; 

ONES.T  CÍÍENTÍÍS 

r  A  i9cr  .■-#».» 


tea  DB  PBDKO  DUBIBCiaElUX 


SANTIAGO  DE  CHILE 
Imprenta  "Zlg-ZaK., 

ieo7 


parte  de  sus  ramas  sobre  la  casita  blanca  con  techo  de  totora;  en 
el  corredor,  eternamente  la  Andrea,  su  mujer,  lavando  en  la  arteza 
una  ropa  mas  blanca  que  la  nieve;  una  montura  llena  de  pellones 
y  amarras  colgada  sobre  un  caballete  de  palo;  y  dos  gansos  chi- 
llones y  provocativos  en  la  puerta,  amagando  eternamente  nuestras 
medias  rojas  que  parecían  indignarles. 

Cada  año,  cuando  a  vuelta  de  los  exámenes  llegábamos  a  las 
casas  de  los  Sauces,  nuestra  primera  visita  era  a  la  Andrea,  que 
suspendía  el  jabonado  de  la  ropa  para  lanzar  un  par  de  gritos  de 
sorpresa  y  llorar  después  como  una  chica  consentida.  Siempre  nos 
encontraba  mas  altos,  mas  gordos,  mas  buenos  mozos  (con  per- 
don)  y  concluía  por  ofrecernos  el  obsequio  de  siempre:  harina  tos- 
tata  con  miel  de  abejas. 

Después  habia  que  ir  a  buscar  a  ño  Neira,  seguramente  ron- 
dando por  los  cerros.  Desde  lejos,  al  recodo  del  camino,  nos  cono- 
cía el  capataz  y  pegando  espuelas  a  su  mulato,  llegaba  como  un 
celaje  hasta  nuestro  lado.  Qué  risas,  qué  esclamaciones,  qué  aga- 
sajos; a  nuestros  cigarros  correspondía  con  nidos  de  perdices  que 
ya  con  tiempo  tenia  vistos  entre  los  boldos  y  teatinas,  y  comenzaba 
a  preguntamos  de  todo,  de  si  habría  guerra,  de  sí  habíamos  con- 
cluido la  carrera,  de  si  habíamos  encontrado  novia.  Pero  lo  debe- 
mos repetir  que  aun  andábamos  de  calzón  corto,  y  sí  nó,  ahí  esta- 
ban los  ganzos  de  la  Andrea  que  nos  dieron  mas  de  un  picotazo 
en  las  piernas,  débilmente  defendidas. 

Desde  nuestra  llegada  a  los  Sauces,  ño  Neira  no  daba  un  paso 
sin  nosotros:  yo  a  su  lado,  mi  amigo  al  otro.  ¡Qué  preguntar,  y 
averiguar  y  curiosear! 

Terminaba  ño  Neira  de  responder  y  ya  le  caía  una  nueva  pre- 
gunta encima  y  si  é^  tenia  placer  en  contestarnos,  no  lo  teníamos 
menor  nosotros  en  oír  su  lenguaje  espresívo,  su  peculiar  manera 
de  comerse  las  palabras,  y  hasta  el  colorido  especial  con  que  lo 
revestía  todo. 

Dos  años  dejé  de  ir  a  los  Sauces,  y  cuando  ya  bachiller  en 
humanidades  me  lo  permitieron  mis  padres,  avisé  a  mi  amigo 
coniin  telegrama  que  en  el  tren  espreso  de  la  mañana  dejaba  a 
Santiago.  Al  llegar  el  tren  a  la  estación,  estaba  él  allí  a  caballo, 
con  el  mío  a  su   lado  y  el  sinúente  apretandc»  cuidadosamente 


la  cincha.  Un  abrazo  entusiasta,  las  preguntas  de  estilo  sobre 
nuestras  familias  y  ¡a  caballo! 

— ¿Qué  llevas  ahí? — me  preguntó  mi  amigo,  aludiendo  a  un 
paquete  que  asomaba  a  mi  bolsillo. . . 

— Un  corvo  para  ño  Neira. . . 

— ¡Bien  le  hubiera  venido  cuando  lo  asesinaron! 

— ¡Cómo!  ¿A  ño  Neira?  ¿Es  posible? 

Y  entonces  se  me  escapó  una  pregunta,  la  única  que  podia  ha- 
cerse tratándose  del  valiente  capataz: 

— ¿Y  Neira  se  dejó  asesinar? 

— Te  lo  contaré  todo — me  dijo  mi  amigo — pero  apura  el  paso 
porque  nos  va  a  pillar  la  noche  en  el  camino,  y  en  casa  estarán 
con  cuidado. 

Y  tomamos  trote  por  la  alameda, 

VÉ    »    Vi 

Lo  que  de  mi  amigo  oí  y  que  me  conmovió  profundamente,  es 
lo  que  cuento  en  seguida,  tres  años  desp  uesde  la  muerte  de  Neira. 

Ño  Neira  estaba  sentenciado.  En  nuestros  campos  se  dá  a  esta 
palabra  una  importancia  escepcional.  El  capataz  dio  un  día  de  chi- 
cotazos a  un  individuo  de  mala  índole,  a  quien  habia  pillado  en 
un  robo,  negándole  en  seguida  todo  trabajo  dentro  del  fundo. 
Este  habia  «sentenciado»  a  Neira. 

— Deja  no  mas; — le  dijo — algún  dia  nos  encontraremos  solos. 

Neira  se  encojió  de  hombros;  bien  sabia  él  que  .al  infeliz  no  le 
convenia  ponérsele  solo  por  delante;  lo  malo  era  que  buscaría  una 
cuadrilla  para  asaltarle.  Pero  en  fin,  ¿no  tenia  él  en  su  silla  un 
cuchillo  que  ya  le  habia  servido  muchas  veces  para  defenderse? 

Pasaron  los  dias.  Neira  no  faltaba  ninguno  a  su  ronda  del  cerro 
y  paso  a  paso  regresaba  al  caer  la  tarde  para  llegar  hasta  la  casa 
del  administrador  y  decir  que  no  habia  novedad  en  el  ganado. 

Un  dia  fué  al  cerro  con  su  hijo  mayor,  un  muchachito  de  doce 
años,  con  grandes  ojos  negros,  fiel  retrato  de  su  padre  y  fundada 
esperanza  de  los  patrones  de  los  Sauces.  Llevaba  al  chico  por  de- 
lante de  la  silla  y  conversaba  con  él.  mientras  mas  abajo,  en  el 
plan,  la  vieja  Andrea,  de  cabeza  sobre  la  ropa,  la  hacia  levantar 


lavaza  y  blanquísima  espuma  de  jabón,  al  restregarla  entre  sus 
manos. 

Llegaba  la  tarde,  y  el  sol  poniente  sin  rayos  ya  y  convertido  en 
un  disco  rojo,  se 
iiundia    como    un 
rei  depuesto,  l'na 
desordenada  orjia 

de  colores   inun-  ~~ 

daba  el  horizonte 
y  el  resto  del 
cielo  era  intensa-  i 
mente  azul  y  lim- 
pio de  nubes  blan- 
cas. 

¿Quién  no  ha  visto 
los  cerros  chilenos 
cubiertos  de  boldos? 
Un  faldeo  gris,  con 
manchas  doradas  de 
teatinas;  algunos  quis- 
cos  que  se  levantan 
como  brazos  armados; 
y  los  boldos  del  mas 
oscuro  e  intenso  verde 

recen  escalar  el   cerr  ; 

peregrinos  hacien<  * 

tencia. 

En  la  plana  superí 
Neira    se  habla    dest 
para   apretar  la  cinch 
echar  una  pitada  al  aire.  El  chico  se  ha,- 
bia  puesto  a  andar  en  busca  de  algunos 

guillaves  maduros  , .  De  repente,  Neira  creyó  notar  que  un  boldo 
se  movía:  tomó  una  piedra  pequeña  y  la  arrojó. 

Un  individuo  se  separó  del  árbol  y  comenzó  a  andar  en  su 
dirección  silbando  alegremente.  Una  mirada  solo  bastó  para  hacer 
comprender  a  Xeira    que    estaba  frente  a  una  emboscada:    el 


gañan  que  tenia  por  delante  era  el  que  lo  habla  «sentenciado»  y  no 
habla  sido  tan  necio  para  ir  solo  a  buscarlo  al  cerro.  Con  una 
mano  se  palpó  la  cintura,  y  al  encontrarse  allí  su  corvo  de  los  días 
de  fiesta,  sacó  con  la  otra  la  tabaquera,  y  se  puso  a  liar  un  cigarro. 

— ¿Estabas  escondido?  ¿ah? — preguntó  burlonamente  vaciando 
el  tabaco  en  la  hoja  de  maiz. . . 

— Superándolo,  ño  Neira. 

— ^No  vendrás  solo,  por  supuesto — continuó  el  capataz— no  sois 
vos  de  los  que  pelean  cara  a  cara. . 

— Eso, . .  ¡quién  sabe,  iñor! —  y  d  gañan  avanzaba  lentamente, 
como  avanza  un  gato,  arrastrándose  casL 

— Bueno,  párate  un  poco  y  déjame  pitar  este  cigarro.  Hai 
tianpo. . . 

El  peón  se  paió.  O  era  admiración  o  era  miedo;  pero  el  asesino 
quedó  dudando. 

Neira  chupaba  de  prisa  un  cigarro,  porque  le  debia  quedar  poco 
tiempo.  £1  sol  apenas  asomaba  ya  un  estremo  de  su  disco  rojo, 
que  parecía  mancha  de  sangre,  y  las  sombras  alargadas  de  los  bol- 
dos^  duplicaban  el  número  de  peregrinos  que  escalaban  el  faldeo  y 
parecían  apurarse  para  que  no  les  pillara  la  noche  en  tarea  tan 
pesada. 

Ei  cigarro  se  concluía  y  Alegría  se  pasaba  la  mano  por  la  cin- 
tura buscando  algo. 

— ^Tu— dijo  Neiía,  tomando  del  brazo  al  chico — te  pones  detras 
de  mí,  y  no  te  mueves.  ¡Cuidado  con  llorar!. . . 

Y  una  mirada  lanzada  abajo  a  la  llanura,  lo  hizo  recordar  a  la 
vieja  que  probablemente  colgaba  en  ese  momento  la  ropa  en  el 
cordel!. . . 

Después  puso  la  mano  en  la  cacha  de  su  corvo,  enrolló  con  el 
otro  brazo  su  poncho  negro  de  castilla  y  le  dijo  el  gañan: 

— ¡No  te  espongais,  Alegría!  Llama  a  tus  amigos.  No  ensucio 
mi  corvo  de  los  domingos  en  tí  solo. 

Un  subido  sonó  y  Alegría  volvió  la  cabeza  para  ver  si  estaban 
todos.  Cinco  hombres  caminaban  subiendo  a  saltos,  y  buscándose 
los  cuchillos  en  la  cintura. 

— Ño  Neira,  le  ha  llegao  su  hora. 

— Y  la  tuya  tamien,  cobarde. . . 


8 

Y  de  un  salto  todos  estuvieron  encima  del  capataz  que  se  echó 
atrás  y  levantó  el  brazo  en  que  tenia  envuelto  su  poncho. 

En  ese  instante  el  crepúsculo  invadía  con  su  indeciso  y  vago 
resplandor  las  cosas  todas  haciendo  ya  difícil  distinguir  los  obje- 
tos. Neira,  con  los  ojos  fruncidos  para  ver  mejor,  se  colocó  de  un 
salto  fuera  de  este  círculo  en  que  alevosamente  le  podían  matar 
como  un  perro,  pensando  en  defender  su  espalda  y  ese  pedazo  de 
su  corazón  que  tras  de  ellas  se  refujiaba  llorando  a  gritos. 

Alegría  logra  alcanzarle  un  brazo  con  la  punta  del  cuchillo,  al 
mismo  tiempo  que  otro  de  los  bandidos  le  estrella  el  suyo  en  las 
costillas.  Neira  se  contenta  con  defenderse  barajando  los  golpes. 
De  repente  el  viejo  capataz  se  trasforma,  es  el  soldado  del  Valdivia 
y  el  saijento  del  Buin,  las  dos  heridas  le  arden  y  lo  irritan  como  a 
un  toro  bravo,  y  en  vez  de  huir  del  círculo  que  lo  quiere  estrechar, 
salta  adelante  y  hace  silbar  el  aire  con  la  mas  fiera  de  las  cuchi- 
lladas que  ha  dado  brazo  chileno. 

Uno  de  los  bandidos  se  desploma  y  cae  y  la  furia  de  los  otros  se 
duplica  en  medio  de  rujidos,  amenazas  e  insultos.  Neira  es  una 
fiera;  tan  pronto  acomete  cómo  se  defiende;  ya  la  batalla  es  silen- 
ciosa y  solo  se  siente  el  ronquido  del  que  agoriza  y  el  aliento  ja- 
deante y  cortado  de  los  que  se  acuchillan.  Todos  están  tan  juntos 
que  cada  cuchillada  de  ellos  encuentra  por  delante  la  vigorosa 
carne  de  Neira,  y  todo  avance  del  heroico  capataz  abre  un  vientre 
o  rasga  un  pecho. 

En  el  momento  en  que  las  sombras  se  hacen  mas  densas,  surje 
de  abajo  del  llano,  una  voz  que  todos  han  oído  con  la  cabeza  des- 
cubierta. . .  Es  la  campanilla  del  fundo  que  toca  el  «Ángelus»,  y  que 
el  viento  hace  aparecer  a  ratos  como  un  jemido  y  a  ratos  con  una 
voz  de  mujer  que  llama. 

Pero  hay  demasiada  sangre  para  que  al  través  de  ella  se  sienta  y 
se  mire.  Los  cuchillos  se  chocan,  el  corvo  entra  cada  vez  hasta  la 
empuñadura  y  la  sangre  corre  cerro  abajo  en  un  delgado  chorro 
que  va  rodeando  las  piedras  y  abriéndose  paso  al  través  de  las 
matas.  Pero  los  bandidos  están  sintiendo  ya  el  vigor  de  Neira, 
porque  otro  de  ellos  cae  al  suelo  en  fuerza  de  la  sangre  perdida,  y 
el  capataz  no  da  muestras  de  cansancio. 

El  asedio  aumenta,  el  capataz  abraza  a  Alegría  que  lia  errado  un 


lO 


golpe  y  trata  de  estrangularlo  con  sus  manos;  pero  al  verlo  inde- 
fenso los  otros  In  acribillan  a  puñaladas.  Neira  lanza  un  grito  de 
angustia  y  cae  al  suelo  abrazado  con  su  enemigo.  £1  combate  ha 
llegado  a  un  momento  supremo  y  desesperado.  Neira  ya  no  es 
temible  para  los  otros  y  todos  sus  esfuerzos  se  concretan  a  estran- 
gular a  Alegría  que  se  retuerce  desesperadamente  en  el  suelo 
mientras  sus  vigorosos  dedos  apretan  y  apretan  el  pescuezo  ensan- 
grentado del  traidor,  y  se  sumen  entre  las  secas  fauces  que  todavía 
lanzan  ronquidos  de  ira. 

Los  tres  bandidos  comprenden  que  aquello  ha  terminado  y 
echan  a  correr.  Neira  salta  del  suelo,  abandonando  a  su  victima  y 
quiere  alcanzarlos  y  apuñalearlos  por  la  espalda,  pero  siente  que 
vacila  como  un  ebrio  y  tambaleando,  vuelve  donde  su  hijo,  que 
pálido  y  desencajado,  no  puede  ya  ni  llorar. 

— jAsesinos! — alcanza  a  gritar. — ¡Infames!  ¡Cobardes! — y  rueda 
por  el  suelo  al  lado  de  los  tres  cadáveres  que  no  valen  juntos  lo 
que  vale  una  gota  de  sangre  de  ese  héroe. 

Y  la  noche  cae  con  toda  su  pavorosa,  helada  e  inliospitalaria 
oscuridad. 

Largo  rato  Neira  respira  fatigosamente  y  el  chico  inclinado 
sobra  él,  calla  lleno  de  estupor  y  de  miedo.  De  repente  el  capa- 
taz se  incorpora,  se  arrastra  hasta  un  árbol  y  tomándose  de  él  logra 
ponerse  de  pié. 

— Trae  el  mulato — alcanza  a  decir. 

El  chico  lleno  de  sangre  también,  aunque  no  herido,  pálido  como 
un  cadáver,  se  acerca  a  tientas  al  mulato  y  vuelve  con  él  paso  a 
paso.  Pero  Neira  ha  vuelto  a  caer  al  suelo  desfallecido  y  solo  tiene 
fuerzas  para  quejarse. 

— ¿Está  el  caballo?— pregunta  cdn  voz  apenas  perceptible. 

—Sí,  taitita, 

— Bueno. 

Y  de  un  nuevo  esfuerzo  Neira  está  de  pié,  tomando  a  su  hijo  lo 
coloca  sobre  el  mulato  que  pacientemente  tasca  el  freno.  En  se- 
guida, reúne  todas  sus  fuerzas  y  poniendo  un  pié  sobre  el  estribo 
logra  montar  dolorosamente  no  sin  que  se  le  escape  un  quejido 
de  angustia  y  sufrimiento. 

El  caballo  comienza  a  marchar.  Neira  siente  abiertas  todas  las 


II 


heridas  y  el  calor  de  la  sangre  que  corre  a  través  de  su  cuerpo 
y  de  su  ropa.  Pero  no  importa;  el  capataz  quiere  llegar  solo  a  las 
casas  del  administrador  y  pronunciar  las  palabras  sacramentales  de 
todas  las  tardes: 

— No  hai  novedad  en  el  ganado. — Y  después  agrega  en  voz  baja 
al  oido  de  su  hijo — me  llevarás  a  mi  casita  para  morir  tranquilo  en 
mi  cama,  porque  estoi  mui  cansado.  Ahí  está  la  cruz  con  que  murió 
mi  padre  y  también  quiero  yo  que  me  la  ponga  la  Andrea  sobre  el 
pecho. 

Pero  ya  era  tarde.  Neira  sintió  un  desvanecimiento  y  cayó  al 
suelo  como  un  tronco  que  se  desploma  £1  mulato  dio  un  brinco  y 
arrancó  furiosamente  alameda  abajo,  mientras  el  chico,  aferrado  a 
la  silla,  creia  llegado  su  último  momento.  £1  caballo  detuvo  su 
galope  frente  a  la  casa  del  administrador,  donde  casi  todos  los  vi- 
vientes del  fundo,  alarma4os  por  la  larga  demora  de  Neira,  se  apro- 
visionaban de  luces  para  ir  al  cerro  en  su  busca. 

£1  chico  filé  tomado  en  brazos,  interrogado,  suplicado,  pero  solo 
podia  leerse  en  sus  ojos  dilatados,  que  habia  ocurrido  algo  mui 
grave  al  capataz. 

Y  todos  los  vivientes,  incluso  la  Andrea  y  el  administrador,  se 
pusieron  en  marcha,  y  gran  parte  de  esa  noche  se  sentían  gritos 
de  hombres  y  mujeres,  que  el  eco  respondía  pavorosamente: 

— ¡Ño  Neira!  ¡ño  Neira! 

Y  Neira  veia  a  lo  lejos  las  luces  que  le  buscaban,  como  ánimas 
errantes  que  lo  llamaban  a  sí.  Su  pecho  latia  como  una  caldera 
próxima  a  estallar,  y  sus  labios  convulsos  y  ensangrentados,  que- 
rían en  vano  responden  ¡aquí  estoi!  Pero  la  voz  moría  en  la  seca 
garganta  y  solo  sallan  las  palabras  en  secreto  como  si  fuera  una 
confesión. 

Por  fin  las  luces  se  acercaron,  y  el  primero  que  llegó  al  lado  de 
Neira  fué  don  José,  el  administrador,  que  se  inclinó  paternalmente 
sobre  el  capataz  sumido  en  un  estenso  charco  de  sangre  y  palpi- 
tando como  una  fiera  cansada: 

Neira  reunió  sus  últimos  esfuerzos,  el  último  resto  de  su  asom- 
brosa vitalidad  y  dijo  con  voz  entera: 

— No  hai  novedad. 

Y  fueron  las  últimas  palabras  del  valeroso  capataz  de  los  Sau- 


ees.  Siguiendo  la  lioea  de  sangre  que  se  veía  en  el  camino  dieron, 
casi  a  media  noche,  con  los  tres  cadáveres  de  los  bandidos,  y  allí 
pudieron  medir  el  heroísmo  de  Juan  Xeira,  el  ex-soldado  del  Val- 
divia y  ex-sarjento  del  Bnin. 

— ¡Sesenta  cuchilladas  tenia  en  cl  cuerpo! — me  dijo  mi  amigo. 
— ¡Pobre  Neira! 

•K    «    1S 

Al  dia  siguiente  fui  al  cerro,  solo,  y  me  arrodillé  al  lado  de  la 
verja  de  madera  con  que  se  había  rodeado  tina  modesta  crucecita 
que  recordaba  el  sitio  del  asalto.  Allí  recé  por  el  alma  de  Juan 
Neira,  el  mas  valeroso,  bueno  y  leal  de  los  servidores.  jQué  cora- 
zonazo  tan  grande  habia  en  ese  cueqjo  tan  robusto! 

Ese  hombre,  instruido,  habría  sido  un  jeneral  formidable,  un 
león  de  tos  combates;  malo  habria  sido  el  mas  fiero  bandido  de  la 
sierra. 

En  cambio  fué  leal  como  un  perro  guardián,  bueno  como  leche  y 
valeroso  como  un  tigre. 


SEBOUlñ 


NO  habría  podido  decir  qué  hora  era.  Algo  desvelado,  me 
daba  \nieltas  y  mas  vueltas  en  la  cama,  poniendo  cuitado 
oido  a  esos  lejanos  clamores  del  campo,  que  forman  un  con- 
fuso y  apagado  murmullo  que  no  se  sabe  si  es  el  rumor  del 
silencio  o  es  el  silencio  del  rumor. 
De  repente,  en  medio  de  los  ladridos  de  los  perros  y  del  lejano 
canto  de  un  gallo  trasnochador,  me  pareció  sentir  el  galope  de  un 
caballo.  Claras  y  distintas  se  sentían  las  pisotadas  en  la  tierra  en- 
durecida del  camino;  claras  y  distintas  cada  vez  mas,  porque  indu- 
dablemente se  trataba  de  una  carrera  vertijinosa  que  iba  a  tener 
su  fin  en  el  patio  de  nuestras  casas. 

Contuve  la  respiración,  salté  sobre  la  cama,  y  oí.  El  galope  se- 
guía, seguia,  atravesaba  ya  el  pedregal  cercano  del  patio  y  se  estre- 
llaba por  fin  ruidosamente  cerca  del  corredor,  donde  sentí  el  jadeo 
desesperado  del  caballo.  Un  instante  después  dos  golpes  sonaron 
en  mi  ventana. 
— ¿Quién  es? 

— El  patrón  don  Ignacio,  señor,  está  agonizando. 
La  voz  temblorosa  (jue  me  lo  dijo,  era  la  del  sirviente  de  don 


14 

Ignacio  García,  nuestro  vecino  del  otro  lado  del  Aconcagua,  vie- 
jecito  simpático  a  quien  debíamos  una  antigua  y  nunca  rota 
amistad 

Salté  del  lecho,  corrí  a  la  ventana  y  abrí  el  postigo.  Aun  estaba 
la  noche  oscura  como  una  boca  de  lobo.  Allí  supe  por  el  mensa- 
jero que  con  Ignacio  daba  las  últimas  boqueadas,  y  que  sus  hijos 
querían  que  les  acompañara  en  el  temblé  trance. 

No  sé  cómo  ensillamos  en  tan  poco  tiempo  al  mulato,  pillado 
con  grandes  dificultades  en  el  corralón  vecino  a  las  casas.  El 
hecho  es  que  me  di  tres  vueltas  a  la  garganta  con  un  pañuelo  de 
seda,  me  puse  el  poncho  mas  grueso  que  encontré  a  mano. . .  y  al 
galope! 

Cuando  atravesamos  el  rio,  prendía  ya  en  el  oríente  cierta  clari- 
dad indecisa,  que  mas  bien  semejaba  un  vapor  amaríllo,  suxjiendo 
de  la  tierra  como  una  gasa  que  desplegara  el  viento.  Al  llegar  a 
la  opuesta  orilla,  un  gallo  aleteó  sobre  un  matorral  y  lanzó  al  aire 
su  cacareo  vigoroso,  alegre,  vivaz  y  aijentino.  A  lo  lejos  sonó  otro 
cantCLmas  apagado  y  se  sucedieron,  rodando,  los  de  la  vecindad, 
precursores  infalibles  de  la  ya  cercana  aurora. 

Entre  tanto,  habíamos  vuelto  a  tomar  galope,  despertando  en 
todo  el  camino  a  los  perros  de  las  posesiones,  que  nos  perseguían 
furíosamente  un  buen  trecho  para  volverse  con  la  cola  entre  las 
piernas,  a  ocupar  su  puesto  de  vijilantes  centinelas.  De  repente, 
sonó  en  la  punta  de  un  álamo  el  metálico  graznido  de  una  lechuza. 
El  sirviente  acercó  su  caballo  al  mío  como  huyendo  de  un  peligro 
invisible  y  me  dijo  temblando  de  miedo: 

— Señor,  el  patrón  debe  haber  muerto. 

— ¿Por  qué? 

— ¿No  oyó  al  chuncho? 

Hubiera  querido,  a  fuer  de  hombre  culto  y  despreocupado,  de- 
cirle al  pobre  huaso  que  no  creyera  en  tales  supersticiones;  pero 
mis  ojos  se  sintieron  atraídos  allá  en  el  fondo  lejano  por  algunas 
lucesitas  que  se  movían. . . 

Era  la  casa  de  don  Ignacio,  y  esas  luces  podrían  ser  las  dd  San* 
tísimo,  porque  sentí  al  mismo  tiempo  el  lejano  sonido  de  una  cam- 
panilla, y  hasta  si  el  viento  no  me  mentía,  el  rumor  de  rezos  y  de 
sollozos. 


i6 

Inconsientemente  apreté  espuelas,  y  v^olé  rompiendo  el  aire,  por- 
que algo  me  decia  que  el  viejo  amigo,  don  Ignacio,  el  que  habia 
visto  en  la  cuna,  el  que  habia  acompañado  mis  primeros  pasos,  se 
moria  en  esos  mismos  instantes. 

ni    «í    )^ 


No  alcancé  a  entrar  al  cuarto  porque  de  él  salia  llorando  el  pobre 
Pepe.  Le  eché  los  brazos  al  cuello,  murmuré  en  su  oido  algunas 
banales  frases  de  consuelo,  y  lo  llevé  hasta  un  banco  de  madera 
del  corredor  donde  me  senté  a  su  lado,  estrechándole  la  mano. 

Pero  esa  puerta  abierta,  dentro  de  la  cual  se  veian  pasar  las  som- 
bras de  los  que  acompañaban  al  agonizante,  y  por  la  cual  salia  la 
voz  del  cura  que  rezaba  las  letanias  de  la  buena  muerte,  me  atraia 
con  el  misterio  de  su  solemne  y  relijioso  silencio.  Me  levanté,  lle- 
gué empinado  hasta  ella  y  salvé  el  umbral. 

Algo  hirió  mi  fantasía  de  muchacho,  de  manera  tal,  que  parece 
lo  llevara  embutido  con  caracteres  de  bronce  en  la  cabeza.  Era  un 
cuarto  blanqueado,  con  paredes  lisas  y  no  muy  altas.  Un  catre  de 
fierro "iiegro,  con  las  ropas  blancas,  perfectamente  estiradas,  y  la 
cabeza  de  don  Ignacio  apoyada  en  la  almohada,  con  los  ojos  entre- 
abiertos y  respirando  con  cierto  estertor  anhelante. 

Arrodillado  a  su  lado  estaba  Segovia,  el  viqo  sirviente  de  don 
Ignacio,  con  su  cabeza  blanca,  sus  ojos  brillantes  y  preñados  de 
lágrimas.  Al  otro  lado  el  cura,  que  rezaba  con  voz  entrecortada: 
«cuando,  perdido  el  uso  de  mis  sentidos,  desaparezca  el  uso  de  mi 
vista  y  jima  entre  las  últimas  agonías  y  congojas  de  la  muerte  >. 
Y  en  el  fondo  una  media  docena  de  huasos,  arrodillados  también, 
contestaban  con  sus  voces  roncas  e  incultas:  «Jesús  misericor- 
dioso, tened  compasión  de  mí». 

»í    )^    ttí 

Habia  muerto  el  dueño  del  fundo  de  La  Quebrada,  el  bueno,  el 
excelente,  el  santo  viejo  don  Ignacio  Garcia. 


Volví  como  a  las  doce  del  dia  a  su  cuarto  y  habla  sido  colocado 
ya  el  ataúd  entre  cuatro  cirios.  Creí  que  estaba  solo,  pero  un  so- 
llozo me  hizo  saltar  de  repente  y  abrir  los  ojos.  En  un  rincón,  en 
cuclillas  y  con  la  cabeza  metida  entre  las  manos  tostadas  y  callo- 
sas, rezaba  Segovia,  llorando  a  mares. 

Los  hijos  de  don  Ignacio  acordaron  que  esta  tarde  a  las  tres  se 
llevarían  los  restos  del  anciano  al  cementerio  parroquial.  Los  in- 
quilinos  hablan  pedido  algo,  algo  que  no  se  les  podia  negar  algo 
que,  seg^n  dijo  el  capataz,  era  su  derecho:  llevar  el  ataúd  en  hom- 
bros. ¿Cómo  impedirlo? 

Tres  veces  estuve  aquel  dia  en  el  cuarto  de  don  Ignacio  y  las 
tres  veces  encontré  a  Segovia  en  cuclillas  en  un  rincón,  con  la 
cabeza  sumerjida  entre  las  manos  y  llorando  a  mares. 

No  tardó  en  llegar  el  momento  en  que  don  Ignacio  Garcia  aban- 
donara para  siempre  su  casa  de  La  Quebrada.  El  dia  estaba  algo 
nublado  y  muy  frió.  Un  vientecillo  norte  soplaba  incesantemente, 
presajiando  lluvia;  y  en  sus  alas  venia  el  sonido  triste  de  la  cam- 
panita  d^  la  parroquia,  que  doblaba  por  su  benefactor. 

Salió  el  ataúd  en  hombros  de  cuatro  inquilinos  fuertes  y  robus- 
tos, y  camino  abajo,  nos  pusimos  todos  en  marcha. 

Habla  mucha  tristeza  en  el  aire,  mucha  melancolía  en  la  Natu- 
raleza que  nos  rodeaba,  mucha  pena  en  el  alma.  Los  que  llevaban 
el  ataúd  se  detuvieron  y  otroa  cuatro  avanzaron  a  relevar  a  los  ya 
fatigados  inquilinos.  Pero  uno  de  ellos  se  negó  a  dejar  su  carga  y 
continuó  con  sus  nuevos  compañeros. 

— ¿Quién  es  ese? — pregunté  yo  a  Pepe,  que  venia  a  mi  lado  con 
los  brazos  caidos  y  la  cabeza  inclinada  sobre  el  pecho. 

— Es  Segovia — me  dijo. 

Y  seguimos  andando.  El  viento  se  arremolinaba,  levantando 
mangas  de  tierra.  El  camino  se  hacia  cada  vez  mas  duro,  porque 
repechábamos  y  el  suelo  estaba  cubierto  de  cascajo.  A  poco  andar, 
nos  detuvimos  de  nuevo  para  que  se  efectuara  el  relevo  de  los  car- 
gadores. Segovia  movió  la  cabeza  negativamente  y  dijo  en  voz 
baja. 

—Yo  sigo. 

Se  oscurecia  la  tarde  y  el  paisaje  tomaba  un  tinte  ceniciento. 
A  lo  Iqos,  se  veian  las  alamedas,  cortando  la  llanura  como  si  fuera 


^9 

el  plano  de  un  injeniero;  y  allá  mas  lejos,  corriendo  por  la  falda  de 
un  cerro,  como  una  línea  tirada  a  cordel,  el  canal,  la  magna  obra 
proseguida  por  don  Ignacio  durante  treinta  años  de  su  vida. 

¡Qué  pesado  estaba  el  camino!  Yo  casi  arrastraba  los  pies  y  ape- 
nas tenia  fuerza  para  evitar  las  piedras  que  encontraba  al  paso  y  no 
tropezar  con  ellas.  De  nuevo  se  detuvo  el  cortejo  y  cuatro  inquili- 
nos  avanzaron  a  relevar  a  los  otros.  Segovia  movió  la  cabeza  y  dijo 
con  voz  mui  apagada: 

—Sigo. 

;Y  adelante!  La  noche  se  venia  encima  con  la  lentitud  con  que 
se  viene  aun  en  abril.  Se  encendieron  algunos  faroles  y  seguimos, 
esta  vez  bajando  por  un  camino  de  tierra  suelta.  Era  dificilísimo 
avanzar  y  veíamos  con  inquietud  que  los  cargadores  bamboleaban 
y  tenian  que  clavar  los  tacos  en  el  suelo  para  no  resbalar.  Hasta 
raí  llegaba  la  respiración  jadeante  y  entrecortada  de  los  fieles  ser- 
vidores y  algo  desconocido  me  oprimía  el  corazón. 

El  cortejo  se  detuvo  de  nuevo,  y  de  nuevo  Segovia  se  negó  a 
aceptar  el  cambio,  diciendo  con  absoluta  firmeza: 

— Yo  sigo. 

La  campanita  de  la  parroquia  seguía  doblando  y  ya  divisábamos 
la  lucecita  inquieta  de  la  torre,  donde  talvez  el  campanero  enjugaba 
también  una  lágrima  por  el  patriarca  de  La  Quebrada. 

A  la  luz  de  los  faroles  se  destacaba  delante  el  fúnebre  grupo  de 
los  cuatro  buasos,  que  suspendían  en  sus  hombros  el  pesado  ataúd; 
Segovia  temblaba  de  pies  a  cabeza,  y  cada  vez  que  afirmaba  el  pié 
en  el  suelo,  se  le  doblaba  la  cintura  al  peso  de  tan  horrible  cansan- 
cio. Pepe  avanzó  entonces  hasta  la  cabeza  del  cortejo,  y  detuvo  a  la 
iente. 

— Segovia;  está  bien.  Deje  que  lo  releve  otro. 

— Nó,  señor;  yo  llego  al  cementerio 

;Y  adelante!  Faltaba  lo  mas  pesado:  una  vuelta  llena  de  zanjas 
que  fué  necesario  salvar  paso  a  paso,  y  llevando  por  delante  dos 
faroles.  Allí  esperaba  el  cura,  y  allí  se  descargó  el  cajón  sobre  el 
suelo. 

Comenzaron  entonces  los  responsos.  Todos  rodeábamos  el  ataúd 
con  la  cabeza  descubierta  y  el  viento  entre  tanto  soplaba  con  furia, 
haciendo  caer  las  hojas  de  los  árboles. 


20 


En  ese  momento  algo  pesado  se  desplomó  sobre  el  suelo.  Era 
Segovia,  que  con  una  mano  sobre  el  corazón,  respiraba  como  un 
caballo  fatigado  después  de  una  carrera  de  leguas. 

Estaba  pálido,  y  en  el  rostro  mate  le  brillaban  sus  dos  ojos  como 
dos  luces... 

Hoi  dia  los  patriarcas  de  los  grandes  fundos  ya  no  existen.  Se 
han  marchado  alameda  abajo  en  hombros  de  sus  inquilinos. 

Sus  sucesores,  que  han  recibido  despedazada  la  tierra,  lejos  de 
tener  apego  a  las  viejas  casas  que  habitó  el  fundador  de  la  fortuna, 
emigran  a  la  ciudad  a  edificar  allí  el  palacio. 

Al  presente,  el  hacendado  que  agoniza  no  va  al  cementerio  sino 
a  la  Caja  Hipotecaria. 

Y  para  llegar  allí  no  necesita  cortejo. 

Basta  con  un  corredor  de  comercio. 


%      %      K 


Qlorías  de  la   Lhícotera 


LA  cuestión  era  difícil  de  resolver  y  venia  desde  muchos  años 
atrás,  ajitando  y  revolviendo  a  los  dueños,  arrendatarios  y 
vivientes  de  las  dos  glandes  haciendas  el  Colmenar  y  la 
Granja  de  Arriba.  El  asunto  se  debatía  en  todos  los  terrenos 
y  en  todos  los  tonos:  con  tinta  ante  el  juez  del  departamento 
y  con  sangre  en  cada  topeadura  o  bochinche  en  que  se  juntaban 
los  inquilinos  o  los  patrones  de  ambos  fundos. 

El  pleito  versaba,  naturalmente,  sobre  aguas,  elemento  que,  ca- 
yendo sobre  los  perros  que  pelean,  los  separa  en  el  acto,  pero  que 
metiéndose  en  medio  de  jente  de  campo,  los  enardece  y  los  ajita. 
El  papeleo  ante  el  juez  iba  largo  y  lento,  como  se  ventilan  siempre 
estas  cosas,  sin  dar  oríjen  a  altercado  ni  violencias;  pero  en  el  te- 
rreno, mu  i  diversos  procedimientos  se  ponian  en  práctica  por  las 
partes  litigantes  para  hacer  valer  ilusorios  derechos  en  que  iban 
confundidos  el  orgullo  de  familia  y  la  codicia  del  dinero,  con  algo 
que  ellos  decian  ser  la  justicia  y  sólo  la  justicia. 

El  cura  que  distaba  apenas  dos  leguas,  de  los  interesados  en 
esta  larga  lucha,  agotó  su  injenio,  su  buena  voluntad  y  sus  recur- 
sos, para  buscar  intelijencias  que  sin  tocar  la  soberbia  de  nadie 


22 


pusieran  término  a  rencillas  manchadas  ya  con  sangre  y  que  ame- 
nazaban quedar  en  sangre  ahogadas.  Pero  inútil  fué  que  apelara  a 
la  caballerosidad  del  dueño  del  Colmenar,  ni  que  pusiera  a  prueba 
sus  antiguos  vínculos  de  amistad  y  afecto,  con  los  arrendatarios 
de  la  Granja  de  Arriba.  La  cuestión  seguia  candente,  y  a  ratos  que- 
maba como  brazas,  ocultas  traidoramente  bajo  las  ceniza  de  una 
tregua  engañosa. 


Hf'        ífl        «6 


Habia  comenzado  feísima  esa  mañana  de  Enero.  Todo  publado, 
ceniciento,  plomizo,  disfrazaba  el  eterno  verano  que  habia  reinado 
sobre  Colchagua  durante  tres  meses  seguidos,  haciendo  romper  al 
trigo  la  tierra,  crecer  en  seguida  y  madurar  mas  tarde  requeman  • 
dose  al  sol.  Pero  andando  la  mañana,  comenzó  a  descorrerse  laen- 
toldadura  de  nubes  que  cubría  el  cielo,  y  a  aparecer  por  todas  partes 
esa  espléndida  luz  que  hace  estallar  los  colores  y  la  vida. 

El  arrendatario  de  la  Granja  habia  madrugado  y  montado  a  ca- 
ballo, para  ir  a  reconocer  el  canal  que  surcaba  todo  el  faldeo  del 
cerro  hacia  el  lado  norte  de  la  hacienda.  Llevaba  un  calañés  de 
paño  café,  envolvía  el  cuello  con  un  pañuelo  de  seda  blanco,  y  seen- 
cojia  en  su  manta  de  vicuña.  Caminando  al  paso  del  caballo  iba 
pensando  en  ese  largo  litijio  tan  lleno  de  molestias  y  sinsabores, 
culpando  como  era  natural  de  todos  los  escollos  y  dificultades  a 
su  antagonista, el  dueño  del  Colmenar. 

José  Fernández,  el  arrendatario  de  la  Granja  era  hombre  de  cua- 
renta años,  alto,  bien  constituido,  vigoroso,  con  ese  continente  del 
caballero  y  del  hombre  de  mundo,  que  se  ha  habituado  ya  bastante 
a  las  labores  rudas  del  campo,  tostándose  bajo  el  sol  su  fisonomía 
nada  vulgar,  y  quemándose  las  manos  que  debieron  ser  blancas 
Raspado  enteramente,  con  escepcion  de  un  bigote  corto  y  no  mui 
poblado,  podia  representar  seis  u  ocho  años  menos  de  los  que  en 
realidad  tenia,  y  parecer  todo  un  buen  mozo  a  cualquier  viuda  con 
deseos  de  cambiar  de  vida. 

Su  contrincante  que  a  esas  mismas  horas  se  venia  también  acer- 


33 

cando  al  canal,  era  mas  viejo,  pues  rayaba  en  los  cincuenta  y  siete 
años,  pero  tenia  toda  esa  firmeza  que  dá  un  trabajo  constante,  per- 
seguido con  tesón  y  al  mismo  tiempo  con  imperturbable  serenidad. 
Don  Belisario  González,  era  todavia  lo  que  se  llama  un  hombre, 
diestro  para  d  caballo,  activo  para  sus  viajes  y  hasta  con  fama  de 
tenorio,  no  sabemos  si  bien  o  mal  ganada. 

Como  el  litijio  de  las  aguas  tenia  sus  altas  y  sus  bajas,  sus  mo- 
mentos de  tregua  y  sus  situaciones  áljidas,  no  estrañó  absoluta- 
mente al  señor  Fernández  divisar  que  su  contrincante  se  sacaba  el 
sombrero  saludándolo,  y  hasta  una  vez,  mui  cerca  de  él,  le  estendia 
la  mano  para  darle  ese  apretón  que  si  no  significa  amistad  es  por 
lo  menos  señal  de  cortesia  y  de  buenas  relaciones. 

Se  saludaron  los  antiguos  enemigos  y  después  de  conversar  dos 
o  tres  jeneralidades  sobre  el  aspecto  de  las  cosechas,  la  falta  de 
brazos,  y  otros  temas  agrícolas  al  alcance  de  todos,  tocaron  al  prin- 
cipio con  timidez  y  mas  tarde  con  valentía,  el  largo  asunto  que  los 
agitaba. 


^    ^    ^ 


Mui  pronto,  el  tono  de  la  conversación  subió  un  poco  mas  de  lo 
conveniente.  Los  dos  interlocutores  se  interrumpian,  para  rectifi- 
carse y  se  quitaban  mutuamente  la  palabra,  todo  ello  en  un  lenguaje 
vivo,  demasiado  vivo,  que  provocaba  réplicas  enérjicas  y  jestos  de 
incomodidad  y  de  ira. 

El  diálogo  sostenido  tan  briosamente  llegó  a  un  estremo  en  que 
era  imposible  mantenerlo  con  buenas  palabras.  £1  viejo  don  Beli- 
sario, con  sus  ínfulas  de  dueño  del  Colmenar,  comenzó  a  dirijir  al 
señor  Fernández  cargos  y  observaciones  llenas  del  mas  olímpico 
desprecio.  Le  llamó  advenedizo,  desconocido,  "cualquiera";  recor- 
dó que  su  padre,  su  abuelo  y  su  bisabuelo  habian  sido  dueños  no 
solo  del  Colmenar  y  tres  o  cuatro  mil  cuadras  mas,  planas  y  rega- 
das, sino  también  de  la  Granja  de  Arriba  y  de  la  de  Abajo  y  de  casi 
tado  el  departamento;  y  concluyó  por  fin,  la  retahila  de  jactancias, 
desprecios  y  tonterías  declarando  que  no  volvería  a  haber  arrenda- 


:?4 


tarios  en  la  Granja,  porque  aunque  fuera  hipotecando  su  camisa 
habia  de  comprarla  toda  entera. 

Hl  señor  Fernández,  que  comenzó  por  oir  todo  aquello  con  una 
ríaita  de  burla  en  los  labios,  que  mas  tarde,  nervioso  por  alguna 
frase  mal  sonante,  se  habia  puesto  a  golpear  con  la  chicotera  en  el 
cabezal  de  la  silla,  y  que  en  seguida  habia  tratado  varias  veces  de 
interrumpirle,  sin  conseguir  cortar  ese  chorro  de  palabras,  perdió 
por  fin  los  estribos  y  acercando  su  caballo  con  violencia  al  caballo 
de  don  Bdisarío,  le  gritó  desacompasadamente 

—Acabemos  de  una  vez.  Usted  es  un  viejo  achacoso;  le  tengo 
a  usted  lástima.  Quisiera  entenderme  con  sus  hijos  de  usted,  que 
por  lo  menos  no  tendrán  como  usted  la  sangre  envenenada. 

El  arrendatario  no  alcanzó  a  terminar,  don  Belisarío  se  habia 
abalanzado  sobre  él,  cruzándole  la  cara  de  un  chicotazo.  Ciego  de 
dolor  y  de  rabia,  Fernández  no  echó  manos  a  la  chicotera,  pero  sí 
se  abrazó  del  viejo,  pugnaron  ambos  por  desprender  los  brazos, 
para  darse  golpes  libremente,  pero  cayeron  abrazados  al  suelo, 
saltando  de  un  brinco  los  caballos,  y  huyendo  al  trote  potrero 
adentro. 

Era  imposible  ver  en  medio  de  la  tierra,  quien  quedaba  encima 
y  quien  debajo;  pero  es  induble  que  se  alternaban  los  dos  encarni- 
zados rivales,  porque  a  ratos  se  veia  brillar  al  sol  la  cabeza  algo 
calva  de  don  Belisario  y  desaparecer  en  seguida  azotándola  en  el 
suelo. 

El  polvo  se  levantaba  como  nube  espesa,  en  medio  de  la  cual 
una  verdadera  masa  humana  se  retorcía  informe  y  áspera.  La  masa 
iba  rodando,  rodando,  en  medio  de  puñetazos,  patadas,  rodillazos 
y  golpes  de  todo  jénero,  hasta  que  de  repente  llegó  al  borde  del 
canal,  y  cayó  pesadamente  al  agua. 

La  corriente  los  arrastró;  pero  ninguno  soltó  su  presa.  Por  el 
contrario,  menudearon  los  golpes,  para  ver  cada  cual  de  deshacerse 
de  su  rival.  Como  un  celaje  pasaban  a  su  lado  las  matas  de  palqui 
y  de  viznaga  que  crecian  a  la  orilla,  cediendo  las  ramas  y  arrancán- 
dose de  cuajo,  cada  vez  que  una  mano  con\'ulsa  por  la  d2sespera- 
cion  se  asia  a  ellas.  La  masa  seguia  saltando  sobre  las  piedras  del 
fondo,  estrellándose  a  ciegas  contra  los  costados,  lanzando  resopli- 
dos para  espitlsar  el  ae^a  que  por  boca,  narices  y  oidos  se  les  en- 


26 

traba  a  cada  instante,  dándose  golpes  con  los  codos,  con  las  rodi- 
llas, con  la  cabeza,  con  los  puños. 

Aquello  era  una  esplosion  salvije  de  odios  y  de  ira.  El  peligro 
común  que  desarma  a  las  fieras,  no  lograba  calmar  ese  pujilato 
sangriento  ya,  y  aunque  ni  Fernández  ni  don  Belisario  veian  al 
travez  del  agua  ni  oian  en  medio  del  ruido  infernal  de  la  corriente, 
seguian  insultándose  y  pegándose  a  tontas  y  a  locas,  no  sin  tratar 
cada  uno  de  sumerjir  al  rival  y  trepar  sobre  él  por  la  orilla. 

Los  caballos  sueltos  en  el  campo,  llamaron  la  atención  de  un  va- 
quero que  recorria  los  cercos,  al  tranco  de  su  caballo.  Alarmado, 
corrió  hacia  el  canal,  lo  siguió  cuidadosamente  con  la  vista,  y  cre- 
yendo ver  a  lo  lejos  un  objeto  que  se  movia  sobre  el  agua  y  desa- 
parecía luego  para  ir  a  salir  mas  lejos,  se  lanzó  al  galope  por  la 
orilla.  Inmediatamente  se  dio  cuenta  el  huaso  de  lo  que  ocurría  y 
tiró,  diestro  como  en  mil  ocasiones,  su  lazada  al  medio  del  cauce, 
donde  cuatro  brazos  lo  pescaron  ansiosos  de  la  vida. 

No  eran  dos  hombres:  eran  dos  estropajos.  El  vaquero  se  des- 
montó para  levantarlos  del  suelo,  donde  don  Belisario  ya  se  habla 
lanzado  de  nuevo  sobre  el  señor  Fernández.  Pero  el  pujilato  cesó, 
con  la  intervención  resuelta  del  huaso,  sirviente  viejo  del  último. 


Mí    Mí    )lí 


Vino  el  domingo.  En  el  gran  corralón,  mas  que  plaza,  que  ro- 
deaba la  iglesia  parroquial,  estaban  agrupados  unos  dos  centena- 
res de  caballos,  mulatos,  tordillos,  alazanes  y  overos,  bien  ensillados 
unos,  mal  puestos  otros,  y  pertenecientes  todos  al  inquilinaje  de 
los  fundos  vecinos.  Alineados  a  lo  largo  de  una  tapia  de  adobones 
y  bajo  grupo  de  sauces  ramudos,  los  caballos  se  impacientaban  por 
la  larga  espera  de  la  misa,  relinchando,  azotándose  con  la  cola  para 
espantarse  las  moscas,  y  de  cuando  en  cuando  golpeando  las  pie- 
dras con  patadas  de  impaciencia. 

Ese  dia  la  misa  habia  sido  mui  larga,  porque  llegado  al  Evanje- 
lio  el  cura  se  dio  vuelta  a  sus  feligreses  y  les  dirijió  una  plática  de 
padre  y  señor  mió,  exhortando  al  inquilinaje  a  la  concordia  y  alu- 


■^7 


diendo  con  mal  veladas  frases  al  reciente  suceso  del  canal.  Recor- 
dó el  «amaos  los  unos  a  los  otros»,  dijo  que  los  agricultores  que 
llevaban  una  vida  de  trabajo  debían  dar  el  qemplo  de  manse- 
dumbre de  carácter;  agregó  que  era  poco  cristiano  el  espectáculo 
de  tanta  jente  encendida  por  el  odio;  y  terminó  aconsejando,  tanto 
a  los  inquilinos  del  Colmenar  como  a  los  de  la  Granja  de  Arriba, 
que  olvidaran  las  rencillas,  que  en  hora  desgraciada  dividían  a  sus 
patrones. 

No  sabemos  si  las  palabras  convencidas  del  cura  llegaron  o  no 
ai  fondo  de  esas  almas  sencillas,  pero  rudimentarias.  Allí  estaban 
dos  centenares  de  hombres,  de  pié  unos,  en  cuclillas  otros,  con 
mantas  de  vistosos  colores,  y  camisa  recien  almidonada,  comién- 
dose todos  con  la  mirada  al  presbítero  don  Policarpo  López,  pero 
no  sabemos  si  entendiendo  palabra  de  lo  que  decia. 

Un  órgano  descompuesto,  con  la  mitad  de  sus  tubos  rotos,  lan- 
zó en  seguida  unos  chillidos  desacordes,  y  veinte  minutos  después 
el  cura  se  daba  vuelta  para  decir  ite,  misa  est^  «idos,  porque  se  acabó 
la  misa». 

Yá  era  tiempo. 

Afuera  abría  el  dia  con  luz  espléndida.  Un  millar  de  diucas  y 
chineóles,  albergados  en  los  sauces  y  en  la  barda  de  las  tapias, 
piaban  con  un  desenfado  inimitable.  Algunas  palomas  tendían  el 
vuelo  desde  la  torrecilla  de  la  parroquia  y  después  de  dar  una  vuel- 
ta corta  y  de  aletear  en  el  aire,  volvían  a  meterse  por  los  huecos 
cuadrados  de  las  vigas.  Un  viento  retozón,  primaveral  pasaba  y 
revolvía  en  el  suelo  pequeños  molinillos  de  polvo. 

La  puerta  de  la  parroquia  comenzó  a  vaciar  huasos  y  huasos, 
que  se  ponían  los  enormes  sombreros  de  pita  y  empinaban  los 
pies  para  no  arrastrar  las  espuelas.  Muí  pronto  comenzaron  a 
trepar  a  los  caballos,  y  antes  de  cinco  minvitos  habia  buen  nú- 
mero de  grupos,  que  esperaban  moviéndc  le  lentamente,  a  que 
los  demás  siguieran  su  ejemplo. 

De  repente  cierta  ajitacion  y  una  polvareda,  llevaron  todas  las 
miradas  hacia  un  punto  fijo.  Sobre  las  cabezas  de  los  demás  y  el 
▼do  dorado  de  polvo  pue  se  encendía  al  sol,  se  alcanzaba  a  ver  el 
Sombrero  de  un  jinete,  la  cabeza  desnuda  de  otro,  y  dos  chícoteras 
entrecruzándose  y  arremolinándose  en  el  aire. 


28       ' 

Era  una  gresca»  y  como  pasa  en  tales  casos,  todo  el  mundo  ce* 
menzó  a  correr  en  la  misma  dirección,  ansiosos  los  unos  de  ver  el 
torneo  y  los  otros  de  intervenir  en  él. 

Dos  muchachos  fuertes  y  bien  montados  se  habían  ido  de  pala- 
bras por  mui  poca  cosa,  con  seguridad  por  simple  enredo  de  faldas, 
y  mui  pronto  habian  recurrido  a  zanjarel  asunto  a  chicotazos.  Pero 
ociurió  la  desgracia  que  uno  fuera  inquilino  del  Colmenar  y  otro  de 
la  Granja. 

Bl  último  se  iba  encontrando  perdido,  y  ya  en  vez  de  asestar  gol- 
pes, levantaba  los  brazos  y  la  manta,  para  defenderse  de  los  enérji- 
eos  chicotazos  de  su  antagonista.  Pero  prendió  la  chispa  mui  lue- 
go, y  por  un  hecho  insignificante  al  parecer.  El  vencedor  en  este 
duelo,  al  retroceder  con  su  caballo  paia  esquivar  una  acometida 
violenta,  topó  con  el  suyo  a  uno  de  los  espectadores  granjinos  que 
con  la  sangre  agolpada  a  la  cabeza,  presenciaba  la  derrota  de  su 
coterráneo.  Este  espoleó  su  caballo,  se  lanzó  sobre  el  triunfador,  y 
lo  llevó  por  delante  en  una  envestida  terrible. 

Y  aquí  fué  Troya.  Cien  jinetes  contra  otros  cien  se  lanzaron  bor- 
neando las  chicoteras  y  gritando.  Todo  el  mundo  reconoció  ihme- 
diatamente  sus  filas,  y  separados  granjtnos  de  gonzalinos^  se  echaron 
unos  sobre  otros,  con  el  impeto  irresistible  de  esos  dos  centenares 
de  caballos  de  vara. 

Una  enorme  polvareda  se  levantó  en  el  corralón,  subió  como  el 
humo  de  un  incendio  y  envolvió  en  una  funda  griz,  esa  masa  que 
iba  compenetrándose  y  enredándose. 

La  gpriteria  era  enorme,  y  los  resoplidos  de  los  caballos  se  con- 
fundían con  el  jadeo  de  los  jinetes.  Cada  caballo  tenia  el  cuello  so- 
bre el  caballo  enemigo,  y  el  pecho  sudoroso  como  una  coraza  de 
músculos  se  atracaba  a  su  costado.  Los  brazos  levantando  las  chi- 
coteras y  dejándolas  caer  como  balas,  o  abrazando  otras  veces  para 
tumbar  al  suelo,  se  habian  convertido  en  verdaderas  tenazas  de 
hierro  que  lo  destrozaban  todo. 

La  masa  se  movia  a  un  lado  o  a  otro,  se  escarmenaba  a  ratos,  y 
volvia  a  comprimirse  luego;  corría  como  si  fuera  una  gran  rueda  de 
carne  humana,  y  chocaba  como  una  ola  con  otra. 

Cada  racha  de  viento,  barriendo  a  medias  el  polvo,  dejaba  asomar 
como  al  través  de  una  trama  de  hilos  que  se  abrieran,  sombreros 


^9 

rotos,  caras  llenas  de  tierra  y  de  sangre,  mantas  despedazadas,  ca- 
ballos sudorosos.  Pero  luego  volvía  a  recrudecer  el  combate,  y  a 
volar  la  tierra  y  a  envolverlo  todo. 

De  repente  un  grito  suena,  claro  y  distinto:  i  la  policía!  Y  en  efec- 
to por  la  larga  alameda  abierta  al  sol,  a  todo  el  galope  de  sus  roci- 
nes, venían  diez  infelices  policiales  del  vecino  pueblo  de  Pu- 
nitun. 

Un  momento  paró  la  gresca.  Se  desenredaron  los  caballos,  se 
bajaron  las  chicoteras  y  en  silencio,  mui  en  silencio,  se  separaron 
las  Uneas  enemigas,  mientras  los  caballos  palpitando  por  el  can- 
sancio parecían  cortar  las  cinchas. 

La  policía  apareció  en  la  desembocadura  de  la  Alameda,  hosca, 
se\-era,  muí  posesionada  de  su  papel  de  pacificadora.  Un  cabo  con 
un  dormán  verdoso  y  ceniciento,  se  adelantó,  e  intimó  rendición 
ig^ualmente  a  granjinos  y  gonzalinos. 

Hubo  un  momento  de  silencio.  Las  espuelas  de  los  guardianes 
chocaban  contra  las  cinchas,  ante  la  idea  de  que  esos  doscientos 
huasos  se  negaran  a  seguirlos. 

No  sabemos  si  este  temblor  fué  advertido  a  tiempo,  pero  después 
de  un  balanceo  de  la  masa,  y  de  dos  o  tres  palabras  dichas  a  media 
voz,  todos  aquellos  hombres  que  hacia  un  rato  se  estaban  despeda- 
zando, se  unieron  en  una  sola  idea,  la  única  que  podía  unirlos,  y  se 
lanzaron  sobre  la  policía. 

Los  guardianes  dieron  espaldas  a  sus  perseguidores  y  se  dispa- 
raron a  carrera  tendida  por  la  alameda.  Detras  corrían  también  los 
huasós  gritando  en  un  enorme  chibateo.  Y  toda  aquella  polvareda 
se  alejaba  por  el  camino,  junto  con  el  ruido  del  galope  y  el  clamo- 
reo de  los  jinetes. 


El  cura  salió  en  ese  momento  después  de  tomar  desayuno,  y  al 
darse  cuenta  de  todo  lo  que  allí  habia  pasado,  se  santiguó  y  se  en- 
tró de  nuevo  a  su  casa. 


M"  3r 


meterse  con   Cristianos 


SI  SE  hubiera  criado  en  un  cerro,  entre  quiscos  y  espinos,  a 
todo  aire,  sol  y  tierra,  haciendo  siempre  su  regalada  voluntad, 
dueña  y  señora  de  sus  actos,  sin  reconocer  autoridad  ni  ren- 
dir obediencia  a  nadie;  no  habría  resultado  mas  arisca,  huraña, 
cerril   y  endemoniada   la  hija   de   don   Basilio    Reinoso,  el 

boticario  del  pueblo  de 

Era  de  regular  estatura,  gruesa  de  cintura,  de  caderas  y  de  todo 
lo  que  a  la  vista  llevaba.  La  nariz  arremangada,  decididamente 
arremangada,  era  en  su  rostro,  al  par  que  una  ruidosa  protesta 
contra  las  líneas  griegas,  un  signo  evidente  de  carácter,  eneijia  y 
robustez.  Seguían  los  ojos  en  importancia;  dos  enormes  ojos  ne- 
gros, brillantes,  apasionados;  pero  no  dulces,  ni  húmedos,  ni  tibios, 
ni  nada  de  eso.  Después,  una  bocaza  enorme,  elástica,  que  rara  vez 
>e  contraía  con  una  sonrisa;  adoptaba  jeneralmente  una  mueca  de 
disgusto  y  de  mal  humor.  Morena,  pero  de  excelente  color,  parecia 
ftU  cara  la  lustrosa  tez  de  una  manzana  remadura,  y  a  veces  la  ve- 
tada pero  reluciente  superficie  de  un  meloncito  de  olor. 

A  pesar  de  la  nariz,  que  ni  siquiera  llegaba  a  ser  como  la  de  la 
zarzuela  "cuasi  griega"  y  de  la  boca  que  era  demasiado  boca  para 


32 

•una  sola  persona,  Clarisa  era  lo  mejor  del  bello  sexo  de...  El  con- 
junto de  su  persona,  la  exuberante  salud  que  emanaba  por  cada 
uno  de  sus  poros,  la  limpieza  que  se  notaba  en  toda  ella,  desde  la 
cara  que  tenia  solo  el  color  natural,  hasta  el  borde  de  las  enaguas 
que  era  siempre  blanco;  la  hacian  simpática,  atrayente  y  hasta 
tentadora. 

Pero  ¡ai!  que  llevaba  en  sí  mismo.  Clarisa  el  remedio  eficaz  para 
quien,  con  mirarla  se  enfermera  de  mal  de  amor.  Hemos  dicho  que 
era  huraña  como  una  cabra  montes,  arisca  como  una  gata  alzada. 
Inútil  era  que  doña  Tránsito,  su  mamá,  le  demostrara  con  las  me- 
jores palabras,  que  debia  llegar  un  día  en  que  sus  destinos  se  unie- 
ran a  los  de  un  hombre,  en  que  su  corazón  aspirara  al  hogar  pro- 
pio y  al  nido  nuevo.  Clarisa  callaba  y  oia:  pero  apenas  entendía 
que  de  exhortarla  al  matrimonio  se  trataba,  levantaba  la  cara,  le 
centelleaban  los  ojos  y  decia  con  voz  decidida: 

— ¿Casarme  yo?  Que  se  me  acerque  alguno  a  decírmelo  y  verá 
bueno! 

Y  acompañaba  esta  resohicion  dejando  ver  un  brazo  mas  fuerte 
y  nervudo  que  la  pierna  de  un  cargador. 

Y  no  eran  vanas  palabras.  El  diputado  del  departamento,  jo- 
ven, no  mal  parecido,  mas  amable  con  el  bello  sexo  que  con 
el  sexo  elector,  se  habia  dedicado  a  hacer  con  la  vista,  diversas 
y  encendidas  declaraciones  a  Clarisa.  Era  el  diputado  hom- 
bre entendido  en  "terracottas"  comprendia  la  belleza,  aun  den- 
tro de  un  vaso  algo  rudo  e  imperfecto,  y  desde  el  primer  momento 
se  habia  declarado  rendido  admirador  de  la  arisca  lugareña.  En 
una  ocasión,  almorzaba  el  joven  lejislador  en  casa  de  don  Basilio, 
y  no  sabemos  sí  impulsado  por  la  cazuela  de  estomaguillo,  suma- 
mente cargada  de  ají,  o  estimulado  por  el  picante  chacolí  de  la  úl- 
tima cosecha,  o  por  solo  y  espontáneo  aguijón  de  su  naturaleza 
exaltada,  el  hecho  es  que  estiró  un  pié,  busc<5  el  de  su  vecina  Cla- 
risa y  le  dio  uno  de  esos  insinuantes  pisotones  que  no  dejan  lugar 
a  duda  y  que  significan  mas  que  una  larga  declaración  verbal. 

Clarisa  se  puso  de  pié  como  una  pantera  y  descargó  sobre  la  cara 
del  lejislador  un  puñetazo  tan  tremendo,  tan  enérjico,  tan  rudo,  que 
se  quedó  el  diputado  con  ambas  manos  en  la  cabeza.  Don  Basilio 
pujó  entre  el  amor  filial  y  su  respeto  al  representante  del  departa- 


33 

mentó,  se  puso  primero  pálido,  después  rojo,  después  gris  oscuro 
y  terminó  por  celebrar,  junto  con  el  diputado  y  con  una  risa  ner- 
vosa y  simulada  lo  que  sencillamente  había  sido  una  salvajada  de 
su  retoño. 

Eso  era  Clasisa.  Consecuente  como  nunca  lo  habia  sido  político 
alguno,  tenia  su  honor  en  los  puños,  y  no  valían  contra  ella  las  afi- 
ladas flechas  de  cupido.  Para  tumbarla  en  el  lecho  de  rosas,  habría 
uecesitado  el  niño  ciego  un  cañón  con  balas  «dum-dum»,  y  no  la 
sublime  tontería  de  esas  flechas  que  ya  con  tanto  uso  están  me- 
lladas. 

Sin  embargo,  se  decía  que  Clarisa  era  sensible  y  tierna  por  la 
parte  de  adentro,  y  que  a  veces  sentía  su  corazón  derretido  por  un 
mozo;  pero  que  de  repente  una  voz  secreta  le  decía:  ¡pega!  y  ella 
pegaba  sin  compasión. 

Así  pasó  una  mañana.  El  sol  subía,  subía,  arreciando  el  calor  de 
sus  rayos  y  volatilizando  el  aire  esas  ondas  cristalinas,  que  parecían 
impalpables  gasas  blancas  deshechas  en  el  aire.  Escaso  viento  so- 
plaba las  ramas  verde  oscuras  de  los  olmos,  y  apenas  lograba  disi- 
par las  columnítas  de  humo  de  las  cocinas  de caldeándose  para 

el  almuerzo.  Clarisa  salió  sola  para  llegar  hasta  la  casa  de  una  cu- 
ñada que  vivía  no  lejos  del  pueblo,  andando  dos  o  tres  cuadras  por 
una  pintoresca  alameda  de  árboles  nuevos.  Iba  peinada  y  lavada 
como  para  día  domingo,  con  toda  la  ropa  interior  y  esterior  inve- 
rosímilmente almidonada,  y  un  pañuelito  de  punto,  color  celeste 
suelto  sobre  los  hombros.  La  crujidera  (no  es  el  «fru-fru»,  distin- 
gamos) de  tanta  ropa  tiesa  y  acartonada  impidieron  oír  a  Clarisa 
los  apresurados  pasos  de  Juaníto,  el  ayudante  de  la  botica,  que  rá- 
pido como  una  exhalación,  trataba  de  alcanzarla.  Por  último,  logró 
ponérsele  por  delante  en  actitud  de  barajar  algo  y  le  espetó  de  co- 
rrido una  declaración  de  amor  de  cuarenta  grados  a  la  sombra. 
Clarisa  vaciló,  se  apoyó  en  el  tronco  de  un  álamo,  y  en  vez  de 
empuñar  la  derecha  y  asestarle  la  bofetadada  de  costumbre,  bajó 
los  ojos  e  inclinó  la  cabeza. 

¿Qué  pasaba?  ¿Qué  tenia  esa  mañana  el  sol?  ¿Qué  veneno  llevaba 
el  viento  en  sus  alas?  ¿Qué  especial  magnetismo  tenían  los  ojos  de 
conejo  malicioso  del  ayudante  déla  botica?  juanito,  envalentonado 
avanzó  un  paso,  y  mientras  no  daba  tregua  a  la  lengua,  saqueando 


54 

a  *  Mal  la»,  a  «Pablo  y  Virjinia»  y  a  otros  repertorios  de  dulzuras 
al  aire  libre,  se  avanzó  hasta  jugar  con  una  de  las  borlitas  del  pa- 
ñuelo de  punto  de  la  chica.  Y  Clariza  bajaba  los  ojos  e  inclinaba 
la  cabeza. 

Si  en  esos  momentos  hubiera  pasado  por  allí  don  Basilio,  se  ha- 
bría ido  de  espaldas;  si  el  señor  cura  hubiera  podido  presenciar  ese 
comienzo  de  idilio  habría  dejado  de  pensar  que  Clarisa  tenia  el 
diablo  en  persona  dentro  del  cuerpo;  y  doña  Tránsito  misma  hubie- 
ra creido  que  sus  consejos  de  todos  los  dias,  encontraban  por  fin, 
eco  en  el  corazón  de  roca  de  Clarisa. 

Juanito  no  cabia  en  sí.  Pulgada  por  pulgada  iba  ganando  terre- 
no, y  habia  dejado  ya  su  acción  de  quien  baraja  algo  para  adoptar 
la  rendida  actitud  de  palomo  tierno.  La  plaza  parecia  tomada:  era 
Troya  vencida  por  el  caballo  de  madera;  era  Jericó  abierta  sobre- 
naturalmente  al  enemigo.  Un  paso  mas  y  habia  casorio  y  gran  al- 
gazara en  el  pueblo.  Juanito  avanzó  aun  mas:  estiró  temblando  su 
mano  y  acomodó  una  guedeja  del  negrísimo  pelo  de  Clarisa,  suelta 
por  el  viento,  tras  de  su  oreja. . .  Y  Clarisa  seguia  con  los  ojos  ba- 
jos y  la  cabeza  inclinada. 

Aquí  cabria  hablar  de  la  calma  que  precede  a  las  tempestades, 
del  despertar  de  un  león  dormido,  y  de  mil  cosas  mas.  Porque  de 
repente  Clarisa  levantó  la  cabeza  erguida,  miró  altivamente  al  ayu- 
dante, y  antes  de  que  éste  comprendiera  el  cambio  de  la  situación, 
ya  tenia  encima  la  mas  soberbia  bofetada  que  habia  recibido  en  su 
vida.  Pero  no  paró  aquí  el  castigo:  Juanito  echó  a  correr  y  la  chica 
lo  siguió  detras,  disparándole  con  fuerza  desconocida,  piedra  tras 
piedra,  con  la  mas  certera  de  las  punterías. 

Pasó  la  tempestad.  El  sol  subió  hasta  el  cénit,  ardió  la  tierra,  y 
el  humo  de  las  cocinas  de.  se  alargó  en  cien  columnitas  que  se- 
guían derechas  hasta  el  cielo. 


Pi     Pi     9i 


Bien   sabido  es  lo  que  se  preocupan  los  pueblos  chicos  de  colo- 
car a  las  mejores   representantes  de  su  bello   sexo.    No  habia 


35 

dia  en  que  las  comadres,  después  del  rosario,  en  torno  de  la  lám- 
para de  paraíina,  no  hablaran  de  la  necesidad  de  casar  a  Clarisa, 
porque  ya  estaba  en  edad  de  hacerlo  y  podría  ser  una  excelente 
esposa  y  una  perfecta  madre  de  familia. 

En  estas  charlas  fué  surjiendo  la  candidatura  matrimoniil  de 
Pancho  Olivares,  partido  excelente,  a  creer  a  esa  «vox  populi*,  que 
según  dicen  es  la  ^  vox  Dei^^.  Pancho  Olivares  era  .  amanzador. 
Rechazamos  la  sonrisa  que  se  puede  dibujar  en  muchas  caras,  por- 
que nadie  pensó  en  esta  cualidad  de  Olivares,  que  ni  pintada  le 
venia  a  la  arisca  y  cerril  hija  del  boticario. 

No  habia  mala  fé  ni  ironia  en  la  elección  de  Pancho,  del  fuerte, 
del  robusto,  del  enérjico  amansador  que  se  montaba  en  un  novillo 
bravo  riéndose  de  todos  los  toreros  que  visten  el  traje  de  luces, 
que  de  un  salto  cabalgaba  las  mas  indómitas  potrancas  de  los  fun- 
dos vecinos,  que  una  vez  sobre  la  silla  no  habia  poder  humano  que 
lo  moviera.  Alto,  bruto  como  un  poste,  moreno  tostado,  simpático, 
con  las  piernas  curvas  a  manera  de  compás,  con  dos  buenos  parches, 
de  hule  negro  en  toda  la  parte  en  que  los  pantalones  tocaban  a  la 
silla.  Pancho  reunia,  ademas  de  su  carácter  a  toda  prueba,  la  ex- 
celente cualidad  de  no  saber  hablar  dos  palabras. 

Nosotros,  que  somos  los  únicos  mcliciosos  y  de  mala  fé,  podre- 
mos pensar  si  se  nos  viene  en  voluntad,  que  tenia  ademas  la  espe- 
riencia  de  domar  las  potrancas  indómitas.  Y  no  somos,  por  cier- 
to, de  los  que  piensan  como  aquel  que,  haciendo  un  salpicón  de 
todos  los  refranes,  decía:  <  la  esperiencia  es  la  madre  de  todos  los 
vicios». 

Comenzó,  pues,  Pancho  a  dar  crédito  al  rumor  de  que  él  era  el 
único  novio  de  Clarisa  y  se  dedicó  a  seguirla  y  a  decirla  cosas  con 
los  ojos,  ya  que  por  la  boca  nada  podia  salir.  Largas  horas  se  pa- 
saba Olivares  sentado,  mudo  como  un  tronco,  al  lado  de  Clarisa 
que  cosia  en  la  máquina  ropa  blanca  o  delantales  de  «vichy  >.  Ella 
con  la  boca  fruncida  en  señal  de  enojo,  con  una  hebra  de  hilo  en- 
tre los  labios,  y  el  ceño  severo  y  mal  humorado;  él  con  la  boca 
abierta,  los  ojos  fijos  en  la  arisca  Julieta,  y  sentado  en  cuclillas:  esa 
era  la  pareja  y  ése  su  estado  permanente,  durante  semanas  y  se- 
manas. 

Si  Pancho  no  hablaba  palabra,  Clarisa  no  podia  tampoco  ensa- 


56 

yar  en  él  mis  vigorosos  pnx^dimlentoa,  y  así,  empujados  por  don 
Basilio  y  doña  Tránsito  y  tras  ellos,  por  todo  el  pueblo,  la  pareja 
avanzaba  lentamente  hacia  el  curato. 

Por  fin,  llegó  el  día  del  matrimonio.  Pancho,  sin  decir  esta  boca 
es  mia,  y  Clarisa 
sin  dejarle  caer  ni 
por  curiosidad  los 
ojoa  encima.  Sola- 
mente cuando  al 
despertar,  doña 
Tránsito  le  dqó 
sobre  la  cama  un 
mundo  de  ropa, 
aun  mas  almido- 
nada y  tiesa  que 
<le  costumbre,  la 
chica  se  puso  sería 
y  preguntó  de  qué 
se  trataba.  Se  le 
dijo  que  de  su  ca- 
samiento con  Pan  - 
cho  y  no  se  pudo 
arrancarle  otra 
cosa  que  estas  pa- 
labras. 
—  ¿Y    con 


me  tengo  que 

,  Pero  la  chi- 

ca debía    ha- 
llarse   en   el 
mismo  estado 
de  ánimo  que 
en  el  idilio  interrumpido  de  la  alameda,  porque  sin  chistar  y  conlos 
ojos  bajos,  llegó  a  la  parroquia,  recibió  las  bendiciones  y  la  epístola 
y  salió  muí  oronda  entre  la  algazara  de  los  amigos  y  conocidos. 


37 

Antes  de  que  don  Basilio  cerrara  la  botica,  para  dedicar  toda  su 
actividad  al  suculento  almuerzo  con  que  se  celebraba  la  boda,  vio 
que  Juanito  vaciaba  árnica  en  una  taza  y  alistaba  sobre  el  mostra- 
dor, vendas  y  amarras  de  toda  clase. 

— ¿Qué  haces?  le  preguntó. 

— Nada.  .  Ser  precavido.  Mañana  al  amanecer  no  faltará  quien 
tenga  la  cabeza  rota. 

Y  al  salir  a  la  calle  decia  entre  un  grupo  de  amigos: 

— Ahora  mucho  almuerzo,  mucha  música  y  mucho  amor  . .  Pero 
¡dejen  que  don  Pancho  le  quiera  acomodar  el  pelito  tras  de  la 
oreja! 

Llegó  la  noche  y  con  la  noche  el  silencio,  y  la  pareja  de  recien 
casados  se  sumió  en  la  sombra. 


A    ^    ^ 


Muí  de  mañanita  abrió  Juanito  la  botica  y  se  puso  a  silpar  en  él 
mostrador,  cuando  ¡zas!  se  abre  la  puerta  del  fondo  y  entra  Pancho 
con  la  cabeza  envuelta  y  forrada  en  mil  pañuelos. 

—Juanito.  ¿Tenis  árnica?  Es  mas  serio  que  lo  que  dicen  el  ca- 
sarse. 

— Mas  sabe  el  diablo  por  viejo  que  por  diablo,  amigo  Olivares. 
Aquí  tiene  árnica. , .  ¡Jesús,  ese  ojo!  ¡Pero,  Pancho!  ¡Aquí  te  han  ti- 
rado un  florero  por  lo  menos! 

Pero  el  pobre  Olivares  seguia  desenvolviéndose  el  pañuelo  y  lu- 
ciendo nuevas  magulladuras. 

— Quién  me  ha  metido  a  mí  en  estos  andurriales  ¡cáspita!  Mien- 
tras me  las  tuve  con  potrancas  chucaras,  nada  me  pasó;  bien  me 
merezco  esto  por  meterme  con  cristianos! 

Y  el  amansador  echó  dos  lagrimones  inmensos. 


i 


^f  #1^  f''^  f"^  #•?  i  ^ 


El  mas  bruto  de  los  héroes 


ESTAI  había  sido  preso  por  homecida^  como  decía  él  a  los  que 
indiscretamente  se  lo  preguntaban,  al  través  de  las  rejas  de 
la  cárcel.  Y  a  confesión  de  parte. . 
Pero,  en  fin,  malo  no  era  el  pobre  EstaL  Se  hablan  metido 
faldas  de  por  medio,  y  seguramente  copas  también.  Alguien 
le  insultó,  salieron  a  la  vuelta  de  la  esquina,  pusieron  de  testigo 
al  policial  y  se  acuchillaron  durante  media  hora.  ¿Qué  culpa  tenia 
Estai,  que  el  muerto  hubiera  sido  el  otro?  En  cambio,  habia  saca- 
do una  cuchillada  en  la  cara,  otra  cerca  del  ojo,  un  puntazo  en  la 
frente  y  rasmillones  por  todas  partes. 

Con  la  cara  llena  de  sangre  fué  llevado  a  la  comisaria,  donde  se 
la  estancó,  antes  que  pudieran  evitarlo,  con  tierra  recojida  en  el 
suelo.  Y  así,  con  el  rostro  mitad  fiero,  mitad  grotesco,  se  paró 
ante  el  juez,  se  encojió  de  hombros,  no  le  sacaron  palabra  y  fué  a 
parar  al  presidio. 

Allí  vejetó  el  infeliz  homecida,  muñéndose  de  inanición.  No  era  la 
Vergüenza  ni  el  remordimiento,  los  que  le  enflaquecían:  muchas 
veces  había  dicho  a  propósito  de  su  víctima,  que  bien  muerto  es- 
taba y  que  no  rezaría  ni  siquiera  un  Padr^  Nuestro  a  las  ánimas, 


40 

por  el  descanso  de  la  suya.  Lo  que  debilitaba  sus  fuerzas  era  la 
falta  de  libertad.  Palta  de  libertad  que  era  la  muerte  para  ese  in- 
cansable aventurero,  libre  y  soberano  como  un  cóndor,  que  no  re- 
conocía autoridad,  ni  lei,  ni  superior  siquiera,  que  no  dormia  bajo 
techo,  ni  calentaba  sus  manos  en  brasero  alguno,  ni  conocía  ma- 
dre, ni  mujer  alguna.  Falta  de  libertad,  que  era  la  muerte  para  ese 
hombre  que  no  sentia  el  amor,  que  no  entendia  la  virtud,  que  no 
sabia  el  alfabeto,  que  no  usaba  caballo  ni  carretela,  ni  tren,  para 
movilizarle  leguas  arriba  o  leguas  abajo,  buscando  un  jornal,  un 
compañero  o  una  trilla.  Falta  de  libertad,  que  era  la  muerte  para 
ese  hombre,  que  si  estaba  enfermo  se  emborrachaba,  que  si  alguien 
se  le  ponia  por  delante  lo  'despachaba  de  una  cuchillada,  que  si 
quemaba  el  sol  se  acostaba  a  medio  dia  con  la  cara  contra  el  suelo 
y  si  estaba  húmeda  la  tierra,  de  espaldas  contra  ella. 

Esta!  se  moría,  sin  majestad,  sin  convulsiones,  sin  tristezas. 
Moría,  como  muere  un  animal  de  su  clase  emperrado.  Juntó  un 
dia  los  labios,  se  los  mordió  para  no  abrirlos,  y  se  tendió  junto  a 
una  muralla.  Lo  pateó  el  guardián  y  él  ni  gruñó  siquiera. 

— Ese  bruto  se  muere — le  dijeron  al  caldo. 

Y  el  alcaide,  que  en  esa  fecha — 1879 — era  dueño  y  señor  del  pre- 
sidio, hizo  tomar  a  Estai,  ponerlo  en  la  puerta  de  la  calle,  pegarle 
una  patada  por  la  espalda  y  decirle: 

— ¡Camina,  asno!  jAnda  a  tomar  un  rifle!  La  pólvora  te  sentará 
bien. 

Estai  abrió  los  ojos  y  vio  no  ya  la  urdiembre  mezquina  del  sol 
que  entraba  a  la  celda,  ni  esa  luz  sucia  y  como  mortecina  que  caia 
por  la  ventana.  Era  aquella  esplosion  de  sol,  aquella  abundancia 
de  aire,  lo  único  que  podia  ser.  la  libertad  absoluta.  Y  corríó  como 
un  loco  y  se  cayó  varías  veces  al  suelo,  y  fué  a  golpear  un  portón 
grande,  macizo,  donde  sabia  que  le  iban  a  recibir  con  los  bra- 
zos abiertos;  y  allí  le  gritaron:  ¡quién  vive!  y  él  contestó  con 
bríos: 

— ¡Quién  ha  de  ser,  cáspita!  ¡Quién  ha  de  ser!  ¡Yo! 

El  sarjento  Lambrech  torció  el  jesto,  y  esclamó  en  el  cuarto  de 
banderas: 

— O  me  equivoco,  o  el  que  llega  es  lo  único  que  nos  falta  para 
barrer  con  los  peruanos. 


41 

Y  era  él,  era  el  famoso,  el  conocido  Bstai,  el  mas  bruto  de  los 
rotos. 

A  los  dos  días,  harto  ya  de  fréjoles,  no  era  el  homecida,  era  el 
soldado. 


O    O    O 


«Las  marchas  han  sido  largas — escribía  meses  después  el  sár- 
jenlo a  su  mujer —largas;  pero  nadie  se  ha  aburrido.  Esta!  habla, 
canta,  insulta  todo  el  dia  y  toda  la  noche.  No  deja  dormir,  pero 
tampoco  deja  bostezar  a  nadie.  Tiene  a  los  penianos  en  la  punta 
de  la  lengua,  parece  que  no  les  tiene  mucha  lei  y  que  si  los  en- 
contramos luego,  Kstai  hará  alguna  de  las  suyas.  > 

Iba  en  la  tercera  compañía;  pero  le  conocía  todo  el  rejimiento. 
Cuando  armaban  carpas,  le  pasaban  a  Bstai  un  cigarro  para  de- 
satarle la  lengua:  y  tendidos  unos,  y  sentados  otros,  y  los  demás 
de  pié,  formaban  esos  grupos  en  que  los  pintores  recrean  el  pincel, 
grupos  de  soldados  en  víspera  de  batalla,  que  se  ríen  a  carcajadas, 
como  si  la  muerte  no  les  siguiera  a  retaguardia. 

Contaba  Estai  todas  las  cuchilladas  que  habia  recibido  en  su 
vida.  ¡Eran  muchas!  A  los  quince  años  habia  saltado,  en  compañía 
de  otro  pillo,  las  murallas  de  una  arboleda  para  robar  gallinas.  Sur- 
jió  la  discusión  sobre  quien  se  llevaba  el  gallo;  Estai  quiso  zanjar 
el  asunto  a  bofetadas;  pero  el  otro  tenia  mas  mundo  y,  sin  decir 
agua  va,  le  metió  un  cuchillazo  en  el  pecho.  Y  el  homecida  se  abrió 
entonces  la  camisa,  para  que  otro  le  alumbrara  con  un  fósforo  y  se 
viera  la  zanja,  aun  no  cerrada  por  el  tiempo,  en  sus  carnes  duras  y 
tostadas. 

Desde  entonces,  apenas  pasó  un  año  sin  que  le  tocara  dar  o  re- 
cibir puñaladas.  ¡Qué  hacerle!  Habia  tanta  jen  te  mala  en  el  mundo; 
y  luego,  todo  era  llegar  a  una  parte  sin  meterse  con  naide^  y  ar- 
marse la  camorra  en  menos  que  canta  un  gallo.  Porque,  franca- 
mente, hai  cristianos  que  parecen  judios! 

Era  un  arnero  ese  bruto  de  Estai.  Dicen  que  los  gatos  tie- 


4f 

nen   siete  vidas;   pero    el    soldado   del   Buin   debía  tener  sete- 
cientas. 

Al  caer  la  noche,  los  ronquidos  de  Estai  eran  los  últimos.  Prin- 
cipiaba por  cantar,  y  seguia  después  con  el  tema  de  los  peruanos. 
Y  aun  dormido,  arrollado  ya  con  la  manta,  bajo  la  atmósfera  pesa- 
da y  sofocante  de  la  carpa,  insultaba  todavía  con  una  pesadilla  de 
tigre. 


O    O    O 


La  mañana  había  amanecido  luminosa;  pero  con  olor  a  pólvora. 
A  las  cinco,  se  levantaba  en  el  oriente  como  un  vapor  amarillo,  la 
primera  luz  del  alba,  que  mas  tarde  alumbrarla  un  campo  de  bata- 
lla, A  esa  hora,  el  cometa  brincó  sobre  su  manta,  despertado  por 
el  capitán  de  la  compañía,  oyó  dos  palabras,  vibrantes  y  secas  co- 
mo un  disparo,  empuñó  el  instrumento  de  bronce  y  momentos 
después  el  toque  de  zafarrancho  convertía  el  campamento  en  un 
infierno. 

El  primer  grupo  fué  el  de  Estai.  Sus  ojos  vivaces  lo  hablan  adi- 
vinado todo:  iba  a  comenzar  la  batalla.  Instintivamente  palpó  su 
rifle,  se  lo  acercó  al  cuerpo  y  lo  estrechó  como  si  fuera  una  mujer 
amada. 

Entre  tanto,  a  su  lado  habla  un  infierno  de  carreras,  gritos,  in- 
terjenciones  violentas,  saltos,  movimientos  desesperados,  ese  pre- 
liminar de  un  rejimiento  que  despierta  con  el  enemigo  encima,  con 
la  muerte  aleteando  como  un  murciélago  enorme  sobre  las  cabezas 
aun  dormidas. 

Cinco  minutos  después,  la  tempestad  se  calmaba^  las  compañías 
buscaban  las  líneas,  el  rumor  decrecía  lentamente  y  bajaba  sobre 
el  antiguo  vivac  desordenado  y  bullicioso,  esa  majestad  silenciosa 
del  ejército  que  aguarda  el  combate. 

El  rejimiento  se  puso  en  marcha,  descendió  una  ladera,  ocu- 
pó el  camino,  torció  una  cur\'a,  desembocó  en  un  valle  estenso 


43 

y  no  tardó  en  hacer  alto  y  aguardar  a  discreción.  Por  todos  la- 
dos, corrían  ayudantes  a  caballo,  llevando  órdenes  y  trayendo 
datos. 

Un  instante  después,  allá  a  lo  lejos  comenzaba  un  tiroteo  parejo, 
continuado,  lejano,  y  una  línea  de  globitos  blancos,  como  copos 
de  algodón,  aparecía  entre  los  árboles,  marcando  la  infantería 
enemiga. 

Suena  la  cometa,  las  voces  de  mando  se  suceden  lacónicas,  como 
pistoletazos,  y  el  rejimiento  se  desgrana  como  un  rosario  de  cuen- 
tas. Un  instante  después,  diseminadas  las  compañías  y  tendidos 
sobre  la  yerba  los  soldados,  comienza  el  fuego,  desgranado  e  inse- 
guro al  principio,  continuado  mas  tarde,  y  parejo  como  cien  ame- 
tralladoras, en  seguida. 


O    O    O 


Estai  acompaña  sus  disparos  de  una  verdadera  esplosíon  de 
insultos.  Con  los  pies  da  golpes  furiosos  en  el  pasto  y  llega  a  en- 
terrar en  la  tierra  húmeda  la  roma  punta  de  sus  botas  despedazadas. 
El  sudor  le  cubre  la  cara  y  el  humo  deja  caer  sobre  ella  un  hollín 
glorioso,  bautizo  de  los  reclutas. 

Sobre  la  línea  de  cabezas,  recostadas  en  el  pasto,  barre  el  viento 
la  nube  de  humo  blanco  como  si  quisiera  ocultar  las  compañías. 
Una  bandada  de  pájaros  vuela  ajitada,  proyectando  sus  sombras 
en  el  suelo.  Y  mas  lejos,  un  trueno  lejano  demuestra  que  la  artille- 
ría entra  en  combate  y  que  éste  es  de  vida  o  muerte. 

Dos  veces  en  una  hora  avanza  el  rejimiento,  volviendo  a  tender- 
se en  linea.  El  tiroteo  tiene  sus  alternativas,  pero  no  se  estingue; 
y  ya  se  ve  que  las  balas  son  mortíferas  porque  la  línea  se  ralea  y 
quedan  muchos  bravos  con  la  barriga  al  sol. 

Kstai  grita  y  dispara,  dispara  y  grita.  Lambrecht  lo  admira: 

— Cállate  animal! — le  dice — deja  que  hable  tu  rifle. 

— ¡Si  es  que  las  balas  se  me  atoran,  sarjento! 


44 

— Lo  que  a  tí  se  te  atoran  son  las  palabras,  bandido.  ¿Quieres 
callar? 

— jYa  me  callo!  Las  ganas  que  tengo  yo  de  botar  esta  es- 
copeta y  echarlas  a  cuchillo  limpio. . .  Mire  usted  que  se  mueran 
los  niños  como  moscas,  por  éstos. . .  de  peruanos! 

Y  Estai  echaba  mano  a  la  cartuchera  y  queria  meter  de  a  tres 
balas  juntas  en  el  riñe,  y  se  desesperaba  de  que  aquello  no  matara 
como  él  deseaba  que  mátase. 

£1  combate  se  háciá  fuerte,  fuerte.  £1  sol  quemaba  como  un 
tizón.  Lá  sangre  corría  á  hilitos  entre  el  pasto,  y  cada  soldado 
con  tierra  y  sangre,  con  sudor  y  pólvora,  se  veia  fiero  como  un 
perro  bravo. 

¡Adelante!  Estai  se  revuelve  como  un  toro,  biama,  ruje.  se  en- 
ronquece. Tira  el  rifle,  lo  recoje,  se  lo  echa  a  lá  cara,  dispara 
vuelve  a  gritar.  Es  un  endemoniado  que  ya  no  se  contiene  tendido, 
que  ya  no  cree  en  su  rifle,  que  rebosa  ira  y  coraje. 

— ¡Bah!  Saijento,  ahí  va  la  escopeta,  es  un  trasto  inútil,  gritó  de 
pronto  el  bruto  de  Estai,  botando  lejos  el  rifle  humeante  y 
echando  a  correr  hacia  el  enemigo,  sin  que  Lambrecht  lograra  al- 
canzarlo. 

— ¿Qué  va  a  hacer  este  bandido?  preguntó  aterrado  el  sar- 
jento. 

Pero  Estai  corria,  corria.  De  pronto  se  detuvo  y  pareció  tro- 
pezar. 

— Le  metieron  una  pildora— gritó  un  soldado. 

— ¡Nada! — dijo  otro — este  tiene  siete  vidas.  Sigue. . .  ¿lo  ven? 

Y  Estai  seguia,  pero  pareció  cambiar  de  pronto  su  plan.  Se  de- 
tuvo, accionó  enérjicamente  insultando  a  las  líneas  peruanas.  Su 
voz  se  oyó  desde  las  guerrillas  del  Buin,  y  centenares  de  ojos  en- 
rojecidos lo  miraron  con  asombro.  Y  en  seguida,  dio  vuelta  la 
espalda  a  los  enemigos,  se  desató  la  correa  que  ataba  los  anchos 
calzones  de  dril  blanco,  volvió  hacia  ellos  lo  que  encontró  mas 
despreciativo  volver,  inclinó  casi  hasta  el  suelo  la  cabeza  para  mi- 
rar a  los  peruanos  por  entre  sus  piernas,  y  g^tó  casi  con  un  rujido 
supremo: 

— ¡Apunten  aquí  . .  cochinos,  bandidos,  facinerosos! 

Una  bala  fué  a  vengar  el  insulto.  Estai  cayó  de  lado,  con  la 


45 

desnuda  espalda  bañada  en  sangre,  y  se  estiró,  tieso  como  un 
poste. 
Lambrecht  se  quedó  con  la  boca  abierta. 

••• •-•.•••..  ••••••••«.... •■•.« ••  •.<•  .•..•■.••••• 

Otros  han  caldo  con  majestad,  con  heroísmo,  con  firmeza;  Estai 
tenia  que  morir  como  era:  a  lo  bruto. 


LOS  CHUnCHOS 


ESTÁBAMOS  reunidos  en  el  pequeño  salón  de  la  casa  de  Ricardo^ 
nuestro  amigo  del  colejio,  que,  como  ustedes  deben  recordar, 
se  casó  el  año  pasado  con  una  de  las  muchachas  mas  encan- 
tadoras de  Santiago.  Era  uno  de  esos  salones  de  casa  de 
campo  que  conocemos  tan  bien:  ventana  con  fuertes  barrotes 
de  fierro,  a  un  lado;  una  puerta  fuertemente  asegurada  con  su  tran- 
ca, al  otro;  mesa  redonda  al  centro  y  sobre  ella  la  lámpara  de  para- 
fina  con  su  quemador  belga  y  la  campana  de  cristal,  balanceándose 
con  el  tiraje  del  aire  caliente;  el  piano,  en  seguida,  arrinconado  y 
abierto  casi  siempre  para  pasar  las  largas  veladas  del  campo,  con 
las  dulcísimas  armonías  de  Shumman  y  los  trozos  inspirados  de 
Mendelsson,  Rubinstein  y  Greig. 

Esa  noche  habia  principiado  admirablemente  bien.  Abierto  so- 
bre el  atril  del  piano  un  grueso  cuaderno  de  PagUacci,  con  una  fan- 
tástica portada  en  sepia,  sobre  la  cual  se  destacaba  la  cara  de  un 
payaso  con  su  gorro  puntiagudo,  se  pidió  a  Elena,  la  mujer  de  Ri- 
cardo, que  nos  tocara  algunas  de  las  piezas  de  su  repertorio.  Del 
ridi,  pagliaccio  se  pasó  insensiblemente  al  intermezzo  de  Caballería, 
Estaba  encantadora  la  velada.  En  una  mesa  se  hacia  intrincada 
partida  de  damas  entre  Ricardo  y  el  mayor  García;  en  la  otra  hojea- 


48 

bamos  con  la  chica,  hermana  de  Elena,  un  álbum  de  la  revolución 
francesa,  en  que  desfilaban  jacobinos  y  jirondinos  con  gorros  fri- 
jios  y  amenazantes  picas,  los  retratos  de  Mirabeau,  Danton  y  Ro- 
bespierre,  y  los  de  la  infortunada  María  Antonieta  y  de  la  princesa 
de  Lamballe.  De  cuando  en  cuando  caian  sobre  las  hojas  maripo- 
sillas  nocturnas,  tostadas  en  el  tubo  caliente  de  la  lámpara,  y  que 
nos  veíamos  precisados  a  barrer  con  un  soplido. 

Calló  el  piano  con  las  últimas  melodías  de  una  pieza  de  Chami- 
nade,  y  Elena  se  dio  vuelta  hacia  nosotros,  haciendo  jirar  el  piso 
del  piano. 

— ¿Qué  hai?  Esos  jugadores  todavía  no  se  cansan.  Con  seguri- 
dad que  ni  saben  lo  que  he  tocado. . .  Y  vamos  a  ver  usted,  señorita 
Sara,  ¿no  piensa  acostarse  esta  noche? 

—¡Ai,  hermana!  ¡Qué  lindas  son  estas  estampas! 

En  el  instante  de  silencio  que  siguió,  se  escuchó  a  lo  lejos  la  can- 
turria pertinaz  de  los  sapos,  tan  suave,  tan  plateada  como  si  fueran 
gorgoritos  de  agua,  eternamente  golpeados  por  un  chorro.  Hubo 
un  momento  en  que  todos  pusieron  atento  oido  a  esa  melodia  del 
silencio,  que  parece  el  himno  que  entonan  los  campos  al  sosiego 
reparador  de  las  noches  serenas. 

De  repente,  un  graznido  metálico,  cortante,  seco,  sonó  afuera  en 
uno  de  los  árboles  vecinos  a  la  ventana.  Elena  abrió  sus  ojos  azu  - 
les,  palideció  un  tanto  y  esclamó  con  marcado  acento  de  susto: 

— ¡Un  chuncho! 

El  mayor  Garcia  dejó  caer  las  cartas,  levantó  su  cara  de  artillero, 
con  los  gruesos  bigotes  erizados  a  la  prusiana,  y  preguntó: 

— ¿Cree  usted  en  estas  supercherías,  Elena? 

— No. . .  talvez  no.  Pero,  francamente,  preferiria  no  sentir  nunca 
cantar  a  un  chuncho. 

— Pero  eso  es  una  niñeria,  agregó  Ricardo.  El  que  después  que 
cante  un  chuncho  se  muera  una  persona,  es  lo  que  puede  ocurrir 
después  de  cualquier  canto.  ¿Tienes  seguridad  de  que  después  de 
habernos  tocado  tú  ese  precioso  intermezzo  de  la  Caballería^  no  puede 
morirse  alguno  de  los  presentes?  ¿Echaríamos  por  eso  la  culpa 
a  Leoncavallo?  Vamos,  Elena,  eres  demasiado  intelijente  para  que 
des  oído  a  tales  tonterías. 

Elena  calló;  pero   como  yo  en  ese  momento   cerraba  el  álbum, 


49 

después  de  mirar  la  última  lámina,  que,  si  mal  no  recuerdo  repre- 
sentaba a  Camilo  Demoulins  en  el  juramento  de  la  Cancha  de  Pe- 
lotas, me  sentí  tentado  a  tomar  parte  en  la  conversación. 

— ¿Me  promete  usted,  Elena,  no  darle  ninguna  importancia  al 
cuento  que  voi  a  contar? 

—Antes  de  conocerlo,  imposible. 

— Es  condición  esencial.  Si  no,  me  veré  obligado  a  no  contarlo. 

— ^Acepto.  Vamos  al  cuento. 

Los  jugadores  dejaron  las  cartas  y  se  colocaron  en  actitud  de 
escuchar;  empujé  yo,  lejos,  el  álbum  de  la  revolución;  y  princi- 
pié así: 

— Pasaba  las  vacaciones  del  año  93  en  el  fundo  de  Los  Kosaks, 
con  su  arrendatario  Miguel  Antonio  Espinosa,  que  ñié  compañero 
mió  de  Universidad  y  un  excelente  amigo. 

— Conocí  a  su  padre — dijo  el  mayor  Garcia. 

— Era  cosa  averiguada  que  llegando  yo  de  Santiago  a  Los  Rosa- 
les  no  se  dormia.  Conversábamos  durante  la  comida,  después  de  la 
comida  y  hasta  después  de  acostamos,  puesto  que  lo  hacíamos  en 
un  mismo  dormitorio,  que  tenia  una  gran  ventana  hacia  la  huerta. 
¿De  qué  hablábamos?  Ante  todo  de  la  situación  política,  después 
de  los  amigos,  enseguida  de  algunos  temas  del  repertorio  masculino, 
y  por  último,  de  literatura  y  arte.  El  cuento  era  hablar  hasta  por 
los  codos  y  en  mas  de  una  ocasión,  después  de  luminosa  diserta- 
ción mia  sobre  la  pintura  moderna,  me  encontraba  con  que  Miguel 
Antonio  roncaba  como  un  bienaventurado. 

Era  la  noche  del  23  de  enero.  ¿Lo  olvidaré?  ¡Imposible!  En 
medio  de  nuestra  charla  un  grito  de  chuncho  hizo  saltar  sobre  la 
cama  a  mi  amigo,  que  era  el  hombre  mas  superticioso  de  la  tie- 
rra. Encendió  la  luz  y  me  preguntó  con  voz  verdaderamente 
irritada. 

— ¿Has  oido?  ¡Caramba  con  el  animalito  fastidioso! 

— Ríete,  hombre,  de  esas  cosas  ..  Como  te  decia,  la  escuela 
brerafaelUta  influye  hoi  en  la  pintura  de  una  manera  desesperante. . . 

— jOtra  vez!  ¿Pero  has  oido  a  ese  pajarraco?  ¿Tendré  que  echarle 
al  cuerpo  una  buena  dosis  de  municiones? 

— Cálmate,  hombre.  Oye  lo  que  dice  Julio  Lemaitre  en  un  artícu- 
lo del  Fígaro, . , 


50 

— ¡Cáspita  con  el  chunche!  Fíjate  como  chilla  el  badulaque  ¡Pero, 
hombre!  £sto  es  para  perder  la  paciencia. . 

Dice  Lemaitre,  que  la  potencia  decorativa,  va  primando  sobre 
el  poder  imajinativo  de  antaño.  Yo,  te  diré,  no  pienso  como  Le- 
maitre; pero  se  me  figura  que  no  va  en  esto  del  todo  descami- 
nado.. 

— ¡Caramba!  Yo  no  aguanto  mas  esta  serenata  de  afuera,  te  juro 
que  lo  mato. . 

Y  sentí  que  Miguel  Antonio  saltaba  de  la  cama  y  prendía  su 
vela. 

— Pero,  ¿qué  vas  a  hacer,  loco? 

— A  matarlo.  Déjame! 

— Pero,  hazme  el  servicio  de  no  ponerte  imbécil  ¿te  arriesgas  a 
cojer  una  polmonia,  por  matar  un  chuncho! 

A  estos  agoreros  de  cosas  malas,  es  menester  darles  una  buena 
lección,  Anjel.  Por  lo  demás,  tu  comprendes  que  yo  me  rio  de  las 
pulmonías. 

Miguel  cojia,  entre  tanto,  su  escopeta  Lafoucheux  de  dos  caño- 
nes, la  cargaba  con  sus  respectivos  cartuchos,  se  introducía  dos  en 
el  bolsillo,  y  salía  determinado  a  acabar  con  el  chuncho. 

Me  reí  de  la  aventura,  porque  aunque  Miguel  por  su  salud  de  fie- 
rro estaba  garantido  contra  las  pulmonías,  no  dejaba  de  ser  una 
barbaridad  correr  a  la  huerta  en  camisa  de  dormir  para  castigar  a 
un  chuncho  cantor. 

Hasta  aquí  llegaba  en  mí  relación,  cuando  noté  que  Elena  me 
escuchaba  con  demasiada  emoción.  Sus  dos  enormes  ojos  azules 
estaban  preñados  de  lágrimas,  y  su  pecho  se  alzaba  ajítado  por  una 
respiración  nerviosa. 

--Señora:  eso  no  es  lo  convenido — le  dije — usted  se  está  impre- 
sionando. 

— No,  no —  me  contestó,  azoradamente — siga  usted  contando. 
Me  interesa  mucho. 

Bueno; — al  poco  rato,  sentí  un  disparo  cerca  de  la  ventana  e  in- 
mediatamente un  volido  rápido,  que  indicaba  que  el  chuncho  había 
escapado  sano  y  salvo. 

Un  instante  después,  allá  mas  lejos  y  desde  la  copa  de  un  árbol. 


•al' 
8" 


53 

Y  sentí  en  efecto  que  Miguel  corría  hacia  el  fondo  de  la  huerta. 
Unos  diez  minutos  mas  tarde,  el  segundo  disparo  resonaba  en  el 
silencio  de  la  noche,  y  no  tardó  en  abrirse  ruidosamente  la  puerta 
del  dormitorio  y  entrar  Miguel,  diciendo  con  una  alegría  verdade- 
ramente infantil: 

— Lo  he  muerto,  Anjel.  Cayó  como  una  flecha  al  suelo.  Mañana 
lo  buscaremos. . .  Pero,  ¡cáspita  con  el  frió! 

— ¡Señora! — ^volví  a  decirle  a  Elena — justed  se  impresiona  dema- 
siado! No  sigo  adelante. 

— ¡Oh! — dijo,  refunfuñando,  Ricardo — no  le  hagas  caso;  sigue  no 
mas... 

Bien.  Al  dia  siguiente  al  levantarme,  Miguel,  que  siempre  lo  ha- 
cia dos  horas  antes  que  yo,  permanecía  en  la  cama. 

— Me  siento  mal — me  dijo — estoi  algo  afiebrado,  y  siento  aquí 
en  la  espalda  una  punzada. 

— ¡Malo,  malo! — dije  yo. — Llamaré  al  doctor  Ruiz,  que  está  aquí 
en  Coltauco.  Lo  divisé  antes  de  ayer. 

No  les  pondero,  si  les  aseguro  que  Miguel  se  nos  fué  en  veinti- 
cuatro horas.  Ruiz  me  aseguraba  que  jamas  había  presenciado  una 
pulmonía  mas  fulminante.  Se  lo  voló  la  fiebre;  todo  fué  inútil.  Lie 
gó  el  cura,  lo  absolvió  y  le  puso  la  estremauncion.  Había  muerto. 

— ¿Ahora  me  preguntarán  ustedes  si  me  asustan  los  chunches? 

Pues  les  aseguro  que  no.  Me  rio  de  ellos,  como  me  he  reído  siem- 
pre y  como  me  reiré  toda  la  vida. 

— Hoi  no  duerme  la  señora  Elena — dijo  Ricardo  en  tono 
zumbón. 

Y  un  momento  después,  sentados  en  tomo  de  la  mesa,  bebíamos 
la  taza  de  té,  riéndonos,  de  muchísimas  cosas  divertidas. 

Veinte  dias  mas  tarde  recibí  en  Santiago  el  siguiente  telegrama: 
<- Elena  ha  muerto,  avisa  a  familia.  Voi  con  cadáver  en  el  espreso 
de  mañana. — Ricardo, 


Lñ  TRILLñ 


(CUADROS  DEL  CAMPO) 


LA  AGRICULTURA  nunca  está  tan  decaída  ni  tan  en  ruinas  como 
se  asegura  por  ahí,  en  la  prensa  y  en  los  clubs.  Y  la  razón  es 
que  los  agricultores  son  quejumbrosos  de  suyo  y  nunca  con- 
fiesan el  cincuenta  por  ciento  de  sus  ganancias. — ¿Cómo  está 
la  cosecha  este  año?  se  les  pregunta. — Regular,  contestan  en 
el  mejor  de  los  casos. — ¿Y  la  viña? — Helada  enteramente. — ¿Y  las 
chacras? — Mui  atrasadas:  no  darán  los  gastos. 

Con  esto  y  el  deseo  de  teñimos  el  horizonte,  varias  personas  de 
buena  voluntad  dicen  por  ahí  que  la  agricultura  es  un  cadáver  in- 
sepulto, que  el  salitre  se  acaba  el  día  menos  pensado,  que  las 
minas  no  son  nuestro  porvenir,  y  que  Chile  va  a  amanecer  de 
un  momento  a  otro  sin  mas  esperanzas  que  el  trigo  y  los  ga- 
nados. 

Conviene,  pues,  para  el  caso  en  que  lleguemos  a  ser  un  pueblo 
agrícola,  que  nos  habituemos  a  mirar  algo  mas  que  el  mar  y  sus 
accesorios,  y  volvamos  la  vista  a  uno  de  esos  pedazos  de  llanura 
verd^^surcadas  de  alamedas  y  encerradas  en  cerros  llenos  de  cha- 
guales  y  espinos. 


54 

El  trabajo  comercial  es  árido  como  una  operación  aritmética:  un 
telefouazo,  una  contestación,  una  suma,  y  está  todo  terminado,  sin 
dejar  otro  rastro  que  el  pago  de  la  comisión. 

Pero  el  trabajo  del  campo  tiene  tanto  color  como  la  paleta  re- 
vuelta y  enmarañada  de  un  artista.  El  cielo  se  abre  terso  y  limpio 
como  una  concha  de  raso  azul;  por  el  oriente  se  estíende  la  gran 
muralla  que  nos  ha  dado  Dios,  por  el  occidente  el  mar,  y  en  este 
inmenso  teatro  en  que  funciona  el  sol  dejando  caer  con  regularidad 
desesperante  sus  rayos  de  fuego,  el  agua  estendiendo  su  riego  y 
reverdeciendo  los  campos,  y  la  tierra  fructificando  con  la  potente 
fecundidad  de  madre,  se  ajita  todo  el  mundo  agrícola,  vivo  y 
risueño. 

Han  llegado  los  últimos  días  de  enero,  )'  se  está  haciendo  la  en- 
cierra con  inusitado  vigor  y  actividad.  Ya  no  hai  siesta!  Las  enor- 
mes carretas  cargadas  hasta  el  tope  de  espigas  doradas,  van  bam- 
boleantes por  los  caminos,  con  el  eterno  chirrido  de  sus  ruedas, 
reproduciendo  en  forma  rústica  y  desbordante  el  mejor  cuerno  de 
la  abundancia  de  nuestros  campos. 

La  llanura  sembrada  se  ajita  por  el  viento  en  olas  de  espigas, 
que  dan  reflejos  de  oro.  A  lo  lejos  asoman  sus  cabezas  en  el  trigo 
los  segadores  inclinados  sobre  la  tierra  moviendo  incesantemente 
la  hechona,  y  mas  lejos  se  estienden  los  cerros  de  la  cordillera,  que 
por  mas  que  se  empinan  no  alcanzan  a  ver  el  mar. 

La  encierra  ha  terminado  y  va  a  comenzar  la  trilla,  lo  que  se 
nota  en  el  ambiente,  que  está  mas  perfumado;  en  la  brisa,  que  trae 
punteos  sueltos  de  guitarras  y  lejanas  voces  de  cantoras  que  ensa- 
yan la  garganta. 

Las  máquinas  Ramson  que  turbaron  un  dia  con  su  largo  silbato 
el  silencio  de  los  campos,  hicieron  huir  con  alborotado  y  frenético 
galope  a  las  yeguas  que  hacian  la  trilla  bajo  los  cascos  de  sus  pa- 
tas. La  trilla  se  apagó,  se  descoloró,  se  fué  en  el  medio  de  un  esca- 
pe de  vapor,  como  la  última  esencia  de  una  vieja  y  poética  vida  de 
algazara  campestre. 

Las  máquinas  son  prosaicas  de  suyo,  porque  hacen  el  eterno 
cuadro  del  trabajo  moderno  con  una  chimenea  que  arroja  humo 
y  un  volante  que  jira  con  ciclópea  velocidadad.   Esos  émbolos 


55 

han  espulsado,  de  entorno  suyo,  el  color,  la  vida  animal,  el  viento 
y  el  aroma. 

Vamos,  pues,  a  tm  rincón  donde  las  yeguas  hayan  parado  su 
galope  y  encontrado  asilo  contra  la  invasión  de  las  Ramson. 

Ha  amanecido  el  dia  de  la  trilla;  un  dia  de  febrero,  claro,  lumi- 
noso, lleno  de  sol,  abierto  hacia  todos  lados.  La  era  es  un  acina- 
miento  de  aristas  doradas,  que  parece  concentrar  y  atraer  sobre  sí 
toda  la  luz  y  todo  el  sol  del  valle. 

Por  las  alamedas  avanza  las  carretas,  cargadas  con  todos  los  me- 
nesteres, incluso  *  las  niñas,  que  van  afinando  ya  las  guitarras  y 
tamboreando  sobre  sus  sonoras  cajas. 

De  todos  lados  vienen  jinetes,  con. sus  espuelas  de  grandes  ro- 
dajas, que  suenan  como  cascabeles  de  plata,  y  la  manta  domingue- 
ra doblada  al  hombro  con  chic  sin  igual. 

Kn  la  ramada  se  van  juntando,  saludándose,  echando  cálculos 
sobre  lo  que  rendiré  la  cuadra,  ponderando  sus  caballos  y  esperan- 
do que  lleguen  las  niñas  a  alegrarlo  todo  con  sus  ojillos  de  gatas 
enamoradas,  y  la  voz  plañidera  y  melosa  con  que  cantarán: 


¡Tan  chiquitita  y  con  luto, 
Dime  quien  se  te  murió, 
Que  si  se  ha  muerto  tu  amante, 
No  llores  que  aquí  cstoi  yo! 


Por  fin,  a  lo  lejos,  por  la  puerta  de  trancas  del  potrero,  aparece 
una  polvareda:  jSon  ellas!  No  nos  referimos  a  las  niñas,  sino  a 
las  yeguas. 

Su  marcha  remece  el  suelo  alfalfado  y  endurecido  por  el  sol,  y 
se  van  acercando  como  una  avalancha,  sueltas  al  viento  las  crines, 
la  cabeza  balanceándose  con  coqueta  alegría  y  el  braceado  galope 
mostrando  la  buena  sangre  de  la  yeguada. 

Los  jinetes  se  separan  de  la  entrada,  parten  al  galope,  revuelven 
sus  caballos,  y  abren  por  fín  calle  a  la  enorme  cuadrilla  que  relin- 
cha, se  encabrita,  levanta  las  orejas,  se  detiene  ante  la  abertura  de 
la  quincha,  y  se  lanza  después  silenciosamente  sobre  el  trigo  que 
forma  un  muelle  colchón  a  la  yeguada. 

8 


57 

El  galope  se  cambia  dentro,  primero  en  trote  y  después  en  paso; 
y  no  se  sienten  ya  los  pasos  sino  el  crujido  de  la  espiga  envuelta  y 
desmenuzada  bajo  los  cascos  de  las  yeguas. 

I^os  jinetes  se  ofrecen  la  preferencia,  para  correr;  por  fia  se  lan- 
zan dos  y  comienza  la  trilla,  la  alégala  y  la  ñesta  del  campo. 

Las  yeguas  van  al  galope,  saltando  casi  y  enterrándose  en  el 
grueso  colchón  de  espigas.  Es  un  círculo  vertijinoso,  que  da  vuel- 
tas, que  se  emborracha  con  sol,  con  luz,  con  fuego,  con  el  polvo 
que  se  levanta  por  el  aire  y  cae  jugueteando  con  millares  de  paji- 
tas  que  parecen  plumilla  de  oro  calda  del  cielo. 

Mas  tarde  las  yeguas  no  se  ven  entre  el  remolino  de  la  paja  que 
levanta  el  viento  y  el  polvo  dorado  que  envuelve  la  cara;  y  los  ji- 
netes siguen  sucediéndose  de  dos  en  dos  alternando  sus  clamores, 
con  risueño  y  variado  estribillo. 

Mas  tarde  aun,  humea  la  cazuela  a  la  sombra  de  los  árboles,  co- 
rre chacolí  superior,  suena  el  punteo  de  la  guitarra,  sale  a  cancha 
una  pareja,  y  hai  ojos  que  centellean,  sangre  que  bulle,  cuerdas  que 
se  destuercen  y  enredan,  tamboreo  que  despierta  un  viejo  cúmulo 
de  recuerdos,  y  canto,  canto  alegre,  vibrante,  que  va  rodando  por 
las  alamedas  y  llega  al  faldeo  del  cerro,  y  vuelve  en  ondas  sonoras 
despedidas  por  el  eco. 

Y  bajo  ese  cielo  azul,  que  es  el  nuestro,  ante  esas  montañas  tes- 
tigos de  toda  nuestra  vida  de  pueblo,  con  ese  canto  que  es  también 
nuestro,  la  sangre  chilena  hierve,  como  hierve  dentro  de  la  holla 
de  greda  la  cazuela  espum(»sa  y  picante. 

En  una  trilla  bailaba  un  huaso  joven  y  alegre,  con  la  mano  en  la 
cadera,  y  los  ojos  tiernos  fijos  en  los  jiros  endemoniados  de  su  en- 
demoniada compañera  de  baile.  Eso  era  cueca!  Qué  lijereza  de  pié, 
qué  ctilebrear  de  cuerpo,  qué  hacer  de  lindezas  desde  la  cadera  para 
arriba,  y  de  dibujos  para  abajo!  El  chacolí  corria,  y  ese  huaso  era 
ya  un  instrumento  sonoro,  porque  de  sus  labios  sallan  chistes  a 
borbotones,  de  su  garganta  tonadas  armoniosas  y  tristes,  y  de  sus 
ojos  un  volcan  de  pasión. 

Cuando  todos  se  agrupan  para  verlo,  y  oirlo,  para  no  perderle 
una  silaba,  parecía  que  estaba  allí  todo  el  pueblo  de  Chile  encarna- 
do en  ese  rotito  de  ojos  negros. 


De  repente,  le  brillaron  los  ojos;  el  chacolí,  el  canto,  el  amor,  el 
sol,  la  luz,  los  ojos  de  las  mujeres,  el  olor  a  la  madre  tierra  exu- 
berante y  rica  de  verdura,  habian  embriagado  a  ese  reicito  del 
campo. 

Saltó  a  su  caballo,  montó  en  él,  apretó  las  espuelas  y  se  lanzó  al 
galope. 

¿Donde  iba?  Todos  se  levantaron  y  lo  vieron  desaparecer  por 
una  alameda  a  todo  el  escape  loco  de  su  caballo  tordillo.  Después 
se  siguió  sintiendo  el  ruido  del  galope  en  la  calma  del  campo,  y 
después  hubo  silencio. 

Los  que  siguieron  detras  para  alcanzarle  lo  encontraron  deshe- 
cho contra  la  primera  valla  de  piedra  del  cerro. 

¿Porqué  se  habia  lanzado  ese  hombre  en  esa  carrera  loca,  verti- 
jinosa,  suprema? 

¡Ah!  Habia  algo  estraño  en  ese  suicidio,  en  el  suicidio  gran- 
dioso de  ese  muchacho  producto  vírjen  del  suelo  chileno,  que  tenia 
corazón  grande,  alma  impetuosa,  cabeza  despierta  y  pasiones 
hondas. 

Y  esa  carrera  suprema,  brutal,  loca,  ¿no  tiene  una  nota  del  himno 
de  nuestras  batallas,  del  grito  de  nuestras  cargas  a  la  bayoneta,  y 
del  viva  de  nuestros  triunfos?  • 

Chile  está  en  las  batallas;  pero  está  también  en  los  grandes  dias 
del  campo. 

En  las  ciudades  a  donde  llegan  los  buques  de  Europa  trayendo 
en  las  plegaduras  de  sus  velas  el  molde  universal  y  cosmopolita  de 
la  moda,  va  desapareciendo  ese  Chile  criollo  que  aun  no  ha  encon- 
trado su  cantor. 


3C  ar 


UHñ  eiSURn  DE  ñHTñno 


Don    Pedro  de   Castro 


No  sabemos  si  en  efecto  eran  mas  simpáticos  los  padres  de 
nuestros  abuelos,  o  es  que  los  vemos  así  al  través  de  los  re- 
cuerdos de  familia  y  en  las  viejas  telas  con  marcos  dorados 
de  las  casas  de  Santiago. 

Pero  debemos  reconocer  por  lo  menos,  que  hace  sesenta  años 
se  encontraba  todavía  la  sangre  andaluza  en  toda  su  fuerza.  Mas 
tarde,  han  dado  en  decir  que  somos  los  ingleses  de  Sud -América, 
lo  que  significa  que  se  ha  borrado  yo.  la  influencia  de  esa  simpática 
y  noble  sangre  de  holgazanes  de  buen  humor. 

Hoi  por  hoi  nos  entregamos  a  los  sajones,  con  lo  que  aun  per- 
deremos el  último  resto  de  esa  sangre,  hasta  que  en  época  no  re- 
mota, nadie  recuerde  que  fué  español  Pedro  de  Valdivia. 

Pero  en  fin,  a  lo  hecho  pecho.  La  siesta  ha  pasado  a  la  historia; 
las  animadas  charlas  jugando  brisca,  carga  burro  y  lotería  al  calor 
del  brasero,  son  sólo  un  recuerdo  borroso;  el  té  ha  espulsado  de 
todos  Jos  reductos  al  mate  colonial:  hoi  no  se  chupa  la  bombilla, 
se  chupa  el  presupuesto. 
Sin  embargo,  a  pesar  de  las  positivas  comodidades  que  nos  da  la 


6o 

vida  moderna,  se  siente  cierto  agrado  en  detenerse  a  mirar  esos  re- 
tratos de  los  caballeros  antiguos  con  su  bigote  afeitado,  el  cuello 
abierto  y  la  triple  vuelta  del  enorme  corbatín  negro. 

No  hace  muchos  dias  mirábamos  uno.  Rostro  ovalado,  ojos  vi- 
vos, que  parecían  guardar  ciertos  picarones  destellos  de  los  veinte 
años,  boca  grande,  que  debió  lanzar  estruendosas  carcajadas  en  las 
noches  de  lluvia  al  llamar  en  la  lotería  «los  anteojos  de  pilatos»  al 
8,  «los  dos  patos»  al  22,  «la  edad  de  Cristo»  al  33,  «para  arriba  y 
para  abajo»  al  69,  que  también  sin  respeto  ninguno  hacia  las  seño- 
ras se  llamaba  «vomitivo  y  purgante».  En  fin,  era  un  simpático 
viejo  el  del  retrato,  uno  de  esos  viejos  a  los  cuales  da  ganas  de  de- 
cirles golpeándoles  familiarmente  la  calva:  «iAh,tuhantuelo,  cuán- 
to te  habrás  divertido!» 

—¿Sabe  usted  quién  es?  nos  preguntó  repentinamente  la  dueña 
de  casa. 

— Nó,  señora. 

— jEste  es  don  Pedro  Castro! 

Se  cumplía  uno  de  nuestros  sueños  dorados:  conocer  lo  efijie 
del  hombre  mas  ebustcro  que  ha  nacido  bajo  el  suelo  de  Chüe; 
pero  del  embustero  mas  liviano  de  sangre  y  mas  simpático. 

Recordamos  en  un  instante  cuentos  y  anécdotas  que  bajo  su 
nombre  corrieron  por  estas  tierras,  como  una  fresca  ventolera 
de  huerto  haciendo  reir  a  las  muchachas  de  entonces,  que  hoi  son 
abuelas  nuestras. 

Contaba  don  Pedro  Castro  que  en  cierta  ocasión  lo  perseguían 
unos  bandidos,  con  verdadero  ensañamiento.  El  corria  a  pié,  sal- 
tando cercas,  murallas,  acequias  y  los  bandidos  detras,  sin  aflojar 
un  punto.  Llegó  un  momento  supremo  en  que  don  Pedro  Castro 
se  detuvo  espantado  al  borde  de  una  quebrada.  Un  chorro  de  agua 
caia  al  abismo  y  se  perdia  en  la  oscuridad.  Allí  no  era  posible  sal- 
tar, menos  aun  retroceder,  y  entre  tanto  los  bandoleros  avanzaban 
hasta  alcanzarlo. 

— Ene^e  momento  decia— dando  con  el  jesto,  con  la  voz  y  con  la 
acción,  enorme  interés  a  su  aventura — en  ese  momento  tuve  una 
inspiración.  Me  santigüé  y  me  bajé  rápidamente  por  el  chorro 
hasta  poner  los  pies  en  el  fondo  de  la  quebrada. . . 


6i 

— ¡Bah! — interrumpe  alguien — pero  también  bajaron  por  el  cho- 
rro los  bandoleros. 

— ¡Nó,  señor!  ¡Qué  hablan  de  bajar!  No  seria  yo  quien  sol»  ni  me 
llamaría  Pedro  Castro,  para  servir  a  ustedes  por  muchos  años! 
Junto  con  llegar  al  sudo  de  la  quebrada,  saqué  mi  cuchillo  y  corté 
el  chorro  de  un  golpe, 

Pero  ninguna  anécdota  de  don  Pedro  Castro  se  ha  guardado  con 
mas  respeto  que  la  fuga  de  su  loro,  que  él  contaba  con  colores  vi- 
vísimos. 

— Lo  idolatraba — dccia  a  sus  amigos — era  un  loro  que  parecía 
una  persona.  Cuando  me  acercaba  a  la  jaula  me  saludaba  con  una 
venia  elegante,  y  al  tocar  la  oración  se  santiguaba  con  una  patita, 
Tenia  ademas  una  memoria  sorprendente,  porque  llegó  a  apren- 
der él  Ave  María  y  la  rezaba  de  un  tirón  sin  equivocante  jamas.  Un 
dia  el  loro  se  me  escapó  dejando  mojada  la  jaula  con  sus  lágrimas. 
Seguramente  habla  sido  la  suya  una  tiemísima  despedida. 

Pasaron  los  dias.  Era  una  tarde  de  enero,  luminosa,  clara  dor- 
mida. Don  Pedro  Castro  estaba  sentado  en  el  corredor  de  su  casa 
contemplando  el  paisaje  de  campo  que  se  estendia  delante  de  él 
cuando  sintió  un  estraño  rumor  que  venia  creciendo  gradualmente 
por  los  aires.  Puso  el  oido  alerta;  aquello  debía  ser  sobre  natural,  se 
escuchaba  en  el  aire  un  rosario  coreado:  una  voz  alta,  una  voz  de 
soprano  llevaba  el  coro,  y  cien,  mil  voces,  respondían  al  unísono. 

Don  Pedro  Castro  saltó  de  su  asiento,  corrió  al  medio  del  patio, 
y  fijó  sus  ojos  en  el  azulado  espacio.  Pero,  ¡oh  sorpresa!  una  enor- 
me bandada  de  loros  avanzaba  en  caprichosa  formación.  Al  frente 
de  todos  reconoció  a  su  loro,  a  su  querido  loro,  que  decia  con  voz 
robusta  y  clara:  «Dios  te  salve,  Maria»,  etc. . .  y  el  coro  respondía 
inmediatamente...  «Santa  Maria,  madre  de  Dios,  ruega  por  noso- 
tros pecadores» ... 

El  loro  ingrato  suspendió  de  punto  su  aéreo  rosario  y  mirando 
hacia  la  tierra  esclamó  con  voz  entrecortada: 

—¡Adiós  don  Pedro  Castro,  adiós! 

Y  la  bandada  se  alejó  por  los  aires,  haciendo  sentir  sobre  los 
campos  esa  estraña  plegaria. 

¿De  dónde  habla  sacado  don  Pedro  Castro  estas  colosales  pero 
hermosas  mentiras?  ¿Dónde  habla  soñado  ese  rosario  enseñado 


62 

pacientemente  por  su  loro  y  rezado  al  través  de  las  cañadas  y  po- 
treros de  Aconcagua? 

Otra  vez  llegaba  don  Pedro  Castro  a  su  fundo,  donde  estaba  su 
familia  alarmada  por  la  tardanza.  Iba  de  Santiago  escoltando  una 
partida  de  muías.  Para  esplicar  su  demora,  debida  no  sabemos  a 
qué  aventuras,  se  vio  obligado  a  zurcir  una  historia. 

Habían  hecho  alto  al  llegar  a  Curacaví,  en  un  zapallar,  donde 
soltaron  las  muías  y  se  tendieron  los  arrieros  a  dormir.  Al  amane- 
cer las  muías  habian  desaparecido,  y  la  consternación  de  todos  fué 
enorme. 

Sin  embargo,  se  sentía  apagado  el  ruido  de  la  campanilla  de  la 
madrina^  lo  que  quería  decir  que  no  estaban  muí  lejos. 

«Dos  horas  llevamos — decía  el  poda  de  esos  tiempos — de  dar 
vueltas  en  busca  de  las  muías,  cuando  de  repente  casi  me  fui  de 
espaldas  por  la  sorpresa.  Un  zapallo  enorme  había  a  mi  lado,  y  de 
adentro  salía  el  rumor  de  la  campanilla  y  los  pasos  de  las  muías. « 
Era,  un  zapallo  hueco,  dentro  del  cual  se  habian  metido  las  muías 
buscando  qué  comer.» 

No  sabemos  si  desde  entonces  data  llamar  zapaiios 2i\zs  mentiras 
4emasiado  grandes,  a  esas  que  no  caben  bajo  el  modesto  califica- 
tivo áQ  papas, 

Don  Pedro  Castro  mintió  hasta  la  última  hora  de  su  vída^  «Dejo 
a  mis  hijos  doscientas  mil  ovejas^,  decía  en  una  de  las  cláusulas 
testamentarias. 

Y  en  el  instante  de  lanzar  su  último  suspiro,  dijo  al  relijioso  que 
lo  asistía: 

— iQué  chasco  se  van  a  llevar  mis  herederos! 


«  K  K 


BUSCñnDO  UH   ñOmBRE 


6    DE    OCTUBRE 


EL  ANH^^RSARio  de  la  toma  del  «Huáscar»  nos  haceiecordar 
siempre  la  figura  pálida,  enfermiza  y  silenciosa,  que  recorría 
las  calles  de  Santiago  hasta  hace  pocos  años,  huyendo  del  bu- 
llicio de  la  política  y  del  vaivén  de  los  negocios  de  estado  y 
contentándose  con  vivir  de  los  recuerdos  y  de  las  esperanzas. 
Llevaba  siempre  la  gorra  de  marino  y  un  levita  negro  sencillísimo, 
ajustado  a  su  cuerpo  ríjido. 

Apoyado  en  un  bastón,  con  fisonomía  severa  e  impasible,  era  ese 
un  espíritu  de  hierro  dentro  del  mas  frájil  vaso  que  puede  sumi- 
nistrar la  naturaleza,  un  hombre  en  que  el  alma  era  grande  y  mez- 
quino el  cuerpo,  vigoroso  el  cerebro  y  raquítica  su  envoltura. 

Si  uno  admira  a  veces  que  sirva  la  tierra  para  imprimir  en  ella 
el  sello  jenial  de  un  artista,  dejando  fresca  la  huella  del  dedo  que  la 
amolda,  y  haciendo  volar  sobre  sus  contomos  groseros  la  vida  del 
arte;  era  de  admirar  que  las  enerjias  y  el  carácter  del  contralmirante 
Riveros,  estuvieran  aposentados  en  una  naturaleza  de  apariencia 


64 

tan  débil  y  tan  frájil,  en  un  cuerpo  que  parecía  poder  arrastrar  una 
racha  violenta  y  atropellar  la  carrera  de  un  muchacho. 

En  el  año  1879;  la  figura  del  valeroso  don  Juan  Williams  Rebo- 
lledo Juzgada  ya  por  la  historia,  se  iba  velando  tras  la  humareda 
inútil  de  muchos  desgraciados  planes  de  combates.  No  siempre  es 
el  valor,  el  secreto  de  los  grandes  éxitos.  La  opinión,  que  tenia 
en  él  fíjas  sus  miradas  y  puestas  sus  esperanzas,  comenzaba  a  des- 
alentarse, viendo  retardarse  de  dia  en  día  ese  sueño  dorado  en  que 
estribaba  su  ambición  mas  justa:  la  toma  del  «Huáscar». 

Entre  tanto,  el  que  hoi  dia  es  un  viejo  recuerdo  de  glorias  pasa- 
das, un  verdadero  altar  al  que  lleva  ofrendas  el  alma  chilena,  cons- 
tituía entonces  una  siniestra  amenaza  para  nuestras  costas.  A  las 
luces  indecisas  de  los  crepúsculos  se  vela  pasar,  recostado  sobre  el 
horizonte  como  una  ave  jigantesca,  ese  buque  en  que  iba  un  héroe 
peruano,  y  el  charco  aun  fresco  de  la  sangre  de  un  héroe  chileno. 

El  Gobierno  creyó  que  habla  llegado  el  momento  de  pensar  en 
el  sucesor  de  Williams  Rebolledo.  Pero. . .  ¿existia  ese  sucesor? 
¿Podría  alarmarse  a  la  conciencia  pública,  nerviosa  y  suspicaz,  pen- 
diente hora  tras  hora  del  telégrafo,  con  verdaderos  espasmos  de 
ansiedad,  de  alegría  o  de  dolor,  y  que  habría  recibido  un  golpe  de 
muerte  con  cualquiera  vacilación? 

Resolvió  el  Presidente  de  la  República  llamar  a  su  lado  al  inten- 
dente de  Valparaíso,  don  Eulojlo  Altamlrano,  cuya  serena  persona- 
lidad política  era  ya  desde  entonces  consultorio  obligado  en  los 
momentos  difíciles  y  cooperación  deseadísima  en  las  situaciones 
vacilantes. 

Se  trataba  de  sondear  en  Valparaíso  con  suma  cautela,  con  refi- 
nada diplomacia,  a  los  marinos  influyentes,  sobre  la  persona  que  a 
juicio  de  ellos  podría  suceder  a  don  Juan  Williams  en  el  caso  des- 
graciado de  que  llegara  a  faltar.  Era  menester  efectuar  esta  opera- 
ción, con  mas  tino  que  el  sondaje  que  se  hace  en  las  entrañas  de 
un  enfermo;  una  precipitación,  un  olvido,  una  indiscreción  cual- 
quiera podría  hacer  fracasar  este  paso  prdimimar  que  se  habla  atre- 
vido a  ensayar  el  Gobierno. 

Por  esta  razón  nadie  podía  ser  mas  a  propósito  que  don  Bulojlo 
Altamlrano,  para  arrancar  del  fondo  del  alma  el  oculto  pensamiento 
y  la  opinión  sincera,  a  hombres  naturalmente  espuestos  a  los  rece- 


65 

los,  a  las  suspicacias  y  a  las  naturales  envidias  propias  de  todo 
gremio  o  profesión,  por  nobles  que  sean.  Habituado  a  ensayar,  en 
él  laboratorio  de  la  política,  injeniosas  aleaciones  que  resistieran  a 
la  acción  de  los  ácidos  opositores;  sereno  conductor  de  los  gabi- 
netes al  través  de  pasos  nuevos  y  de  emboscadas  difíciles;  hombre 
de  reflexiva  discreción,  de  sagacidad  contenida,  de  frialdad  espon- 
tánea; pudo  fácilmente  el  intendente  de  Valparaíso,  captar  ese  se- 
creto, llave  de  un  problema  que  parecía  sin  solución,  y  al  que  tenia 
el  Gobierno  vinculado  en  ese  instante  todo  el  porvenir  de  las  ope- 
raciones navales. 

Tócale  el  tumo  a  un  capitán  de  navio,  cuyo  nombre  no  estam- 
pamos aquí,  por  temor  de  equivocamos.  El  señor  Altamirano 
trató  el  tema,  el  único  tema  del  día:  la  toma  del  «Huáscar».  Su 
interlocutor,  habló  naturalmente  de  nuestros  buques;  de  la  pereza 
o  poca  enexjia  con  que  se  llevaban  las  operaciones;  de  la  fama  que 
cualquier  día  podría  alcanzar  Williams  con  alguno  de  esos  actos  de 
arrojo  que  se  le  conocían;  en  fin,  de  todo  aquello  que  mas  o  menos 
se  relacionaba  con  las  preocupaciones  de  esos  instantes  de  an- 
siedad. 

El  intendente  dejaba  que  aquellos  pensamientos  se  encaminaran 
a  su  fín,  empujándolos  a  ratos  y  dejándolos  otros  que  tomaran  su 
inclinación  natural.  Por  ñn  echó  a  fondo  su  estocada  de  esgrimista 
político. 

— Yo  espero  mucho  de  Williams — dijo  despreocupadamente  el 
señor  Altamirano — creo  que  podrá  colmar  las  esperanzas  déla  opi- 
nión. Por  esta  razón  me  aflije  la  idea  de  que  el  jefe  de  la  escuadra 
pudiera  caer  herido  en  algún  combate.  Yo,  francamente,  no  veo  el 
sucesor. 

El  marino  inclinó  la  cabeza  y  franció  el  ceño  para  meditar.  Era 
mdudable  que  solo  en  ese  momento  se  le  ocurría  pensar  que  Wi- 
lliams era  de  carne  y  hueso,  y  que  por  consiguiente  cualquier  día 
podría  sucumbir  en  d  puente  de  la  nave. 

— ¿Sucesor?  Es  verdad;  yo  tampoco  lo  veo. . . 

El  intendente  levantó  alarmado  la  cabeza,  y  se  quedó  oyendo  con 
toda  el  alma  esa  conñdencia  que  llevaba  visos  de  ser  sincera. 

— . .  no  lo  veo.  Porque,  si  yo  pensara  en. . .  ¡pero  no!  Quien  sabe 
si  ese  podría  ser. . .  aunque  la  verdad  es  que  talvez  no  sirva. 


66 

Se  veia  claro  que  por  allí,  al  rededor  de  esa  cabeza,  volaba  un 
nombre,  con  esa  incómoda  persecución  déla  mosca  que  se  espanta 
y  vuelve  con  fastidiosa  insistencia  a  posarse  en  la  frente.  El  señor 
Altamirano  hacia  esfuerzos  mentales  porque  su  interlocutor  lar> 
gara  el  nombre,  que  pugnaba  por  salir  a  sus  labios,  como  el  agua 
que  burbujea  y  suena  en  la  boca  de  la  llave,  momentos  antes  de 
que^e  la  abra  para  que  suelte  el  chorro.  Quizás  violentando  algo 
su  reserva,  el  intendente  se  atrevió  a  decir 

— Pensaba  usted  en. . .? 

— No  se  estrañe  usted,  señor  intendente;  pensaba  yo  en  Galvari- 
no  Riveros. 

El  señor  Altamirano  se  enderezó  aun  mas  que  de  costumbre, 
miró  fijamente  al  marino  para  ver  si  allí  no  habia  una  burla  y  dijo 
serenamente: 

— ¡Riveros!  Creí  que  estaba  enfermo.  Lo  he  visto  tan  mal,  tan 
pálido,  tan  triste. . . 

— Es  cierto;  pero  no  hai  otro. 

Y  así,  tan  decisivamente  terminó  aquella  conferencia,  en  cuyo 
molde  se  pueden  vaciar  las  que  se  siguieron.  Don  Eulojio  Altami 
rano  se  hizo  esa  semana  el  encontradizo  con  todos  los  marinos  de 
cierta  notoriedad  que  estaban  en  Valparaíso,  y  con  todos  tocó  el 
mismo  punto. 

Probablemente,  en  aquella  ocasión  se  consultó  también  a  cierto 
capitán  de  navio  que  ambicionaba  el  comando  de  un  buque  y  que 
muerto  de  ganas  de  conseguirlo,  le  dijo  un  dia  a  don  Rafael  Soto- 
mayor,  Ministro  de  la  Guerra: 

— ¿Sabe  usted  lo  que  anda  diciendo  el  pueblo?  Que  piensan 
nombrarme  a  mí  comandante  del  Cochrane. . . 

Y  el  señor  Sotamayor  le  dijo  riéndose,  y  con  un  acento  suma- 
mente sarcástico: 

— No  le  crea  al  pueblo,  comandante. . .  ¡no  le  crea! 

Grande  fué  el  asombro  del  señor  Altamirano,  cuando  aquellos 
sondeos  termmaban  siempre  con  el  mismo  nombre  de  ese  enfermo, 
cuya  amarillenta  faz  estaba  mui  lejos  de  delatar  al  próximo  coman- 
dante de  la  escuadra. 

Eso  lo  ignoraba  el  mismo  intendente  y  se  hacia  cruces,  y  para 
consigo  mismo  se  preguntaba  si  tal  pensamiento  podia  ser  sincero; 


67 

pero,  tenia  que  arribar  a  la  conclusión  de  que  todos  aquellos  mari- 
nos habían  llegado  espontáneamente,  al  nombre  del  capitán  de 
navio  que  por  inválido  estaba  ocupando  una  plaza  de  oficinista  en 
la  comandancia  de  marina. 

Le  trasmitió  al  Gobierno  el  resultado  verdaderamente  sorpresivo 
de  su  investigación,  y  si  don  Aníbal  Pinto  no  sufrió  un  síncope  al 
leer  el  nombre  de  Riveros,  fué  porque  en  aquellas  ocasiones  esta- 
ban demás  los  síncopes. 

Fué  el  mismo  intendente  de  Valparaíso  el  encargado  de  entregar 
a  don  Galvarino  Riveros  los  pliegos  cerrados  para  una  comisión  al 
norte.  Es  indudable  que  el  señor  Altamirano  debia  sentirse  fuerte- 
mente exitado  por  las  emociones  de  ese  encargo.  Conocía  al  hom- 
bre enfermo,  pálido,  seco,  impasible,  que  andaba  con  dificul- 
tad, que  se  ayudaba  de  un  bastón,  que  sufria  una  dolencia  cró- 
nica y  molesta;  y  en  quien  por  el  mas  admirable  procedimiento 
hablan  recaído  todas  las  opiniones  de  los  marinos,  después  de 
vacilar  éstos,  de  pensar,  titubear,  ponerse  la  mano  sobre  la  frente 
y  clavar  los  ojos  en  el  techo. 

Era  de  mañana.  La  bahía  de  Valparaíso,  mas  desierta  entonces, 
muchísimo  mas  desierta  que  hoi,  dejaba  ver  las  aguas  verdes  y 
tranquilas  con  el  reflejo  de  los  cascos  negros  de  los  buques  y  los 
puntos  blancos  de  las  chalupas  que  iban  y  venían.  El  sol  reverbe- 
ando  en  ese  cristal  profundamente  verde,  hacia  mas  intensa  la 
mancha  oscura  de  cada  barco,  que  se  veía  duplicado  sobre  el  agua 
Inmóvil  y  pintaba  con  su  pincel  inimitable  la  mas  hermosa  acua- 
rela que  se  hubiera  podido  concebir. 

El  señor  Altamirano  se  dirijíó  a  la  comandancia  de  marina,  don- 
de encontró  ya  en  su  puesto  de  oficinista  a  don  Galvarino  Riveros, 
inclinado  sobre  los  papeles  de  esa  ya  engorrosa  tramitación  de  de- 
cretos y  planillas. 

Debió  detenerse  un  instante  para  ver  el  rostro  enfermiso,  lá  mi- 
rada triste,  el  desfallecimiento  aparente  de  ese  hombre  al  que  iban 
a  confiarse  destinos  muí  valiosos.  Pero,  sin  tiempo  que  perder,  se 
acercó  a  saludarlo,  interrogándole  por  su  salud.  La  respuesta  fué 
la  de  siempre:  — «Lo  mismo».  El  intendente  le  dirijió  esta  súbita 
pregunta: 

— ¿Y  cómo  estarían  los  ánimos  para  embarcarse? 


68 

Algo  pasó  por  allí  inesplicable:  un  relámpago  iluminó  los  ojos 
de  ese  hombre,  que  centellearon  con  un  fulgor  de  vida;  el  rostro 
inerte  se  animó  con  una  espresion  de  fiereza,  que  difícilmente 
se  hubiera  podido  olvidar;  la  pluma  se  cayó  de  la  mano,  crispada 
por  la  emoción,  y  los  labios  se  movieron  durante  un  rato  para  decir 
todo  lo  que  del  pecho  quería  salir. 

— Señor  intendente— dijo,  por  fin,  Riveros — cada  mañana,  cuan- 
do apoyado  en  este  bastón  me  vengo  a  la  oficina,  traigo  inclinada 
la  cabeza  de  vergüenza  y  de  pena. . .  Mientras  yo  me  arrastro  por 
la  calle  y  vengo  a  enclavarme  como  un  remero  a  este  asiento,  mis 
compañeros  se  baten  por  la  patría  y  caen  como  unos  leones  en  la 
cubierta  de  nuestros  buques. — ¿Si  estoi  dispuesto  a  embarcarme? 
¡Ah,  señor  intendente!  Vería  colmada  la  única  ambición  de  mi 
vida...! 

£1  señor  Altamirano  debió  sentirse  sobrecojido  ante  la  esplosion 
de  fuego  surjida  de  esa  mirada  opaca,  que  volvió  lentamente  a  apa- 
garse en  el  rostro  frío  y  pálido  de  Riveros.  Se  llevó  la  mano  al 
bolsillo  y  alargó  al  marino  los  pliegos  cerrados,  diciéndole: 

— Usted  se  embarca  mañana  mismo. 

Allí  no  hubo  mas  palabras.  El  alma  de  Prat  estaba  presente, 
cerniéndose  sobre  ellos  con  alas  invisibles;  pero  Galvarino  Riveros 
sintió  deseos  de  doblar  la  rodilla  y  dar  gracias  al  cielo. . 

ttí    Mí    Mí 

Inútil  sería  repetir,  como  todos  los  años,  la  narración  del  com- 
bate de  Angamos,  en  que  cayó,  después  de  un  inj  enloso  plan  de 
operaciones,  el  monitor  c Huáscar».  Cúmplenos  recordar  en  estos 
momentos  la  estinguida  figura  del  contralmirante  Riveros,  que  lo 
llevó  a  cabo,  y  enviar  nuestro  saludo  respetuoso  al  contralmirante 
Latorre,  que  lo  secundó  con  denodada  valentía. 

A  la  distancia  de  pocos  años,  las  líneas  de  las  figuras  de  la  gue- 
rra del  Pacífico,  que  es  la  historia  de  ayer,  van  tomando  la  serena 
armonía  del  mármol,  y  se  alargan  inmensamente  como  si  buscaran, 
para  restablecer  la  proporción,  un  pedestal  de  piedra  con  una  plan- 
cha de  bronce. 


9f^  9^  9(^  9$^  \^ 


Las  sandillas  y  las  sandias 


ORTOGRÁFICAMENTE  considerada,  la  diferencia  que  existe  entre 
ambas  es  insignificante:  apenas  dos  e/rs,  Pero  consideradas 
socialmente  hai  entre  las  dos  una  distancia  tan  larga  y  un 
abismo  tan  profundo,  que  de  nada  serviría  un  puente  con 
el  largo  del  puente  Bio-Bio  y  con  la  altura  del  viaducto 
del  Malleco. 

Hermanas  siameses  y  no  obstante  enemigas  irreconciliables,  se 
dan  en  una  misma  mata  y  a  veces  cuelgan  de  un  mismo  pezón,  y 
sin  embargo,  por  el  solo  hecho  de  que  la  coja  a  una  la  mano  blan- 
ca de  una  señora,  y  otra,  la  tosca  mano  de  un  peón,  agrega  esta 
última  dos  eles  a  su  nombre  y  reniega  de  la  familia  y  de  la  cuna 
común. 

Desde  entonces  siguen  opuestos  caminos  y  la  diferencia  se  hace 
cada  vez  mas  profunda.  Recibida  la  prímera  sobre  un  plato,  es  di- 
vidida en  cuatro  o  cinco  o  seis  partes,  cortada  en  trozos  por  un 
limpísimo  cuchillo,  y  clavados  éstos  uno  por  uno  con  el  tenedor. 
La  otra  no  tiene  mas  plato  que  su  propia  cascara,  solo  se  parte  en 
dos  trozos  iguales,  (que  lo  demás  es  profanarla),  y  queda  clavado 
en  una  mitad  el  tenedor  y  en  el  otro  el  cuchillo.  La  cascara  de  la 


70 

sandia  queda  con  una  superficie  rosada,  que  admitiria  una  segunda 
rebusca  como  en  las  minas  aun  no  broceadas;  la  de  la  sandiUa  que- 
da delgadísima,  verde  como  la  esperanza  y  buena  solo  para  los  ho- 
cicos de  los  cerdos  que  las  adivinan  al  través  de  barro  y  las  devo- 
ran con  fruición  imponderable. 

La  sandia  es  recibida  con  fñaldad,  llega  a  la  mesa  donde  la  sed 
no  se  siente  y  donde  el  estómago  exije  algo  mas  suculento,  cae 
casi  siempre  mal,  necesitándose  la  ayuda  poderosa  del  bicarbonato 
o  de  la  magnesia  ñuida;  en  cambio  la  sandilla  sale  en  los  dias  de  sol 
como  el  arco  iris  después  de  una  tormenta,  como  una  bandera  de 
tregua  en  las  quemantes  trincheras  de  un  asedio. 

Formidable  baluarte  donde  no  llega  el  sol,  la  sandilla  se  abre 
como  la  llave  de  un  roció  y  en  la  esponjosa  carne  que  cruje  al  paso 
del  cuchillo,  lleva  agua  para  la  garganta,  y  engañoso  volumen  para 
el  estómago  necesitado.  Y  si  éste  reconociendo  el  engaño  vuelve  a 
pedir  mas  tarde,  queda  la  otra  mitad  para  volver  a  repetir  la  broma 
y  mantenerlo  tranquilo  por  muchas  horas. 

Dejemos,  pues,  a  la  renegada  sandia  que  busca  las  blancas  manos 
y  se  entrega  solo  a  los  cuchillos  con  mango  de  marfil  o  de  plaqué; 
dejémosla  que  abandone  la  pobreza  de  su  cuna  y  vaya  a  correr  mil 
peligros  por  recibir  incienso  de  cortesana  y  rodearse  de  sedas  no 
bien  merecidas;  dejémosla  despreciada  y  deshecha  sobre  los  hela- 
dos platos  con  recortes  dorados,  mientras  su  hermana,  fiel  al  ho- 
gar y  humilde  a  la  suerte,  es  consuelo  y  paño  de  lágrimas,  refrije- 
rio  del  que  trabaja  y  "tente  en  pié"  del  que  sufre  hambres. 

Cuando  Dios  espulsó  a  nuestros  primeros  padres  del  Paraiso^ 
éstos  no  tuvieron  necesidad  de  sacar  equipaje  porque  la  única  ropa 
que  tenian  y  que  eran  las  hojas  de  parra,  las  llevaban  puestas.  El 
Creador  dijo  entonces  a  Adán. — Oye,  mal  hombre;  para  que  no  te 
vayas  con  las  manos  vacias,  llévate  ese  par  de  sandias  que  hai  col- 
gando en  esamata.  Y  salió  Adán  con  las  dos  sandias  bajo  el  brazo, 
nada  contento  con  la  carga.  A  poco  andar,  nuestro  primer  padre, 
que  no  conocía  todavía  el  sistema  Sandow,  se  sintió  cansado  y 
disparó  las  sandias  sobre  unos  guijarros  dd  camino.  Al  caer  se 
destrozaron  y  algunas  gotas  frescas  salpicaron  los  quemantes  ros- 
tros de  los  dos  espulsados.  Entonces  Adán  bendijo  al  Creador  y 
cediendo  su  parte  a  Eva,  apenas  perdonó  las  cascaras  ylas  pepitas 


71 

negras  como  azabache — Sembrémolas  aquí — dijo  después — porque 
habrá  muchos  otros  que  sientan  sed. 

Desde  entonces  ella  ha  sido  compañera  fiel  de  los  que  trabajan  y 
sienten  sed.  Vicuña  Mackenna  recuerda  haber  visto  en  la  revolu- 
ción del  20  de  abril  del  51  que  los  soldados  del  Valdivia,  secas  las 
gargantas,  bañadas  de  sudor  las  frentes,  partían  sobre  sus  rodillas 
sin  detenerse,  las  sandias  que  les  tiraban  desde  una  carreta  en 
que  habia  alguien  compadecido  de  esas  víctimas  que  iban  a  la 
muerte. 

Si  en  la  guerra  del  Perú  hubieran  seguido  a  nuestro  ejército  las 
sandias  chilenas,  mas  de  una  batalla  habría  comenzado  a  cascara- 
zos. Por  lo  demás,  es  el  mismo  golpe  de  cuchillo  el  que  da  el  roto 
para  dividir  en  dos  una  sandia,  que  el  que  necesita  para  vaciarle  el 
abdomen  a  un  enemigo. 

Alimento  nacional  como  el  poroto,  cae  bien  a  toda  hora.  Al  ama- 
necer antes  de  ir  al  trabajo,  se  come  la  sandia  para  preparar  el  es- 
tómago al  almuerzo  y  hace  las  veces  de  un  «bitter  batido».  Al  me- 
dio dia  se  come  la  sandia  para  que  llene  y  así  engañado  el  estóma- 
go, se  entornan  los  ojos  a  la  sombra  de  un  árbol  y  se  duerme  la 
siesta.  A  la  tarde  la  sandia  sirve  para  la  sed  y  se  bebe  hasta  la  úl- 
tima gotita  de  caldo.  En  la  noche,  si  no  hai  plata  para  encender  el 
fuego  y  comer  algo  caliente,  la  sandia  hace  olvidar  la  escasez  y 
mantiene  la  concordia  en  el  hogar.  Y  allá,  cuando  pasa  la  media 
noche  y  se  acerca  la  madrugada  y  es  dia  domingo  o  lunes,  la  san- 
dia metida  debajo  el  catre  sirve  para  apagar  la  «bola  de  fuego»  y 
calmar  la  quemante  y  rabiosa  sed  del  aguardiente  malo. 

Remedio  para  la  irterisia^  infalible  antídoto  contra  la  tis,  receta 
incomparable  contra  ^\  pasmo,  recomendado  calmante  para  las  pe- 
nas dd  amor  podrán  faltar  en  Chile  los  Andes,  desaparecer  las 
varas  para  topear,  estinguirse  la  chicha  en  los  barriles  todos  y 
apagarse  el  sol,  secarse  las  alamedas  y  arder  los  ranchos;  pero  no 
podrán  faltar  los  sandiales  donde  bajo  la  sombría  ramada  golpea 
el  chacarero  sandia  por  sandia  y  las  clasifica  en  de  a  cinco,  a  diez 
y  a  veinte. 

Un  potrillo  de  chicha  nueva  es  un  himno  triunfal,  una  carcajada 
líquida,  un  alcohol  de  gloría,  pero  es  también  la  perdición  del  que 
la  bebe  y  sigue  sus  consqos.  En  cambióla  dulce,  la  fresca,  lablan- 


73 

dísima  sandia  ¿a  quién  hace  mal?  ¿qué  crímenes  ha  causado?  ¿qué 
sangre  excita? 

Un  huaso,  un  capataz  de  fundo  grande,  todo  torcido  a  fuerza  de 
topear,  de  acuchillarse,  vivir  sobre  el  caballo  y  caerse  una  vez  en 
cada  rodeo,  y  sin  embargo,  bueno  como  el  pan,  nos  decia  un  día 
melancólicamente,  mientras  nos  presentaba  la  mitad  de  una  sandia 
con  el  cuchillo  clavado  en  el  medio: 

— «Buen  dar,  patrón,  que  ha  salido  mala  este  año  la  sandia  . .  No 
dá  pa  los  gastos  el  sandial,  contimás  que  hai  que  andar  a  escope- 
tazos con  los  lairones  que  saltan  las  pircas.  Y  este  de  sembrar  y 
comer  sandias,  patroncito,  es  talmente  como  casarse. . .  La  señora 
y  la  sandia  sescojen  a  ver  siestán  demasiado  verdes  o  remaduras. 
La  sandilla  tiene  la  ventaja  que  se  puede  calar.  En  prencipiando, 
too  es  de  durce,  y  después  se  va  poniendo  desabrió,  desabrió,  has- 
ta que  no  quea  mas  rimedio  que  tomarse  er  jugo  de  una  sorbia;  3- 
el  jugo,  patroncito,  son  los  ríales  de  la  inora,  si  toca  con  argo. 
que  si  no,  no  hai  mas  que  tirar  la  cascara  y  resinarse». 

¿Alientos  que  no  exaian  ambrosív?  Sí,  señor;  así  lo  dijo  don  José 
Joaquín  de  Mora;  pero  como  no  se  trata  de  ir  a  los  salones  sino 
a  barretear  a  cielo  raso,  no  vale  la  objeción  y  la  sandia  sigue 
triunfadora  su  camino. 

¿Quién  no  la  ha  visto  descender  de  la  carreta  y  saltar  de  mano 
en  mano  hasta  el  montón? 

Ha  hecho  la  amiga  de  los  pobres  su  entrada  triunfal  en  Santia- 
go y  es  menester  abrirle  paso.. . . 

Trabajadores,  soldados,  mujeres,  viejos,  niños:  ¿presenten,,  a^- 
mas! 


^    ^    ^ 


EL  COmBñTE  DE  IQUIQUE 


21  DE  MAYO  DE  1879 


TRBiNTA  minutos  después  que  la  noticia  oficial  del  combate  de 
Iquique,  recibía  El  Mercurio  el  siguiente  telegrama: 
«Antofagasta,  mayo  23. — ^Al  editor  de  El  Mercurio, — «La 
mar»  llegó  a  Iquique.  Combate  de  tres  horas  en  este  puerto, 
entre  «Independencia»,  «Huáscar»,  «Covadonga»  y  «Esmeral- 
da», el  21.  Resto  de  la  escuadra  chilena  habia  salido  16  rumbo  Ca- 
llao. «Independencia»  varada  entre  rocas  y  atacada  rudamente  por 
«Covadonga»^  «Esmeralda»  atacada  por  «Huáscar».  Continuaba 
combate.  Se  ignora  resultado.  «Huanay».  «Valdivia»,  «Itata»  y 
•  Rimac»  llegaron  sin  novedad. — El  corresponsal». 

*    *    * 


Corria  el  mes  de  mayo,  lleno  de  incertidumbres  y  temores.  El 
alma  chüena,  estremecida  con  ansiedades  sublimes,  ponia  atenta- 
mente el  oido  al  telábalo,  en  cuyas  trepidaciones  creia  sentir  el 


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eco  de  ese  drama  de  sangre  desarrollado  bajo  el  sol  peruano  y 
frente  a  frente  de  la  metralla  enemiga. 

El  corazón  tiene  presentimientos  de  los  seres  queridos,  y  de  su 
suerte.  Algo  flotaba  en  la  atmósfera  pálida  y  tibia  de  esa  tarde  de 
mayo.  Todo  los  hogares,  en  que  estaba  vado  el  asiento  del  solda- 
do, se  sentían  secretamente  asaltados  de  horribles  ansias  de  nue- 
vas de  la  guerra.  Si  pasaba  precipitadamente  un  coche,  se  corría  a 
entreabrir  el  balcón  para  ver  si  en  él  iba  algún  mensaje.  Si  resona- 
ba alguna  carrera  sobre  la  vereda  de  asfalto,  se  acudia  palpitando 
el  corazón  y  latiendo  las  sienes,  a  ver  si  alguien  de  la  casa  llegaba 
con  noticias. 

¡Quién  sabe  si  era  el  viento  que  traia  en  sus  pliegues  olor  de  pól- 
vora y  humo  de  batallas,  clamor  de  arengas  y  burras  de  triunfo! 
¡Quién  sabe  si  eran  los  prometidos,  los  hermanos,  las  esposas  o  las 
madres,  que  al  encender  una  vela  delante  de  la  imájen  piadosa, 
velan  en  el  rostro  de  Maria  el  sello  indefinible  de  tristeza  y  en  sus 
ojos  levantados  al  cielo,  el  brillo  de  una  lágrima  naciente! 

Quien  sabe  . .  Pero  cayó  la  noche,  envolviendo  a  la  ciudad  con 
sus  sombras  y  echando  sobre  ella  una  montaña  pesadísima  de  in- 
certidumbres,  de  ansias  secretas,  de  temores  reprimidos  y  de  duda 
pertinaz  y  sorda. 

Entretanto  se  habia  librado  ya  en  Iquique  el  mas  sangriento  de 
los  combate,  escribiendo  con  sangre  y  grabando  con  fuego  la  paji- 
na mas  rudamente  heroica  de  una  larga  campaña  de  heroísmos. 

*    ♦    * 

Era  la  aurora  del  21.  La  rada  de  Iquique  dormia  en  esas  som- 
bras vagas  y  confusas  que  preceden  al  albor  primero  del  dia.  Sobre 
las  silenciosas  y  tranquilas  aguas  del  mar,  flotaban  dos  débiles  y  vie- 
jos buques  de  nuestra  escuadra:  la  «Esmeralda»,  podrido  cascaron  de 
gloriosas  astillas,  y  la  «Covadonga»,  sagrada  pero  inútil  presa,  co- 
jida  a  España  en  lejendario  combate 

Entretanto,  a  algunas  millas  de  distancia  avanzaban  sijilosamen- 
te,  sofocando  el  resuello  de  sus  calderas  y  el  latido  de  sus  máqui- 
nas, dos  monstruos  del  mar,  dos  formidables  enemigos  que  eran 


espanto  de  nuestros  mares  y  fantasmas  veloces  y  temibles  de  nues- 
tras costas. 

En  el  mismo  sentido  volaban  algunas  aves  mañnas,  lanzando  al 
aire  graznidos  agudos,  toques  de  diana  con  que  la  naturaleza  que- 
ría despertar  a  nuestros  buques,  agorera  del  sangriento  drama  que 
dos  horas  después  iba  a  estallar  como  un  loco  torrente  de  fiereza  y 
de  %'alor. 

Fué  surjiendo  en  el  oriente,  indefinida  como  una  gaza  amarilla, 
que  subiera  del  mar,  la 
claridad  de  una  aurora 
tibia  y  perezosa  de  oto- 
ño. Las  sombras  se 
desgarraron  como  una 
veladura  negra  de  cres- 
pones, y  apareció  allá, 
en  el  fondo  de  la  rada. 
el  puerto  de  Iquique, 
alhaja  engastada  en- 
tonces en  la  soberanía 
del  Perú,  y  hoi  riquí- 
sñno  botín  de  guerra, 
cien  veces  pagado  con 
la  sangre  chilena  y  el  ' 

sacrificio  de  sus  hijos. 

De  repente  el  oficial  de  guardia,  que  transido  de  frió  velaba  en 
la  cubierta  de  la  «Covadonga»,  creyó  ver  en  el  horizonte  un  punto 
negro.  Podrá  ser  una  ilusión,  un  engaño  de  los  ojos,  cansados  ya 
de  interrogar  constantemente  el  horizonte  lejano.  Un  momento 
después,  suijian  precisos  y  netos,  recortándose  en  el  fundo  azul 
del  cielo,  los  humos  negros  de  los  blindados  enemigos. 

Condell  corre  a  comprobar  con  los  anteojos  la  presencia  cercana 
del  terrible  rival  de  los  mares;  y  sin  pérdida  de  tiempo,  se  hacen 
señas  a  la  «Esmeralda»  que  está  mas  próxima  a  la  costa,  adviitién- 
dole  qoe  ha  llegado  una  hora  solemne  y  decisiva. 

*    *    * 


76 

Entretanto  los  humos  crecen  y  crecen,  acercándose  con  increíble 
velocidad.  En  pocos  instantes  se  definen  ya,  concretos,  claros,  per- 
fectamente diseñados,  los  cascos  negros  del  «Huáscar»  y  de  la 
«^Independencia». 

Se  acercaba  la  hora  del  combate. 

— ¿Ha  almorzado  la  jente? — pregunta  Prat 

— Sí — responde  Condell,  con  el  laconismo  dd  lenguaje  de  mar. 

—¡Siga  mis  aguas!. . .  y  endereza  la  «Esmeralda»  la  proa  hacia  el 
punto  en  que  en  ese  instante  se  reconcentran  todas  las  miradas. 

Los  momentos  eran  supremos.  Ya  se  di\nsaban  los  palos  del 
monitor  peruano,  y  las  negras  chimeneas  de  sus  máquinas.  A  bor- 
do de  la  «Esmeralda»  se  toca  reunión  sobre  cubierta;  Prat  avanza 
poniéndose  los  guantes  blancos;  y  con  la  serenidad  mas  absoluta 
en  su  pálido  rostro,  con  voz  serena,  robusta,  sin  vacilaciones  ni 
temblor,  les  dice  las  memorables  palabras  de  su  arenga  espartana: 

— «jMuchachosI 

La  contienda  es  desigual. 

Nunca  se  ha  arriado  nuestra  bandera  ante  el  enemigo:  espero, 
pues,  que  no  sea  ésta  la  ocasión  de  hacerlo. 

Mientras  yo  esté  vivo,  esa  bandera  ñameará  en  su  lugar,  y  os 
aseguro  que  si  muero  mis  oficiales  sabrán  cumplir  con  su  deber». 

Junto  con  acabar  las  palabras  del  héroe,  y  como  para  poner  un 
sello  a  su  juramento,  una  granada  del  «Huáscar»  estalló  como  un 
trueno  en  un  costado  del  buque.  ¡Ya  era  la  hora! 

— «¡Cada  uno  a  su  puesto!» — gritó  Arturo  Prat,  y  la  tripulación, 
lanzando  un  hurra  a  Chile,  que  se  sintió  desde  la  playa  y  sonó  co- 
mo un  reto  a  los  blindados  peruanos,  corrió  a  tomar  el  puesto  dd 
combate  al  pié  de  los  cañones,  que  pocos  momentos  después  tro- 
naban con  el  ímpetu  de  una  defensa  desesperada. 

La  «Independencia»  se  lanzó  sobre  la  «Covadonga»,  en  tanto 
que  el  «Huáscar»  se  acercaba  a  la  «Esmeralda»,  quedando  trabado 
el  combate  cuerpo  a  cuerpo  y  con  una  desigualdad  abrumadora. 

*    *    -H 

Eran  las  lo  de  la  mañana.  El  horizonte  estallaba  en  una  orjia 
esplendente  de  luz,  porque  era  una  luminosa  mañana  de  fiesta,  la 


77 

que  debía  contemplar  el  mas  heroico  combate  que  han  visto  los 
siglos. 

Comenzó  un  cañoneo  terrible,  desapiadado,  sin  cuartel.  Trona- 
ban los  cañones  del  monitor,  echando  llamas  los  de  la  «Esmeral- 
da», vomitaban  fuego  y  humo  los  de  tierra.  Aquello  era  una  tor- 
menta de  plomo  y  de  sangre,  en  que  el  tufo  de  la  pólvora  y  del 
incendio,  ahogaba  la  respiración  y  nublaba  la  vista. 

Al  querer  virar  nuestra  nave,  para  descargar  un  costado  sobre  el 
monitor,  se  rompieron  sus  calderos.  No  de  otra  manera  din  válido 
de  antiguas  campañas,  siente  al  querer  saltar  del  lecho,  que  se  le 
dislocan  los  huesos  recien  soldados  y  se  le  abren  las  heridas  recien 
cerradas.  Aquello  tenia  que  ser  desesperado,  a  muerte,  sin  cuar- 
tel  

La  «Covadonga»  escapaba  en  esos  mismos  instantes,  haciendo 
nutrido  fuego  a  la  «Independencia»,  que  triplicando  su  andar  que- 
na alcanzarla  con  el  espolón  de  acero. 

Quedaba  sola  la  vieja  barca,  nido  de  paladines  y  volcan  de  cora- 
je y  rabia.  Arriba,  en  lo  mas  alto,  notaba  al  viento  el  tricolor  glo- 
rioso, ostentando  a  la  luz  el  color  rojo,  símbolo  del  sacrificio  y 
mortaja  de  los  héroes.  Y  abajo,  ardia  el  incendio,  saltaba  lá  metra- 
lla, corría  la  sangre  y  rujian  las  voces  de  aliento,  de  arenga  y  de 
mando. 

De  repente  el  «Huáscar»  se  lanzó  a  toda  máquina  sobre  la  «Es- 
meralda». Era  menester  que  terminara  aquel  drama  de  fuego. 
Nuestra  nave  no  podía  moverse,  y  soportó  serena  la  horrible  em- 
bestida, crujiendo  la  vieja  madera  al  paso  del  espolón,  descargán- 
dose los  cañones,  boca  a  boca  y  lanzándose  las  granadas  pecho  a 
pecho. 

El  capitán  Prat,  que  se  encontraba  en  la  toldilla,  grita  con  voz 
de  trueno,  levantando  en  una  mano  el  revólver  y  destacándose  en- 
tre el  humo  como  una  visión  de  gloria: 
— «¡Al  abordaje  muchachos!» 

El  sarjento  Aldea,  que  oye  su  voz,  se  lanza  esgrimiendo  su  ha- 
cha, y  los  dos  van  a  caer  heridos  de  muerte  al  pié  de  la  torre  del 
monitor. 
Arturo  Prat  recibe  un  balazo  medio  a  medio  de  la  frente.  A  los 


héroes,  como  a  los  tigres,  hay  que  pegarles  o  en  el  corazón  o  en  Ift 
cabeza. 


En  ese  instante  el  combate  se  hizo  honible.  Las  granadas  del 
•  Huáscar»,  estallando  sobre  la  cubierta  de  la  *Esmeralda>,  la  sem- 
braban de  cadáveres.  La  sangre  resbalaba  hacia  el  mar  por  todos 
lados.  Los  brazos,  las  piernas,  las  cabezas  destrozadas,  disemina- 
ban sobre  los  palos,  los  cañones,  las  chimeneas  y  los  cordeles,  cua- 
jarones  rojos  que  brillaban  al  sol  como  brazas  de  fuego. 


Uribe  salta  a  la  toldilla  y  toma  el 
corta,  precisa,  rápida:   .¡redoblar 
el  fuego!-  Es  un  absurdo  sublime 
esa  orden  desesperada  del  nueto 
capitán,  porque  los  cañones  es- 
tán caldeados  y  las  gra- 
nadas estallan  antes  de 
salir. 

El  ruido  aumenta,  si 
es  posible.  Y  sobre  los 
estampidos  que  resuenan 
al  mismo  tiempo,  con  en- 
sordecedora pertinacia,  y 
sobre  el  discordante  ru- 
mor de  la  batalla, 
un  solo  grito  so- 
bresale, un  solo 
grito  se  alza, 
grande,  invenci- 
ble, atronador, 
sublime:  «¡Viva 
Chile!.. 

El  •Huáscar- 
vuelve  a  lanzar- 


ndo.  Su  voz  de  orden  es 


79 

se  como  un  rayo  sobre  nuestro  buque.  En  medio  del  humo  blanco, 
se  divisa  un  celaje  de  fuego:  es  la  espada  del  teniente  Serraino,  3- 
las  hachas  de  doce  marineros,  que  han  caido  como  una  avalancha 
de  muerte  sobre  el  monitor.  Y  la  nave  peruana  se  aleja  rápida 
como  un  fantasma,  llevándose  allí,  sobre  la  cubierta,  un  puñado 
de  leones  que  van  a  cubrir  con  sus  cuerpos  calientes,  los  destro- 
zados cadáveres  de  Prat  y  Aldea. 

IfOS  cañones  de  la  «Esmeralda»  siguen  tronando.  Un  grumete 
sube  a  afirmar  la  bandera,  que  flamea  en  el  mas  alto  palo,  aguje- 
reada por  las  balas  y  hollinada  por  el  humo.  Entretanto,  cien 
cadáveres  cubren  la  cubierta,  la  Santa  Bárbara  está  inundada,  y  el 
barco,  inclinándose  de  un  lado,  comienza  a  dejar  escurrir  hasta  el 
fondo  del  mar,  los  cuerpos  sagrados  de  los  héroes. 

El  monitor  se  lanza  por  tercera  vez  sobre  la  acorralada  y  heroica 
nave.  Ya  no  es  posible  que  esas  cuatro  tablas  quemadas,  resistan 
sobre  las  olas,  y  la  ''Esmeralda"  comienza  a  hundirse  con  la 
suprema  majestad  con  que  &e  desploma  el  león  herido. 

Todavía  queda  algo  a  flote,  un  estremo  de  la  proa  con  un  cañón 
ensangrentado.  Y  allí  llega  jadeante,  lleno  el  rostro  de  sangre,  de 
sudor  y  de  pólvora,  transfigurado  en  su  sublime  fealdad  de  tigre, 
un  muchacho  héroe,  el  guardiamarina  Riquelme.  Se  acerca  al 
último  canon  chileno  que  flota  sobre  el  mar,  y  manda  con  el  últi- 
mo cañonazo,  el  último  viva  a  la  patria  triunfante! 


M    M    -^^ 


Todo  ha  desaparecido.  La  bandera  tricolor  llena  de  sangre  y 
humo,  desaparece  también,  y  en  medio  del  horrible  silencio  que 
se  sucede,  todavía  parece  salir  del  fondo  del  mar  el  discordante  y 
fiero  vocerío  del  viva  Chile. 

El  drama  ha  terminado.  Los  sobrevivientes  son  recojidos  y 
llevados  al  "Huáscar"  donde  silenciosos,  pálidos,  atónitos,  ven  los 
peruanos  desfilar  ese  puñado  de  héroes,  desnudos  y  llenos  de 
sangre  y  pólvora. 


8o 

Uribe  clava  los  ojos  en  un  cadáver,  que  tiene  tirada  sobre  el 
rostro  una  casaca  chilena,  y  arrancándola,  lanza  un  grito  y  cae  de 
rodillas,  repitiendo  con  santo  respeto:  ¡mi  capitán!  Era  el  cadáver 
del  héroe  de  Iquique,  de  Arturo  Prat,  que  todavía  parecía  decir 
con  voz  segura  y  entonación  viril: 

'^¡Muchachos! 

La  contienda  es  desigual. 

Nunca  se  ha  arriado  nuestra  bandera  ante  el  enemigo. .  .jEspeix» 
c[ue  no  será  ésta  la  ocasión  de  hacerlo!" 


^    M    M 


¡Veintidós  años  han  pasado!  Casi  un  cuarto  de  siglo  dista  de 
nosotros  aquello  que  parece  ayer.  Pero  la  vieja  "Esmeralda"  se  ha 
convertido  en  un  altar  donde  se  renuevan  las  flores  del  recuerdo, 
y  arde  con  inestinguible  llana  el  amor  de  los  chilenos. 

Hai  a  su  alrededor  un  templo  augusto  cuya  campana  solo 
sonará  cuando  la  patria  necesite  a  sus  hijos,  cuyo  incienso  es  la 
pólvora  que  se  ha  ofrendado  al  Dios  de  las  batallas  en  cien  glorio- 
sos encuentros,  y  cuyo  órgano  es  un  conjunto  de  cañones  de 
bronce,  con  el  que  se  han  hecho  oir  las  sinfonías  escritas  en  el 
¡>entágrama  rojo  de  cien  combates! 

Pidamos  a  la  Providencia  que  no  llama  a  reunión  esa  campana, 
ni  se  eleve  ese  humo,  ni  se  sienta  ese  himno  de  muerte.  Pero  ;ai 
también  de  los  que  la  hagan  souai! 


Si' 


El  poder  escrutador  de  antaño 


Corría  el  año  1792,  es  decir,  hace  de  todo  esto  muchisimo  tiem- 
po. Chile  tan  democrático,  tan  republicano  y  tan  liberal  como 
es  hoi  dia,  no  se  conocería  mirándose  en  el  espejo  de  esa 
época,  es  decir,  en  ese  espejo  de  luna  opaca  y  de  andio  marco 
de  plata  viga. 
Hemos  dicho  mal  al  decir  que  el  año  1792  corría;  porque  enton- 
ces los  años  no  corrían,  sino  que  caminaban  como  tortuga.  Un 
dia  de  entonces  no  acababa  nunca.  Así  como  cuando  a  un  cerro 
alto  se  le  atraviesa  una  nube  medio' a  medio  de  su  falda,  se  le  ve 
muchísimo  mas  elevado  de  lo  que  es,  cuando  a  un  dia  se  le  atra- 
viesa una  siesta  medio  a  medio,  parece  que  duplicara  el  largo  de 
sus  minutos  y  el  número  de  sus  horas. 

Todo  se  hacia  entonces  mui  despacio,  y  los  bostezos  eran  tan 
largos,  que  nuestros  antepasados  tenían  tiempo  para  santiguarse 
dos  veces  la  boca,  tocándose  con  el  pulgar  los  cuatro  estremos  de 
los  labios  desmesuradamente  abiertos. 

Eran  aquellos  tiempos  en  que  por  bandos  solemnemente  pro- 
ipulgados  al  son  de  cajas  y  tambores,  se  ordenaba  recojerse  a  los 
vecinos,  en  invierno  a  las  nueve  y  en  verano  a  las  diez;  medida  que 


82 

hoi  pedirían  al  Congreso  multitud  de  señoras,  bastante  quejosas  de 
la  conducta  funcionaría  de  sus  marídos. 

Eran  también  aquellos  tiempos — y  esto  reza  con  los  lectores  de 
quince  a  veinticuatro  años — en  que  bastaba  la  oposición  del  papá 
para  que  se  deportara  al  Callao  al  mozo  audaz  que  se  permitiera 
rondar  las  ventanas  y  meter  por  ellas  cartitas  amorosas. 

En  fin,  eran  los  tiempos  en  que  Chile  era  reino,  en  que  se  dor- 
mía la  siesta,  y  en  que  a  no  ser  por  las  procesiones  solemnes,  no 
tenia  nadie  en  qué  distraer  un  instante  la  vista. 

La  ciudad,  con  sus  casas  bajas  con  mojinetes  de  piedra,  con  sus 
grandes  puertas  claveteadas  y  las  ventanas  con  intrincadas  labo- 
res de  cobre,  olia  a  rapé  en  la  mañana,  a  mate  con  azúcar  tos- 
tada al  medio  dia  y  a  incensó,  alucema  y  cera  por  la  noche. 

¡Oh  bendita  ciudad  la  de  entonces,  que  no  tenia  coches  de  posta, 
ni  bicicletas,  ni  tranvías  déctrícos,  ni  mortalidad  de  párvulos,  ni 
alcantarillados,  ni  teléfonos!  ¡Bendita  ciudad,  la  de  los  oidores  de 
la  real  audiencia,  la  de  las  repolludas  y  virtuosas  señoras,  la  de  los 
tiesos  y  afeitados  abuelos,  la  de  los  ríeos  alfajores  de  las  monjas,  la 
de  las  procesiones  solemnes,  la  de  las  eternas  apelaciones  al  rei,  la 
de  los  sabrosos  y  siempre  lejendaríos  mate  en  leche!  ¡Bendita  ciu- 
dad en  que  no  se  bebia  té  ni  café,  en  que  no  se  fumaban  habanos, 
en  que  no  se  miraban  bailarinas,  en  que  no  se  apostaba  a  las  carre- 
ras, ni  se  pedia  libertad  electoral,  ni  se  pensaba  en  la  conversión 
metálica,  ni  se  encendían  ciríos  al  papel  moneda,  ni  se  pronuncia- 
ban discursos  en  la  Cámara! 

Sí,  señores;  bendita  ciudad  aquella  que  teniendo  en  el  mundo  la 
palma  del  desaseo,  no  pensaba,  ni  soñaba  siquiera  pensar  en  su 
saneamiento;  bendita  ciudad  aquella  en  que  una  voz  no  sonaba 
mas  alta  que  otra;  bendita  ciudad  aquella  en  que  todos  eran  co- 
rrectos, finos,  suaves,  virtuosos,  amables,  contenidos,  moríjerados 
y  mansos. 

www 


Alquien  ha  dicho  que  existe  en  el  hombre  una  invencible  ten- 
dencia hacia  el  mal.  Nosotros  reformamos  este  concepto  en  el  sen- 


8>^ 

tido  que  lo  mas  innato  y  lo  mas  espontáneo  en  el  hombre,  es  la 
tendencia  electoral. 

Ya  por  aquellos  años  se  elejia,  ya  por  entonces  se  apasionaba 
Santiago  con  el  resultado  de  las  elecciones,  ya  en  tan  remota  épo- 
ca habia  escrutinios  y  escrutinios  con  todas  las  brujerías  que  hoi 
se  estilan. 

Los  capítulos  conventuales  fueron  en  el  siglo  pasado  aconte- 
cimientos de  tal  trascendencia,  que  la  ciudad  se  ajitaba  tanto  por 
la  elección  de  un  provincial  como  hoi  se  ajita  por  la  de  un  presi- 
dente. 

La  efervescencia  esterior  invadía  a  los  conventos,  que  entonces 
tenian  muchísimas  mas  puertas  que  hoi.  Las  familias  que  conta- 
ban con  un  miembro  ordenado  y  que  ademas  llevaba  cerquillo  y 
sandalias,  trataban  naturalmente  de  influir  en  la  elección  de  pro- 
nndal,  resistiendo  unas  veces  a  las  influencia  del  presidente  o  se- 
cmidándolo  por  regla  jeneral. 

De  esta  manara  el  sereno  claustro,  de  largos  y  silenciosos  corre- 
dores, con  plácidas  arcadas  de  piedra  o  ladrillos,  con  palmas  vie- 
jas, símbolo  de  oración  y  de  calma,  con  enredaderas  de  yedra,  em- 
blema de  fidelidad  y  de  perseverancia,  se  comenzaba  a  poblar  de 
ramores  siniestros  de  mal  entendidas  protestas,  de  reclamos  poco 
reprimidos,  de  ataques,  de  quejas,  de  cargos,  de  acusaciones  y  de 
comentarios  bastante  libres. 

El  sonido  apagado  y  opaco  que  ordinariamente  producían  las 
sandalias  sobre  el  piso  cuando  los  relijiosos  se  paseaban  le- 
yendo en  el  breviario  sus  rezos,  se  volvia  duro,  áspero,  como  si 
en  vez  de  pasos  resonaran  allí  chasquidos  de  fusta  o  colazos  de 
culebra. 

El  provincial  podia  desde  dentro  de  su  celda  y  sin  asomar  por 
la  ventana  la  cabeza,  adivinar  el  grado  de  ajitacion  que  revistiria 
el  capítulo,  por  el  grado  de  nerviosidad  y  efervescencia  que  inva- 
día de  antemano  el  claustro. 

Px  escindiremos  de  un  turbulento  capítulo  en  que  los  francisca- 
nos, parapetados  en  la  torre  de  sus  conventos,  dispararon  piedras 
con  tan  certera  punteria,  que  amaneció  al  dia  siguiente  casi  todo 
el  vecindario  de  Santiago  con  la  cabeza  vendada. 

Pasaremos  por  alto  otros  capítulos  en  que  hubo  prisiones,  esco- 


84 


muniones  y  verdaderos  sitios  con  fuerza  pública,  por  ser  demasia- 
do trascendentales,  y  nos  concretaremos  al  escrutinio  de  uno 
que  se  efectuó  en  el  ya  citado  año  de  1792.  Este  es  capítulo 
aparte. 


«    «    « 


Habia  una  profunda  escisión  entre  los  franciscanos,  separándo- 
se de  un  lado  la  porción  europea  y  de  otro  la  americana.  Durante 
mucho  tiempo  y  en  capítulos  sucesivos  fué  ahondándose  tal  di\'i- 
sion,  a  consecuencia  de  la  cual  se  elevaron  sendos  memoriales,  de 
una  estension  exajerada,  a  S.  M.  el  rei,  para  que  «en  ellos  fallara 
con  su  inapelable  voluntad. 

Por  fin,  después  de  una  época  sumamente  revuelta,  y  ya  en 
1803,  el  padre  frai  Francisco  Javier  Ramírez  convocó  a  capítulo 
de  acuerdo  con  el  presidente,  que  lo  era  entonces  Muñoz  de 
Guzman. 

En  la  atmósfera  del  claustro  franciscano  notaba  un  pronunciado 
jérmen  de  revuelta.  Seria  impropio  decir  que  se  sentía  olor  a  pól- 
vora, porque  jamas  se  pasó  en  los  capítulos  conventuales  de  los 
simples  y  vnlgsres  peñascazos, 

Dia  y  medio  antes  del  capítulo,  el  presidente  dispuso  que  don 
Manuel  Irigóyen,  oidor  y  alcalde  de  corte,  en  unión  de  don  José 
Jorje  Ahumada,  el  escribano  de  cámara  mas  antiguo,  pasasen  al 
convento  franciscano  en  que  debía  celebrarse  el  capítulo. 

Parece  que  el  señor  oidor  no  las  tenia  todas  consigo,  porque, 
después  de  muchas  dilijencias,  resolvió  hacerse  escoltar  de  nume- 
rosa tropa.  Quien  no  supiera  que  se  trataba  de  un  capítulo  de 
relijiosos  habría  creido  que  aquella  fuerza  marchaba  a  la  conquis- 
ta de  Arauco. 

A  son  de  campanas  se  convocó  a  los  relijiosos,  que  fueron  lle- 
gando animosamente  a  la  sala  del  capítulo. 

El  padre  Ramírez,  verdadero  presidente  de  la  junta  escrutadora, 
no  iba  con  todo  el  buen  propósito  necesario  para  evitar  dificulta- 
des en  el  capítulo.  Y  así,  apenas  ocupados  los  asientos*  espuso  a 


S5 

los  rdijiosos  que  para  poder  sufragar  hablan  de  presentar  docu- 
mentos que  acreditasen  haber  leido  los  quince  años,  que  sns  cons- 
tituciones les  prescriben. 

Se  annd  la  primera  grita.  Los  directamente  aludidos  con  esta 
exijencia,  alegaron  en  su  favor,  que  eso  era  imposible,  por  haberse 


ido  rompiendo  los  documentos  en  las  diversas  ocasiones  en  que 
habían  necesitado  presentarlos  o  utilizarlos. 

DespuesT  de  un  debate  ajitadisimo,  el  presidente  se  encontró  co- 
jido,  y  exijió  solamente  que  jurasen  haber  leido  los  quince  años. 
Y  así  se  hizo. 

En  seRUida  el  muí  capitulero  del  presidente  espresó  que  no  da- 


86 

ria  comienzo  a  la  votación  mientras  no  saliese  de  la  sala  el  pa<lre 
jubilado  Mateo  Zarate  que,  a  juiciadel  presidente,  no  podia  votar 
por  estar  «legalmente  impedido.» 

Salta  el  relijioso  y  pide,  con  gran  enerjia,  que  se  le  declaren  cuá- 
les son  los  impedimentos  legales  aquellos,  porque  él  no  tiene 
idea  y  oye  hablar  del  asunto  por  primera  vez. 

El  presidente  vuelve  a  repetir  con  gran  calma  que  frai  Zarate 
está  legalmente  impedido.  Este  va  perdiendo  la  serenidad  y  alzan- 
do la  voz,  para  exijir  la  prueba  de  esa  afirmación  tan  rotunda.  El 
presidente  sigue,  con  imperturbable  tenacidad,  diciendo  que  es 
inútil  darle  vueltas  al  asunto  porque  el  hombre  está  «legalmente 
impedido».  Frai  Zarate  se  dirije  al  oidor  y  le  suplica  obligue  a  ma- 
nifestar al  presidente  los  impedimentos,  lo  que  en  el  acto  hace  con 
mui  comedidas  razones  don  Manuel  de  Irigóyen,  y  a  lo  que  con- 
testa frai  Ramírez  que  los  fundamentos  que  tiene  son  reservadísi- 
luos,  y  por  esta  razón  no  insiste  en  hacer  salir  al  relijioso 
jubilado. 

Conjurada  la  tempestad,  se  nombran  los  secretarios  escrutadores 
y  se  procede  en  el  acto  a  votar. 

Pocos  momentos  después,  la  mesa  dá  lectura  a  una  votación  en 
que  aparece  con  nueve  votos  el  padre  frai  Blas  Alonso  y  con  cinco 
el  padre  frai  Joaquin  Ripol.  También  tenian  otros  relijiosos,  algu- 
nos votos  para  custodio. 

Una  voz  enéijica  se  alza  de  un  rincón  de  la  sala.  Es  frai  Domiii> 
go  San  Cristóbal  que  a  grandes  voces  espresa  que  es  imposible 
que  sea  verdad  el  resultado  leido,  y  pide  al  señor  oidor  que  esta 
vez  no  se  contente  con  oir  sino  con  ver,  revisando  prolijamente 
las  cédulas. 

No  habla  allí  comisionados  de  los  partidos,  para  que  se  hubie- 
ran dado  de  tinterazos.  En  esto  es  indudable  que  hemos  progresa- 
do. ¡Quién  les  hubiera  soplado  a  los  capítulos  de  antaño,  el  gran 
recurso  para  meter  algazara  y  confusión  que  se  tiene  en  los  apo- 
derados de  los  candidatos! 

En  ese  instante,  uno  de  los  secretarios  toma  rápidamente  los 
votos  y  los  quiere  arrojar  a  un  brasero,  que  con  anticipación  se  te- 
nia listo  en  la  sala.  Pero  el  oidor  se  lanza  sobre  él,  le  coje  la  mano 
y  le  suplica  entregue  en  el  acto  los  votos.  Por  fin  se  logra  que  así 


87 

lo  haga,  y  él  escribano  conjuntamente  con  el  oidor,  hacen  el  es- 
crntinio  y  lo  proclaman  de  nuevo. 

£1  padre  frai  Alonso,  que  habia  sido  proclamado  provincial  con 
nueve  votos,  resultó  que  solamente  habia  obtenido  cinco;  y  frai 
Ripol,  por  el  contrario,  a  quien  se  le  habia  declarado  vencido  con 
cinco  votos,  resultó  tener  nueve.  Así  mismo  el  custodio  y  demás 
nombres  habian  sido  completamente  alterados. 

El  señor  Irigóyen  reprende  severamente  a  los  escrutadores,  les 
maniñesta  lo  grave  de  su  falta,  les  exhorta  a  imitar  al  santo  fun- 
dador de  su  orden,  les  llama  a  la  cordura  y  a  la  caridad,  los 
amonesta  para  que  se  arrepientan  y  sean  relijiosos  respetables  y 
dignos. 

En  fin,  allí,  en  esa  sala  cuadrada  con  los  muros  blancos,  llena  de 
cuadros  quiteños  que  representan  otros  tantos  provinciales,  con 
dos  ventanas  por  las  que  entra  el  sol  brillante  pero  pálido  que  cae 
oblicuamente  desde  el  jardin  con  palmas  del  claustro,  se  ve  una  esce- 
na curiosa,  que  en  sí  tiene  algo  cómico:  el  oidor  escoltado  con  nume- 
rosa tropa  y  representantes  del  poder  civil,  recomienda  imitar  y  se- 
guir las  huellas  de  San  Francisco  a  un  grupo  de  relijiosos  que  lo 
oyen  vencidos  pero  no  desalentados,  que  lo  miran  de  potencia  a 
potencia,  y  que  al  través  de  los  años  unen  sus  espíritus  electorales 
con  nuestros  modernos  alquimistas  de  los  escrutinios. 

En  fin,  que  el  poder  escrutador  de  antaño,  era  primo  hermano 
del  poder  escrutador  de  hoi  dia. 


Jf       Jf 


HISTORlñ  DE  UH  CUñDRO 


JBNBRALMKNTE  los  cuadros  tienen  historia  larga,  viajes,  sacri- 
fícios,  privaciones,  triunfos,  todas  esas  alternativas  a  que  vio 
sometidas  stis  telas  el  artista  errante,  pobre  o  victorioso. 
Los  cuadros,  mirados  de  frente,  hablan  de  lo  que  represen- 
ta la  tela;  mirados  por  la  espalda  suelen  mostrar  al  curioso 
fechas,  firmas  o  datos  de  sus  autores  o  propietarios,  que  suelen 

ser  una  animada  y  curiosa  crónica. 

De  cómo  han  llegado  a  Chile  las  hermosas  telas  de  grandes 
pintores  antiguos  podría  surcirse  una  movida  e  interesante  na- 
rración. El  Velasquez  sobre  el  cual  puso  una  mano  torpe  una 
oleografía  de  cuarenta  centavos;  el  Murillo  arrojado  a  un  rincón  del 
gallinero  por  no  haber  lugar  donde  colocarlo  en  la  casa;  el  Rubens 
colgado  en  una  casa  de  martillo,  entre  una  palmatoria  y  un  velador 
el  Zurbarán  cambiado  por  una  imájen  grabada  del  Señor  de  la 
Buena  Esperanza;  son  documentos  interesantes  para  esa  crónica 
que  segtiirá  inédita  por  muchos  años. 

Quien  vaya  al  Museo  Nacional  y  acierte  a  encontrarlo  abierto 
en  las  pocas  horas  de  la  semana  en  que  lo  está;  se  topará  a  poco 
andar  con  una  imájen  de  la  Víijen  con  el  niño  en  los  brazos,  cuyo 


9Q 

hermoso  colorido,  armonía  inimitable  y  riqueza  de  tonos,  ha 
hecho  que  se  le  atribuya  a  MuriUo  por  todos  los  entendidos 

Pues  bien,  ese  cuadro  tiene  historia. 

No  sabemos  al  través  de  qué  jeneraciones,  ni  de  qué  peripecias 
difíciles,  llegó  esa  tela  a  la  cabecera  de  la  cama  de  dos  solteronas, 
que  en  vano  se  encomendaron  a  ella  para  salir  de  ese  estado  y 
contribuir  también  al  censo  jeneral  de  la  república. 

Hablan  pasado  los  años  sobre  esas  dos  mujeres  sin  dejar  huella 
amarga.  No  echaban  la  culpa  a  nadie  de  haberse  quedado  sin 
encontrar  quien  las  a3rudara  a  sobrellevar  las  cargas  de  la  vida: 
de  manera  que  eran  dos  personas  inofensivas  que  oían  misa  por 
la  mañana  rezaban  el  trisajio  al  medio  día  y  se  tomaban  un  par 
de  mates,  después  del  rosario,  a  las  ocho  déla  noche. 

La  Virjen  de  MuriUo,  con  inalterable  sonrisa  en  el  rostro,  no 
chocaba  en  esa  pieza  en  que  la  marquesa  de  madera  y  las  silletas 
de  junco  formaban  un  ajuar  que  tenia  el  gran  mérito  de  no  venir 
del  estranjero.  Estaba  allí,  a  media  luz,  oyendo  cada  noche  ese 
rosarlo  largo,  bostezado,  pero  que  subía  de  dos  almas  cristalinas 
como  el  agua  destilada. 

La  hnájen  pasaba  por  mUagrosa  porque  todo  era  encomendarse 
a  ella  las  dos  solteronas  y  tocarles  sorteada  una  letríta  de  la  Caja, 
con  lo  que  sallan  de  apuros  y  le  perdonaban  su  desidia  en  man- 
darles el  par  de  maridos  tan  solicitados. 

Cómo  llegó  a  oídos  del  pintor  Mandiola  que  en  casa  de  nuestras 
amigas  habla  una  tela  de  mérito,  es  cosa  que  no  tenemos  averi- 
guada. 

Sospechamos  que  los  pintores  tienen  buen  olfato,  y  sienten 
desde  lejos  la  atracción  de  las  grandes  telas.  El  hecho  es  que  una 
mañana,  el  pintor  Mandiola,  golpeaba  tímidamente  a  la  puerta  de 
las  dos  solteronas. . . 

^    ^    9i 


Grande  fué  la  ansiedad  de  ellas  al  pensar  que  podía  ser  el  reden 
llegado  uno  de  los  maridos  con  tanta  instancia  exijidos  a  la  mi- 
lagrosa imájen. 


91 

Pero  no  tardaron  en  convencei  se  de  que  el  joven  era  un  sim- 
plón o  un  loco,  porque  traía  la  estraña,  la  incomprensible  preten- 
sión de  ver  la  imajen.  Hubo,  pues,  necesidad  de  arreglar  el  dor- 
mitorio con  rapidez  e  introducir  en  él  al  pintor  que  iba  tembloroso 
de  emoción  y  nervioso  de  curiosidad. 

Mandiola  se  detuvo  ante  la  imájen,  la  sacudió  con  su  pañuelo. . . 
y  casi  se  fué  de  espaldas.  Si  no  era  un  Murillo,  no  sabia  él  dónde 
estaba  parado. 

— Señora — dijo  de  pronto — ^yo  compro  este  cuadrito. 

— No  estamos  locas,  caballero.  Esa  Vírjen  nos  quiere  mucho  y 
nos  protge.  Nosotras  le  rezamos  por  la  noche  y  ella  nos  sortea 
las  letras  de  la  Caja.  Es  una  antigua  conocida  ¡Imposible! 

— Usted  comprende,  señora,  que  esto  seria  cuestión  de  un 
arreglo.  Usted  puede  conservar  una  imájen  igual,  exactamente 
igual  a  esta,  y  ademas  recibir  trescientos  pesos. 

— No  entiendo. 

— Prefiero  hacerlo  prácticamente.  Yo  soi  pintor,  vendré  aquí  a 
pintar  todos  los  días,  hasta  hacer  una  Vírjen  igual  a  ésta,  y  una 
vez  concluida,  usted  elije  la  que  mas  le  guste,  entendiendo  que 
si  yo  me  llevo  ésta  le  doi  a  usted  trescientos  pesos. 

Se  aceptó  la  oferta.  Mandiola  estableció  su  caballete  en  un 
corredor.  Aceitó  la  tela  blanca,  echó  sobre  ella  los  confusos  rasgos 
de  carbón,  alistó  la  paleta,  y  pincelada  aquí,  pincelada  allá,  comen- 
zó a  suijir  ante  los  ojos  atónitos  de  las  solteronas,  una  vírjen 
igual  a  la  otra,  pero  mas  clara,  mas  nueva,  mas  de  fiesta. 

Inútil  es  decir  que  una  vez  puesta  la  copia  en  un  buen  marco 
de  oro  vivo,  las  solteronas  prefirieron  la  copia,  porque  una  re- 
gnlar  copia,  a  los  ojos  de  un  profano,  se  parece  como  una  gota 
de  agua  a  otra  gota.  Tal  vez  sin  la  tentación  de  los  trescientos  pe- 
sos, aun  se  habrian  quedado  con  la  nueva. 

Sin  embargo,  en  el  momento  en  que  Mandiola  envolvía  cuida- 
dosamente la  vieja  imájen,  surjió  un  conflicto,  un  verdadero  pro- 
blema. . . 

—¿Se  habiia  trasmitido  a  la  copia  el  valor  milagroso  del  ori- 

jinal? 

El  pintor  fué  de  parecer  que  sí,  y  hasta  citó  a  San  Juan  Crisós- 
tomo  con  una  desvergüenza  envidiable;   pero   la  hermana  ma>'or 


93 

sostuvo  que  nó.  El  problema  era  grave  y  el  pintor  comenzó  a 
temer  que  todo  su  trabajo  quedara  perdido.  Pero  ¡oh  idea!  una  de 
las  señoras  se  golpeó  la  frente  con  una  mano. . . 

¡La  cosa  es  sensilla!  lo  que  le  falta  a  esta  nueva  Vírjen  es 
bendecirla. .  .y  a  rei  muerto,  rei  puesto 

Mandiola  voló  con  su  cuadro  antes  que  una  nueva  dificultad 
volviera  a  surjir,  y  al  verse  las  dos  hermanas  con  trescientos  pesos 
en  la  mano  y  sin  haber  perdido  su  antigua  conocida,  le  rezaron 
esa  noche  un  rosario  mas  fervoroso  y  mas  largo  que  de  costum- 
bre. 

Y  esa  noche  hubo  también  mate  en  leche,  y  se  sacó  para  el 
efecto  la  bombilla  de  plata 


^    ^    V 


Mientras  Mandiola  colocaba  en  su  taller  la  hermosa  tela,  y  la 
miraba  de  todos  lados,  y  la  palpaba  y  la  examinaba,  un  respetable 
caballero  de  Santiago  acababa  de  saber  que  en  casa  de  ciertas 
señoras  solteronas  y  pobres  habia  un  Murillo. 

Este  respetable  caballero  se  jactaba  de  ser  sumamente  entendido 
en  pintura  por  haber  estado  en  Europa  algún  tiempo.  Todo  era 
ponerse  delante  de  una  tela  y  disertar  sobre  \os  prena/aelisfas, 
sobre  la  manera  de  Velasquez,  Rivera  y  Murillo.  Tenia,  pues, 
fama  de  ser  un  gran  crítico  y  un  hombre  de  gusto  mui  refinado. 

Saber  que  en  la  casa  de  dos  señoras  pobres  habia  un  Murillo, 
echarse  al  bolsillo  quinientos  pesos  de  treinta  y  dos  peniques  (j  Oh 
témpora!)  tomar  un  coche  y  dirijirse  sijilosamente  al  domicilio  de 
nuestras  conocidas,  todo  fué  uno. 

Las  dos  solteronas  hablan  colocado  los  trescientos  pesos  en  la 
Caja  de  Ahorros,  y  ansiosas  de  no  tener  que  tocar  esa  milagrosa 
ganancia  ni  aun  en  momentos  de  apuro,  le  pedian  de  nuevo  el 
sorteo  de  otra  letrita. 

Dos  golpes  suaves,  pero  resueltos,  suenan  en  la  puerta  de  calle. 
Un  caballero  de  buena  presencia,  avanza  hasta  ellas  y  después  de 
algunas  venias  les  esplica  sin  embozo   que  va  a  ver  una  Vírjen, 


93 

una  Vírjen  que  tienen  en  la  cabecera.  Una  mirada  que  se  cruzó 
rápida  entre  las  dos  hermanas,  una  mirada  de  asombro,  de  alegria, 
defé  bastó  para  convencer  a  las  dos  buenas  mujeres  que  aquello 
no  podía  ser  sino  cosa  de  milagro. 

Hl  respetable  caballero,  colocado  frente  a  la  copia  de  Mandiola, 
se  caló  sus  gafas,  observó  largo  rato  y  murmuró  a  media  voz: 

— O  esto  es  un  Murillo  lejítimo,  indudable,  seguro,  o  yo  soi  un 
animal. 

Y  sin  mas  rodeos,  ofreció  quinientos  pesos  por  el  cuadro. 

— ¡Quinientos  pesos!  Es  mucho  dinero,  se  dijeron  en  voz  baja 
las  dos  hermanas;  pero  no  podemos  perder  una  Vírjen  que  nos 
proteje  tanto. — Diganos,  usted  señor, — se  arriesgó  a  preguntar 
una — ¿no  podría  usted  dejamos  una  igual?. 
/  — jOh!  eso  es  imposible;  no  soi  pintor,  yo  les  doi  quinientos 
pesos;  con  eso  se  pueden  comprar  varias  imájenes. 

— También  es  verdad. 

De  un  lado  sonreía  con  su  inalterable  serenidad  la  Vírjen,  de 
otro  lucian  los  quinientos  pesos.  Jamas  ha  asaltado  a  almas  mas 
débiles  tentación  mas  poderosa. 

— Aceptamos,  dijeron  con  voz  f^.ébil — y  no  quisieron  mirarse 
para  no  traicionar  la  pena  que  sentían  allá  en  lo  mas  hondo  del 
alma. 

La  Víijen  salió  de  la  cabecera,  los  quinientos  pesos  fueron  a  la 
Caja  de  Ahorros;  pero  esa  noche  no  hubo  mate  en  leche,  porque 
las  dos  mujeres  se  llevaron  mirando,  con  los  ojos  llenos  de  lágri- 
mas, el  cuadrado  oscuro  que  habla  dejado  en  el  papel  desteñido 
por  la  luz,  la  antigua  conocida  cuyos  servicios  habían  pagado  con 
tan  negra  ingratitud. 

Mientras  Mandiola  jestionaba  ante  el  Gobierno  una  módica  can- 
tidad para  vender  el  cuadro  al  Museo,  el  respetable  caballero  colo- 
caba al  suyo  en  el  salón,  con  unas  cortinas  verdes,  para  que  la  luz 
no  diera  incómodo  reflejo  sobre  la  tela. 

Horas  de  horas  se  pasaba  el  entendido  en  la  manera  de  Vdas- 
quez  y  de  Murillo,  él  familiarizado  con  los  museos  dd  I^ouvre,  del 
Prado,  del  Vaticano,  examinando  estasiado  la  tela,  y  didéndose  a 
media  voz: 


94 

— O  esto  es  un  Murillo  lejítimo,  indudable,  seguro,  o  yo  soi  un 
animaL 

Todas  sus  visitas  eran  obligadas  a  espresar  un  juicio  «franco» 
sobre  el  cuadro,  y  naturalmente  se  oyeron  frases  hechas  por  este 
estilo: 

— Hermoso  colorido. . .  Se  vé  la  misma  mano  del  San  Antonio  de 
Sevilla...  ¡Qué  admirable  realidad!...  ¡Oh!  Murillo! 

Un  dia  nuestro  hombre,  orgulloso  de  su  adquisición,  se  topó  en 
la  calle  con  el  pintor  Mandiola,  y  en  dos  palabras  le  contó  cómo 
habia  tenido  noticia  de  la  tela,  cpmo  la  habia  comprado,  y  cómo 
era  tan  idiota  la  jente  en  Santiago  que  no  habia  descubierto  antes 
el  cuadro.  Mandiola  callaba,  y  en  su  cara  muda,  insensible,  no  hu- 
biera podido  descubrirse  que  se  le  reia  el  alma  a  carcajadas.. . . 

— O  la  tela  que  tengo,  terminó  el  caballero  entrándolo  a  su  casa« 
es  un  MuriUo. . .  o  yo  soi  un  animal. 

El  pintor  sin  querer  asintió  con  la  cabeza  a  esa  última  frase. 

Se  abrieron  unas  ventanas  del  salón,  se  entornaron  otras  y  el  di- 
choso propietario  separando  majestuosamente  las  cortinas  verdes, 
esclamó  con  voz  enfática: 

— ¡He  aquí  un  Murillo! 

Mandiola  contuvo  la  carcajada  e  imitando  la  voz  solemne  del 
conocedor  de  los  Museos  europeos,  dejo  oir  esta  horrible  frase: 

— He  ahí  un  Mandiola. 

En  un  momento  quedó  esplicado  todo.  Nuestro  hombre  se  bus- 
có un  cigarrillo  en  la  falda  del  levita,  lo  encendió  y  antes  de  darle 
la  primera  chupada  dio  la  última  mirada  a  la  tela. 

Escusado  es  decir  que  la  inalterable  sonrisa  de  la  vírjen,  le  pare- 
ció esta  vez  demasiado  irónica.. .. 


1fSATf&t, 


CHñCñBUCO 


SI  hubiéramos  de  juzgar  el  réjimen  colonial  por  el  contr£.áte  que 
alrededor  de  1817,  hadan  sus  hombres,  con  los  sostenedores 
de  la  independencia  americana,  no  quedarían  mui  bien  para- 
dos los  defensores  de  la  causa  del  rei,  ni  en  sitio  mui  promi- 
nente la  ya  maltrecha  y  razgada  bandera  que  sostenían. 
Marcó  del  Pont  ha  pasado  a  la  historia  como  un  personaje  de 
opereta, 

Sus  proclamas  de  una  fatuidad  altanera  y  bombástica,  serian  hoi 
motivo  codiciado  para  una  zarzuela  de  poca  monta.  Ochenta  baú- 
les trajeron  a  Chile  sus  trajes  y  vestuarío.  y  seguramente  no  ca- 
bia  en  todos  ellos  la  pusilanimidad  de  su  espíritu  ni  la  pobreza  de 
su  entendimiento. 

Don  Francisco  Casimiro  se  destaca  sobre  esos  cuadros  vigo- 
rosos del  paso  de  'los  Andes  y  de  la  batalla  de  Chacabuco  como 
pudiera  destacarse  un  zancudo  en  una  panoplia  de  armas  cincelada 
sobre  acero. 

En  cambio,  eran  el  alma  del  ejército  invasor  dos  hombres  igual- 
mente grandes  pero  contradictoriamente  dotados  por  la  naturaleza. 
Era  d  uno  de  hierro;  de  sangre  y  de  nervios  el  otro.  Aquel  pen- 


96 

saba,  y  sentía  éste;  era  San  Martin  el  cerebro  y  O'Higgins  el  co- 
razón. 

Y  mientras  en  la  soñolienta  ciudad  al  toque  de  la  oración  se  jun- 
taban las  puertas,  y  oidos  medrosos  escuchaban  tras  ellas  los  pasos 
de  algún  mensajero  a  caballo,  creyendo  adivinar  en  los  rumores  si- 
jilosos  de  la  noche,  lo  que  pasaba  en  los  Andes,  Marcó  del  Pont, 
hacia  descolgar  los  cortinajes  de  palacio  y  encajonarlos  cuidadosa- 
mente, para  ponerlos  a  salvo  de  lo  que  él  creia  ya  el  último  dia  de 
la  dominación  en  Chile. 

El  5  de  febrero,  con  diferencia  de  pocas  horas,  dos  propios  lle- 
nos de  polvo  y  de  sudíjr,  con  sus  caballos  gastados  por  una  mar- 
cha precipitada  y  violenta,  paraban  frente  a  palacio  y  comunicaban 
a  Marcó,  pálido,  descolorido  y  absorto,  dos  estupendas  nuevas:  el 
uno,  enviado  por  el  coronel  don  Manuel  Mana  Atero  desde  San 
Felipe,  contaba  que  por  los  caminos  de  Putaendo  y  Uspallata  apa- 
recía el  enemigo  desplegando  avanzadas  regulares  y  haciendo  creer 
en  la  presencia  de  un  gran  ejército  perfectamente  disciplinado;  y  el 
otro,  despachado  por  el  coronel  Morgado  desde  Cuneó,  hacia  igua- 
les declaraciones  con  respecto  al  paso  del  Tinguiririca,  donde  los 
guardias  realistas  hablan  sido  dispersados  a  balazos. 

El  plan  concebido  fríamente  por  San  Martin  se  estaba  realizan- 
do con  la  precisión  de  un  cálculo  aljebraico. 

Marcó  del  Pont  abrió  tamaños  ojos,  apuró  el  empaquetamiento 
de  sus  cortinajes  y  vestidos,  y  convocó  a  Junta  de  Guena. 

Graves,  pensativos,  inclinada  la  cabeza  como  carneros  dóciles  y 
mansos,  fruncido  el  entrecejo,  lleno  de  zozobras  el  espíritu,  cruza- 
das por  detras  las  manos  y  metida  la  afeitada  barbilla  en  el  cuello 
entreabierto,  fueron  asomando  en  palacio  una  treintena  de  nuestros 
abuelos,  luciendo  allí  lustrosas  calvas  de  bolas  de  billar.  Sin  em- 
bargo, algo  hacia  creer  que  Marcó  no  acertarla  allí  carambola  al- 
guna. 

Esa  jente  no  estaba  acostumbrada  a  pensar. 

El  7  de  febrero  llegó  la  tarde  larga  del  verano,  sumerjiendo  a 
Santiago  en  un  mar  de  recelos  e  inquietudes.  Se  notaba  mucho 
ruido  en  tomo  del  palacio. 

Mensajeros  a  caballo  partían  al  galope  en  dirección  a  la  Palma, 
y  el  ruido  se  perdía  en  un  silencio  preñado  de  angustias.  ¿Era  ver- 


97 

dad  que  aquello  se  derrumbaba?  ¿Era  cierto  que  la  jente  libre  esta- 
ba allí,  a  un  paso  de  Santiago,  repechando  la  cuesta  de  Chacabuco? 
¿Era  verdad? 

Y  aquí  los  viejos  miraban  a  todos  lados  con  recelo,  y  llevándose 
un  dedo  sobre  los  labios  decían  con  misterio: 

-¡Chit! 


«    #    « 


Quien  se  hubiera  detenido  en  la  cumbre  de  las  serranías  de  Cha- 
cabuco, y  en  el  silencio  de  la  noche  hubiera  puesto  atento  oido  a 
todo  rumor,  habría  escuchado  mas  allá  del  gorgoreo  de  los  sapos 
en  los  charcos  y  vertientes  cercanas  y  muí  por  sobre  la  canturria 
tenaz  de  los  grillos  ocultos  en  la  teatina  reseca  del  lomaje,  una  tre- 
pidación sorda  y  apagada,  una  especie  de  rumor  creciente  como  de 
cascada  que  salta  y  se  desborda.  Eran  los  dos  ejércitos  que  se 
acercaban  para  encontrarse. 

Quintanilla  y  Marqueli  despacharon  al  abrigo  de  las  sombras 
varios  espías  que  recojieran  datos  sobre  la  proximidad  del  enemi- 
go. Las  narraciones  bíblicas  dicen  que  Noé  largó  una  paloma  des- 
de  el  arca  para  ver  si  habían  bajado  las  aguas  a  ñor  de  tierra,  y 
qíie  como  la  mensajera  volvió  a  buscar  abrigo  en  ella,  dedujo  que 
aun  no  había  encontrado  paraje  donde  posar  la  planta.  Quintanilla 
y  Marqueli  debieron  comprender  al  esperar  inútilmente  la  vuelta 
de  los  espias,  que  éstos  hablan  encontrado  filas  cercanas  en  que 
tomar  su  fusil. 

Y  en  efecto  O'Hggins  se  acercaba  con  la  primera  división  del 
ejército  de  los  Andes. 


«    •    « 


Marcó,  que  comenzaba  a  ver  muí  turbio  el  negocio  necesitó  co- 
brar fuerzas  y  engañarse  a  sí  mismo,  para  lo  cual  se  convocó  el  9 


98 

de  febrero  una  «aparatosa  asamblea  de  notables — dice  el  señor  Ba- 
rros Arana — destinada  a  reforzar  el  prestijio  del  gobierno  y  de  un 
réjimen  que  se  desplomaba  >. 

Volvieron  a  juntarse  solamente  las  nulidades  de  todo  orden  y 
dejaron  estampado  en  una  acta  «que  con  sus  vidas,  haciendas  y  sin 
reserva  de  casa  alguna,  estaban  prontos  y  resueltos  a  defender 
los  derechos  del  rei,  a  cuya  obediencia  vivian  gustosamente  su- 
jetos. . 

Pero  esta  declaración  se  hacia  sobre  el  papel;  entretanto,  mui 
luego  debia  estamparse  otra  cosa  en  las  serranías  de  Chacabuco, 
con  caracteres  de  sangre. 

El  coronel  don  Ildefonso  Elorreaga  partió  al  dia  siguiente  a  la 
Cuesta  al  frente  de  todas  las  tropas  que  quedaban  en  Santiago,  y 
mui  luego  le  siguió  el  jeneral  en  jefe  recien  nombrado  por  Marcó 
del  Pont,  el  brigadier  don  Rafael  Moroto. 

Todo  esto  ocurrió  el  lo. 

San  Martin  no  pensaba  empeñar  la  batalla  antes  del  dia  14;  pero 
mui  pronto  varió  de  opinión  por  la  llegada  a  su  campamento¡i  de 
un  hombre  que  todavia  no  tiene  una  estatua  de  bronce,  represen- 
tante jenuino  del  hombre  de  campo,  liso  y  bueno  como  el  chagual 
bravo  como  un  perro  fiel  y  discreto  como  una  roca.  Era  Justo  Es- 
tai,  guia,  esplorador,  espía  y  práctico,  verdadero  tentáculo  que  el 
ejército  de  los  Aifdes  iba  avanzando  en  su  camino,  y  recojiéndolo 
cada  vez  que  queria  obtener  impresiones  exactas. 

Justo  Estai  volvia  después  de  haber  estado  en  Santiago  obser- 
vando minuciosamente  la  calidad  y  el  número  de  las  tropas  rea- 
listas. 

Colocado  entre  los  curiosos  que  apiñados  en  el  puente  del  Ma- 
pocho  miraban  pasar  los  batallones  que  partían  para  Chacabuco, 
Estai  habia  contado  los  hombres  y  visto  partir  al  brigadier  Maroto 
con  sus  ayudantes. 

San  Martin  comprendió  que  cualquiera  dilación  de  su  parte,  au- 
mentaría el  número  de  las  tropas  enemigas  que  seguían  concen- 
trándose a  toda  prisa  en  Santiago.  Era  menester  presentar  batalla 
a  mas  tardar  en  la  mañana  del  dia  siguiente. 

A  media  noche  del  11,  el  ejército  entero  estaba  formado.  La  in- 
fantería habia  dejado  a  un  lado  sus  mochilas. 


»9 

Sobre  esos  tres  mil  hombres  que  se  aprestaban  al  combate,  vaga- 
ba como  una  sombra  impalpable  la  imajen  de  la  patria  naciente,  de 
esa  patria  que  todavía  consideraba  fuera  de  la  leí  a  los  que  levan- 
taban sobre  las  baj'orietas  el  estandarte  de  su  libertad.  Allí  estaba 
O'Híggins  a  la  cabeza  de  la  segunda  división  aceicándose  de  fren- 


te al  enemigo;  Soler  al  mando  de  la  primera,  que  emprendía  la 
marcha  por  los  deshechos  para  atacar  a  Maroto  por  el  flanco;  Las 
Heras,  Cramer,  Zapiola,  Conde,  Necochea  y  tantos  otros  valientes 
jefes  que  se  cubrieron  de  gloria  en  la  histórica  acción  del  dia  12 
que  comenzaba  ya  a  despuntar. 

Las  avanzadas  de  Maroto  sintieron  durante  toda  la  noche  un 
confuso  rumor  en  la  parte  bajá  de  la  Cuesta,  rumor  barrido  a  ratos 
por  el  vientecillo  de!  alba,  y  comprobado  mas  tarde  cuando  con 


7;í';ocb 


loo 


las  primeras  luces  estallaron  los  primeros  disparos  de  reconoci- 
miento. 

Kl  comandante  Marqueli,  apostado  por  Maroto  en  las  alturas  de 
la  cuesta,  rompió  el  fuego — según  dice  el  historiador — sin  fé  ni 
confianza  en  la  defensa  que  podia  hacer. 

A  esa  hora  quedó  empeñada  la  acción.  Eran  las  ocho  de  la  ma- 
ñana y  comenzaba  a  quemar  el  sol. 


«    #    # 


Maroto  recibió  un  parte  del  comandante  Marqueli  que  decia: 
«Tenemos  el  enemigo  mui  próximo  en  número  de  quinientos  a 
seiscientos  hombres  entre  caballería  e  infantería,  los  que  amena- 
zan por  dos  puntos  y  dentro  de  pocos  momentos  romperemos  el 
fuego». 

El  brigadier  español  comprendió  que  en  esos  instantes  supre- 
mos toda  demora  podia  ser  fatal. — Envió  un  propio  que  a  mata 
caballos  se  dirijiera  a  Santiago  para  pedir  a  Marcó  apurara  la  mar- 
cha de  los  demás  cuerpos,  que  se  encontraban  en  la  capital;  y  él 
mismo  mandó  formar  su  tropa  y  avanzó  aceleradamente  hasta  el 
pié  de  la  Cuesta,  en  tanto  que  Quintan  illa,  comandante  de  la  caba- 
llería, se  adelantaba  al  galope  con  medio  escuadrón  de  carabineros 
a  reforzar  la  defensa  de  las  alturas. 

A  la  media  legua  de  marcha,  Maroto  comprendió  que  la  acción 
no  se  iniciaba  con  buena  fortuna.  Los  primeros  dispersos  de  la 
vanguardia  realista  se  venian  a  estrellar  con  su  tropa,  perseguidos 
mui  de  cerca  por  el  tiroteo  de  los  patriotas.  El  brigadier  hizo  alto 
y  tendió  allí  mismo  su  línea. 

En  el  primer  momento,  O'Higggins  no  pudo  darse  cuenta,  por 
las  recuestas  del  camino,  de  la  posición  elejida  por  Maroto,  y  así 
junto  con  enfrentar  la  línea  enemiga  y  recibir  sus  descargas  simul- 
táneas, tuvo  que  retroceder  para  organizar  el  ataque. 

La  batalla  estaba  iniciada  bajo  un  sol  de  fuego  que  recalentaba 
como  planchas  de  acero  los  faldeos  de  la  cuesta.  El  aire  parecía 


lOI 

arrastrar  ascuas  encendidas  y  azotaba  el  rostro  de  los  soldados  co- 
mo verdaderos  fogonazos. 

Pero  habia  allí  otro  calor  mas  intenso  que  hacia  olvidar  el  del 
medio  día:  era  el  aliento  poderoso  que  impulsaba  a  esos  hombres, 
el  sublime  aguijón  que  los  arrojaba  a  la  muerte. 

La  división  de  Soler,  perdida  en  los  atajos  y  senderos,  no  apare- 
cía aun  por  el  naneo  de  Maroto,  levantando  parecidas  inquietudes 
a  las  que  la  desesperante  tardanza  de  Grouchi  habia  causado  dos 
años  antes  en  Waterloo. 

O'Higgins  fué  en  esos  momentos  el  impetuoso  y  heroico  capitán 
de  Rancagua.  Sintió  una  de  esas  grandiosas  corazonadas,  que  hubo 
mas  tarde  hombres  pequeños  que  le  increparon,  y  ordenó  a  los 
granaderos  cargar  cerro  abajo  por  el  flanco  de  Maroto,  en  tanto 
que  él  mismo,  a  la  cabeza  de  la  infantería,  se  lanzaba  resueltamente 
hacia  el  enemigo. 

Pero  todo  aquel  enorme  esfuerzo  fué  brutalmente  detenido  por 
lo  escabroso  del  faldeo  y  lo  bien  defendido  de  la  línea  española. 
Allí  quedó  muerto  de  un  balazo  el  pundonoroso  jefe  realista  coro- 
nel don  Ildefonso  Elorreaga. 

El  brigadier  Maroto  creyó  en  esos  instantes  que  la  victoria  esta- 
ba de  su  lado. 

Pero  si  la  dificultad  de  romper  ese  cerco  de  hierro  y  de  fuego 
habría  podido  desalentar  al  mas  avezado  táctico,  en  cambio  sólo 
sir\'ió  para  levantar  en  el  alma  de  O'Higgins  una  verdadera  tor- 
menta de  pasión  y  de  arrojo.  Mandó  a  la  carga  mas  ciega  y  mas 
vielenta  que  se  haya  dado  en  batalla  humana:  Los  granaderos  al 
mando  de  Zapiola  cayeron  con  los  ojos  cerrados  sobre  la  línea  rea- 
lista, como  una  avalancha  desprendida  desde  la  cresta  de  la  mon- 
taña. 

Los  negros  del  7  y  del  8,  comandados  por  Conde  y  Cramer,  avan- 
zaron a  bayoneta  calada  y  fueron  a  romper  la  línea,  en  medio  de  un 
volcan  de  sangre  y  fuego. 

Maroto  vio  en  esos  momentos  una  enorme  ave  de  alas  negras 
que  proyectaba  su  sombra  siniestra  sobie  la  bandera  de  castilla:  era 
la  derrota  que  bajaba  dando  aletazos  y  caia  en  medio  de  sus  bata- 
llones rotos  y  aturdidos. 

Sin  embargo,  volvían  con  tesón  admirable  a  organizarse  los  cua- 


I02 


dros  y  el  tiroteo  de  los  tercios  realistas  recomenzaba.  Pero  en  esos 
momentos  una  nube  de  humo  brota  por  las  crestas  del  cerro.  Un 
clamor  de  entusiasmo  llena  los  aires.  ¡Es  Soler  que  ha  llegado! 

Dos  compañías  de  los  Cazadores  de  los  Andes  se  descuelga  con 
rapidez  en  el  faldeo,  y  un  fuego  nutrido  corona  las  alturas  sem* 
brando  en  las  líneas  de  Maroto  la  muerte  y  el  desaliento. 

El  valeroso  Marqueli  sucumbe  antes  de  ver  el  desastre 

Tras  de  los  cuadros  aguerridos  de  Soler,  caen  como  un  torrente 
al  mando  de  Necochea,  los  Granaderos  y  la  escolta  del  jeneral  en 
jefe. 

Maroto  monta  a  caballo  y  huyo. 

Aquel  drama  de  sangre  era  en  esos  momentos  sólo  un  monten 
de  cadáveres. 

Las  teatinas  secas  del  faldeo,  encendidas  por  los  fogonazos,  le- 
vantaban una  cortina  de  llamas  que  parecía  interponerse  entre  ven- 
cedores y  vencidos  para  llamarlos  a  la  clemencia. 

San  Martin,  que  habia  llegado  al  campo  a  reforzar  la  división  de 
O'Higgins,  dicta  las  primeras  disposiciones  para  impedir  la  reor- 
ganización del  enemigo,  y  comienza  a  reconcentrar  las  tropas  en 
torno  del  campamento  jeneral. 

a^   a^   a^ 


Y  ese  encuentro  épico  fué  Chacabuco. 

Allí  está  mezclada  en  la  Cuesta  polvorienta  la  sangre  chilena  y 
arj entina;  y  cuando  la  ventolera  de  las  pasiones  internacionales  le- 
vanta el  polvo  de  ese  camino  que  apretó  la  planta  del  ejército  de 
los  Andes,  parece  que  las  moléculas  se  disgregaran  y  fuera  cada  una 
a  buscar  su  propia  tierra,  renegando  de  la  vieja  fraternidad! 


«    *    * 


Cuando  Necochea  llegó  a  Santiago  al  frente  de  los  granaderos, 
levantando  las  aclamaciones  de  un  pueblo  frenético  de  entusiasmo, 


las  campanas  se  echaron  a  vuelo  y  la  criolla  ciudad  abrió  los  viejos 
portones  claveteados  con  pernos  de  cobre,  a  esa  brisa  de  libertad  y 
de  tnunfo. 

Las  relucientes  calvas  de  los  solemnes  consejeros  de  Marcó,  vol- 
rieron  a  lucir  al  sol,  porgúelos  sombreros  volaban  por  los  aires  en 
homenaje  a  la  patria  independiente. 

¡Por  deito  que  no  merecían  tenerla] 


RETRñTO  UIEIO 


NUESTROS  historiadores  y  cronistas  nan  tratado  con  poco  res- 
peto a  la  colonia.  Las  figuras  y  cuadros  que  se  desarrollaron 
en  esta  española  y  tranquila  ciudad,  en  el  siglo  pasado  y 
principios  del  presente,  han  sido  siempre  dibujadas  con  cier- 
to enfermizo  deseo  de  hacer  caricaturas.  Mui  raras  veces  un 
buen  lápiz,  o  un  buen  carbón  nos  ha  dejado  el  boceto  viviente  y 
animado,  pero  verídico,  de  algún  soldado,  de  algún  oidor  o  de  al- 
gún caballero  de  aquellos  aunque  no  tan  remotos  por  lo  menos 
tan  olvidados  tiempos. 

Jeneralmente,  ha  habido  cierta  inesplicable  inquina  por  maldecir 
una  época  histórica  ya,  y  por  consiguiente  inviolable.  Nos  parece 
que  el  irritarse  contra  la  dominación  española  de  tres  siglos,  sig- 
nifica hoi  dia  tal  candor  espíritu  como  sufrir  enojo,  indignación  y 
labia  ante  la  armadura  de  Atila.  Abrir  tumbas,  ha  sido  siempre 
una  profanación;  y  las  épocas  pasadas  y  juzgadas,  tienen  también 
sus  mausoleos. 


•!• 


•i-      * 


¡Cuántas  veces  nos  hemos  detenido  con  cierna  mezcla  de  curio- 
sidad, de  respeto  y  de  admiración,  ante  esos  retratos  viejos  que 


io6 

ruedan  por  los  salones  de  las  casas  chilenas,  empujados  con  sacri- 
lega saña  por  las  saltonas  notas  de  color  de  los  cuadros  modernos! 
Una  cabeza  severa,  una  mirada  pensativa,  un  rostro  absolutamen- 
te rapado,  un  gran  cuello  abierto  y  blanco,  un  corbatín  negro 
rodeándolo  con  triple  vuelta,  un  frac  de  solapas,  grandes  y  sueltas, 
y  lodo  este  conjunto,  seco  de  color,  sombrío  de  luces,  lacónico  de 
toques  impresionistas,  metido  y  encuadrado  en  un  ancho  marco  de 
madera  sobredorada,  con  recortes  y  laboreos  prolijos. 

Allí  ha  agregado  el  sol — gran  colorista,  como  dijo  alguien — su 
acción  eficaz  para  la  armonía  y  la  suavidad  en  los  contomos. 

Pudo  ser  malo  el  pincel,  torpe  la  mano,  y  frío  el  espíritu  que  es- 
tampó en  la  tela  ese  retrato;  pero  allá  hai  algo  que  revela  no  solo 
un  alma  sino  una  época  entera.  No  guardemos  libros  ni  pergami- 
nos para  que  nos  juzguen  y  nos  comprendan  los  historiadores  del 
siglo  que  viene:  guardemos  cuadros.  El  sol  se  encargará  de  deste- 
ñir los  colores  vivaces;  el  polvo  entonará  las  notaciones  resaltan- 
tes, y  el  nobilísimo  resplandor  del  oro  viejo  trasmitirá  a  la  tela  la 
suavidad  luminosa  de  las  cosas  que  evocan  recuerdos. 


^    ^    ^ 


Hemos  ido  a  hojear  pergaminos  en  busca  de  un  retrato;  y  éste  ha 
tardado  mucho  tiempo  en  llegar.  Pero  ha  llegado. 

Es  una  cláusula  testamentaria  de  un  oidor  que  cerró  sus  ojos  a 
la  luz  y  sus  oídos  al  mundo  esterno,  en  una  noche  de  invierno  del 
año  1798.  Leamos  la  cláusula  y  busquemos  después  en  ella 
los  razgos  de  una  fisonomía  que  debió  tener  muchísimo  relieve. 
Dice  así: 

«  . .  gravado  de  algunas  graves  habituales  enfermedades,  aunque 
en  pié,  mando  que  en  mi  entierro  no  haya  pompa  o  se  ostente  va- 
nidad alguna,  poniendo  mi  cuerpo  sobre  el  haz  de  la  tierra^  con 
cuatro  luces  y  cuatro  hachas,  sin  que  por  ningún  motivo  ni  pre- 
testo  se  permita  duelo  por  mis  herederos  o  albaceas  en  la  iglesia, 
aunque  digan  lo  costean  todo,  porque  sin  embargo,  multo  a  cada 
uno  de  ellos  en  quinientos  pesos  y  asimismo  quiero,  mando  y  es 


107 

mi  voluntad,  que  tampoco  haya  duelo  en  mi  casa  y  que  cuando 
mas  puedan  prevenir  y  descolgar  una  pieza  de  las  que  caen  a  la 
puerta  para  que  allí  reciban  los  pésames;  e  igualmente  mando  y 
ordeno  y  espresamente  que  no  se  descuelgue  la  cuadra  ni  la  sala, 
porque  esto  no  sir\^e  de  otra  cosa  que  de  romper  los  lienzos  y  tras- 
tes, y  haciendo  lo  contrario  se  les  hará  cargo  a  mis  albaceas,  quie- 
nes, concluyendo  mi  entierro  y  exequias  funerales,  no  harán  mas 
honras  ni  mandarán  decir  mas  misas  de  cuerpo  presente,  como 
tampoco  darán  parte  a  los  tribunales,  porque  a  todos  relevo  de  la 
asistencia  y  les  suplico  no  se  incomoden,  sea  mi  entierro  o  por  la 
mañana  o  por  la  tarde,  en  el  cual  mando  se  gasten,  inclusive  los 
latos  y  todo  lo  demás  anexo,  solo  hasta  la  cantidad  de  doscientos 
pesos,  por  no  permitir  mas  mis  facultades  y  quedar  mis  hijos  mui 
pobres,  y  asi  lo  declaro  y  ordeno  y  mando,  para  que  conste.» 


T       T       T 


Que  es  éste  un  retrato  acabado,  no  se  atreverá  nadie  a  ponerlo 
en  duda  Ahora  que  sea  de  Velásquez  o  de  Rembrandt 
es  cosa  entregable  ya  a  la  discusión  mas  libre  y  amplia.  De 
esa  cláusula,  escrita  con  pulso  tembloroso,  pero  con  voluntad  fir- 
me, en  el  mismo  lecho  de  muerte;  de  esas  líneas  enérjicamente  es- 
presadas  en  los  momentos  en  que  el  organismo  se  desquicia,  des- 
fallece él  espíritu  y  los  ojos  se  enturbian;  suije  con  un  vigor 
admirable  el  retrato  moral  de  uno  de  nuestros  antepasados,  hom- 
bre que  quizá  era  de  la  pasta  con  que  se  han  hecho  los  estadistas 
y  los  cancilleres  de  hierro,  y  que  por  vivir  en  una  época  en  que  las 
luces  se  apagaban  al  toque  de  la  oración  y  los  libros  eran  arroja- 
dos en  la  bahia  de  Valparaíso  como  peligroso  contrabando,  solo 
pudo  dedicar  las  fuerzas  de  su  vitalidad  asombrosa  a  ordenar  entre 
estertor  y  estertor  agónico,  que  no  se  estropearan  los  muebles  y 
cortinajes  de  su  sala,  y  no  se  pusiera  nadie  careta  llorosa  y  senti- 
mental para  acompañar  al  cementerio  sus  restos. 

En  otro  medio  ambiente,  el  modesto  retrato  de  un  oidor  de 
Chile,  pudo  convertirse  en  la  famosa  tela  del  Conde  Duque  de  Oli- 


loS 

vares,  que  inmortalizó  a  Velásquez.  Pero,  quien  no  vio  mas  alturas 
que  las  del  cerro  de  San  Cristóbal,  no  contempló  mas  correntosos 
caudales  que  los  del  Mapocho,  no  nutrió  su  espíritu  y  su  organis- 
mo con  mas  alimento  que  el  mate  en  leche,  ni  sintió  ajitados  sus 
nervios  por  mas  tormentas  que  las  de  los  capítulos  conventuales 
tuvo  que  contentarse  con  saber  las  tres  cosas  primordiales  que  se 
necesitaban  en  esa  época  para  ser  sabio:  jugar  al  carga  burro,  rezar 
de  corrido  y  sin  saltarse  una  palabra  los  misterios  gloriosos,  gozo- 
sos y  dolorosos  y  tener  el  mayor  número  de  hijos  posible. 


V       ▼       T 


No  sabemos  si  nuestros  lectores  creen  que  son  éstas  disertacio- 
nes sutiles  y  alambicadas:  pero  se  nos  ha  metido  entre  ceja  y  ceja 
que  en  la  cláusula  testamentaria  del  oidor  Martínez  de  Aldunate, 
hai  todo  un  carácter  revelado. 

Que  se  ponga  «mi  cuerpo  sobre  la  tierra  con  cuatro  luces  y  cua- 
tro hachas»;  «que  no  se  descuelgue  la  cuadra  ni  la  sala,  porque 
esto  no  sirve  de  otra  cosa  que  de  romper  los  lienzos  y  trastes»;  y 
finalmente,  que  no  se  dé  «parte  a  los  tribunales  porque  a  todos  re- 
levo de  la  asistencia  y  les  suplico  que  no  se  incomoden»;  he  ahí 
tres  declaraciones  que  revelan  al  cristiano  de  corazón  que  ve  en  la 
agonia  la  vanidad  de  las  grandezas  de  la  tierra;  al  propietario  eco- 
nómico, guardador  y  hasta  mezquino,  que  quiere  después  de  muer- 
to prevenir  los  deterioros  de  su  casa;  y  al  socarrón  y  abierto  hom- 
bre de  mundo  que  no  tolera,  ni  aun  cadáver,  que  vaya  escol- 
tándolo en  forma  hipócrita  el  cortejo  de  los  que  fueron  sus 
amigos. 

Dadle  un  rostro  cualquiera,  ponedle  un  amplio  cuello  y  un  cor- 
batin  de  triple  vuelta,  encerrad  el  conjunto  en  un  ancho  marco 
viejo,  colgado  en  un  rincón  oscuro,  y  tendréis  el  verídico,  el 
fiel,  el  perfecto  retrato  de  un  chileno  en  el  siglo  XVIII. 


J?        J? 


El  maestro  Tin -Tin 


ASI  lo  llamaban  en  todos  los  alrededores  porque  desde  mui 
lejos  ysL  se  sentía  el  golpe  del  yunque  en  su  fragua  del  barran- 
co del  rio.  Era  un  viejo  de  cara  sumamente  bondadosa,  ojos 
^  suaves,   y  aspecto   inofensivo  y  simpático.   Herrero    desde 
muchos  años,  prestaba  sus  servicios  en  la  hacienda,   compo- 
niendo  un   dia  la  llanta  de  una  carreta,  supliendo  otras  el 
perno  de  un  arado,   haciendo  el  cerrojo  de  un  portón  o  soldando 
los  sunchos  de  una  tina. 

Desde  el  amanecer  se  sentia  ya  el  vibrante  golpe  del  yunque, 
llenando  todo  el  barranco  y  sobresaliendo  sobre  los  mil  ruidos  del 
despertar  de  las  mañanas  de  campo.  Era  una  nota  aguda,  alta, 
cristalina,  que  contribuía  a  alegrar  el  comienzo  del  trabajo,  como 
un  valiente  toque  de  diana.  Y  cuando  pasaban  los  peones  con  la 
herramienta  al  hombro  para  ir  a  ocupar  el  puesto  que  a  cada  cual 
le  correspondía  en  la  batalla  del  dia,  decian  entre  sí: 
— ^Ya  está  el  maestro  ttn^ttn  en  la  fragua. 

Cada  dia  llegaba  alguien  hasta  la  puerta  de  su  casa,  abierta  entre 

dos  álamos  viejos,  y  adornada  con  dos  frondosas  matas  de  cardenales 

jos,  en  consulta  de  algún  d^calabro  de  ferretería.  Y  el  maestro 


no 


tin-tin  salía  con  las  mangas  arremangadas  y  su  delantal  de  mezcli- 
Ha  azul,  y  siempre  sonriente,  siempre  amable  lo  resolvía  todo  a  ojo 
de  buen  varón. 

A  medida  que  la  tarde  declinaba  iba  bajando  el  diapasón  de  los 
golpes  del  maestro,  hasta  que  junto  con  hundirse  la  última  estre- 
midad  del  sol  en  el  poniente,  se  sentía  el  último  golpe,  el  del 
combo  que  caía  abandonado  sobre  el  yunque. 

Entonces  el  viejo  salía  a  la  puerta  a  ver  pasar  a  ios  que  volvían 
del  trabajo  y  allí  permanecía  hasta  que  al  otro  lado  del  río  tocaban 
el  ángelus  y  lo  rezaba  él  con  la  cabeza  descubierta  y  la  vista  baja 
para  entrarse  después  a  la  casa  donde  ya  hervía  la  j|olla  de  fréjoles 
al  fuego. 

El  maestro  iin-tin  tenía  cuatro  hijos,  de  23  años  el  menor,  y  de 
32  el  primero;  pero  ninguno  vivía  allí  al  lado  de  esa  fragua  y  de 
ese  yunque  a  cuyo  golpe  habían  despertado  y  se  habían  dormido 
tanto  tiempo.  Le  querían,  le  respetaban,  le  oían;  pero  cada  uno 
había  partido  con  su  saquíto  al  hombro,  siguiendo  ese  errante 
camino  de  nuestros  peones,  que  no  necesitan  de  brújulas,  ni  de 
reloj,  ni  de  calendarios. 

El  viejo  se  iba  gastando.  Sentía  que  el  martillo  no  caía  con 
tanta  fuerza  y  echaba  la  culpa  de  esto  al  fierro,  que  según  él 
"estaba  >a  tan  duro  como  el  corazón  de  un  impenitente".  Pero 
resultó  que  un  día  se  quebró  una  llanta  que  acababa  de  componer; 
otro  resultó  inservible  un  perno  para  un  arado;  y  cada  vez  demo- 
raba mas  tiempo  en  las  mas  insignificantes  operaciones. 

El  patrón,  respetando  la  ancianidad  y  los  servicios  del  maestro 
tin-tin^  le  dejó  su  fragua,  su  casa,  sus  herramientas  y  buscó  en  la 
vecindad  otro  herrero  joven  que  fué  a  establecerse  no  lejos  de  él. 

Trabajaba  un  día  el  maestro  y  golpeaba  penosamente  el  fierro 
enrojecido,  lamentando  que  cada  día  lo  hicieran  mas  duro  y  tenaz 
cuando  creyó  sentir  alternado  con  sus  golpes  otros  mas  lejanos, 
pero  mas  fuertes,  mas  sonoros,  mas  enérjicos.  Pensó  en  el  primer 
momento  que  soñaba;  pero  dejando  quieto  después  su  martillo 
pudo  escuchar  claramente  los  golpes  de  otro  martillo  y  otro 
yunque. 

Y  entonces  cayendo  desalentada  la  cana  cabeza    sobre    el 
pecho,  pensó  con  la  mas  amarga  sonrisa:  ' 


III 


—No  era  el  fíerro  el  que  estaba  duro,  era  mi  brazo  que  estaba 
débil 

Y  después  alegrándosele  el  rostro,  iluminándosele  los  ojos,  se 
hizo  todo  oidos,  y  llamando  apresuradamente  a  su  hija,  le  dijo: 

— ^¡Oye.  oye!  ¿Sientes  ese  otro  martillo?  Asi  tan  fuerte,  tan  vigo- 
roso, tan  robusto  era  el  brazo  de  tu  padre.  ¡Así  golpeaba  yo!  ¡Asi 
debe  golpear  un  herrero! 

Pero  vencido  después  por  la  amargura  de  su  impotencia,  sollo- 
zando como  un  niño,  apoyó  su  cara  en  el  hombro  de  la  muchacha 
y  apenas  pudo  hablar. 

—Ya  no  me  ocupan,  hija. . .  Ya  ha  llegado  otro  herrero!  ¡Si  si- 
quiera tuviera  yo  uno  de  mis  hijos  a  mi  lado,  para  enseñarle  el 
ofíciode  su  padre! 


O    O    O 


Desde  entonces  el  maestro  Hn-tin  se  echó  a  buscar  por  los 
caminos,  trozos  de  hierro,  pedazos  de  llanta,  clavos,  sunchos, 
pernos,  tuercas,  y  echándolos  todos  a  una  bolsa,  se  volvia  paso  a 
paso  a  su  casa  y  la  vaciaba  al  pié  de  la  fragua.  Durante  muchos 
días  se  le  vio  vacilante,  rendido,  sudando,  pero  sin  cejar  un  punto 
en  su  tarea  hasta  el  montón  subió  algunas  varas. 

Después  comenzó  con  el  ardor  de  sus  buenos  tiempos  la  tarea 
de  enrojecer  los  fierros  y  golpearlos  y  unirlos.  No  le  era  posible 
estar  mano  sobre  mano,  sin  ver  encendidos  los  carbones  de  la 
fragua,  y  sintiendo  solo  los  golpes  del  otro  herrero,  del  forastero 
que  habla  venido  a  suplantarlo.  No  podía  el  incansable  viejo  darse 
por  derrotado  antes  de  morir. 

¿Qué  hacia  el  maestro  tin-tin?  Nadie  lo  sabia.  Cuando  con  diver- 
sos trozos  de  hierro  habia  formado  uno  solo  de  medio  metro  de 
largo,  lo  dejaba  y  comenzaba  imo  nuevo;  y  todos  estos  bastones 
forjados  a  golpe  de  combo  iban  a  parar  debajo  de  su  catre,  haci- 
nados  en  un  montón. 

De  nuevo  habia  vuelto  el  vecindario  a  acostu    mbrarse  a  la  incan- 
sable actividad  dd  maestro  iin-tin.  Desde  lejos  se  sentian  alterna- 


dos,  caoa  dos  golpes  sonoros  y  vigorosos  del  herrero  joven,  mío 
apagado  y  débil  del  herrero  viejo.  Parecía  aquello  el  sonar  de  un 
l>éndiilo.  la  díspnta  de  la  vida  con  el  tiempo,  un  diálogo  entre   vi 


aliento  juvenil   del  que  comienza  y  el  jadeo  anhelante  del  que 
acaba.  . 

Una  mañana  salió  el  sol,  avanzó  el  dia,  comenzó  el  herrero 
joven  a  dar  en  el  yunque,  y  el  maestro  lin'iin  callaba  .  ¿Qué  le 
pasará  al  maestro?  se  preguntaban  todos,  y  poco  a  poco  fueron 
llegando  las  vecinas,  y  entrando  a  la  modesta  casita  de  los  carde- 
nales rojos. 


£1  viejo  estaba  en  cama,  tendido  de  espaldas  y  respirando  con 
fatiga  Muí  luego  pasaron  el  rio  y  avisaron  al  cura  que  debia  ayu- 
dar al  herrero  a  hacer  sus  maletas  para  el  último  viaje. 

Entretanto  el  maestro  iin-tin  habia  dado  orden  de  llamar  a  sus 
hijos,  y  la  muchacha  sentada  a  la  puerta  fué  enviando  el  aviso  con 
todas  las  carretas,  arrieros  y  carruajes  que  pasaban  en  diversas 
du-ecciones. 

Un  largo,  un  interminable  dia  de  agonia,  trascurrió  con  la  len- 
titud del  dolor  y  del  sufrimiento.  ¿Qué  cosa  es  la  vida — decia  el 
cura  al  salir — sino  una  herrería  que  cada  cual  da  en  el  joinque 
hasta  que  se  fatigan  los  brazos  y  se  apaga  la  fragua? 

A  la  noche  llegaron  dos  de  los  hijos  y  el  otro  al  amanecer.  Mui 
tempranito,  cuando  apenas  clareaba  el  alba,  un  ruido  de  campani- 
llas y  de  rezos  se  dejó  sentir  hacia  el  rio,  donde  atravesaba  el  cura 
en  su  carruaje  a  traer  el  viático  al  moribundo. 

Lo  recibió  éste  en  medio  del  recojimiento  de  todos  y  de  los  so- 
llozos de  los  hijos  que,  arrodillados  en  torno  de  la  cam*a,  cojian  de 
sus  manos  curtidas  y  secas,  al  agonizante. 

El  viejo  quiso  hablar,  se  incorporó,  miró  a  los  tres  muchachos 
que,  con  los  ojos  llenos  de  lágrimas  le  atendían,  y  dijo  con  desma- 
yada y  torpe  voz: 

—Debajo  de  mi  cama  hai  cincuenta  varas  de  fierro.  Mi  única 
disposición  es  que  me  hagan  mis  tres  hijos,  con  ellas,  una  cruz 
grande  para  plantarla  en  mi  tumba.  Trabajen  en  esta  obra  incan- 
sablemente porque  no  podré  estar  tranquilo  en  la  otra  vida,  mien- 
tras no  esté  mi  cuerpo  a  la  sombra  de  esa  cruz. 

Y  murió. 


O    O    O 


Los  tres  hijos  se  pusieron  entonces  a  la  obra.  Encendieron  la 
íragua  y  comenzaron  ardorosamente  a  unir  las  varas  para  formar 
la  cruz.  Durante  un  mes  resonó  todo  el  barranco  del  rio  con  los 
tnartillazos  de  los  fuertes  y  robustos  herederos  del  maestro  tin-lin. 

Por  fin,  quedó  la  cruz  concluida  y  los  tres  marcharon  a  la  tarde 


114 

hasta  el  cementerio  parroquial,  donde  la  clavaron  respetuosamente 
y  rezaron  con  las  cabezas  descubiertas. 

A  la  vuelta  los  esperaba  humeante  la  olla  sobre  el  fuego;  y  la 
hermanita  soplaba  los  tizones  con  la  faz  aun  encendida  y  llo- 
rosa. 

Los  hermanos  se  miraron  y  quedaron  pensativos  un  instante 
Por  fin,  el  mayor  dijo: 

— Yo  creo  haber  entendido  la  última  voluntad  de  mi  padre. 
Tanto  daba  poner  en  su  tumba  una  cruz  de  palo  como  una  cruz 
de  piedra.  Pero  él  quiso  que  la  hiciéramos  nosotros,  de  fierro, 
para  que  nos  acostumbráramos  a  su  oficio  y  le  tomáramos  cariño 
a  la  fragua. . .  Yo  no  corro  mas  tierras;  he  aprendido  ya  a  golpear 
el  fierro  y  me  quedo  aqui  de  herrero. . . 

Kl  segundo  esclamó: 

— Y  yo  he  aprendido  a  caldear  la  fragua. . .  Te  acompaño. 

Y  agregó  el  tercero: 

— Yo  también  me  quedo. 

Y  se  quedaron  los  tres.  Y  es  fama  que  ios  golpes  de  su  jrunque 
sonaban  diez  veces  mas  que  los  del  herrero  nuevo,  porque  el 
maestro  iin-tin  rejuvenecido  ya  en  la  otra  vida,  ponia  toda  su 
fuerza  en  los  brazos  de  sus  tres  hijos. 

O    O    O 


Un  dia  pasamos  en  coche  por  el  barranco  dd  no.  El  señor  cura 
asomando  la  cabeza  por  la  ventanilla  hizo  un  saludo  cariñoso  a 
los  tres  robustos  herreros,  y  sonriendo,  nos  dijo: 

— Esos  son  los  sucesores  del  maestro  tin-tin. 


sr  3r 


^ 


La  muerte  de  las  arboledas  ^'^ 


...El  señor  Lavergne  pronosticó  la 
ruina  total,  en  breve  plazo,  de  las  arbo- 
ledas frutales.  (Cofiferenda  cientifica,i 


LAS  epidemias  no  nos  dejan  en  paz,  pues  no  solo  sitian  nuestras 
ciudades  diezmando  los  barrios  pobres,  sino  que  también  cru- 
zan los  campos  y  llegan  a  los  mas  apaciblas  rincones,  turbando 
la  tranquilidad  de  la  vida  agrícola.  Las  enfermedades  del  gana- 
do, sorpresivas  huéspedas  con  que  no  contaban  los  agriculto- 
res al  confiar  su  ganancia  al  tiempo  y  a  los  pastos;  las  abundantes 
lluvias  de  los  inviernos  que  no  daban  tregua  para  que  el  sol  oreara 


(i)  £1  señor  Lavergne  alndido  en  este  artículo,  envió  a  El  Mercurio  la 
carta  que  sigue: 

Al  señor  Anjel  Pino: 

Pues  nó,  no  me  he  reido  de  sus  fantasías  de  arborícultura,  mui  al  contra- 
río, su  artículo  me  ha  interesado  y  preocupado  mucho,  ya  que,  como  us- 
ted,*soi  admirador  apasionado  de  todo  lo  que  es  hermoso  en  la  naturaleza 
y  el  grito  qne  ha  salido  de  mis  labios  para  denunciar  la  pérdida  progresiva 
<Te  nuestras  arboledas,  lo  hubiera  lanzado  como  aficionado  si  no  hubiera 


Ii6 

los  campos  y  se  pudiera  derramar  sobre  ellos  la  semilla;  las  pestes 
de  las  viñas,  traidoras  asaltantes  del  racimo  maduro  y  del  sarmien- 
to vigoroso;  5-  hoi  las  enfermedades  secretas  que  van  minando  los 
huertos  y  destruyendo  clandestinamente  la  poesia  de  la  verdura  y 
el  encanto  de  la  sombra. 

Huerto  y  arboleda  son  sinónimos;  |>ero  no  obstante  encontramos 
mas  sujestiva  la  segunda  denominación,  tan  chilena,  tan  agrícola, 
tan  casera.  En  el  huerto  creemos  ver  la  simétrica  alineación  de  la 
hortaliza;  las  calles  paralelas  de  duraznos  jóvenes  puestas  allí  para 
aprovechar  hasta  el  último  rincón  de  terreno;  el  parrón  moderno 
de  fierro  o  de  madera  pintada,  que  divide  en  cuatro  partes  la  plan- 


sido  un  estricto  deber  de  mi  cargo  llamar  sobre  ella  la  atención  de  los  po- 
deres públicos  y  de  los  interesados. 

Usted  me  escusará  ciertamente,  distinguido  señor,  que  responda  a  su  ar- 
ticulo pues  lo  considero  peligroso:  peligroso  porque  escrito  en  una  forma 
literaria  y  graciosa,  sé  que  ha  sido  leído  y  comentado  por  muchos;  pelig;ro- 
so  pues,  comprobado  el  mal  y  descrito  humorísticamente  sus  causas  y  con- 
secuencias inmediatas,  reclama  simplemente  la  ayuda  de  «las  tunas  que  de- 
ben alargar  sus  ramas  3'  aguzar  sus  traidoras  espinas  para  no  dejar  llegar  allí 
bis  plagas  asi  como  no  dejan  llegar  a  los  rateros  que  también  saben  que  no 
hai  nada  mas  dulce  y  sabroso  que  la  fruta  del  cercado  ajeno.» 

Si  reflexiona,  ¿no  cree  usted  que  se  ha  hecho  el  cantor  «de  los  viejos  pa- 
rrones poéticos  y  asoleados,  «'^  los  frondosos  perales,  de  los  naranjos  en 
flor  y  de  los  duraznos  con  raii.  j&  decorativas  cargadas  de  pétalos  rosados 
que  el  \4ento  hace  caer  a  tierra»  no  cree  usted,  digo,  qu¿  hai  algo  mejor 
que  hacer  para  salvar  «estos  preciosos  reductos  de  poesia,  de  recreo  y  hasta 
(un  profano  vulgar  habría  escríto  sodrr  to<io)  utilidad?» 

Usted  pensará  así,  no  lo  dudo,  y  hablará  a  sus  lectores  un  lenguaje  mas 
prosaico  dándoles  a  conocer,  a  muchos  de  ellos,  que  el  gobierno  de  su  pais, 
con  un  fin  de  prexnslon  digno  de  alabanza  ha  levantado  ya  una  barrera  a 
todos  esos  males,  creando  en  Santiago  una  institución  que  existe  solo  des- 
de mui  pocos  años  en  las  naciones  mas  avanzadas. 

Me  permito  enviarle  diversos  documentos  que  le  darán  una  idea  de  esa 
institución  que  he  sido  llamado  a  diríjir  hace  tres  años  y  de  los  servicios 
que  puede  prestar.  Ojalá  que  la  prensa  intelijente  de  Chile  y  los  hombres 
prácticos  que  gracias  a  ella,  esparcen  la  luz  sobre  sus  conciudadanos,  com- 
prendan todo  el  bien  que  resultaría  de  su  organización  mas  completa  con- 
tra esas  •  enfermedades  secretas  que  van  minando  los  huertos  y  destruyen- 
do clandestinamente  la  poesia  de  la  verdura  y  el  encanto  de  la  sombra»  y 
agregaré,  yo,  amena/.an(lo  la  ríque¿a  nacional. 

Gastón  Lavergne,« 

Director  de  la  estación  de  patolojia 
vejetal  de  vejetaL 


ii8 

tacion;  y  hasta  el  invernáculo  de  vidrios  empavonados  que  con- 
serva dentro,  al  tibio  y  húmedo  calor  de  su  galería,  las  orquídeas 
colgantes  que  abren  lozanas  las  exóticas  flores,  los  heléchos  de 
hoja  microscópica  y  tallito  negro  como  azabache  y  los  mus- 
gos eternamente  verdes  y  mojados  con  gotas  de  agua  casi  imper- 
ceptibles. 

En  cambio  la  arboleda  es  el  desorden  armónico  de  los  árboles 
frutales,  el  huerto  de  nuestros  antepasados,  plantado  sin  reglas 
perdiendo  el  terreno  barato  de  entonces  y  agrupando  sin  arte  al- 
guno los  ejemplares  conocidos  de  antaño.  En  el  centro  el  viejo  pa- 
rrón hecho  con  troncos,  bajo,  asclerdo,  poético,  dejando  caer  el  sol 
a  trechos  al  través  de  las  parras;  a  los  lados  los  frondosos  perales 
en  cuyas  ramas  hai  que  trepar  osadamente  para  remecer  los  gan- 
chos mas  altos;  a  la  orilla  de  una  acequia  que  corre  a  tajo  abierto, 
los  manzanos  en  flor;  mas  lejos  las  decorativas  ramas  de  los  duraz- 
nos cargados  de  pétalos  rosados  que  el  viento  hace  caer  al  suelo;  y 
aun  mas  lejos,  apegadas  a  las  orillas  de  las  tapias  las  iunas  cuyas 
espinosas  y  carnudas  hojas  son  martirío  de  los  tunos  salta-cercas, 
aficionados  a  los  idilios  del  claro  de  la  luna. 

¿Faltará  en  la  arboleda  el  perro  amarrado  con  cadena,  el  galli- 
nero desde  donde  lanza  el  gallo  su  primer  discurso  a  la  aurora  que 
llega,  y  la  rosa  trepadora  que  ha  tomado  la  reja  de  fierro  de  una 
ventana? 

En  ningún  pedazo  de  campo  como  en  una  arboleda,  hai  mas  sol, 
mas  luz  y  mas  calor;  de  ahí  que  Helsby,  Fábres  y  Juan  Francisco 
González  se  hayan  enamorado  de  las  huertas  asoleadas,  de  los  du- 
raznos floridos  y  de  los  parrones  viejos.  Se  ha  dicho  que  la  natu- 
raleza es  una  grande  artista;  pues  bien,  nuestras  arboledas  son  la 
paleta  en  que  esta  artista  prepara  y  revuelve  los  colores  para  poner- 
los después  mas  diluidos  y  borrosos  en  el  paisaje  jeneral. 

Allí  está  la  hoja  del  naranjo,  verde  oscura;  la  flor  del  durazno^ 
rosado  claro;  la  del  almendro,  blanca  como  plumilla  de  nevada;  el 
brote  de  la  parra,  verde  encendido;  el  rayo  del  sol  que  atraviesa  el 
parrón  y  ^ruza  el  suelo,  dorado  a  fuego;  la  hoja  de  la  manzanilla 
silvestre,  amarillo  clarísimo;  y  todo  el  arco  iris  en  la  fruta  ma- 
dura, en  la  flor  abierta  y  en  la  tela  de  araña  vista  al  sol. 

Esas  son  las  arboledas;  las  arboledas  que  se  ven  tan  encantado" 


IK) 

ras  al  travos  de  los  anti;^uos  y  laboreados  barrotes  de  In  ventana; 
las  arboledas  en  que  se  ha  puesto  la  primera  piedra  de  los  mas 
atroces  cólicos  de  la  infancia;  las  arboledas  a  las  cuales  nadie 
habrá  dajado  de  dedicar  algunos  versos  en  la  clase  de  literatura,  y 
las  arboledas  a  que  indudablemente  ha  aludido  Xúñez  de  Arce  en 
su  Idiliu: 

jSiempre  andábamos  juntos!  Siempre  unidos 

buscábamos  los  nidos 
en  los  frondosos  árboles  del  huerto! 

Es,  pues,  apenadora  y  triste  la  profecía  científica  que  se  hace  de 
su  muerte;  porque  es  profecía  contra  la  decoración  de  muchos  sue- 
ños viejos,  pero  no  por  eso  olvidados,  y  de  muchas  novelitas  sen- 
timentales, pero  no  por  eso  soñadas. 

Es  cierto  que  debemos  a  Europa  y  a  su  civilización  todo  lo  que 
tenemos;  pero  es  también  cierto  que  por  cada  progreso  alcanzado 
se  ha  pagado  su  precio  justo,  y  ademas  un  tributo  vitalicio.  Los  es- 
pañoles nos  trajeron  la  cara  blanca,  la  relijion  y  los  pantalones: 
nosotros  pagamos  con  la  viruela.  Mas  tarde  nos  trajeron  es- 
pléndidas semillas  para  los  campos:  nosotros  pagamos  con  el  cardo 
negro.  Después  se  importaron  al  pais  los  toros  Durham:  nosotros 
pagamos  con  el  censo  de  la  tuberculosis.  Vinieron  las  vides  france- 
sas: nosotros  pagamos  con  el  oidium  y  \7{.  filoxera.  Vinieron  novísi- 
mas clases  de  manzanas:  pagamos  con  el  pulgón  que  se  envuelve 
en  una  pelerina  blanca  como  las  damas  elegantes.  Vinieron  las  ro- 
sas cultivadas,  idealizadas,  divinas:  nosotros  pagamos  con  la  peste 
de  los  rosales.  Vinieron  las  conquistas  republicanas  de  principios 
del  siglo:  nosotros  pagamos  con  las  crisis  ministeriales.  Vino  la 
paz  armada:  pagamos  con  el  papel  moneda.  Y  siendo  nosotros  tan 
buenos  pagadores  ¿aun  hai  alguien  que  hable  con  sorna  del  /></;»« 
de  ChiU? 

Las  arboledas  eternas  de  antes,  han  caido  ahora  bajo  la  neuras- 
tenia universal  que  nos  llega  de  Europa  en  los  pliegues  del  vela- 
men de  sus  buques.  Los  primeros  olivos  que  se  plantaron  en  Chile 
existen  lozanos,  nudosos,  con  plétora  de  ramas  y  de  raices;  están 
en  pié  los  membrillos  bajo  los  cuales  la  Quintrala  hacia  apalear  con 


I20 


SUS  varillas  a  los  esclavos;  jiívenes  y  robustos  se  conservan  lo  > 
guindos  cuyas  raspaduras  se  metían  a  los  cántaros  de  la  aloja  para 
darle  su  agriecito  característico;  intactas,  airosas  y  hasta  coquetas 
están  las  palmas  con  que  surtía  todas  las  iglesias  el  Domingo  de 
Ramos  el  piadoso  pero  antiquísimo  obispo  González  Marmolejo; 
no  ha  pasado  un  año  por  un  durazno  de  cuyas  ramas  cojia  con  su 
propia  mano  los  deliciosos  aboymios  el  ínclito  Portales;  todavía  pro- 
ducen y  dan  flores  los  almendros  que  suministraban  la  materia 
prima  para  las  tortas  pinzadas  que  las  monjas  agustinas  mandaban 
a  los  presidentes  Búlnes  y  Montt  «en  el  día  de  su  santo»;  entre- 
tanto las  modernas  arboledas  plantadas  ayer  no  mas,  sucumben 
como  si  también  sus  árboles  tuvieran  nervios  y  sintieran  la  jeneral 
neurastenia  que  lo  invade  todo. 

La  voz  del  señor  Lavergne  debe  llegar  a  lo  mas  apartados  rin- 
cones del  pais,  y  salvar  esos  preciosos  reductos  de  poesía,  recreo 
y  hasta  utilidad. 

Las  tunas  deben  alargar  sus  ramas  y  aguzar  sus  traidoras  espi- 
pinas  para  no  dejar  llegar  allí  las  plagas,  así  como  no  dejan  llegar 
a  los  rateros  que  también  saben  que  no  hai  nada  mas  dulce  y  sa- 
broso «qiie  la  fruta  del  cercado  ajeno.» 

¿Qué  ha  llevado  a  nuestras  arboledas  esta  gettatura?  ¿Qué  e/.- 
traño  elemento  ha  llegado  a  contaminar  con  debilidades  y  flaque- 
zas, la  imperturbable  serenidad  de  las  viejas  jeneracíones  de  duraz- 
noz,  manzanos  y  perales? 

Un  espíritu  fantástico  le  echaría  la  culpa  de  esta  ruina  a  los  ár- 
boles y  flores  asiáticos,  que  han  llegado  a  crecer  en  el  suelo  chile- 
no, y  que  sienten  la  mas  horrible,  la  mas  colosal  de  las  noltaljias. 
Los  dióspiros  ya  tan  estendidos  en  los  huertos,  los  perales  del 
japón,  los  crisantemos,  advenedizos  japoneses  que  a  fuerza  de  su- 
frir el  recuerdo  de  la  patria  lejana,  llenan  la  tierra  chilena  de  sus 
malos  humores,  serán  los  causantes  de  esta  muerte  terrible. . . 

Pero  Mr.  Gastón  Lavergne  se  reirá— y  con  razón — de  estas  f an  - 
tasias  de  arboricultura. 


^í    $    $ 


S16UIEHD0    EL  PñUO 


ALLÁ  en  la  cuarta  plana  de  los  diarios  grandes,  mui  cerca  de  la 
Neurosina  Prunicr  y  a  veces  codo  con  codo  con  las  Fildoraz 
rosadas  del  doctor  Williams  para  personas  pálidas^  S2  colocan 
los  recortes  de  los  diarios  de  provincia,  donde  se  da  cuenta 
del  buen  o  mal  estado  de  las  cosechas,  de  la  difícil  captura  de 
unos  bandoleros  con  muertos  y  heridos,  o  de  un  zapallo  mui 
grande,  mui  absurdamente  grande,  que  se  ha  dado  en  la  hacienda 
de  un  respetable  vecino.  De  tarde  en  tarde,  se  habla  en  esos  párra- 
fos de  un  ternero  con  cinco  patas,  de  un  chanchito  con  un  solo 
ojo  o  de  un  recien  nacido  que  lleva  escritos  unos  caracteres  ejip- 
cios  en  la  retina,  invenciones  a  que  son  mui  aficionados  los  perio- 
distas de  cabecera  de  departamento. 

De  tarde  en  tarde  el  párrafo  piovinciano  toma  color,  se  enciende 
como  una  yesca,  y  llama  sobre  sí  la  despreocupada  atención  del 
que  desprecia  por  costumbre  la  cuarta  pajina  de  un  diario.  Ya  es 
el  drama  pasional  de  una  mujer  estraviada  que  se  ha  arrojado  de 
cabeza  al  rio,  recibiendo  el  balde  de  agua  fria  cuando  ya  no  que- 
daba tiempo  para  que  lé  aprovechara;  ya  la  reñida  y  sangrienta 
lucha  de  un  pobre  comandante  de  policía,  injerto   de  soldado  en 


122 


huaso,  con  un  grupo  de  bandidos,  injertos  de  canallas  en  héroes; 
ya  en  fin  la  simple  desgracia  de  crónica,  el  sencillo  accidente  sin 
color  local,  que  tanto  puede  ocurrir  en  una  pobre  aldea  como  a 
media  cuadra  de  la  Catedral  de  Santiago. 

Precisamente  es  de  esta  última  clase,  la  pequeña  nota  provincia- 
na que  nos  detiene  en  este  instante  pensativos  ante  el  diario  a 
medio  doblar.  Alguien  dirá  que  es  nimia  y  hasta  trivial.  Perfecta- 
menté.  Cuando  pasan  inadvertido  los  detalles  dolorosos,  se  vive 
muchísimo  mas  y  se  guardan  sanas  e  intactas  las  enerjias  para  los 
choques  recios. 

Albertina  del  Carmen  se  llamaba  la  heroina  de  un  corto  drama 
desarrollado  a  toda  luz,  a  todo  aire,  a  todo  sol,  en  el  sitio  interior 
de  una  casa  de  Talca.  Duró  cinco  minutos  apenas;  hubo  cortísima 
lucha  porque  la  heroina  era  débil  como  una  hoja  de  sensitiva;  dejó 
corta  huella  de  lágrimas  porque  él  no  arrancó  ningún  vínculo  de 
esos  que  manan  sangre. 

Popo  después  de  almuerzo — dice  llanamente  el  cronista — es 
decir,  a  la  hora  en  que  el  sol  cae  perpendicular  y  pasa  al  través 
del  follaje  de  los  árboles,  sembrando  el  suelo  de  discos  luminosos, 
una  niñita  de  tres  años  y  meses  llamada  Albertina  del  Carmen, 
salió  con  un  primo  suyo  de  corta  edad,  por  el  interior  del  sitio  de 
la  casa,  para  correr  sobre  la  tierra  que  estaba  cubierta  por  las 
primeras  hojas  del  otoño. 

Probablemente,  nadie  ignora  cómo  son  esos  poéticos  rincones 
de  las  casas  grandes.  Juan  Francisco  González  los  ha  pintado, 
agregando  a  los  colores  de  todas  las  paletas,  uno,  que  no  lo  fabrica 
sino  el  Creador:  el  rayo  de  sol  quemante  y  enervador.  En  mayo 
predomina  en  esos  rincones  la  sepia:  oscura,  en  los  sarmientos 
casi  desnudos  del  parrón;  en  todas  sus  gradaciones,  hasta  el  ama- 
rillo, en  las  hojas  secas  que  se  van  aplastando  en  orden  de  caida, 
sobre  la  tierra  húmeda. 

Albertina  estaba  en  esa  edad  en  que  se  puede  impunemente 
corretear  con  primos.  Tres  años  es  lo  necesario  para  tenerse  en 
pié  y  comenzar  á  hacer  uso  de  un  vocabulario  mas  abundante  que 
aquel  primitivo  de  los  primeros  meses,  que  se  concentra  en  una 
sola  espresion  universal:  ¡agú!. . 

Y  naturalmente,  lo  que  mas  tenia   que  llamar   la   atención  de  la 


"3 

niñita,  en  el  poético  rincón  de  arboleda  que  veia  por  delante,  era 
el  pavo,  el  solemne  pavo,  que  con  su  cabeza  apegada  al  cuerpo, 
parecía  meditar  sobre  asuntos  graves,  como  el  Seno  de  Ultima 
Esperanza,  u  otros  aun  mas  complicados. 

Habia  comenzado  ella  una  carrera  alegre  y  loca,  seguida  mas 
lejos  por  el  primito.  Carrera,  que  no  hubiera  terminado  tan  tráji- 
camente,  y  aun  terminando,  podría  haber  sido  inconsciente  y  anti- 
cipada imitación  de  otras  mas  serías  que  quizá  la  misma  chica 
hubiera  corrido  mas  tarde  seguida  por  el  mismo  prímo.  Detuvo  la 
carrera  delante  del  pavo,  y  se  quedó  un  instante  atraída  por  esa 
pequeña  fiera  tan  negra,  y  sin  embargo  tan  pacífíca.  Era  necesarío 
pillarla,  por  una  pluma  aunque  fuera,  y  volver  hasta  la  casa  triun- 
fante con  ese  real  botin  de  cazador  afortunado. 

El  prímo  vio  escapar  a  su  compañera  como  un  celaje  tras  del 
pavo,  que  alarmado  por  tan  inopinada  persecución,  echó  también 
a  andar  armado  y  ancho  como  en  dia  de  fiestas.  La  cosa  tenia 
gracia.  Diminuta  ella,  pero  mas  alta  que  la  fiera  que  perseguía, 
colorada  como  una  manzanita,  alzando  las  manos  para  no  clavár- 
selas con  las  cardas  u  ortigas  del  camino,  volaba  Albertina  tras  el 
pavo,  volaba  aguijoneada  por  el  ansia  de  cojerlo.  De  repente,  la 
chica  desapareció  a  la  vista  del  prímo,  y  solo  se  divisó  el  pavo  que 
seguía  corríendo  y  escabullándose  detras  de  las  matas. 

. .  Solamente  saltaron  del  canal,  en  que  cayó  la  niña,  algunas 
chispas  de  agua  helada  que  el  sol  ardiente  evaporó  sobre  la  tierra. 
Y  el  ríncon  de  la  huerta  quedó  un  instante  silencioso.  El  chico 
mudo,  pálido,  afirmado  en  el  tronco  de  un  árbol,  con  los  ojos  fijos 
e  inmóviles  en  las  aguas  del  canal. . .  y  el  pavo  medio  echado,  y 
con  una  ala  estendida  para  descansar  de  la  carrera. . . 


RUBIñ 


Es  rubia.  Tiene  mucho  calor  en  su  seno,  mucha  pasión  en  su 
espíritu.  Cuando  algo  la  ajita,  efervesce  como  un  volcan.  Los 
que  la  aman  y  se  abrazan  a  ella  se  incendian  como  un  mano- 
jo de  espigas  acercado  a  una  llama.  Es  traidora,  porque 
cuando  parece  que  acaricia,  perturba  la  cabeza  y  sopla  al 
oido  la  propocision  del  mal.  Ella  aconseja  el  amor,  pone  alas  al 
arrojo,  impulsa  al  trabajo;  pero  no  tarda  también  en  hacer  mortífe- 
ro el  trabajo,  temerario  el  arrojo  y  sangriento  el  amor.  Ha  recibido 
dje  la  madre  tierra  su  sabia  benéfica;  ha  purificado  su  espíritu 
sobre  el  fuego;  y  ha  largado  su  blanca  y  ondeada  cabellera  de 
espuma  bajo  el  sol. 

Es  ella:  la  chicha,  la  rubia  y  tentadora  su-ena  que  desde  el  fondo 
de  la  pipa  de  raulí  canta  su  canción  de  vida.  Al  través  de  las 
tablas  húmedas  y  unidas  con  el  zuncho  de  acero,  aparecen  las 
burbujas  de  espuma  blanca  como  la  nieve,  y  parece  que  la  malva- 
da se  rie  mostrando  por  las  rendijas  sus  dientes  de  marfil. 

Amenazadora  en  el  fondo  de  cobre,  cuando  el  blanco  espumarajo 
se  ajita  en  la  superficie  y  arde  en  el  fogón  el  tronco  de  espino;  se 
toma  tranquila,  soñolienta,  pacífica,  como  envuelta  en  un  sopor 
inconsciente,   dentro   de  la  gran   pipa  metida  en  el  rincón  de  la 


126 

bodega  oscura.  Es  la  crisálida  que  comienza  a  echar  alitas  impal- 
pables. 

La  damajuana,  encerrada  en  su  cubierta  de  mimbres,  recibe  el 
chorro  al  través  del  largo  embudo  de  latón,  y  al  retirarse  éste, 
aparece  en  la  boca  el  copo  de  espuma  que  burbujea  y  se  apaga.  Ks 
la  mariposa  que  quiere  tender  el  vuelo. 

Mas  tarde,  puesta  en  el  vaso  de  vidrio,  larga  un  perfume 
picante  que  llega  a  la  garganta  antes  que  el  líquido.  En  la  superfi- 
cie, un  millar  de  burbujas  se  forman  y  estallan.  Es  la  esencia  que 
vuela 

Barbe>  d'Aurevilly  ha  hablado  de  un  loco  que  estaba  enamorado 
de  su  espada.  £1  dia  que  se  abrazó  con  ella,  fué  el  último  de  su 
amor.  También  ha  habido  en  Chile  millares  de  locos  enamorados 
de  la  baya.  Y  el  dia  que  han  querido  unirse  con  ella  para  siempre, 
han  recibido  la  puñalada  por  la  espalda. — Si;  la  baya  sabe  querer; 
pero  es  infiel  como  las  mujeres  turcas. 

La  Liga  Anti- Alcohólica  debe  hacer  la  vista  gorda  ante  las 
lejítimas  espansiones  que  produce  la  primera  damajuana  de  chi- 
cha. Lo  mejor  de  todo,  lo  mas  razonable,  lo  mas  prudente,  seria 
que  se  declarara  a  todos  los  vientos  que  la  chicha  no  es  alcohol. 
¡Que  lo  desmienten  los  hechos!  ¿Quién  le  cree  a  los  hechos? 

Cerremos  por  un  momento  los  ojos  para  abrir  los  de  la  fantasía. 
Todas  las  viñas  han  estremecido  su  follaje  de  grandes  hojas  ver- 
des, bajo  una  plaga  esterminadora  e  incansable.  La  vendimia  ha 
llegado  a  todas  partes  con  su  chupalla  de  paja  tostada  para  defen- 
derse del  sol,  morena  la  cara,  morenas  las  manos,  negros,  negrísi- 
mos los  ojos.  Las  cortadoras  de  racimos  se  han  diseminado 
cantando  entre  dientes.  Y  a  la  tarde,  la  carreta  se  acerca  al  elevado 
portón  de  la  bodega,  y  van  pasando  los  canastos,  cargados  del 
negro  racimo  de  uva  moscatel,  de  los  dorados  pámpanos  de  chas- 
selat  y  torontel  y  de  los  largos  y  desnudos  colgajos  de  la  pequeña 
pero  dulcísima  uva  del  pais. 

El  jugo  de  toda  esa  carga,  que  es  azúcar  puro,  cae  al  lagar  y  se 
filtra  lentamente  hasta  el  fondo  de  cobre  que  espera  el  momento  de 
poner  en  ebullición  el  líquido  y  hacer  salir  del  fuego,  como  el  ave 
fénix,  la  jov'en  y  hermosa  amiga  de  todos. 

Maa  tarde  a  la  luz  de  dos   o  tres  chonchones  de  parafina,  se 


127 

proyecta  en  las  murallas  de  adobes  sin  enlucr  la  sombra  jigan- 
tesca  de  los  trabajadores  que  alimentan  el  horno  con  manojos  de 
sarmientos,  y  recojen  la  espuma  que  hierve  y  se  ajita  en  la  superfi- 
cie, con  la  gran  espumadera  de  hoja-lata. 

El  primer  rayo  de  sol  que  cae  a  la  bodega  alumbra  el  líquido 
tibio  aun  en  las  enfriaderas,  que  lo  retienen  con  la  suavidad  con 
que  se  cuida  a  un  convalescientc. 

Cerremos  los  ojos  para  ver  con  los  de  la  fantasía  cómo  por  todas 
las  largas  alamedas  vecinas  a  Santiago,  vienen  las  carretas  carga- 
das de  pipas.  Parece  que  un  ejército  vencedor  se  acerca  a  la  ciudad 
vencida.  La  jente  no  se  descubre  ni  aclama  con  burras  de  triunfe 
esa  larga  caravana  que  avanza  y  avanza  hacia  Santiago;  pero  en 
Sancha  su  pecho,  aspira  con  fuerza  el  perfume  que  se  escapa  de 
los  recipientes  y  siente  que  en  sus  venas  la  sangre  corre  mas  de 
prisa,  pesan  menos  los  pies  y  se  ve  mas  claro  y  mas  luminoso  el  dia. 

No  necesita  el  soldado  que  en  la  puerta  del  cuartel  lleva  la 
bayoneta  al  hpmbro,  preguntar  a  nadie  lo  que  va  pasando  en  esa 
carreta  que  golpea  trabajosamente  sobre  el  pavimento  y  produce 
un  ruido  de  ferretería  que  se  desarma.  Pero  siente  mas  emoción 
que  si  divisara  al  comandante! 

No  pregunta  tampoco  el  roto  que  clava  los  rieles  en  el  medio 
de  la  calle  lo  que  contienen  esos  barriles  con  su  espiche  clavado 
en  la  tapa.  Le  emocionan  mucho  mas  que  si  pasara  en  la  platafor- 
ma del  carro  una  conductora  buenamoza. 

Todos  se  miran,  se  sonríen..  ¡Ha  llegado!  ¿Quién?  Ella.  Ha  lle- 
gado y  la  pasearían  en  triunfo  como  se  ha  paseado  en  París  a  la 
belleza  en  noches  de  Carnaval.  Ha  llegado;  y  hombres,  mujeres, 
niños,  soldados, peones,  se  agrupan  a  su  lado,  con  el  vaso  en  la  mano- 

Es  la  amiga  de  todos;  habla  en  un  lenguaje  que  todos  entienden; 
llega  hasta  las  venas  como  si  entrara  al  cuerpo  otra  alma;  dilata 
las  pupilas  y  las  alumbra;  pone  alas  en  los  pies  e  ilumina  el  cerebro. 

Se  ha  logrado  llevar  a  las  batallas  el  charqui  y  los  fréjoles  con- 
densados.  El  dia  en  que  se  pueda  llevar  toda  la  producción  d  2 
chicha  de  nuestras  viñas  concretada  en  pequeñas  tabletas  en  el 
bagaje  del  ejército. . .  ¡amarrarse  los  pantalones,  amigos  y  vccincs 
del  norte  y  del  este! 


CUENTO  DE   REVÉS 


CUAXrQtJiERA  creerá  que  lo  que  voi  en  seguida  a  contares  una  le- 
yenda, leyenda  de  esas  descoloridas  ya  por  el  tiempo,  como  si 
se  tratara  de  un  cuadro  viejo  descascarado  por  los  años  y  des- 
tinado por  la  patina  del  sol  y  de  la  humedad. 

Nó:  la  pasada  de  los  reyes  magos  por  la  cuesta  del  Loro^ 
en  la  provincia  de  Bio-Bio,  es  un  hecho  averiguado,  del  que  dan 
testimonio  fidedigno  cuatro  arrieros  y  dos  soldados  del  Pudeto, 
que  pernoctaban  en  un  recodo  de  la  cuesta,  la  noche  de  Pascua  del 
año  99. 

La  noche  cayó  mui  lenta,  como  noche  de  verano.  Por  sobre  el 
cerro  de  redondeadas  cimas  y  abiertas  quebradas,  fueron  cayendo 
velos  sucesivos  de  un  pálido  gris,  que  poco  a  poco  alejaron  la  luz 
y  echaron  definitivamente  sobre  los  viajeros,  la  sombra  que  sobre- 
coje  y  que  detiene. 

Era  menester  hacer  alto,  y  los  cuatro  arrieros  y  los  dos  soldados 
se  desmontaron,  subiendo  un  poco  por  el  cerro  y  arrimando  sus  ca- 
ballos a  unos  cuantos  quiscos  que,  como  brazos  armados,  surjian 
de  la  pelada  superficie. 

En  seguida  se  encendió  una  fogata  en  que  entraron  como  com- 
bustible troncos  de  cardo,  quiscos  secos  y  manojos  de  teatiua.  El 


fuego  estalló,  con  una  chispería  prime*  o,  y  dos  o  tres  detonacio- 
nes de  los  tronquitos  resecos,  después,  iluminando  las  fisonomías 
de  los  seis  viajeros  que  mui  pronto  echaron  mano  de  los  comesti- 
bles y  del  líquido  que  llevaban. 

El  cabo  Romero  rompió  el  silencio,  diciendo  que  esa  noche  era 
Noche  Buena  y  habia  nacido  Jesús  en  el  portal  de  Belén.  Los  de- 
mas  se  sentaron  sobre  las  piernas  cruzadas,  estiraron  el  cuello  y 
escucharon  con  interés  vivísimo.  En  el  cielo  habia  aparecido  una 
estrella  grande,  mui  grande,  una  especie  de  cometa.  Los  reyes  ma- 
gos, que  hablan  sentido  algo  interior  que  les  Ikmaba  a  Belén,  tncn 
taron  en  sus  camellos,  y  al  ver  la  estrella,  conocieron  que  seria  su 
resplandor  el  guia  de  sus  pasos.  Y  marcharon. 

En  ese  instante  las  llamas  de  la  fogata  rompieron  ya  por  todos 
lados,  lamiendo  los  troncos  y  culebreando  hacia  arriba.  Romero 
detuvo  su  relación  para  empinar  un  poco  el  codo  y  vaciar  algo 
del  contenido  de  una  botella  que  iba  circulando  de  mano  en 
mano. 

— Pues  bien — continuó  el  cabo — la  estrella  se  puso  andar,  a  an- 
dar, y  los  reyes  magos  la  seguían  al  través  del  desierto,  por  sobre 
cerros  enormes,  atravesando  ríos  anchos  y  correntosos. 

Y  la  estrella  seguía  andando. 

En  ese  momento,  el  cabo  Romero  notó  que  sus  compañeros  ron- 
caban, y  se  calló  para  fijar  la  vista  embelesada  en  la  fogata  que  ar- 
día incansable.  Se  santiguó  después  en  silencio  y  se  quedó  de  nue- 
vo estático,  pensando  en  su  madre,  en  su  hermana,  en  su  novia,  en 
esas  tres  mujeres  que  formaban  un  círculo  dulcísimo  en  que  jiraba 
su  alma.  Las  llamas  subían  y  bajaban,  moviendo  a  su  lado  las  som- 
bras de  los  quiscos  y  difundiendo  en  torno  suyo  un  resplandor  ro- 
jizo y  misterioso. 

Momentos  mas  tarde,  quedaban  en  ese  mismo  lugar  los  tizones 
a  medio  apagar,  crujiendo  los  trozos  de  carbón  al  contacto  frío  de 
la  noche  y  sumerjiéndose  las  últimas  chispas  en  la  ceniza.  Todos 
dormían  menos  Romero  que  tenia  la  vista  fija  en  el  recodo  en  que 
bajaba  la  cuesta,  como  oyendo  un  rumor  lejano,  indeterminado» 
que  no  habría  sabido  decir  de  dónde  llegaba. 

De  repente,  en  la  bajada  de  la  cuesta,víó  levantarse  una  claridad 
celeste,  pero  vaga  y  descolorida.  Era  como  ese  resplandor  que  una 


'3' 

luz  de  bengala  azul  deja  en  el  último  círculo  de  luz  a  donde  llegn 
su  poder  luminoso. 

Romero  abrió  los  ojos  cuanto  pudo,  contuvo  la  respiración  y  se 
puso  de  rodillas.  líl 
pecho  le  latia  con 
faerza,  se  le  secaba 
la  garganta  y  en 
vano  quedan  sus 
labios  entreabiertos 
juntarse  de  nuevo 
para  murmurar  una 
oración. 

En  medio  de  la 
claridad,  surjieron 
tres  puntos  brillan- 
tes como  tres  estre- 
llas, en  seguida  tres 
coronas  de  oro  que 
brillaban  como  es- 
pejos, después  los 
rostros  majestuosos 
(le  los  tres  reyes 
magos  que  llevaban 
en  sus  manos  vasos 
de  metal  con  pie- 
flras  preciosas,  y 
por  fin  los  enormes 
camellos  sobre  que 
iban  montados,  mo- 
viéndose con  lenti- 
tud de  aparición, 
pero  con  poderoso 
re!ie\'e  de  cosa  real 
y  verdadera. 

Romero  remeció 
nerviosamen  te  a  su  s 
compañeros,   pero 


l\2 


los   ronquidos  seguian  inannónicos.  rudos,  ásperos,  como  si    allí 
delante  de  sus  ojos  no  pasara  nada. 

Los  re\'es  fueron  alejándose  en  medio  de  la  atmósfera  celeste  que 
los  envolvía,  hasta  que  se  perdieron  de  vista  en  un  recodo  de  la 
cuesta. 

El  cabo  Romero  despertó  a  sus  compañeros  y  con  la  voz  temblo- 
rosa les  contó  lo  que  habia  visto.  Todos  corrieron  al  borde  de  la 
quebrada,  fijando  la  vista  en  el  fondo  oscuro  del  valle,  y  allí,  si  no 
les  mintió  la  vista,  vieron  la  estela  celeste  que  avanzaba,  y  dentro 
de  ella,  los  tres  reyes,  pequeñitos  ya  por  la  distancia,  como  si  hu- 
bieran sido  juguetes  de  un  nacimiento  de  cartón. 

La  fogata  se  habia  apagado. 

4*     i>    4- 

Cuando  los  arrieros  }-  los  soldados  del  Pudeto  llegaron  a  Los 
Anjeles  y  contaron  a  quien  les  quiso  oir  que  habían  visto  pasar  a 
los  reyes  magos  por  la  cuesta  del  Loro,  todo  el  mundo  torció  el 
jesto  y  los  tildó  de  borrachos. 

Sin  embargo,  nadie  que  conozca  al  cabo  Romero,  ignora  que 
éste  es  el  soldado  mas  temperante  del  ejército  chileno. 


EL  ULTimO   CUCURUCHO 


Tristísima  estaba  la  tarde  del  miércoles.  Encapotado  el  cielo, 
helado  el  viento,  indecisa  la  última  luz  del  día,  la  procesión 
del  Señor  Cautivo  entraba  en  el  panorama  para  completar  el 
melancólico  crepúsculo  de  otoño. 
Las  heladas  rachas  del  norte,  presajio  de  lluvia,  hacian  vaci- 
lar las  Uamitas  de  los  cirios  y  entrecortar  las  ave-mar ias  rezadas  en 
alta  voz  v  fervoroso  acento.  Las  andas  pasaban  llevadas  sobre 
hombros,  levantando  un  murmullo  de  rezos  que  espontáneamente 
salia  del  pecho  hasta  los  labios. 

Las  dos  filas  de  acompañantes  se  alargaban  culebreando  a  am- 
bos lados  de  la  calle  y  formando  un  tajamar  de  luces  a  la  muche- 
aumt>re  que  llegaba  a  oleadas.  Algunos  ojos  encendidos  por  la  fé 
se  ñjaban,  brillantes  y  húmedos,  en  la  doliente  figura  de  Cristo; 
otros  miraban  con  el  embeleso  del  que  ha  perdido  la  noción  de  lo 
presente  y  deja  tender  desenfrenado  vuelo  a  la  imajinacion  ardo- 
rosa; y  muchos  movian  los  labios  orando  en  solemne  y  respetuoso 
silencio. 

Cerraba  la  procesión  la  .Vírjen  de  los  Dolores,  con  los  ojos  le- 
vantados hacia  el  cielo  y  la  faz  dolorida  y  pálida,  cruzadas  las 


manos  cerca  del  pecho  como  para  amortiguar  el  aguijón  de  las 
espadas,  y  erguida  sobre  el  anda  como  un  emblema  santo  del  dolor 
humano. 

Y  atrás,  como  rezagado,  arrastrando  los  pies,  algo  encorvada  la 
espalda,  seguia  un  cucurucho  lentamente,  repitiendo  con  tono 
lastimero:  «Para  el  santo  entierro  de  Cristo  y  soledad  de  la  Vír- 
jen.» 

Nos  pareció  en  ese  instante  que  el  cucurucho  forrado  de  choleta 
negra,  bajo  la  cual  se  ocultaba  seguramente  un  anciano,  constituía 
una  resurrección  del  espíritu  de  la  vieja  y  criolla  Santiago  que  oraba 
aterrada  frente  a  la  torva  imájen  del  Señor  de  Mayo  y  ayunaba  a 
pan  y  agua  desde  el  alba  hasta  la  noche  del  Viernes  Santo. 

El  cucurucho  avanzaba  casi  empujado  por  la  muchedumbre, 
dejando  ver  la  lustrosa  y  puntiaguda  punta  de  choleta  sobre  los 
mantos  negros  y  las  cabezas  descubiertas.  /  / '//  cucurucho!  decian  a 
media  voz  tocándose  los  codos,  hombres  y  mujeres  y  empinándose 
para  seguirle  sus  pasos  y  no  perder  uno  solo  de  sus  movimientos. 
Muchos  chicos  levantados  en  alto,  clavaban  un  par  de  enormes 
ojos  negros  sobre  el  cucurucho  y  se  recojian  luego  entro  los  bra- 
zos del  padre,  para  no  ver  aquel  fantasma  siniestro  que  seguía 
diciendo  con  plañidera  voz:  ♦Para  el  santo  entierro  de  Cristo  y 
soledad  de  la  Vírjen.» 

La  tarde  oscurecía  y  enfriaba.  Las  rachas  del  norte  apagaban 
las  inquietas  llamitas  de  las  velas,  y  la  Virjen  de  Dolores  seguia 
erguida  como  una  flor  de  sangre,  con  los  ojos  clavados  en  el  cielo 
y  las  manos  dolorosamente  cruzadas  sobre  el  pecho. 

Las  campanitas  de  San  Miguel,  mudas,  no  dejaron  oir  nota 
alguna.  Gruesos  goterones  comenzaron  a  caer  elevando  un  olor  a 
tierra  húmeda  y  a  pábilo  y  cera  mojada  . .  y  la  procesión  comenzó 
a  disolverse. 

El  cucurucho  quedó  en  el  medio  de  la  calle,  como  desorientado 
y  perdido.  Una  nube  de  muchachos  avanzó  hacia  él  en  actitud 
hostil  y  un  terroncito,  lan^^ado  con  excelente  puntefia,  fué  a  desa- 
cerse  en  la  choleta  engomada. 

Del  otro  lado,  un  tranvía  eléctrico  con  su  irrespetuosa  e  inscien- 
te campanita  de  bronce,  amenazó  a  su  vez  con  llevarse  por  delante 
al  cucunicho. 


(Qué  hacer?  De  arriba,  la  lluvia;  de  un  lado  los  granujas  impla- 
cables; del  otro  lado  la  desconocida  fuerza  moderna.  Y  el  cucuru- 
cho desapareció..    .  . 
Cuando  pasado  ya  el 
vehículo,  haciendo  so- 
nar abajo  los  rieles  y 
arriba  el  hi- 
le 


'36 

los  muchachos  avalanzarse  sobre  él,  lo  vieron  alejándose  como 
una  exhalación  sentado  en  el  carrito  y  destacando  su  negra  silue- 
ta de  lechuza  en  la  blanca  claridad  de  la  luz  eléctrica. 

Enorme  griteria  se  dejó  oir  y  un  clamor  unánime  salió  de  aque- 
llos provocativos  labios. 

—¡Se  vá  el  cucurucho!  ¡Adiós,  cucurucho!  ¡Adiós,  cucurucho! 

Y  cuando  nosotros  vimos  pasar  el  tranvía  llevando  dentro  la 
solitaria  y  triste  figura  del  cucurucho,  dijimos  también: 

— ¡Te  vas  cucurucho!. . .  pero  te  vas  para  no  volver. , .  ¡Gasta  lo 
que  has  conseguido  para  el  santo  entieiro  de  Cristo  y  soledad  de 
la  Vírjen,  en  tu  propia  soledad  y  en  tu  propio  entierro! 

Y  en  esos  momentos,  deshecha  ya  la  lluvia  y  oscurecida  la 
tarde,  entraba  a  San  Miguel  la  Vírjen  de  Dolores  con  los  ojos 
clavados  en  el  cielo  y  pálida  y  descolorida  la  faz. . . 


Lñ  compñfiíñ 


CADA  año,  cuando  el  8  de  diciembre  termina  en  los  hogares  chi- 
lenos el  mes  de  Maria  y  se  retiran  del  improvisado  altar  los 
nardos  marchitos,  surje  como  evocado  por  la  majia  de  la  úl- 
tima plegaria  y  por  el  aroma  de  los  cirios  recien  apagados,  el 
recuerdo  de  aquella  trajedia  de  que  fueron  testigos  presen- 
ciales nuestros  padres,  y  lacrimosos  oyentes,  nuestras  madres. 

De  esta  manera,  cuando  con  los  ojos  húmedos  por  la  tierna  emo- 
ción, se  arrodillan  los  niños  y  niñas  frente  a  los  altares  que  hoi 
resplandecen  llenos  de  flores,  gasas  y  cirios  encendidos,  clavan  la 
pupila  en  el  fondo  oscuro  del  templo  con  esa  vaguedad  de  embe- 
leso y  esa  inconsciencia  indefinida  del  recuerdo  lejano  que  se  agol- 
pa a  la  memoria.  En  un  dia  como  hoi — dice  ese  recuerdo  pálido  }- 
borroso — ardió  la  Compañia,  envolviendo  en  llamas  voraces  y  de- 
sapiadadas a  la  madre,  a  la  hermana,  a  la  tia,  a  la  abuela  anciana 
que  no  se  resignó  a  quedarse  esa  noche  en  la  casa  sin  ver  la  célica 
figura  de  María  en  un  fondo  de  gasa  azul  tachonado  de  estrellas  y 
sobre  un  pedestal  de  rosas  recien  abiertas. 

¿Quién  no  ha  oido  contar  cien  veces  aquella  noche  aciaga  en  que 
Santiago  se  iluminó  siniestramente  con  la  hoguera  humana  que 


13« 

consufiíió  dos  mil  cadáveres?  ¿Quién  no  ha  oido  temblar  la  voz  y 
ahogársele  en  la  garganta  al  narrador  al  describir  las  sangrientas 
escenas  que  se  multiplicaban  debajo  de  cada  arco  desplomado? 
¿Quién  no  sabe' de  memoria  las  coincidencias  que  hicieron  salir  esa 
noche  de  su  casa  a  buscar  la  muerte,  a  quienes  jamas  salian;  y  que- 
darse tranquilos  esperando  la  vuelta  délos  demás,  a  quienes  habian 
ido  noche  a  noche  al  templo? 

Años  atrás,  cuando  se  hablaba  del  incendio  de  la  Compañía  y  se 
hacia  círculo  al  rededor  del  que  habia  sido  testigo  activo  de  aque- 
lla inolvidable  y  colosal  trajedia,  hasta  las  paredes  parecían  intere- 
sarse en  ese  recuerdo  común. . .  Estaban  allí  las  silletas  de  asiento 
de  totora  con  racimos  de  guindas  pintados  en  las  tablas  del  res- 
paldo; los  mates  en  leche  que  circulaban  de  mano  en  mano  y  de 
los  que  parecían  salir  ecos  de  antaño;  y  a  la  orilla  de  la  puerta,  la 
china,  esperando  en  cuclillas  que  sonara  la  última  chupada  de  la 
bombilla  para  sacar  el  mate  y  cebar  el  otro,  entreteniendo  el  tiem- 
po en  poner  terrones  de  azúcar  sóbrelas  brasas  y  suspirar,  pensan- 
do en  la  señora  que  no  volvió  esa  noche  de  la  iglesia.  Pero  hoi. . .  los 
jarrones  chinos  puestos  en  el  rincón  de  la  sala,  deben  encojerse  de 
hombros  sin  entender  una  letra  del  cuento,  los  bronces  fundidos 
en  París  se  aburrirán  sobre  la  chimenea  de  mármol  sintiendo  la 
nostaljia  del  bouUtmrd,  y  las  doradas  tacitas  de  té  que  se  beben  de 
un  sorbo  sobre  los  platillos  cuadrados,  no  ayudarán  a  sujerír  nada 
de  esa  fatídica  reminiscencia  de  antaño. 

Sí;  ya  se  acabó  la  decoración  para  el  tema  del  incendio  de  la 
Compañía;  pues,  ni  siquiera  queda  en  el  hueco  de  las  ventanas  la 
clásica  matita  de  congona,  desterrada  en  toda  la  línea  por  la  begonia 
de  hojas  aterciopeladas  o  de  tisú  de  plata. 

Por  eso  nuestro  cuento  de  hoi  no  es  fresco,  sino  de  aquellos 
tiempos  en  que  nos  intrigaba  horriblemente  la  definición  de 
verbo  de  la  gramática  de  Bello,  figurándonos  que  era  menester 
ser  ministro  de  Estado  o  cosa  así  para  entenderla  y  aprenderla. 

Teníamos  una  amiga  que  nos  llevaba  algunos  años,  lo  que 
alejaba  todo  interés  matrimonial  de  nuestra  amistad:  ella  tenia 
ochenta  años  cumpliditos  y  nosotros  ocho  sin  cumplir.  Sin  embar- 
go, conjeniábamos  de  tal  manera  con  la  viejecita,  que  nos  ocupaba 
muí  a  menudo  en  la  lectura  de  un  libróte  de  meditaciones,  llamado 


'39 

Verdades  eternas,  lectura  que  salía  con  un  sonsonete  verdaderamente 
insoportable,  pero  que  a  ella  la  atraía  al  recojimiento  y  a  la  piedad. 
Por  cierto  que  no  olvidaremos  nunca  uno  de  los  capítulos  que  mas 
veces  me  vi  obligado  a  repetir.  Era  una  dama  de  honor  de  una 
reina,  raui  entregada  a  la  piedad,  que  una  vez  tuvo  la  gran  fortuna 
de  ver  su  alma  en  la  forma  de  una  joven  muí  hermosa,  pero  con 
un  sinnúmero  de  pecas  y  manchas  en  el  rostro.  Alarmada  la  dama, 
fué  a  consultar  a  un  relijioso,  quien  la  dijo  que  no  temiera,  porque 
las  manchas  representaban  los  pecados  veníales.  Nuestra  amiga 
gustaba  de  este  capítulo  con  la  misma  fruición  con  que  un  wagne- 
riano  03'e  una  parte  de  Lohengrin  o  Tannháuser. 

Pues  bien,  para  ser  absolutamente  sinceros,  debemos  confesar 
que  lo  que  mas  nos  atraía  a  su  casa,  no  eran  por  cierto  las  verda- 
des eternas,  que,  como  verdades  solían  ser  amargas,  sino  un  deli- 
cioso dulce  de  guindas  guardado  en  tarros  de  loza  vidriada,  en  la 
alacena  del  comedor,  o  una  fragante  mistela  de  apio  conservada  en 
botellas  de  cristal  en  una  raistelera  muí  sui  generis.  Sí  ya  por  enton- 
ces no  nos  hubiéramos  creído  una  persona  formal,  con  seguridad 
nos  habría  llamado  también  poderosamente  la  atención,  un  reloj  de 
los  llamados  de  Cuco,  que  en  vez  de  campana  marcaba  con  un  cú 
cú  algo  lastimero  cada  hora. 

El  mobiliario  de  la  sala  en  que  tenían  lugar  lus  lecturas  y  medi- 
taciones y  también  donde  engullíamos  las  guindas  en  almíbar  o  la 
olorosa  mistela  de  apio,  era  escaso  pero  propio. 

Sobre  una  cómoda  con  cubierta  de  mármol,  un  fanal  cubría  un 
niño  Jesús  de  cera,  no  respetado  ni  en  gracia  de  su  linda  cara  de 
manzanita  madura,  de  las  huellas  de  las  moscas  dejadas  en  alguna 
temporada  en  que  permaneció  descubierto;  encima  de  la  mesa  una 
gruta  de  Lourdes  de  cartón  piedra  con  todos  sus  menores  detalles, 
y  al  lado  la  botella  de  agua  con  su  vaso  sumido  sobre  el  gollete;  va- 
rias sillas  con  tapiz  verde,  algo  desteñido  por  el  sol  y  el  rose  de  las 
ropas;  una  chimenea  sobre  la  cual  descansaba  el  reloj  de  cuco  al 
centro,  la  mis  telera  a  un  lado  y  la  caja  con  los  anteojos  al  otro;  he 
ahí  el  conjunto  de  esa  salita  a  la  que  muchas  veces  nos  hemos  sen- 
tido trasportados  con  la  fantasía,  huyendo  de  la  sala  de  redacción 
atestada  de  folletos,  periódicos,  grabados  y  papeles. 


!40 

Allí  se  nos  contó  por  primera  vez  lo  que  fué  el  incendio  de  la 
Compañía,  y  por  cierto  que  no  olvidamos  un  detalle. 

Esa  noche  nos  costó  mucho  juntar  los  párpados  y  dormir,  por- 
que nuestra  amiga  se  habia  encontrado  en  el  incendio  y  lo  contaba 
todo  con  un  colorido  que  ponia  los  pelos  de  punta. 

— ¿Sabes  por  qué  siento  yo  estos  dolores  reumáticos? — nos  pre- 
guntó un  dia. 

Nos  guardamos  mui  bien  de  responder  que  por  la  edad. 

—Bueno,  yo  te  lo  voi  a  contar. 

«Terminaba  el  mes  de  Maria,  y  se  habia  anunciado  que  la  última 
noche  la  iglesia  iba  a  arder  en  luces. 

¡Quién  hubiera  pensado  que  iba  a  arder  en  llamas! 

Yo  estaba  sola,  porque  se  habia  ido  todo  el  mundo  a  la  Compa- 
ñía, y  me  habia  puesto  a  cebar  mi  mate. 

De  repente  siento  el  repique  con  que  entraba  la  función  y  me 
entraron  unas  ganas  de  ir  yo  también  . . 

¡Cómo  estaria  de  linda  la  Víxjen  con  su  media  luna  de  luces,  las 
flores  blancas  y  los  miles  de  velas  a  los  lados!  No  pude  mas,  rae 
puse  el  manto,  tomé  mi  alfombra  y  salí  a  escape. 

Cuando  entré,  la  iglesia  era  un  homo.  Hacia  un  calor  insopor- 
table y  las  mujeres  se  abanicaban  con  el  manto. . .  En  el  fondo 
estaba  el  altar;  pero  qué  altar,  niño! 

Era  aquello  un  pedazo  de  cielo,  un  sueño,  una  gloria.  Millones 
de  luces  se  movian  con  el  viento  sobre  un  enorme  jardin  de  flores 
blancas,  rosas,  azucenas,  claveles,  nardos.  I<a  Vírjen  estaba  en  el 
medio  y  parecia  volar  por  sobre  ese  homo  de  llamaradas.  Yo  me 
hinqué  y  me  puse  a  rezar  una  oración,  encomendándole  a  la  Seño- 
ra a  mis  hijos,  a  mi  marido,  a  mis  hermanas. 

De  repente  un  grito  de  mujer,  pero  un  grito  horrible  me  hizo 
saltar. 

Apenas  pude  ver  el  altar  de  donde  salian  unas  llamas  mui  largas, 
pero  mui  largas,  que  casi  llegaban  al  techo.  No  pude  mirar  mas 
porque  la  jente  se  habia  parado  y  corria,  yo  también  me  paré,  pero 
se  vinieron  sobre  mí  y  rodé  con  otras  por  el  suelo. 

¡Cuidado  con  mi  vestidol — gritaba  yo  acordándome  que  estaba 
con  mi  basquina  de  cachemira.  Pero  ahí  nadie  oia,  era  un  clamo- 
reo, una  gritería  de  demonios. 


Yo  tenia  encima  de  mí  diez  o  veinte  mujeres;  pero  asi  y  todo  al- 
canzaba a  ver  el  resplandor  de  las  llamas. 

De  repente  pude  desprenderme  y  correr  hasta  un  estremo,  cre- 
yendo encontrar  salida.  Muchas  rezaban  a  gritos,  otras  en  vez  de 


correr  se  echaban  al  suelo  llorando,  otras  se  llamaban  por  sus 
nombres 

¡Dios  mió,  que  horror! 

Yo  llegué  en  el  momento  en  que  la  torre  se  incendiaba  y  comen- 
zaban a  caer  vigas  ardiendo;  tuve  miedo  y  me  aparté  de  ese  Jado, 
cuando  se  sintió  una  campanada,  una    sola   campanadn,  y  después 


142 

un  ruido  terrible,  seco,  de  fierro  que  se  quebraba.  Era  la  campana  de 
la  Compañia  que  habiacaido  ala  iglesia,  aplastando  a  mucha jente. . . 

Mientras  mas  quería  huir,  mas  me  empujaban  hasta  ese  lado, 
y  tuve  que  ver  las  piernas  cortadas  al  lado  de  la  campana. . . 

Después  del  incendio,  cuando  la  levantaron,  encontraron  a  dos 
señoras  que  hablan  quedada  dentro  destrozadas,  con  los  ojos  enor- 
mes y  abiertos,  casi  vaciados  de  las  cuencas. . 

En  ese  momento  sentí  que  una  voz  me  dijo  de  atrás:  «¡mista 
Tránsito!.  Yo  miré  y  vi  una  señora  mui  linda  con  la  cara  ilumina- 
da y  sonriente  con  un  vestido  largo  de  seda  azul,  que  llevaba  déla 
mano  un  niñito. 

Comprendí  que  era  la  vírjen,  y  le  dije:  «aquí  estoi,  pues,  señora, 
por  venir  a  verte  en  tu  dia». 

Ella  entonces  se  acercó,  y  me  tomó  de  un  brazo  y  comenzó  a  sa- 
carme. 

En  la  salida  dejé  la  alfombra,  el  manto,  parte  del  vestido,  una 
manga,  los  dos  zapatos,  y  así  hecha  pedazos  me  encontré  de  repen- 
te en  la  calle  por  donde  corrí  como  una  loca. 

Dos  dias  me  pasé  rezando.  Una  de  mis  hermanas  habia  quedado 
en  los  escombros  y  no  pudo  saberse  de  ella.  Cuando  logré  calmar 
mi  terror  pude  conciliar  el  sueño  y  dormir. 

Una  noche  se  me  apareció  la  misma  señora  que  habia  visto  en 
la  Compañia  y  la  cual  habia  ya  olvidado;  pero  ya  no  llevaba  el  niño, 
y  su  vestido  era  negro. 

En  la  mañana  amaren  con  un  dolor  en  la  pierna,  que  me  dura 
hasta  el  dia  de  hoi  >. 

Aquella  noche  no  pudimos  dormir  pensando  en  esa  campana 
enrojecida  por  el  fuego,  que  tocó  por  última  vez  un  fúnebre  doble 
a  la  agonía  de  tanta  jente,  y  en  los  ojos  redondos,  enormes,  medio 
vaciados  de  las  cuencas  de  las  infelices  mujeres  que  quedaron  bajo 
de  ella. 

Y  no  habríamos  dormido  en  toda  la  noche,  si  no  hubiera  sido 
que  mientras  la  señora  Tránsito  contaba  su  historia,  nosotros  me- 
nudeábamos las  copitas  de  mistela  de  apio.. . . 

Luego  nos  cargó  el  sueño  y  con  ese  supino  egoísmo  del  que  es- 
tá entre  las  sábanas,  nos  dijimos  para  nosotros  mismos: 

¿Y  será  cierto  todo  eso? 


'43 

Hoi  no  nos  atreveríamos  a  contar  de  nuevo  aquellas  impresio- 
nes, porque  bastaría  la  campana  de  los  tranvías  eléctricos,  para 
espantarlas  como  sombras  fujitivas  de  otros  tiempos. 

Ya  no  hablamos  con  aquella  amiga:  primero,  porque  se  murió,  y 
después  porque  habia  roto  desde  antes  nuestras  relaciones  por  ha- 
ber sabido  que  la  habíamos  llamado  señora  mayor. 

Si  la  pobre  se  hubiera  visto  el  alma  como  aquella  dama  de  honor 
de  aquel  capítulo,  se  habría  notado  en  la  cara  ese  pequeño  lunar,  de 
pretender  ser  joven  a  los  ochenta  años! 


LOS   DOS  PñTIOS 


(Cuadros  db  la  ciudad) 


EN  una  apartada  calle  de  Santiago,  de  esas  que  suelen  figurar 
mas  en  los  partes  de  policia  que  en  los  planos  de  la  ciudad, 
existia  una  especie  de  conventillo  de  no  mala  apariencia, 
que  constaba  de  dos  patios  cuadrados  y  grandes. 

En  el  primer  patio,  las  piezas  eran  espaciosas  y  altas  y  el 
valor  del  arrendamiento  no  estaba  al  alcance  del  inquilino  pobre  y 
desheredado.  Veinte  pesos  no  es  cantidad  despreciable  para  un 
jornalero,  que  gana  el  doble  o  mui  poco  mas;  pero  si  lo  es  para  el 
cajista  honrado  que  cobra  veinte  pesos  en  la  semana  o  para  la 
costurera  activa  que  alcanza  al  rededor  de  diez,  en  el  mismo 
tiempo. 

El  segando  patio  of recia  el  aspecto  jeneral  ele  nuestros  conven- 
tillos. Salido  el  empedrado  no  se  habia  tenido  cuidado  de  renovar- 
lo y  el  pavimento  de  tierra  apretada  habia  dejado  formar  charcos 
en  diversos  puntos,  que  ni  olian  bien  ni  presentaban  un  agradable 
aspecto.  La  acequia  corria  a  tajo  abierto  por  el  medio,  arrastrando 
hojas,  desperdicios  de  cocina,  cambuchos   de  botellas,  corchos, 


146 

papeles  y  otras  materias  igualmente  putrefactas.  Sus  bordes  tenían 
cierta  vejetacion  musgosa  y  mezquina,  que  ni  crecia  ni  se  agotaba, 
luchando  entre  las  aguas  con  jabón  de  las  artezas  derramadas  que 
le  llevaban  la  muerte,  y  los  numerosos  abonos,  portadores  de  fósfo- 
ros y  otras  materias  azoadas  que  la  comunicaban  nuevo  vigor  y 
alientos  nuevos. 

Las  piezas  del  segundo  patio  se  llamaban  despreciativamente 
«cuartos»  y  valían  entre  cinco  y  siete  pesos,  según  estuvieran  mas 
cerca  o  mas  lejos  del  pasadizo  que  comunicaba  con  el  primero. 
Allí  se  lavaba  al  aire  libre,  se  injuriaba  en  voz  alta  y  se  hacían 
muchísimas  otras  cosas  que  no  permitían  nunca  una  atmósfera 
respirable  y  limpia. 

Con  un  poquito  de  paciencia  nos  podemos  orientar  mas  en  los 
dos  patios,  y  tomar  partido  en  favor  del  uno  o  del  otro  en  la  reñi- 
dísima lucha  civil  que  los  mantuvo  divididos  por  largo  tiempa 

Entrando  al  primero,  en  lo  que  debiéramos  llamar  zaguán,  si  de 
una  casa  particular  se  tratase,  estaban  dos  hermanas  huérfanas,  de 
veinticinco  años  una  y  la  otra  de  edad  indefinida  que  podría 
fluctuar  muí  bien  entre  los  cincuenta  y  los  veinte.  Ambas  buenas 
como  el  pan,  beatitas  de  buena  leí,  hacendosas  y  honradas,  habían 
sido  encargadas  por  el  dueño  del  conventillo  de  cobrar  los  arríen- 
dos  y  reservarse  un  cinco  por  ciento  de  ellos  por  comisión.  Vivían 
allí  con  una  tía,  señora  buena  de  verdad,  que  se  había  encontrado 
en  el  incendio  de  la  Compañía,  tomaba  indefectiblemente  un  mate 
por  la  mañana  y  otro  por  la  tarde,  tan  puntuales,  que  servían  para 
marcar  la  hora  a  los  vecinos,  y  rezaba  en  el  resto  del  dia  sin  cesar 
para  que  Dios  le  perdonara  los  poquísimos  e  insignificantes  peca- 
dos que  había  cometido.  Las  chicas — llamémoslas  así — tenían  esas 
caras  que  no  son  ni  feas  ni  agraciadas,  tan  comunes  en  la  jente 
humilde,  que  no  cuida  de  ornamentarlas,  sino  que  cuando  mucho 
las  restrega  con  un  jabón  barato  y  el  agua  potable  de  la  llave. 

Seguía  por  un  lado  un  señor  español,  carlista  furioso  y  profesor 
de  bandurria,  que  se  pasaba  todo  el  dia  y  noche  de  por  medio, 
dando  clases  y  acaparando  pesos,  por  consiguiente. 

En  seguida  estaba  el  cuarto  de  una  señorona  de  buena  cara  y 
mejor  ropa.  Mirándola  por  detras,  parecía  una  fragata  acorazada,  y 
por  delante  una  característica  sin  contrata.   De  perfil  no  estaba 


M7 

todavía  mala  para  galantearla,  y  aun  de  frente,  pues  el  profesor  de 
bandurria,  todas  las  noches  al  acostarse  se  arrimaba  a  una  puerta 
que  daba  al  cuarto  de  su  vecina,  y  le  decía  con  su  acento  andaluz. 
— Vezinita,  ¡qué  malo  es  estar  solo!  El  dia  que  usté  quiera  mira 
a  este  servior,  llamamos  ar  cura  que  está  aquí  cerca,  y  entonces 
economizamos  una  pieza. 

I^a  señorona  decia  entonces  con  voz  delgada  y  juvenil: 
— ¡Qué  se  alivie,  señor  Fernandez!   ¡Es  mejor  estar  sola  que  mal 
acompañada! 

Nuestra  amiga  tenia  un  tordo  en  su  correspondiente  jaula,  col- 
gado al  lado  afuera  de  la  puerta,  y  ante  él  agotaba  el  Diccionario 
de  los  términos  amorosos  y  melifluos,  que  parecía  haber  hojeado 
mucho  en  su  vida. 

¡Ai! — decia  muchas  veces  suspirando,  y  a  media  voz — no  me 
disgusta  el  señor  Fernandez.  Lo  malo  está  que  él  querría  infor- 
marse de  mí,  y  a  mí  solo  me  conviene  quien  me  tome  a  fardo  ce- 
rrado. 

Frente  a  la  señorona,  un  colejial  provinciano  tenia  su  aposento, 
y  repasaba  en  la  puerta  todas  las  mañanas  su  lección  de  Código. 
Abrigó  ciertas  esperanzas  de  ser  correspondido  de  su  vecina  en 
cierta  época,  y  al  efecto,  le  envió  un  ramo  de  flores  con  una  tarjeta 
en  que  la  llamaba  «fruta  madura»,  «granada  surtida»  y  «rosa 
abierta». 

A  continuación  seguía  la  perla  del  primer  patío. .  ¡Ya  nos  deci- 
dimos por  el  primer  patío!  Pero  nó;  seguimos  imparciales  y  apun- 
tamos sólo,  como  cronistas  de  verdad.  A  continuación  seguía  una 
costurera  joven  y  casi,  casi  bonita.  Se  daban  opiniones:  el  profesor 
de  bandurria  la  encontraba  francamente  hermosa;  pero  la  señorona 
su  vecina,  decia  que  era  los  veinte  añítos  los  que  la  agraciaban. 
En  cuanto  a  las  hermanas  del  zaguán,  le  reconocían  una  doble 
belleza:  la  del  cuerpo  y  la  del  alma. 
— Es  buena — decían — por  eso  se  ve  bonita. 
Y  sin  embargo,  ellas  eran  también  buenas  y  de  ninguna  manera 
bonitas. 

La  costurera  se  llamaba  lisa  y  llanamente  Juana,  como  se  llaman 
tantas  otras  que  ni  son  costureras,  ni  buenas  ni  bonitas.  Tenia 
pelo  negro  y  ojos  negros,  como  la  jeneralidad  de  las  chilenas,  una 


148 

boca  sumamente  graciosa  sin  ser  pequeña,  un  cuerpo  que,  entre- 
gado a  una  corsetera  hábil,  resultaría  ideal,  Pero  como  Juana  se 
peinaba  echándose  todo  su  pelo,  abundante  y  sedoso,  hacia  atrás, 
y  se  ponia  el  manto  sin  arte  ninguno,  y  se  calzaba  a  la  vuelta  de 
la  esquina,  y  no  usaba  ni  siquiera  los  elementales  polvos  de  arroz 
en  su  tocador,  se  veia,  poco  mas  o  menos,  como  otras,  sin  llamar 
sobre  sí  la  atención  como  la  hubiera  llamado  con  un  peinado 
artístico,  con  im  buen  manto  chino  puesto  ante  un  espejo  por 
mano  maestra,  o  con  unos  zapatitos  de  charol  de  importación  casi 
europea. 

¿Que  por  qué  vivia  sola  mujer  tan  acabada?  Su  madre  a  quien 
acompañaba,  tendió  un  dia  el  vuelo,  dejando  a  su  cordera  deshecha 
en  llanto.  Ella  le  cerró  los  ojos  y  le  rezó  las  letanías  de  la  buena 
muerte  y  la  amortajó.  Su  padre,  piloto  de  un  buque  y  tan  mal  ma- 
rido como  mal  padre  y  buen  piloto,  no  podia  o  no  quería  hacerse 
cargo  de  ella.  En  cuanto  a  su  hermano  Andrés,  sarjento  del  Buin, 
allí  estaba  enteramente  absorbido  por  el  cuartel  y  sin  poder  nada 
para  juntar  el  antiguo  hogar  con  el  par  de  jirones  sueltos  que  que- 
daba en  el  mundo. 

— ¿Sola  estoi? — se  dijo  Juana — bueno,  entonces  a  trabajar,  a  jun- 
tar unos  reales  y  a  casarse  si  la  suerte. . . 

Nó;  no  decia  «si  la  suerte»  Juana,  porque  era  mui  buena  cristia- 
na y  porque  si  algo  le  pedia  a  Dios,  era  que  le  enviara  un  novio  de 
buena  estampa,  trabajador,  honrado  y  limpio. 


Y  todavía  nos  queda  otra  mujer.  Rubia,  un  tanto  desenvuelta, 
desabrida  de  cara,  con  buena  voz,  corista  del  Variedades,  sin  preo- 
cupaciones de  ninguna  clase  y  con  ochenta  y  tres  pesos  de  sueldo 
mensual  por  presentarse  tres  veces  cada  noche  en  las  tablas  a  ha- 
cer de  aldeana,  de  chula,  de  valenciana  o  de  aragonesa,  a  cantar 
hoi  una  jota  y  mañana  un  tango,  a  pescar  hoi  un  aplauso  y  otro 
día  un  silbido  y  hasta  alguna  papa  cruda,  si  venia  al  caso. 

Los  demás  vivientes  del  primer  patio,  eran  brevemente  y  sin  re- 
trato, un  francés  peluquero,  un  ájente  de  frutos  del  pais,  un  ma- 
trimonio empleado  en  una  casa  de  comercio  y  un  repórter  de  un 
diario  de  la  mañana. 


M9 

Xatiiralmentc  el  segundo  patio  andaba  nial  cu  la  calidad  de  los 
vivientes.  El  mas  caracterizado  e  importante  de  todos  era  el  señor 
Vildeter,  alemán  de  oríjen,  pero  un  incansable  aventurero  que  ha- 
bla estado  en  la  Finlandia  de  esquimal,  en  el  Sur  del  África  de  boer 
y  en  el  Ecuador  de  revolucionario  y  de  marido,  porque  allí  contra- 
jo matrimonio.  Era  gordo  como  una  tinaja  de  greda,  chato,  colora- 
dote y  corto  de  vista.  Usaba  en  los  dias  de  sol  un  sombrerito  hon- 
go tan  chico,  tan  diminuto,  tan  insuficiente  que  parecía  una  perilla, 
y  en  los  de  lluvia  un  sombrero  te  de  tan  largas  alas  que  semejaba 
una  tapa.  Profesor  de  idiomas,  escitaba  la  hilaridad  de  los  alum- 
nos, hora  con  la  perilla,  ora  con  la  tapa.  El  señor  Vildeter  era,  ade- 
mas de  profesor,  un  sablista  incansable  y  un  bebedor  de  cognac 
no  menos  incansable. 

El  señor  Vildeter  estaba  unido  a  casi  todos  los  acontecimientos 
sud-americanos.  Tenia  un  colejio  en  Chorrillos  y  se  lo  quemaron 
los  chilenos  el  79:  puso  un  hotel  en  Rio  Janeiro,  y  cayó  el  Impe- 
rio; estableció  otro  colejio  en  Guayaquil  y  se  incendió  junto  con 
un  hijo  suyo,  en  el  gran  incendio  que  devoró  esta  ciudad;  se  vino 
a  Chile  y  cayó  la  conversión  y  el  viejo  lloraba  bajo  su  descolorida 
tapa  porque  le  devolvieron  en  billetes  un  reducido  depósito 
que  el  infeliz  haba  hecho  pocos  dias  antes  en  relucientes  monedas 
de  oro. 

También  habia  allí  un  par  de  lavanderas,  que  se  lo  pasaban  todo 
el  dia  canta  y  canta,  lava  y  lava,  restriega  y  restriega.  Procaces  co- 
mo pocas,  ponían  al  señor  Vildeter  de  oro  y  azul  cada  vez  que  un 
poco  mas  bebido  que  de  ordinario,  se  aventuraba  éste  a  ir  a 
darles  un  pellizco  en  los  brazos  desnudos  llenos  de  lavaza  y  de 
agua. 

Tres  costureras  pero  de  mui  distinta  calidad  de  la  perla  del  pri- 
mer patio,  cosían  allí  ropa  militar  que  iban  a  buscar  al  taller  de 
Justiniano,  donde  la  llevaban  después  concluida.  En  el  dia  daban 
vueltas  a  la  máquina  Singer  y  en  la  moche  le  daban  a  la  guitarra, 
armándose  en  torno  suyo  tales  zalagardas  que  ya  las  hermanas  de 
la  puerta  se  estaban  escamando. 

En  seguida  venia  el  mas  tarde  celebérrimo  caudillo  del  segundo 
patio,  Benjamín  Hernández,  oficial  de  carpintería,  soltero,  menor 
de  edad,  turbulento,  enamorado,  botarate,  tuno  y  hablador.  Se  po- 


(lia  ganar,  marchando  bien  y  sin  San  Lunes,  cosa  de  veinte  pesos 
en  la  semana;  pero  con  esa  cabeza  de  chorlito  que  tenia,  si  sacaba 
dieciseis,  se  daba  a  santo,  y  de  puro  gusto  se  bebia  la  mitad  con 
sus  amigos  y  la  otra  mitad  con  las  costureras,  sus  vecinas,  al  son 
de  guitarra.  Alto,  delgado,  de  espléndida  talla  para  soldado  de  caba- 
Ueria,  ojos  vivos  y  alegres,  Benjamín  Hernández  tenia  mas  novias, 
(jue  pesos  habia  botado  en  su  vida. 

Pero,  ¿a  qué  negarlo?  Juana,  la  hermosa  Juana,  la  seria,  modesta 
y  callada  costurerita  del  primer  patio,  lo  trastornaba.  La  habia  co- 
nocido con  madre  cuando  él  también  vivia  con  su  padre,  y  enton- 
ce el  viejo  le  aconsejó  mas  de  una  vez  que  se  casara  con  Juana. 
Pero  después,  andando  el  tiempo,  Benjamín  habia  cambiado  mu- 
cho y  Juana  habia  quedado  igual.  El  muchacho  reconocía  ahora  la 
superioridad  de  su  antigua  amiga,  y  se  complacía  en  reconocerse 
él  inferior  e  indigno  de  conseguir  su  amor.  Cuando  Dios  quiso  que 
se  encontraran  de  nuevo,  Benjamín  Hernández  tenia  ya  tratada  su 
pieza  en  el  primer  patio;  pero  al  divisar  en  él  a  Juana  creyó  que 
debia  conservar  la  altura  en  que  la  tenia  en  su  corazón,  y  sin  ave- 
riguar mas,  fué  a  ocupar  una  modesta  pieza  del  segundo. 

En  cuanto  a  Juana,  tenia  puesta  su  alma  en  su  almario,  y  a  pe- 
sar de  lo  tímida,  sensible  y  apasionada  que  era,  miraba  estas  cosas 
con  serenidad  y  sangre  fria.  Benjamín  habia  sido  su  amigo,  y  en 
vida  de  su  pobre  madre,  casi  su  novio.  Pero  después,  el  muchacho 
])uen  mozo  y  serio  de  entonces,  se  habla  vuelto  un  truhán  sin  res- 
peto a  nada  ni  a  nadie.  Es  cierto  que  allá  en  lo  mas  íntimo  de  su 
corazón  habia  algo  que  le  decia  que  podia  ella  con  sus  solas  fuer- 
zas volver  a  Benjamín  a  su  vida  de  antes.  Y  es  cierto  también  que 
cada  vez  que  en  sus  sueños  pensaba  en  su  matrimonio,  única 
solución  de  su  vida  solitaria,  se  vela  casada  con  Benjamín  y  no 
con  otro. 

Hernández  habia  notado  en  los  primeros  dias  de  su  llegada,  que 
Juana  no  lo  recibía  mal.  Muchas  veces  sentado  frente  a  ella  cuan- 
do cosía  en  la  máquina  en  la  puerta  de  su  pieza,  conversaban  lar- 
gamente sobre  el  trabajo,  sobre  los  vecinos,  sobre  el  tiempo.  .  Ja- 
mas sobre  ellos  mismos,  porque  Juana  pasaba  como  sobre  as- 
cuas por  muchas  cosas  a  que  intencionadamente  la  quería  atraer 
Benjamín. 


151 

Pero  llegó  un  dia  en  que  Juana  le  recibió  con  visibles  muestras 
de  mal  humor.  A  sus  preguntas  respondió  con  monosílabos;  a  sus 
quqjas,  se  calló  sin  decir  esta  boca  es  mia;  y  concluyó  por  mani- 
festarle mui  cortesmente  que  la  fastidiaba  verlo  delante  de  ella. 

¿Qué  habia  pasado?  Mui  poca  cosa;  pero  al  mismo  tiempo  mu- 
cho. Una  tarde,  Juana  volvía  de  su  taller  con  el  paso  menudito 
que  le  agraciaba  tanto  al  andar,  cuando"*  de  repente  se  encontró,  al 
doblar  una  esquina,  con  un  viejo  que  le  tendió  la  mano  pidiéndole 
limosna.  Al  instante  se  detuvo  a  sacar  sus  portamonedas;  pero 
mientras  buscaba  en  ella  algo  con  que  aliviar  el  hambre  del  limos- 
nero, le  miró  fijamente  a  la  cara  }-  casi  se  fué  de  espaldas.  Era  el 
padre  de  Benjamin  Hernández,  el  mismo  antiguo  amigp  de  su 
madre,  el  exelente  viejo  que  tantas  veces  la  sentó  sobre  sus  rodi- 
llas para  cantarle  el 

duérmete,  niñita 
duérmete,  por  Dios... 

-^iSeñor  Andresi — dijo  con^5ternada  la  muchacha — ¿Usted  pi- 
diendo limosnas? 

— Yo,  Juanita,  yo  mismo. 

—¿Teniendo  un  hijo  que  gana  veinte  pesoa  a  la  semana? 

— ¡Que  quieres,  niña!  No  todos  son  buenos  hijos  como  tú! 

Y  el  viejo  suspiró  con  honda  tristeza  y  apretó  la  mano  que 
Juana  le  alargaba  con  una  moneda.  Allí  oyó  como  Andrés  habia 
perdido  su  puesto  de  portero  en  el  Ministerio  de  Marina,  por- 
que por  sus  achaques,  no  servia  ya  para  maldita  la  cosa,  y  como 
desde  entonces  vagaba  del  hospital  a  la  calle,  encontrado  mucho 
mas  felices  las  horas  en  que  lo  tenían  postrado  en  la  cama  los 
dolores  reumáticos,  que  la  en  que  Dios  queria  dejarlo  libre  de 
ellos,  pero  entregado  a  todos  los  vientos  del  hambre,  de  la  sed  y 
del  frió. 

Al  separarse,  Juana  le  dijo  con  la  voz  emocionada: 

— Señor  Andrés:  ahí  tiene  usted  esa  miseria;  todas  las  tardes 
que  lo  encuentre  le  daré  lo  mismo.  Pero  usted  en  pago,  pídale  a 
Dios  que  me  dé  un  buen  marido. 


152 

— Si  se  lo  pediré,  ánjel — esclamo  el  viejo — y  mis  súplicas  seráii 
ayudadas  en  el  cielo  por  tu  madre. 

¿Podia,  después  de  este  incidente,  mirar  la  impresionable  Juana, 
con  ojos  tranquilos  a  Benjamin?  Nó;  habria  sido  ella  también  una 
ingrata. . .  y  no  lo  i  ra,  nó. 

Desde  ese  dia  Juana  compartió  con  don  Andrés  su  escasísima 
comida,  y  al  acabarse  ésta,  el  viejo  salia  del  conventillo  y  se  iba  a 
dormir  en  la  primera  grada  que  encontrase. 


II 


La  ruptura  de  Juana  con  Benjamín  terminó  con  el  último  lazo 
que  unia  al  primero  con  el  segundo  patio.  Ul  seüor  Videter  ponia 
el  grito  en  el  cielo  contra  la  avaricia  del  propietario  que  no  cerraba 
la  acequia  ni  empedraba  el  patio.  Las  costureras  mancomunadas 
con  las  lavanderas,  hablaban  pestes  de  las  mujeres  del  primero,  de 
las  que  decian  que  eran  unas  hipócritas  que  guardaban  la  serie¿id 
y  la  honradez  para  la  noche  y  que  por  el  dia  tendían  el  vuelo 
quien  sabe  a  donde.  Benjamín,  esceptuando  a  Juana  tenía  cada  dia 
un  incidente  con  alguno,  citándose  con  escándalo  el  caso  de  que 
Hernández  había  tomado  de  la  nariz  al  estudiante  y  remecídolo 
en  el  aire,  por  un  cambio  de  palabras  que  había  ocurrido  entre  los 
dos. 

Las  hermanas  de  la  puerta  eran  buenas,  pero  no  enéijícas.  Y 
ademas  la  enerjia  les  habria  costado  una  pérdida  en  su  comisión 
porque  habrian  permanecido  los  cuartos  largo  tiempo  desocupados. 
No  había,  pues,  que  esperar  nada  de  ellas,  y  constituido  el  profe- 
sor de  bandurria  con  el  estudiante  y  con  el  ájente  de  frutos,  en 
comité  de  salvación  pública,  resolvieron  unánimemente  implantar 
la  leí  marcial  y  hacerse  justicia  por  sí  mismos. 

Un  dia  un  chiquitín,  hijo  de  las  costureras  o  de  las  lavanderas 
o  de  todas  juntas,  levantó  su  patita  frente  a  la  puerta  de  Juana. 
Le  pescó  el  señor  Hernández  de  un  brazo  y  le  dio  una  tunda  de 
palmadas,  despachándolo  en  el  pasadizo  del  segundo,  con  los 
calzones  aun  mal  amarrados  y  chillando  como  un  berraco.  A  la 
mañana  siguiente,  desapareció  la  jaula  con  el  tordo  de  la  señorona 


153 

y  ésta  pnso  el  grito  en  el  cielo  y  derramó  mas  lágrimas  que  una 
Magdalena. 

Ya  estaba  encendida  la  lucha  civil,  y  vino  a  marcar  el  período 
áljido  de  ésta,  la  resolución  del  propietario  de  poner  el  pilón  de 
agua  potable  en  el  medio  del  primer  patio,  y  no  en  el  pasadizo 
que  comunicaba  a  éste  con  el  segundo.  De  esta  manera,  los  revol- 
tosos quedaban  tributarios  del  primer  patio. 

¡Oh!  era  de  oir  en  esos  dias  al  señor  Vildeter,  contar  a  sus  alum- 
nos su  asendereada  existencia. 

— iQué  injusticia! — decia,  con  su  peculiar  pronunciación,  que 
suplirán  los  lectores; — ¡qué  injusticia!  Todo  va  al  primer  patio  y 
nada  al  segundo  patio.  Los  del  primer  patio  respiran  aire,  los  del 
segundo  respiramos  miasmas  fétidos.  Los  del  primer  patio  nadan 
en  agua;  nosotros  no  tenemos  agua  ni  para  beber.  Kl  dia  menos 
pensado,  morirán  los  del  segundo  patio. . . 

Kste  era  siempre  el  término  de  las  quejas  del  señor  Vildeter:  la 
muerte  en  masa  de  los  vivientes  del  segundo  patio. 

Bl  plan  de  batalla  de  Benjamin,  era  desesperar  a  los  del  primero 
y  hacerlo  abandonar  las  piezas,  para  que  el  propietario  en- 
trara en  cuidados  y  buscara  una  transacción  poniendo  el  pilón  en 
el  pasadizo. 

El  lado  vulnerable  del  primer  patio  era  la  corista,  y  el  lado 
invulnerable,  la  costurera.  Pero  la  corista  tenia  a  su  servicio,  no 
solo  el  repertorio  de  insultos  chilenos,  que  era  escojido  y  abun- 
dante, sino  también  el  de  insultos  españoles,  aprendidos  entre 
bastidores.  Una  mañana  se  vestia  ésta  para  salir  y  con  la  cortísima 
vergüenza  que  suele  quedar  después  de  presentarse  a  diario  en  las 
tablas,  a  la  jente  menuda  de  teatro  menudo,  se  asomaba  a  la  venta- 
na de  su  pieza  un  poco  mas  desnuda  qne  lo  conveniente.  Benjamin 
charlaba  a  la  orilla  de  la  llave  con  una  de  las  lavanderas  que  llena- 
ba un  balde  de  latón,  cuando  acertó  a  mirar  hacia  la  ventana.  Llenó 
inmediatamente  el  tarro  que  quedaba  colgado  en  la  llave  para 
beber,  y  con  una  punteria  admirable  se  lo  lanzó  a  la  pequeña  Patti 
en  el  escote,  mojándola  enteramente. 

¡No  fueron  insultos  y  gritos  los  que  cayeron  solamente  sobre 
Hernández,  que  reia  a  carcajadas  en  el  medio  del  patio! 

El  profesor  de  bandurria  salió  indignado  de  su  pieza  y  al  ente- 


1 5-1 

rarse  del  hecho,  le  disparó  a  Benjamm  la  caja  de  la  bandttrría  que 
tenia  en  la  mano.  En  mala  hora  lo  hizo,  porque  aunque  de  dos  sal- 
tos  corrió  a  refujiarse  en  su  puerta,  no  alcantó  a  cerrarla  y  Benja- 
min  lo  saco  a  pescozones  del  cuarto,  lo  tumbó  debajo  del  pilón  y 
después  de  dos  o  tres  sopapos  demasiados  fuertes  para  la  con- 
testura  del  profesor,  le  largó  el  chorro  en  la  cara.  Lá  señorona, 
entretanto,  increpaba  a  Hernández,  llamándolo  roto,  bandido,  ase- 
sino, ladrón... 

— ¿Ladrón  yo? 

— Sí,  tu, 

— ¡Caramba!  qué  costumbre  de  tutear  tiene  usté,  madama! 

— ¿Dónde  está  mi  tordo? 

— ¿Cuál?  Porque  el  grande  se  lo  acabo  de  remojar  debajo  del  pi- 
lón, y  el  otro,  se  lo  di  al  gato  para  que  saboreara. 

-^¡In;»olenteI — gritó  la  señorona — ¡Criminal!  ¡Ladrón! 

Habia  llegado  la  lucha  civil  a  un  grado  intolerable  y  el  propie- 
tario resolvió  tomar  cartas  en  el  asunto.  Avisó  a  la  policía  y 
acompañado  de  un  comisionado,  conminó  a  los  del  segirado  patio 
con  las  mas  enérjicas  medidas  en  caso  de  que  siguieran  los  desór- 
denes. 

Por  el  momento,  los  ánimos  se  apaciguaron  y  Benjanrin,  satisfe- 
cho de  todas  las  barbaridades  cometidas,  se  tranquilizó. 

Era  un  domingo  en  la  tarde  y  los  dos  patios  estaban  sumerjidos 
en  la  sombra  y  en  el  silencio.  En  el  primero,  dos  voces  de  mujer 
perturbaban  este  silencio  cantando  a  media  voz.  Una  de  ellas  era 
la  voz  de  las  hermanas  de  la  puerta,  que  ensayaban  un  «Tan  tu  ni 
ergo  Sacramentum»,  que  debia  cantarse  en  la  iglesia  vecina,  <n 
una  de  las  noches  del  Jubileo  Circulante,  y  la  otra  era  de  la  corista 
que  tarareaba  aquellas  coplas  de  la  Revoltosa: 

Cuando  clava  mi  moreno 
Sus  ojazos  en  los  míos 
Too  el  cuerpo  se  me  enciende, 
Y  me  se  pierde  el  sen  ti  o! 

Una  de  las  costureras  del  segundo  patio,  pasaba  de  vuelta  del 
despacho  con  una  libra  de  arroz  y  un  frasco  de  vinagre,  cuando 


creyó  sentir  voz  de  hombre  en  el  cuarto  de  la  Juana.  Con  una  son- 
risa diabólica  se  acercó  a  la  puerta  en  puntillas  y  pudo,  en  efecto, 
constatar  que  allí  dentro  babia  un  hombre. 


Con  eso  solo,  estaba  derrotatlo,   miserablemente  derrotaao  el 
primer  patío.  ¡La  perla  resultaba  íalüa,  indignamente  falsa! 

Voló  mas  bien  que  corrió,  la  costurera  a  llevar  la  noticia  a  líen- 


156 

jamin,  que  estaba  entretenido  con  sus  compañeras,  dándole  al  pon- 
che con  bastante  entusiasmo. 

— Hai  un  hombre  en  el  cuarto  de  la  Juana. 

— ¡Mentira! — gritó  Benjamín — saltando  de  un  piso  de  totora  en 
que  estaba  sentado  y  tirando  lejos  el  vaso  en  que  bebía. — ¡Mentira 
y  requete  mentira! 

— ¡Hombre! — dijo  riendo  la  costurera — si  te  quedan  brasas  es- 
condidas todavía,  anda  a  apagarlas  poniendo  el  oido  en  la  puerta 
de  la  Juana. 

Ya  habia  salido  Benjamin,  y  de  dos  saltos  estaba  con  el  oido 
pegado  en  la  puerta. 

— ¡Pobre  diablo  yo! — pensó  Benjamín. — Me  ha  echado  la  Juana  y 
se  ha  reido  de  mí.  Ese  será  su  novio,  joven,  honrado,  bueno,  como 
ella  lo  desea  y  yo  seguiré  siendo  un  borracho  como  soi;  pero 
¿es  propio  de  la  Juana  que  esté  encerrada  a  estas  horas  con  su 
hombre? 

Y  pálido,  tambaleándose  como  un  borracho,  llegó  al  cuarto 
de  la  costurera  y,  dejándose  caer  sobre  su  asiento,  dijo  con  voz 
ronca: 

— Es  cierto. 

— Bueno,  pues — saltó  una  de  las  lavanderas — ha  llegado  el  mo- 
mento de  vengamos  de  todas  las  que  nos  han  hecho. 
— Sí,  ha  llegado — contestó  Benjamín. 
— Vamos  todos  al  primer  patio. 
— Vamos. 

Y  fueron.  Aun  el  señor  Vildeter,  con  su  perilla  en  la  cabeza, 
se  mezcló  en  la  turba  y  llegaron  todos  ante  el  cuarto  de  In 
Juana. 

— ¡Aquí  está  la  santa,  la  hipócrita! — decia  en  voz  alta  una  de  las 
mujeres. 

— ¡Vengo  a  ver  a  la  perla! — decia  otra. 

Y  cada  uno  de  esos  gritos  era  coreado  por  una  carcajada.  De 
repente  la  llave  del  cuarto  de  Juana  jiro  violentamente,  se  abrió 
la  puerta  y  apareció  la  costurerita  pálida  y  temerosa  en  él  um- 
bral. 

— ¿Qué  es  esto?  ¿A  qué  han  venido  ustedes?  ¿A  qué  has  venido 


157 

tií,  Benjamin,  que  nos  has  quitado  a  todos  la  tranquilidad?  ¿Vienes 
a  armar  otra  gorda?  ¿La  has  tomado  conmigo? 

— Señorita  Juana — repuso  Benjamin  con  sorna,  buscando  fuer- 
zas en  el  ponche  que  liabia  bebido.  ¡Señorita  Juana!  ¿con  que  tenia 
usted  novedades?  ¿con  que  se  quiere  usted  con  otro  y  se  lo  guarda 
bajo  llave? 

—¡Que  lo  muestre! — gritó  una  de  las  lavanderas. 

— jVaya  con  la  santa  Filomena  del  primer  patio! 

Juana,  pálida  a  ratos,  rojo  a  otros,  ya  queria  entrarse,  ya  se  arre- 
pentía y  se  quedaba  en  el  umbral.  Estallaron,  por  fin,  las  cuchufle- 
tas y  los  insultos;  alguno  mas  fuerte  que  otro  le  arrancó  dos  lá- 
grimas; los  vivientes  del  primer  patio  salian  todos  de  sus  piezas,  y 
la  reputación  de  Juana  estaba  en  ese  momento  como  si  hubiera 
pasado  por  la  acequia  del  segundo. 

De  repente  se  enrojeció  como  púrpura,  abiió  la  puerta  de  un  solo 
golpe,  saltó  afuera  y,  pescando  a  Benjamin  de  la  blusa,  lo  empujó 
hacia  dentro: 

— ¿Querías  ver?  ¡Vé,  mal  hijo!  Ahí  está  el  viejo  de  tu  padre, 
muerto  de  hambre,  con  quien  comparto  yo  la  mitad  de  mi  co- 
mida, porque  el  desalmado  de  Benjamin  Hernández  no  le  da 
ni  un  pan.  ¡Ahí  está!  Hártate  de  verlo,  hambriento,  enfermo  y  mo- 
ribundo. 

Benjamin  estaba  desencajado,  verde,  con  la  cabeza  baja,  frente  al 
viejo  que  se  habia  puesto  de  pié  al  lado  de  la  mesa  eñ  que  estaba 
encendida  la  lámpara  de  parafina. 

De  repente  una  lágrima  asomó  a  sus  ojos. 

—Perdón,  padre — murmuró — perdón,  Juana,  yo  prometo  ser  bue- 
no, ser  honrado  como  tú .. .  pero  ¿por  qué  no  nos  juntamos  los  dos 
a  cuidar  a  este  viejo,  para  que  le  cerremos  a  él  sus  ojos  como  tú  se 
los  cerrastes  a  tu  madre? 

1900 


víf       sí? 


k 


► 

I 


POR   UHñ  KJFím 


LA  Araucanita,  que  apenas  se  levantaba  dos  cuartas  del  suelo, 
fué  conducida  al  Convento  de  las  monjas  de  Temuco,  donde 
la  lavaron  y  la  vistieron  de  nuevo.  Parecia  una  breva  arrebu- 
jada  en  una  servilleta,  o  con  la  espresion  vulgar,  una  mosca 
en  leche,  cuando  salió  a  reunirse  con  otras  asiladas  vestidas 
igualmente  con  un  trajecito  blanco  de  percal. 

Mucho  costó  domar  a  ese  animalito  de  ojos  negros,  negrísimos, 
de  espaldas  mui  anchas,  de  bracitos  fornidos  y  nervudos;  pero 
poco  a  poco  fué  apareciendo  en  ella  la  mujer,  y  alejándose  el  indio. 
Era  pequeñita,  pero  llevaba  en  el*  cuerpo  el  futuro  desarrollo  de  la 
mujer  araucana,  ni  mas  ni  menos  que  esos  perros  de  raza  alemana, 
de  enorme  cabeza  y  patas  gruesas,  llevan  en  sus  miembros,  desde 
los  primeros  meses  la  promesa  de  su  tamaño  futuro. 

Criada  suelta,  al  sol  y  al  aire,  como  un  ganso  doméstico,  era  su 
delicia  tirarse  al  suelo,  revolcarse  en  compañía  de  los  quiltros  y 
correr  con  ellos,  trepar  las  tapias  con  instinto  precoz  de  ratería  y 
asociarse  a  otros  rapaces  para  empresas  arriesgadas  y  peligrosas. 
Quedó,  pues,  como  pez  fuera  del  agua,  dentro  del  Asilo  de  Temu- 
co,  taitjiada  como  una  perdiz  metida  en  la  jaula  de  mimbres. 


t6o 

Sin  embargo,  poco  a  poco  fué  despertando  a  la  vida,  y  ya  el 
ruido  de  la  campana,  la  amable  voz  de  las  relijiosas,  la  música  del 
modesto  armonium  de  la  capilla,  y  la  camita  blanca  con  cortinas 
de  muselina,  le  fueron  acostumbrando  al  nuevo  estado. 

Muí  pronto  tomó  sin  recelos  la  cuchara,  permitió  que  le  rizaran 
las  ásperas  guedejas  de  pelo  negro,  y  sonrió,  revelación  primera 
de  que  su  almita  esclava  comenzaba  a  sentirse  libre. 

)lí    )lí    )lí 

La  Araucana  creció  hasta  hacerse  una  mujercita.  El  pelo  reco- 
jido  fué  a  prenderse  en  la  nuca,  en  un  mono,  sino  artístico,  por  lo 
menos  cuidado.  El  vestido  de  percal  blanco  con  sus  vuelos  y  bu- 
llones, cortados  y  cosidos  por  ella  misma,  le  daba  el  aspecto  de 
una  muchacha  europea. 

El  pudor,  esa  herencia  que  no  ha  recibido  de  sus  padres  la  mu- 
jer salvaje,  sino  mui  rudimentariamente,  habia  rodeado  a  la  asila- 
da de  una  simpática  atmósfera  de  modestia  y  de  dulzura.  Habia 
aprendido  a  recatarse,  a  bajar  los  ojos,  a  esquivar  la  impertinente 
mirada  de  los  hombres,  a  andar  con  gracia,  a  moverse  con  dis- 
tinción. 

El  producto  araucano  se  habia  trasformado,  acercándose  mucho 
al  tipo  criollo  de  la  mujer  blanca.  Era  un  cambio  moral  y  físico 
que  habia  hecho  de  la  indiecita  una  delicada  y  frájil  creatura, 
pudorosa,  tímida  y  llena  de  encantos. 

Las  monjas  de  Temuco  se  atemorizaban  ya,  ante  la  idea  de  que 
la  chica  volviera  a  la  ruca.  ¿Cómo  arrojar  esa  flor  de  pétalos  blan- 
cos al  pudridero  de  un  centro  salvaje,  donde  la  embriaguez  era  el 
estado  natural  de  sus  moradores?  Podria  haberse  contestado  al 
reclamo  de  sus  padres  que  la  india  habia  muerto,  porque  era  ver- 
dad que  habia  muerto  la  india.  Pero  luego  hubiera  conocido  el 
engaño,  y  Laurita  Colipí  hubiera  sido  arrastrada  con  violencia. 

No  era  posible  evitar  la  separación,  y  la  chica  partió  llorando, 
desolada,  sin  ver  ese  camino  largo  que  recorría  al  lado  de  su  pa- 
dre. Cuando  volvió  la  vista,  la  torrecita  de  las  monjas  se  habia 
hundido  ya  en  la  lejanía. 


i6t 

Al  caer  la  tarde,  la  ruca  aparece  inclinada  y  medio  derruida,  a 
cien  pasos  de  los  caminantes.  La  madre  espera  impaciente. 

El  saludo  es  breve  y  frió,  porque  allí  nadie  ama  a  nadie. 

Un  moceton  que  aguarda  afuera  de  la  ruca,  entra  y  dice  lacó- 
nicamente: 

— Acepto. 

El  indio  sale  afuera,  observa  una  vaca,  que  pacientemente  atada 
a  un  poste  clava  sus  grandes  ojos  impasibles  y  redondos  y  dice  a 
su  vez: 

—Entonces  la  vaca  es  mia. . .  y  la  chica  es  tuya. 

Y  el  moceton  toma  a  Laurita  Colipí  de  una  mano  y  se  la  lleva. 

¡Si  lo  supieran,  cómo  llorarían  las  monjas  de  Teuiuco! 


<a*  <a* 


PñlSñlES  DE  UERRHO 


CUANDO  encima  de  la  mesa  de  albísimo  mantel,  con  las  copas 
de  cristal  bacarat  alineadas  junto  al  plato  de  dorados  recortes, 
se  vé  el  fnitero  colmado  de  frutillas  y  de  guindas  rojas,  la 
vista  se  resiste  a  ir  mas  lejos  buscando  un  horizonte  de  luz  y 
de  sol,  para  llegar  hasta  la  cuna  de  esas  frutas  que  estraen  de 
la  t-íerra  chilena  su  azúcar  y  su  savia. 

Enredadas  las  guindas  unas  con  las  otras,  como  si  fueran  re- 
cuerdos de  otros  tiempos;  gotas  de  sangre  que  ha  encendido  y 
cristalizado  el  sol;  labios  de  mujeres  que  ha  convertido  en  fruto  la 
madre  tierra  en  su  antiguo  laboratorio  de  trasformacion;  están  allí 
sobre  el  plato  blanquísimo,  envueltas  en  una  capa  de  azúcar  en 
polvo  y  talvez  remojadas  con  el  jeneroso  y  fragante  y  líquido  de 
un  jerez  mui  seco,  de  un  oporto  mui  asoleado,  o  de  un  marrasqui- 
no lleno  de  esencia  y  de  perfume. 

Allí  están;  pero  no  hablan  nada.  La  cuchara  las  conduce  hasta  la 
ix)ca,  donde,  oprimidas,  sueltan  un  jugo  fresco,  agridulce,  sano, 
que  hace  volver  la  vista  a  esos  lejendarios  néctares  con  que  se  em- 
borrachaban los  dioses  del  Olimpo  y  bajaban  a  la  tierra  haciendo 
««  y  mas  eses. 

Allí  están;  pero  nada  hablan  del  guindal  lleno  de  claro-oscuros, 
de  follajes  sombríos,  de  claros  de  sol,  de  aire  perfumado,  de  carca- 


i64 

jadas  alegres,  de  rincones  poéticos;  ni  tampoco  del  frutillar  tendi- 
do al  sol  que  lo  hiere  a  plomo,  formando  un  oleaje  de  melgas  ver- 
des e  interminables,  que  allá  a  lo  lejos  corta  el  muro  de  zarzamora 
o  la  cerca  tejida  entre  los  álamos  nuevos  del  deslinde. 

El  guindal  es  la  poesia  tranquila  de  la  sombra;  el  frutillar  la  es- 
plosion  arrebatada  del  sol.  Allá  hai  contrastes,  rumores,  movimien- 
tos de  las  hojas,  rayos  de  sol  que  se  cuelan  por  el  follaje,  frescura 
en  el  ambiente.  Acá  hai  sol,  sol  y  sol.  Todo  arde,  todo  se  enciende, 
lodo  .se  volatiliza  bajo  esos  rayos  que  caen  concentrados  como  al 
través  de  una  lente. 

lü  la  9i 

El  gnindal  está  de  fiesta.  Plantado  al  capricho,  no  deja  avenidas 
largas  y  anchas  sino  grupos  de  árboles  y  claros  caprichosos  que 
se  entrelazan  como  eslabones  de  una  cadena. 

Al  través  de  las  hojas  cae  el  sol,  formando  en  el  suelo  semi-cír- 
culos,  fajas,  cuadrados  y  rayas,  que  cuando  los  cruza  alguien  le 
recorren  el  cuerpo  de  pies  a  cabeza,  formándole  una  atigrada  vesti- 
dura que  se  renueva  sin  cesar. 

De  allá  del  fondo  vienen  ecos  de  risas,  gritos  que  llaman,  silbi- 
dos que  tararean  al  descuido  un  aire  chileno  y  zandunguero,  ruido 
de  ramas  que  se  desgajan  y  rumores  de  conversaciones  que  se  lleva 
el  viento.  Podemos  llegar  hasta  allí,  siguiendo  a  un  muchacho  que 
se  interna  con  una  canasta  sobre  la  cabeza,  al  aire  la  camisa  de 
percal  azul  y  desnudos  hasta  el  codo  los  brazos,  robustos  y  ner\ni- 
dos.  De  repente,  la  sombra  lo  oculta,  y  en  la  incierta  lejanía  no  se 
sabe  si  viene  o  va;  pero  después  un  claro  de  sol  lo  rodea  con  luz  y 
lo  empuja  de  nuevo  a  la  vaguedad  de  una  penumbra  llena  de  mis- 
terios. 

Sobre  los  árboles  están  trepados  los  chiquillos,  desnudos  los 
pies,  saltones  y  ajiles  como  los  pájaros;  abajo,  las  canastas  se  van 
llenando  de  hojas  y  de  racimos  de  guindas,  e  inclinadas  hacia  el 
suelo,  vagan,  recojiendo  cuidadosamente  las  caldas,  una  docena  de 
mujeres  con  guindas  metidas  en  las  orejas  y  en  el  pelo. 

La  vista,  ávida  de  luz,  se  estiende  buscando  el  campo.  A  lo  lejos 
se  divisa  el  sembrado  de  trigo,  ajitado  por  el  viento  con  un  oleaje 
continuo  y  reverberando  sobre  él  un  sol  de  fuego. 


i65 

La  tarde  va  a  caer.  El  guindal  se  oscurece  lleno  de  misterios  y 
de  sombras.  Las  mujeres  se  van  riendo,  cantando,  despertando,  a 
su  paso  la  algarabía  de  los  zorzales,  que  ya  buscan  alojamiento 
entre  las  ramas. 

Un  muchacho  audaz  persigue  a  una  de  las  guinderas  y  le  tiñela 
cara  con  un  racimo  de  guindas  maduras.  Y  el  barullo  que  se  for- 
ma va  rodando  de  árbol  en  árbol  hasta  perderse  a  lo  lejos. 

Un  instante  después  comienzan  los  grillos  a  ensayar  los  hélitros, 
dando  la  sinfonía  de  ese  programa  nocturno,  cuyo  número  mas  im- 
portante es  el  gorgoreo  de  los  sapos,  esas  masas  corales  de  los 
pantanos,  esteros  y  chepicales. 

níé   ^   na 

El  frutillar  se  estiende  como  una  sábana  verde,  a  todo  sol,  a  toda 
luz,  a  todo  aire;  allí  el  follaje  sirve  solamente  de  marco  a  las 
larguísimas  melgas  que  recorre  el  viento  ajitado  en  un  oleaje  ince- 
sante. 

Las  mujeres  que  recojen  bajo  las  hojas  el  fruto  de  intenso  rojo, 
van  con  sombreros  de  paja,  para  defenderse  de  esos  rayos  que  que- 
man como  brasas. 

Se  alejan  en  una  misma  dirección,  sin  gritos  ni  algazaras,  por- 
que la  tierra  y  el  aire  abrasan  como  ascuas,  encendiendo  el  rostro 
y  agolpando  la  sangre  a  las  mejillas. 

Y  entre  tanto,  el  corralón  de  las  casas  cercanas  a  Renca  y  Coli- 
na, está  lleno  de  arguenas,  que  entre  capa  y  capa  de  hojas  verdes 
van  recibiendo  la  preciosa  y  delicada  carga  que  traerán  a  San- 
tiago. 

Al  caer  la  tarde,  el  frutillar  queda  en  silencio;  pero  resuena  el 
bullicio  en  la  alameda,  por  donde  van  en  larga  fila  los  argueneros, 
buscando  el  camino  polvoriento  y  desierto  que  lleva  a  la  ciudad. 

Y  pasan  sobre  el  cielo  con  las  alas  abiertas,  dejándose  suspender 
con  pesada  lentitud  en  el  aire,  los  aguiluchos  que  rondan  el  cerro 
para  buscar  su  nido  a  la  sombra  de  algún  boldo. 


ASmm 


Del  carra  de  carga...  a  la  morgue 


cA  las  doce  y  media  del  día 
de  ayer  fué  atropellado  por  el 
tren  de  carga  número  27,  el 
palanquero  del  mismo  tren,  lla- 
mado Juan  Idilio. 

Según  esponen  algnnaa  per» 
sonas  que  presenciaron  el  he- 
cho, Lillo  cayó  entre  los  carros, 
cuyas  metías  le  destrozaron  el 
cuerpo. 

El  cadáver  de  Lillo,  fué  re- 
cojido  por  los  empleados  del 
mismo  tren,  y  conducido  a  la 
Morgue.  > 

SI  alguien   pudo  ver   por  primera  vez  un  cinematógrafo,   sin 
asombrarse,  habrá  sido,  ciertamente,  un  palanquei  o. 
¿Qué  impresión  de  novedad  ha  podido  producir  el  desarro- 
llo de  la  película,  bajo  la  proyección  eléctrica,   a  quien  eter- 
namente de  pié  sobre  los  convoyes,  todo  se  le  presenta  como 
un  cinematógrafo  inñnito? 

De  dia,  es  el  sol  el  que  ilumina  el  panorama  de  este  cinemató- 
graio  viviente,  haciendo  saltar  el  color  verde  profundo  del  campo 
que  se  estiende  a  ambas  orillas  del  camino  de  hierro,  pintando  la 
linea  negra  de  la  alameda  que  lo  corta  en  diagonal,   dando  la  pin- 


1 68 

celada  chillona  de  la  vida  recien  brotaba  que  faldea  el  cerro,  o  la 
notita  pintoresca  y  resaltante  de  la  casa  de  campo  con  su  parque 
y  su  arboleda.  El  cinematógrafo  se  desarrolla  en  sentido  contrario, 
del  que  devora  desbocado  el  tren.  Los  álamos  corren  con  furia 
loca  y  parecen  tumbarse  de  punta  al  pasar;  los  postes  telefónicos 
con  sus  alambres  cargados  de  golondrinas  se  alejan  también  en 
incansable  fuga.  Pasa  rápido  como  una  exhalación  la  casita  del 
cambiador  que  ajita  la  bandera  verde;  los  machones  de  cal  y  ladri- 
llo que  limitan  la  estación;  el  tren  de  carga  que  espera,  caldeando 
su  máquina,  la  hora  de  partida;  el  molino  con  sus  murallones 
altos  y  su  turbina  sumerjida  en  el  canal;  el  puente  de  hierro  que 
tiembla,  la  avenida  de  álamos,  las  puertas  de  trancas  de  un  potrero^ 
los  grupos  de  espino,  el  estero  tendido  en  el  fondo  del  valle,  el 
rancho,  el  maiten,  el  campanario  y  la  carreta  que  se  aleja  lenta- 
mente por  el  camino  polvoriento.  Todo  corre,  como  si  se  tratara 
de  una  fuga,  de  un  sálvese  quien  pueda,  de  una  retirada  en  de- 
sorden. 

Pero  después  llega  la  noche  y  el  tren  avanza  por  un  abismo, 
una  verdadera  boca  de  lobo.  La  luz  de  la  luna  recorta  siluetas 
negras,  altas  y  bajas,  sombras  informes  que  se  alargan  y  que  se 
abaten,  que  de  repente  se  acercan  y  desaparecen  después,  como  si 
fueran  visiones,  Allá  a  lo  lejos  vacila  una  luz  amarilla,  asomando 
y  ocultándose  tras  de  los  árboles. 

El  rumor  del  convoi  que  parece  ferretería  que  se  desarma,  toma 
entonaciones  diversas  y  pavorosas.  De  repente  el  rumor  se  apaga 
sobre  el  terraplén,  y  apenas  se  oye  otra  cosa  que  el  ruido  de  los 
topes,  el  rose  de  las  cadenas  y  el  resoplido  de  la  locomotora;  pero 
después  al  atravesar  el  puente  un  clamor  sordo  lo  envuelve  todo 
como  si  los  machones  se  doblaran  al  peso  que  soportan  y  los  arcos 
cayeran  deshechos  sobre  el  rio.  El  silbato  ag^do  y  i>enetrante 
turba  el  silencio  de  los  campos,  rueda  por  las  quebradas  y  rebota 
en  los  cerros  tomando  pavorosas  gradaciones.  La  locomotora 
arroja  tras  de  sí  una  cabellera  de  chispas  encendidas  y  de  humo 
negro,  que  parece  un  velo  de  crespón  con  lentejuelas  doradas.  Las 
chispas  se  elevan,  jiran,  saltan,  y  caen  lentamente  estinguiéndose 
al  contacto  del  aire. 

Pero  luego  viene  el  cinematógrafo  del  amanecer.   Allá  en  el  ho- 


169 

rizonte  clarea  el  cielo;  un  ve. o  tenue  comienza  a  subir  como  un 
vapor.  Las  sombras  van  bajando  y  apareciendo  sobre  ellas  1  :>s 
árboles,  como  si  se  tratara  de  una  decoración  de  aparato.  Quer'an 
jirones  de  neblina  sobre  la  copa  de  los  álamos,  sobre  los  cenr  s  y 
sobre  el  rio. 

El  palanquero  vé  desfilar  este  cambio  de  luces  desde  lo  aJ  :o  d  í 
su  carro,  con  las  manos  sobre  la  palanca  y  la  vista  y  el  oido  aten- 
tos al  silbato  o  a  la  bandera. 

De  noche  el  corazón  palpita  al  divisar  allá  en  el  fondo  del  abis- 
mo el  farol  verde  o  rojo  que  se  ajita  a  la  orilla  de  la  via,  deteniendo 
la  maicLa  o  alentando  as#guirla. 

Jinete  de  un  pouo  de  hierro  verdaderamente  indómito,  el  palan- 
quero pasa  su  vida  aferrado  sobre  el  carro  de  carga,  volada  al 
viento  su  bufanda,  y  firme  los  pies  sobre  el  incierto  y  movible 
piso  que  le  sirve  de  sostei). 

¡Quién  no  los  ha  vistt ,  al  pasar  como  una  exhalación  el  tren 
misto,  parados  sobre  los  carros  y  haciendo  arriba  arriesgada^ 
pruebas  de  ajllidad  y  do  firmeza!  Son  hombres  de  acero,  insensi- 
Dles  al  frió,  al  sol,  al  viento,  al  hambre.  Se  ríen  del  convoi  como 
un  buen  jinete  se  ríe  de  su  caballo;  pero  tienen  a  sus  pies  nn 
r'*3tenar  de  ruedas  que  jiran,  en  tanto  que  el  jinete  al  caer  no 
tiene  mas  peligro  que  su  caida  misma. 

Juan  Lillo,  palanquero  del  tren  de  carga  número  27,  debia  tenr 
como  todos  los  palanqueros,  una  casita  de  tabla  a  la  orilla  del  ca- 
mino, con  un  cerco  de  colihues,  dentro  del  cual  rebalsa  un  jardií 
con  pelargonias,  cardenales  y  claveles.  Dentro  de  esa  casita  h; 
una  mnjer,  que  al  silbato  del  tren  que  se  aproxima,  sale  corrienco 
a  la  puerta  para  ajítar  su  pañuelo  y  saludar  al  amado  que  pasa  en 
su  puesto  de  combate. 

El  sueño  de  ese  hombre  condenado  a  eterno  movimiento,  debia 
ser  talvez,  permanecer  muchos  años  tranquilo  en  ese  casuchou  de 
tablas  blancas,  cuidando  su  jardín,  y  mirando  desde  allí  pasar  los 
convoyes,  llevando  sobre  los  carros  a  nuevos  herederos  de  ese 
puesto  de  sobresaltos  y  angustias. 

Pero  Lillo  cayó  undia  del  carro  y  quedó  despedazado  entre  las 
ruedas.  Muchos  trenes  han  pasado  por  fren*^ :!  a  la  casucha  del 


170 


cambiador,  y  otras  tantas  veces  ha  corrido  la  niux^hacha  hasta  la 
puerta  ansiosa  de  vista  y  anhelante  el  pecho. 

Y  cada  vez  que  suena  a  lo  lejos,  en  medio  de  la  noche,  el  silbato 
de  un  tren,  salta  la  infeliz  sobre  su  lecho  y  pone  el  oido  alerta 
porque  parece  que  alguien  la  hubiera  llamado  por  su  noanbie. . . 


i 


La  Cruz  de  \a  misión 


/\  ui¿N  te  ha  visto  y  quien  te  vé,  Totoral  de  mis  recuerdos! 
f  ■  I  Ayer  tan  solo  cada  hora  una  dilijencia  bajaba  envuelta 
1 1  I  en  polvo,al  galope  de  los  postillones,  cuesta  abajo  y  hacien- 
1 1^  do  retemblar  la  calle,  se  detenia  frente  al  portón  de  las  Ur- 
I  ^  bina.  Hoi,  no  bajan  de  la  cuesta  sino  los  aguiluchos  que 
tienden  en  la  tarde  su  pesado  vuelo,  y  se  remontan  lentamente  sin 
ajitar  las  alas. 

Los  rosales  blancos  han  clausurado  y  sellado  la  puerta  de  la 
neja  posada;  y  los  espinos  y  quiscos  de  los  cerros  vienen  bajando 
>  avanzando  hacia  la  aldea,  resueltos  a  conquistarse  el  suelo  que 
les  han  quitado. 

Todo  duerme  hoi  en  Totoral.  Las  viejas  Urbina  no  asoman  ja- 
mas a  la  calle  como  antes,  a  esperar  pasajeros.  Las  tapias  musgo- 
sas florecen  con  los  copos  amarillos  del  yuyo,  y  las  florecitas  de  las 
lechuguillas.  Duerme  la  derruida  parroquia  y  al  sueño  convida  su 
campanito;  duermen  los  sauces  a  la  orilla  del  estero,  y  duermen  sus 
calles  cubiertas  de  retoños  de  espino  que  nadie  combate. 

¡Quien  te  ha  visto  y  quien  te  vé!  Eras  alegre  y  risueña  como  es- 
tación de  tránsito  de  los  viajeros,  que  reposaban  sus  ruidosas  ca- 
balgatas en  tus  jardines  sombríos.  Eras  cariñosa  y  abrigada  como 


172 

un  claustro  de  monjes  hospitalarios.  Quien  cruzaba  tu  calle  ancha, 
florida  y  asoleada  como  el  sendero  de  un  parque,  se  llevaba  tres 
inolvidables  recuerdos  de  tus  encantos:  los  claveles  rojos  del  huer- 
to de  las  Urbina,  las  estriberas  talladas  del  maestro  Lorenzo,  y  la 
mirada  intensa  y  maliciosa  de  la  Rita. 

Pero  un  dia  el  ferrocarril  pasó  por  otra  parte,  lejos,  mui  lejos  del 
Totoral,  y  como  las  zanjas  hechas  en  la  tierra  se  llevan  la  hume- 
dad de  las  vegas,  asi  se  llevó  él  la  vida,  el  movimiento,  la  alegría  y 
el  comercio  de  la  vieja  aldea. 

Hl  primer  silbato  del  primer  convoi  que  se  oyó  a  la  distancia  co- 
mo un  jemido,  fué  para  Totoral  el  adiós  a  la  vida. 

Hí    fi    ^ 


Dos  hombres  cruzaban  todos  los  dias  la  calle  de  la  población,  3'' 
eran  los  amigos  de  todos.  Uno  joven,  vigoroso,  injénuo,  el  agua- 
dor Damián,  que  llegaba  cargado  de  barriles  silbando  alegremente 
sobre  su  manso  caballo  rabicano. 

El  otro,  maduro,  reconcentrado  y  oseo,  era  el  maestro  Lorenzo, 
el  de  las  estriberas  talladas,  que  bajaba  del  monte  la  leña  y  no  can- 
taba jamas. 

Ambos  se  querían  como  hermanos,  y  solamente  cuando  Rita  se 
interpuso  entre  ellos  comenzó  de  parte  de  éste  un  sordo  5' obstina- 
do rencor  para  aquél. 

El  cura  lo  dijo  un  dia:  Damián  es  como  un  valle  grande  donde 
si  pasa  una  nube  por  el  cielo,  no  quita  la  luz;  pero  Lorenzo  es  co- 
mo las  quebradas  hondas  donde  un  sólo  nubarrón  hace  creer  que 
ha  llegado  la  noche. 

Y  llegó.  Nadie  lo  supo,  sino  Rita,  y  ella  se  guardó  hasta  la 
muerte  su  secreto. 

Una  noche  Damián,  remontando  la  tapia  del  huerto  de  las  Ur- 
binas,  avanzaba  cauteloso  por  el  parrón,  y  los  círculos,  fajitas  y 
semi-círculos  de  la  luna  pasando  al  través  de  las  parras,  le  recorrían 
el  cuerpo  como  una  atigrada  y  movediza  vestidura.  Del  otro  estre- 
mo, desde  el  corredor  de  la  casa,  bajo,  aplastado,  donde  el  gran 
cántaro  de  greda  y  la  piedra  de  la  destiladera  dejaban  sentir  como 


un  péndulo  las  gotas  isócronas,  se  acercaba  Rita  con  una  mano 
hacia  adelante  medrosa  y  temblando. 

Mientras  el  eterno  dúo  a  la  luz  de  la  luna  se  desarrollaba  dulce- 
mente y  los  dos  muchachos  se  hacian  ptomesas  de  felicidad  futura, 
Rita  sintió  un  pequeño  rumor  de  ramas  aplastadas  y  vio  una  som- 
bra que  se  e^curria  cerca  de  la  muralla. 

¿Quién  era?  Ella  lo  suponía:  Lorenzo  que  por  una  inesplicable 
obcecación  siempre  se  habia  creido  engañado  por  Rita  y  espiaba 
en  todas  partes  sus  encuentros  con  Damián. 

La  muchacha  calló  el  descubrimiento  para  no  alterar  la  aparente 
amistad  que  habia  entre  los  dos  hombres.  Y  esa  noche  al  despe- 
dirse, llena  de  presentimientos  siniestros,  rezó  mucho  a  la  Vírjen 
del  Perpetuo  Socorro  alzada  en  la  cabecera  de  su  lecho. 

Damián  que  cada  mañana  y  cada  tarde  entraba  a  k  calle  con  sus 
barriles  llenos  de  agua,  desapareció  poco  después.  ¿Qué  fué  de  él? 
Nadie  lo  sabia. 

Desesperado  de  ese  eterno  sueño,  remontó  la  cuesta  y  corrió  a 
enrolarse  como  soldado  para  pelear  en  la  revolución.  ¿Fué  asesi- 
nado en  el  monte  y  su  cadáver  puesto  bajo  tierra? 

El  hecho  es  que  no  volvió  jamas  a  recorrer  el  hundido  parrón,  y 
el  tiempo,  y  el  silencio  y  el  sueño  de  esta  aldea,  envolvieron  la  de- 
saparición del  joven  aguador  en  una  misteriosa  red  de  conjeturas 
y  dudas. 

Algunos  meses  después  Lorenzo  partió  en  un  enganche  de  re- 
clutas para  el  norte. 

Si  las  lágrimas  de  la  muchacha  hubieran  tenido  el  poder  májico 
(le  hacer  revivir  todo  lo  muerto,  ya  seria  esa  aldea  la  primera  fac- 
toría del  mundo. 

— He  huido  del  Totoral — decia  el  cura — porque  me  habia  enve- 
jecido el  alma  ese  espectáculo  de  una  población  siempre  dormida 
y  de  una  mujer  siempre  llorando. 

Mí    tlí    » 

Durante  nueve  dias,  al  caer  la  tarde,  esas  tardes  de  campo,  lán- 
guidas, llenas  de  misterio  y  de  tristeza,  la  campana  del  fundo 
cercano  ha  llamado  a  los  habitantes  del  Totoral  a  la  «misión».  En 


174 

\afy  cmdades  los  hombres  pueden  romper  la  vida  material  y   ruda 

del  trabajo  para  volar  un  instante  al  descanso  del  espíritu  en  los 
teatros,  ias  iglesias,  las  lecturas  del  gabinete.  Pero  en  los  campos  I 
Allí  el  hombre  es  un  autómata,  sale  el  sol  y  ya  está  inclinado 
sobre  la  tierra  cultivándola;  resbalan  los  rayos  en  sus  espaldas  ar- 
dientes y  las  sombras  se  alargan  y  se  acortan  y  vuelven  a  alargarse 
y  a  invadirlo  todo,  y  el  hombre  sigue  descargando  el  azadón  como 
un  péndulo  que  no  se  cansa  nunca  de  oscilar,  y  esto,  un  dia  y  el 
que  sigue,  y  un  mes  y  otro  mes,  durante  años  y  muchos  años. 

La  misión  llega  allí  reclamando  la  hora  del  espíritu,  «la  hora  de 
la  conciencia »,  y  los  hombres  salen  a  la  tarde  de  los  ranchos,  y 
llegan  por  las  alamedas,  de  todos  puntos  a  las  casas  del  fundo 
donde  se  levanta  la  torrecita  de  la  capilla  entre  unos  álamos  pun- 
tiagudos y  sombríos. 

La  capilla  es  como  todas.  Ha  sido  un  granero  disfrazado  a  fuer- 
za de  injenio,  de  trabajo.  Se  ven  las  vigas  recortadas,  se  adivina  al 
través  del  flamante  blanqueo,  las  húmedas  y  tierrosas  paredes  de 
antes.  Una  Vírjen  del  Carmen  que  tiene  historia,  a  la  cual  se  le 
prenden  velas  en  las  noches  de  invierno,  con  vestido  de  raso  azul 
orlado  con  galones  de  oro  y  cabellera  natural,  se  alza  en  el  único 
altar,  allá  en  el  fondo,  donde  se  sientan  los  patrones.  En  el  otro 
estremo  está  el  órgano  viejo  de  manubrio,  con  sus  flautas  de  latón 
abolladas,  que  chillan  a  duras  penas  una  salmodia  estraña. 

Durante  nueve  dias  se  han  reunido  allí  los  hombres  y  las  muje- 
res de  los  alrededores  a  oir  la  voz  de  los  misioneros  que  les  traen 
consuelos  luminosos  y  palabras  alentadoras,  que  les  recuerdan  que 
no  son  solo  máquinas  de  trabajo  y  les  levantan  con  enerjias  inspi- 
radas de  los  vicios  de  raza. 

Tocan  a  su  fin  las  misiones.  Los  muros  de  la  capilla  han  tem- 
blado nmchas  veces  con  el  rumor  desacorde  del  «^Ven  a  nuestras 
almas»  y  del  «Perdón-;  sobre  los  disparejos  y  gastados  ladrillos 
han  caido  gruesas  lágrimas  que  han  brotado  de  corazones  secos  3- 
olvidados,  de  ojos  pacientes  y  sin  luz,  como  los  del  buei,  de  rostros 
curtidos  por  el  polvo,  el  sudor  del  trabajo  y  el  sol  inclemente  de 
los  campos.  Se  ha  contado  allí  la  paradoja  del  hijo  pródigo  con 
ternura  inmensa,  con  elocuencia  sencilla  y  poderosa,  con  colores 
que  avasallan  y  cautivan.  Y  los  últimos  dias  la  oración  ha  resonado 


'75 

temblorosa  como  un  clamoreo  suplicante  que  sale  de  corazones 
queresncitan,  de  espíritus  que  se  despiertan,  de  intelijencias  que 
clarean  con  auroras  nuevas. 

Los  misioneros  tienen  acomodado  ya  el  equipstje.  Se  van  a 
marchar  a  otros  puntos  donde  los  reclaman,  y  la  misión  está  pró- 
xima a  su  fin.  Las  mujeres  y  los  hombres  han  llenado  sus  almas 
de  resignación  y  de  consuelos,  como  llenan  los  rincones  de  sus 
ranchos  de  provisiones  y  leña  para  el  invierno. 

¿Qué  queda?  ¿Qué  recuerdo  les  dejará  la  misión  en  medio  de  los 
campos  una  vez  que  levantadas  las  tiendas  y  los  pabellones  de  sus 
armas,  los  misioneros  se  alejen  talvez  para  no  volver  en  muchos 
años? 

^    ^    ii 

Queda  algo,  sencillo,  tierno  y  solemne  a  la  vez;  la  procesión  del 
último  dia,  que  colocará  la  cruz  de  la  misión  como  un  monumento 
y  un  recuerdo. 

¿Quién  no  ha  visto  esas  cruces?  Se  levantan  a  la  orilla  de  un 
camino,  sobre  un  hoyo  de  ladrillos,  rodeadas  con  una  verja  de 
madera;  siempre  hai  a  su  lado  huellas  de  cariño,  de  afección.  Una 
mata  de  cardenales  sube  un  poco  sus  hojas  verde  oscuro  y  sus 
flores  encamadas  sobre  el  pie;  y  un  farolillo  con  los  vidrios  rotos 
dá  albergue  a  un  candil  de  sebo  que  se  renueva  noche  a  noche. 
Hai  en  ella  algo  que  entristece  talvez  porque  recuerdan  que  han 
pasado  por  allí  mismo  médicos  para  curar  las  enfermedades  del 
alma;  y  los  pobres  han  vuelto  a  caer  al  peso  de  leyes  de  raza  y  de 
la  eterna  frajilidad  del  hombre.  Las  cruces  de  madera,  raquíticas, 
hechas  de  dos  listones  de  álamo,  resisten  allí  el  sol  de  muchos 
veranos,  las  lluvias  de  muchos  inviernos  y  la  intemperie  de  muchos 
años! 

El  sétimo  dia,  como  dia  de  despedidas  es  triste:  casi  siempre 
le  acompaña  el  cielo,  porque  se  nubla,  y  el  aire,  porque  sopla  pe- 
netrante, frió,  como  vientos  de  chubascos  de  verano.  En  la  torre- 
cita  de  la  capilla,  flamea  una  bandera  nacional;  cerca  de  su  puerta 
atravesando  el  camino,  se  levanta  un  arco  con  ramas  verdes  de 
maiten:  es  el  homenaje  del  fundo.   Después   siguen  los  arcos  mas 


170 

pobres,  frente  a  las  posesiones  de  los  inquiliuos,  formados  con 
varillas  tiernas  de  mimbre  y  canastillos  de  papel  de  color.  A  las 
puertas  de  las  viviendas,  entre  los  troncos  de  los  álamos,  han 
colocado  mesitas  con  todos  los  santos  de  la  casa  y  virjenes  de 
bulto  con  el  rostro  gastado  como  las  monedas  viejas;  imájenes 
antiguas  pegadas  en  el  fondo  de  una  caja  de  vidrios  con  ñores  de 
cera  o  de  trapo,  y  crucifijos  de  madera  comprados  años  atias  a  un 
<  falte»,  que  pasó  por  allí  como  un  ser  estraordinario. 

En  el  fondo  de  la  alameda,  donde  suelen  aparecer  de  tarde  en 
tarde  las  grandes  carretas  *llenas  de  paja,  surje  una  aparición 
nueva  que  avanza  entre  los  árbol^s  con  lenta  y  majestuosa  solem- 
nidad. Se  siente  el  ruido  alternado  de  las  campanillas,  el  rumor  de 
los  cantos,  el  roce  de  las  ojotas  sobre  el  suelo.  Y  adelantan  las 
dos  filas  con  velas  metidas  en  trozos  de  cañas  y  adornadas  con 
tiritas  de  papel  y  cmtas  de  color. 

Las  dos  filas  de  luces  culebrean  debajo  de  los  árboles,  los  cantos 
se  entrecortan  con  el  viento;  y  aquella  procesión  humilde  pero 
tierna  y  piadosa  se  alarga  sobre  el  suelo  húmedo  y  blando  que 
comienzan  a  cubrir  las  primeras  hojas  secas  de  la  estación. 

Las  ráfagas  de  viento  soplan  de  cuando  en  cuando  heladas  y 
cortantes,  desviando  las  Uamitas  de  las  velas,  ájitando  los  recortes 
de  papel  de  los  arcos,  los  ponchos  listados  de  los  huasos. 

Dos  o  tres  andas  improvisadas  van  en  el  medio,  llenas  de  flores, 
ramas  y  luces.  Sobre  angarillas  de  tabla  blanca  se  han  colocado 
las  imájenes  de  bulto  de  la  capilla,  tapando  la  madera  con  hojas  de 
yedra  y  niaiten,  y  adornando  el  resto  con  dalias,  azucenas  rosadas 
y  flores  blancas. 

Todo  aquel  grupo  lleno  de  piedad  y  de  fé,  recorre  los  largos  ca- 
minos regados  por  el  sudor  del  trabajo,  sembrados  de  crucesitas  y 
farolillos  que  recuerdan  los  asesinatos  allí  cometidos,  las  barbaries 
la  embriaguez  y  las  locuras  del  vicio. 

Todo  Totoral  ha  despertado  esa  tarde,  corriendo  a  juntar  sus 
jentes  a  los  campesinos  que  vienen  desde  lejos,  remontando  la 
cuesta  o  vadeando  el  rio.  También  han  corrido  los  soldados,  los 
que  han  vuelto,  que  son  pocos,  de  la  guerra  fratricida.  Lorenzo, 
mas  viejo,  mas  triste,  mas  apagado,  ha  sido  arrastrado  1  imbieu  por 
ese  movimiento  natural.  Y  el  olor  de  las  ramas  verdes,  del  maiten 


177 

y  de  la  yedra  pisoteada,  del  arrayan  y  del  cedrón,  de  las  azucenas 
Y  de  las  congonas,  de  los  cirios  ardiendo  y  del  incienso,  des- 
piertan en  sus  dormidas  conciencias  el  recuerdo  de  la  juventud  3'a 
muerta. 

Por  fin  se  ha  llegado  a  una  loma  árida  y  amarillenta  donde  se 
levantan  las  doradas  varitas  de  la  teatina,  interrumpidas  por  las 
espinas  secas  y  plomizas,  inclinadas  todas  en  una  misma  dirección 
como  si  fueran  peregrinos  que  escalan  el  cerro  aferrándose  con  las 
raices  nudosas  y  las  ramas  espinudas. 

Allí  se  detienen.  Las  filas  se  deshacen,  agrupándose  todas  al  re- 
dedor de  una  reja  que  espera  impaciente  la  cruz  que  le  hará  com- 
pañía. 

Uno  de  los  misioneros  se  acerca  en  ademan  de  hablar.  Es  la  des- 
pedida, una  despedida  llena  de  consejos  tiernos,  de  ideas  tristes,  de 
consoladores  pensamientos.  Es  una  presentación  de  esa  cruz  que 
quedará  allí,  en  la  loma  solitaria,  para  que  la  vean  todos  desde  el 
llano  y  recuerden  la  misión. 

Mí    Mí    Mí 

La  voz  del  misionero  se  levanta  al  principio  temblorosa,  inse- 
gura. Pero  cuando  tiende  la  vista  sobre  el  lomaje  amarillento,  so- 
bre las  líneas  de  boldos  que  parecen  inclinarse  también  relijiosa- 
inente,  sobre  esos  hombres  y  mujeres  que  abren  los  ojos  llorosos  y 
se  muestran  sedientos  de  verdad,  su  espíritu  de  creyente,  de  ora- 
dor y  de  artista  se  enciende,  sus  labios  enrojecen,  los  ojos  brillan 
con  nueva  luz,  y  las  palabras  salen  esta  vez  candentes  y  lumino- 
sas, ruedan  sobre  los  cerros  y  van  a  perderse  a  lo  lejos  de  montaña 
en  montaña  como  un  llamado  de  la  vida  a  la  muerte. 

¡Qué  hermosa  tarde!  Los  cirios  arden  y  chisporrotean.  Los  in- 
censarios se  mueven  oscilando  con  lentitud.  El  olor  del  arrayan 
inunda  en  oleadas  de  perfume.  Y  allá  desde  el  llano  sube  como 
una  plegaria  la  salmodia  de  los  campos,  la  diana  del  crepúsculo 
combinada  por  sapos  y  grillos  desde  los  bordes  del  estero.  Loren- 
zo recuerda  de  un  golpe  su  vida  entera,  su  juventud  de  trabajo,  su 
virilidad  encendida  por  el  desgraciado  amor  a  Rita,  .su  vida  de  sol- 
dado, las  bataUq<i.   las  alegrias   del   campamento,   las  mujeres,  las 


T7B 

pendencUts,  el  vicio,  Pero  en  medio  de  todo  esto  que  baila  ante  su 
%'ista  en  confusa  sarabauda,  se  destaca  Damián,  suplicante,  arrodi- 
llado en  el  fondo  del  pozo  donde  fué  llevTido  por  engaño  para  bus- 
car una  mina  que  habla  de  enriquecerlo.. . 

— Hermanos — grita  el  sacerdote — aquí  va  a  alzarse  la  cruz  re- 
dentora donde  espiró  Cristo  por  vosotros.  Ella  abrirá  sus  brazos  y 
presidirá  vuestra  vida  de  la  no- 
^i...  a  !»«»»..«»  '^•^i- mañana 
uestras 
perdo- 
estras 


que  seahoga.quie- 

re  apartar  esa  imájen  de  sant^  y  recliaza  con  unamano,  como  a 
una  invisible  sombra  que  se  le  acercara.  Allí  mui  cerca,  bajo  ese 
boldo  que  se  mueve  con  el  viento,  está  sepultado  Damián  y  segu- 
ramente sus  manos  descamadas  se  habrán  inmovilizado  crispadas 
hada  arriba  como  deteniendo  la  tierra  y  los  guijarros  que  él 
derrumbara  en  esa  hora  sangrienta  de  odios  y  de  venganza». 

— Es  una  hora  solemne — esclamó  el  misionero— y  quisiera  que 
el  sol  detuviera  su  curso  antes  de  sepultarse  í»  el  ocaso,  que  el 


179 

viento  se  parara  antes  de  pasar,  que  vuestra  respiración  se  contu- 
viera y  nada  en  la  naturaleza  vibrara.  Es  la  hora  en  que  Cristo  dejó 
caer  sobre  el  pecho  la  divina  cabeza  y  dijo  en  un  suspiro  de  dolor 
y  de  angustia:  {Todo  ha  concluido! 

Lorenzo  dejó  escapar  una  queja  ronca  y  lastimera.  £1  no  era  un 
infame,  no  era  un  criminal.  Fué  la  rabia,  el  odio,  los  celos,  fué  otro 
hombre  dentro  de  sí  mismo  que  esa  noche  horrible  arrastró  por 
engaño  al  aguador  y  le  abrió  traidora  tumba  en  esa  cumbre.  ¿Cómo 
ha  vuelto  a  llegar  hasta  allí?  Es  Dios  que  ha  ordenado  sus  pasos, 
que  ha  conducido  sus  misioneros,  que  ha  querido  escojer  el  dia 
de  sus  iras?  Lorenzo  llegaba  del  norte,  bajaba  con  otros  la  cuesta 
cargados  con  el  escaso  bagaje;  sonaba  la  campana  de  la  capilla;  la 
procesión  pasaba  culebreando  por  el  camino  y  ellos  sin  saber  có- 
mo se  enrolaban  en  sus  filas.  Y  allí  estaba,  al  lado,  a  un  paso  de 
su  víctima,  que  en  ese  momento  debia  clamar  venganza. 

— Arrodillaos  ..  prorrumpía  el  inspirado  sacerdote — arrodillaos 
pecadores  y  unid  vuestro  duelo  al  de  la  naturaleza  El  sol  se  ha  ocul- 
tado; el  dia  ha  muerto.  El  sacrificio  se  ha  consumado.  Queda  sobre 
la  cruz  el  cuerpo  inanimado  del  Redentor;  a  sus  pies  las  santas 
mujeres  que  lloran  y  mas  lejos  la  muchedumbre  indiferente  de  los 
reprobos,  de  los  hipócritas,  délos  ambiciosos,  de  los  sensuales,  de 
los  pecadores  como  vosotros. 

Lorenzo  jime,  pero  jime  débilmente.  Un  instante  ha  querido  dar- 
se golpes  de  pecho,  después,  a  imitación  de  otros,  ha  estendido  los 
brazos  en  cruz,  ptro  luego  los  ha  dejado  caer  como  muertos  a  lo 
largo  del  cuerpo. 

En  ese  instante  la  cruz  se  levanta  y  el  sacerdote  avanza  hacia  el 
lugar  donde  va  a  ser  clavada.  Un  grito  ahogado  se  siente  en  me- 
dio de  los  jenerales  sollozos.  Es  Lorenzo  que  mira  con  los  ojos 
desmesuradamente  abiertos,  cómo  ha  caido  el  santo  signo  sobre  la 
fosa  misma  donde  está  la  víctima  de  su  crimen. 

— ¡Adiós,  santa  Cruz! — sigue  el  misionero — vamos  empujados 
por  el  deber  a  otras  tierras.  Aquí  os  dejamos  sobre  estas  monta- 
ñas, ^1  medio  de  estos  campos,  como  un  recuerdo  de  la  santa 
palabra  enseriada,  de  vuestra  sublime  doctrina  predicada,  de 
vuestro  infinito  perdón  concedido.  ¿Veis?  Es  Cristo  que  llega,  es 
él  que  afirma  los  brazos  sobre  este  leño  inmóvil.   Es   él  que  clava 


1 8o 

de  nuevo  sus  piernas.  Es  su  cabeza  coronada  de  espinas  que  se 
apoya;  es  su  cuerpo  que  viene  a  ocupar  el  instrumento  de  su  sa- 
crificio. 

Lorenzo  ha  avanzado  de  rodillas,  con  los  labios  abiertos;  y  rese- 
cos, la  respiración  anhelante.  Ya  los  ojos  de  todos  se  posan  sobre 
él,  y  Rita,  con  el  pañuelo  sobre  los  ojos,  solloza  amargamente. . . 
como  siempre.  El  no  vé  a  Cristo,  nó;  pero  un  sopor,  una  sombra* 
algo  que  no  sabe,  que  no  comprende,  pero  que  es  algo,  sube  de  la 
tierra  a  lo  largo  de  la  cruz  y  va  formando  la  silueta  de  un  hombre 
ensangrentado,  que  se  toma  de  los  brazos  de  madera  como  para 
escapar  del  suelo  que  lo  sujeta. 

Lorenzo  se  arrastra  aun  mas.  Ahora  la  alucinación  toma  la 
exacta  precisión  de  la  realidad.  Un  hombre  desnudo,  lleno  de 
sangre,  su  víctima,  se  alarga  desde  la  tierra  y  cuelga  sobre  uno  de 
los  brazos  de  madera,  su  cabeza  llena  de  tierra  y  de  heridas. 

Un  nuevo  grito  se  alza,  y  un  hombre  corre  hasta  los  pies  del 
misionero. 

— ¡Padre!  jPadrel  Soi  yo,  Lorenzo  Rejres,  el  asesino  de  Damián, 
el  aguador!  Soi  yol  Soi  yo!  Y  un  ronco  estallido  de  sollozos  y 
gritos  inarticulados  lo  hace  caer.  Y  luego  de  nuevo  se  oye  su  voz 
que  grita:  ¡Perdón!  ¡Perdón! 

Entonces,  en  medio  del  recojimiento  una  sola  respiración  se 
siente,  y  los  roncos  clamores  de  un  viejo  canto  de  las  misiones 
se  levantan  como  una  súplica:  Perdón,  oh  Dios  mió! 

Cuando  las  últimas  notas  mueren  en  las  gargantas,  el  misionero* 
se  adelanta,  y  alza  a  Lorenzo  del  suelo  donde  ha  caido: 

— Hermanos — dice — hal)eis  oido  la  confesión  de  este  hombre. 
La  justicia  divina  lo  absuelve  por  las  manos  del  último  de  sus 
siervos;  pero  la  justicia  humana  no  lo  ha  perdonado  aun.  Guardad 
este  secreto  como  yo,  sacerdote  del  Señor,  debo  guardarlo.  ¡Qué 
jamas  se  hable  de  este  hombre!  ¡Qué  jamas  se  vuelva  a  recordar 
este  delito! 

Y  como  la  cruz  ya  estaba  fija,  todo  el  mundo  se  puso  de  pié  con 
un  dedo  sobre  los  labios.  La  tarde  caia,  el  sol  se  habia  ocultado,  y 
las  notas  de  la  campanita  de  la  iglesia  se  lanzaron  al  aire  tranquilo 
como  palomas  blancas  hacia  el  horizonte. 

Por  todos  lados,  entre  las  teatinas  que  rompían  las  jen  tes,  hom- 


iSi 

bres  y  mujeres,  viejos  y  niños,  bajaban  en  silencio,  y  la  enerjia  de 
su  juramento  y  de  su  secreto  los  hacia  llevar  todavia  un  dedo 
sobre  los  labios. 

Dos  voladores  subieron  desde  la  aldea  y  estallaron  en  los  ai- 
res. 

fi    fi    ^ 

Jamas  ha  vuelto  en  el  Totoral  a  hablarse  del  aguador,  y  cuando 
un  niño  nombra  a  Lorenzo  o  recuerda  la  tarde  de  la  despedida, 
todo  el  mundo  dice: 

/  C/tt// 

Y  se  hace  un  silencio  solemne  y  largo,  como  si  en  ese  momento 
cruzara  sobre  ellos  un  ánjel  invisible. 


\Í7     a7 


UILLñRROEL 


(Elf  JENERAL,  DINAMITA) 


EN  una  humilde  casa  de  Santiago,  pobre,  olvidado,  dolorido, 
acaba  de  morir  un  héroe  popular,  Arturo  Villarroel,  a  quien 
los  soldados  del  79  y  después  sus  hijos  han  llamado  el  «^Je- 
neral  Dinamita». 
Nacido  sobre  el  mar  en  la  bodega  de  una  balandra  que 
ajilaban  las  olas;  aventurero  infatigable,  que  recoirió  todo  el 
mundo;  especie  de  soñador  y  de  loco,  lleno  de  nobleza  y  de  cora- 
zonadas; caballero  andante  mientras  hubo  paz;  soldado  de  la 
vanguardia  sin  sujeción  a  bandera  ni  a  disciplina  cuando  hubo 
guerra;  que  marchaba  tomado  del  brazo  de  la  muerte  como  qAq- 
K^e  caraarada;  y  cortaba,  como  dijo  Vicuña  Mackenna,  los  alam- 
bres de  las  minas  a  la  vista  del  enemigo,  como  el  que  receje 
lechugas  para  su  almuerzo:  Arturo  Villarroel  ha  venido  a  morir,  a 
solas  con  sus  males,  entre  cuatro  paredes  desnudas,  donde  no 
ardia  un  puñado  de  carbones  para  entibiar  la  helada  noche  de  in- 
vierno, prisionero  en  un  lecho  menguado,  echando  de  menos  hasta 
para  morir  la  libertad  del  desierto,  y  sintiéndose  impotente  como 
un  cóndor  que  agoniza  en  la  jaula  de  un  jardin  zoolójico. 


UILLñRROEL 


(El*  JENERAI,  dinamita) 


EN  una  humilde  casa  de  Santiago,  pobre,  olvidado,  dolorido, 
acaba  de  morir  un  héroe  popular,  Arturo  Villarroel,  a  quien 
los  soldados  del  79  y  después  sus  hijos  han  llamado  el  *Je- 
neral  Dinamita». 

Nacido  sobre  el  mar  en  la  bodega  de  una  balandra  que 
ajitaban  las  olas;  aventurero  infatigable,  que  recoirió  todo  el 
mundo;  especie  de  soñador  y  de  loco,  lleno  de  nobleza  y  de  cora- 
zonadas; caballero  andante  mientras  hubo  paz;  soldado  de  la 
vanguardia  sin  sujeción  abandera  ni  a  disciplina  cuando  hubo 
guerra;  que  marchaba  tomado  del  brazo  de  la  muerte  como  ale- 
gre camarada;  y  cortaba,  como  elijo  Vicuña  Mackenna,  los  alam- 
bres de  las  minas  a  la  vista  del  enemigo,  como  el  que  recoje 
lechugas  para  su  almuerzo:  Arturo  Villarroel  ha  venido  a  morir,  a 
solas  con  sus  males,  entre  cuatro  paredes  desnudas,  donde  no 
ardia  un  puñado  de  carbones  para  entibiar  la  helada  noche  de  in- 
vierno, prisionero  en  un  lecho  menguado,  echando  de  menos  hasta 
para  morir  la  libertad  del  desierto,  y  sintiéndose  impotente  como 
un  cóndor  que  agoniza  en  la  jaula  de  un  jardin  zoolójico. 


Hai  soldados  y  héroes  oficiales  que  son  los  nombrados  por 
decreto  de  los  Gobiernos;  hai  otros  videntes^  inspirados  que  pare- 
cen mensajeros  de  la  Providencia;  otros  serenos  y  frios  que  obran 
con  el  cerebro  y  rinden  la  vida  en  cumplimiento  de  un  deber;  y 
hai  otros  para  los  cuales  se  enciende  súbitamente  el  patriotismo 
como  el  amor;  y  espontáneos,  libres  e  indómitos  buscan  el  peligi'o 
tal  vez  siguiendo  aquella  leí  de  la  muerte  y  del  amor  simbolizada 
en  el  verso  de  Leopardi: 

Un  desiderio  di  morir  si  senU 


O    O    O 


De  éstos  era  Arturo  Villarroel,  nacido  el  año  36  sobre  el  mar, 
en  un  dia  de  temporal  borrascoso,  hijo  de  un  maderero  de  Chiloé 
y  de  una  señora  Garenzon,  descendiente  de  yankee  y  de  arjentina. 
Su  madre  era  cualquera  y  los  principios  de  su  relijion  le  fueron 
infiltrados  con  la  tenacidad  de  un  fanático.  Su  vida  fué  mas  tarde 
prolongación  de  aquel  temporal  y  de  este  fanatismo  ciego:  mezcla 
de  dos  razas,  injerto  de  marino,  de  soldado,  de  corsario  y  de  bri- 
gante. 

Aprendió  el  ingles  y  el  francés  como  su  idioma  patrio,  y  las 
vicisitudes  de  la  revolución  del  5 1  lo  arrojaron  con  su  padre  a  Lima. 
Allí  el  muchacho  de  12  años  fué  colocado  en  un  colejio  y  recorrió 
como  niño  lo  que  treinta  años  mas  tarde  iba  a  batir  como  sol- 
dado. 

Pasado  a  Guayaquil,  fué  herido  a  los  trece  años  por  una  bomba 
sobre  la  cubierta  de  una  nave  de  la  descabellada  espedicion  del 
jeneral  Flores.  De  allí  se  dirijió  a  Cantón,  acompañando  a  un  rico 
peruano  que  iba  a  contratar  operarios  chinos  para  sus  faenas.  Re- 
gresó a  Estados  Unidos,  pasó  a  Europa  y  volvió  nuevamente  a 
la  tierra  de  su  abuelo.  Siempre  aventurero,  viajaba  de  guerra  o  de 
favor,  servia  en  todas  las  profesiones,  hablaba  todos  los  idiomas 
desafiaba  todos  los  peligros.  En  Vera-Cruz  lo  batió  la  fiebre  ama- 
rilla, fué  desembarcado  moribundo  en  Pernambuco.   Hastiado  del 


185 

mar,  deseaba  cotno  otro  aventurero,  dormir  bajo  un  árbol  de  la 
tierra  natal  un  sueño  profundo.  Llegó  a  Chile,  pero  cu  espíritu  lo 
hizo  moverse  pronto  y  fué  nuevamente  al  Perú.  Allí  ce  internó 
lr.sta  la  frontera  del  Brasil,  buscando  minas  de  oro  que  huian  a 
su  paso  como  una  lejana  promesa  de  fortuna. 

Kn  esta  jomada  de  esplorador,  llegó  a  Tucuman,  de  donde 
comenzó  a  pasar  arreos  de  ganados  a  Tarapacá,  a  Arica  y  a  Are- 
quipa. 

En  1861  vuelve  a  Santiago,  vive  en  la  calle  de  San  Pablo,  se 
confunde  en  el  mar  de  la  vulgaridad  y  del  prosaismo,  y  enseña  los 
idiomas  que  aprendió  en  sus  largas  correrlas. 

En  los  incendios  de  la  Compañia  y  del  Municipal,  se  muestra 
por  primera  vez  Villarroel  como  el  amigo  de  la  muerte.  Salvando 
víctimas  cae  entre  las  ruinas,  y  vuelve  incansable  al  peligro. 

Mas  tarde,  su  afán  de  viajes  lo  lleva  por  cuarta  vez  a  Estados 
Unidos.  Alii  representa  al  pais  como  ájente  de  la  esposicion  inter- 
nacionaL  Siempre  sin  ganar  sueldos,  viviendo  de  aventuras,  de 
ocurrencias,  de  injenio. 

jPor  fín  llega  la  guerra! 

Villarroel  aparece  en  los  campamentos,  como  una  visión  de  la 
camanchaca — dice  Vicuña  Mackenna. — No  se  alista  como  soldado. 
Es  mensajero,  esplorador,  avanzada,  tentáculo  que  llega  hasta  el 
enemigo.  Un  dia  lo  toman  de  un  brazo  y  en  medio  del  humo  y  de 
la  batalla,  lo  hacen  capitán  de  pontoneros.  Siempre  «ad-honorem», 
siempre  por  la  gloria. 

Debió  reproducirse  el  mismo  diálogo  que  tuvo  lugar  entre  el 
gran  Rei  y  su  soldado: 

^ean  Bart,  je  vous  ai  fait  chef  d'escadre. 

— Sire,  vous  avez  bien  fait! 

000 


Desde  ese  momento  Villarroel  comienza  su  carrera.  Hasta  en- 
tonces ha  estado  desarrollando  sólo  sus  cualidades. 

Al  frente  de  una  partida  de  asiáticos  se  avanza  por  los  caminos, 
consttuye  estanques  para  el  agua,  hace  adelantar  las  provisiones, 


iS6 

descubre  las  minas  subterráneas,  hace  volar  las  que  no  logra  des- 
terrar, y  su  marcha  es  un  solo  estampido  glorioso  y  audaz. 

Vuelve  a  Santiago  en  la  Intendencia  Jeneral  a  cargo  de  la 
sección  de  fuego  y  esplosivos:  regresa  con  la  dinamita,  y  aparece 
de  nuevo  en  acción  en  Arica.  Allí  fué  nombrado  guia  de  la  primera 
división  y  comenzó  la  atrevida  marcha  de  Pisco  a  Lurin.  Quién 
liabia  andado  tantas  leguas  llevado  por  su  impulso  ¡cómo  andaria 
estas  cincuenta  aguijoneado  por  el  patriotismo! 

En  Lurin  dio  cuenta  de  sus  trabajos  y  fué  felicitado  por  don 
José  Francisco  Vergara,  que  admiraba  este  ciudadano-soldado,  este 
loco -héroe. 

Delante  de  la  división  Lynch  fué  cuando  Villarroel  ganó  ante  el 
inieblo  y  el  Ejército  el  guerrero  título  de  jeneral  Dinamita.  El 
coronel  Lagos  recibió  de  sus  manos  435  bombas,  tarros  y  torpedos 
que  desenterró  en  el  Morro  Solar  y  el  Salto  del  Fraile. 

Pero  aun  faltaba  Miraflores,  donde  las  minas  no  eran  automáti- 
cas, sino  manejadas  a  distancia  por  la  chispa  eléctrica.  Y  allí  se  vio 
este  humilde,  abnegado  y  heroico  chileno,  fumando  serenamente 
su  cigarrillo,  deslizarse  por  pendientes  atrevidas,  y  en  medio  de 
una  granizada  de  balas  cortar  con  un  cor\'o  los  alambre,  como 
quien  siega  en  medio  del  campo  las  espigas. 

Allí  fué  primero  herido  en  el  talón,  y  después  pescado  por  una 
de  esas  máquinas  infernales.  Mas  tarde  persiguiendo  su  tarea  de  a 
caballo,  cayó  éste  y  el  jeneral  Dinamita  perdió  una  pierna  destro- 
zada por  la  esplosion. 

000 

Cuando  en  medio  de  una  nube  de  flores  llegaba  el  Ejército 
triunfador  entre  las  filas  de  los  soldados  tostados,  el  pueblo  vio 
pasar  un  cojo  que  hacia  resonar  sus  muletas  en  medio  de  las  mar- 
chas militares.  Allí  fué  aclamado  y  desde  entonces  recibió  los  ga- 
lones que  nunca  tuvo! 

Pobre  Villarroel.  Ha  muerto  tan  solo! 

A  la.5  dos  de  la  madrugada,  cuando  el  candil  st:  apagaba  y  unas 
pocas  oraciones  masculladas  en  silencio  en  un  rincón  de  la  pieza 
se  elevaban  por  su  alma,  juntó  los  ojos  >  descansó. 


i87 

Caiga  sobre  su  tumba  las  violetas  que  son  símbolo  humilde»  de 
un  humilde  guerrero. 

Y  cuando  pase  su  cortejo  sencillo  por  las  calles,  que  se  descubra 
y  salude  esta  juventud  raquítica  de  hoi  dia,  que  miente  escusas 
pueriles  para  no  cumplir  la  lei,  que  se  avergüenza  de  la  casaca  del 
soldado  y  se  resiste  a  ir  a  los  cuarteles,  burlándose  alegremente  de 
la  patria  detras  del  papel  sellado  de  los  tinterillos! 


^  M 


SOL  Y  SOmBRñS 


EN  los  dias  26  y  27  de  estemes  de  junio  en  1 881,  y  en  losprime» 
ros  de  julio  de  1882;  ocurrieron  en  Sangra  y  en  la  Concepción, 
dos  acciones  heroicas  mui  semejantes,  en  que  una  guarnición 
chilena  se  batió  durante  muchas  horas  con  fuerzas  enemigas 
treinta  o  cuarenta  veces  superiores,  hasta  que  el  último  solda- 
do cayó  sin  vida  sobre  los  escombros  humeantes. 

Contar  una  de  estas  acciones,  es  contar  la  otra.  Solamente  que 
de  Sangra  aun  hai  voces  que  pueden  hablar:  el  capitán  Araneda 
que  dirijió  sus  soldados  a  ese  combate  glorioso,  sirve  hoi  en  el 
Congreso  un  puesto  de  edecán  y  es  mudo  testigo  de  la  trasforma- 
cion  de  los  chilenos  que  se  dejaban  matar  hace  treinta  años  por  la 
patria,  y  que  hoi  al  asaltar  con  denuedo  las  arcas  fiscales  no  se  de- 
jarían cortar  un  dedo  sin  hacerse  pagar  cada  gota  de  sangre  con  una 
libra  esterlina. 

En  cambio  sobre  el  combate  de  la  Concepción  reinó  un  solemne 
y  grandioso  silencio  junto  con  caer  el  último  soldado  chileno.  Un 
viento  frío  aventólas  cenizas  del  incendio,  y  en  medio  de  sus  remo- 
linos, un  jirón  tricolor  llevó  al  primer  campamento  amigo  la  noti- 
cia gloriosa  del  trájico  combate. 
Nadie  quedó  que  pudiera  contar  la  proeza  sublime,  y  solamente 


i9o 

de  la  pupila  de  los  montoneros,  dilatada  por  el. espanto  y  la  admi- 
ración, pudo  arrancarse  la  imájen  inmortal  de  esos  muchachos  que 
no  movieron  un  pié  de  donde  el  deber  los  retenia,  y  en  medio  de 
las  llamas,  de  las  lanzas  y  de  los  puñales  se  abrazaron  a  la  bandera 
y  quedaron  tendidos  de  frente  al  sol. 

»í    Mí    )lí 

La  campanita  de  la  iglesia  de  la  Concepción  tocó  esa  tarde  el 
Ángelus,  y  las  notas  se  lanzaron  como  aves  al  espacio  y  fueron  a 
perderse  en  la  lejania. 

Pero  esta  vez  no  era  esa  campana  símbolo  de  mñnita  paz,  ni 
anunciaba  una  noche  serena  y  estrellada,  ni  pudo  siquiera  provo- 
car la  intensa  oración  del  crepúsculo. 

Un  lejano  rumor  comenzó  a  turbar  a  la  guarnición  chilena  de  75 
hombres,  que  al  mando  del  capitán  Carrera  Pinto,  guardaba  la  vi- 
lla estendiendo  el  plan  de  ocupación  a  todos  los  valles  y  encruci- 
jadas de  los  Andes  peruanos. 

Mas  de  dos  mil  montoneros  y  tropas  regulares  enemigas,  coro- 
naban los  cerros  y  envolvian  el  cacerio  en  medio  de  gritos  de  anti- 
cipado júbilo. 

Contar  las  fuerzas,  deliberar  sobre  si  habia  obligación  de  comba- 
tir o  vacilar  un  sólo  instante,  habrian  sido  sentimientos  de  1906  o 
1907,  pero  seguramente  no  lo  eran  entonces  de  nadie,  y  fué  con 
sangre  y  carne  viva  que  se  firmó  sobre  la  tierra  el  pacto  con  la 
muerte  y  con  la  gloria. 

Las  tropas  salieron  a  la  plaza  y  esperaron  a  pié  firme  la  embes- 
tida. 

Eran  pocos,  eran  jóvenes,  llevaban  diez  enfermos  en  las  filas, 
pero  se  sentian  arrastrados  por  ese  sentimiento  superior  del  deber, 
que  nos  llevó  a  conquistar  tantas  glorias. 

Los  montoneros  avanzaban,  resueltos  e  intrépidos,  estrañados 
de  ver  al  frente  esa  f'ú?  de  imberbes  con  el  arma  a  discreción.  Sus 
tiro"  no  eran  contestados,  los  gritos  salvajes  con  que  se  animaban 
al  asalto,  redaban  en  la  soledad  de  los  montes  sin  eco  alguno.  Pero 
avanzaban  siempre  hasta  acercarse  a  pocos  centenares  de  metros,  y 
.abrían  ya  sus  cuadros  para  lanzarse  en  violento  y  desordenado 
choque. 


191  "'         '         ' 

I 

Entonces  en  el  pequeño  grupo  se  sintieron  algunas  voces  de  or- 
den, frías  y  pausadas. 

Los  rifles  se  echaron  a  la  cara,  una  descarga  resonó  con  la  pre- 
cisión de  un  ejercicio  de  fuego,  y  comenzó  un  tiroteo  que  durante 
20  horas  no  debia  cesar. 

Por  un  lado  los  enemigos  armados  que  se  retiraban  y  volvían 
enfurecidos,  por  la  espalda  el  pueblo  entero  que  desde  los  tejados 
y  azoteas  prestaba  febril  concurso  a  los  asaltantes;  la  acción  se  ha. 
cia  mortífera,  implacable. 

Cuando  Carrera  Pinto  vio  que  las  fílas  raleaban,  que  cada  minu- 
to que  pasaba  era  la  caida  de  uno  de  sus  soldados  en  tierra,  ordenó 
replegar  la  compañía  hacia  el  cuartel,  llevando  en  el  medio  a  los 
heridos  de  cara  lívida  y  exangüe,  pero  que  maldecían  y  juraban  co- 
mo locos. 

Apenas  concentrado  el  grupo  dentro  del  viejo  cuartel  que  iba  a 
ser  tumba  de  los  75  combatientes,  la  masa  compacta  de  los  monto- 
neros se  agolpó  por  todos  lados  y  trató  de  escalar  las  puertas  y 
ventanas. 

Pero  como  cada  hombre  que  se  acercaba  caia  fatalmente,  y  como 
lejos  de  calmarse  la  defensa  interior  arreciaba  como  una  tormenta; 
cierto  supersticioso  espanto  produjo  la  desmoralización  de  la  banda, 
y  las  diferentes  partidas  envolviéndose  en  sí  mismas  fueron  reti- 
rándose una  a  una. 

En  esos  momentos  en  que  cada  cual  puede  mirar  en  torno  suyoi 
los  ofíciales  se  contaron  y  contaron  sus  soldados.  Faltaban  mu- 
chos qué,  tendidos  al  pié  de  cada  ventana,  parecían  con  sus  caras 
crispadas  por  la  ira,  descansar  rendidos  de  una  inmensa  fatiga 

En  un  rincón  oscuro,  donde  dos  o  tres  mujeres  lloraban  desola- 
das,, nacia  en  esos  momentos  una  criatura.  Era  la  vida  que  salla  al 
encuentro  de  la  muerte. 

La  retirada  del  enemigo  hizo  pensar  al  capitán  Carrera  Pinto  en 
la  posible  llegada  de  refuerzos  chilenos  desde  Huancayo,  y  resuel- 
to a  terminar  pronto  con  la  horrible  jomada  antes  de  que  el  sol  se 
ocultara  en  un  crepúsculo  arrebolado  y  sangriento,  salió  del  cuar- 
tel al  frente  del  ya  reducido  grupo  y  se  lanzó  nuevamente  a  la 
pelea. 

Los  montoneros  no  habian  huido.  Parapetados  en  todas  las  ca- 


lies,  comenzaron  a  hacer  un  fuego  mortífero  sobre  el  intrépido  pu- 
ñado de  muchachos. 

Carrera  Pinto,  levantando  su  espada  con  \-ivo  y  ardoroso  jesto, 
renegando  y  nijiendo,  cae  en 
brazos  de  los  suyos  y  cubierto 
>gresa  al  cuartel  de 
e  la  }'a  diezmada 
lañia  del  Chacabu- 
o  volvería  a  salir 
para  la  gloria. 

tt    «    «f 
;gó  la  noche  y  con 
che  una  serie  de  in- 
ites  asaltos,  en  me- 
dio de  la  duda, 
de  la  oscuridad 
de  la  fatiga. 

Ardian  inmen- 
sas fogatas  a  cu- 
yoresplandorco 
miau  y  bebían  los 
montoneros  au- 
silíados  por  el 
vecindario,  des- 
tacándose en  las 
'  fachadas  las  de- 
formes y  movi- 
bles sombras 
proyectadas  por 
las  llamas. 

De  cuando  en 
cuando  un  gru- 
po de  enemigos 
se  acercaba  cau- 
teloso, tresocua- 
tro    fogonazos 


'93 

destellaban  al  través  de  las  ventanas,  v  algunos  aves  agudos  rom- 
pían vibrantes  el  aire. 

Entre  tanto,  merced  a  las  sombras,  una  fracción  enemiga  avan- 
zaba abriendo  forados  al  través  de  las  casas,  hasta  colocarse  cerca 
de  la  espalda  del  cuartel.  Al  mismo  tiempo  cargaban  nuevamente 
los  otros  por  el  frente  y  el  costado  en  medio  de  horrorosa  gritería, 
incendiando  los  techos  de  paja  y  allegando  por  todas  partes  mate- 
rias inflamables  y  esplosivas. 

El  capitán  Carrera  Pinto  que  ha  salido  nuevamente  arransando 
con  los  enfurecidos  montoneros,  cae  en  el  umbral  del  cuartel,  esta 
vez  para  siempre! 

Al  amanecer,  el  combate  recrudece;  el  incendio  avanza,  la  guar- 
nición se  agota. 

El  sub-teniente  Montt,  rueda  herido,  vuelve  a  levantarse  y  apa- 
rece de  nuevo  en  medio  de  los  qee  pelean,  envuelto  en  sangre  glo- 
rioso y  fiero  como  un  héroe  de  leyenda.  Pero  la  muerte  lo  persi- 
}2:ue,  y  pronto  vuelve  a  caer  al  lado  del  qne  fué  su  comandante, 
para  hacerle  compañía,  uno  al  lado  del  otro,  con  las  manos  recoji- 
das  sobre  sus  espadas  desnudas! 

Un  momento  después  el  subteniente  Pérez  Canto  se  desploma 
en  medio  de  los  escombros  incendiados  y  cien  bayonetas  lo  acri- 
billan. 

El  cuartel  arde  ya  en  todos  sus  estremos  y  los  heridos  envueltos 
por  las  llamas  se  retuercen  de  angustia,  ya  que  ni  siquiera  tienen 
derecho  a  una  agonia  dolorosa  pero  serena. 

El  subteniente  Cruz,  de  i8  años,  queda  en  pié  y  avanza  sobre 
una  decoración  de  humo  y  llamas.  A  su  espalda  los  lamentos  de 
las  mujeres  y  de  la  criatura  recien  nacida  le  recuerdan  la  patria,  el 
amor,  la  vida,  el  hogar,  todo  lo  que  hai  de  tentador  y  misterioso 
para  quien  aun  no  ha  comenzado  a  vivir.  Hermoso  y  arrogante 
como  un  dios  griego,  rodeado  de  sus  últimos  cuatro  soldados,  apa- 
rece sobre  las  murallas  y  desaparece  con  su  bandera,  en  el  medio 
de  los  montoneros, 
El  combate  ha  concluido. 

Una  columna  de  humo  que  se  levanta  en  el  aire  tranquilo,  anun- 
cia a  los  soldados  chilenos  que  vienen  desde  Huancayo  que  todo 
se  ha  consumado  en  la  Concepción. 


194 

Un  silencio  de  muerte  y  una  tarde  larga  y  triste,  se  estienden 
sobre  el  caserío,  mudo  de  asombro. 

^    )^    Mí 

Sangra  >  la  Concepción  en  junio  y  julio  de  1881  y  1882,  son  dos 
acciones  de  guerra  que  hacen  son  as  con  el  antiguo  temple  moral 
de  nuestros  hombres. 

Como  aquel  loco  que  se  enamoró  de  su  espada  y  que  cada  vez 
que  poseía  a  la  amada  manaba  sangre,  el  país  consiguió  con  esa 
guerra  gloriosa  conquistar  las  salitreras  que  han  estendido  la  co- 
dicia donde  antes  habitaba  la  gloria,  que  han  hecho  nacer  el  inte- 
rés donde  antes  lucia  la  abnegación,  que  han  sustituido  la  estrella 
del  estandarte  por  el  signo  de  18  peniques,  único  aspiración  de  los 
hombres  del  día. 

fi^    VÉ    9É 

Berlioz  compuso  para  la  Domnaiwn  de  Fausi,  la  course  a  Vabime 
que  imita  una  lejana  cabalgata  y  sujestiona  vivamente  la  imaji- 
nacion. 

Las  notas  se  suceden  marcando  con  insistente  compás  la  marcha 
de  Fausto  y  Mef  istóf  eles,  hacia  el  abismo;  al  mismo  tiempo  desfilan 
en  la  escena  sombras  fantásticas,  demonios,  dragones,  caballos  ala- 
dos, que  cruzan  las  nubes  amenazadoras  y  se  pierden  a  lo  lejos.  En 
el  medio  del  golpe  insócromo  de  la  orquesta,  se  percibe  de  cuando 
en  cuando  la  voz  de  Fausto  que  rompe  el  ruido  de  la  cabalgata  v 
se  levanta  lastimera  y  doliente. 

Al  presentar  en  medio  de  las  ajitadas  horas  de  la  jomada  econó- 
mica 3^^  política  de  1907,  estas  epopeyas  gloriosas  de  nuestros  sol- 
dados, sentimos  que  la  cabalgata  al  abismo  preludia  los  odiosos 
compaces  y  comienza  un  doble  desfile.  Hacia  el  oriente  cruzan  un 
convoi  de  siluetas  jigantescas,  con  enormes  estandartes  desplega- 
dos al  viento,  caballería  que  carga  furiosa,  sombras  inmortales  que 
pasan  en  medio  de  las  bayonetas  coronadas  de  laureles;  y  mas  aba- 
jo hacia  el  occidente,  avanza  con  la  precisión  de  figuras  vivas  que 
todos  palpamos  y  conocemos,  el  ejército  del  dia,  de  políticos,  de 


195 

economistas,  de  dirijentes  y  de  dirijidos,  ciegos  a  toda  esa  gloria, 
sordos  a  todo  ese  majestuoso  estruendo,  desplegando  la  bandera 
de  la  ambición,  haciendo  sentir  los  gritos  de  la  discordia,  y  unién- 
dose solo  con  una  entusiasta  y  brutal  carrera  hacia  el  oro  que  brilla 
en  lontananza  botado  sobre  la  inmensa  sábana  de  caliche. 

1ÍÉ    f^    9É 

Hacia  una  aurora  que  clarea,  se  aleja  y  se  pierde  aquella  lejion 
heroica  que  amaba  a  la  patria,  y  hacia  un  horizonte  que  oscurece 
se  acerca  este  jentio  para  recojer  el  botin  que  los  otros  bañaron 
con  su  sangre. 


UH  SIBLO  En  Unñ  HOCHE 


^\  uiEN  no  conoce  en  Chile  ese  tipo  de  hacendado  solterón 

Til  ^^^  P^^  ^^^^  ^^^^  ^^  ^"^  ^"  ^^  soledad  de  las  viejas  ca- 

J  I   I  sas  del  fundo  para  sacar  a  la  tierra,  en  permanente  lucha, 

j    \J  el  dinero  con  que  siempre  sueña  fundar  un  hogar  para  la 

\^  ^  -  vejez?  Son  de  esos  hombres  que  no  aceptando  a  la  mujer 

joven  y  hermosa  como  compañera,  la  quieren  legar  sus  achaques 

y  dolencias  de  la  edad  como  a  enfermeras. 

El  señor  X  a  quien  no  nombramos  porque  vive  y  es  aun  hom- 
bre de  trabajo,  posee  cerca  de  los  Andes  un  regular  fundo  que  es- 
plotaba  y  esplota  todavia  a  la  antigua.  Desparramar  el  trigo  en 
agopto,  sfl^T  un  poco  a  caballo  y  esperar  la  cosecha  haciéndose  los 
pcor^o  j;royectos  sobre  su  resultado,  en  eso  consistia  hasta  hace 
poco  r^  «abrumador»  trabajo  del  campo  como  le  han  llamado  con 
cierta  ./nnia  los  oficinistas  de  Santiago  que  se  queman  las  cejas 
alineando  numeritos  litografiados  y  haciendo  sumas  y  divisiones  a 
granel. 

n  .".eñor  X  había  heredado,  como  tantos  otros,  el  fundo,  y  ha- 
bía sacado  de  él  al  rededor  de  diez  cosechas,  lo  que  quería  decir 
que  no  era  hombre  de  escasos  recursos.  Su  padre  agricultor  de  los 
viejos,  huaso  ladino,  entendido  en  las  tareas  agrícolas,  conocía  bien 


19» 

el  negocio;  y  había  comprado  el  fundo  a  la  sucesión  de  un  señor 
que  habia  desaparecido  allí  de  una  manera  bien  misteriosa. 

Por  eso  la  casa  vieja,  metida  en  un  grupo  de  olmos  viejos  y  de- 
rrengados, al  final  de  la  consabida  alameda  y  al  lado  de  los  lejen- 
darlos  corrales,  tenia  historia,  o  mejor  dicho  «historias»,  porque  al 
decir  de  los  inquilinos,  por  allí  penaba  el  antiguo  patrón. 

En  los  aleros  disparejos,  húmedos,  musgosos,  «achiguados^, 
anidaban  algunas  familias  de  palomas,  cuya  aristocracia  se  remon- 
taba a  muchos  años  de  la  fecha  y  cuyos  volidos,  aleteos  y  murmu- 
llos turbaban  el  silencio  de  aquel  vasto  patio  donde  permanecía 
muda  y  solemne  la  trilladora  Ramson,  las  carretas  inclinadas  so- 
bre los  pértigos,  y  el  caballo  del  patrón  ensillado  permanente- 
mente, y  espantándose  las  moscas  con  la  cola,  debajo  de  un 
nogal. 

La  casa  era  como  todas  las  de  su  tiempo:  un  cañón  de  piezas  al 
fondo  y  dos  más  haciendo  ángulo  recto  con  los  estremos  de  aquél; 
las  piezas  bajas,  con  ventanas  anchas  y  pesadas,  rejas  de  fierro  for- 
jado a  martUlo,  abiertas  hacia  el  frente  y  el  fondo,  largos  corredo- 
res con  ladrillos  húmedos  y  desiguales,  y  pilares  de  madera  re- 
dondos sobre  bases  de  piedra  blanca.. . . 

El  mobiliario  lo  componían  los  viejos  sofaes  imperio  de  caoba  y 
crin,  los  sillones  de  banqueta,  y  las  sillas  que  hoi  persiguen  los 
anticuarios  en  todas  partes;  y  en  cada  rincón  un  rifle  viejo,  insti- 
tución tradicional  de  las  casas  de  campo,  revelaba  allí  que  también 
al  señor  X  se  le  habia  ocurrido  que  le  pudieran  asaltar  por  el  fren- 
te o  el  fondo  de  la  casa. 

*    *    * 


Aquella  noche,  noche  de  invierno  algo  brumosa  y  seguramente 
bastante  fria,  estaba  el  señor  X  sentado  a  la  mesa,  solo,  teniendo 
por  delante  un  diario  del  dia  anterior,  nuevo  para  él,  y  engullendo 
lentamente  unas  costillas  de  cordero  que  espedían  el  mas  excelen- 
te y  apetitoso  olor.  ¡Qué  aburridas  aquellas  horas!  Todos  los  días 
lo  mismo.  Ignacio,  el  sirviente  fiel,  un  ex-sarjento  del  Atacama.  le 
servía  los  platos,  unos  tras  otros,  en  un  silencio  imperturbable:  se 


bebía  después  la  inevitable  tacita  de  café,  se  retiraba  al  escritorio 
a  recorrer  los  diarios  o  arrojándose  en  un  poltrona  se  entretenía  en 
soñar,  siguiendo  el  humo  de  su  cigarro,  con  la  linda  mujcrcítaque 
podría  haber  tenido  a  su  lado  si  esas  malditas  prevenciones  contra 
el  matrimonio,  concebidas  desde  la  Universidad,  no  le  hubieran 
retraído  de  casarse. 

Aquel  dia  la  comida  había  demorado  mas.  Los  diarios  venían 
palpitantes  con  una  ajitacion  política;  una  crisis  de  esas  que  traen 
cambio  de  decoración  y  en  que  se  siente  la  voz  del  director  de  es- 
cena y  se  vé  la  maqninaria.  De  manera  que  la  lectura  de  esos  chis- 
peantes y  candentes  editoriales,  le  habían  hecho  alargar  mas  que 
nunca  la  sobremesa. 

Un  golpecito  seco,  distinto,  seguido  de  un  carraspeo  al  otro  la- 
do la  ventana,  le  sacó  de  la  interesante  abstracción,  para  hacerle 
dirijir  la  vista  hacía  ese  punto  y  decir,  como  tenía  costumbre  cuan- 
do le  golpeaba  todas  las  noches  don  Simón  el  administrador,  para 
pedir  órdenes:  «¡empuje  la  puerta!» 

Tres  pasos  firmes,  seguros,  pero  sin  sonido  de  espuelas,  como 
habrían  sido  los  de  don  Simón,  recorrieron  el  espacio  que  separa- 
ba la  ventana  de  la  puerta,  y  antes  que  el  señor  X  e  Ignacio  hu- 
bieran podido  fijar  en  ello  la  atención,  moviéndose  suavemente  el 
cerrojo  abrióse  una  hoja  y  dio  paso  a  un  hombre  al  cual  ninguno 
de  los  dos  conocían.  Hizo  éste  una  lijera  venia,  contestó  con  otra 
el  caballero,  y  mientras  aquél  no  hallaba  dónde  colocar  su  sombre- 
ro de  paño  negro  ni  sentarse  él  mismo,  el  señor  X  le  preguntó 
tranquilamente  qué  asunto  le  traía  hasta  allí. 

— Sí  no  fuera  importuno,  señor,  respondió,  j'o  le  suplicaría 
me  oyera  dos  palabras  sobre  un  negocio,  enteramente  privado. . . 

— ¿Le  molesta  a  usted  la  presencia  del  mozo?  preguntó  visible- 
mente inquieto  el  dueño  de  casa. 

— Si  usted  fuera  tan  bondadoso  que  me  oyera  a  solas. . .? 

Antes  de  que  una  seña  de  su  patrón  se  lo  hubiera  a  dado  a  en- 
tender, Ignacio  habia  salido  sin  hacer  ruido,  librando  así  al  recién 
llegado  de  un  inútil  testigo. 

— El  negocio  que  me  trae  aquí  y  a  tales  horas,  continuó  dicíen - 
do  éste  con  cierta  seguridad  en  la  voz,  va  a  parecer  a  usted,  señor, 
a  primera  vista  ridículo.  Pero  una  vez  que  yo  le  convenza  de  lo 


200 


serio  y  honrado  de  mi  propósito,  no  tendrá  usted  inconveniente  en 
aceptado.  Se  trata  de  un  entierro.. . . 

— Siéntese  usted  aquí,  interrumpió  el  señor  X  pensando  ya  mas 
serenamente  que  el  hombre  que  tenia  por  delante  podia  ser  un  im- 
postor, y  acompáñeme  con  una  tacita  de  café 

Y  sin  esperar  contestación,  llamó  a  Ignacio,  que  apareció  llevan- 
do una  bandeja  de  madera  negra  con  unos  pajarracos  chinos  dora- 
dos a  fuego  y  en  ella  una  cafetera  y  dos  tazas  de  loza  dibujadas 
con  colores  chillones. 

De  esta  manera  queria  el  señor  X  darse  tiempo  para  reflexionar 
y  tener  mas  advertido  a  Ignacio.  Porque. . .  ¡qué  diablos!  Un  hom- 
bre solo  en  un  caserón  abandonado,  con  fama  de  rico,  podia  ser 
buena  presa  para  cualquier  desalmado. 

De  un  sorbo  se  bebió  la  taza  de  café  el  advenedizo,  dejándose 
observar  por  la  mirada  rapaz  del  señor  X  su  físico,  desleído,  que 
no  decia  nada,  ni  nada  revelaba.  Porque  si  es  cierto  que  hai  ros- 
tros^delatores  y  espresivos,  no  es  menos  cierto  que  los  hai  opacos 
y  completamente  mudos. 

Por  otra  parte,  el  hombre  aquél  deseaba  continuar  su  frase  inte- 
rrumpida, y  así  apenas  vio  al  señor  X  encender  su  cigarro  y  apo- 
yarse en  el  respaldo  de  la  silla  en  actitud  de  oiría  siguió,  ade- 
lante. 

— Como  le  decia,  señor,  se  trata  de  un  entierro.  Usted  creerá 
probablemente  en  entierros. 

— Poquísimo,  caballero. 

— Es  natural;  jeneralmente  los  entierros  son  pretestos  para  esta- 
fas, burlas  y  engaños.  El  entierro  de  que  yo  vengo  a  hablarle  es 
algo  serio,  real,  exacto,  que  le  probaré  hasta  la  evidencia.  Tuve  yo 
un  tio  que  fué  minero,  y  sin  embargo,  murió  bastante  pobre,  pos- 
trado por  una  tisis  que  lo  fué  acabando  lentamente.  Habla  sido 
hombre  de  negocios  y  de  negocios  enredados;  no  teníamos  mucha 
fé  en  su  honradez.  Pero  antes  de  morir  llamó  a  mi  padre  y  a  mí,  y 
nos  dijo  que  él  conocía  el  sitio  seguro,  fijo,  de  un  entierro,  hecho 
entre  él  y  un  compañero  de  negocios.  Nos  entregó  unos  planos  y 
nos  dejó  el  convencimiento  de  que  aquello  era  una  cosa  serla  y 
digna  de  crédito.  Ahora  bien  ¿estaría  usted  dispuesto  a  ayudarme 
señor  X?. . .  Iríamos  a  partir  de  utilidades. 


20I 

— Pero  vea  usted,  señor,  ¿dónde  están  las  pruebas?  ¿Dónde  está 
ese  entierro?  usted  no  exijirá  que  le  crea  bajo  su  palabra. 

— Si  yo  le  mostrara  a  usted  un  plano  de  esta  casa,  y  el  sitio 
donde  debe  hallarse  el  entierro,  ¿usted  me  creerla? 

— Talvez,  casi,  casi  con  seguridad. 

— Bueno. . . 

El  advenedizo  llevó  rápidamente  la  mano  al  bolsillo  interior  de 
la  chaqueta,  removió  pausadamente  algunos  papeles,  sacó  uno  algo 
ajado  y  amarillento,  lo  desdobló,  apartando  otro  que  estaba  allí 
junto,  y  abriendo  el  primero  lo  puso  ante  los  asombrados  ojos  del 
señor  X  que  pudieron  ver  allí  perfectamente  clasificadas  las  pie- 
zas, los  pasillos,  las  puertas,  toda  la  casa  con  sus  detalles  mas  mí- 
nimos. . . 

— ¿Y  dónde  está  aquí  el  entieiro?  preguntó  ya  con  intensa  cu- 
riosidad. 

— Usted  me  permitirá,  señor,  que  exija  de  usted  ciertas  garan- 
tías. . .  yo  no  le  conozco.  Antes  de  mostrarle  este  otro  plano,  yo 
exijo  que  usted  me  facilite  esta  misma  noche  el  acceso  a  la  pieza 
señalada,  y  los  dos  nos  pongamos  a  la  obra. 

— ¿Y  por  qué  ha  de  ser  esta  misma  noche?  preguntó  con  enerjia 
el  señor  X. . . 

— Porque  habiéndole  ya  revelado  a  usted  que  aquí  hai  un  entie- 
rro, usted  podria  pretender  rastrearlo  para  sí  y  dejarme  a  mí  a  un 
lado. 

Aquello  parecía  sincero,  razonable.  El  señor  X  titubeó  un  mo- 
mento; pero  no  queria  dar  muestras  de  temor,  y  sin  embargo,  todo 
aquello  era  raro,  estraño,  sumamente  peligroso. 

— ^Venga  el  otro  plano,  esclamó  de  pronto,  acepto  bajo  mi  pala- 
bra de  honor  las  condiciones, — mientras  recordaba  con  cierta  tran- 
quilidad, que  llevaba  el  revólver  cargado  en  el  bolsillo  del  panta- 
lón. . . 

Al  instante  el  hombre  repitió  su  operación  de  rastreo  de  papeles 
y  sacó  el  otro  que  habia  vuelto  a  guardar.  Era  el  mismo  plano, 
pero  en  una  de  las  piezas  fnas  apartadas  una  crucesita  roja  llevaba 
la  vista  a  un  letrero  con  tinta  del  mismo  color,  que  decia:  «aquí 
está  la  tinaja». 

Un  momento  se  fijaron  sus  ojos  en  esos  caracteres  rojos,   letra 


202 


fina,  cuidada. . .  La  tinaja!  ¿Estarla  llena  de  onzas?  ¿Seria  aquello 
verdad?  ¿Qué  le  liabia  metido  aceptar  aquel  loco  y  aventurado  ne- 
gocio que  podia  ser  una  celada  infame?  Tuvo  miedo,  emoción;  un 
sudor  frió  le  corrió  por  el  cuerpo  todo,  y  cuando  levantó  la  vista 
del  plano  que  lo  hipnotizaba  con  el  letrerito  rojo,  vio  que  los  ojos 
incoloros  del  advenedizo  le  miraban  fijos,  inmóviles,  brillantes 
como  los  del  gato. 

Era  necesario  que  no  le  viera  dudar,  y  haciendo  de  tripas  cora- 
zón, como  se  dice  vulgarmente,  devolvió  el  papel  y  contestó  con 
la  mas  tranquila  entonación: 

-  Estoi  a  sus  órdenes,  caballero. 

— Es  necesario  un  chuzo  y  una  pala,  y  apartar  a  los  criados  para 
que  no  se  den  cuenta  de  qué  se  trata. 

— Lo  mqor  será  que  los  vamos  a  sacar  nosotros  mismos.  Yo 
tengo  la  llave  de  la  bodega. 

Tomó  el  señor  X  una  vela  que  estaba  sobre  la  mesa  y  salió  del 
cuarto,  teniendo  siempre  cuidado  echar  a  su  compañero  por  de- 
lante. Llegaron  por  el  corredor  a  un  portón  ancho,  de  dos  hojas 
cuyo  grosero  y  tosco  candado  fué  quitado  sin  dificultad,  separán- 
dose el  cerrojo,  y  abriéndose  un  lado  con  el  crujido  inevitable  de 
los  goznes  mohosos.  Allí  estaba  el  coche,  el  coche  de  la  hacienda, 
un  viejo  carruaje  de  trompa,  que  inclinaba  su  techo  lustroso  como 
un  lomo  de  barata;  los  arneses  colgaban  de  algunos  ganchos  en  la 
pared  enlucida;  y  en  todos  los  rincones  se  amontonaban  chuzos  de 
varios  tamaños,  palas,  azadones,  arados,  cultivadoras  y  htchonas 
gastadas  y  mohosas.  Era  el  arsenal  de  la  hacienda  donde  venian 
los  peones  todas  las  mañanas  a  recibir  la  herramienta  necesaria 
para  trabajar  todo  el  dia  bajo  el  sol  abrasador. 

El  advenedizo  se  dirijió  tranquilamente  a  un  rincón,  escojió  una 
barreta,  se  acercó  al  otro  estremo  donde  tomó  una  pala,  cuyo  filo 
examinó  un  instante  y  esperó  al  señor  X  que  intención almente  se 
quedaba  atrás  para  tenerlo  siempre  ante  su  vista. 

Salieron,  cerróse  de  nuevo  el  candado,  y  volvieron  a  tomar  el 
corredor,  entrando  por  la  puerta  entreabierta  y  llena  de  luz  por 
donde  hablan  salido. 

—¡Ignacio!— llamó  el  señor  X,  afectando  la  mayor  tranquilidad 
en  la  voz;  puedes  retirarte. 


Pero  al  mismo  tiempo  le  daba  una  mirada  bien  significativa,  que 
quería  decir 

— Quédate,   no  te  acuestes, 
vijila. 

El  sirviente  entendi 
tamente  que  allí  pas£ 
anormal,  eatraño  en  l£ 
esa  casa  tranquila,  y  v 
narse  en  el  cañón  d 
con  visible  inquietud 
tren,  coa  una  vela  en  u 
llevando  por  delante  a 
dúo  con  el  chuzo  y  li 
hombro. 

¿Dónde  irán?  ¡Qué 
caba  eso? 

—Aquí  es — dijeron 
^al  llegar  a  la  última  i 
corredor. 

—Y este  es  el  rin- 
cón preciso  en  que 
estala  tinaja — agre- 
gó el  desconocido, 
d^ando  caer  el  chu- 
zo sobre  un  ladrillo 
que  se  trizó  en  va- 
ria.'i  direcciones. 

La  pieza  era  gran- 
de, húmeda,  helada. 
Kl  pavimentode  la- 
drillos viejos  estaba 
mui  deteriorado  de-' 
jando  ver  en  varias 
partes  las  manchas 
negruzcas  déla  hu- 
medad. Dos  o  tres 
baratas  negras  su- 


204 

bian  por  los  guarda-polvos,  con  su  marcha  torpe,  indecisa,  y  una 
mosca  grande  y  verde,  volaba  trasnochada,  zumbando  de  un  modo 
siniestro  alrededor  de  la  vela. 

Quedó  ésta  en  el  hueco  de  una  ventana;  comenzó  el  desconocido 
a  sacarse  la  blusa  para  poder  manejar  mejor  el  chuzo;  y  el  señor 
X  se  inclinó  sobre  la  pared  para  poder  examinar  desde  allí  todos 
los  movimientos  de  su  compañero. 

Sentia  un  visible  malestar;  un  sentimiento  estraño,  nuevo,  le 
llenaba  enteramente.  Cierto  ardor  en  las  sienes  y  unas  punzadas 
neuráljicas  le  comenzaban  a  molestar.  Sus  ojos  se  encontraban  a 
menudo  con  los  del  desconocido,  que  lucian  de  una  manera  estra 
ordinaria.  Eran  exactamente  los  ojos  de  un  gato,  algo  vidriosos 
iluminados  por  dentro,  centellantes  e  inquietos.  ¿Por  qué  esos  ojos 
que  un  poco  antes  eran  opacos,  esmerilados,  por  decirlo  así,  habían 
tomado  ese  fulgor?  Era  que  se  acercaba  el  momento  de  poner  en 
práctica  la  celada?  ¿Cuál  podia  ser  ésa?  ¿Vendrían  ya  acercándose 
los  compañeros  que  debían  asesinar  a  don  Simón  y  a  Ignacio?  ¿Se 
serv/ria  ese  desconocido  del  chuzo  para  matarle? 

Y  sin  darse  bien  cuenta  de  lo  que  hacia,  se  apretaba  contra  la 
pared  para  sentir  sobre  su  cintura  el  contacto  del  revólver  y  en- 
contrar en  ello  seguridad. 

Entre  tanto,  el  compañero  habia  dado  ya  unos  cincos  golpes 
vigorosos  que  habían  hecho  saltar  los  ladrillos  en  un  espacio  de 
metro  cuadrado,  mas  o  menos.  Estos,  partidos  o  molidos,  quedaron 
amontonados  en  un  rincón.  Ahora  los  golpes  del  chuzo  eran  sor- 
dos, caían  sobre  una  tierra   apretada  y  traposa,  que  se  deshacía  en 

costras. 

¿Por  qué  el  hombre  del  chuzo  le  volvía  a  mirar  con  esos  ojos  de 
gato?  ¿Qué  quería  hacer?  El  silencio  era  inmenso,  ese  silencio  de 
las  noches  do  campo;  el  mujído  de  una  vaca  allá  lejos,  en  la  sole- 
dad de  los  potreros,  ladridos  lejanos  de  los  perros  de  los  ínquilinos 
y  uno  que  otro  jemido  agudo  del  Nerón,  el  perro  de  la  casa,  que 
al  sentirse  amarrado  de  un  tronco,  llorada  con  su  aullido  prolon- 
gado y  lastimero. 

Los  golpes  del  chuzo  seguían,  la  tierra  saltaba,  el  sudor  bañaba 
la  frente  del  desconocido.  Pero  el  señor  X  no  se  ofreció  a  seguir 
¿í;  pensaba  que  inclinado  sobre  el  suelo,  con  las  manos  ocupadas 


205 

en  tomar  la  herramienta,  podía  recibir  fácilmente  una  puñalada, 
sin  tener  tiempo  para  defenderse. 

¡Qué  horas  aquellas!  Dejemos  hablar  al  señor  X  que  contaba 
después  este  trance,  temblando  todavia. 

«Los  golpes  del  chuzo  caian  sobre  algo  fofo  y  suelto,  y,  sin  em- 
bargo, unido  y  compacto.  Me  pareció  que  evidentemente  ese  suelo 
podía  haber  sido  removido  después  de  enladrillado  todo  el  piso. 
Ya  no  tuve  dudas  de  que  en  pocos  instantes  mas  vería  aparecer 
un  estremo  de  la  tinaja,  empolvada. . .  Y  entonces  un  nuevo  temor, 
una  nueva  sospecha  hizo  correr  sobre  mi  cuerpo  un  calofrío  que 
me  estremeció.  La  codicia  que  comenzaba  a  sentir  yo,  ¿no  la  sen- 
tiría con  mayor  fuerza  ese  hombre  que  estaba  allí,  sacando  algo 
que  en  realidad  le  pertenecía?  Con  un  solo  golpe  podía  hacerse 
dueño  de  toda  esa  tinaja  y  reparar  el  error  de  haber  cedido  la  mi- 
tad de  su  tesoro.  Los  ojos  de  mi  compañero  ya  no  brillaban,  ar- 
dían, jiraban  dentro  de  sus  órbitas,  estaban  algo  inflamados  por  ei 
insomnio  y  adquirían  por  momentos  una  inquietud  siniestra.  Los 
golpes  del  chuzo  seguían  cambiando  de  sonido  y  revelaban  clara- 
mente'la  existencia  de  algún  objeto  duro  ya  no  distante. . . 

«Hubo  un  momento  en  que  una  desesperación  neiviosame  asal- 
tó. La  vela  se  esting^ía  ya:  la  llamita  volteaba  a  todos  lados  la- 
miendo el  borde  de  la  palmatoria.  Los  ojos  del  hombre  me  seguían 
mirando  de  cuando  en  cuando,  hasta  que  ya.  la  llama  de  la  vela  se 
apagó  por  completo.  Siguió  entonces  un  momento  del  mas  abso- 
luto silencio,  el  chuzo  no  golpeaba,  no  podía  ver  lo  que  hacía  mi 
compañero,  pero  sí  sentía  cerca  de  mí  su  respiración  fatigosa. . . 
¿Venia  a  matarme?  Instintivamente  eché  mano  a  mí  revólver  y 
esperé  cualquier  movimiento  para  tomar  una  actitud  enérjica. 

«Aseguro  que  jamas  he  tenido  sufrimiento  moral  mas  espantoso. 
Esperé  así,  sin  respirar. 

— Encendamos  otra  vela,  dijo  el  hombre  con  voz  aparentemente 
tranquila. 

«Mé  acerqué  entonces  a  la  ventana  y  encendí  otra  vela  que  ha- 
bía traído  de  repuesto,  esperando  por  momentos  que  un  paso  de 
mi  compañero  me  revelara  que  había  llegado  el  momento  de  la  lu- 
cha. . . 

<Era  ya  la  media  noche,  y  volvió  a  reinar  ese  silencio  relijioso 


206 

de  la  noche:  mujidos  lejanos,  ladridos...  El  chozo  volvió  a  golpear 
con  verdadera  fíebre  la  tierra,  y  ya  comenzaba  a  sentirse  duro  el 
suelo  de  nue\'o,  cuando  sorprendí  en  mi  compañero  una  mirada 
diabólica,  en  que  se  veía  concentrada  una  gran  codicia  y  un  deste- 
llo de  desconfianza. 

«Detuvo  los  barretazos,  me  miró  fijamente  y  comenzó  a  ha- 
blar. 

— Dígame,  señor,  la  mitad  del  entierro  le  pertenece,  ¿ah? 

—  Usted  sabrá,  amigo.  De  eso  habíamos  hablado. 

-Y  si  en  vez  de  dinero  hubiera  objetos  de  plata  u  oro? 
-  ¿Qué  inconveniente  habría  en  dividirlo? 

<  Volvió  el  hombre  a  trabajar,  pero  menudearon  sus  miradas; 
parecia  que  ahora  espiaba  una  ocasión  en  que  me  viera  dis- 
traído. 

'De  repente  el  barretazo  fué  aclarando  el  sonido  de  su  choque 
hasta  que  por  último  pareció  haber  tocado  en  una  piedra. 

— |La  tinaja! — gritamos  los  dos  con  una  voz  sorda. 

<rKra  la  voz  de  la  codicia  que  salia  de  las  almas;  nuestras  mira- 
das se  cruzaron  y  esa  vez  las  del  advenedizo  tenia  un  nuevo  des- 
tello, el  fulgor  de  la  ira.. . . 

<  Oh!  qué  fatiga  tan  grande  la  de  mi  alma!  Se  siguió  cavando  a 
los  lados,  y  la  tinaja  iba  apareciendo  en  su  curva  de  greda  opaca^ 
algo  rosada,  llena  de  polvo.  Era  evidentemente  una  de  esas  gran- 
des pipas  de  barro  cocido,  que  quedan  todavia  en  los  graneros  y 
bodegas  viejas  y  de  cuyo  fondo  que  resuena  a  los  ruidos  este- 
riores  parecen  salir  las  voces  de  los  vendimiadores  de  antaño. 

'  Sentí  entonces  un  impulso  satánico,  deseos  de  arrojarme  sobre 
mi  compañero  y  matarlo.  Y  si  yo  sentía  esos  deseos,  yo  que  jamas 
habia  soñado  con  hacer  mal  a  nadie,  ¿qué  podría  pensar  aquél  des- 
conocido, que  tenia  ya  su  tesoro  a  la  vista?* 

Cerca  del  amanecer,  cuando  la  segunda  vela  parecia  apagarse 
y  por  las  rendijas  de  la  ventana  se  filtraba  una  luz  tríste,  me- 
lancólica, escasa,  el  compañero  soltó  la  barreta  y  dijo  al  se- 
ñor X. 

—  lis  menester  levantar  la  tinaja. 

Se  inclinó  éste  con  mas  temor  que  nunca  sobre  el  borde  de  la 


ao7 

escavacion  y  pensó  que  quién  sabe  si  ese  era  el  último  niomento 
de  su  vida.  Recordó  su  niñez,  su  vida  entera,  sus  deudas  con  Dios, 
con  los  hombres,  y  haciendo  un  esfuerzo  sobrehumano  cojió  la  ti- 
naja del  borde,  hizo  un  ademan  poderoso  para  levantarla,  pero 
nada  se  movió. 

La  emoción  era  inmensa,  ya  imposible  de  sobrellevar.  Esa  tinaja 
tan  pesada  ¿estaba  llena  de  oro?  ¿Eran  ya  los  dos  inmensamente 
ricos?  ¿Saldrían  de  allí  con  dinero  o  seria  uno  víctima  de  la  codicia 
del  otro? 

— Una  idea!  esclamó  de  pronto  el  señor  X  ¿Por  qué  no  se  rompe 
la  tinaja  con  lá  barreta? 

Un  barretazo  formidable  cayó  sobre  un  costado  de  la  tinaja,  otro 
mas  fuerte  todavía  la  trizó  haciendo  un  ruido  como  si  fuera  la  pro- 
testa de  esos  avaros  que  quisieran  esconder  ese  oro  que  no  podian 
tragarse  en  la  tumba, 

Un  tercer  barretazo  partió  medio  a  medio  el  tosco  y  jigantesco 
vaso  de  greda.  Las  mitades  se  desprendieron  con  la  lentitud  de 
una  separación  dolorosa  y  cayeron  pesadamente  sobre  los  muros 
de  la  escavacion. 

Un  grito  sordo  se  les  escapó  a  los  dos,  medio  ahogado,  en  las 
gargantas  secas  y  ardientes. 

Dentro  habia  un  cadáver,  que  todavía  conservaba  sobre  el  crá- 
neo algunos  pelos  negros  y  lacios  y  sobre  las  costillas  y  caderas 
algunos  jirones  ceniciento^. . . 

Se  miraron  mudos,  pálidos,  aturdidos  esos  dos  hombres.  La  vela 
se  apagó  y  en  medio  de  la  sombra  los  ojos  de  gato  del  desconoci- 
do lanzaron  una  mirada  indecisa,  interrogadora,  llena  de  zozo- 
bras. 

Y  entonces  una  luz  cayó  sobre  esas  dos  almas,  haciendo  desapa- 
recer la  codicia,  la  desconfianza;  y  reconstituj'éndose  la  escena 
pasada  allí  en  años  anteriores,  creyeron  ver  a  esos  dos  hombres 
que  vaciaron  el  oro  de  la  tinaja  y  en  que  el  mas  fuerte  encerró  al 
mas  débil  para  gozar  a  solas  del  dinero. 

Y  mientras  el  desconocido  pensaba  con  mortal  ansiedad,  que  su 
padre  era  el  único  poseedor  del  secreto,  el  propietario  del  fundo  re- 
cordaba el  misterioso  desaparecimiento  de  su  antecesor . 


2o8 

Y  las  miradas  de  esos  dos  hombres  que  hasta  entonces  se  habían 
cruzado  como  dos  hojas  de  un  puñal,  se  encontraron  ahora  llenan 
de  indecible  angustia  y  se  perdonaron. 

Una  larga  faja  de  luz  amarillenta,  la  primera  del  día,  cayó  al 
fondo  de  la  lóbrega  pieza. . . 


v^        s^ 


La  muerte  de  O'Híggíns 


HAi  en  la  menguada  sala  silencio  de  presbiterio  e  indecisa  cla- 
ridad de  cripta.  La  escasa  luz  que  cruza  la  estrecha  ventana 
por  los  cristales  empañados  y  llenos  de  polvo,  deja  en  la  pe- 
numbra los  estremos  de  la  habitación.  Apenas  se  dibujan  en 

él  los  contomos  vagos  de  un  viejo  catre  de  madera  con  co- 
lumnas torneadas,  de  un  estante  de  caoba  bruñido  por  el  roce  de 

cada  dia,  y  de  algunas  imájenes  clavadas  en  la  pared,  recuerdo  de 

afección  injénua  y  leal. 

En  un  sillón  de  Jacaranda,  tallado,  de  alto  respaldo,  al  estilo  es- 
pañol del  siglo  XVIII,  tapizado  de  lanipaz  verde  desteñido  por  el 
tiempo;  se  acaba  de  reclinar  moribundo  y  examine  un  anciano  de 
enjuto  rostro,  afilada  nariz,  ojos  vivos  y  majestuosa  y  serena  cabe- 
za. Una  mujer  que  se  le  parece  en  lo  físico  y  una  criada  indíjena, 
lo  ayudan  a  tomar  la  posición  de  mayor  reposo,  y  en  puntillas  se 
alejan  sin  dar  vuelta  siquiera  el  rostro  para  observar  con  ternura 
silenciosa  cualquier  movimiento  del  doliente. 

En  la  vecina  sala,  donde  otros  viejos  muebles  que  han  sido  lujo- 
sos en  su  tiempo  hablan  de  un  pasado  opulento,  un  rayo,  de  sol 
cae  por  la  puerta  entreabierta  al  través  de  los  naranjos  del  patio. 
A  su  luz  viva,  en.  cuya  faja  danzan  su  zarabanda  las  moléculas  de 


2IO 


polvo,  brilla  la  caoba  y  el  bronce  de  los  muebles  imperio»  que,  en 
el  forro  manchado  y  descolorido  revelan  el  uso  pertinaz  de  los 
años  y  son  documentos  de  lo  tornadizo  de  las  cosas  humanas.  Dos 
retratos,  colgados  en  los  muros  y  encuadrados  en  marcos  que  la 
patina  del  tiempo  ha  esmaltado  con  el  tranquilo  matiz  del  oro  vie- 
jo, hacen  pensar  en  la  historia  americana  de  los  últimos  años  de 
un  siglo,  y  los  primeros  de  otro.  ¡Cuánta  mudanza!  ¡Qué  reforma 
tan  inmensa  en  tan  cortos  años!  El  virrei  Ambrosio  O'Higgins  y 
el  libertador  Bolívar  se  miran  frente  a  frente;  y  el  mas  alto  repre- 
sentante de  la  monarquía  española  y  el  mas  invencible  capitán  de 
la  independencia  americana,  que  ejercieron  en  la  ciudad  de  Lima 
el  imperio  de  su  enerjia  y  de  su  jenlo,  revelan  en  sus  sombríos 
cuadros  una  misma  altiva  y  serena  confianza  bajo  su  aureola  co- 
mún de  imortalidad. 

La  mujer  y  la  criada  pasan  de  la  oscura  y  melancólica  habitación 
del  enfermo  a  esta  sala  mas  risueña  y  luminosa. 

— ¡Doctor  Young!  querido  doctor! — dice  la  mujer  con  aire  deso- 
lado a  un  hombre  que  entra  desde  el  patio.  Algo  me  dice  al  cora- 
zón que  es  la  última  hora. . . 

— Confiemos  en  Dios,  señora  Rosa.  Poco  hai  ya  que  esperar  de 
nuestras  fuerzas.  El  jeneral  ha  marchado  siempre  del  brazo  con  la 
muerte;  ésta  quiere  vengar  hoi  en  el  pobre  viejo  los  antiguos  des- 
denes del  soldado.  ¡Quién  lo  hubiera  dicho  cuando  faltaban  seis 
horas  para  estar  a  bordo  del  buque  que  lo  debia  llevar  a 
Chile! 

— Su  sueño  de  felicidad,  doctor,  durante  veinte  años  alimentado 
con  locuras!  Vea  usted  en  esta  mesa.  Antes  de  encerrarse  en  los 
últimos  dias,  acababa  de  hacer  este  discurso.  Léalo  usted.  Contes- 
ta en  él  a  la  Municipalidad  de  Valparaíso  que  se  figuraba  lo  ha- 
bla de  recibir  al  desembarcai.  ¡Pobre  viejo!  ¡Tanto  que  ha  su- 
frido, tanto  que  ha  amado  tanta  ingratitud  que  ha  maltratado  su 
corazón! 

El  doctor  recorre  emocionado  el  papel,  le  tiemblan  sus  manos  y 
deja  caer  dos  lágrimas  que  enjuga  precipitadamente.  A  media  voz 
lee  estas  palabras: 

«Por  preparado  que  viniese  después  de  veinte  años  de  ausencia 
íle  mi  cara  patria,  era  imposible  no  ser  sorprendido  bajo  un  cielo 


211 


claro  a  la  vista  espléndida  de  la  mas  pintoiesca  ciudad  de  las  que 
he  visitado  en  otras  partes  del  mundo,  con  la  diferencia  que  todos 
los  edificios  que  coronan  las  alturas  de  Valparaíso  tienen  los  ver- 
daderos colores  de  frescura  y  alegría  de  la  juventud,  mientras  que 
los  otros  del  mundo  antiguo  de  que  he  hablado,  dan  pruebas  evi- 
dentes de  la  decadencia  que  atiende  a  las  edades.» 

— Señora  Rosa,  no  sufra  usted  con  esta  separación.  Para  el  je- 
neral  la  muerte  es  el  tránsito  a  la  inmortalidad.  Usted  no  debe 
darle  un  adiós  cuando  en  pocas  horas  mas  lo  llame  el  Creador  a 
su  presencia;  porque  en  ese  mismo  instante  aparecerá  de  nuevo 
entre  nosotros  en  Lima,  en  Santiago,  en  Buenos  Aires,  trasfigura- 

do,  glorioso  en  medio  de  las  aclamaciones  que  enmudecen  mien- 
tras vive. 

La  dama  sigue  llorando  silenciosamente.  No  es  hija  del  virrei 
como  el  jeneral;  pero  ha  nacido  de  la  misma  hermosa  mujer  que 
cautivó  su  corazón.  Su  amor  acrisolado  en  cuarenta  años  de  vida 
fraternal,  en  la  grandeza  y  el  destierro,  la  ha  allegado  al  hermano 
como  a  la  roca  que  baña  al  mar  se  allega  a  golpes  de  ola  el 
caracol. 

— No  olvidará  nunca — prosigue  exaltándose  el  fiel  médico — que 
he  asistido  a  la  agonia  del  mas  valeroso  soldado  de  América.  Sien- 
to que  en  este  momento  llegan  en  espíritu  a  esta  casa  todos  los 
proceres  y  héroes  muertos  en  las  batallas  o  en  el  destierro;  mudos 
y  silenciosos  contemplan  el  último  dia  del  vencedor  de  Rancagua 
de  Chacabuco  y  de  Maipo. 

Un  instante  de  silencio.  Del  patio  llega  un  ruido  de  sandalias. 
Un  fraile  franciscano  se  asoma  a  la  puerta  en  actitud  de  in- 
terrogan 

— Sigue  mal,  paJre.  La  muerte  está  cerca.  ¿Dirá  usted  la  misa 
como  antes  en  la  habitación  del  lado?  El  enfermo  espera. 

4»    «i»    + 

Entre  tanto,  el  anciano  ha  entornado  los  ojos,  y  aunque  pa- 
rece dormir,  el  jesto  severo  que  se  estampa  en  su  frente  y  que 
va  per  momentos  suavizándose,  revela  el  desarrollo  de  su  pensa- 
miento. 


212 


¡Chile!  ¡Cuanto  significa,  para  él,  esta  palabra.  Para  él,  que  rodeó 
el  continente  por  el  mas  tormentoso  mar,  en  medio  de  tempesta- 
des horribles,  en  un  miserable  barco  de  vela,  para  llegar  a  sus 
costas  donde  ya  se  hablan  posado  antes  sus  mas  ardientes  sueños 
de  niño  como  una  bandada  de  blancas  gaviotas. 

Para  él,  que  conoció  a  su  patria  esclavizada,  dormida  en  hondo 
sueño,  cerrada  a  la  luz  y  al  pensamiento,  y  que,  sin  tiempo  para 
amar  ni  recojer  las  flores  de  la  primavera  de  su  vida,  tomó  la  es- 
pada para  despertarla  y  romper  sus  cadenas!  ¡Para  él,  que  alcanzó 
a  verla  dando  los  primeros  pasos,  vestida  de  blanco  y  débil  como 
una  convalesciente  que  sale  a  su  jardin! 

Y  los  labios  del  moribundo.,  secos  y  ardientes,  se  mueven  para 
acariciar  la  palabra  tan  amada:  ¡Chile!  La  ausencia,  los  dolores,  el 
deseo  febril  de  arribar  a  sus  playas,  la  presentan  vestida  con  todas 
las  galas  del  paraiso  de  los  creyentes. 

Los  puertos,  a  la  orilla  de  un  mar  intensaiñente  azul;  los  campos 
verdes,  tendidos  como  una  sábana  de  esmeraldas  al  pié  de  la  in- 
mensa cordillera  coronada  de  nieves;  las  ciudades,  nuev'as  y  popu- 
losas, surjiendo  entre  las  viejas  arboledas  españolas  como  castillos 
blancos;  el  cielo,  imperturbable  en  medio  de  una  voluptuosa  pri- 
mavera que  lo  envuelve  todo  en  ondas  tibias;  y  sobre  este  Edén 
abierto  con  el  esfuerzo  y  la  sangre  de  tantos  héroes,  apóstoles  y 
mártires,  la  joven  bandera  flameante  a  las  brisas  de  la  paz  y  la 
concordia. 

Y  toda  esta  aparición  luminosa  que,  con  la  fiebre  de  sus  pasio- 
nes de  soldado,  ha  querido  volver  a  ver  un  solo  momento  antes  de 
morir,  se  retira  de  su  camino  para  siempre. 

Le  parece  de  pronto  que  estas  últimas  palabras  las  ha  dicho  una 
voz  estraña,  como  una  sentencia  de  muerte,  y  poniendo  el  oido 
atento  pregunta  a  media  voz,  rfiara  siempre? 

De  la  pieza  vecina,  apagadas  como  un  rumor  de  insectos,  vienen 
las  voces  de  los  suyos,  de  los  únicos  que  acompañan  sus  horas  de 
soledad  y  melancolia. 

Hai  un  momento  en  que  la  imajinacion  cansada  se  paraliza.  Pa- 
rece que  flotara  en  un  espacio  oscuro  donde  no  llega  la  luz  ni  la 
voz  humana.  Las  imajenes  se  han  borrado,  los  recuerdos  se  han 
detenido.  De  pronto,  entre  la  oscuridad,  surje  una  pequeña  iglesia 


213 

blanca,  algo  derruida,  en  medio  de  una  aldea  humilde.  Sus  solda- 
dos lo  rodean.  Un  incesante  tiroteo  resuena  en  todos  lados.  Una 
bandera  cubierta  con  un  crespón  negro  se  ha  fijado  en  las  trinche- 
las  para  mostrar  al  enemigo  el  pacto  con  la  muerte. 

¡Rancagua! 

Desde  la  torre  en  donde  se  encuentra  en  ese  instante  y  cuya 
pequeña  campana  siente  ahora  sobre  su  cabeza,  divisa  un  reji- 
miento  de  dragones  españoles  que  avanza  desplegado  por  el  campo 
lleno  de  sol.  Un  corpulento  jinete  de  poncho  blanco  va  al  frente. 
¿Quién  es  él?  pregunta.  La  voz  de  un  campesino  contesta:  Es 
Osorio!  I/Uego  descubre  a  la  división  de  los  Carreras  que  se  preci- 
pita a  la  carga;  pero  mui  pronto  los  vé  dispersos  por  el  campo  y 
disparando  al  galope  en  todas  direcciones.  La  ira,  la  desesperación 
lo  ajitan.  Junta  los  ojos  y,  sobre  su  frente  contraída  por  dolorosa 
tortura,  pasa  la  idea  de  una  traición. 

El  cañoneo  no  cesa;  el  agua  ha  sido  cortada.  Los  soldados  están 
negros  de  morder  cartuchos;  los  tiros  revientan  antes  de  allegarles 
el  lanza-fuego  en  los  cañones  caldeados.  El  parque  estalla.  La 
aldea  se  incendia.  Entonces,  el  jeneral  vé  una  figura  familiar  desde 
las  viejas  campañas:  es  la  muerte  que  lo  invita  a  seguirlo.  Pero 
monta  a  caballo,  reúne  a  los  suyos.  Carrera,  Freiré,  Molina,  As- 
torga  y  otros  agrupan  los  soldados.  Y  esta  lejion  de  la  muerte,  en 
medio  de  un  alarido  salvaje,  rompe  las  trincheras,  atraviesa  el 
enemigo  y  se  lanza  en  frenética  carrera  hasta  Los  Andes. 

La  Patria  Vieja  ha  muerto! 

El  anciano  ahoga  un  sollozo  y  deja  caer  la  cabeza  sobre  su 
pecho. 

Por  la  puerta  entreabierta,  el  jeneral  vé  levantarse  el  altar  con 
flores.  La  hermana  entra  en  puntillas,  se  acerca,  coloca  su  mano 
suave  y  tibia  sobre  la  frente  ardorosa  del  moribundo.  Young 
avanza  en  puntillas.  El  jeneral  lo  vé  y  le  dice  en  voz  baja: 

— Ahora  sí,  doctor,  que  nos  embarcamos. 

— ¿Para  Chile,  jeneral? 

— No  lo  sé.  Se  me  confunden  en  este  momento  las  playas  del 
descanso. . .  ¿Para  mi  patria  o  para  olra  vida  mejor?  ¡Quién  sabe! 
Pero  siento  que  mi  barco  arriba. . . 

Y  como  en  ese  momento  el  sacerdote  revestido   comenzara  las 


marcha  triunfal,  al 
través  de  la  Cordi- 
llera hasta  Chacnbnco;  sti  carga  heroica  sohre  los  flancos  de  los 
cerros,  su  fatiga  después  del  combate,  cuando  Soler  sobre  un  cabs- 


215 

lio  blanco,  cómo  podía  ir  la  vanidad  cabalgando  sobre  la  envidia, 
le'reprendió  su  empuje  llamándolo  indisciplina  y  él  Jadeante  como 
Una  fiera  después  de  la  cacería,  no  replicó  una  palabra  y  palideció 
como  la  muerte. 

lyos  ojos  del  jeneral,  cerrados  un  instante,  vuelven  a  abrirse; 
pero  esta  vez  a  la  realidad.  Ya  no  es  un  sueño.  Por  lo  menos  la 
aparición  no  es  vaga  ni  mental.  Un  sacerdote  dice  la  misa  frente  a 
él  Es  la  misa  en  acción  de  gracias  por  la  batalla  de  Maipo!  In- 
menso rumor  de  pueblo,  de  tambores  y  clarines,  de  campanas  lan- 
zadas a  vuelo,  de  petardos  y  vítores,  viene  rodando  en  alas  del 
viento  como  un  trueno  lejano,  pero  como  un  trueno  de  gloria  y  de 
alegría. 

Las  salvas  de  los  cationes  rompen  de  cuando  en  cuando  este 
clamor  jigantesco  que  sube  en  una  marejada  tempestuosa.  Des- 
cargas de  fusilería  levantan  a  cada  instante  un  nuevo  vocerío  que 
se  mezcla  a  los  repiques  de  las  campanas,  y  a  las  dianas  de  los 
cuarteles,  como  un  coro  mas  grandioso  que  el  de  los  combates, 
porque  es  el  de  las  victorias. 

El  director  supremo  siente  acercarse  este  océano  de  ejército  y 
de  pueblo  sobre  ti  cual  millares  de  banderas  y  de  ramas  verdes  se 
ajitan  en  el  aire  en  discordante  aclamación.  Vestido  con  su  casaca 
bordada  de  oro,  rodeado  de  sus  ministros  Zenteno,  Zañartu  y 
Echeverría;  escoltado  por  Freiré,  Prieto,  Benavente,  Bulnes  y  otros 
de  rostro  juvenil,  mirada  de  fuego,  figuras  altivas  y  espadas  glo- 
riosas, penetran  al  templo,  donde  al  acallarse  el  himno  de  los  ca- 
ñones, campanas  y  tambores,  surje  otro  de  cánticos  sagrados, 
severo  y  grave,  como  los  versículos  del  Te-Deum. 

Vé  el  jeneral-  levantarse  a  su  lado  las  imponentes  columnas  de 
la  Catedral  de  Santiago;  llenarse  sus  naves  con  una  inmensa  mu- 
chedumbre; avanzar  las  delegaciones  de  los  rejimientos  con  las 
banderas  inclinadas;  los  frailes  cantando  con  cirios  encendidos  en 
las  manos,  los  monaguillos  meciendo  los  incensarios  de  plata;  y 
sintiéndose  un  rumor  de  mar  ajitado,  de  cantos,  voces,  pasos  sobre 
la  piedra  del  piso,  espadas  que  se  chocan,  fusiles  que  se  alinean, 
¿Qvié  cortejo  es  éste?  ¿Quiénes  se  avanzan  hasta  a  dos  pasos  de  su 
dosel  de  honor?  Es  San  Martin  que  viene  rodeado  de  los  guerreros 


2l6 

arj entines,  de  Quintana,  Balcarce,  Las  Heras  y  cincuenta  mas  de 
altivo  continente  y  fiera  apostura. 

ALí  en  el  fondy  cont'núan  lo.í  cánticos  sagrados  y  de  afuera 
entran  en  oleadas  los  ecos  del  clamor  de  un  pueblo  entero,  que 
celebran  la  victoria,  con  las  salvas  que  se  disparan  de  minuto  a 
minuto  en  los  cuatro  estremos  de  la  ciudad. 

El  sol  de  las  victorias  cae  sobre  los  vidrios  de  colores,  fonna  un 
arco -iris  que  atraviesa  la  oscura  nave  y  se  quiebra  sobre  la  muche- 
dumbre inquieta  y  rumorosa. 

Pero  los  cantos  van  estinguiéndose,  las  luces  apagándose,  las 
aclamaciones  alejándose.  Aquellas  figuras  palidecen  como  sombras 
éstas  s¿  borran  como  jirones  de  humo,  las  columnas  se  retiran 
como  los  decorados  de  una  escena;  todo  queda  solitario,  abando- 
nado, silencioso. 

¡Qué  efímeros  son  los  triunfosl 

A  lo  lejos,  desde  un  rincón,  una  figura  hace  señales  misteriosas: 
es  la  misma  que  lo  invitó  en  Rancagua  a  seguirlo,  es  la  misma 
que  pocas  horas  antes  ha  vuelto  a  acercársele.  Es  la  muerte  que 
llega. 

La  misa  ha  concluido. 

Rosa  se  acerca  y  le  oprime  una  mano.  El  moribundo  sonric.  La 
sala  vuelve  a  quedar  un  momento  en  silencio;  sombras  y  amargu- 
ras invaden  su  mente.  Son  las  primeras  turbaciones  del  Gobierno. 

Ha  acabado  la  epopeya,  comienza  la  lucha  sin  laureles  y  sin 
glorias,  las  estériles  batallas  contra  las  ambiciones  de  los  hombres, 
las  calumnias  y  las  injurias. 

Una  procesión  de  víctimas  pálidas  y  desencajadas  pasan,  con  un 
hilo  de  sangre  sobre  el  pecho  o  en  el  cuelhj.  Xo  le  acusan,  sin 
embargo.  El  viejo  cierra  los  ojos  y  frota  su  mano  sobre  la  frente 
como  para  borrar  todo  aquello  que  amarga  su  última  hora. 

Voung  y  Rosa  están  a  su  lado. 

La  fiebre  ha  subido,  los  ojos  tienen  estraño  brillo.  Lo  levantan 
cuidadosamente  y  lo  acercan  al  lecho  donde  la  casaca  del  Director 
Supremo  que  se  hizo  nií)strar  por  la  mañana  cae  como  un  trofeo, 
plegada  sobre  la  banda  de  capitán  jeneral  que  cruzaba  su  pecho. 

Recuerda,  al  verla,  la  escena  del  Consulado,  los  airados  adema- 
nes de  sus  amigos,  su  inmensa  soledad,  su  abandono  de  todos,  la 


i 


217 

abdicación  del  mando  en  un  supremo  movimiento  de  heroismo,  y 
grandeza  de  alma  .  "y  levanta  su  cabeza  con  orgullo. 

Un  instante  después,  tendido  en  el  lecho  y  respirando  con  difi- 
cultad, vé  pasar  todavía  iraájenes  antiguas,  su  viaje  a  Santiago  y 
Valparaiso,  su  arresto,  su  embarque  a  bordo  de  un  buque  ingles  y 
su  llegada  al  Callao,  ¡para  no  volver! 

T       T       V 

Un  incesante  mido  se  siente  en  el  patio:  roce  de  pasos  sobre 
las  lozas,  hojas  oprimidas  en  el  suelo.  Medrosamente,  lentamente, 
van  entrando  a  la  humilde  morada,  viejos  y  niños,  soldados  y  mu- 
jeres, que  se  agrupan  bajo  los  naranjos  se  imponen  silencio  con 
un  dedo  sobre  los  labios  y  esperan. 

Ha  corrido  la  noticia  de  que  el  capitán  jeneral  de  la  República 
de  Chile,  el  brigadier  del  ejército  de  Buenos  Aires  y  el  gran  maris- 
cal del  Perú,  está  agonizando;  y  un  sentimiento  de  emoción  recorre 
plazas  y  calles^  levantando  los  recuerdos  de  la  Independencia  como 
un  toque  de  rebato. 

Y  mientras  en  la  sala  triste  en  donde  las  sombras  del  crepúsculo 
comienzan  a  hacer  su  nido,  sufre  agonías  de  muerte,  soldados  de 
los  tres  ejércitos  que  han  ido  quedando  en  la  ciudad  de  los  virreyes 
después  de  la  guerra,  llegan  de  todas  partes  para  ver  por  última 
vez  al  procer  del  Roble,  de  Rancagua  y  Candía  Rayada,  al  jeneral 
de  Chacabuco  y  Maipú,  al  proscrito  de  la  hacienda  de  Montalvan, 
al  primer  ciudadano  de  Chile! 

Dos  o  tres  veteranos,  que  pelearon  en  Maipo  y  que  poco  antes 
habían  estado  en  el  Perú  con  Bul n es  para  conquistar  glorias  y 
heridas  en  Yungaí,  han  logrado  entrar  a  la  habitación  y  lloran  de 
rodillas  en  un  estremo. 

Rosa  tiene  una  mano  sobre  la  frente  del  anciano  y  con  la  otra  le 
oprime  la  derecha.  El  aliento  del  moribundo  es  entrecortado  y 
difícil. 

Young  y  el  fraile,  de  rodillas  dos  pasos  mas  lejos,  murmuran  las 
Ittanias  de  la  buena  muerte  que  resuenan  desgarradoras  en  el  con- 
traste de  la  humana  gloria  con  la  humana  miseria, 


2l8 

El  jeneral  se  incorpora  súbitamente,  mira  sonriendo  al  médico 
fiel,  talvez  mas  lejos  divisa  a  los  soldados  de  Chile.  Con  una  mano 
aparta  la  casaca  de  Director  y  con  la  otra  atrae  hacia  si  un  hábito 
de  franciscano  que  ha  pedido  antes. 

— ^\'a  a  comenzar  la  batalla — dice — éste  es  el  uniforme  que  Dios 
me  manda! 

Minutos  después  cierra  los  ojos  en  actitud  de  descansar. 

Un  agudo  sollozo  de  Rosa,  indica  a  todos  que  el  último  héroe 
de  la  independencia  americana  ha  muerto. 

Las  puertas  son  empujadas  desde  fuera  y  un  incesante  desfile  de 
soldados  inválidos,  de  oficiales,  déjente  del  pueblo,  de  viejos  y  de 
mujeres,  pasa  toda  aquella  noche  y  al  dia  siguiente  por  la  habita- 
ción de  0*Higgins. . . 

¡El  proscrito  despertaba  a  la  vida  de  la  inmortalidad! 


Artículos  en  Brocda 


n  don  C  SILVn  VILDÓSOLB 


Lñ  CñFETERñ   RUSñ 


DESDH  hace  mucho  tiempo,  desde  los  años  de  la  Universidad, 
época  en  que  se  propalan  los  mas  absurdos  rumores  sobre  el 
matrimonio,  he  tenido  para  mí  que  la  felicidad  conyugal  des- 
cansa sobre  dos  firmes  columnas:  el  buen  café  después  d' : 
las  comidas  y  el  piano  bien  tocado  en  las  veladas  del 
hogar. 

Tan  arraigadas  he  tenido  estas  convicciones  y  con  tanta  pasión 
las  desarrollé  ante  la  que  iba  a  ser  mi  mujer,  que  no  es  de  estra- 
ñarse  que  en  el  primer  año  de  mi  matrimonio,  nadie  bebiera  mejor 
café  en  Santiago,  y  nadie  oyera  mejor  ejecutadas  las  sonatas  de 
Beethoven,  la  polonesa  y  nocturno  de  Chopin  y  numerosas  com- 
posiciones de  Mendelsohn,  Rubinstein,  Schumman  y  otros  maes- 
tros. 

Pero  como  siempre  ocurre,  el  café  fué  empeorando  lentamente,  y 
la  ejecución  de  las  piezas  relajándose.  Kslo  último  se  esplica  con 
la  presencia  de  un  nuevo  habitante  en  mi  casa,  que  con  sus  gritos, 
caprichos  y  enfermedades  variadas  distraia  las  facultades  de  la  pia- 
nista y  hacia  nacer  las  de  la  madre. 
Cada  día  se  producía,  después  de  comer,  una  escena  análoga. 


222 

Mi  mujer  esperaba  que  llevara  a  mis  labios  la  tacita  de  café  para 
observar  concienzudamente  el  efecto  que  éste  me  producia.  En  se- 
^guida,  juzgando  por  la  alteración  de  mis  razgos  fisionómicos,  lla- 
maba a  la  sirviente: 

— ¿Qué  café  es  este? 

— El  mismo  de  ayer,  señorita 

— ¿Lo  has  tostado  mas  que  otras  veces? 

— Nó,  señorita.  Lo  mismo  que  siempre, 

— Sin  embargo,  está  peor  que  nunca. 

Yo  notaba,  a  medida  que  avanzaba  el  tiempo,  una  honda  deses- 
peración en  mi  casa.  El  café  empeoraba,  como  el  cambio,  y  nada 
podia,  como  a  éste,  colocarlo  en  su  antiguo  pié.  Para  no  agra- 
var la  situación,  ya  grave  de  suyo,  me  abstenía  de  dar  jui- 
cio alguno,  y  este  silencio  exasperaba  indudablemente  a  mi  mujer. 

— Tú  te  callas;  pero  por  dentro  estás  furioso.  Te  conozco.  Con 
tus  ideas  estrafalarias  estarás  juzgando  por  el  café,  que  yo  te  quie- 
ro menos  y  que  no  me  preocupo  de  tus  cosas. 

— Estas  equivocada.  Yo  tengo  paciencia  y  creo  que  han  de  venir 
mejores  dias  para  el  café.  Pero  no  te  afanes,  todo  tiene  com- 
pensación, y  si  es  cierto  que  el  café  que  me  das  parece  una 
solución  de  tanino,  también  es  verdad  que  las  sopas  han  mejo- 
rado, . . 

— Pero,  seguramente,  tú  crees  que  las  sopas  no  tienen  nada  que 
hacer  con  la  felicidad  del  matrilnonio.  Nunca  te  has  referido  sino 
al  café  y  al  piano. 

—Tienes  razón.  Aunque  en  mi  programa  matrimonial  no  figu- 
raban las  sopas,  pueden,  sin  embargo,  agregarse. . . 

— Pero,  prométeme,  ademas,  que  no  irás  nunca  a  buscar  buen 
café  al  Club. 

— Te  lo  prometo,  a  pesar  de  que  la  tendencia  natural  del  hom- 
bre es  al  progreso,  a  mejorar  lo  que  es  susceptible  de  mejora- 
miento. . . 

La  cuestión  se  agravaba,  y  el  café  iba  pasando  por  trasformacio- 
nes  sucesivas:  aclarándose  unas  veces  hasta  parecer  tintura  de  j'O- 
do  disuelta  en  mucha  agua;  ennegreciéndose  otras  hasta  el  negro 
absoluto;  pero  siempre  sin  sus  cualidades  de  aroma  y  de  sabor  de 
los  primeros  tiempos. 


223 

\ 
\ 

Una  tarde,  mientras  escribía  en  mi  escritorio  para  hacer  tiempo, 
mi  mujer  entró  ruidosamente,  y  colocó  sobre  mis  papeles  una  serie 
de  piezas  de  latón,  algo  deterioradas. 

— Aquí  está — me  dijo  con  una  sonrisa  de  triunfo. 

—¿Qué  es  ésto? 

—Aquí  está  el  secreto  del  café  malo.  ¿Ves  tú  este  filtro?  Está 
roto.  £1  depósito  csí  .1  gastado  y  le  da  al  agua  gusto  a  soldadura  de 
plomo.  Hai  que  comprar  otra  cafetera.  Me  ha  costado  medio  dia 
de  trabajo. 

Aunque  no  comprendía  el  por  qué  de  tanto  trabajo,  ni  me  espli- 
caba  que  el  secreto  no  hubiera  sido  develado  un  año  antes,  exami- 
né las  piezas  y  comprendí  que  se  imponía  una  nueva  cafetera.  Pero 
como  yo  sol  un  hombre  reflexivo,  detuve  la  impaciencia  de  mi  mu- 
jer, que  corría  ya  a  ponerse  el  sombrero  frente  a  un  espejo,  y  le 
dije. 

— Es  necesario  andar  con  pies  de  plomo,  lo  que  no  quiere  decir 
que  la  cafetera  deba  ser  de  este  metal,  por  supuesto.  Supongo  que 
en  el  comercio  hai  cafeteras  de  diversos  sistemas.  Vale  la  pena  sa- 
ber qué  pais  bebe  mejor  café,  y  entonces  sabremos  cuáles  son  las 
mejores  cafeteras. . . 

—Eso  es  un  disparate — replicó  mi  mujer — porque  donde  hai  me- 
jor café  es  en  Bolivia  y  en  Costa  Rica,  y  nunca  he  oído  hablar  de 
cafeteras  bolivianas  o  costarricenses. 

Comenzamos  a  eso  de  las  cuatro  de  la  tarde,  una  larga  peregri- 
nación al  través  de  las  mercerías,  de  las  lamparerías,  y  hasta  de  las 
librerías,  porque  siempre  tengo  como  aforismo  que  en  los  almace- 
nes donde  no  debe  haber  un  artículo  y  lo  hai,  se  encuentra  éste 
mas  barato  que  en  otra  parte. 

Se  nos  ofrecieron  cafeteras  Inglesas,  americanas  y  francesas.  Las 
primeras  eran  excesivamente  sencillas  y  caras;  las  segundas  eran 
de  un  metal  nuevo  que  no  inspiraba  mucha  confianza,  y  la  tercera 
tenia  numerosa  piezas,  y  of  recia  en  grandes  letras  ser  económica, 
elegante  y  barata. 

Después  de  muchas  vacilaciones,  uno  de  los  vendedores  abrió 
una  vitrina  y  de  entre  otros  objetos  heterojéneos  estrajo  uno,  ase- 
gurándome que  era  una  cafetera  rusa.  Me  causó  esta  afirmación  el 
mismo  estupor  que  si  mañana  me  dijeran  que  el  monumento  Montt- 


224 

Varas  estaba  destinado  a  disparar  el  cañonazo  de  las  doce.  Había 
visto  muchas  veces  esos  aparatos  y  los  creía  lámparas  de  enfemios 
o  de  minas;  jamas  se  me  paso  por  la  mente  la  idea  de  que  fueran 
lisa  y  llanamente  cafeteras  rusas. 

Cargados  con  la  peligrosa  novedad,  regresamos  a  casa. 

El  aparato  venia  acompañado  de  un  plano  en  que  estaban  indi- 
cadas las  diferentes  piezas,  con  números,  desde  i  hasta  12.  Leimos 
con  ínteres  las  instrucciones  escritas  en  ingles,  francés,  portugués 
y  español.  líra  esa  eterna  y  engorrosa  historia:  se  pone  agua  en  el 
depósito  número  i,  se  introduce  en  su  interior  el  filtro  2,  se  coloca 
el  café  entre  éste  y  el  filtro  3,  se  ajusta  sobre  ellos  el  tubo  4,  con 
un  ajuste  a  la  bayoneta  (esta  palabra  daba  cierto  aspecto  sangriento 
a  la  descripción),  se  tapa  todo  con  el  depósito  5,  se  atornilla  el 
mango  en  la  rosca  6,  se  coloca  todo  en  el  soporte  7,  se  enciende  el 
anafre  8,  teniendo  cuidado  que  el  alcohol  no  se  estienda  a  la  base 
9.  Se  estingue  el  fuego  con  la  tapa  10,  cuando  salga  vapor  por  la 
válvula  II,  y  se  invierte  la  cafetera  durante  cinco  minutos,  sirv^ien- 
do  después  las  tazas  con  ayuda  del  mango  12. 

Se  puede  apreciar  la  importancia  que  tiene  este  escape  del  va- 
por. La  primera  noche,  sin  saber  cómo,  nos  sentamos  a  la  mesa  mas 
temprano.  En  medio  de  las  copas  y  de  nuestra  modesta  vajilla,  se 
ostentaba  luminosa  la  nueva  cafetera,  porque  según  disposición  de 
mi  mujer,  el  café  seria  confeccionado  por  nosotros  mismos,  j-a  que 
el  plano,  con  las  esplícaciones  adjuntas  en  cuatro  idiomas,  habría 
sido  inintelijible  para  la  sir\'iente. 

Se  preparó  todo,  y  se  encendió  el  anafe  a  la  altura  de  la  sopx 
Cuando  menos  lo  pensábamos,  y  en  el  curso  de  una  interesante 
conversación,  sentimos  un  ruido  estraño,  miramos  hacia  todos  la- 
dos, pero  sin  esplicarnos  qué  lo  produjo,  volvimos  a  distraemos. 
De  pronto,  un  vaho  caliente  humedece  mi  cara.  ¡La  cafetera! — gri- 
to.— Nuestras  cuatro  manos  se  precipitan  a  invertir  el  depósito 
conforme  a  las  instrucciones,  mientras  ésta  parece  sacudida  por 
convulsiones  interiores. 

Por  fin,  después  de  todo,  lo<;ramos  servirnos,  y  un  líquido  de- 
masiado rubio  cae  a  nuestras  tazas.  Sin  embargo,  nos  vemos  obli- 
gados a  declarar  que  la  bebida  estaba  excelente. 
— — Jamas  había  probado  nada  nic^'or — digo  yo. 


225 

— No  me  figuraba  que  pudiera  hacerse  un  café  mas  aromático, 
agrega  ella. 

Trascurrió  la  noche  sin  incidentes;  pero  allá  cerca  de  las  doce, 
notando  a  mi  mujer  preocupada  le  digo: 

— No  me  ocultes  nada,  ¿te  sientes  mal? 

— Nó;  no  siento  absolutamente  nada. 

—No  me  lo  niegues.  Estás  inquieta,  no  hablas,  díme  francamen- 
te qué  tienes. 

— Te  diré.  Pero  no  lo  tomes  a  mal.  Confiésame  que  el  café  ;ísta 
ba  mui  malo. 

— Detestable. 

—¿No  es  cierto?  Yo  no  me  atreví  a  decirlo  antes,  porque  te  vi 
tan  entusiasmado  con  tu  cafetera  rusa.  Pero  eso  es  intolerable.  He- 
mos perdido  el  dinero  y  el  tiempo. 

Al  dia  siguiente,  volvimos  a  sentarnos  temprano  a  la  mesa,  y 
cargamos  el  filtro  con  mas  café.  Pero  como  el  vapor  salió  mui  rá- 
pidamente, y  la  cafetera  quedó  invertida  cuando  apenas  nos  servian 
la  sopa,  comenzamos  a  apurarnos  de  tal  manera  en  comer,  que  la 
sirviente  corria  desaforadamente. 

— Esta  es  una  esclavitud  intolerable — dice  mi  mujer — ya  no  po- 
dremos comer  despacio  o  lijero,  según  como  nos  dé  la  real  gana, 
sino  como  nos  obligue  esta  cafetera  endemoniada. 

El  líquido  ha  resultado  mejor  y  mas  oscuro.  Pero  siempre  hai  un 
profundo  desconsuelo  en  la  sobremesa. 

El  tercer  dia,  al  encenderse  el  anafre,  el  alcohol  se  desparrama  y 
se  incendia  una  sixperficie  de  media  vara  del  mantel.  Se  arroja  so- 
bre ella  agua,  vino,  salsa  inglesa,  pan,  y  servilletas,  hasta  eslinguir 
el  fuego. 

Yo  grito  indignado  a  la  sirxdente: 

— Llévese  usted  ese  aparato  a  la  cocina,  y  que  no  lo  vuelva  a 
ver  en  el  comedor.  Allá  se  hará  el  café  en  adelante,  /  allá  ha  debido 
hacerse  siempre. 

Mi  mujer  aprovecha  el  momento  para  decirme  con  voz  mui 
suave: 

—¿Por  qué  no  renuncias  al  café? 

—Eso  nunca. 


226 

— Hazlo  por  galantería,  por  buena  educación,  ¿con  qué  objeto 
estamos  perdiendo  la  tranquilidad  por  una  tontería? 

En  ese  instante  se  siente  a  lo  lejos  una  detonación;  luego  los 
pasos  precipitados  de  la  sirviente  se  acercan;  la  puerta  se  abre, 
y  antes  que  formulemos  una  pregunta;  ella  dice  casi  sollozando: 

— La  cafetera  ha  hecho  esplosion. 


¡DnminH.  uehi 


(o  8EA  DE  CÓMO  ME  ROBARON    MI  MALETA) 


SIEMPRE  había  creído  sobradamente  necios  a  aquellos  viajeros 
a  quienes  roban  sus  maletas,  y  solo  ahora  vengo  a  creer  que 
el  injenio  de  los  caballeros  de  industria  puede  más  muchísi- 
mo mas,  que  el  injenio  con  que  una  persona  medianamente 
lista  cuida  su  equipaje. 
Con  absoluta  sinceridad  contaré  cómo  me  acaban  de  robar  mi 
riquísima  maleta  de  cuero  de  chancho,  con  que  yo  he  andado  ufa- 
no durante  seis  meses.  Porque,  seamos  francos,  hai  muchas  perso- 
nas que  tienen  talento,  virtud,  coche  americano,  hijas  bonitas, 
bonos  de  la  Caja  y  hasta  palco  en  el  Municipal;  pero  son  bien  es- 
casos los  que  puedan  ostentar  una  lujosa  maleta  de  cuero  de  cer- 
do, perfectamente  curtido  y  sobajeado. 

Todavía  conservaba  ella  (mi  maleta,  es  decir,  la  que  fué  mía)  su 
color  de  nueva,  de  recien  salida  del  taller;  de  acabada  de  coser  y 
recortar.  Tenia  sobre  ella,  ese  aspecto  de  juventud  que  en  la  mu- 
chacha de  quince  años  es  el  vello  finísimo  que  le  cubre  las  meji- 


22« 

Has;  en  la  fnita  recien  madura,  la  pelucilla  plomiza  que  oculta  el 
lozano  color  como  una  gasa  finísima;  y  en  la  estatua  de  bronce,  el 
opaco  matiz  que  le  da  un  noble  tono  de  color  oxidado. 

Muchos  pasajeros  se  afanan  por  meter  sus  maletas  bajo  los 
asientos,  mientras  que  yo  la  coloco  sobre  ellos,  para  que  todo  el 
mundo  la  mire.  Así  como  el  recien  casado  con  mujer  bonita,  sue- 
le acomodar  a  su  cara  mitad  alguna  cinta  desprendida  en  el  cuello, 
o  algún  mechoncito  de  pelo  volante  en  la  nuca,  para  llamar  sobre 
ella  la  atención  y  exitar  la  envidia  de  los  demás,  yo  me  inclinaba  a 
menudo  durante  los  viajes  para  asegurar  la  cerradura  de  níquel  de 
mi  maleta,  para  afianzar  sus  hermosas  correas  engarzadas  en  las 
hebillas,  y  hasta  para  sacudirle  los  granitos  de  carbón  colados  por 
la  ventana. 

T^a  quería,  no  lo  puedo  negar.  Cerrada  se  veiamui  británica  mui 
tiesa,  mui  distinguida.  Abierta  era  una  especie  de  hogar  ambulan- 
te; naturalmente,  el  hogar  de  un  soltero.  Tenia  un  gran  departa- 
mento para  las  crmiisas  planchadas,  otro  para  los  trajes,  y  numero- 
sas secciones  para  las  demás  prendas  de  uso  inmediato  y  reser\'a- 
do.  Habia  allí  hueco  para  las  escobillas,  frascos  para  el  agua  de  Co- 
lonia y  para  el  Elixir  Fierre,  sección  para  el  papel  de  cartas  y  hasta 
un  tintero  au ten. ático,  cuya  tapa  saltaba  con  una  lijera  presión:;. 

T       fP       •«• 

Tomé  un  día  mi  maleta,  y  a  pesar  de  que  supe  por  personas 
fidedignas  que  mi  novia  estaba  enferma  en  cama  y  con  39  grados 
te  fiebre,  me  embarque  para  los  Andes  a  fin  de  ajustar  un  intere- 
sante negocio  sobre  fardos  de  pasto  y  otras  triquiñuelas.  Con  la 
cabeza  apoyada  en  la  mano  y  el  codo  en  la  ventanilla,  vagando  la 
mirada  al  través  del  cristal,  en  una  llanura  estensa  sembrada  de 
espinos  y  limitada  a  lo  lejos  por  una  cadena  de  cerros  azules,  me 
puse  a  pensar  en  ella,  que  quizas  a  esa  hora,  reclinada  en  un  al- 
mohadón de  plumas,  hacia  esfuerzos  para  mirar  si  al  través  de  la 
ventana  me  veia  pasar  como  sieini)re  por  la  calle. 

Casi  me  puse  triste  y  comencé  a  dejar  que  el  espíritu  se  me  es- 
capara por  la  ventanilla  para  seguir  las  bandadas  de  loros  quecru- 


229 

zaban  el  cielo,  haciendo  conversiones  de  frente  que  ya  se  las  qui- 
siera para  sí  la  Escuela  Militar. 

Por  fin,  un  último  silbato  me  hizo  comprender  que  estaba 
cerca  de  los  Andes  y  tomando  con  delicadeza  y  cariño  mi  maleta, 
me  negué  terminantemente  a  entregarla  a  los  muchos  comedidos 
que  se  ofrecieron  para  librarme  de  su  peso.  Ella  no  me  pesaba. 
Hoi,  ¿a  qué  negarlo?  me  pesa  su  ausencia,  me  tortura,  me  des- 
troza. 

La  sopa  del  hotel  pasó  sin  que  mi  criterio  gastronómico  la  ana- 
lizara. Cuando  ya  me  habia  tragado  la  última  cucharada,  llamé  al 
mozo  para  preguntarle  de  qué  era.  El  me  dijo  que  de  fideos;  aun- 
que yo  hubiera  apostado  que  de  arroz.  Pero  el  hambre  por  un  lado, 
la  sed  por  otro,  y  por  otro  lo  fria  que  estaba,  me  obligaron  a  tra- 
garla con  una  precipitación  inconcebible. 

En  seguida  me  sirvieron  el  criollo  cocido,  puchero,  hervido  o 
como  se  le  quiera  llamar;  que  por  tener  tantos  nombres  no  parece 
sino  que  fuera  plato  portugués.  Habia  allí  un  pedazo  de  carne,  una 
papa,  (sib  desmentido)  un  trozo  de  coliflor,  una  tajada  de  zapallo^ 
un  depósito  de  salsa  de  tomates  y. . .  ¿por  qué  no  decirlo?  una  mues- 
tra del  cabello  de  la  cocinera. 

— i  Vaya,  vaya! — le  dije  al  mozo — ¿Con  que  aquí  se  permiten  te- 
ner una  cocinera  rubia? 

~¡Ai,  señor! — repuso  éste  sorprendido  y  hasta  ruborizado — ¿y 
como  lo  ha  adivinado  su  merced? 

— Pues,  por  este  delicado  obsequio  que  ella  me  envia.  Esprésale 
de  mi  parte  que  si  tuviera  en  mi  cadena  un  guardapelo,  deposita- 
ría en  él  este  recuerdo. 

Sig^i )  el  casero  plato,  que  ya  se  va  marchando  de  nuestras  co- 
cinas, pisándole  los  talones  al  charquican,  un  gran  plato  de  lente- 
jas. A  pesar  de  que  estaban  buenas  y  de  que  yo  estaba  con  mucho 
apetito,  me  hice  cruces  de  cómo  pudo  el  bárbaro  de  Esaú  vender 
por  otro  igual  su  mayorazgo,  cuando  con  él  podia  atrapar  una 
novia  buena  moza  y  rica,  y  dedicarse  después  a  comer  lentejas  toda 
la  vida. 

A  las  lentejas  siguieron  una  presa  de  pollo  asado  y  una  ensaia- 
dita  de  apio.  Cuando  volví  en  mí  creí  que  todavía  no  me  habían 
servido  el  plato;  tan  lamido  y  tan  limpio  lo  habia  dejado. 


Después  me  pusieron  por  delante  una  taza  de  café,  circunstancia 
que  yo  aproveché  para  encender  un  cigarro  puro  y  dármelas  de 
millonario,  aunque  solo  fuera  en  Los  Andes.  Se  fué  el  humito  azul 
en  espirales  y  nació  en  mí  esa  sana  conformidad  del  que  come 
bien,  bebe  bien  y  fuma  bien. 

Me  encojí  de  hombros  ante  la  enfermedad  de  mi  novia,  cuyo 
rostro  palidito,  de  rosa  té,  divisé  mui  perdido  al  través  del  humo 
aromático  del  habano;  pensé  un  instante  en  la  cabellera  rubia  de 
la  cocinera,  lamentando  que  prodigara  tanto  su  pelo  en  los  platos, 
porque  al  fin  se  iba  a  quedar  calva  como  pintan  a  la  ocasión;  y 
finalmente  fijé  mi  imajinacion  en  los  fardos  de  pasto  y  en  las  otras 
triquiñuelas  que  me  hablan  impulsado  a  dejar  mis  comodidades 
rutinarias  de  Santiago. 

Una  voz  agradable,  pero  decidida,  me  sacó  de  estas  volteretas 
del  espíritu: 

— ¿Buen  apetito,  eh? — preguntaba  el  recien  llegado  con  una  son- 
risita  escudriñadora. 

T       T       T 

— Sí,  señor,  bueno — le  dije — no  sin  rejistrar  mis  recuerdos  a  ver 
si  en  alguna  pelea  de  perros  o  en  otros  sitios  en  que  se  reúna  jente 
y  yo  con  ella,  le  habia  conocido.  Como  no  lograra  averiguarlo, 
eché  otra  chupada  al  cigarro  y  prescindí  del  recien  llegado. 

— Usted  parece  ser  de  Santiago,  caballero. . . 

— No  sé  si  lo  parezco,  señor;  pero  en  efecto  soi  de  allá.  ¿Y  us- 
ted? 

Esta  pregunta  mia  fué  algo  acometiva,  algo  cortante,  algo  fría 

— ¿Yo?  de  Valparaíso.  Vengo  por  negocios  y  me  gusta  la  charla. 
Hace  dos  dias  que  con  nadie  converso  porque  no  hai  nadie  aquí 
que  valga  la  pena.  Por  este  motivo  celebro  su  venida  como  la  de 
un  ánjel  del  cielo. 

— Gracias — le  dije — y,  metiendo  mano  al  bolsillo,  saqué  otro 
cigarro  y  se  lo  ofrecí.  El  se  inclinó  cortesmente,  cortó  con  los 
dientes  la  punta  del  cigarro,  lo  encendió  con  lentitud,  lo  chupó 
con  fruición  y  arrojó  hacia  arriba,  en  una  columna  compacta,  el 
humo  azulejo. 


231 

I 

Un  instante  después,  con  dos  copitas  de  chartreuse  falsificado, 
por  delante,  conjeniábamos  por  completo.  Yo  conté  chistes,  chas- 
carros y  hasta  recuerdo  con  rubor  que  me  atribuí  una  frase  de  don 
Vicente  Grez.  El  no  lo  hizo  mejor,  porque  me  pasó  por  cuento 
orijinal  uno  de  don  Pedro  GodoL  A  poco  hablar  paramos  en  las 
ánimas. . .  mi  laA>  ñaco. 

Yo  no  temo  a  la  guerra,  no  temo  al  tifus,  no  temo  a  un  rival  con 
dinero,  no  temo  ni  a  la  tuberculosis,  apesar  de  que  la  combato  con 
eficacia  en  una  Liga.  Pero  sí,  me  muero  de  miedo  por  las  ánimas. 
Y  si  no,  me  bastaría  recordar  que  en  un  tiempo  en  que  estaba  me- 
dio incredulUlo,  me  recé  dos  rosarios  seguidos  en  la  cama,  porqué 
sentí  algo  así  como  si  arrastraran  cadenas. 

— ¿Usted  cree  en  las  ánimas? — pregunté  a  mi  ya  amigo,  bebiendo 
el  último  sorbo  de  la  copita  y  pidiendo  otra. 

— De  creer,  no  sabría  decir  a  usted  si  creo  o  no.  Mire  usted;  aquí 
donde  usted  me  vé,  tan  campechano,  debe  saber  que  son  poquísi- 
mas las  cosas  que  creo.  Sin  embargo,  las  ánimas  producen  calo- 
fríos. Yo  le  contaré  a  usted  lo  que  pasó  hace  dos  meses  en  este 
mismo  hotel. 

Me  volví  todo  ojos  y  oidos.  El  comedor  estaba  ya  vacio.  El 
mozo  habia  retirado  los  platos  de  las  mesas,  y  se  sentía  como 
charlaba  en  la  cocina  con  la  rubia.  De  cuando  en  cuando  el  golpe 
de  un  tenedor  caido  al  sudo,  o  el  choque  de  dos  o  mas  platos  en- 
tre sí,  me  demostraba  que  allí  se  acostumbraba  lavar  el  servicio, 
cosa  que  me  dejó  gratamente  sorprendido,  por  tratarse  de  un 
hotel  de  cabecera  de  departamento. 

Una  lámpara  de  parafina,  colgada  en  la  pared  sobre  nuestras 
cabezas,  nos  alumbraba  de  alto  a  bajo,  poniéndonos  sombras  de 
ojeras  y  alargándonos  la  naríz  con  un  rasgo  oscuro  que  nos  daba 
cierto  aire  de  miembros  de  la  familia  borbónica. 

— Si,  señor;  se  lo  contaré  apesar  de  que  la  cosa  es  algo  espeluz- 
nante Estaba  aquí  alojado  don  Damián  Hinojosa,  caballero  que 
tiene  bodega  en  Valparaíso. . . 

— Ya,  ya;  el  casado  con  aquella  dama  que  fué  rectora  del  Liceo. . . 
^'  — Justo.  Persona  cabal,  de  buen  carácter,  raui  de  su  casa,  tiene 
varios  hijos.v 

— Natural;  tan  de  su  casa. 


232 

— Le  suplico,  señor,  que  no  me  estravie  c  hilo  del  pensamiento. 
Se  habia  venido  a  Los  Andes,  dejando  mui  enfermo  a  un  hennano 
suyo. 

Un  calofrió  me  comenzó  a  correr  la  espina  dorsal,  porque  ¡cas- 
pita!  yo  no  tenia  bodega;  pero  por  lo  demás,  hr.sta  el  momento  la 
historia  se  me  puede  aplicar.  * 

— El  hombre  estaba  preocupado  y  casi  no  de  nnia  esperanao  de 
un  momento  a  otro  malas  noticias.  Una  noche. . . 

— . .  Una  de  aquellas — noches  que  alegran  la  vida — en  que  el  co- 
razón olvida — sus  dudas  y  sus  querellas. . . 

— Lindos  los  versos.  ¿De  quién  son? 

— De  Núñez  de  Arce. 

—  [Ah,  ya!  De  el  redactor  de  l\h  Mercurio. 

— Nó,  señor;  son  de  un  caballero  español.  Prosigamos. 

— Una  noche,  el  señor  Hinojosa,  sentado  en  su  cama  y  con  la 
vela  'encendida,  estaba  desvelado. 

— ¡Oh!  ¡Qué  retruécanos!  Si  tenia  una  vela  ¿cómo  estaba  des- 
velado? 

— Caballero,  o  me  deja  usted  contar  o  me  retiro.  El  señor  Hino- 
josa, después  de  mucho  poner  el  oido  a  ruidos  estraños  que  le  pa- 
recía sentir  en  su  nn^ma  pieza,  apagó  de  un  soplido  la  vela  y  se 
acostó.  En  el  primer  instante  le  pareció  escuchar  ruido  de  pasos, 
mui  leves  y  mui  apagados,  sobre  la  alf(^mbra.  Encendió  la  vela, 
miró  hacia  todos  lados  y  nada  vi(),  apagándola  de  nuevo  y  conclu- 
yendo por  dormirse.  De  repente  despierta  sobresaltado  y  escucha 
algo  como  un  lamento  suave  a  su  lado.  En  seguida,  parece 
que   una  voz  mui  apagada  le  gritara  desde  el  fondo  de  la  tierra: 

— ¡Damián!  ¡Ven! 

El  señor  Hinojosa  enciende  la  luz  y  con  la  mano  sobre  el 
corazón  trata  de  sofocar  sus  latido.-^.  Aquello  es  horrible,  de- 
sesperante. Reza  durante  un  larti^o  rato,  apaga  la  luz  y  recli- 
na de  nuevo  su  cabeza  sobre  la  ídiiiohada.  Ivn  ese  instante  le 
parece  oir  que  le  arrastran  la  maleta  de  debajo  de  la  cama.  Vuelve 
a  prender  fósforos  y  ve  con  estupefacción  que  su  maleta  está  como 
a  un  nutro  de  distancia  del  catre  bajo  el  cual  la  tenia  metida.^Salta 
del  lecho,  enciende  luz,  se  asoma  debajo  de  la  cama,  busca  tras  del 
sofá,  en  el  ropero,  en  la  ventana,  y  nada  vé  ni  nada  oye.  Vuelve  a 


^33 

SU  lecho,  pálido  y  desencajado  y  mete  de  nuevo  la  maleta  debajo 
de  él.  Un  momento  después  siente  que  otia  vez  se  arrastra  en  el 
suelo  la  maleta  y  que  una  voz  enérjica,  clara,  la  misma  de  su  her- 
mano, le  dice  mui  cerca:  ¡Damián!  ¡Veti!  El  señor  Hinojosa  encien- 
de luz,  y  vé,  en  efecto,  la  maleta  cerca  de  la  puerta.  Se  viste  en  el 
acto,  y  se  va  a  la  estación,  donde,  paseándose  como  un  loco,  espe- 
ra el  tren.  Llega  a  Valparaíso  y  se  encuentra  con  que  su  hermano 
ha  muerto,  y  lo  que  es  mas  horrible,  que  ha  muerto  a  la  misma 
hora  en  que,  por  segunda  vez,  vio  su  maleta  fuera  del  lugar  en  que 
la  había  puesto... 

Mi  compañero  calló;  pero  yo  me  quedé  con  los  dos  ojos  abiertos, 
casi  con  lágrimas  y  sin  poder  decir  una  palabra.  Tenia  el  terror 
mas  grande  que  en  la  vida  he  sentido. 

— ¿Y  esto  ha  ocurrido  en  este  hotel? — pregunté  finjiendo  un  aire 
distraído. . . 

— Sí,  señor;  aquí. . . 

— ¿Y  en  qué  pieza? 

— Creo  que  en  la  9.  Me  parece. 

Di  un  salto  en  la  silla  y  casi  me  fui  al  suelo  desmayado. 

— ¿Qué  le  ocurre  a  usted? 

— Nada,  nada;  es  que  estaba  mal  sentado. 

— Bueno,  pues;  señor.  Tengo  mucho  gusto  en  conocerlo. . . 

— Y  yo  lo  mismo. 

— Buenas  noches. 

—Buenas  noches. 

4«     4*    •!• 

Xi  José  al  borde  de  la  cisterna  seca  en  que  lo  metieron,  ni  Da- 
niel en  la  cueva  de  los  leones,  ni  Napoleón  III  en  Sedan,  han 
sentido  un  terror  mas  intenso  que  el  que  yo  sentí  al  venne  solo  en 
la  pieza  número  9,  en  que  por  una  horrible  coincidencia  me  hablan 
metido.  Recé  todo  lo  que  a  mano  tuve,  incluso  el  le  Deum,  Dormí 
un  rato  con  la  vela  encendida,  hasta  que  despertando,  cargado  de 
sueño,  resolví  apagarla. 

Solamente  al  amanecer,  y  cuando  el  sol  cayó  sobre  la  cortmita 
de  choleta  azul  que  tapaba  el  tragaluz  de  la  ventana,  ilumiq^ndo 


^34 

poéticamente  mi  pieza,  vine  a  recobrar  la  absoluta  tranquilidad 
que  ni  un  instante  debí  perder.  Acaricié  mi  maleta  como  a  una 
gata,  de  la  cual  se  teme  un  rasguño,  y  salí  ese  dia  a  tratar  mi  g^ve 
asunto  de  los  fardos  de  pasto. 

Esa  tarde,  a  la  hora  de  comer,  me  entregaron  un  telegrama  de 
mi  amigo  'Enrique,  a  quien  habia  encargado  noticias  sobre  mi 
novia.  Decia  asi  la  comunicación:  «Fiebre  ha  subido  a  cuarenta. 
Hai  junta  médicos.  Sin  embargo  Oyarzun  me  espresa  no  hai  peli- 
gro alguno.» 

La  cosa  no  era  tranquilizadora.  ¡Qué  habia  de  serlo!  Mi  amigo 
me  trató  de  consolar;  pero  nada  logró,  porque  el  alma  se  me  puso 
negra  como  la  noche. 

jOh!  ¡Qué  habia  de  pegar  los  ojos,  teniendo  presente  ese  rostro 
pálido,  angustiado,  hasta  cuando  tenia  que  estornudar  y  con  la  mi- 
rada divagando,  por  la  fiebre!  Fué  un  martirio  aquel  desvelo.  Junté 
los  ojos  y  dormité  con  pesadez  y  con  fatiga,  Vagué  sin  rumbo  en 
la  anaiquia  de  mis  ideas  y  en  la  incongruencia  de  mis  pensamien- 
tos. 

Salté  dos  veces  sobre  la  cama. . .  Pero  ¡qué  diantres!  una  de  estas 
veces  oí  claramente  un  suspiro  tristíisimo  cerca  de  mí.  Me  recojí 
contra  un  rincón  de  la  cama,  contuve  la  respiración,  abrí  los  ojos  y 
los  fijé  en  la  oscuridad.  Un  silencio  de  muerte  se  siguió.  Allá,  mui 
lejos,  ladraba  un  perro,  seguramente  a  la  luna.  Pero,  en  un  mo- 
mento creí  morirme.  No  me  engañaba  mi  desvelo,  no  era  sueño,  no 
era  alucinación:  mi  maleta  se  arrasrraba  por  el  suelo.  Quise  gritar 
y  la  voz  no  me  salió  de  la  garganta,  quise  llorar  y  no  pude,  y  me 
contenté  con  morder  la  ropa  de  la  cama  y  con  guardar  el  resuello- 
Así  estuve  cinco  minutos,  que  me  parecieron  cinco  siglos. . .  Después 
encendí  la  luz,  y  vi,  en  efecto,  que  mi  maleta  estaba  como  a  dos 
varas  de  la  cama.  Se  me  erizó  el  pelo,  se  me  saltaron  de  las  órbitas 
los  ojos  y  di  diente  con  diente.  La  metí  de  nuevo  debajo  de  la  cama 
recé  un  rosario  y  después  lo  quise  atribuir  todo  a  mis  nervios.  Nó» 
señor — decia — no  puede  morirse  la  Sarita;  basta  que  el  doctor 
Oyarzua  diga  que  no  hai  peligro.  Sí,  señor;  basta.  Pero  nó;  no  bas- 
taba eso  para  mi  tranquilidad,  porque  volví  a  sentir  que  la  maleta 
se  arrastraba  sobre  la  alfombra  y  hasta  no  sé  qué  me  pareció  sentir 
com»  una  voz  de  mujer  que  decia:  ¡Anjel!  Me  tapé  con  toda  la 


^35 

ropa,  me  sumerji  entre  las  sábanas,  me  cerré  los  oidos  con  dos  de- 
dos, y  así  estuve,  muriendo,  enloqueciéndome.  Poco  a  poco  asomé 
la  cabeza,  sentí  lejanos  cantos  de  gallos,  volví  a  la  i  calidad,  me  reí 
de  mis  temores  y  me  dormí  como  un  trompo. 

Llegó  el  sol  a  la  cortinita  azul,  el  mozo  me  gritó,  al  lado  afuera 
de  ]a  puerta,  que  ya  estaban  lustrados  los  zapatos,  y  yo  salté  al 
suelo,  riendo  de  gusto  al  ver  que  el  arrastre  de  maletas  no  debia 
ser  efectivo,  puesto  que  no  estaba  allí  sobre  la  alfombra. 

Me  jaboné  la  cara  y  entre  manotón  y  manotón  de  agua,  entoné 
el  salv€  dimora  casta  e  pura;  traté  de  imitar  la  voz  de  la  Mantelli  en 
Carmen  y  hasta  quise  recordar  unos  versos  de  Musset 

Después  me  sequé,  abrí  la  ventana  por  la  que  entró  una  cascada 
de  luz,  marché  a  sacar  mi  maleta  para  cambiarme  cuello  y  casi  me 
fui  de  espaldas.  La  maleta  no  estaba  allí.  Corro  afuera,  grito,  doi  de 
puñetazos.  El  mozo  sale  aturdido,  el  patrón  llega,  todos  pregun- 
tan, yo  respondo  y  en  un  instante  arde  Troya. 

£1  hecho  era  que  me  hablan  robado  la  riquísima  maleta  de 
cuero  de  chancho,  que  me  hablan  guindado,  que  me  hablan  hecho 
creer  en  ánimas,  y  que  mi  amigo  habia  desaparecido  misteriosa- 
mente. . .. 

•F       T       V 

Ful  Es  decir,  vine.  Mi  novia  sanó  después  de  quince  dias  de 
fiebre  y  lo  primero  que  hizo,  después  de  convalesciente,  fué  darme 
unas  calabazas  estupendas. 

Esto  no  me  ha  dolido  tanto,  porque  novias  hai.  .  Pero  ¿dónde 
encontraré  yo  una  maleta  de  cuero  de  chancho,  como  aquella? 


EL   ñUEniSTñ 


(p Ajina  de  un  libro  desencuadernado) 


EL  doctor  Belmar  era  un  viejo  amigo  de  mi  familia.  El  ha- 
bia  presentido  antes  que  nadie  y  con  maravillosa  intuición 
médica  mi  venida  al  mundo;  él  habia  acudido  con  oportunos 
auxilios  a  mi  penosa  y  lenta  dentición;  él  me  habia  vacuna- 
do; él  me  habia  recetado  Jarabe  de  Rábano  Yodado,  bacalao, 
fierro,  quinina,  etc.,  etc. 

El  doctor  afirmaba  saberse  de  memoria  mi  organismo,  y  hasta 
salvando  con  un  poco  de  presunción  el  abismo  que  separa  el  cuer- 
pa  del  espíritu,  creia  adivinar  perfectamente  el  porvenir.  Debo  sí 
declarar  que,  en  esta  materia,  el  doctor  Belmar  se  equivocaba  las- 
timosamente. 

Durante  cuatro  años  sostuvo  que  yo  tenia  síntomas  de  locura,  y 
que  iba  a  terminar  seguramente  mis  días  en  un  manicomio.  Cuan- 
do se  convenció  de  que  no  perderia  la  razón  a  dos  tirones,  dijo 
que  mi  porv^enir  estaba  en  la  carrera  eclesiástica.  Conste  que  hasta 
ahora  el  facultativo  se  va  equivocando  medio  a  medio. 

El  tema  de  la  locura  era  el  lado  flaco  del  excelente  doctor.  En 
mala  hora  le  hábian  llamado  «eminente  alienista»   en  una  revista 


238 

mqicana,  porque  don  Andrés  Belmar  se  dio  a  cavilar  desde  enton- 
ces en  una  cantidad  de  sutilezas  cerebrales  que  lo  hacían  ver  ena- 
jenación en  todas  partes. 

Recuerdo  que  en  numerosos  paseos  que  juntos  hacíamos  por  la 
Alameda,  se  entretenia  en  diagnosticarme  al  paso  de  las  personas 
la  enfermedad  o  tendencia  mental  que  cada  una  podia  tener.  Co- 
mencé a  recelar  de  los  conocimientos  alienistas  de  mi  gran  amigo, 
desde  el  dia  en  que  a  un  compañero  mió  le  descubrió  que  tenia  el 
cerebro  fatigado,  cuando  el  pobre  no  había  tenido  que  usarlo  nun- 
ca ni  siquiera  por  broma,  y  principalmente  cuando  a  una  señorita 
a  quien  pretendia  yo  con  toda  el  alma,  le  encontró  en  su  mirada 
una  irresistible  tendencia  al  alcoholismo. 

Resolví  esplotar  en  beneficio  mió  la  mania  del  doctor  Belmar,  y 
le  referí,  bajo  secreto  y  palabra  de  caballero,  que  yo  solia  perder 
la  razón;  que  cuando  tomaba  un  cuchillo  me  daban  ganas  de  en- 
sartar con  él  a  las  personas  vecinas;  que  cuando  veia  entrar  a  la 
estación  un  tren  sentia  irresistibles  dedeos  de  arrojarme  delante 
de  la  locomotora;  y,  finalmente,  qu .  me  ocupaba  de  resolver  el 
problema  de  mi  suicidio,  cavilando  sobre  si  seria  mqor  cortarme 
el  hilo  de  mi  existencia  comiéndome  todos  los  dias  una  caja  de 
fósforos,  o  llanamente  dejándome  cqer  del  balcón  a  la  calle. 

Me  pesó  habeile  contado  todo  esto  al  pobre  Belmar.  Se  le  nubló 
la  mirada,  bajó  con  tristeza  la  cabeza  y  nada  dijo.  Pero  en  el  resto 
del  paseo  de  ese  dia,  lo  sorprendí  mirándome  con  atención  y  hasta 
creo  que  con  profunda  pena. 

A  pesar  de  que  estas  confidencias  fueron  dadas  bajo  palabra  de 
caballero,  al  dia  siguiente  noté  que  en  casa  se  hablan  desterrado 
los  cuchillos,  y  que  se  espiaban  mis  mas  insignificantes  movi- 
mientos. ^ 
.  En  la  noche  de  aquel  dia  se  me  notificó  que  no  debia  seguir 
asistiendo  a  las  clases  de  la  Universidad,  y  se  me  dio  una  suma  de 
dinero  para  que  me  fuera  al  teatro  «a  distraer».  Estas  fueron  las 
palabras,  j 

V     V     Vtf 

Todo  se  olvida. 

A  mi  tamb'en  se  me  olvidó  que  habii^  ^n  hombre  en  la  tierra, 


m 

que  se  habría  dejado  cortar  una  mano  por  asegurar  mi  enajenación 
mental  Advierto  que  entonces  ni  aun  habia  incurrido  en  el  vicio 
de  escribir  articulitos  jocosos,  antecedente  con  el  cual  mi  faculta- 
tivo ya  no  habria  vacilado  en  mandarme  al  manicomio. 

Digo  qne  se  olvidó  todo  aquello,  a  pesar  de  que  en  mas  de  una 
ocasión  noté  que  en  casa  me  observaban,  como  tratando  de  descu- 
brir mi  estado  mental. 

Un  dia  me  pescó  un  resfriado  fuerte,  con  el  cual  caí  á  la  cama. 
Tras  el  resfriado  vino  un  tifus  bastante  violento,  en  que  la  tempe- 
ratura subió  a  cuarenta  grados,  exactamente  lo  mismo  que  el 
aguardiente  rectificado.  La  convalescencia  fué  larga,  y  el  doctor 
Bdmar  aconsejó  que  se  me  llevara  a  Valparaíso,  donde  el  aire  del 
mar  tonificaría  mis  pulmones  debilitados  y  produciría  la  natural 
reacción  de  la  vida. 

Andando.  Se  hicieron  los  equipajes,  y  fué  encargada  de  acompa- 
iíanne  una  tia  entrada  en  años,  que  me  queria  entrañablemente  y 
a  quien  creía  yo  que  andando  el  tiempo,  heredaría  en  una  su- 
mita  nada  despreciable.  Hoí  estoi  convencido  de  que  me  moriré  yo 
primero. 

Quedamos  alhojados  en  un  hotel  que  no  tengo  para  qué  nom- 
brar, porque  en  realidad  de  verdad,  fuimos  allí  tratados  con  mu- 
chísima terquedad,  a  pesar  del  pago  puntualísimo  de  la  peti- 
sion. 

Mi  tia  estaba  empapada  en  las  opiniones  alienistas  del  doctor 
Belmar  y  creía  a  pié  puntillas  en  todos  los  dislates  que  el  pobre 
decía  a  cada  paso.  Creía,  pues,  la  pobre  y  querida  vieja,  que  si  yo 
no  era  loco  de  veras,  estaba  a  un  paso  de  serlo. 

Un  día,  me  había  quedado  en  mi  aposento  sentado  en  un  sillón 
con  los  pies  envueltos  en  un  grueso  chai  de  lana,  y  la  frente  pega- 
da a  los  cristales  del  balcón  para  mirar  el  movimiento  de  la  calle; 
la  oia  leer,  o  mejor  dicho  no  la  oía  leer,  la  relación  del  martirio  de 
San  Ildurito,  relación  que  yo  me  había  aprendido  casi  de  me- 
moria. 

En  esta  situación,  me  molestó  el  cuello  de  la  camisa,  y  comencé 
a  mover  la  cabeza,  como  se  hace  cuando  las  puntas  almidonadas 
molestan,  con  el  objeto  de  abrirlas  suficientemente  v  dejarlas  flexi- 
bles y  blandas. 


• 

La  cuidadosa  enfermera  dejó  el  libro  y  miró  aterrada.  Compren- 
dí en  ese  instante  que  la  sombra  de  mi  locura  había  pasado  rápi- 
damente por  su  cabeza,  y  con  una  malignidad  de  que  nunca  me 
arrepentiré  bastante  y  deseoso  de  que  se  dejara  de  leer  el  martirio 
de  San  Ildurito,  seguí  moviendo  la  cabeza  y  ooniendo  los  ojos  en 
blanco. 

Dejó  mi  tia  el  libro  en  una  silla  y  salió  corriendo  del  aposento. 
Yo  pegué  de  nuevo  la  frente  a  los  cristales  del  balcón  y  me  quedé 
tranquilo  sin  danne  por  aludido  de  nada,  al  regreso  de  la  señora, 
que  me  observó  con  el  rabo  del  ojo,  y  retirando  un  poco  mas  su 
silla  siguió  tranquilamente  con  la  lectura  de  San  Ildurito. 

Todo  lo  comprendí  cuando  en  el  espreso  de  Santiago  llegó  apre- 
suradamente al  hotel  el  doctor  Belmar,  clavando  sobre  mí  con  cier- 
to temor,  sus  dos  ojos  oscuros  y  pensadores.  La  pobre  señora  le 
habia  llamado  por  telégrafo,  diciéndole  seguramente  que  yo  habia 
tenido  un  ataque.  Comprendí  que  mi  situación  era  mui  delicada, 
que  habia  cometido  una  niñeria  y  que  me  esponia  con  cualquiera 
otra  broma  a  que  me  dieran  un  mal  rato  llevándome  quién  sabe  a 
qué  sitio. 

Usé  tal  cautela,  que  mui  pronto  el  mismo  Belmar  se  convenció 
de  la  falsedad  de  los  temores  de  mi  tia,  me  felicitó  por  mi  excelen- 
te estado  sanitario  y  me  anunció  que  se  venia  a  Santiago  al  dia  si- 
guiente trayendo  a  casa  tan  buenas  noticias. 

Aquella  tarde,  a  la  hora  de  comer,  mi  tia  y  el  doctor  bajaron  al 

comedor  del  hotel,  dejándome  a  mí  perfectamente  arropado  en  la 
cama. 

^    ^    ^ 

Hojeaba  un  interesante  número  del  <'Ilustrated  London  News.» 
No  me  quiero  dar  tono,  haciendo  creer  que  leo  en  ingles,  nó,  se- 
ñor; lo  que  me  entretenia  era  el  desfile  de  las  láminas,  en  que  re- 
cuerdo figuraba  mucho  Badén  Powel  el  hér^^e  británico  en  el 
Transvaal,  entonces  mui  de  moda  en  toda  la  prensa  inglesa. 

Hacia  mucho  rato  que  mi  tia  y  el  doctor  se  habian  marchado  a 
comer;  las  dos  grandes  lengüetas  amarillentas  del  gas  flameaban 
incesantemente,  dejando  oir  un  rumorcito  monótono  y  enervante; 


241 

hasta  mí  llegaban  los  ruidos  de  la  calle  y  del  interior  del  mismo 
hotel,  en  forma  de  conversaciones,  carcajadas,  pasos,  saltos  de 
carruajes,  golpes  de  puertas  y  choque  de  platos,  copas  y  cu- 
chillos. 

De  repente,  crujió  la  puerta  y  comenzó  a  abrirse  lentamente  sin 
que  yo  pudiera  ver  a  impulsos  de  quién.  Esperé  un  instante  y  creia 
que  era  el  viento;  pero  de  súbito  alguien  tropieza  en  el  umbral,  y 
alguien  entra. 

Yo  salto  en  la  cama.  Lo  qne  tenia  ante  mis  ojos  no  era  precisa- 
mente un  hombre  era  un  monstruo.  Bajo,  mu  i  bajo,  subido  de 
hombros,  la  faz  pálida,  los  ojos  enormemente  saltados,  el  pelo  eri- 
zado; el  recien  llegado  se  habia  detenido,  con  un  dedo  sobre  los 
labios  como  queriendo  decirme:  *¡no  grite  usted! >> 

¡Qué  habiá  de  gritar  yo,  si  apenas  tenia  en  esos  momentos  áni- 
mos para  mirar!  ¿Qué  era  aquello?  ¿Qué  significaba  la  misteriosa 
visita  de  aquel  sujeto  deforme  y  horroroso? 

Comenzó  a  andar  en  puntillas  y  en  dirección  a  mi  cama,  mien- 
tras yo  me  retiraba  hacia  la  pared,  como  tratando  de  huir  de  aque- 
llo que  no  sabia  si  era  realidad  o  aparición  o  qué. 

El  hombrecito  se  acercó  al  borde  de  mi  lecho,  clavó  en  mí  sus 
ojos,  y  acto  continuo  se  metió  debajo  del  catre. 

Confieso  que  si  de  pié  sobre  la  alfombra,  con  un  dedo  sobre 
los  labios,  me  parecía  aquello  una  cosa  irresistible,  debajo  de 
mi  cama  y  oculto  a  mi  vista  me  pareció  algo  todavía  muchísimo 
peor. 

¿Y  si  era  un  anarquista  que  en  esos  momentos  encendía  de- 
bajo una  bomba,  para  hacerme  saltar?  ¿Y  si  era  un  incendiario?  ¿Y 
si  era?. . . 

Pero  no  alcancé  a  hacer  mas  hipótesis,  porque  en  esos  momen- 
tos entraba  el  doctor  Belmar  de  vuelta  de  la  comida. 

— ¿Eh?  ¿Cómo  vamos? — alcanzó  a  preguntar. 

—¡Doctor!  ¡Doctor! — articulo  yo,  pálido  y  desencajado — ¡doctor! 
Debajo  de  mi  cama  hai  un  hombre;  nó,  un  monstruo;  sáquelo  us- 
ted de  ubi  porque  me  muero. 

Pintar  la  estupefacción  que  se  reveló  en  el  rostro  del  pobre  Bel- 
mar es  imposible.  El  terror,  la  lástima,  la  desesperación,  todo  aso- 
maba en  esa  cara  pensativa  y  siempre  serena. 


242 

— Calma,  hijo  mió — me  dijo— calma.  Usted  está  un  poco  exita- 
do.  Usted  ha  leido  algo  fantástico  y  se  ha  puesto  nervioso.  ¡Calma, 
por  Dios,  porque  si  no  estamos  perdidos! 

— Doctor,  no  sea  usted  inocente — grito  yo  con  cnerjia — asómese 
usted  debajo  de  mi  cama  y  saque  de  ah{  a  un  hombre  pigmeo,  jo- 
robado, con  ojos  de  loco,  que  se  ha  metido  ahí. 

— Calma,  calma — vuelve  a  decirme — sino,  nos  perdemos,  hi- 
jito. 

Entonces,  comprendí  que  estaba  perdiendo  tiempo,  e  hice  rápido 
ademan  de  saltar  de  la  cama  al  suelo.  Pero  el  doctor  se  avalanzó 
sobre  mí,  y  me  mantuvo  sentado  en  el  lecho;  yo  pugné  por  levan- 
tarme Y  comenzó  una  lucha  desesperada  y  tenaz. 

— No  sea  imbécil — gritaba  yo — sino  quiero  otra  cosa  que  me  deje 
asomarme  bajo  el  catre. 

Pero  todo  era  inútil.  Resolví  cortar  por  lo  mas  sano,  y  soltando 
mi  mano  derecha,  se  la  descargué  empuñada  en  la  cara  al  pobre 
Belmar.  El  gritó  en  el  acto  ¡socorro!  ¡socorro!  pero  manteniéndome 
siempre  fuertemente  sujeto  sobre  el  lecho.  En  un  instante  llegó  mi 
tia  dando  gritos  horribles  y  dos  mozos  con  sus  delantales  blancos 
atados  a  la  cintura.  El  toctor  llamó  a  los  camareros  en  su  ayuda 
diciéndoles  que  yo  me  habia  vuelto  loco;  yo  gritaba,  pero  ellos  gri- 
taban mas;  daba  puñetazos  de  ciego,  pero  ellos,  con  sus  manazas 
de  peón,  me  tomaban  el  pescuezo  y  me  tendían  sobre  los  almoha- 
dones. Comprendí,  por  fin,  que  debia  callarme,  porque  no  lograba 
otra  cosa  por  el  momento  sino  que  me  estropearan  de  una  manera 
infame.  Y  me  callé. 

Me  tendieron,  por  fin,  me  amarraron  las  manos  con  una  gran 
servilleta  enrollada,  me  rociaron  con  agua  el  corazón  y  los  mozos 
salieron  de  la  pieza,  diciéndole  a  mi  tia  que  ojalá  no  quedara  loco 
para  toda  la  vida. 

^    ^    V 

Mi  tia  salió  llorando  a  mares  primero  y  luego  la  siguió  Belmar 
visiblemente  conmovido.  Oí  que  redactaban  en  voz  alta  un  telegra- 
ma para  mi  familia  que  decia:  « Anjel  ha  perdido  razón.  Vénganse 
inmediatamente.»  Me  dio  tal  ira,  que  me  puse  a  gritar  como  un 


desaforado,  haciendo  ademanes  de  echarme  al  suelo.  Pero  estaba 
maniatado  y  la  empresa  era  imposible.  Belmar  corrió  a  sentarse 
cerca  de  mi  lecho  y  me  dejó  caer  su  mirada  triste,  lastimera,  como 
diciendo:  «¡tan  joven. . .  y  ya  loco!» 

A  mí  me  ocurría  un  fenómeno  singular.  Me  estaba  dando  risa  lo 
que  a  mi  lado  pasaba;  principalmente  el  moretón  oscuro  que  yo 
habia  dejado  en  la  respetable  mejilla  del  pobre  médico  alienista. 
Me  miraba  con  las  manos  amarradas,  sentia  en  el  pescuezo  el 
dolor  que  me  habían  dgado  los  mozos  al  apescozarme  con  sus 
manos  brutales...  y  entretanto,  debajo  de  mi  cama,  habia  un 
hombre. 

Sí,  señor,  debajo  de  mi  catre  era  indudable  que  habia  un  hom- 
bre, porque  yo,  bueno  y  sano,  yo  en  mis  cinco  sentidos,  yo  que 
hojeaba  una  revista,  le  habia  mirado  esconderse. 

Pero  ¿cómo  decirlo  sin  que  esos  benditos  me  creyeran  loco? 

Hé  ahí  la  escena.  Las  lenguas  del  gas,  silba  que  silba;  mi 
tía,  en  la  pieza  vecina,  llora  que  llora;  el  doctor  mirándome  con 
profunda  melancolía;  y  yo  observándolo  a  él  sin  poder  contener 
la  risa. 

—¿Te  ríes,  hijo?  me  dijo  el  doctor  en  voz  baja, 

—Sí,  me  rio  de  usted,  so  alienista.  Me  rio  de  usted  porque  hasta 
ahora  se  le  ha  ocurrido  a  usted  amarrarme  las  manos,  armar  un  es- 
cándalo, decir  que  estol  loco,  telegrafiar  a  Santiago;  pero  no  se  le 
ha  ocurrido  asomarse  debajo  de  esta  cama,  para  ver  si  es  efectivo 
o  nó  que  hai  un  hombre  debajo  de  ella.  • 

Se  s(xiríó  el  pobre  Belmar,  se  sonrió  con  pena  al  verme  tan  per- 
dido. Des  lágrimas  salieron  de  sus  ojos  pensadores,  corrieron  por 
sus  mejillas  y  fueron  a  descender  sobre  su  chaleco.  ¡Me  quería  el 
infeliz  facultativo! 

De  repente,  un  estornudo,  sí,  señor;  un  estornudo  sonoro,  mui 
sonoro,  suena  debajo  de  mi  catre.  Belmar  salta  de  la  silla  y  escu- 
cha: otro  estornudo  se  deja  oir  aun  mas  sonoro  que  el  primero.  Se 
echa  entonces  al  suelo,  mete  la  mano  debajo  del  catre  y  tira  de  una 
pierna,  tras  de  la  cual  sale  un  hombrecillo,  siempre  con  su  cara  de 
asustado. 

—¿Quién  eres  tú?  ¡Responde?  —  gri  a  como  una  furia  Bel- 
mar. 


244 

— Soi  Juancho — dice  con  voz  suave  el  pigmeo. 

En  ese  instante  entra  el  mozo  y  larga  una  carcajada. 

— ¡Juancho,  hombre!  ¿Qué  estáis  haciendo  aquí? 

En  un  momento  se  esplica  todo.  Juancho  es  un  pobre  curcun- 
cho, que  ha  perdido  la  cabeza  y  sufre  la  mania  de  persecución: 
es  inofensivo  y  hermano  del  mayordomo  del  hotel;  jeneralmente 
anda  bajo  las  camas  o  los  sofaes  huyendo  de  un  enemigo  invi- 
sible. 

El  doctor  me  abraza  llorando;  pero  ya  no  puedo  corresponderle 
sus  abrazos  porque  aun  no  me  sueltan  las  manos.  Mi  tia  salta  como 
una  chiquilla  y  aprovecha  la  primera  coyuntura  para  volv-er  con  el 
martirio  de  San  Ildurito. 

— Estábamos — me  dice — en  que  Trajano  le  exijió  al  santo  que 
renunciara  su  fé.  Veamos  lo  que  él  le  dijo. 

En  fin,  que  no  estoi  loco!  Y  que  si  alguien  ha  tenido  una  oca- 
sión propicia  para  volverse  loco,  es  el  servidor  de  ustedes. 


8^  S^ 


mi  EHFERmeDñü 


(memorias  íxtimah) 


Había  gozado  siempre  de  una  perfecta  salud,  j  amas  una  mano 
de  médico  había  oprimido  mi  muñeca,  para  saber  cuántas 
pulsaciones  por  minuto  dqaban  sentir  los  golpes  de  sangre 
de  mis  venas.  Nunca  habia  recibido  tampoco  esa  tímida 
cuenta,  encabezada  con  la  iónniúa.  consabida:  por  servicios  pro- 
festónales. 

Era  lo  que  se  llama  un  hombro  robusto;  y  ¡ai!  todavía  recuerdo 
con  emoción  esas  gruesas  pantorrillas,  esos  mofletudos  cachetes, 
esos  lagartos  poderosos,  que  eran  el  mejor  ornato  de  mi  cuerpo 
sano  y  fuerte. 

Los  amigos  me  daban  palmadas  en  la  espalda,  diciéndome  con 
cierta  admiración  envidiosa: 

— Pero,  hombre,  ¡hasta  cuándo  engordas!  Y  yo  sonreía  con  esa 
alegre  satisfacción  del  que  come  bien,  vive  bien,  anda  bien  y  se 
siente  bien. 

Pero  un  dia,  mientras  entregado  al  sueño,  habia  perdido  la  con- 
ciencia de  donde  estaba,  un  gato  tuvo  el  antojo  de  entrarse  a  mi 


24^ 

cuarto  por  una  ventana,  saltar  a  mi  lecho  y  sentárseme  cómoda- 
mente sobre  la  cara.  Al  principio  soñé  que  me  hablan  salido  pape- 
ras, y  que  el  doctor  Carvallo  me  iba  a  sajar  la  cara  para  sanarme 
de  ese  incomedo  peso;  después  se  me  ocurrió  que  alguien,  enamo- 
rado de  mis  buenas  cualidades,  deseaba  tener  otro  ejemplar  igual 
a  mí  y  me  estaba  copiando  en  una  prensa,  ni  mas  ni  menos  como 
se  copia  una  carta;  pero  en  seguida,  un  movimiento  del  gato, 
que  debía  ser  algo  sonámbulo,  me  hizo  darme  cuenta  del  asunto,  y 
resolví  despertar,  tomarlo  con  cautela  y  dejarlo  en  el  patio. 

Así  lo  hice.  El  cucho  era  dócil  y  entendiendo  que  el  sitio  que 
habia  escojido  para  sentarse,  no  era  el  mas  a  propósito  para  el  ob- 
jeto, inclinó  la  cabeza  y  se  dejó  tomar.  Al  abrir  la  puerta  compren- 
dí que  habia  cometido  una  imprudencia;  una  corriente  helada  me 
hizo  temblar,  y  aunque  la  cerré  de  golpe,  me  quedó  cierto  inquie- 
tante dolorcillo  en  la  espalda. 

«    «    « 


No  sé  cuánto  tiempo  estuve  con  cuarenta  grados  de  fiebre,  y, 
por  consiguiente,  sin  darme  cuenta  de  lo  que  pasaba  a  mi  lado.  El 
hecho  es  que  abrí  los  ojos,  sentí  que  en  torno  mió  cuchicheaban  y 
hasta  me  pareció  ver  al  doctor  Oyarzun  que,  sentado  frente  a  una 
mesita  de  centro,  escribía  una  receta. 

De  cuando  en  cuando,  me  introducían  en  la  boca  cucharadas  de 
café  helado  y  varias  veces  en  el  dia  me  aplicaron  sobre  el  pecho 
unas  bolsas  de  hielo  que  me  hicieron  'delirar  sobre  la  Sibería.  Se 
me  habia  puesto  entre  ceja  y  ceja,  que  estaba  desterrado  por  el  czar, 
porque  yo  hahia  escrito  un  artículo  poniendo  sar,  así  con  ese.  ¡Va- 
mos! se  trataba  de  un  simple  destierro  ortográfico. 

Por  fin,  recobré  completamente  mis  facultades  y  supe  que  habia 
tenido  una  fiebre  tifoidea  de  veinticinco  dias  de  duración. 

Quedé  convalesciente,  sentado  en  una  poltrona,  y  envueltas 
las  piernas  con  un  enorme  chai  listado  a  grandes  rayas.  Todo  el 
mundp  me  contemplaba.  Decia,  por  ejemplo:  ¡quiero  águaJ.y  diez 
personas  corrían  atropellándose  a  buscar  agua,  diez  botellas 'se  ali- 
neaban delante  de  mí  y  diez  vasos  se  alargaban  hasta  mis  labios 


U7 

sedientos.  ¡Quiero  leche!  ¡Uf!  ¡Cómo  coman  todos  en  busca  de  una 
taza,  llena  del  blanco  y  confortante  líquido!  Estol  seguro  que  si 
hubiera  pedido  una  estrella  habrían  corrido  a  pedirle  una  al  se- 
ñor Obrecht  en  el  Observatorio  Astronómico. 

Mejoré  completamente,  pero  sin  dejar  de  sentirme  débil  y  enfer- 
mo. Hice,  finalmente,  mi  primera  salida  a  la  calle. 

#    «    « 

¡Qué  brutos  son  los  amigos  de  uno!  El  primero  que  me  en- 
contró en  la  calle  la  cruzó  de  carrera  al  verme,  abrió  los  ojos 
con  espanto,  lanzó  una  esdamacion  verdaderamente  dramática  y 
me  dijo: 

— ¡Hombre,  por  Dios!  ¿Qué  te  pasa?  Pareces  un  cadáver. 

— Casi  me  he  muerto — contesté  yo  con  voz  desfallecida. 

— Pero  tú  sigues  mui  mal. 

— Sí;  bastante. 

— Pero  tú  te  mueres. 

— ^Tanto  como  eso. . . 

— Sí,  señor;  sí,  señor;  con  ese  semblante  que  tienes  solo  se  pue- 
de ir  a  la  Morgue.  No  te  descuides,  Anjel! 

— Nó;  yo  te  lo  agradezco  mucho.  Adiós. 

Y  me  fui  con  una  puñalada  en  el  corazón.  ¡Cómo»  ¿Era  cierto 
que  yo  parecía  un  cadáver?  ¿Era  verdad  que  con  ese  color  y  esos 
ojos  no  podia  ir  sino  a  la  Morgue? 

Me  dirijí  lentamente  al  club,  con  la  vista  baja,  para  que  nadie 
fuera  a  notar  en  mis  ojos  la  opacidad  de  la  muerte,  ysopretestode 
lavarme  las  manos,  estuve  largo  rato  frente  al  espejo  de  un  lavato- 
rio, observando  la  palidez  de  mis  antiguos  robustos  cachetes,  las 
negras  ojeras  que  circulaban  mis  ojos  vivarachos  de  antes,  y  el 
desfallecimiento  que  se  notaba  en  todo  mi  ser. 

Un  abrazo  por  la  espalda  me  sacó  de  mi  meditación.  Era  Diego 
un  excelente  amigo  mió,  compañero  de  la  Universidad,  recien  ca- 
sado ¿on  una  chiquilla  lindísima. 

— ¿Tú  por  aquí?  ¿No  te  hablas  muerto? 

— Ya  lo  ves. 


—Ven  a  la  luz  para  mirarte. . .  ¡Hijo  inio!  Tú  estas  tísico. 

—¿Tísico  yo?  ¡Imbécil! 

— No  me  trates  mal.  Mia  no  es  la  culpa  de  que  estes  enfermo. 
Yo  te  digo  mi  opinión,  para  que  consultes  un  médico. 

Y  desde  ese  dia,  todos  mis  amigos  y  conocidos  parecieron  ha- 
berse convenido  en  dirijirme  el  mismo  cruel  consejo:  ve  un  me- 
dico, 

«    »    « 

Lo  veré,  me  dije  yo;  porque,  o  me  muero  definitivamente  o  sano 
de  una  vez  por  todas. 

El  doctor  estaba  en  la  casa.  Colgué  el  sombrero  en  un  mueble 
con  espejo,  y,  al  dejar  en  él  mi  bastón,  aproveché  la  oportunidad 
para  mirarme  una  vez  mas. 

Le  dije  que  sentía  vahídos  de  dos  a  tres  de  la  tarde;  que  me  da- 
ban unas  puntadas  en  el  tobillo  izquierdo  los  lunes,  miércoles  y 
viernes;  que  después  de  comer  se  me  dormía  un  brazo  y  después 
de  almorzar  me  sentía  sin  apetito.. . . 

— No  me  diga  usted  mas! — gritó  el  doctor. — Réjímen  amigo  mió, 
mucho  réjímen.  Usted  sufre  catarro  intestinal. 

— Lo  creo,  doctor 

— Bien.  Leche  y  zanahorias. 

— No  entiendo. 

— Sí,  señor;  a  comer  leche  y  zanahorias.  No  hai  otro  remedio;  si 
no,  apróntese  usted  para  doblar  la  esquina. 

— ¿Y  sanaré,  doctor? 

—Sí,  señor. — A  la  décima... 

— ...Zanahoria? 

— Nó;  a  la  décima  semana  estará  usted  bueno  y  s^no. 

— ¡Señor!  Yo  le  debo  a  usted  mucho! 

— Nó;  solamente  cinco  pesos:  el  valor  de  la  visita. 

Me  despedí,  y  ese  mismo  dia  comenzaron  a  llegar  a  casa  canas- 
tos de  zanahorias,  enviados  por  varias  vecinas  cariñosas. 

¡Qué  injenio  desplegaron  en  casa  para  disfrazarme  de  zanaho- 
rias! Unas  veces  me  las  daban  en  torrejas  y  con  azúcar,  como  las 
naranjas;  otras,  me  las  hacían  en  budines  calientes  y  verdadera- 


'  249 

mente  artísticos;  otras,  me  daban  las  zananorias  acarameladas  y  con 
almíbar  y  otras,  en  fin,  me  mezclaban  las  zanahorias  con  la  leche  y 
la  leche  con  las  zanahorias. 

¡Oh!  Nerón  fué  un  idiota,  al  no  poner  en  su  lista  de  suplicios  el 
réjimen  de  las  zanahorias. 

£n  casa  no  se  veian  otra  cosa  que  zanahorias.  Cuando  salia  a  la 
calle,  venían  subiendo  por  la  escalera  canastos  de  zanahorias  y  ba- 
jando por  la  misnia,  baldes  con  cascaras  de  zanahorias.  Si  tenia 
que  dispararle  a  un  sirviente  imbécil  alguna  cosa,  era  con  seguri- 
dad una  zanahoria  el  proyectil  que  quedaba  mas  cerca. 

Creo  que  subió  el  precio  de  las  zanahorias  en  un  25  por  ciento,  a 
causa  de  mi  consumo,  y  que  mas  de  un  chacarero  pensó  sembrar 
una  cuadra  mas  de  esta  hortaliza  para  la  temporada  próxima. 

Pero  mi  enfermedad  no  declinaba;  por  el  contrario,  seguía  de 
mal  en  peor,  descolorándose  aun  mas  mi  rostro,  y  aunmentando  el 
cerco  violáceo  que  a  modo  de  ojeras  rodeaba  mis  ojos. 

Al  grito  de:  «¡Abajo  las  zanahorias!»  llamé  a  otro  doctor,  queme 
espresó  terminantemente  que  las  dejara  y  adoptara  como  legumbre 
favorita  a  los  sahifies.  Ademas,  me  aconsejó  que  me  cuidara  mucho 
del  contajio  de  la  tuberculosis,  porque,  aunque  yo  no  la  tenía,"  es- 
taba propenso  a  tenerla. 

— ¡Cuidado  con  los  microbios! — ^fueron  las  últimas  palabras  del 
doctor. 

Al  poco  tiempo,  ya  estaba  yo  devorando  centenares  de  salsifíes  al 
dia,  y  espantando  a  los  microbios  como  podía.  En  mi  dormitorio 
le  puse  a  los  umbrales  de  todas  las  puertas,  polvos  de  persía  y  ve- 
neno para  los  ratones,  para  que  los  microbios  que  franquearan  la  en- 
tradapor  allí,  perecieran  violentamente.  En  todas  las  llaves  de  agua 
potable  hice  colocar  esos  canastillos  que  se  usaban  antiguamente 
de  coladores  para  el  té,  afianzado  en  el  pico  de  las  teteras.  En  las 
ventanas  clavé  rejillas  de  alambre,  con  el  mismo  fin,  de  evitar  la 
llegada  incómoda  de  estos  audaces  insectos. 

A  pesar  de  tanta  precaución,  sorprendí,  sin  embargo,  uno  cerca 
de  mi  cama,  y  lo  guardé  en  una  cajita  de  pildoras,  para  que  el  doc- 
tor me  espresara  sí  era  ese  uno  de  los  microbios  de  la  tubercu- 
losis. 

El  médico  no  tardó  en  llegar,  afirmando  que,  a  su  juicio,  estaba 


250 

yo  echando  carnes  y  buen  color,  que  ya  era  una  maravilla.  Sin  em- 
bargo, alguien  me  habia  dicho  que  parecía  un  salsifí  animado,  un 
espárrago  de  cuerda. 

Le  consulté  mi  aislamiento  de  los  microbios,  y  se  rió  a  carcaja- 
das, diciéndome  que  los  microbios  eran  tan  pequeños  que  cabla  un 
ejército  por  cada  cuadrito  de  la  reja  de  alambres.  Le  mostré  el  in- 
secto que  tenia  prisionero  y,  riéndose  también,  me  espresó  que  era 
un  inocente  cucarachito  con  cara  de  buena  persona  y  miembro  de 
la  conocida  familia  de  los  coleópteros, 

Pero  a  los  pocos  dias  de  esto,  aburrido  ya  de  los  salsifíes,  resolví 
cambiar  de  médico. 

«    «    « 

— Lo  que  usted  tiene — me  dijo  el  doctor — es  apenaicitis. 

— Tradúzcamelo,  señor  doctor;  prefiero  estar  enfermo  en  caste- 
llano. 

— Le  recomiendo  la  hidroterepia;  agua,  mucha  agua.  Beba  usted 
un  litro  de  agua  por  hora,  báñese  usted  cada  dos  horas,  sumeija  la 
cabeza  en  ag^a,  si  es  posible,  siete  veces  al  dia,  y  otras  tantas  los 
pies.  Viva  usted  en  el  agua. 

—Bien.  Seré  un  congrio. 

Desde  entonces,  dejé  el  elemento  terrestre  y  me  pasé  al  agua. 
Metido  dentro  del  baño  recibía  a  mis  amigos;  dentro  de  la  tina  es- 
cribía; sumerjido  en  el  agua,  almorzaba  y  comia. 

Suspendí  el  sistema  cuando  comencé  a  notar  que  me  sallan  ale- 
tas de  pescado. 

Entretanto,  enflaquecía  de  una  manera  lastimosa,  y  mis  ojos  se 
iban  saliendo  de  las  órbitas  hasta  el  estremo  de  resolver  quedarme 
en  casa  y  no  salir  a  asustar  a  las  jentes. 

Sin  embargo,  un  dia  en  que  soplaba  un  fuerte  viento,  salla  a  ha- 
cer un  paseo  a  la  Quinta  Normal,  cuando  me  tomó  de  los  pies  la 
ventolera  y  me  llevó  por  espacio  de  siete  u  ocho  cuadras  dando 
vueltas  de  camero  sobre  los  adoquines. 

Quedé  estropeado  y  visité  a  un  doctor  masajista  que  se  compro- 
metió a  dejarme  libre  de  toda  enfermedad  en  el  plazo  de  un  mes. 

Me  sujeté  al   masaje.  Me  tendía  primero  en  una  mesa  alta,  una 


especie  de:  billar,  y  me  daban  martillazos  en  el  estómago  con  un 
gran  maso  de  madera  forrado  en  paño  verde.  En  seguida,  me  en- 
rollaban de  la  misma  manera  que  se  enrolla  una  alfombra  y  me  ha- 
cían rodar  por  el  suelo,  con  la  punta  del  pie.  En  uno  de  estos  via- 
jes, me  rompí  la  cabeza  en  la  pata  de  un  catie  y  tuve  un  gran  dis- 
gusto con  el  masajista. 

Después  me  introdujeron  en  una  especie  de  prensa  de  copiar, 
donde  se  me  aprensaba  de  una  manera  horrible,  hasta  hacerme  cru- 
jir los  huesos.  Otras  veces,  se  me  daba  vueltas  sobre  el  suelo  apre- 
tándome contra  él  con  una  tabla  de  raulL  En  esta  operación  perdí 
mucha  sangre  de  narices. 

Llegó  el  mes  y  no  habia  mejorado;  pagué  tina  barbaridad  de 
plata;  el  masajista  me  devolvió  un  paquete  de  htiesos  sobrantes 
que  se  me  hablan  salido  en  el  tratamiento;  y  me  fui  como  había  lle- 
gado: pálido,  escuálido,  vacilante 

«    #    « 

—No  se  desaliente  usted — me  dijo  otro  médico. — Esto  pasará. 
Entre  tanto,  déjese  de  verduras  y  aliméntese  todo  lo  que  pueda  con 
carne  y  materias  suculentas. 

No  esperé  que  me  reiteraran  el  consejo.  En  un  solo  diame  comí 
una  largosta  preparada,  cuatro  tarros  á^  pai/  de  fots  y  grandes  tro- 
zos de  carne  asada  a  la  parrilla. 

Junto  con  despertar  en  la  mañana,  me  comía  dos  perdices  en 
escabeche,  un  pedazo  de  queso  suizo,  un  plato  de  jugo  y  una  taza 
de  chocolate.  Antes  de  almoi  zar,  y  para  abrir  el  apetito,  devoraba 
media  malaya  fria  y  dns  docenas  de  lenguas  de  erizo.  En  el  al- 
muerzo, cazuela  de  ave,  empanadas,  costillas  de  ternera,  ríñones 
sur  canape\  bisteque  con  huevos,  tortilla  de  verdura,  espárragos  y 
panqueques.  A  las  dos  de  la  tarde,  para  matar  la  debilidad,  me 
comía  un  pollo  asado  con  papas  fritas  y  ti  es  docenas  de  ostras 
con  vino  blanco.  A  las  cinco  de  la  tarde  para  hacer  apetito  para  la 
comida,  no  dejaba  rastros  de  una  mayonesa  de  salmón.  A  las  siete 
sopa  de  camarones,  caviar,  hígados,  congrio,  perdices,  paltas,  etc. 
etc.,  etc. 

A  las  ocho. . .  A  las  ocho  de  la  noche  del  segundo  dia  de  este 


253 

réjimen,  cai  a  la  cama  con  un  cólico  atroz  y  me  despedí  de  la 
vida. 

Sin  embargo,  merced  a  las  enérjicas  medidas  del  policial  del 
punto,  que  fué  encargado  de  apartar  los  obtáculos,  con  las  medici- 
nas que  se  le  vinieran  al  caletre,  conseguí  salvar,  quedando  en  el 
estado  que  puede  suponerse 

Entonces,  llamé  en  torno  de  mi  lecho  cuasi-moríbundo,  a  todos 
los  médicos  que  me  hablan  atendido,  y  les  dije- 

— Tenia  diez  mil  pesos  ahorrados.  Ustedes  me  han  quitado  5 
mil,  a  fuerza  de  honorarios  profesionales;  me  quedan,  por  consi- 
guiente, solo  cinco  mil  pesos.  Pues  bien,  esos  cinco  mil  pesos  son 
para  ustedes,  si  logran  darme  un  veneno  rápido  que  acabe  conmi- 
go en  veinticinco  minutos. 

Los  médicos  se  miraron  como  unos  bobos,  se  sonrieron  y  co- 
menzaron a  discutir  mi  enfermedad.  El  mas  intelijente  de  todos  o 
mejor  dicho  el  menos  bruto,  me  dijo  que  lo  que  yo  tenia  era  un 
riñon  suelto.  Me  reí;  pero  como  todos  ¿c  pusieron  serios,  dejé  de 
reírme. 

— Pues,  señor — les  dijo — yo  no  quiero  morirme.  Si  ustedes  creen 
que  lo  que  a  mi  me  añije  es  este  riñon  suelto,  estoi  dispuesto  a 
dejar  que  me  lo  amarren. 

¡Figúrense,  ustedes!  Andar  durante  un  año  con  un  riñon  suelto. 
¡Qué  diria  la  jente! 

Me  cloroformaron,  me  acuchillaron  en  todos  sentidos  y  fueron 
directamente  a  amarrar  el  riñon  suelto,  con  un  nudo  ciego,  para 
que  no  volviera  a  soltarse. 

De  resultas  de  esta  operación,  mejoré,  eché  carnes  y  he  vuelto  a 
ser  el  hombre  de  antes. 


La  historia  fíóeóigna 

de  mí  último  inuento 


Es  indudable  que  yo  debí  nacer  para  inventor;  pero  esos  estu- 
dios de  humanidades  me  perturbaron  mi  afición  al  descubri- 
miento de  arduos  problemas,  echándome  por  el  errado  cami- 
no de  la  jurisprudencia  y  del  periodismo. 
Es  evidente  que,  si  en  vez  de  enseñarme  como  me  ensexla- 
ron  a  traducir  a  Horacio  y  a  Viijilio,  m¿  hubieran  adiestrado,  pon- 
go por  caso,  en  la  física  industrial  y  en  la  mecánica,  habria  yo 
figurado  en  primera  línea  entre  los  inventores  del  último  cuarto 
de  siglo. 

Pero  ¿qué  ha  pasado?  Que  soi  capaz  de  inventar  una  cosa  sin 
faltas  de  ortografia,  de  darle,  ademas,  un  correctísimo  nombre 
latino,  de  describirla,  si  al  caso  viene,  con  cierta  vivacidad;  pero 
llegada  al  examen  científico  resulta  la  barbaridad  mas  consu- 
mada. 

De  esto  se  deduce  que  mis  inventos  suelen  salir  literarios,  a  las 
veces  filosóficos,  de  cuando  en  cuando  jocosos;  pero  jamas,  entién- 
dase bien,  jamas  científicos. 
¡Y  pensar  qué  gloria  habria  dado  yo  a  mi  pais,  descubriendo  el 


254 

telégrafo  sin  hilo!  Porque  es  evidente  que  si  me  enseñan  la  teoria 
del  telégrafo  con  hilo,  se  me  ocurre  a  mi  la  del  telégrafo  sin  hilo, 
solo  por  llevarle  la  contra  a  la  física.  ¡Pensar  lo  que  se  hubiera 
dicho  de  Chile  si  yo  hubiera  descubierto  el  fonógrafo!  Porque  es 
seguro,  como  si  lo  viera,  que  yo  con  un  poco  de  aritmética  y  otro 
poco  de  sentido  común,  habría  hecho  el  fonógrafo  antes  que  Edi- 
son. 

Si  yo  no  he  descubierto  muchas  cosas,  es  porque  las  han  descu- 
bierto otros  antes  que  yo,  y  se  comprenderá  perfectamente  que  no 
es  mía  la  culpa  de  haber  estado  estudiando  cinco  años  cosas  anti- 
científicas y  hasta  anti-naturales,  como  son  los  códigos  y  los 
derechos,  en  vez  de  estar  ensayando  fórmulas  raras  y  ajustando 
ruedecitas  con  engranaje. 

Pero  en  fin.  ¿Quién  tiene  la  culpa  de  ésto?  Yo.  Cuando  allá  en 
años  que  no  quiero  nombrar  para  que  no  se  me  calcule  la  edad 
que  tengo,  presenté  en  el  colejio  un  trabajo  literario  que  se  llama- 
ba Napoleón  en  Santa  Elena,  el  profesor  debió  decirse  para  sí  mismo: 
«Este,  por  bruto  debia  dedicarse  a  periodista.»  Recuerdo  que  mi 
trabajo  terminaba  con  esta  atinada  reflexión:  «¡Ah!  Si  Napoleón 
no  hubiera  sido  Napoleón,  no  hubiera  ido  a  terminar  sus  dias  en 
Santa  Elena.»  Esto  me  valió  una  mención  honrosa  en  literatura  y 
hasta  se  corrió  por  unos  dias  que  yo  iba  a  ser  gran  cosa  con  el 
tiempo. 

De  ahí  que  nadie  pensara  en  dedicarme  a  la  ciencia.  Estudié 
durante  algún  tiempo  a  dirección  de  los  globos  por  medio  de  las 
semillas  de  cardo  que  sopla  el  viento  a  través  de  los  campos  como 
si  fueran  lijerísimas  mariposas.  No  resultó  nada.  Después  estuve 
calculando  la  velocidad  del  andar  de  las  baratas,  para  deducir  de 
ellas  algunos  teoremas  de  aplicación  universal;  pero  como  el  reu- 
matismo y  la  cojera  se  usan  en  todas  las  ramas  de  los  insectos 
llegué  solo  a  las  conclusión  de  que  unas  andan  mas  lijero  que 
otras.  Envié  sobre  esto  una  comunicación  a  don  Diego  Torres, 
decano  de  la  facultad  de  matemáticas,  y  hasta  el  presente  no  he 
recibido  contestación. 

Seria  fatigoso  enumerar  la  larga  serie  de  mis  estudios  científicos. 
Quiero  detenerme  en  el  último,  cuyos  desastrozos  resultados  me 


355 

mueven  a  hacer,  pública  renuncia  de  mis  inclinaciones  a  la  física  y 
a  la  mecánica. 

Newton  descubrió  el  péndulo  por  la  lamparilla  de  una  iglesia 
que  dejó  cimbrando  el  sacristán  al  sacudirla.  Mis  inventos  se 
deben  también  a  la  casualidad.  Un  dia  me  encontré  en  la  calle  a 
un  amigo,  mui  pálido,  casi  verde.  Este  hombre— me  dije  yo — o 
está  anémico  o  acaba  de  pasar  un  susto  mayúsculo.  Y  torcí  la 
esquina  para  no  toparme  con  él  y  no  verme  obligado  a  oir  el 
espeluznante  motivo  de  su  palidez.  Pero  el  hombre  verde  me  al- 
canzó y  me  dijo: 

— Me  he  muerto  de  susto. 

— Oye;  no  está  bien  que  un  cadáver  hable. 

— A  un  lado  las  chanzas.  Te  declaro  que  me  he  muerto. . . 

—Entonces  cómprame  un  ataúd  usado  que  tengo  en  venta. 

—O  me  oyes  o  me  muero. 

— ¿Otra  vez? 

— Entré  a  mi  dormitorio,  hoi,  después  de  almuerzo  con  intención 
de  mudarme  calzado.  Me  senté  en  la  cama,  como  se  hace  en  estos 
casos,  e  introduje  mi  mano  debajo  del  catre  para  alcanzar  un  za- 
pato que  podia  divisar,  inclinándome  algo.  Lo  tomo,  tiro  de  él,  y 
nada,  el  zapato  no  se  mueve;  por  el  contrario,  se  encoje  y  desapa- 
rece. Yo  grito;  pero  antes  que  pueda  hacerme  oir,  veo  salir  de 
debaje  de  mi  cama  a  un  roto  fornido,  que  se  abalanza  sobre  mí,  me 
acogota  y  me  tira  al  suelo.  Quedé  frió,  y  cuando  volví  a  darme 
cuenta  de  todo,  el  ladrón  había  desaparecido. 

Los  pelos  se  me  erizaron  al  oir  esta  relación  y  también  me  que- 
dé verde  y  tan  estraña  pareja  de  verdura  formaba  con  mi  amigo, 
que  parecía  que  hubieran  encendido  al  lado  de  nuestras  caras  un 
fósforo  de  Bengala. 

Desde  ese  momento,  me  puse  a  pensaren  los  peligros  que  ofrece 
una  cama  hueca  por  debajo.  En  el  primer  dia  de  cavilación,  resolví 
construir  un  catre  sólido  hasta  el  suelo;  pero  me  detuve  ante  la 
idea  de  que  los  ladrones  se  pondrían  a  esperarme  sobre  la  cama, 
lo  que  seria  aun  mucho  peor  que  si  me  esperaran  debajo. 

Estudié  entonces  una  injeniosa  máquina  fundada  en  la  pesantez 
de  los  cuerpos  y,  mas  que  todo,  en  la  pesantez  de  los  catres.  Mi 
hermoso  catre  de  fierro  y  bronce  fué  dotado  de  un  manubrio  se- 


a  56 

creto,  a  cuya  vuelta  caia  ruidosamente  al  suelo,  aplastando  al  mise- 
rable ser  que  hubiera  buscado  debajo  de  él  su  guarida. 

Como  yo  tenia  poca  fé  en  mis  inventos,  resolví  probarlos  con 
un  lindo  jarrón  de  terra-cotta  que  me  habia  obsequiado  un  parien- 
te mió,  diciéndome  con  voz  emocionada:  «Guárdalo  durante  toda 
tu  vida;  deposita  en  él  tus  esperanzas. . .  y  basta  las  colillas  de  los 
cigarros  cuando  no  encuentres  a  mano  otro  recipiente.» 

Puse  el  jarrón  debajo  del  catre,  me  subí  sobre  él  y  hasta  finjí 
roncar  para  darle  al  ensayo  todo  el  color  local  y  la  veracidad  posi- 
ble. De  repente,  moví  el  manubrio  y  ¡pataplum!  el  catre  quedó  a 
ñor  de  tierra,  escuchándose  sólo  la  fúnebre  sonajera  del  hermoso 
jarrón  de  terra-cotta.  jQué  hago  ahora  yo! — me  dije  en  seguida— 
¿Dónde  deposito  mis  esperanzas,  mis  colillas,  etc?  ¿Qué  le  digo  a 
mi  pariente? 

No  me  contesté  estas  preguntas,  porque  son  de  la  clase  de  las 
intei rogaciones  sin  respuestas;  pero  no  tardé  en  recobrar  la  tran- 
quilidad perdida. 

Desde  entonces  toda  clase  de  fantasías  estrañas  me  visitaban 
durante  la  noche.  Despertaba  con  sobresaltos  de  muerte,  echan- 
do manos  al  manubrio  y  descargando  de  golpe  contra  el  suelo, 
mi  catre,  para  ver  si  reventaba  a  algún  desconocido  malhechor. 

Soñé  una  noche. . .  Voi  a  contar  lisa  y  llanamente  lo  que  soné 
sin  ponerle  a  la  historia  ribetes  fantásticos,  porque  así  no  seria 
gracia  ninguna  que  impresionara  a  mis  lectores.  Soñé  que  estando 
dispuesto  ya  para  dormirme,  habia  sentido  en  la  alfombra  el  roce 
de  una  persona  que  se  arrastraba  sij  liosamente  sobre  ella,  hasta  lle- 
gar a  mi  cama  y  deslizarse  debajo.  Era  llegado  el  momento  de  dar 
una  vuelta  al  manubrio;  lo  cojí  con  mano  vacilante,  di  con  él  una 
impetuosa  sacudida  y  al  mismo  tiempo  se  oyó  el  estruendo  de  la 
caida  del  catre  y  un  grito  de  agonía,  lanzado  por  el  infeliz  aplas- 
tado. ¡Habia  triunfado!  Encendí  luz  para  examinar  el  funciona- 
miento regular  de  mi  maquinaria,  cuando  vi  con  angustia  y  sor- 
presa indecibles,  una  cabeza  asomada  por  debajo  de  mi  cama. 
El  ladrón  habia  sido  aplastado;  pero  dejando  al  lado  de  afuera 
la  cabeza  y  el  tronco  hacia  adentro;  uno  de  los  largueros  le  pa- 
saba precisamente  por  el  pescuezo,  guillotinándolo  de  un  modo 
horrible. Yo  veia  en  sueños  que  esa  cabeza  se  iba  poniendo  encama- 


^57 

da  hasta  parecer  una  betarraga.  Pero  ¿qué  hacer  en  ese  trance?  Si 
saltaba  de  la  cama  para  evitar  el  cruel  suplicio,  el  ladrón  podia 
escapárseme,  levantando  el  catre.  Y  si  permanecía  sobre  él, 
cometía  un  vil  asesinato.  Me  limité  a  preguntarle  con  voz  condo- 
lida. 

— ¿I^  duele? 

No  me  contestó  el  infeliz;  pero  me  puso  unos  ojos  tan  grandes, 
tau  desmesuradamente  abiertos,  que  me  dio  miedo.  Tomé  la  vela  y 
comencé  a  dejarle  caer  gotas  de  esperma  sobre  las  pupilas,  hasta 
cubrírselas  por  entero. . . 

Desperté  aterrorizado;  pero  no  tardé  en  olvidarme  de  un  sueño 
tan  macabro. 

Una  tarde,  cuando  comenzaba  a  invadir  la  oscuridad  mi  dormi- 
torio, me  recosté  para  descansar  del  trabajo  del  dia.  Estaba  aun 
despierto  y  pensando  en  muchas  cosas,  cuando  un  ruido  me  hizo 
volver  a  mi  tema.  Esta  vez  no  me  engañaba,  debajo  de  la  ca- 
ma estaba  alguien,  que  fatigado  seguramente  de  su  incómoda  po- 
sición, estiraba  las  encojidas  piernas  haciendo  estremecerse  el 
citre. 

Di  la  vuelta  consabida  al  manubrio  y  la  maquinaría  se  estrelló 
ruidosamente  contra  el  suelo;  oprimí  en  seguida  el  botón  de  la 
campanilla  y  pedí  ayuda  al  mozo  para  ver  qué  habia  ocurrido  de- 
bajo de  ella. 

Levantamos  el  pesadísimo  bulto,  y  di  vueltas  el  rostro,  para  no 
ver  el  cadáver.  Pero  la  curíosidad  venció  a  la  compasión.  Me  acer- 
qué y  miré.  ¡Horror!  Colibrí,  mi  perro  perdiguero  favorito,  el  que 
decia  agú  como  los  niños  de  pecho  y  ahullaba  como  un  diputado  de 
la  oposición,  estaba  allí  aplastado  miserablemente.  Apenas  habia 
quedado  de  un  centímetro  de  grueso  y  de  mas  de  dos  metros  cua- 
drados de  estension. 

Me  sentía  también  vivamente  impelido  a  plajiarme  a  mí  mismo: 
«|Ah!  Sí  Colibrí  no  hubiera  sido  perro,  no  hubiera  acabado  sus  dias 
bajo  mi  cama.»  Pero,  en  seguida,  reaccionando,  con  el  buen  senti- 
do que  me  caracteriza,  tomé  a  mi  perro,  lo  sacudí  como  quien  sa- 
cude un  pedazo  de  alfombra,  y  lo  coloqué  frente  al  sofá  a  manera 
de  piel.  Y  ademas  juré  no  volver  a  inventar  nada. 


El  Tránsito  del  Demonio 


CLODOMIRO  Pérez,  es  corista  varen  del  Teatro  Municipal,  Su 
cara  de  asno  joven  se  destaca  vigorosamente  en  la  escena,  y 
hace  el  regocijo  de  las  galerías  y  del  elemento  joven  que  con- 
curre a  oir  la  ópera. 
Como  prisionero  numida  en  el  segundo  acto  de  Aida^  infun- 
día pavor  al  mismo  Amonasro.  En  seguida,  se  le  ascendió  por  su 
fealdad  y  por  su  buena  conducta  a  sacerdote  ejipcio,  y  cuando  en 
el  fondo  del  templo  resonaba  pavorosa  la  ronca  y  tétrica  acusación 
de  traidor  ala  patria,  sobre  todas  las  demás  se  alzaba  la  voz  de 
Clodomiro  Pérez,  que  en  esos  momentos  creia  realmente  tener  en 
sus  manos  la  vida  de  Radames. 

En  Fausto^  en  el  coro  de  las  cruces,  Mefistófeles,  mas  que  por  la 
presencia  de  ese  signo  odiado  para  él.  temblaba  ante  la  cara  que 
ponia  Clodomiro  Pérez,  para  vencerlo  y  aterrorizarlo. 

Pérez  era,  indudablemente,  el  rei  de  los  coristas.  Sabia  abrir  los 
ojos  desmesuradamente,  mirar  al  vecino  como  para  comunicarse  la 
impresión  de  la  romanza  cantada  por  el  tenor;  mover  los  brazos 
desmesuradamente,  inclinarla  cabeza,  en  fin,  dramatizar 2l  su  manera. 
Clodomiro  era  casado  con  una  mujer  vieja  y  sorda,  un  abocastra 
tal,  que  ni  siquiera  babia  conseguido  figurar  en  el  coro  femenino. 


26o 

del  Municipal,  donde  son  cualidades  que  se  aprecian  mucho,  la 
fealdad,  la  vejez  y  el  no  tener  oidos. 

En  la  noche  del  miércoles,  el  pobre  Pérez,  dejando  a  su  mujer  en 
cama,  con  una  grave  enfermedad,  se  vio  obligado  a  asistir  al  estre- 
no de  Mefistófeles^  donde  le  correspondía  el  honroso  puesto  de  de- 
monio, para  salir  con  el  gran  tenedor  de  tres  dientes  en  el  segundo 
acto,  en  la  escena  del  infierno. 

¡Qué  bien  se  veia  Clodomiro,  metido  bajo  su  capuchón  rojo  fue- 
go, con  las  orejas  salidas  hacia  afuera  y  como  mandadas  hacer  para 
servir  de  receptáculo  a  tanto  golpe  de  orquesta;  los  ojos  saltados  y 
redondos  como  si  fueran  los  de  un  loro,  con  la  razón  estraviada,  y 
finalmente,  la  boca  abierta,  con  una  espresion  idiota  de  muía  fati- 
gada! 

Era  un  demonio  real  y  verdadero,  y  al  divisarlo  salir  del  camarín, 
una  bailarina  que  no  debia  andar  con  la  conciencia  mui  limpia,  casi 
se  cayó  desmayada  y  desapareció  como  un  celaje  dándose  vueltas 
en  las  puntas  de  los  pies. 

Llegó,  por  fin,  el  acto  del  infierno,  y  Clodomiro  Pérez  hizo  su 
aparición  en  el  piño  de  demonios,  saltando  sobre  los  pies  y  levan- 
tando en  alto  el  gran  tenedor  dorado.  Algunos  concurrentes  de  la 
platea  descubrieron  con  sus  anteojos  la  adorable  figura  de  Pérez,  y 
estuvieron  contemplándolo  en  medio  de  esa  atmósfera  roja,  hasta 
que  saliendo  por  un  costado,  volvia  a  bajar  por  la  ladera  de  la  mon- 
taña del  fondo. 

Al  salir  el  acto,  corrido  ya  el  telón,  y  cuando  todavía  no  se  apa- 
gaba el  resplandor  rojo  que  bañaba  el  escenario,  un  vecino  de  la 
casa  de  Clodomiro  le  anunció  que  su  mujer  estaba  agonizando. 

Pérez  dio  un  grito  y  olvidándose  del  traje,  quizá  un  tanto  im- 
propio que  llevaba,  salió  como  un  loco  por  la  puerta  de  la  calle  de 
San  Antonio  y  echó  a  correr  en  dirección  a  la  Alameda. 

O    O    O 

¡Qué  solitaria  y  triste  se  encuentra  la  Alameda  pasada  la  media 
noche!  Los  quemadores  incandescentes,  difunden  en  tomo  suyo 
un  resplandor  pálido  que  vacilante  y  confuso,  se  pierde  en  la  leja- 
nía, moviendo  las  sombras  y  dándoles  una  estraña  animación. 


26 1 

De  cuando  en  cuando  parece  como  brotar  de  un  tronco  la  oscura 
silueta  de  un  transeúnte  que,  a  paso  de  marcha  se  dirije  al  domicilio 
donde  alguien  lo  espera,  o  donde  nadie  lo  espera. 

Allá,  de  tarde  en  tarde,  un  carruaje  muestra  a  lo  lejos  sus  faroles 
rojos  como  dos  pupilas  de  borrachos,  y  golpeando  ruidosamente  el 
pavimento  se  acerca  al  galope  de  los  caballos. 

La  ciudad,  ajitada  y  alegre  en  el  dia,  se  pone  medrosa  y  sombría 
a  esas  altas  horas,  en  que  bien  podrían  salir  duendes  y  penar 
ánimas. 

Kso  decia  el  guardián  que  de  punto,  frente  a  la  calle  de  San  Mar- 
tin, casi  se  moria  de  miedo  en  tal  soledad.  La  campanita  sonora  y 
armoniosa  del  reloj  de  San  Borja,  habia  dado  las  doce  tres  cuartos. 
Hl  guardián  bostezó  y  naturalmente  se  santiguó  la  boca  con  el  pul- 
gar, para  que  por  ella  no  entrara  ningún  mal  espíritu. 

De  repente  fijó  la  vista  a  lo  lejos,  hacia  arriba,  y  creyó  divisar  un 
punto  oscuro  que  corria  desaforadamente  por  el  fondo  de  la  Ala- 
meda. Muí  pronto  y  a  la  pasada  de  un  farol  divisó  que  era  rojo,  y 
que  llevaba  algo  en  la  mano  que  brillaba  a  la  luz. 

¡Cáspita! — dijo — cualquiera  creería  que  eso  es  el  diablo  en  persona. 
Y  volvió  a  santiguarse 

Pero  el  bulto  crecia,  crecía,  hasta  dejar  ver  el  gran  tenedor  dora- 
do que  llevaba  en  alto,  y  el  gorro  puntiagudo  que,  rojo  como  todo 
su  traje,  le  cubría  la  cabeza.  El  guardián  corríó  como  un  loco  a 
refuji^rse  al  pié  de  un  farol,  sin  atinar  a  llevarse  el  pito  a  la  boca  y 
pedir  ausilio,  y  desde  allí,  con  los  ojos  abiertos,  veia  acercarse  a 
grandes  saltos  ese  demonio  color  de  fuego,  que  llevaba  levantado 
d  tenedor  con  que  indudablemente  clavaba  a  los  condenados. 

Pérez,  olvidado  enteramente  del  traje  peculiar  que  lo  cubría,  pen- 
só en  la  necesidad  de  pasar  antes  a  la  botica  de  tumo  mas  cercana, 
para  llevar  a  su  mujer  un  calmante.  Se  diríjió,  pues,  al  guardián, 
haciéndole  señas  con  el  tenedor;  pero  con  profundo  asombro  vio 

que  éste,  dando  un  gríto,  se  trepaba  por  el  farol,  semejando  a  la  luz 
del  gas,  un  murciélago  jigantesco  que  cubría  el  quemador  con  sus 
alas  negras. 

— ¿Qué  es  esto? — se  dijo  Clodomiro — y  como  si  tal  cosa  hizo  su 
pregunta  de  estilo: 

— ^¿Sabe  usted  dónde  está  la  botica  de  tumo? 


202 

Hubo  un  momento  de  silencio  en  que  se  sentía  la  respiíacioii 
ajitada  del  guardián. 

El  reloj  de  San  Boija  dio  los  cuatro  cuartos  y  en  seguida  una 
campanada  vibrante  y  arjentina. 

Después  con  voz  apagada,  temblorosa,  el  policial  dijo: 

— Ver...  ver. ..  ga. ..  ra. ..  es...  es...  es  ..  qui...  qui...  na...  de... 
de  ..  de...  de... 

Y  nada  mas  pudo  agregar,  porque  el  terror  le  paralizó  la  lengua, 
y  Pérez,  aburrido,  echó  a  correr  de  nuevo,  creyendo  sencillamente 
que  se  habia  encontrado  con  un  guardián  ebrio. 

O    O    O 

De  repente,  allá  en  una  esquina  divisa  la  ventanilla  alumbrada 
de  una  pequeña  botica,  tras  cuya  puerta  dormita  seguramente  el 
boticario,  reclinado  en  una  silla,  después  de  haber  vendido  un  pa- 
pelillo de  calomelano  para  un  cólico,  y  un  franquito  con  jarabe  de 
hipecacuana  para  un  niño  con  tos  convulsiva. 

De  súbito,  tres  golpes  suenan  en  la  puerta.  El  boticario  se  incor- 
pora, corre  a  la  puerta,  asoma  su  cabeza  por  la  ventanilla  y  dando 
un  salto  atrás,  la  cierra  de  golpe  y  le  pone  nerviosamente  el  alda- 
bón. Ha  visto  al  demonio,  lo  puede  jurar,  rojo,  alto,  con  un  tenedor 
en  la  mano. 

El  pobre  hombre  se  da  golpes  de  pecho  y  jura  devolver  la  plata 
que  ha  recibido  de  sus  parroquianos,  por  el  calomelano  falsificado 
que  está  vendiendo  desde  hace  tres  meses. 

En  ese  instante,  solamente,  Clodomiro  Pérez  lo  comprende  todo. 
Vestido  así,  de  demonio,  no  puede  entrar  a  ver  a  su  mujer,  es  im- 
posible, la  mataría.  Y  como  le  viene  el  recuerdo  de  la  pobre  que  se 
muere,  se  acerca  a  un  poste  de  teléfonos  y  se  pone  a  llorar  amar- 
gamente. . . 

Un  trasnochador  que  pasa  por  allí,  con  el  cuello  levantado,  el 
sombrero  caido  sobre  los  ojos  y  las  piernas  un  poco  débiles,  da  un 
salto  de  tres  metros  al  ver  ese  diablo  que  solloza;  emprende  des- 
pués una  carrera  loca  y  hasta  cree  sentir  olor  a  azufre. 

0    0    0 


263 

Amanece.  Comienza  a  difundirse  sobre  la  Alameda  la  luz  inde- 
cisa del  alba,  y  un  vientecillo  frío  baja  de  la  cordillera  haciendo  dar 
diente  con  diente  a  los  guardianes  de  punto. 

Un  comisaiio  encuentra  a  Clodomiro  Pérez,  y  venciendo  el  pri- 
mer impulso  de  temor,  se  lo  lleva  a  la  comisaría  arríándolo  por 
delante. 

Una  cocinera  que  va  al  mercado  con  su  canasta  de  mimbres  al 
brazo,  se  queda  con  la  boca  abierta,  inmóvil  sobre  la  vereda,  sin 
saber  qué  significa  ese  oficial  de  policía  que  va  empujando  con  su 
caballo  a  un  diablo  con  cuernos,  cola  y  tenedor  en  la  mano. 

El  infeliz  de  Clodomiro  Pérez  solloza  y  solloza;  y  lo  sorprende 
el  sol  sentado  en  la  comisaría,  sobre  un  piso  de  juncos,  con  la  ca- 
beza baja  y  apoyada  sobre  las  dos  manos  asidas  al  trídente  do- 
rado. 

Un  grupo  de  muchachos  lo  rodea  a  cierta  distancia,  en  silencio, 
y  hasta  con  respeto. 

Es  un  cuadro  oríjinal  y  divertido. 

Pero  entre  tanto,  nadie  hace  desistir  al  policial  de  la  segunda 
comisaría,  de  retirarse  del  puesto  de  guardián  y  perder  su  sueldo, 
a  no  ser  que  lo  releven  para  siempre  de  hacer  la  guardia  en  la 
noche. 


AA 


incEnüiñRio 


DON  Serafín  Espinosa  tenia  su  tiendecita  de  trapos  en  la  calle 
de  San  Diego,  centro  del  pequeño  comercio,  que,  ya  que  no 
puede  tentar  por  el  lujo  de  sus  instalaciones  ni  por  el  surti- 
do de  la  mercadería,  atrae  por  la  baratura  inverosímil  de  sus 
artículos.  Se  llamaba  la  tienda  «La  bola  de  oro»,  y  mostraba 
en  el  pequeño  escaparate  tiras  bordadas,  calcetines  de  algodón,  hi- 
lo en  ovillos  y  carretillas,  broches,  orquillas,  jabón  de  olor,  polvos, 
botines  tejidos  al  crochet,  y  loros  de  trapo.  Los  jéneros  se  redu- 
cían al  lienzo  común  para  ropa  interior  de  pobre,  al  tocuyo 
tosco  y  amarillento,  al  percal  barato  y  de  colores  vivos,  y  a 
una  que  otra  variedad  de  velo  de  monja  para  mantos  de  poco 
precio. 

Don  Serafín  era  el  alma  mas  candorosa  de  la  tierra.  Se  arruinaba 
lentamente  tras  del  mesón;  pero  sin  perder  su  encantadora  sonrisa, 
modales  amabilísimos,  su  jenerosidad  innata  y  su  fina  cortesía.  Si 
alguna  mujer  le  pedia  la  ¡lapa,  al  meter  la  tijera  en  el  lienzo,  corría 
como  media  vara  mas  el  corte  y  daba  después  el  vigoroso  rasgón 
sin  importársele  un  ardite.  Si  un  chico  lloraba  de  aburrido  mien- 
tras la  madre  regateaba  largamente  un  corte  de  ocho  varas  de  per- 
cal, corría  él  a  la  vidriera  y  cojiendo  un  loro  de  trapo  se  lo  obse- 


266 

quiaba  para  calmarle  la  pena.  Si  una  sirviente  volvía  desolada  a 
devolverle  tres  varas  de  tocuyo,  porque  era  de  otra  clase  él  que 
le  hablan  encargado,  recibía  el  trozo  y  daba  del  otro,  guardando 
el  inservible  pedazo  para  algún  pobre.  Y  en  fin,  lo  que  menos  te- 
nia don  Serafín,  eran  cualidades  para  comerciante. 

Muchas  veces,  al  caer  la  tarde,  su  vecino  de  la  esquina,  un  sim- 
pático italiano,  natural  de  Parma,  dueño  del  almacén  de  abarrotes 
«La  estrella  parmesana»,  se  le  acercaba  en  mangas  de  camisa,  des- 
peinado, sudoroso,  pero  aun  no  cansado  de  la  fatiga  del  dia  >  le 
charlaba  una  media  hora. 

— ¡Buona  sera,  don  Serafine!  ¿Cómo  va  questo?  Malo  ¿eh?  Ma 
¿qué  quiere  usted,  signore?  Non  se  puede  ser  santo  e  comerchante 
a  la  veche,  non.  Per  ganare  la  plata  se  necesita  malizia,  acortare  la 
vara,  pasare  de  cuando  en  cuando  una  cuarta  meno,  venderé  un 
lienzo  de  mala  calitá. . .  ¡Sí,  don  Serafíne!  ¿Come  quiere  usté,  santo 
varone,  prosperare  cuando  lo  dá  tutto?  Usté  sirá  del  chelo  derechi- 
to  y  verá  a  Dios;  pero  lo  que  es  el  dinero  no  lo  verá,  non. 

Don  Serafín  sonreía,  porque  él  mas  que  nadie  estaba  convencido 
de  que  habría  hecho  muchísimo  mas  de  lego  recoleto  que  de  due- 
ño de  «La  bola  de  Oro».  Pero,  ¿tenia  él  la  culpa  de  que  al  frente 
se  hubiera  establecido  ese  maldito  «Bazar  Otomano»  con  tres  puer- 
tas, dos  vidrieras  y  tantas  medías  lunas?  ¿Tenía  él  la  culpa  de  que 
todos  prefírieran  a  su  pobre  tenducho  con  los  eternos  loros  de 
trapo  en  la  vidriera,  los  brillantes  escaparates  del  vecino,  con  ro- 
sarios de  concha  de  perla,  collares  de  vidrio  y  polvoreras  de 
cristal? 

Nó,  ¿y  entonces?  Y  don  Serafín  seguía  sonriendo  amable  y  en- 
cantadoramente,  obsequiando  los  loros  de  trapo  y  dando  llap<is  de 
media  vara. 

Pero  el  negocio  iba  a  menos  rápidamente,  y  los  cinco  mil  sete- 
cientos pesos  que  tenia  en  mercaderias  corrian  grave  riesgo  de  fun- 
dirse. 

Sí  yo  fuera  un  pillastre,  un  hombre  sin  conciencia— decía  don 
Serafín — ^le  prenderia  fuego  a  «La  bola  de  Oro»  y  luego  la  Nacio- 
nal me  entregaria  mis  cuatro  mil  pesos  de  seguro.  Pero  como  ten- 
go temor  de  Dios,  y  prefíóro  vivir  pobre  que  deshonrado,  no  haré 
jamas  tal  crimen,  y  me  contentaré  con  ver  resignado  cómo  se  van 


267 

escurriendo  entre  los  dedos  estos  cinco  mil  pesos,  fruto  de  tantos 
años  de  trabajo. 

Kn  estos  únicos  momentos  de  amargura  desaparecían  de  la 
cara  de  don  Serafín  la  sonrisa  amable  y  el  jesto  candoro- 
so y  en  esos  mismos  momentos  acortaba  considerablemente  la 
üapa. 

La  idea  del  incendio,  rechazada  tantas  veces  como  criminal  y 
pecaminosa,  era,  sin  embargo,  la  única  solución  del  negocio.  Si  yo 
le  prendo  fuego,  lo  que  Dios  no  permita — pensaba  don  Serafín — 
hago  una  cosa  mala;  pero  si  llega  otro,  sin  que  yo  lo  sepa,  y  sin 
que  yo  se  lo  aconseje  y  me  quema  «La  bola  de  Oro»,  entonces 
¿qué  culpa  tengo  yo? 

Y  desde  entonces  don  Serafín  se  dedicó  a  hacer  rogativas  y 
mandas,  por  lograr  el  completo  incendio  de  &us  mercaderías.  Cre- 
yó conveniente,  ya  que  de  fuego  se  trataba,  dirijirse  a  las  ánimas 
benditas  del  purgatorio  que  tienen  las  llamas  al  alcance  de  su  ma- 
no, y  las  llenó  de  promesas,  súplicas  y  oraciones. 

Entonces  se  le  víó  a  don  Serafín  Espinosa  mas  alegre  que  de 
costumbre,  agotando  los  loros  de  trapo  de  la  vidriera  y  llegando  a 
dar  de  llapa  hasta  una  vara  larga  de  tocuyo. 

Por  fin,  fué  oido  el  constante  e  incansable  tendero,  y  como  la 
Nacional,  ignorante  de  todo,  no  apeló  por  su  parte,  a  las  ánimas 
para  destruir  el  efecto  de  las  velas,  flores  y  oraciones  de  don  Sera- 
fin,  la  cosa  se  inclinó  del  lado  de  éste. 

«    #    « 

Una  noche,  la  tranquilidad  de  la  calle  de  San  Diego  fué  turbada 
por  el  repiqueteado  toque  policial  y  gritos  de  ¡incendio!  ¡incendio! 
Kn  un  momento  se  despertó  toda  la  cuadra,  hubo  voces,  llamados, 
carreras,  y  cinco  minutos  después  la  ronca  y  fúnebre  campana  del 
cuartel  jeneral  de  bomberos,  sonaba  en  el  silencio  de  la  noche,  ha- 
ciendo poner  en  alarma  media  ciudad. 

A  patadas  fué  abierta  la  puerta  de  una  colchonería,  vecina  a 
«La  bola  de  oro»,  y  una  vez  caldas  las  hojas,  salió  una  llamarada 
envuelta  en  humo,  que  barrió  en  un  instante  con  su  letrero  de  ma- 
dera: «Se  llenan  colchones.» 


268 

Uno  de  los  oficiales  de  policía  fué  corriendo  a  avisar  a  don  Se- 
rafín que  dormia  como  un  bienaventurado  en  su  casa.  Saltó  éste 
de  la  cama,  se  impuso  de  la  fausta  nueva,  se  metió  un  macfarland 
y  un  par  de  zapatillas  y  salió  a  la  calle  brincando  como  un  loco. 
T«a  sorpresa  del  policial  que  tímidamente  estaba  llamando  a  la 
ventana:  «señor  Espinosa;  no  se  alarme  usted,  pero  se  le  está  que- 
mando la  tienda»,  subió  a  un  estremo  indecible,  al  ver  don  Serafín 
se  le  colgaba  del  cuello,  lo  estrechaba  contra  su  pecho  y  hasta  le 
estampaba  un  entusiasta  beso  en  la  punta  de  la  nariz. 

— Señor  oficial  ¿no  se  chancea  usted?  Es  verdad  que  se  me  que- 
ma todo?  ¡Qué  dicha,  Dios  mío! 

Y  corría  como  uñ  desesperado  apretándose  el  macfarland  para 
que  le  cubriera  el  cutis  ante  las  miradas  risueñas  de  los  que  lo 
miraban  pasar. 

En  ese  momento  ya  llegaban  las  bombas  con  una  algazara  de 
mil  demonios:  campana,  gritos,  galope  de  caballos,  resbalones,  in- 
sultos, órdenes,  arrastre  de  las  mangueras,  píteos,  en  fin,  un  in- 
fierno. 

Ya  está  un  grifo  listo,  ya  arde  un  fogón,  ya  late  furiosamente 
una  caldera,  ya  puja  el  agua  ruidosamente  en  uno  délos  pitones,  ya 
sale  el  chorro  y  barre  a  la  muchedumbre  que  se  apiña  y  hace  saltar 
la  bola  de  latón  sobredorado  de  la  tienda  de  don  Serafín,  y  cae 
sobre  el  techo  sofocando  un  penacho  de  llamas  y  de  humo. 

— Dios  quiera  que  no  quede  ni  un  míñaque,  ni  un  ovillo,  ni  un 
loro,  ni  un  calcetín! — esclamaba  el  feliz  tendero,  balbuceando  a 
ratos  avemarias  y  atrayendo  muí  curiosamente  sobre  sí  la  atención 
de  los  vecinos. 

El  cielo  lo  oía;  pero  lo  oia  también  el  juez  del  crimen  de  tumo, 
que  daba  órdenes  inmediatas  para  arrestar  a  don  Serafín. 

Trabajaron  tenazmente  las  bombas;  el  agua  destruyó  al  par  que 
el  fuego  y  cuando  ya  no  quedaron  sino  tres  o  cuatro  murallas  y 
un  montón  de  escombros,  se  declaró  estinguido  el  fuego,  «se  tocó 
llamada  y  se  recojió  el  material 

Un  piño  de  curiosos  se  detenia  delante  de  las'humeantesvigasy 
de  los  húmedos  adobes,  que  despedían  un  olor  acre  y  pegajoso,  y 
entre  ellos  se  veían  las  albas  mangas  de  camisa  del  dueño  de  «La 
estrella  parmesana»  que  no  había  alcanzado  a  sufrir  nada. 


269 

— ^Yo  no  masusto — decia  a  su  auditorio — per  esto  se  necesita 
calma.  Asi  son  las  cosas  de  la  vita.  Don  Serafine  se  resolvió  a  ser 
comerchante,  e  non  santo.  Asi  no  sirá  tan  derecho  del  chelo  pero 
tendrá  en  cambio  dinero.  Questo  es  la  realitá,  la  realitá  pura;  el 
comercho  non  vive  del  oscurantismo. 

Entretanto  don  Serafín  estaba  sentado  en  un  banco  con  la  trabe- 
za  sobre  el  pecho  y  los  brazos  cruzados,  esperando  la  hora  en  que 
debia  llegar  el  juez  a  instruir  el  sumario.  Se  encontraba  en  un 
vago  estado  de  incertidumbre.  Por  un  lado,  daba  gracias  al  cielo 
por  el  incendio,  y  por  otro,  le  pedia  salir  bien  librado  de  la  deli- 
cada situación  en  que  estaba. 

Un  guardián  lo  sacó  de  la  incertidumbre,  anunciándole  que  el 
juez  lo  llamaba.  Don  Serafín  salió  del  calabozo  y  apareció  con  su 
cara  serena,  candorosa,  amable  ante  el  juez  que  esperaba  su  lle- 
gada. 

— Señor  Espinosa.  Parece  que  el  incendio  de  *%a  bola  de  oro" 
ha  sido  intencional 

— No  solo  lo  parece — señor  juez — sino  que  lo  es. 

—¡Hola! 

— Si,  señor  juez.  Como  intencional,  pocos  lo  habrán  sido  más. 

— De  manera  que  usted,  señor,  reconoce  haber  prendido  fuego 
a  su  tienda  de  la  calle  de  San  Diego? 

— Perdóneme,  su  señoría.  ¡Eso  no,  eso  nunca,  eso,  ni  loco!  Yo 
soi  honrado  ante  todo. . .  Se  lo  diré  al  señor  juez.  Este  incendio  es 
de  lo  mas  intencional  que  cabe,  pero  solo  porque  yo  he  puesto 
toda  la  intención  posible  en  que  sucediera.  Yo  no  vendía  nada, 
señor  juez.  En  la  última  semana,  solo  he  logrado  salir  de  un  jabón 
de  olor,  tres  varas  de  huincha  blanca  y  dos  carretillas  de  hilo.  Eso 
no  era  vida.  En  esta  situación,  le  hice  una  novena  a  las  ánimas 
benditas.  No  se  ría — su  señoría — porque  me  han  oído. . .  Por  eso 
digo  que  como  intencional  lo  es  ¿a  qué  lo  niego?  ¿Pero  manchar- 
me, señor  juez?  ¡Eso  nunca! 

Y  el  simpático  viejo  se  quedó  mirando  al  juez  con  su  amable 
sonrisa  de  siempre,  sintiendo  no  tener  un  loro  de  trapo  para  de- 
járselo sobre  la  mesa  para  que  aplastara  con  él  tanto  papel,  y  lim- 
piara en  su  pechuga  la  pluma. 

—Quítenme  de  aquí  a  este  señor — dijo  el  juez — y  déjenle  en  II- 


ayo 

bertad.  Oiga  usted,  caballero:  usted  se  ha  equivocado,  aquí   no  es 
donde  debe  purgar  sus  faltas. 

— ¿Y  dónde  sera  señor  juez? 

— En  el  limbo. . . 

Y  en  medio  de  una  risa  espontánea  salió  don  Serafin  después 
de  hacer  una  venia. 

*    *    * 

No  habia  llegado  aun  a  los  humeante  restos  de  «La  üola  ae 
oro»,  cuando  se  topó  con  su  amigo  el  parmesano,  que  le  dijo: 

— Amico  don  Serafine,  suomo  felice.  Usted  me  debe  solamente 
tres  litros  de  parafina,  que  son  sesenta  centavos. 

— Por  qué. 

— Per  le  inchendie  qui  io  solo  lo  ha  fato  anoche. 

—¡Usté! 

— Cállese,  don  Serafine.  que  pueden  oimos.  Yo  lo  he  escuchado 
que  usted  que  dicheba:  « ¡anime  dil  purgatorio,  inchéndiame  la  bola 
de  d*oro!»  La  colchonera  dechia  pocomeno.Yomaiditto:  «nonques- 
to  non  é  il  camino.  L'ánime  dil  Purgatorio  non  tienen  parafina,  io 
la  tengo  e  mato  dos  pacaros  d'un  tiro:  hago  un  favore  a  due  ami- 
chi  y  vendo  parafina».  ¿Non  e  vero? 

— ¡Pero  esto  es  un  crimen! 

— ¡Bah!  jSilencho,  bárbaro! 

Y  la  férrea  mano  del  simpático  parmesano  apretaba  tan  fuerte- 
mente el  brazo  de  don  Serafin.  que  éste,  vencido  y  atónito,  se  bus- 
caba en  el  bolsillo  los  sesenta  centavos. . . 


Va    a 


A    ▲    ▲    ▲    ▲ 


▲    ▲    ▲    A    ▲    A    ▲    A   A    A    AAAAAAÁAAAAAAAV 


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▼   ▼   T   T 


ñRRÉnüñTñRlOS 


TENGO  para  mí,  que  todas  las  desgracias  del  mundo  son  sopor- 
tables, menos  una:  la  de  tener  casas  en  arriendo.  Cualquier 
socialista  de  esos  que  se  llenan  la  boca  diciendo  que  la  pro- 
piedad es  un  robo,  se  convenceria  al  leer  estas  sinceras  y 
verídicas  líneas,  que  la  propiedad  es  una  carga  sumamente 
molesta. 

Sí,  señores.  Y  si  no  ¿por  qué  acabo  de  echar  a  patadas  al  último 
arrendatario  de  mi  casa  de  la  calle  de  las  Claras,  y  jurado  no  volver 
a  arrendarla  en  mi  vida  a  nadie,  como  no  sea  al  mismo  Pierpont 
Morgan? 

Pues,  porque  unos  no  me  pagaban,  porque  otros  me  faltaban  al 
respeto,  porque  los  mas  me  la  destruían  de  una  manera  alarmante; 
y  porque  todos,  sin  escepcion  alguna  me  hacian  salir  mas  canas 
que  pelos  tengo  en  la  cabeza. 

;Ai!  Todavía  me  tiemblan  las  carnes  de  espanto,  al  pensar  en 
mis  arrendatarios.  Estoi  resuelto  a  empobrecerme;  estoi  resignado 
a  que  la  Caja  Hipotecaria  me  lo  saque  todo  a  remate;  pero  juro,  ¿lo 
oyen  ustedes?  juro  que  mis  casas  no  volverán  a  arrendarse  a  bicho 
alguno,  nacido  o  por  nacer. 
Venían  algunos  arrendatarios  con  sombrero  de  copa  y  corbata 


273 

plastrón  y  yo  decía:  Este  me  parece  caballero,  debe  pagar  puntual- 
mente. Ademas,  tiene  cara  de  aseado,  a  pesar  de  que  el  cuello  no' 
está  mui  limpio. . .  En  fin,  trato  hecho;  ciento  veinte  pesos  mensua- 
les, pago  anticipado. 

Al  poco  tiempo,  el  caballero  de  sombrero  de  copa,  resultaba  un 
píllete.  Entre  gallos  y  media  noche,  me  cargaba  las  golondrinas, 
escapaba  hasta  con  la  alfombra  de  la  escalera,  y . . .  si  te  he  visto,  no 
me  acuerdo. 

Otra  vez  llegaba  uno  de  sombrero  de  paño  sudto,  zapatos  gran- 
des, chaleco  algo  gastado,  nariz  larga,  boca  ancha,  espaldas  angos- 
tas; y  yo  me  decía:  Este  debe  ser  un  hombre  de  trabajo.  Nada  de 
apariencias,  ni  sombrero  de  copa,  m plastrón.,.  Parece  un  individuo 
de  fondo,  modesto,  sobrio,  económico.  Trato  hecho. 

A  los  quince  días  el  ymdam  escapaba  dejándome  de  recuerdo,  y 
para  garantía  del  pago,  un  felpudo,  una  caja  con  alfileres,  dos 
palos  de  escoba  con  algunos  restos  aprovechables,  algunas  casca- 
ras de  papa  y  un  Almatiaque  Brisioi^  de  esos  que  se  reparten  gratis 
en  las  boticas. 

En  fin,  del  panteón  de  mis  recuerdos  escojo  un  ramillete  de 
arrendatarios,  y  lo  ofrezco  al  público  que  tenga  el  feo  vicio  de  ad- 
quirir propiedades  para  arrendarlas,  a  fin  de  que  escarmiente  en 
ajena  cabeza  y  prefiera  el  oficio  de  policial  o  de  alcalde,  antes  que 
el  de  arrendador. 


Hace  tres  dias  que  en  la  puerta  de  calle  se  leía  este  letrero:  Se 
arrienda  esta  casa,  tratar,  etc^  eic.  Una  mañana  aparecía  en  casa  un 
matrimonio  joven  y  de  aspecto  decidido.  £1  era  alto,  ella  baja;  el 
ñaco,  ella  gorda;  él  rubio  ella  morena;  los  dos  vestían  bien  y  pisa- 
ban fuerte. 

— Ciéntense  ustedes.  ¿En  qué  les  puedo  servir? 

— Venimos  de  ver  su  casa.  Pieciosa,  bien  ventilada,  central,  ba- 
rata. Ncr:  gii^ta. . . 

— Pavcr  que  uctedes  me  hacen. 

— Por  el  pago  no  habrá  cuestión. .. 

— Dios  les  oirá  a  ustedes! 


^73 

— Sí;  dada  nuestra  situación — dijo  él — y  nuestra  fortuna— agre- 
gó ella — usted  no  dudará. 

— Evidente. . .  Pero  a  pesar  de  todo  deberán  ustedes  darme  anti- 
cipado el  primer  mes. 

— Ah!  bien;  por  fórmula,  si,  si.  Porque  si  esto  fuera  una  muestra 

de  desconfianza,  no  podríamos  admitirlo.  Nosotros  venimos  ahora 

de  ver  nuestras  minas  del  norte. . .  ¿Ño  le  interesa  a  usted  el  cobre? 

¡  Ab!  Nosotros  estamos  realizando  en  la  actualidad,  algo  así  como 

'  dieciseis  mil  quinientos  a  diecisiete  mil  pesos  mensuales. 

— Mis  felicitaciones. 

— Gracias.  Ademas,  usted  sabe  que  este  año  las  cosechas  son 
excelentes. 

— ¿También  es  usted  agricultor? 

— Sí,  señor.  Tengo  un  fundo  en  Cuneó  y  dos  mas  pequeños  en 
Bio-Bio.  En  total,  quince  mil  fanegas  de  producción. 

— Quedamos  entonces,  en  que  la  casa  corre  por  cuenta  de  us- 
tedes. 

— Conforme.  Quedo  a  las  órdenes  de  usted...  y  hasta  mañana. 

—¿Pero  no  me  dá  usted  el  canon? 

— ¡Hombre!  ¿Se  atreve  usted  a  ofender  mi ? 

— De  ninguna  manera.  Perdone  usted.  Será  otro  dia.  Con  que, 
hasta  luego. 

Los  dejé  ir,  pero  algo  me  decia  que  esos  millonarios  se  me  iban 
a  marchar  el  dia  menos  pensado,  debiéndome  la  casa. 

Algunas  semanas  trascurrieron  con  calma  inalterable.  Una  ma- 
ñana él  se  apareció  en  mi  oficina  a  pedirme  le  hiciera  colocar  una 
mampara  en  el  zaguán  de  la  casa. 

Le  contesté  que  no  podia,  me  insistió:  reñimos  con  palabras  bas- 
tantes duras;  me  llamó  avaro  y  yo  le  puse  en  la  calle,  cerrándole  la 
puerta  de  un  golpe. 

A  la  media  hora  recibí  la  visita  de  ella.  Me  dijo  que  una  persona 
de  su  calidad,  relacionada  con  las  mas  encumbradas  familias  del 
pais,  no  podia  vivir  sin  una  mampara.  Me  espresó  que  no  dormía 
que  sentía  frecuentes  ataques  de  nervios,  que  los  pulmones  le  ha- 
cían así  (hizo  con  la  boca  una  especie  de  resoplido),  todo  por  culpa 
de  esa  mampara  que  debía  estar  en  toda  casa  decente.  Sus  amigas 
se  podían  burlar  de  ella  y  mirarla  en   menos;  los  negocios  de  su 


^74 

marido  podian  irse  al  sudo;  las  minas  podían  fracasarle  de  ttn  mo- 
mento a  otro. . .  ¡y  todo  por  la  mampara! 

Indiné  la  cabeza  y  a  los  dos  días  el  maestro  Lúeas  colocó  una 
degante  mampara  en  la  casa  de  arriendo. 

Otra  semana  de  paz  inalterable.  Una  mañana  se  abre  la  puerta 
de  mi  escritorio  y  entra  d: 

— Señor  Pino:  o  usted  me  cambia  todos  los  picaportes  de  la  ca- 
sa, o  me  voL 

— ¿Me  ha  hablado  usted  de  picaportes. . .  o  le  he  entendido  mal? 

— No  admito  bromas.  Los  picaportes! 

— Pero  hombre  por  Dios!  ¿Qué  le  hacen  a  usted  los  pica- 
portes? 

— Mire  usted  (inclina  la  cabeza  como  un  tordo.)  ¿Vé  usted  esas 
canas  prematuras?  Pues,  son  causada::  por  los  picaportes.  Ni  d 
peor  bodegón  del  peor  barrio  de  Santiago,  tiene  iguales  picapor- 
tes a  los  de  su  caso.  Negros,  mohosos,  duros,  chuecos,  sor.  una 
verdadera  vergüenza.  ¡Y  pensar  que  pago  a  usted  ciento  veinte 
pesos  mensuales! 

— Dirá  usted  que  me  los  va  a  pagar,  caballero.  Porque  hasta  Iioi 
usted  no  ha  venido  a  otra  cosa  a  esta  oficina,  qne  a  pedir  mejoras 
y  mejoras.  Esto  cz  intolerable. 

— Señor,  usted  no  me  conoce,  yo  coi  minero;  yo  gano  de  dieci- 
seis mil  quinientos  a  diecisiete  mil  pesos  mensuales.  Yo  pago  pun- 
tualmente pero  exijo  que  se  me  dé  una  casa  decente,  no  un  depai- 
tamento  ruinoso.  Si  usted  no  me  envia  mañana  mismo  los  pica- 
portes nuevos  iiic  marcho. 

— No,  no,  caballero,  no  ze  marche  usted,  tendrá  picaportes  de 
plata  oxidada,  picaportes  de  art  nouveau,  picaportes  grabados  por 
Roty. 

Y  en  efecto,  me  fui  a  una  joyería  de  la  calle  de  Huérfanos  y  ad- 
quirí unos  picaportes  de  metal  empañado  con  flores  esmaltadas  en 
rojo  y  azul,  que  dabau  ganas  de  prendérsdos  en  la  corbata.  En  se- 
guida los  ordene  colocar. 

Dos  semanas  absolutamente  inalterables.  Pero  esta  vez,  la  causa 
era  gravísima.  La  casa  c:i  arriendo  pemianecia  cerrada,  hermética- 
mente cerrada.  ¿Se  habrían  alcanzado  a  morirlos  arrendatarios,  de 
vergüenza  por  los  picaportes  antiguos? 


^7S 

La  puerta  fué  descerrajada  y  rejistrados  los  departamentos  in- 
teriores. La  soledad  mas  grande,  mas  definitiva  reinaba  en  piezas 
y  corredores. 

Naturalmente,  los  millonarios  se  hablan  llevado  también  los  pi- 
caportes, como  recu^do  de  la  imbecilidad  del  propietario. 

•    •    • 


Volvió  a  quedar  fijo  en  la  puerta  él  cartdon  de  papel  con  letras 
negras:  Sg  arrienda  esta  casa^  etc.  Una  mañana  apareció  en  mi  ofici- 
na un  señor  de  levita  mui  abrochada.  Pareda  una  escopeta  metida 
en  su  funda. 

— ¿Tengo  el  gusto  de  hablar. . .? 

— Con  el  doctor  Alvarez,  especialista  en  enfermedades  infeccio- 
sas, hijienista  recien  llegado  de  Berlin. 

— Lo  celebro.  Mi  casa  vale  ciento  veinticinco  pesos  mensuales 
al  contado,  sin  picaportes. 

— No  le  he  oido  a  usted  lo  último. 

— No  importa.  La  primera  mensualidad  es  anticipada. 

El  doctor  se  llevó  violentamente  la  mano  al  bolsillo  y  crei  un 
instante  que  iba  a  sacar  el  revólver  para  matarme;  pero  con  asom- 
bro, con  estupefacción  de  mi  parte,  vi  que  el  objeto  sacado,  era  una 
cartera  de  cuero  gris. 

— ^Aquí  están  los  ciento  veinticinco  pesos — me  dijo — arrojándo- 
melos con  dignidad' sobre  la  mesa. 

Quise  estrecharlo  contra  mi  pecho,  pero  creí  prudente  disimular 
y  agregué  con  un  cinismo  que  jamas  olvidaré. 

Hasta  hoi  he  tenido  mui  buena  suerte  con  los  arrendatarios.  To- 
dos me  han  pagado  el  canon  anticipado.  Espero  que  a  usted  le 
gustará  la  casa. 

Al  dia  sub-siguiente  el  doctor  hijienista  llegó  a  casa  con  los  dos 
ojos  casi  enteramente  saltados  de  las  órbitas,  y  el  sombrero  colga- 
do en  la  punta  del  pelo. 

— [Señor! — me  dijo  con  voz  pavorosa — ¿cómo  puede  usted  tener 
esa  casa? 

— ¡Hombre!  No  sé  quién  me  lo  pueda  prohibir. 


276 

— No,  no;  me  refiero  al  deplorable  estado  profiláctico  en  que  se 
encuentra. 

— ¡Cáspita! — ¿La  ha  encontrado  usted  ruinosa? 

— No  me  comprende  usted.  Su  casa  está  en  sumo  estado  de  de- 
saseo. El  jérmen  de  la  tuberculosis  vaga  por  todas  partes.  Hai  mi- 
crobios hasta  en  la  escalera. . . 

— No  se  alarme  usted  de  eso,  porque  con  el  tráfico  quedarán 
aplastados. 

— No,  señor,  yo  exijo  que  proceda  a  hacer  una  completa  desin- 
fección de  la  casa,  so  pena  de  rescindir  el  contrato.  Hé  aquí  lo  que 
yo  exijo:  i.°  Encender  en  todas  las  piezas  por  diez  dias  y  por  diez 
noches  consecutivas,  mechas  de  azufre;  2,^  Lavar  los  techos  y  los 
entablados  con  una  solución  de  sublimado  al  uno  por  mil;  3.**  Em- 
papelar de  nuevo  las  habitaciones,  usando  un  engrudo  mezclado 
con  ácido  fénico;  4.<>  Cubrir  todos  los  umbrales  de  las  piezas  con 
una  mano  de  alquitrán;  5.^  Cubrir  el  piso  de  la  cocina  con  una  capa 
de  carbón  de  Guyot,  y  pavimentarla  encima  con  ladrillos  someti- 
dos a  una  alta  cocción;  y  6.°  Poner  en  todos  los  rincones  escupi- 
deras anti-tuberculosas,  conforme  al  plano  adjunto. 

Caí  desmayado  arrojando  espuma  por  la  boca.  Cuando  volví  en 
mí,  recapacité  cinco  minutos  y  resolví  avenirme  a  todo. 

—Está  bien — repliqué  con  la  voz  temblorosa. — ^Todo  se  hará  co- 
mo usted  lo  desea. 

Diez  operarios  con  delantales  blancos,  dirijidos  por  el  doctor  y 
pagados  por  mí,  procedieron  a  realizar  ese  programa  de  sanea- 
miento, con  una  minuciosidad  tal  que  mi  bolsillo  se  encontró  con- 
movido hasta  sus  entrañas. 

Por  fin,  quedó  todo  terminado.  El  doctor  metido  siempre  en  su 
funda  o  vaina  negra,  llevó  su  familia  al  nuevo  domicilio;  una  fa- 
milia igualmente  abotonada  de  pies  a  cabeza,  de  manera  que  pare- 
cían todos  una  colección  de  lápices  dentro  de  sus  cápsulas. 

Pasaron  treinta  dias  de  serenidad,  y  uno,  quizá  el  primero  del 
siguiente  mes,  me  notificó  el  doctor  que  se  iba  por  no  encontrar 
del  todo  salubre  la  casa,  y  después  de  abonarme  una  mensualidad 
se  despidió  efusivamente  y  se  marchó. 

Yo  quedé  enfenno.  ¡Perder  un  arrendatario  tan  hijiénico  y  tan 
puntual;  pero  sobre  todo  tan  hijiénico! 


277 

Llegó  el  momento  de  abrir  la  casa,  y  casi  me  fui  de  espaldas.  No 
pondero:  quince  carretones  de  basura,  no  bastaron  a  sacar  de  allí 
todas  las  cascaras,  papeles,  restos  de  comida,  corchos,  cambuchos 
de  botellas,  plumas  de  gallina,  etc.,  etc„  que  la  familia  del  hijienis- 
ta  habla  acumulado,  en  piezas,  galenas  y  rincones. 

Hasta  en  el  salón  habia  cascaras  de  naranja,  tapones  de  cerveza, 
restos  de  plátanos  y  papeles  rotos. 

a  fi  ^ 

Debo  cortar  mis  memorias,  pero  con  el  deseo  do  seguirlas  algún 
dia.  Faltan  para  completar  estas  verídicas  impresiones,  una  señora 
con  hijas  y  un  profesor  de  baile,  que  después  de  los  arrendatarios 
enumerados,  siguieron  sucesivamente,  amargando  mi  existencia. 


UH  ñLmUERZO.... 


<— Ha  sido  reducido  a  prisión  el  comi- 
sionado de  esta  policía  Eleuterio  Alvarez, 
que  fue  mandado  a  dejar  un  reo  a  Snn 
Femando.  Este  convidó  en  Curicó  a  al- 
morzar al  guardián,  bebiendo  varías  co- 
pas de  vino,  y  resultando  al  final  que  el 
guardián  quedó  embriagado  y  el  reo  se 
higó.» 

(Tblegrama  db  Tai,ca) 

isiON  delicada,  escabrosa  y  de  indudable  responsabilidad  Ir. 
de  conducir  un  bandido  a  Santiago! 

Kl  modesto  funcionario  policial  de  provincia,  llamado 
al  despacho  del  comandante,  y  hecho  depositario  de  mi- 
sión tan  difícil,  se  atusa  orgullosamente  los  bigotes  ante 
sus  camaradas  en  «d  cuerpo  de  guardia  y  sonrie  de  gusto. 

— Me  voi  a  la  capital — compañeros — llevando  al  Pcjegallo  Con 
esta  prueba  de  confianza  me  reconcilio  con  d  comandante  y  nic 
gano  él  ascenso.  ¡Cáspita!  No  todo  ha  do  acr  ruina  este  año. 

Y  él  comisionado  se  soba  las  manos  y  mira  al  través  de  la 
ventana  la  luminosa  mañanita  de  febrero,  clara,  límpida  y  traspa- 
rente. 
Esa  noche  se  come  mas   alegremente  en  la  casa  del  comisio- 

10 


28o 

nado  y  la  mujercita  abre  un  tarro  do  duraznos  al  jugo,  para 
celebrar  ese  viaje  que  puede  ser  el  principio  de  cosas  buenas  y  de- 
scadas. 

-s-¿Lo  ves  Julia?  Ya  se  acabó  el  infierno  que  se  nos  habia  caído 
encima.  Ya  te  lo  he  dicho  muchas  veces:  cuando  vienen  las  cosas 
malas  vienen  en  chorrera;  pero  cuando  comienzan  las  buenas,  en- 
tonces, nadie  las  ataja.  Se  nos  fué  Garlitos  primero,  perdí  después 
mi  puesto  en  el  correo,  el  comandante  me  recibió  con  ojeriza,  tú  te 
enfermaste  del  hígado,  perdí  cincuenta  pesos  en  las  carreras  y  se 
me  dió  vuelta  un  frasco  de  aceite  en  mi  dolman  nuevo.  Pero  de?  - 
pues  principiaron  las  buenas  cosas:  se  murió  tu  madre,  me  aumen- 
taron en  diez  pesos  el  sueldo,  Garcia  me  pagó  los  veinticinco  pe- 
sos que  me  habia  pedido  para  el  dieciocho,  y  hoi  me  encargan  ir  a 
Santiago  nada  menos  que  a  llevar  al  Pejegallo. . .  ¿Sabes  lo  que  me 

dijo  el  comandante?. . .  Entré  yo,  me  miró  y  me  dijo:  Alvarez:  ¿se 

atreve  usted  a  llevarme  al  Pejegallo  a  Santiago?  Yo  me  quedé  mi- 
rándolo y  después  le  contesté  mui  tranquilo:  Mande  no  ma";,  mi 
comandante,  que  yo  me  atrevo  a  todo.— Bravo — me  dijo—tú  eres 
de  mui  buena  voluntad  y  harás  carrera.  . 

— ;Así  te  dijo? 

— Así  mismo,  Julia.  Y  yo  creo  que  si  eso  no  significa  que  me  as- 
cienden, no  sé  yo  castellano  ni  tengo  dos  pies. 

— ¡Qué  g^sto!  Mira,  yo  te  voi  a  confesar  una  cosa.  Si  te  mandan 
con  el  Pejegallo,  es  por  San  Antonio. . . 

— ¡Bali!  ¡Tienes  tú  unas  cosas!..  ¿Cómo  pegas  a  nuestro  padre 
San  Antonio  con  el  Pcjtgallo? 

— ¿Que  como?  Con  siete  velas  que  le  he  encendidol 

—¿Al  Peje? 

m 

—Estúpido.  No  bromees  que  te  puede  castigar  Dios.  Las  siete 
se  las  encendí  á  San  Antonio,  por  tres  cosas:  porque  se  te  quite  el 
vicio  del  cigarro,  porque  no  te  juntes  con  Garcia  y  porque  te  as- 
ciendan... 

— Bueno.  Tú  dices  que  San  Antonio  se  preocupa  de  estas  co- 
sas . .  Puede. . .  Lo  cierto  es  que  esto  me  mejora  a  ojos  vista.  ¿Me 
arreglas  la  maleta? 

— ¿Qué  llevas? 

— Una  camisa,  dos  pnres  de  calcetines. 


281 

— ¡Derrochador!  ¿No  te  los  cambiastes  la  otra  semana  no  masi 

9É    9É    Hi 

Arreglada  ya  la  maleta,  y  el  comisionado  con  ella  en  la  p  uerts 
de  la  cárcel  esperando  la  entrega  del  Pejegallo.  Por  fin,  y  después 
de  mucha  espera,  sale  éste  encojido,  con  el  sombrero  en  la  mano  y 
con  una  cara  de  mosca  muerta,  que  cualquiera  lo  creería  sacristán , 
antes  que  bandolero  de  la  high  Itfe  del  bandolerismo. 

— ¡Pajarito! — le  dice  el  comisionado,  remeciéndolo  úe  un  brazo 
—¿le  gustan  a  usted  las  pildoras?. . .  Supongo  que  nó.  Bueno!  dos 
o  tres  te  voi  j'o  a  meter  si  tratas  de  echar  el  vuelo.  ¿Ves  esto? 
¿Sabes  tú  cómo  se  llama?  Esto  es  un  esmitihueso  lejitimo  de  cinco 
tiros.  Con  dos  bastan  para  \L 

El  Pejegallo  oye  anonadado  todo  esto,  mientras  se  coloca  un  ruin 
sombrerito  plomo  en  la  cabeza  y  se  suspende  los  pantalones  con 
las  dos  manos. 

Y  los  dos,  conductor  y  conducido,  echan  a  andar  hacia  la  esta- 
ción y  no  tardan  en  ocupar  los  asientos  de  segunda  clase,  uno  al 
frente  del  otro.  Un  escritor  diría  que  allí  habia  un  trozo  de  hielo 
entre  ambo?»  viajantes;  pero  nosotros  no  diremos  tal  cosa:  indife- 
rencia habría,  pero  hielo. . .  ¡cá!  ojalá,  porque  se  lo  hubieran  comido 
para  el  calor. 

El  Pefegallo,  hombre  de  muchísimo  mundo,  y  acostumbrado  a 
encontrarse  en  tales  trances,  iba  divertidísimo  al  ver  la  gravedad 
de  primerízo  del  comisionado. 

—¿Fuma  usted,  señor? — preguntó  el  bandido  alargando  amable- 
mente una  cajetilla  de  cigarros  cycles. 

—Gracias.  No  fumo. 

Y  el  Pejegallo  se  guardó  la  cajetilla  después  de  sacar  uno,  encen- 
derlo y  echar  el  humo  despreocupadamente 

—Fumas,  como  sí  no  te  pasara  nada  desagradable! — observó  el 
comisionado. 

— jPhs!  ¡Qué  le  voi  a  hacer,  pues  señor!  Estoi  en  la  mala  y  aga- 
cho la  cabeza!  ¿Qué  vamos  a  Santiago?  Bueno;  no  seré  yo  el  que 
resista.  El  que  la  hace,  la  paga:  yo  la  he  hecho,  y  la  estoi  pagando. 

—Pareces  razonable. 


282 

— Un  algo.  Yo  soi  así.  Cuando  estol  dado,  estoi  dado.  Usted  no 
me  creerá,  pero  en  llegando  a  Santiago  yo  le  voi  a  hacer  a  su  mer- 
cé  entrega  de  todo  lo  que  tengo.  ¿Para  qué  lo  quiero  yo?  ¿Para  qué 
me  lo  roben  en  la  capital?  Prefiero  que  usted  lo  guarde,  y  si  algu- 
na vez  salgo,  me  lo  devuelva. . . 

— ¿Es  mucho? 

— ¡Phs!  Una  miseria. . .  trescientos  pesos, 

— Dame  un  cigarro. 

Un  momento  de  silencio  reinó  entre  ambos.  El  tren  corría  des- 
bocado. Al  través  de  los  vidrios  se  veia  el  campo  verde,  ilimitado, 
convidando  a  la  libertad. . .  y  al  Pejegallo  se  le  hacia  agua  la  boca 
mientras  echaba  su  chupada  a  la  colilla  y  soplaba  el  humo. . . 

£1  comisionado,  entre  tanto,  pensaba  y  pensaba.  ¿Tenia  algo  de 
inconveniente  ser  depositario  del  dinero  de  un  bandido?  Nada!  Si 
el  Pejegallo  salia  de  la  cárcel,  bueno,  allí  estaban  los  trescientos 
pesos;  y  si  no  salla,  también.  En  cambio  ¡qué  cantidad  de  cosas 
podian  hacerse  con  trescientos  pesos!  Pagarle  al  despachero  los 
veintidós  pesos  sesenta,  para  que  no  chille;  comprarle  un  vestido 
a  la  Julia  y  guardarse  lo  demás  para  un  apuro.  Quedaba  un  punto 
oscuro,  un  verdadero  caso  de  moral.  Esos  pesos  ¿serian  robados? 

— Oye,  Pejegallo,  Esos  trescientos  pesos  son  robados? 

— No  me  ofenda,  patrón.  Son  mios,  y  mui  mios:  dos  bueyes  y 
un  caballo  ensillado  que  le  vendí  en  Parral  a  mi  primo  Fundador 
Reinoso. . . 

Y  nuevo  silencio,  y  nuevas  chupadas,  y  nuevo  sueño.  La  cara 
niefistofélica  del  Pejegallo  sonríe  de  una  manera  atroz,  pero  vuelve 
a  su  natural  y  filosófica  indiferencia  cada  vez  que  los  ojos  del  co- 
misionado le  caen  encima. 

— Bueno,  pues,  Pejegallo,  A  mi  no  me  gustan  estas  cosas,  ¿eh? 
Pero  me  has  caido  en  gracia,  y  acepto. . . 

— ¿Y  será  usted  tan  bueno,  señor,  que  me  acepte  un  convite  a 
almorzar  en  Curicó? 

— ¡Ahí  eso  es  imposible,  yo  tengo  obligación  de  llevarte  a  San- 
tiago... 

— ¿Y?  ¿Que  no  vamos  a  Santiago?  Si  es  solo  un  almuercito 
Pero,  en  íin,  si  usted  no  quiere. . . 

— Bueno;  por  no  desairarte. . . 

•tf       kM      IV 


283 

V  una  vez  que  el  tren  entró  en  la  estación  de  Curicó  y  el  freno 
lanzó  su  silbido  agudo  y  moribundo,  los  dos  viajeros  descendieron 
al  anden,  no  sin  que  el  comisionado  fijara  sus  ojos  sobresaltados 
en  el  Pejegaüo.  Pero  éste  iba  indiferente  como  siempre,  tranquilo, 
silbando... 

Por  fin  quedan  delante  de  la  mesa  y  un  mozo  corre  a  colocarles 
dos  platos  con  carne  fria  y  rabanitos.  Luego  la  cazuela  y  una  botella 
devino  blanco  pedido  por  el  Pefegallo,  a  indicación  del  comisionado. 

— Mucho  tiento,  amigo — dice  elcomisionado,  al  echar  el  primer 
trago — mire  que  3*0  estoi  haciendo  mucho  en  estar  aquí. . 

— Deje,  señor,  que  nos  alegremos  un  poco.  jVoi  a  pasar  tanto 
tiempo  a  la  sombra! 

— Tienes  razón. 

A  la  cazuela  siguieron  unas  costillas  con  pebre,  con  las  que 
ambos  se  saborearon,  remojándolas  con  lo  poco  que  ya  quedaba  en 
la  botella  del  vinito  blanco. 

Pero  el  comisionado  comenzó  a  yerlo  todo  mui  bonito:  el  dia 
mas  claro,  la  mesonera  mas  buenamoza,  al  Pefegallo  más  simpático. 
Y  al  través  de  esos  cristales  vagos  y  movibles  con  que  se  mira 
todo  a  los  primeras  copas,  el  funcionario  policial  se  sentia  mui 
feliz,  mui  joven,  mui  dichoso... 

— ¿Con  que  bandidito,  eh?  Pefegallo  travieso? 

— No,  señor,  se  hace  lo  que  se  puede 

— Mira,  Pejegalliio,  pejegalloncito. . .  ja!. . .  ja!  . .  ja!  . .  Mira  ¿te  has 
divertido  mucho  en  tu  vida,  ah?  cuántos  tiritos  has  apuntado? 

— No,  señor;  no  sea  bromista. . . 

— Anda,  pillastron...  Pefegallo. 

— ¿Señor? 

— ¿Se  va  el  tren? 

— Xo,  señor,  no  se  va:  atráquele  al  cordero  que  está  mui  bue- 
no .. 

— ¡Oye,  Pefegallol  Una  confianza:  ¿tú  pagas? 

— Yo,  patrón. 

— Entonces  pide  vino. . . 

Y  se  pidió  vino,  y  el  comisionado  se  sintió  furiosamente  atacado 
de  risa  con  el  nombre  de  Pefegallo. 

— ¡Qué  gracioso!  Es  el  nombre  mas  divertido,    Mira,  cuando   tú 


284 

salgas  de  la  cárcel,  vamos  a  sembrar  una  chacras  en  inedias  ¿ah? 

— Sí,  señor.  Un  maizal. . . 

— ¿Un  maizal?  No,  nó  y  nó.  Un  tomatal  enorme,  de  diez  cuadras 
y  ademas  un  sandial.  ¿Que  te  parece? 

— Bien,  pues  señor. 

— ¿Has  dicho  que  te  parece  mal? 

—No,  señor;  que  bien,  que  mui  bien. 
^  — Me  gustas,  Pejegallo^  porque  eres  un  hombre  dficidido.  ¿Tú 
crees  que  a  mi  me  ha  hecho  algo  el  vino? 

—No...' 

— ¡Bah!  ¿A  mí?  jOcurrencias!  Estoi  fresco  cqmo  una  lechuga 

Y  el  comisionado  se  balanceaba  sobre  su  silla  y  miraba  ai  ban- 
dido con  tiemísimos  ojos, 

— Oye,  PeJ€gallo\  no  sigas  esa  vida  de  bandolero,  chico.  Te  lo 
digo  por  tu  bien.  A  mi  me  da  lástima  de  verte  así,  preso. .  Me  dan 
ganas  de  llorar. . . 

Y  el  comisionado  larga  el  llanto  y  apoya  la  cabeza  sobre  sus 
brazos... 

— ¡Peje!  Me  siento  mal.  No  te  vayas  a  ir,  Peje,  Acompáñame.  Si 
te  empeñas  sembraremos  el  maizal. 

%    %    % 

— ¿Dónde  estoi? — preguntó  el  comisionado  al  día  siguienlc. 
estirando  los  brazos  y  desperezándose  después  de  tan  largo  sueño. 
Debo  estar  en  la  capitaL 

— iNo,  señor! — dijo  burlonamente  un  centinela  lI  través  de  la 
ventanilla — ¿qué  ha  hecho  del  Pejegallo? 

Ese  nombre  hace  brincar  al  comisionado.  De  un  golpe  se  le 
viene  todo  a  la  imajinacion,  y  piensa  lúgubremente 

— Se  me  heló  la  chacra! 

Después  la  pena  le  coje,  y  larga  el  llanto, . .  pero  esta  vez  de 
veras. 


c3^      ¿1^ 


rompuTos 


OuiEN  no  sea  de  estopa  y  se  dé  el  incómodo  lujo  de  usar  ner- 
vios, no  debe  asistir  en  dia  de  elección   a  los  cómputos  que 
se  hacen  en  las  secretarias  de  los  partidos. 
Las  impresiones  mas  contradictorias  se  suceden  unas  tras 
otras,  en  interminable  serie,  sin  dar  tiempo  para  que  el  espí- 
ritu se  reponga  y  vea  claro  en  medio  de  tanta  anarquía. 

Al  rededor  de  una  mesa,  cuatro  o  cinco  personas  inclinan  la 
cabeza  sobre  estensos  pliegos  de  papel  blanco,  rayado  en  estrechas 
columnas,  donde  van  aposentándose  números  y  mas  números. 
Mas  apartados  se  agrupan  otros,  estirando  el  cuello  y  clavando  los 
ojos  en  esas  filas  de  cifras,  que  van  alargándose  como  cadenetas 
de  hilo  negro,  irregularmente  tejidas. 

De  repente,  una  puerta  se  abre  violentamente  y  un  hombre  jo- 
ven, bien  vestido,  con  el  sombrero  algo  abollado,  apretando  ner- 
viosamente en  la  mano  un  papel,  entra  de  sopetón  y  dice  con  voz 
estentórea:  ¡cuarta  comuna! 

Todas  las  cabezas  se  levantan,  todos  los  ojos  se  clavan  en  él,  y 
encontrándose  el  recien  venido  con  la  importancia  necesaria,  ¿c 
deja  caer  en  un  sillón.  Después  de  haber  hecho  esperar  algo  la  an- 


286 

siada  cifra,  se  deja  oin  «trecientos  cuarenta,   contra  cuatrocientos 
cuatro.» 

Los  que  hacen  los  cómputos,  colocan  las  nuevas  cifras  en  lo^ 
huecos  que  las  esperan  >  ensayan  una  suma  al  márjen,  para  ver  s^ 
ha  alterado  el  cómputo. 

— Caballeros — grita  el  que  ha  sumado  mas  rápidamente — ¡gana- 
mos por  veinticuatro  votos! 

La  noticia  cunde,  las  puertas  se  abren,  una  voz  clara  dice  afuera 
al  público  que  pide  noticias. 

— Señores:  un  triunfo  colosal  corona  nuestros  esfuerzos.  Una 
mayoria  de  trescientos  votos  arrojada  por  los  cómputos,  nos  per- 
mite confíar  en  la  victoria. 

Grandes  aplausos  y  gritos.  La  jente  se  abalanza  a  la  calle  y  un 
momento  mas  tarde  una  poblada  viva  con  entusiasmo  loco  al  can- 
didato. 

Las  caras  de  los  que  hacen  los  cómputos  están  sonrientes  y 
satisfechas,  y  como  no  llegan  nuevas  noticias,  se  encienden  los 
cigarros  y  se  charla. 

Un  instante  después,  la  campanilla  del  teléfono  repiquetea  fu- 
riosamente. Alguien  descuelga  el  fono  y  habla: 

—  .  .Si. .   mal  resultado  . .  ¿cómo?. .  .por  sesenta  y  ocho  votos? 
¡qué  barbaridad!. . .  un  tuiti. . .  ^  los  comisionados.' 

Todos  los  que  están  sentados  se  han  puesto  de  pié  aproxi- 
mándose al  teléfono  para  ver  si  se  descubre  algo  de  lo  que  se 
dice 

— ...pero  eso  es  enorme...  ¡quién  sabe  si  todavia  se  puede 
remediar!. . . 

— ¿Qué  haL' ¿qué  ocurre? — preguntan  los  que  rodean,  y2i  nenio- 
sos  y  pálidos  por  la  emoción. 

— Háganme  el  favor  de  callarse,  caballeros,  que  no  oigo  nada. 
replica  el  otro. . .  si. . .  perfectamente. . .  procure  ver  a  López  inme- 
diatamente. . .  está  bien. . .  no  lo  felicito. . .  adiós. 

Junto  con  colgar  el  fono,  diez  preguntas  caen  sobre  el  que  habla- 
ba, y  es  menester  contestarlas  todas. 

— Una  comuna  perdida  por  sesenta  y  ocho  votos.  Se  nos  ha  he- 
cho un  tutti  escandaloso.  ¿A  ver  los  que  llevan   los  cómputos? 


287 

Apunten:  cuatrocientos  sesenta  votos  contra  quinientos  treinta  y 
ocho. 

—¡Perdemos  por  cuarenta  y  cuatro' 

— Es  menester  ocultar. . . 

— Que  no  se  nos  conozca  en  las  caras. 

Afuera  la  algarabía  crece.  La  noticia  del  triunfo  ha  recorrido 
las  calles,  y  enjambre  de  partidarios  pide  detalles.  El  clamoreo  se 
hace  ensordecedor,  y  hurras  y  vivas  resuenan  a  cada  instante. 

Un  audaz  sale  de  nuevo,  y  haciendo  de  tripas  corazón,  grita: 

— Señores:  el  triunfo  se  confirma,  la  mayoria  aumenta;  los  cóm- 
putos ratifican  nuestro  triunfo.  Los  enemigos  se  entregan  a  las 
mas  audaces  falsifícaciones;  pero  nosotros  sabremos  evitarlas  con 

dignidad  y  con  talento! 
Enormes  aplausos  saludan  al  orador,   que  entra  de  nuevo  al 

sanctasanctórum  y  se  deja  caer  en  un  sofá, 

— ¿Pero  es  cierto  que  vamos  perdiendo  por  cuarenta  y  cuatro? 
¿no  se  habrán  equivocado  en  la  suma? 

— Xo  señor. 

Y  las  caras  se  alargan  se  alargan  de  una  manera  atroz. 

Nuevo  estrellón  en  la  puerta;  un  comisionado  entra  y  se  acerca 
a  la  mesa  con  faz  airada: 

— ¡Nos  han  partidc  en  la  décima  comuna!  Perdemos  por  ciento 
cuatro. 

— ¡Qué  barbaridad!  ¡Pero  ahí  no  se  ha  trabajado! 

— ¡Cómo  que  no  se  ha  trabajado!  No,  señor.  Quien  tiene  de  esto 
la  culpa  es  la  secretaria. . . 

— ¿La  secretaria?  usted  no  sabe  donde  está  parado. . .  Los  comi- 
sionados de  la  undécima  faltaron  a  sus  puestos. 

— Eja  es  la  injusticia  de  siempre.  Y  sacrifiqúese  uno  para  que 
no  se  lo  reconozcan! 

—¡Caballeros! — dice  alguien— todo  cargo  es  ahora  estemporáneo. 
Todo  el  mundo  ha  trabajado  como  ha  podido. 

—¡Duodécima  comuna!  grita  otro,  penetrando  como  un  ciclón, 
cuatrocientos  sesenta  y  cuatro  votos,  nosotros;  ciento  cincuentn 
ellos. 

— iBravo!  ¡Eso  es  trabajar!  ganamos  otra  vez. 


288 

Y  los  del  cómputo  escriben  afanados,  y  suman  con  vertijinosa 
rapidez: 

— Hemos  pasado  por  doscientos  sesenta. 

Gritos  aiuera  que  piden  noticias,  y  oradores  que  hablan.  Todos 
los  del  sanctasanctórum  se  lanzan  de  la  pieza  a  dar  las  buenas  noti- 
cias. I<a  algazara  sube  de  punto  y  los  vivas  se  hacen  mas  sonoros 
y  estruendosos.  T^os  entusiastas  se  abrazan  y  se  estrechan  las 
manos  y  tres  o  cuatro  centenares  de  personas  salen  a  la  calle  vi 
vando  estrepitosamente. 

Los  del  cómputo  han  vuelto  a  sus  asientos  y  miran,  con  loca 
alegría,  esa  última  simpática  cifra  que  ha  cubierto  con  creces  si  <!(> 
ficit  que  dejaban  las  anteriores. 

De  repente  el  comisionado  que  habia  dado  la  buena  nuev;:, 
vuelve  azorado,  con  los  ojos  abiertos  y  rojo  como  una  bcU- 
rraga: 

—Señor,  señor  ¡si  me  he  equivocado!  Yo  no  sé  lo  que  tengo  en 
la  cabeza.  Es  al  revés:  ciento  cincuenta  votos  nosotros  y  cuatro- 
cientos sesenta  y  cuatro  ellos. . . 

—¡Qué  animal!  ¡Pero  hombre!  ¿Está  usted  idiota,  caramba?  ¿Ha- 
bráse  visto  imbécil? 

— ¡Qué  quieren  ustedes!  si  tengo  un  dolor  de  cabeza  atroz.. 

Y  los  del  cómputo  borran  resignadamente,  cambian  las  cifra.sy 
sr.can  el  resultado  al  máijen: 

—¡Estamos  perdidos!  ¡quinientos  votos  de  diferencia! 

—¡Ya  no  nos  reponemos! 

—Imposible! 

—Yo  no  tengo  la  culpa;  me  habia  equivocado. 

—Salga  usted  de  aquí,  so  tonto,  que  ha  venido  a  embromamos. 

Vuelven  afuera  los  gritos  a  preguntar  detalles.  Las  puertas  se 
cierran  con  llave,  para  que  nadie  se  aperciba  todavía  del  cambio  (': 
situación. 

De  diversos  puntos  telefonean,  pidiendo  resultados  y  es. menes- 
ter responder  con  voz  entera  que  hai  buenas  noticias,  pero  qvi: 
aun  faltan  muchas  mesas  cuyo  escrutinio  no  se  conoce;. 

El  candidato  en  persona,  entra,  pálido,  desencajado,  y  se  deja 
caer  en  un  sillón: 

—¿Hai  esperanzas? 


¿«9 

—Pocas. . .  pero  haL 

—¿Faltan  muchos  resultados? 

—Como  veintidós. 

—Entonces  estamos  salvados. 

Un  rayo  de  esperanza  pasa  sobre  los  pliegos  de  papel,  en  que  la 
cadeneta  negra  se  ha  alargado  en  muchas  fílas.  Algunos  cigarros 
ae  encienden  y  hasta  una  que  otra  risa  estalla  sofocada. 

La  noche  avanza  y  con  ella  van  acallándose  los  ntmores  de  las 
calles,  y  apagándose  los  vivas. 

Mucho  rato  trascurre  sin  que  la  puerta  se  abra  y  entren  nuevos 
datos.  El  peso  de  los  quinientos  votos  es  abrumador  y  mantiene 
aplastados  y  mudos  a  los  circunstantes. 

—Yo  siento  vivas,  dice  alguien. 

—Sí;  parece  una  poblada 

—¿Vendrán  a  atacamos? 

—Seria  eso  tras  cuernos  palos. 

Y,  en  efecto,  se  sentia  un  rumor  como  el  que  imita  las  turbas 
que  se  acercan,  en  el  teatro. 

De  repente  alguien  descubre  que  es  el  gas  el  que  produce  este 
ruido,  y  disminuye  los  enoUnes  abanicos  de  luz  que  se  escapan 
sonoramente  de  los  quemadores.  Con  esta  precaución,  las  turbas 
parecen  alejarse. 

Pero  el  decaimiento  vuelve.  Por  fin,  después  de  larga  espera,  un 
galope  de  caballo  suena  en  los  adoquines,  y  se  detiene  en  la  puer- 
ta; después  un  ruido  de  pasos  y  espuelas  se  siente  en  el  pasadizo 
y  la  puerta  se  abre  con  estruendo.  Un  huaso  alto,  fornido,  moreno, 
con  poncho,  botas  y  espuelas  de  enormes  rodajas,  se  precipita  con 
•la  sonajera  de  sus  arreos,  y  alarga  un  sobre. 

—El  propio  de  Colina— dicen  varios. 

—Apunten  ustedes — dice  otro  rompiendo  el  sobre  y  dictando 
unas  cifras. 

El  cómputo  se  mejora;  pero  las  incertidumbres  siguen.  Un  ca- 
rruaje a  cuatro  caballos  se  detiene  a  la  puerta  y  tres  o  cuatro  per 
senas  entran  corriendo: 

— iBarrancas! 


290 

Los  quinientos  votos  van  bajando]  y  con  ello  vuelven  a  encen- 
derse cigarros  y  a  estallar  las  charlas. 

Pero  como  ya  despunta  la  mañana  y  hace  mucho  frió  y  la  ten- 
sión del  ánimo  ha  gastado  las  fuerzas,  comienzan  a  dispersárselos 
computadores  y  con  dios,  a  apagarse  las  luces.. . . 

Volvemos  a  repetir.  Quién  se  dé  el  lujo  de  tener  nervios  que  no 
asista  a  cómputos  de  ninguna  clase. 


Jf       Jf 


en   mñRCHñ 


PRIOIERñ  CLñSE 


El*  piteo  del  conductor,  el  silbato  de  la  locomotora  y  el  tirón  de 
carros  en  que  suenan  las  cadenas  y  chocan  los  topes,  ha 
puesto  ya  en  movimiento  el  largo  convoi  y  quedan  solo  las 
manos  que  al  través  de  las  ventanillas  se  ajitan  y  las  que 
desde  el  anden  contestan  como  queriendo  retener  y  alargar 
ese  momento  supremo  del  adiós. 

Siempre  nos  ha  parecido  el  tren  que  parte  y  que  se  aleja,  com- 
pleto símbolo  de  la  ausencia  y  del  olvido.  Los  seres  que  hemos 
querido,  los  deudos  que  han  abandonado  la  tierra,  los  recuerdos 
gratos  al  espíritu,  los  amores  tronchados  por  la  ventolera  de  la 
suerte,  son  rostros  pálidos,  que  asomados  a  una  ventanilla,  se  van 
alejando  rápidamente,  hasta  perderse  en  las  borrosas  lejanías  del 
horizonte  azul. 

Pero  no  poetisemos,   porque  el  convoi  no  se  desliza  como 

una  vela  blanca  sobre  la  tersa  superficie  de  un  verde  lago,  sino  que 

salta,  brinca,  tiembla  y  culebrea  sobre  los  ríeles  de  acero,  como 

una  ferretería  que  se  desarma  y  descuaderna. 

Un  tren  es  un  completo  organismo  social.  Es  un  pedazo  de  ciu- 


292 

dad  que  viaja.  El  problema  de  las  clases  no  se  queda  en  el  andén 
de  la  estación,  sino  que  se  cala  también  el  gorro  de  viaje  y  se  con- 
fia a  la  buena  voluntad  de  los  émbolos.  La  primera,  la  segunda  y 
la  tercera  clase,  limitadas  perfectamente  en  la  boleteria  y  absoluta- 
mente separadas  en  los  vagones,  prueba  que  aun  en  marcha  hacia 
lo  desconocido  (porque  ¿quién  duda  de  que  los  trenes  marchan 
ahora  a  lo  desconocido?)  debe  existir  la  realización  del  cuerdo  re- 
frán español  «cada  oveja  con  su  pareja»  y  «tal  para  cual  y  Pas- 
cuala para  Pascual.»" 

No  hablemos  del  Pullman,  como  no  hablemos  tampoco  del  carro 
fúnebre  estraordinario,  ni  de  los  palcos  cuevas  del  Municipal, 
porque  solo  son  éstos  grados  superiores  dentro  de  la  primera 
clase. 

Reduciéndonos  solo  a  los  trenes,  sentamos  algunos  axiomaii  i:i- 
discutibles: 

En  primera,  viajan  los  que  tienen  antojo  o  placer  de  vlnjo:. 

En  segunda,  los  que  tienen  necesidad  de  viajar. 

En  tercera,  los  que  han  recibido  orden,  encargo  o  mandato  de 
viajar. 

Con  mas  claridad  3'  menos  palabras:  en  primera  se  viaja  por  ca- 
pricho, en  segunda  por  necesidad  y  en  tercera  por  obediencia.  De 
donde  se  deduce— como  dicen  los  profesores  de  matemáticas — que 
en  primera  clase  predomina  la  satisfacción,  en  segunda  la  pacien- 
cia y  en  tercera  la  resignación. 

Comenzamos  por  la  primera  clase,  porque  como  no  somos  socia- 
listas, consentimos  en  admitir  los  números  ordinales  y  creemos, 
por  consiguiente,  con  sinceridad,  que  uno  está  antes  que  dos  y 
mucho  antes  que  tres. 

En  primera  clase  se  nota  mucho  equipaje.  Maletas  debajo  de  las 
piernas,  sacos  metidos  bajo  los  asientos,  paquetes,  bastones  y  cajas 
de  sombrero  en  las  redecillas  y  aun  maletines  y  ramos  de  flores  o 
jaulas  con  canarios  sobre  las  faldas. 

A  un  estremo  del  carro,  una  familia  numerosa  ha  ocupado  va- 
rios asientos.  La  señora,  con  una  capa  de  viaje  un  poco  antigua, 
capota  con  violetas  de  corona  fúnebre  y  velo  negro,  cabecea  acom- 
pasadamente mientras  un  rayo  de  sol  que  pasa  por  la  ventanilla, 
idealiza  un  poco  su  tranquila  figura  de  madre  de  familia  \4rtuosa 


393 

y  fecunda.  En  el  asiento  del  frente,  dos  niñas  con  velo  blanco,  con 
ese  sentador  velo  blanco  que  convierte  a  las  mas  vulgares  morenas 
en  odaliscas  ejipcias  miran  el  bienaventurado  sueño  de  la  mamá  y 
se  sonríen.  En  el  otro  lado,  la  mayor  délas  niñas,  una  morena  alt^, 
de  perfil  delicado,  tiene  en  su  falda  a  un  chiquitín  hermanito  suyo 
y  pierde  su  vista  embelesada  en  el  campo  que  se  estiende  intermi- 
nable hasta  los  cerros  azules  de  la  cordillera.  La  sonrisa  leve  que 
vaga  en  su  rostro,  la  viveza  con  que  los  ojos  están  fijos  en  la  leja- 
nía, hacen  pensar  que  no  es  el  mundo  esteriorlo  que  atrae  su  aten- 
ción, sino  el  mundo  interno  de  recuerdos  y  esperanzas.  Cualquiera 
diría  que  tiene  la  misma  manera  de  mirar  que  el  joven  guardia- 
marina  que  por  primera  vez  se  va  a  lanzar  a  los  azares  del  océano, 
abandonando  las  costas  de  la  patria.  Flota  en  torno  suyo  esa  dulce 
embriaguez  del  espíritu  que  idealiza  la  vida  y  que  hace  pensar  que 
la  bellísima  morena  se  va  a  embarcar  para  surcar  mares  descono- 
cidos. . .  El  chico  la  saca  de  su  abstracción,  dándole  una  palmadita 
en  la  mejilla  para  espantarle  una  mosca  que  había  buscado  allí  te- 
rreno firme. 

Otro  chico  se  ha  asomado  por  la  ventanilla  y  el  viento  le  ha 
arrebatado  traidoramente  su  gorra  de  marinero  que  ostentaba  or- 
gulloso el  letrero  de  (yiltggins,  Llorando  a  mares,  el  desgraciado 
exije  imperiosamente  que  se  haga  parar  el  tren.  Por  fin  se  logra 
convencerle  que  eso  no  es  posible  y  él  entonces,  secándose  las  lá- 
í^imas  con  la  manga,  dice  sollozando: 

— El  conductor  lo  va  a  hacer  parar  a  la  vuelta  y  se  va  robar  la 
gorra  para  sus  chiquillos! 

Y  otros  vastagos  de  la  misma  señora,  que  duerme  imperturbable, 
se  entretienen  en  ver  cómo  los  árboles  parece  que  caminaran  en 
sentido  contrarío  al  tren,  y  como  los  animales  se  ven  tan  chiquitos 
que  parecen  cosa  de  juguete. 

En  otro  asiento  tres  caballeros,  dos  de  ellos  diputados  y  el  otro 
agricultor,  conversan  en  voz  baja  y  accionan  vivamente.  A  pesar" 
de  que  hacen  esfuerzos  porque  no  se  les  oiga  la  interesante  discu- 
sión, es  fácil  pescar  palabras  sueltas: 

— . .  .es  un  hombre  preparado. . . 

— . .  .serio. 

—El  país  necesita  una  mano  de  fierro. . . 


?9A 

— . .  .la  administración  corrompida. . . 

— . .  .yo  lo  prefiero  a  todos. . . 

Mas  lejos  hablan  dos  señores  de  la  cosecha,  de  engordas, 
del  precio  de  los  animales,  de  la  ruina  de  los  árboles  frutales. . . 

Mas  lejos  aun,  un  presbítero  reza  en  su  breviario  y  de  cuando  en 
cuando  se  distrae  mirando  hacia  el  campo. 

En  un  estremo  un  hombre  pálido,  desencajado,  envuelto  en  un 
sobretodo  de  invierno,  tose  incesantemente: 

— jDon  Anastasio! — esclama  otro— ¿cómo  está  usted? 

—Ya  lo  vé. . .  haciendo  hora  para  la  tumba. . . 

—No  diga  usted  eso,  hombre;  usted  respira  salud  por  todos  los 
poros. . . 

— Es  demasiado  amable,  don  Miguel.  Yo  voi  a  menos,  lo  siento 
y  no  puedo  evitarlo. 

Y  un  nuevo  acceso  de  tos  hace  ponerse  encamado  ese  rostro 
pálido  y  cadavérico. 

Un  matrimonio  cierra  el  vagón:  los  dos  están  juntitos  y  con- 
versan tan  incesantemente  como  si  nunca  se  hubieran  hablado 
nada. 

Y  ese  es  el  carro  de  primera,  descolorido,  estirado,  monó- 
tono. 


5E6UnDñ  CLñSE 


El  carro  de  segunda  clase  es  el  que  lleva  el  cocavL  La  canasta 
tradicional  con  un  pollo  fiambre,  una  botella  de  vino  dulce,  pan, 
queso,  un  trozo  de  longaniza  y  bizcochuelo.  no  hace  falta  nunca 
bajo  los  modestos  asientos  de  segunda. 

— A  mí  todo  se  me  puede  olvidar — dice  una  señora  gorda — me- 
nos el  cocaví  para  el  camino,  porque  todo  es  dar  el  pitazo  el  tren  y 
yo  sentir  un  acabamiento  de  estómago  que  me  desespera. . . 

Y  en  efecto,  a  poco  andar,  la  señora  saca  de  entre  sus  vestidos 
un  trozo  de  pollo  y  hace  que  tire  de  un  estremo  su  hija  tan  erape- 
friollada  como  ciir.sL: 


—Pero,  mamá— dice  la  muchacha— fíjese  que  ese  joven  que 
está  aquí  detras  me  viene  pretendiendo. . . 

— Jesiis!  No  vayas  a  perder  tu  puesto  de  estUutriz  porque  te  ven 
comiendo. . .  Tira,  tonta. 

—Pero  mamá. . .  Me  voi  a  sacar  los  guantes. 

— No  seas  ordinaria.  Comer  con  guantes  es  la  suprema  disl: li- 
ción. . .  Cómete  este  encuentro. 

La  estiiuinz  dá  una  mirada  de  tortuga  agonizante  al  joven  que 
la  pretende,  para  significarle  que  ella  no  necesita  de  encuentros 
para  alimentarse. . .  aunque  a  los  dos  bien  le  vendría  un  encuentro 
para  hablarse  cosas  melifluas  y  amorosas. 

El  joven  que  la  pretende,  ama  en  ese  instante  mas  que  a  la  joven 
al  pollo,  porque  sus  recursos  solo  le  permiten  almorzar  dia  de  por 
medio  . . 

— Yo  le  voi  a  ofrecer  longaniza — dice  la  señora. 
—Pero,  mamá... 

— ;Vé!  ¿No  va  a  ser  mi  hijo  polítido  el  dia  menos  pensado?  ¡Pues 
basta  de  políticas!. . .  Oiga,  jovencito,  arrímese,  que  aquí  traernos 
cocaví. . . 

El  joven  se  ruboriza,  vacila,  y  concluye  por  aceptar,  estrechando 
con  una  mano  la  de  la  institutriz  y  con  la  otra  la  próvida  longani- 
za que  se  le  alarga. . . 

—A  mí  no  me  gastan  etiquetas. . .  A  usted  le  parece  bien  la 
Amelita,  a  mí  me  parece  bien  usted  y  nohai  mas...  ¿Quétal  la  longa- 
niza, ah?  Muí  barata. . .  Mire  usted,  aquí  donde  usted  me  vé,  yo  soi 
inui  aficionada  a  las  cosas  de  chancho,  y  ando  en  Santiago  detras 
de  las  chancherías  a  ver  dónde  hacen  las  longanizas  mejores  y 
mas  baratas. . .  Lo  que  es  para  los  chorizos,  no  hai  como  la  calle 
del  Puente  y  para  las  longanizas,  en  la  plaza  misma. . .  En  cuanto 
a  las  chuletas  no  las  compre  usted  en  ninguna  parte  . . 

—  Nó,  señora,  no  las  compraré. . . 

—No,  no  las  compre,  porque  tienen  unas  cosas  que  llaman  tns- 
r^/>raj  que  viene  a  ser  algo  como  si  lloraran  los  ojos.  ¿A  usted  no  le 
llora  algo? 

— Sí,  señora,  el  estómago. . . 

— Coma  u.sted  con  confianza,  hombre.  Usted  ha  cdido  bien  en  la 
familia... 


^96 

— Sí,  señora,  gracias;  pero  temo  que  la  longaniza  no  caiga  bien 
en  la  familia,  quiero  decir,  en  mi  estómago. . . 

— ¡Qué  ocurrencMa!  Aquí  tiene  vino  dulce. . .  Este  vino  me  lo 
manda  de  Cauquenes  mi  hermano  Simón. . .  ¡Ai  ese  bienaventura- 
do! Es  un  hombre  de  Dios. . .  ¿Usted  no  lo  conoce? 

— No,  señora. . . 

— ¡Cómo!  ¿Usted  no  conoce  a  Simón? 

— Si,  señora,  de  nombre  muchísimo,  y  hasta  de  vista,  porque  un 
día  hablé  con  él  por  teléfono. . . 

— Bueno,  pues  ahí,  donde  usted  lo  vé,  tiene  una  mujer  que  es 
un  demonio  .. 

En  fin,  doña  Úrsula  sigue  hablando  ella  sola,  mientras  el  joven 
r!evora  a  la  longaniza  con  la  boca  y  a  la  institutriz  con  la  mira- 
da... 

— Oiga,  Ramón— dice  de  repente  la  muchacha — no  me  gusta 
que  sea  usted  tan  espresivo  cuando  ande  con  los  zapatos  nueves; 
fíjese  que  me  los  ensucia. . . 

Y  hace  con  la  boca  un  jesto  de  regalo  y  de  monería,  tan  esquisi- 
tamente  cursi,  que  se  echa  de  menos  una  máquina  fotográfica. 

Un  suspiro  suena  mas  atrás,  un  suspiro  largo,  cadencioso,  me- 
lancólico. . .  ¿Es  una  garganta  de  mujer,  la  que  lo  ha  emitido?  No, 
señor.  ¿Es  siquiera  la  garganta  de  un  cantante  afeminado  y  sin 
contrata?  No,  señor;  es  un  peluquero  de  largos  bigotes  encarruja- 
dos, de  cabeza  peinada  con  arte  sin  igual  y  oloroso  como  una  ma- 
ta dejazmindel  Cabo. 

Hai  en  esas  ensortijadas  ondas,  todos  los  líquidos  de  todos  lo."^ 
frascos  de  un  lavatorio  de  peluquería. 

Campea  sobre  todo  la  esencia  de  heliotropos,  un  resto  de  agua 
de  Colonia  flota  desvanecido,  la  quinina  amortigua  un  poco  al 
penetrante  vinagre  del  tocador,  el  carUopsis  del  Japón  se  mezcla 
con  la  esencia  de  violetas,  y  el  agua  del  Portugal  es  un  lazo  dt 
unión  tendido  entre  tanto  perfume. 

— Debe  ser  una  persona  distinguida — dice  la  señora  gorda— 
porque  huele  muí  bien. 

Al  frente  del  peluquero  se  sientan  dos  individuos  de  manta,  pe- 
ro con  buena  ropa.  Uno  de  ellos  es  un  cuadrino  que  va  a  buscar 
animales  gordos  a  la  Requínoa,  y  elotro  un  comerciante  en  frqo- 


297 

les  que  los  compra  en  Curicó  y  los  revende  en  las  bodegas  de 
Santiago.  Los  dos  van  mareados  con  las  esencias  del  vecino  y  no 
tardarán  en  decirle  alguna  impertinencia. 

En  seguida  va  una  dama  gruesa,  morena  que  se  puede  llamar 
Irsolina  Ahumada  o  Herminia  Tapia,  eminencia  jinecolojistá  lla- 
mada con  precisión  a  Chimbarongo.  Ella  puede  oponer  una  tímida 
defensa  a  los  olores  vejetales  del  peluquero,  con  cierto  tufillo  de 
ácido  fénico  que  irradia  hacia  todos  lados. 

Un  maestro  de  escuela  ronca  con  sus  gafas  en  la  punta  de  la 
nariz;  un  alumno  de  la  Escuela  de  Clases  que  regresa  a  su  hogar, 
sueña  mirando  al  través  de  los  cristales;  un  estudiante  pobre  lee 
una  novela  por  entregas  con  adulterios,  asesinatos  y  parricidios; 
y  un  seminarista  arrinconado  con  timidez  en  un  estremo  lee  un 
libro  que  se  llama  Ilarmonias  entre  la  Ciencia  y  la  F/. 

Al  otro  lado  se  vé  una  muchacha  mui  pintiparada,  con  aspecto 
de  sirvienta  de  casa  grande  que  va  a  la  suya  con  permiso  y  lleva 
un  baúl  con  diversos  obsequios  para  la  familia.  Dentro  del  baúl  va 
una  tetera  de  plaqué,  la  misma  que  se  desapareció  en  un  robo  en 
la  casa  de  que  es  sirvienta,  y  de  que  se  culpó  al  cochero  por  una- 
nimidad de  votos;  un  par  de  botas  de  charol  «de  la  señorita»,  tam- 
bién desaparecidos  misteriosamente;  un  vestido  negro  de  seda, 
metido  por  distracción  en  su  caja,  en  vez  de  hacerlo  en  el  ropero 
de  la  señora;  y  un  par  de  pantalones  del  caballero,  destinados  a 
cubrirlas  formas  de  su  primo,  con  quien  se  ama  clandestinamente. 

Y  en  la  plataforma,  fumándose  un  cigarrillo  endemoniado,  un 
italiano  con  cabeza  de  violinista,  que  seguramente  piensa  en 
Verdi... 

TERCERR  CLñSE 

Jaula,  mas  que  carro,  el  vagón  de  tercera  clase  ni  es  cómodo, 
ni  es  hijiénico,  ni  huele  bien,  ni  presenta  poesia  de  ninguna  clase. 

Tampoco  se  ven  en  él  maletas  ni  sacos  de  ropa,  ni  maletines, 
sino  canastos  de  mimbre  con  huevos,  atados  de  pollos  y  gallina 
y  uno  que  otro  pañuelo  listado  o  a  cuadros,  con  algunas  docenas 
de  brevas  curadas. . .  o  anti  alcohólicas. 


298 


9 


Flota  en  conjunto,  cierto  olor  a  persona,  nada  grato,  el  perfume 
natural  de  las  aves,  que  tampoco  es  aristocrático,  y  el  de  los 
huevos  que  comienzan  ya  a  sentir  en  su  interior  el  jérmen 
de  una  vida  oculta,  o  mas  claro,  el  jérmen  de  un  pollo  aún  invi- 
sible. 

En  primera  linea,  al  alcance  de  la  mano,  vá  una  mujer  seca, 
arrugada,  verdosa  y  triste.  Lleva  envuelto  con  el  clásico  desaliñe» 
de  costumbre,  el  pañuelo  de  reboso  que  es  al  mismo  tiempo  para 
el  pobre,  abrigo,  adorno,  traje  de  fiesta,  colcha,  frazada  y  ta|>adera. 
Con  ese  pañuelo  se  casan,  con  ese  pañuelo  viven,  con  él  trabajan, 
con  él  se  acuestan,  con  él  amanecen,  con  él  bailan,  con  él  se  enfer- 
man y  con  él  se  mueren.  ¡Oh  fábricas  europeas!  Nunca  encontra- 
reis para  probar  la  buena  calidad  de  vuestros  tejidos,  otro  objeto 
mas  elocuente  y  mas  irrefutable,  que  el  pañuelo  de  reboso  de  nues- 
íres  del  pueblo! 

.  Nuestra  vieja  lleva  ademas,  dos  pedazos  de  jabón  bruto  pega 
dos  en  cada  cien,  y  según  vá  de  preocupada  y  mal  humorada,  no 
debe  ser  mui  eficaz  el  remedio.  Una  colilla  de  cigarro  humeante 
y  puesta  detras  de  la  oreja,  como  colocan  la  lapicera  los  oficinistas, 
nos  demuestra  que  la  viajera /i/tf. 

A  su  lado  un  huaso  con  manta  roja,  sombrero  de  pita,  patilla  y 
bigotes  desgreñados,  pero  con  una  cara  de  bobalicón  que  es  un 
encanto,  bosteza,  abriendo  tamaña  boca  y  cuidando  de  santiguár- 
sela cada  vez  para  que  no  se  le  entren  por  ella  ni  las  moscas  ni  los 
malos  espíritus.  Arde  en  deseos  de  entrar  en  conversación  con  la 
vecina,  a  quien  conoce,  pero  no  encuentra  la  palabra;  por  fin,  hace 
un  esfuerzo,  se  rasca  la  cabeza  levantando  por  un  lado  el  sombre- 
ro y  habla: 

— ¿Y  qué  es  de  su  vida,  comaire? 

— Aquí  lo  estamos  pasando,  pué;  viviendo  pá  no  morirlos. 

— ¿Pal  pueblo  es  viaje? 

— Sí,  porque  tengo  a  la  Imacia  en  el  espital,  con  la  tis. 

— Y  no  le  ha  dado  usté  comaire,  sandilla  con  vinagre. . .? 

— Nó,  compaire.  Los  meicos  le  recetan  otras  medecinas  impor- 
taos, que  la  alivian  mucho.  ¡Pobre  Irnacia! 

— ¿Sortera,  comaire? 

— Nó,  compaire. 

— ;Casáa? 


«99 

• 

— ^Tampoco.  Comprometía  estaba  cuando  la  pilló  la  tis.  Pero  er 
novio  dice  que  no  la  espera,  porque  le  apura  casarse.  ¡Pobre  Ir- 
nacia! 

No  lejos  de  esta  pareja  vá  otra;  pero  de  un  mismo  sexo.  lyOS  dos 
van  de  poncho  de  castilla  y  sombrero  de  pita,  pero  ninguno  tiene 
la  cara  de  bobalicón  que  el  que  acabamos  de  oir.  Debajo  del  asien- 
to vá  un  cajoncito  de  tablas  de  álamo  que  dice  con  letras  negras: 
erfamienias.  Si  fuera  posible  poner  el  cajoncito  al  alcance  de  los  ra- 
yos Roentgen,  sufriríamos  una  sorpresa  al  ver  que  en  vez  de  for- 
mones, garlopas,  serruchos  y  martillos,  contiene  cuatro  carabinitas 
recortadas,  convenientemente  acuñadas  con  trapos  y  papeles.  Quien 
sabe  si  por  eso  han  escrito  la  palabra  sin  h,  dejando  la  h  para  las 
de  carpintería. 

Son  los  dos  viajeros,  el  Zurdo  y  el  Herefe,  hombres  de  decisión  y 
de  empuje,  capaces  de  descalabrar  a  un  policial  si  se  les  pone  por 
delante;  que  no  dan  a  elejir  entre  la  bolsa  y  la  vida  como  se  hacia 
en  la  antigüedad,  sino  que  piden  las  dos  cosas.  Nacidos  para  el 
banquillo,  saldrán  el  dia  menos  pensado  en  unos  versos  de  ajusila- 
mietno;  cada  vez  que  tienen  hambre  se  echan  la  carabina  a  la  cara 
y  ipum!;  no  comen  el  pan  con  el  sudor  de  la  propia  frente,  sino 
con  el  sudor  y  la  sangre  de  los  demás.  Esos  son  el  Zurdo  y  el  Hereje^ 
dos  abarrajados  que  acabarán  mal. 

¡Qué  bienaventurado  sueño  el  de  un  rotito  que  afirmado  contra 
la  ventanilla,  se  ha  quedado  con  la  boca  abierta  roncando  con  apa- 
cibilidad  de  rumiante!  Las  moscas  entran  y  salen  de  ella,  y  se  pa- 
sean por  su  rostro  y  revolotean  y  juegan  y  se  aman,  y  las  aficiona- 
das d.  las  esploraciones  suben  hasta  la  punta  de  la  nariz,  y  se  creen 
por  eso  unos  príncipes  de  los  Abruzzos  en  miniatura. 

Morena,  ñata,  de  ojos  negros  como  el  carbón,  despeinada,  pero 
buenamozona,  una  muchacha  con  vestido  rosado  de  percal,  se  sien- 
ta al  lado  de  su  madre.  Debe  ser  sucia  como  una  escoba,  pero  tie- 
ne tinos  ojos  tan  amorosos,  una  nariz  tan  arriscada,  una  barba  tan 
redonda,  y  unos  crespos  tan  naturales,  que  no  cabe  duda  alguna 
de  que  se  la  disputarán  para  llevarla  al  altar  y  hacerla  fecundísima 
e  incansable  madre  de  párvulos,  destinados  a  morirse  de  cualquie- 
ra cosa.  Debajo  de  ellas  aletean  algunos  pollos  sofocados.  Y  se 
comprende. 


300 

Frente  a  otra  ventanilla,  un  lego  de  San  Francisco,  encargado 
de  recolectar  limosnas  en  los  campos,  sonrie  apaciblemente,  segu- 
ro de  merecer  la  aprobación  del  superior,  con  un  saco  de  fréjoles  y 
dos  de  papas  que  ha  embarcs^do  en  el  carro  de  equipajes.  De  cuan- 
do en  cuando  se  santigua  disimuladamente,  ya  para  desvanecer  al- 
guna importuna  tentación,  ya  para  acabar  algún  rezo  o  meditación 
en  que  entretiene  él  espíritu.  Su  curva  nariz  se  destaca  frente  al 
límpido  paisaje  que  encuadra  la  ventanilla  y  parece  un  apagador 
de  cirios  amarrado  a  la  caña.  La  sonrisa  que  flota  en  su  pelada 
cara,  es  la  nota  mas  elevada  da  este  carro  tan  escaso  en  elevacio- 
nes y  en  detalles  intelectuales. 

Lo  demás  es  plebe  dentro  de  la  plebe,  maleza  dentro  de  la  ma- 
leza; un  borracho  de  nariz  colorada  y  ojos  picarescos,  que  recono- 
ce él  mismo  en  voz  alta  encontrarse  «algo  rascuchin»;  un  soldado 
de  fisonomia  indiferente;  unas  dos  o  tres  mujeres  enfermas  que 
van  en  busca  de  hospital,  de  ataúd  o  de  médico;  y  un  gasfiter  que 
vuelve  con  todas  sus  herramientas  y  el  pasaje  pagado,  de  conectar 
unas  cañerías  y  soldar  un  baño  de  latón. 

Y  esa  es  la  tercera  clase,  el  estado  llano,  el  pueblo  o  como  se  le 
quiera  llaman  mucha  incomodidad,  muchos  olores  poca  poesía  y 
poca  hijiene. 


^^9^^^    ^ft^^^k     ^ft^^^k   ^^4^^k   ^ft^^^k   ^fttf^^k   ^fttf^^k    ^fttf^^k 

Sk  532. 92.532. 532.  Se.  Sk  532. 


Laucdator  temporis  actls 


(aiabador  de  los  tiempos  pasados) 


|amine  usted  Cañadilla  abajo,  Cañadilla  abajo,  y  donde  vea 
un  letrero  que  dice  A  la  gloria  de  Balmaceda^  se  para,  entra 
a  un  pasadizo  y  pregunta  por  don  Floridor  Cárcamo;  él  es 
el  hombre." 

Estas  eran  las  señas  dadas  por  la  persona  que  se  intere- 
saba en  que  este  señor  caido  el  91  en  desgracia,  se  colocara  en  un 
puesto  para  el  cual  podíamos  hacer  valer  algunas  influencias. 

Andando.  Pasa  Ebner  con  sus  chimeneas;  la  Escuela  de  Medi- 
cina con  su  fachada  medio  partenónica  (perdón);  un  sin  fin  de  tien- 
decitas  chicas,  baratillos  y  bazares;  un  millón  de  despachos  con 
licores  finos  y  muchas  hojalaterías  con  tarros,  palanganas,  alcuzas, 
embudos  y  regaderas  de  latón  colgadas  en  la  puerta.  Pasa  todo 
eso  y  mucho  mas,  y  cuando  ya  queda  poca  Cañadilla  por  delante, 
un  letrerazo  verde,  color  de  la  esperanza,  nos  indica  que  hemos 
llegado.  Allí  está  La  gloria  de  Balmaceda,  Entramos  al  pasadizo, 
golpeamos  y  sale  un  señor  de  zapatillas,  cojeando  un  poco  y  pa- 


3^^ 

sándose  una  mano  por  una  soberbia  pera  napoleónica  de  .coronel 
retirado. 

— El  señor  Cárcamo? 

— Servidor. 

Le  esplico  la  causa  de  mi  visita  y  soi  introducido  en  un  salón- 
cito,  modestísimo,  en  que  una  arpa  con  cintas,  puesta  en  un  rin- 
cón, me  prueba  que  en  la  casa  hai  una  niña,  y  un  retrato  Francis- 
co Bilbao  me  indica  que  también  hai  alguien  qne  profesa  el  radi- 
calismo primitivo. 

— Los  pies  andan  mal,  señor? 

— Todo  anda  mal,  caballero. 

— Pero  en  especial  los  pies  ¿ah? 

— Sí,  señor;  dolores  reumáticos. 

— Su  situación  me  dice  que  es  mala:  igual  cosa  me  ha  dicho 
don  X. 

— Malísima.  Calcule  usted,  estoi  aquí  de  limosna;  un  correlijio- 
nario  mió  me  tiene  por  amistad  y  por  lástima.  Yo  que  he  tenido 
una  buena  posición,  no  puedo  sostenerme  así  por  mas  tiempo. 
Deseo  conseguir  cualquier  cosa,  y  trabajar  en  cualquier  puesto  por 
mezquino  que  sea. 

—  Bien.  Eso  es  lo  principal.  ¿Usted  se  ha  ocupado  antes?. . 

—Verá  usted.  Fui  el  8o  oficial  del  2  de  línea  y  llegué  a  teniente; 
dejéel  cuerpo  y  después  el  ejército  para  trabajar  en  el  campo.  Mas 
tarUe  fui  oficial  civil.  Después  me  ocupó  el  gobierno  en  las  elec- 
ciones. . . 

— jTate!  Entonces  no  se  usaba  esto  de  libertad  electoral  ¿eh? 

— ¡Qué  se  habia  de  usar!  Entonces  habia  intelijencia  (con  per- 
dón) y  el  gobierno  estaba  para  mandar.  El  presidente  de  la  repú- 
blÍ3a  tenia  el  pais  de  cola  y  tirantes,  y  se  metia  el  congreso  al 
bolsillo.  ¿Cree  usted  que  entonces  se  iba  a  permitir  que  cuatro  ga- 
tos echaran  abajo  un  ministerio?  ¡Que  se  guardaran  caballero!  (Pu- 
ñetazo en  la  mesa).  El  que  no  pensaba  con  el  gobierno,  no  salia  di- 
putado ¿no  es  lojico?  sino,  dígame  usted  con  la  mano  en  el  corazón: 
¿El  pais,  es  )»ais  o  no  es  pais?  Entendámonos  caramba!  (Puñetazo) 
Llega  un  parlachin  que  se  permite  opinar  contra  el  presidente, 
que  se  permite  discrepar  de  los  rumbos  del  gobierno. . .  ¡Que  dis- 
repe  en  su  casa,  canastos!  (Puñetazo  doble,  salta  al  suelo  un  álbum  con 


retratos).  Pero  no  vaya  al  congreso  a  poner  dificultades  al  gobierno, 
a  cerrarle  el  camino  con  vallas,  a  armar  zancadillas.  Sino,  ¿quién 
gobierna?  ¿Para  qué  se  ha  nombrado  a  uno  que  manden  ¿Qué  dirá 
-el  estranjero?  Pero  nó.  Ahora  les  ha  entrado  con  la  tal  libertad 
electoral  que  es  una  pamplina,  una  gran  pamplina,  una  farsa  cana- 
lla, caballero.  (Triple  puñetazo.  Cae  unjíorerito  con  rosas).  ¿Porqué  se 
hizo  la  revolución?  Para  recortarles  las  alas  al  gobierno,  para  qui- 
tarle una  pata  al  sillón  presidencial  y  dejarlo  cojo,  para  que  Roca 
nos  pueda  poner  el  pié  encima  ¡para  eso!  Ahora  sale  el  presidente 
con  que  no  intervendrá  en  la  elección  presidencial.  ¿Ha  visto  us- 
ted dislate  mayor?  ¡Para  qué  está  ese  hombre  ahí,  ¡cáspita!  sino 
para  mandar,  para  imponer  sus  rumbos,  para  hacer  pesar  su  vo- 
luntad? ¿Ese  es  un  muñeco?  ¿Es  un  poste?  ¿Es  un  palo  blanco? 
¿Qué  es  entonces,  que  no  le  importa  que  le  suceda  Juan  o  Pedro? 
¡Esto  es  infame,  esto  es  villano,  esto  va  para  abajo!  (Puñetazo,  y 
vap  para  abajo  una  fosforera  y  un  cenicero.) 

jAh,  esos  eran  otros  tiempos.  Don  Domingo  Santa  Maria,  don 
José  Manuel  Balmaceda  (se  saca  el  sombrero),  don  Pedro  Lucio  Cua- 
dra, don  Demetrio  Lastarria,  don  José  Francisco  Vergara,  ¡esos 
eran  hombres!  ¡Los  de  hoi  son  insectos!  Entonces  no  se  movia 
una  paja  si  el  Presidente  no  quería  que  se  moviera.  Cuando  era 
oficial  civil  me  trajeron  de  Peumo,  y  el  mismo  intendente  me  dijo: 
«Cárcamo,  fuerte  y  feo  con  los  opositores.»  «Mi  intendente — le  di- 
je yo — ¿fuerte  y  feo  solo?  le  juro  su  señoría  que  no  se  acerca  un 
opositor  a  la  mesa,  sin  que  salga  con  el  mate  partido.»  Fué  en  la 
Cañadilla  señor,  eso  es  ganar  elecciones;  se  sableó,  se  dieron  caba- 
llazos, hubo  muertos  y  heridos,  pero  la  ganamos.  En  la  mesa  en 
que  me  puso  a  mi  el  gobierno,  lograron  votar  treinta  y  dos  oposi- 
tores; pero  el  presidente  les  tarjó  los  números  con  una  raya  azul, 
y  salió  el  total  por  el  gobierno.  ¿Lo  vé  usted?  Asi  sallan  los  con- 
gresos de  un  pelo,  asi  se  hacia  la  voluntad  de  uno,  asi  progresaba 
Chile  ¡cáspita!  (Puñetazo  feroz.  Cae  de  cabeza  un  Mefistófeles  de  veso). 
El  que  manda  manda,  por  quien  o  por  la  fuerza;  sino  entienden  de 
palabras  a  sablazos  entenderán.  iFaltaba  mas  que  porque  al  con- 
greso se  le  antoja,  pueda  un  ministerio  venirse  al  suelo!  Eso  es 
inicuo,  señor.  ¡Esos  eran  tiempos!  ¿Esos  eran  congresos!  ¡Esa  era 
patría! 


3^4 

Y  el  ganador  de  elecciones  se  quedó  con  los  ojos  clavados  en  el 
horizonte  de  esa  época.  De  pronto  se  interrumpió. 

— ¿Quiere  usted  saber  una  cosa?  Si  el  presidente  Balmaceda  le 
hubiera  dado  un  par  de  tiros  a  cada  diputado  o  senador  de  oposi- 
ción, no  habríamos  tenido  guerra  civil.  ¡Es  que  todo  anda  mal, 
señor!  Es  que  hoi  el  gobierno  se  deja  meter  el  dedo  en  la  boca. 
Que  tenga  el  Presidente  su  candidato,  que  lo  lleve  a  las  urnas,  que 
llame  a  los  niños  de  entonces,  y  yo  seré  su  servidor  y  verá  usted 
si  no  sacamos  la  unanimidad  en  todo  el  pais. 

En  ese  momento  el  ganador  de  elecciones  volvió  a  la  realidad, 
tosió,  se  enjugó  el  sudor  con  el  pañuelo  y  tendió  la  vista  hacia  el 
tendal  de  objetos  que  su  vigorosa  mímica  habia  dejado  en  el  suelo. 

Yo  aproveché  para  despedirme  pero  noté  que  don  Floridor  Cár- 
camo miraba  con  aterrados  ojos  al  suelo,  donde  yacia  maltrecho 
el  Mefistófeles  de  yeso,  con  su  perilla  rota  y  su  mueca  irónica  tri  ■ 
zada. 

— Señor — me  dijo  con  dignidad — si  tuviera  usted  ahí  cincuenta 
centavos  para  mandar  pagar  este  mono,  se  lo  agradecería  en  la 
vida.  Estoi  aquí  de  limosna,  de  lástima 


SUBmñRIHOS 


EN  estos  momentos  en  que  cada  nación  del  orbe,  ensaya  su  sub- 
marino, debemos  dedicar  brevísimas  líneas  a  esta  máquina  de 
guerra,  que  será,  el  dia  menos  pensado,  una  asombrosa  reali- 
dad en  las  armadas  de  los  pueblos  grandes. 

Desde  luego  salta  a  la  vista,  por  nuestros  telegramas  de 
ayer,  que  los  submarinos  europeos  se  ensayan  en  pleno  océano  y 

los  aijentinos  y  brasileros  en  baños  de  natación. 

En  esta  materia,  es  menester  proceder  con  mucho  tino.  Un  se- 
ñor, que  habia  estudiado  durante  muchos  años  el  interior  de  los 
congrios  para  ver  la  manera  de  fabricar  un  submarino  que  fuera 
im  verdadero  pescado  de  acero,  comenzó  sus ^speriencias  haciendo 
uno  tan  pequeño,  que  podia  navegar  en  una  copita  de  coñac.  En 
seguida,  alentado  por  el  buen  éxito,  hizo  otro  mayor,  para  ensayar- 
lo en  un  aguamanil.  Mas  tarde  estimulado  por  la  prensa  y  por  sus 
amigos,  construyó  un  tercero,  capaz  de  navegar  en  una  taza  de  la- 
vatorio. Posteriormente  y  a  impulso  de  numerosos  informes  favo- 
rable3,  se  arriesgó  a  hacer  las  esperiencias  en  un  baño  de  tina.  Mas 
tarde,  con  la  ayuda  del  gobierno,  con  numerosas  suscriciones  po- 
pulares, y  a  los  luegos  de  la  familia,  lanzó  un  nuevo  modelo  a  un 
baÍ\o  de  natación. 


Hasta  este  momento  todo  le  sonreía  al  inventor.  El  submarino, 
desde  el  agua  manil,  comenzó  a  revelar  sus  condiciones  náuticas; 
era  un  verdadero  pescadito  que  se  movia  a  ñor  de  agua  y  se  su- 
merjia  empujándolo  con  el  dedo,  para  volver  a  salir  de  nuevo  a  la 
superficie.  Mas  tarde  aun,  el  submarino  fué  lanzado  a  la  laguna  de 
la  Quinta,  y  allí,  el  inventor  se  sirvió  de  una  picana  larguísimal 
para  sumeijirlo  de  tiempo  en  tiempo. 

Llegó  el  momento  de  hacer  las  cosas  serias.  ¡El  océano!  El  nue- 
vo modelo,  hecho  naturalmente  en  forma  de  puro — porque  esto  de 
la  forma  es  lo  primero,  tratándose  de  submarinos— fué  lanzado  al 
.mar  delante  de  un  escojido  concurso. 

Pero  allí  se  acabaron  las  condiciones  náuticas  vislumbradas  en 
la  copita  de  cotlac,  pronunciadas  después  en  el  aguamanil,  desarro- 
lladas en  la  taza  de  lavatorio,  acentuadas  en  el  baño  de  tina,  y  lle- 
gadas a  su  apojeo  en  la  laguna  de  la  Quinta.  El  ájil  pescado,  e 
congrio  de  acero,  se  quedó  allí  como  una  boya,  bajando  y  subiendo 
a  merced  de  las  olas,  hasta  que  una  mui  grande  lo  botó  a  la  playa 
como  diciendo:  A  mí  no  me  vengan  con  bromitas! 

Esos  famosos  submarinos,  el  Ricaldoni  de  Buenos  Aires  y  el 
Márquez  del  Brasil,  acaban  de  salir  del  período  del  aguamanil  y 
han  entrado  al  del  baño  de  natación.  Cuando  lleguen  al  mar,  pedi- 
remos al  gobierno  que  trate  de  adquirirlos  en  calidad  de  boyas, 
para  colocarlas  en  la  bahia  de  Valparaíso. 

Hoi  por  hoi,  van  muchos  caballeros  pobres  por  la  calle,  con  cara 
de  visitadores  de  escuela  o  de  militares  retirados,  y  que  son,  sin 
embargo,  inventores  de  submarinos.  Uno  a  quien,  por  desgracia, 
servimos  de  consultor  para  sus  trabajos  náuticos,  compró  en  un 
mesón  de  la  calle  de  Ahumada  una  cockteUra  de  plaqué,  y  se  fué  a 
ensayarla  en  el  gran  pilón  cuadrado  que  se  ha  hecho  últimamente 
frente  a  la  calle  del  Ejército.  Para  darle  fuerza  motriz,  ideó  con 
gran  injenio  ponerle  en  el  interior  un  ratoncito  que  servia  admira- 
blemente de  motor. 

Alguien  interrogó  al  inventor  sobre  cuántos  caballos  de  fuerza 
necesitaba  su  submarino,  y  él  replicó: 

— Caballos,  ninguno.  Es  un  ratoncito  solamente. 

Nosotros,  con  el  rubor  en  el  rostro,  confesaremos  que  somos 
también  inventores  de  un  submarino.  Se  nos  ocurrió  la  idea«  co- 


30/ 

miéndonos  una  trucha  en  el  Club  de  la  Union;  y,  para  observarla 
bien,  pedimos  otra,  a  la  que  dimos  asimismo  pronto  fin.  Nos  pega' 
mes  una  palmada  en  la  frente,  que  es  lo  que  hacen  los  inventores 
cuando  se  les  ocurre  algo. . .  o  cuando  les  incomoda  demasiado  una 
mosca;  y  resolvimos  estudiar  a  fondo  el  problema  de  la  navega- 
ción debajo  del  agua. 

Desde  luego,  nos  entregamos  a  fumar  cigarros  puros,  para  fami- 
liarizamos con  la  forma  que  debe  afectar  obligadamente,  un  sub- 
marino serio.  Después  buscamos  una  de  las  cápsulas  de  acero  en 
(jue  va  encerrado  el  carretel  de  hilo  de  las  máquinas  de  coser,  y  al 
través  del  cual  se  saca  la  hebra  para  meterla  en  la  aguja;  y  con  ella 
nos  pasábamos  las  horas  muertas  al  lado  de  una  gran  gamela  lle- 
na de  agua. 

¡Oh  suerte!  De  repente,  descubrimos  el  submarino.  La  cápsula 
se  nos  soltó  de  la  mano  y  con  una  admirable  seguridad,  se  fué  al 
fondo.  Estaba  descubierta  la  inmersión;  faltaba  solamente  descubrir 
la  emersión. 

Tuvimos  un  placer  tan  intenso,  al  damos  cuenta  de  que  había- 
mos conseguido  descubrir  >  a  la  mitad  del  submarino,  es  decir,  la 
función  de  irse  debajo  del  agua;  que  pasamos  muchas  noches  de 
claro  en  claro  tratando  de  resolver  la  otra  parte:  el  que  pudiera 
volver  a  la  superficie. 

Allí  nos  llevábamos  al  lado  de  la  gamela,  como  en  otros  tiempos 
el  inmemorable  Simón  el  Bobito,  esperando  que  la  cápsula  subiera 
por  sí  sola  o  por  diversos  procedimientos  que  ensayábamos  sobre 
el  agua.  De  repente,  una  nueva  palmada  nos  damos  en  la  ca- 
beza. Estaba  descubierta  la  emersión;  nos  subimos  la  manga,  y  me- 
tiendo la  mano  al  fondo  de  la  gamela,  sacamos  nuestro  buquecito 
a  flote. 

Y  hé  ahí  como  quedó  inventado  el  submarino  Pino,  que  por  ahí 
anda  con  el  Hoiland,  el  Zede',  el  Morse,  el  Narval,  el  Ricaldoni,  el 
Márquez  y  el  Urzúa  Cruzat, 

Sin  embargo,  como  no  hemos  quedado  satisfechos  completa- 
mente con  nuestro  sistema  de  emersión,  pensamos  poner  en  prác- 
tica otro.  Para  los  efectos  de  sumerjir  el  buque,  todos  los  tripulan- 
tes del  submarino  se  meterán  piedras  en  los  bolsillos,  y  una  vez 
que  se  necesite  ascender  a  la  superficie,  dejarán  a  un  lado  las  pie- 


3o8 

dras  y  entonces,  alivianada  la  tripulación,  el  buque  subirá  como 
una  pluma  hasta  el  aire  y  la  luz.  Si  se  quiere  bajar  de  nuevo,  bas- 
taría repetir  la  operación,  para  lo  cual  se  llevarán  dentro  de  buque 
algunos  sacos  de  adoquines  de  primera  clase. 

Pensamos  proponer  la  compra  de  nuestro  submarino  al  supremo 
gobierno,  y,  si  no  la  consguimofs,  nos  veremos  en  el  caso  de  ofre- 
cerlo a  alguna  nación  enemiga  de  Chile,  como  es  costumbre  en  es- 
tos trances. 


S^  s^ 


El  artículo  mas  difícil 


r^  E  encuentra  usted  capaz  de  escribir  una  sección  de  modas, 

I  V     para  las  damas,  y  firmarla  con  pseudónimo  femenino  bas- 
J     ^  tante  dulce  o  bien  con  un  título  nobiliario  de  marquesa  o 
I     ^/  baronesa? 

\P  — De  encontrarme  capaz,  me  encuentro.  Yo  sol  capaz 

de  todo,  menos  de  pronunciar  discursos  en  la  tumba  de  otro.  Con 
que,  ordene  usted. 

— Necesito  un  artículo  frivolo,  nuii  frivolo,  mal  escrito,  con  pé- 
sima puntuación,  y  con  muchas  palabras  francesas.  Debe  tratar  de 
cintas,  plumas,  sombreros  y  vestidos. 

—Está  bien.  Me  permito  observar  que  estas  cosas  no  se  leen... 

— No  obstante. 

— Me  tomo  la  libertad  de  creer  que  no  será  bien  recibida. . . 

— Sin  embargo  de  todo. 

—Creo. . . 

— ¡No  crea  usted  nada!  Espero  el  artículo. 

Tomé  una  hoja  de  papel  rosado,  que  sumerjí  en  esencia  de  helio- 
tropos.  Busqué,  en  seguida,  un  alfiler  de  sombreros,  y  me  puse  a 
escí  ibir  entintándolo  en  vinagre  de  toilette. 

He  aquí  lo  que  salió: 

Mí    ^    itf 


3IO 


PARA   LAS   DAMAS 


— ;Qué  lindo  el  sombrerito  que  acaba  de  recibir  madanie  Chapo- 
tier!  Figuraos  un  picaflor  de  alas  abiertas;  agregad  una  amapola 
roja  como  fuego;  envolvedlo  todo  con  una  cinta  molaoré;  pasad  de 
lado  a  lado  un  alfiler  con  cabeza  dorada;  ponedle  en  fin  una  pluma 

l)lanca,  y  tendréis  una  demiere  creaiton,  que  hace  sentir  la  nostaljia 
del  boultvard. 

¿Pensáis  el  efecto  que  baria,  en  vez  de  la  amapola,  un  copo  de 
lilas  blancas?  ;Ah!  Las  lilas...  La^  lilas  que  sujestionan  sentimen- 
talmente, amoureusemenf. 

La  lila  es  una  jentil  flor;  ñorjoyatse,  de  la  mas  fina  aristocracia; 
si  en  vez  del  picaflor,  colocáis  una  mariposa  atornasolada,  el  efecto 
será  sorprendente  y  vuestras  amigas  se  morirán  de  envidia. 

¡Ah!  Qué  lindo  triunfo,  despertar  la  envidia  de  las  damas,  hacer 
volver  codiciosamente  la  cabeza  de  la  íntima  y  querida  prima  que 
pasa  en  sentido  contrario.  ¡Ah!  eso  es  un  placer  incomparable  que 
compensa  la  larga  jestacion  del  sombrerito  de  primavera. 

Sed  sencillas  y  livianas  para  vuestras  concepciones.  Flores,  mu- 
chas flores.  Unas  tres  o  cuatro  guindas  rojas,  no  vienen  mal.  No 
faltará  un  pajaro  voraz  que  dé  sus  vueltas  con  deseo  de  darles  un 
picotón.  Podría  quizá  confundirse  y  dar  en  vuestros  labios. . .  ¡Oh. 
pardon,  mis  queridas  amigas!  No  os  ofendáis;  no  he  querido  ser  in- 
tencionada. Agregad  siempre  la  cinta,  la  cinta  audaz,  anudada  con 
vigor  pero  con  sencillez. 

La  cinta  es  a  la  mujer,  lo  que  el  canto  al  ave.  Una  cinta  mal  en- 
lazada, es  un  delito;  un  delito  de  seda,  pero  un  delito.  En  cambio 
ese  lazo  charmant,  en  que  la  cinta  parece  una  flor,  en  que  los  plie- 
gues parecen  hechos  al  descuido,  en  que  la  rosa  semeja  un  bullón 
caprichoso  ¡oh I  no  me  habléis,  porque  desfallezco  de  admiración! 

Cuidad  asimismo  de  las  flores;  haceos  acompañar  siempre  de  un 
Iwuquet  delicadamente  escojido  y  engarzado  al  descuido  en  el  seno- 
Si  vais  al  teatro,  buscad  una  orquídea  para  la  cabeza,  y  una  sola 
rosa  para  el  borde  del  escote;  seréis  así  el  verdadero  sueño,  la  revene 
de  un  hombre  artista.  ¡Así  os  quisiera  ver,  amiguitas,  a  la  salida 
del  teatro,  aunque  supongo,  (pardofi)  que  ya  habréis  dejado   caer 


3" 

quelque  (H>uton  de  rose  en  un  entreacto,  para  que  algún  avisado  galán 
lo  recoja  y  se  lo  guarde  como  un  soiwenir  d'amour. 

Viene  de  Paris  la  demiere  novedad  en  materia  de  hiheloU,  Se  trata 
de  una  mesita,  de  una  mesita  de  centro,  un  verdadero  chiche.  Sobre 
su  tapa,  os  haréis  pintar  por  un  pintor  amigo,  un  crysantheme,  aun 
seria  preferible  una  dalia  por  la  novedad.  Al  abrirla  se  dejará  ver 
un  servicio  de  seis  tacitas  de  té,  de  loza  sobre  dorada  (es  la  gran 
atractionj  Allí  invitareis  a  vuestras  amigas,  dándoles  alguna  sor- 
presa agradable. 

¡Oh!  no  pue4o  cerrar  esta  revue  de  modes,  sin  recomendaros  la  co- 
quetería en  los  abatjour.  Iluminad  bien  la  salita  de  conversación: 
gastad  en  esto  vuestro  injenio,  y  triunfareis.  El  verde  nilo,  ¡ah!  no 
me  habléis  del  verde  nilo,  visto  a  la  trasparencia  de  una  luz  blan- 
ca...  Es  enloquecedor,  amigas  mias.  Yo  os  diré.  En  mi  último  via- 
je, visité  eti  Paris  a  Madame  la  compiesse  de  Créme  Froid,  de  la  mas 
alta  nobleza  Oidme. — Estaba  en  un  saloncito  persa  color  rojo.  Ella 
llevaba  tina  bata  color  bleu  con  chantilly^  el  pelo  dividido  en  dos  on- 
das, a  la  Cléo  de  Merode,  dándole  en  d  rostro  el  reñejo  del  abat 
jour  verde  nilo  ¡Charmante!  No  he  visto  nada  igual;  la  di  un  beso  al 
saludarla,  pero  la  habria  mordido  de  envidia,  os  lo  juro. 

¿Queréis  algunos  secretos  del  tocador?  Ahí  van,  mis  adorables 
lectoras.  ¿Deseáis  tener  el  rostro  sano,  sonrosado  como  muchachi- 
tas  provincianas  que  gozan  de  cabal  salud?  Usad  la  ctéme  rouge  re- 
cien llegada  de  Paris;  es  el  furor  de  los  centros  refinados.  ¿Queréis, 
por  el  contrario,  la  palidez  romántica  y  demodee  de  las  heroínas  de 
folletín?  Bebed  todos  los  dias  ácido  oxálico  y  para  variar  mezcladlo 
de  cuando  en  cuando  con  alcohol  absoluto.  Os  garantizo  la  pali- 
dez. ¿En  cambio,  ambicionáis  el  justo  medio,  el  color  suave,  deli- 
cado, de  pétalo  de  rosa?  Tomad  un  poco  de  creme  rouge  (os  he  dicho 
que  hace  furor;  creédmelo)  j untadlo  con  leche  de  almendras  y  un 
poquito  de  vinagre  áetoileUe,  En  seguida  os  frotáis  el  todo  con  un 
trozo  de  seda  y  os  abanicáis  por  espacio  de  cinco  minutos.  En  se- 
guida vais  a  la  visita  y  con  seguridad  os  dirán: — ¡Qué  lindo  color 
traes!  Si  no  te  conociera,  creeria  que  te  pintabas! — Y  os  reiréis  vo- 
sotras, amiguitas,  de  tal  sottisse^  porque  lo  que  os  recomiendo  no  es 
artificio  ninguno. 

Por  último  tres  renglones  de  cortesía.  ¡Oh!  I^a  cortesía,  Madame 

11 


312 

Sevigné  dijo:  ^^T^a  cortesía  en  la  mujer  es  la  revelación  de  su  espí- 
ritu; en  el  hombre  es  el  disimulo  del  mismo».  Joije  Sand  decia: 
«Sed  amables,  sonreíd,  mirad  con  dulzura;  habréis  hecho  así  medio 
camino  en  la  vida».  La  Pompadour  dijo  en  una  ocasión:  «La  cor- 
tesía es  la  juventud»  y  una  inolvidable  escritora  contemporánea  ha 
dicho  esta  admirable  frase  «¿Queréis  ver  a  la  vida  el  lado  plácido 
y  líjero?  Sed  corteses».  Y  vosotras  sabéis,  amigas  mías,  la  estupen- 
da frase  de  Mettemich:  «Lo  cortes  no  quita  lo  valiente». 

Dejaos  siempre  un  rizo  del  cabello  suelto,  y  así  tendréis  ocasión 
al  acomodároslo  muchas  veces,  de  lucir  vuestras  manos.  Sed  pre- 
cavidas, y  no  acomodéis  jamas  el  peinado  de  tal  modo  que  no  se 
descompongan  nunca,  y  no  os  dé  motivo  de  coquetería. 

Y  por  hoi  termino.  Os  hablaré  en  mi  próxima  de  los  trajes  blan- 
cos para  el  veraneo  en  las  playas,  de  las  toilettes  de  baños  y  de  otras 
lindas  novedades  de  París.  Au  revotr, 

ttí    »í    Mí 

Presenté  mí  artículo  al  director.  Lo  tomó  éste,  lo  leyó  calmada- 
mente y  lo  arrojó  al  canasto  de  los  papeles. 

—No  sirve. . . 

— ¿Se  podría  saber? 

—Es  poco  frivolo,  está  demasiado  bien  escrito,  tiene  buena  la 
puntuación  y  trae  poquísimas  palabras  francesas. . . 

Abrí  los  ojos  desmesuradamente  y  caí  desmayado  sobre  un  es- 
tante jiratorio. 


Lñ  6RñH  TRIHCHERñ 


AUNQUE  se  alce  de  su  tumba  la  augusta  sombra  de  Cervantes, 
para  protestar  justamente  indignada  de  nuestra  aseveración, 
debemos  espresar  que  ha  salido  ya  del  terreno  de  la  hipótesis 
como  cosa  averiguada,  el  hecho  de  que  don  Quijote  y  Sancho 
Panza  vinieron  a  América  por  la  época  de  su  descubrimiento. 
Parece  que  el  inmortal  caballero  andante,   no    pudo  tolerar  la 
horrible  pesadez  de  la  muerte,  y  levantándose  de  su  lecho  después 
que  todos  le  hablan  abandonado,  volvió  a  empuñar  la  lanza  y  a 
tomar  el  camino  del  heroísmo  y  del  sacrificio. 

No  sabemos  si  Sancho  Panza  torció  el  jesto  al  ver  de  nuevo  en 
pie  y  como  si  nunca  hubiera  agonizado,  a  su  amo,  o  si  el  cariño 
que  le  profesaba  pudo  mas  que  el  miedo  a  sus  peligrosas  aventu- 
ras. 

El  hecho  es  que  zarpando  por  esos  dias  una  carabela  con  solda- 
dos para  la  conquista  de  América,  don  Quijote  propuso  a  Sancho 
venir  a  estos  apartados  paises,  en  busca  de  nunca  vistas  ni  oidas 
aventuras. 

Y  vinieron.  Durante  algún  tiempo  amo  y  escudero,  salvo  sus 
eternas  discrepancias  de  opinión,  conservaron  las  buenas  amista- 
des, escojiendo  como  campo  de  sus  locas  aventuras  la  pampa  ar- 
jentina.   Pero  llegó  un  dia  en  que  el  delirio  caballeresco  de  don 


3^4 

Quijote  creció  tanto,  que  ya  no  se  le  antojaron  solo  ejércitos,  las 
manadas  de  corderos  y  jigantes  los  molinos  de  viento,  sino  que 
pudo  en  su  ansia  de  heroísmos  soñar  que  la  cordillera  de  los  An- 
des era  la  enorme  trinchera  tras  déla  cual  se  parapetaban  innúme- 
ras lejiones  enemigas. 

Desde  ese  instante  ya  no  hubo  paz  entre  el  caballero  andante  y 
su  sesudo  y  bonachón  escudero. 

Mientras  el  uno  aguzaba  su  lanza  para  embestir  en  febril  carrera 
contra  el  inmóvil  baluarte  de  granito,  el  otro  aseguraba  que  la 
enorme  faja  morada  que  cortaba  a  lo  lejos  el  horizonte  no  era 
trinchera,  sino  cadena  de  cerros,  tras  la  cual  volvían  a  continuar 
los  campos  y  sembrados  interrumpidos. 

Vino  la  discusión,  y  a  pique  estuvo  don  Quijote  de  dar  una  lan- 
zada definitiva  al  ruin  y  torpe  escudero  que  no  tenia  vuelos  para 
alcanzarlo  en  su  heroica  carrera. 

Es  menester  que  acabara  de  una  vez  esa  disensión,  impropia  de 
un  caballero  andante,  y  propuso  don  Quijote  a  su  escudero  que 
traspiasara  él  la  cordillera  para  comprobar  si  tras  ella  habia  enemi- 
gos o  sembrados  de  alfalfa. 

Sancho  Panza  aprovechó  tan  honrosa  coytmtura  para  escaparse 
del  lado  de  su  amo  que  ya  le  iba  cargando,  y  pasó  una  luminosa 
mañana  de  verano  por  el  paso  de  Uspall^ta,  cayendo  en  el  valle 
chileno  y  convenciéndose  de  que  a  este  lado  habia  los  mismos 
valles  y  sembrados  que  al  otro. 

Don  Quijote  contrajo  matrimonio  en  la  pampa  arjentina,  espe- 
rando siempre  la  vuelta  de  Sancho,  para  saber  de  una  vez  por  todas 
si  eso  que  parecía  cordillera  era  solo  un  parapeto  militar  de  ocultos 
y  encantados  enemigos. 

Y  Sancho,  por  su  parte,  se  casó  al  pié  del  Santa  Lucia,  hacién- 
dose el  olvidadizo  de  la  importante  tarea  informativa  que  lo  habia 
traido  a  este  lado  de  los  Andes. 

Los  hijos  de  don  Quijote  fueron  naciendo  todos  con  la  misma 
enfermedad  en  la  retina  que  su  padre.  Y  apenas  nacidos,  sus  vasta- 
gos miraban  hacia  los  Andes  y  esgrimían  el  biberón  de  cristal» 
en  la  misma  forma  que  si  hubiera  sido  lanza. 

Murió  a  una  avanzada  edad  don  Quijote,  recomendando  siempre 
a  sus  hijos  que,  mientras  no  volviera  de  Chile  Sancho  Panza,  ins- 


3^5 

pector  ocular  de  los  enemigos  atrincherados  en  los  Andes,  creyeran 
apiejuntillas  que  eso  que  parecía  cordillera,  era  solo  un  baluarte 
aspilierado,  tras  del  cual  se  acumulaba  un  ejército  enorme. 

En  cambio,  al  morir  Sancho,  espresó  a  los  suyos  que  no  se 
alarmaran  mucho  de  lo  que  del  otro  lado  de  los  Andes  podia  pasar, 
porque  en  su  viaje  a  Chile  habia  dejado  en  plena  pampa  a  tm  loco 
insaciable,  que  aguzaba  su  lanza  para  echarse  con  ella  eikrístrada 
contra  la  cordillera. 

De  ahí  que,  mientras  todavía  se  mira  del  otro  lado  con  faz  airada 
ah  cordillera  de  los  Andes,  esperando  convencerse  de  que  no  es 
parapeto  sino  cadena  de  cerros;  de  este  lado,  echamos  todos  la 
pierna  arriba  y  miramos  con  irresistible  sonrisa  a  los  incansables 
sucesores  del  caballero  andante. 

Pueden,  los  que  lean  esta  verídica  historia,  echarse  a  reir  incré- 
dulamente, pero  nosotros  ofrecemos  en  comprobante  de  su  veraci- 
dad una  inmediata  y  definitiva  prueba. 

Los  aijentinos  han  puesto  el  grito  en  el  cielo  y  la  reclamación  en 
manos  de  su  ministro,  porque  de  este  lado  hemos  construido  un 
camino  carretero  en  dirección  al  Neuquen. 

Pues  bien,  los  telegramas  de  Buenos  Aires  afirman  ayer  que  en 
una  conferencia  entre  el  jeneral  Roca  y  Ricchieri,  se  acordó  tender 
una  línea  estratéjica  al  Neuquen.  ¿Y  de  este  lado,  qué  hemos  hecho? 
Xada;  sonreimos,  miramos,  bostezar. 

¿Y  esto  qué  significa?  Que  es  verdad,  mui  verdad,  que  en  la  época 
del  descubrimiento  de  América,  vinieron  don  Quijote  y  Sancho 
Panza  en  busca  de  aventuras  y  que,  a  la  vuelta  délos  años,  se  esta- 
bleció el  primero  en  Arjentina  y  el  segundo  en  Chile. 


^áC: 


El  oualo  de  San  fTlartín... 


SANTIAGO  tiene  dos  centros  de  opinión:  cerrado  el  uno,  como 
un  templo  cjipcio,  abierto  el  otro  a  los  cuatro  vientos  como  el 
árbol  de  Guemica,  bajo  el  cual  se  celebraban  las  asambleas  po- 
pulares en  Navarra 

El  primero  es  el  Club  de  la  Union,  sancta  sandorum  del  gran 
chisme  político,  marmita  de  Papin,  donde  se  echan  a  cocer  las  com- 
binaciones y  los  enredos  a  ver  si  cuajan,  tela  de  araña  tejida  en  el 
centro  de  la  ciudad  para  pescar  a  las  moscas  políticas  que  vienen 
de  la  Moneda  o  del  Congreso,  y  taller  donde  se  corta  con  afiladas 
tijeras  toda  clase  de  ropa  y  aun  toda  clase  de  pelos. 

El  otro  centro  de  opinión,  es  el  famoso  óvalo  de  San  Martin,  re- 
sumidero tradicional  y  lejendario  de  todas  las  majaderías  políticas, 
económicas,  sociales  y  anti-sociales  que  han  venido  haciendo  insa- 
lubre a  Santiago,  hasta  la  pavorosa  cifra  d¿  los  dieciocho  mil  di- 
funtos por  año. 

No  hai  que  confundir  el  «óvalo  de  San  Martin»  con  el  «óbolo  de 
la  viuda,»  de  que  hablan  las  escrituras,  porque  son  cosas  mui  di- 
versas y  no  tienen  nada  que  hacer  una  con  otra. 

¿Que  la  sociedad  de  Longanimidad  Mutua  desea  hacer  una  pre- 
sentación al  gobierno  para  hacer  obligatoria,  ademas  del  servicio 
militar  y  de  la  instrucción,  la  conformidad  del  espíritu  en  las  ad- 
versidades de  la  vida? 


3'8 

Bien;  pues  para  eso  está  el  óvalo,  y  allí  se  dan  cita  los  socios  con 
sus  familias  y  allí  vocifera  el  secretario  contra  el  suicidio  y  contra 
el  uso  de  los  pañuelos  de  narices  para  enjugar  lágrimas,  y  de  allí 
parte  una  comisión  a  hablar  con  el  Presidente  de  la  República  so- 
bre la  longaminidad  universal. 

¿Que  un  caballero  particular  tiene  algunas  ideas  sueltas  y  diver> 
sas  corazonadas  sobre  la  cuestión  económica? 

Pues,  se  cita  por  la  prensa  a  los  desocupados,  a  los  hombres  con 
paciencia,  a  los  sordo-mudos  y  a  los  economistas  de  afición  en  je- 
neral,  y  se  anuncia,  ora  el  desmoronamiento  total  de  Chile,  ora  la 
ruina  lenta,  corrosiva  y  gangrenosa  del  erario  público. 

¿Que  un  hombre,  inventor  de  nacimiento  y  persona  que  se  trata 
con  familiaridad  con  las  ciencias  naturales,  quiere  esplicar  un  sis- 
tema de  aprovechamiento  de  los  estornudos,  de  la  atracción  de  los 
sexos  o  de  las  caldas  morales,  como  fuerza  motriz? 

Pues  se  cita  al  óvalo  a  todos  los  creyentes  en  las  ciencias  físi- 
cas y  matemáticas,  y  se  les  dá  una  conferencia  sobre  la  fuerza  mo- 
triz  y  su  influencia  duldficadora  de  las  costunibres  populares.^  , 

¿Qué  alguien  ha  inventado  un  quillai  para  el  cabello,  un 
desmanchador  para  la  ropa  o  un  refaccionador  del  cutis  deterio- 
rado? 

Al  óvalo. 

¿Que  la  Arjentina  nos  invade  algo? 

Al  óvalo. 

¿Que  es  menester  protejer  la  industria  nacional  del  dulce  ae 
membrillo,  liberando  de  derechos  de  aduana  a  los  cedazos? 

Al  óvalo. 

¿Que  es  menester  dirijir  insultos  escojidos  a  las  autoridades? 

Al  óvalo. 

¡En  mala  hora  tengo  yo  un  óvalo!  se  dirá  el  benemérito  padre  de 
la  patria,  harto  de  oir  barbaridades  de  todas  clase. 

Y,  en  fin,  señores,  d  óvalo  de  San  Martin  es  el  foro,  el  verda- 
dero foro  romano  de  esta  ciudad.  Cuando  haya  alcantarillado, 
será  otra  cosa,  porque  todo  ese  excedente  intelectual  saldrá  por 
las  alcantarillas  en  estrecho  consorcio  con  los  desperdicios  de  co- 
cina, eta 

Todo  este  largo  y  monótono  preámbulo,  se  nos  ha  ocurndo  a 


3^9 

propósito  de  un  caballero  que  acaba  de  inventar  un  HSPi«OSOR 
Automático  y  que  cita  al  óvalo  de  San  Martin  al  pueblo  de  Santiago 
sin  distinción  de  color  político  para  que  se  convenza  (el  pueblo,  no  el 
esplosor)  de  la  necesidad  urjente  de  que  se  ocupe  el  Gobierno  de 
esto,  es  decir  de  lo  automático  que  es  el  invento. 

El  Gobierno,  entretanto,  yace  sumerjido  en  el  sopor  que  causan 
los  33  grados  de  calor,  o  apenas  se  preocupa  de  uno  que  otro  asun- 
to internacional;  y  el  esplosor  no  logra  atraer  las  miradas  oficiales 
y  se  queda  solamente  en  el  hogar  doméstico  del  inventor;  abriga- 
dito  con  los  sueños,  cálculos  y  esperanzas  que  há  forjado. 

¿Qué  hace  una  persona  bien  nacida  que  anda  con  un  esplosor  en 
el  bolsillo?  Pues  eso,  lo  único  aceptable:  convocar  al  pueblo  ál  óva- 
lo, mostrarle  él  esplosor  y  hacerlo  estallar 

Y  después,  que  vayan  también  al  óvalo  los  carros-ambulancias  y 
recojan  los  cadáveres. 

Señores:  protestemos  contra  el  óvalo,  porque  el  dia  menos  pen- 
sado San  Martin  se  nos  cansa  y  se  vuelve  a  su  provincia  de  Cuyo* 
Ya  sabe  bien  el  camino. 

Sí;  protestemos  contra  él. 

¿Pero  dónde? 

En  el  óvalo,  señores,  porque  no  hai  otro  sitio. 

¡Al  óvalo! 


CñRTñ  CERTIFICñDñ 

DESíUBIERTñ  POR  UD  CñRRETOnERO  ñ  ORILLñS 

DEL  mñPOCHO 


-»M- 


SANTiAGO,  4  de  setiembre.— Querido  Juan:  Te  escribo  la  pre- 
sente con  la  incertidumbre  en  el  corazón  y  el  mas  absoluto 
pesimismo  en  la  pluma.  Tú  sabes,  por  lo  que  dijo  Becquer, 
que  los  suspiros  son  aire  y  van  al  aire,  que  las  lágrimas  son 
agua  y  van  al  mar,  que  las  mujeres  son  curiosas  y  pueden  ir 
hasta  al  Club  de  la  Union  ¿pero  sabes,  con  toda  tu  esperiencia  de 
la  vida,  a  dónde  puede  ir  una  carta,  confiada  al  buzón  de  cobre  del 
correo?  Tú  tendrás  que  cofesarme,  querido  amigo,  que  si  Dumont 
perfecciona  en  estos  momentos  en  Paris,  los  aeróstatos  dirijibles» 
valdria  aquí  muchísimo  la  pena  que  se  descubriera  la  correspon- 
dencia dirijible. 

£n  estos  momentos  te  escribo  esta  carta,  gasto  en  ella  hasta  la 
pequeña  dosis  de  buen  humor  que  me  va  quedando  en  este  atolla- 
dero de  Santiago;  pero  me  aflije  la  idea  de  que  irá  a  las  orillas  de] 
rio  a  servir  dejuguete  del  viento,  o  de  útil  y  poco  honesto  soco- 
rro, en  escenas  individuales  que  hasta  media  luz  vale  la  pena  no 
mirar. 

Deseas  que  te  hable  de  muchos  asuntos;  de  si  irán  o  no  irán 
señoras  al  Club  de  la  Union:  de  si  vale  el  trabajo  de  que  te  vengas 


a  Santiago,  el  programa  de  las  festividades  patrias;  de  si  bal  chis- 
mes sociales  de  cierto  bulto;  de  cómo  se  usarán  los  sombreros  de 
paja  este  año;  de  si  el  gobierno  provisorio  será  sentido  de  muchas 
personas  y  de  si  diviso  por  estas  tierras  algún  negocio  daro  en 
que  poder  invertir  capitales. 

Francamente,  se  esplica  una  cargosidad  de  esta  especie,  solo  en 
un  agricultor;  en  uno  de  esos  seres  que  no  tienen  mas  trabajo  que 
mirar  crecer  el  trigo,  engordar  los  bueyes  y  parir  las  vacas.  Eres 
feliz,  Juan,  no  lo  puedes  negar.  No  tienes  ni  mujer,  ni  viña,  ni  tu- 
berculosis; lo  que  significa  que  no  tienes  que  entenderte  con  Ja- 
cobsen,  ni  con  la  Caja  Hipotecaria  ni  con  él  Consejo  de  Hi- 
jiene. 

En  cambio  aquí  me  tienes  tú,  compartiendo  el  tiempo  entre  el 
.sueño,  la  oficina,  el  pelambre  y  el  teatro.  De  dia  hago  correr  la 
pluma  sobre  carillas  blancas;  en  la  tarde  entizo  el  taco  para  jugar 
carambolas  con  cuatro  amigotes  de  buen  humor,  y  en  la  noche  me 
voi  al  teatro  a  lamentar  que  la  Bonisegna  no  sea  mas  vieja  y  Ghi- 
lardini  mas  joven. 

¿Es  digna  de  vivirse  tal  vida? 

Yo  me  digo  que  sí,  porque  seria  mas  indigno  dejar  de  vivirla,  y 
yo  no  he  nacido  ni  para  contratista  fiscal,  ni  para  suicida.  Otros 
dicen  que  nó.  Nuestro  común  amigo  Andrés,  conversando  con  el 
doctor  Oyarzun,  supo  que  el  café  era  «un  veneno  lento»,  y  como 
se  bebe  tres  tazas  de  café  al  dia,  sostiene  que  se  está  suicidando 
con  lentitud.  Nosotros  hemos  comenzado  a  llamarle  «el  intoxica- 
do.» 

Pero  dejemos  los  detalles  de  esta  sonsa  existencia,  y  entremos  a 
contestar  tu  interrogatorio. 

Mira:  tú  sabes  que  es  mui  complicado  el  problema  internacional 
del  norte:  no  ignoras  que  es  eterna  y  delicadísima  la  cuestión  de 
si  conviene  que  los  ferrocarriles  sean  del  Estado  o  de  los  particula- 
res; es  notoria  la  trascendencia  de  la  reforma  del  poder  judicial  y 
de  la  inacabable  cuestión  de  la  inamovilidad  de  los  jueces;  pues  bien, 
todo  esto  es  una  tonteria,  una  futileza,  una  miseria,  una  broma, 
una  nada,  al  lado  del  problema  de  las  señoras  ante  el  Club  de  la 
Union. 

Las  opiniones  son  contradictorias.  Don  Ambrosio,  tu  pariente, 


3^3         - 

xne  decia  anoche  indignado  en  la  peluqueria,  mientras  Pinto  le 
jabonaba  la  cara,  que  si  él  iba  al  club  era  para  dejar  de  ver  siquie- 
ra un  rato  a  su  señora;  y  que  se  considerarla  el  ser  mas  desgraciado 
del  pais  el  dia  en  que  el  único  albergue  masculino,  la  única  forta- 
leza del  sexo  fuerte  que  hai  en  Santiago,  diera  también  entrada  a 
las  eternas,  a  las  inevitables  faldas. 

En  cambio,  don  Ernesto,  entre  carambola  y  carambola,  dice  a 
quien  quiere  oirle,  que  se  trata  de  levantarle  el  nivel  moral  a  la 
mujer. 

Ahí  lo  ves.  La  cosa  no  es  para  resolverla  a  dos  tirones.  Te  con- 
taré algo  muí  reservado,  sumamente  reservado,  que  me  da  un  ho- 
rror pánico  solamente  pensar  que  pueda  saberlo  alguien.  Me  cons- 
ta, por  haberlo  oido  bajo  palabra  de  guardar  reserva  a  cada  uno  de 
los  que  apoyan  la  solicitud  de  la  emancipación  de  las  señoras,  que 
ninguno  áe  ellos  piensa  llevar  a  la  suya  al  club.  Todos  conñan  en 
tener  por  compañeras  a  las  de  sus  amigos,  ¡chit!  Que  no  se  te 
vaya  a  salir  que  me  has  oido  ésto  a  mi, 

¿Mi  opinión?  Que  vayan,  si  señor,  que  vayan.  Las  señoras  se 
ven  perfectamente  en  todas  partes.  Ademas,  las  dos  ligas  (por  fa- 
vor no  creas  que  me  refiero  a  las  de  las  señoras)  la  Liga  contra  el 
Alcoholismo  y  la  Liga  contra  la  Tuberculosis,  deberían  asociarse 
al  movimiento  feminista  del  Club  de  la  Union  porque  se  acabaña 
la  costumbre  de  las  copitas,  la  de  los  cigarros  baratos  y  la  de  es- 
pectorar  en  el  sudo. 

Ademas,  se  acabarla  aquello  de  hablar  por  teléfono  con  la  seño- 
ra y  decirle  «Encanto:  me  quedo  aquí  a  comer  con  unos  amigos. 
Te  mando  unas  paltas  para  que  te  las  comas  en  mi  nombre»  y  sa- 
lir despue$  a  pie  o  en  coche,  dejando  encargado  al  telefonista  que 
si  preguntan  de  la  casa  por  él,  diga  que  está  comiendo  con  mucho 
apetito,  pero  que  no  puede  entrar  a  llamarlo  al  comedor  porque  es- 
tá prohibido  por  los  estatutos. 

En  cuanto  a  tu  interesante  consulta  sobre  si  vale  o  nó  la  pena 
que  vengas  a  pasar  el  dieciocho  a  Santiago,  te  diré. .  .¿Tienes  allá 
en  algún  árbol  vecino  a  tu  casa,  algún  chincol  que  cante  cada  ma- 
ñana aquel  estribillo:  ^-has  visio  a  mi  lio  Agustin?  ¿A  la  hora  del  sol 
divisas  alguna  lagartija  verdinegra  con  listas  doradas,  que  levan- 
tando la  inquieta  cabecita,  trepa  por  un  tronco  o  escala  una  pared? 


334 

¿Al  caer  la  tarde  no  hai  algún  toro  celoso  que  lance  al  aire  su  ru- 
jido  de  Otello,  o  algunos  sapos  tiernos  que  ensayen  afinadas  ma- 
sas corales?  Si  tienes  todo  eso,  no  te  vengas  a  Santiago,  Juan  mió, 
porque  estarás  seguramente  mucho  mas  entretenido  en  tu  fundo 
de  Palquibudi  oyendo  y  viendo  aquello,  que  asistiendo  al  progra- 
ma que  nos  ba  confeccionado  el  municipio. 

Figúrate  tú,  como  será  el  programita,  cuando  te  aseguro  qne  lo 
mejor  que  tendremos  en  las  fiestas  del  dieciocho,  es  lo  que  no  figura 
en  él.  Por  ejemplo,  saldrá  por  la  mañana  el  sol  de  setiembre  con  su 
rauda  cabellera  de  los  dias  de  fiesta;  varias  brisas  primaverales  re- 
correrán las  calles  de  la  ciudad:  las  góndolas  eléctricas  ajitarán  sus 
campanillas,  y  los  atropellados  por  ellas,  ajitarán  los  brazos  pidiendo 
socorro  y  camillas;  se  estrenarán  corbatas  de  colores  anárquicos 
y  hasta  dañosos  para  el  hígado,  zapatos  amarillos  y  vestidos  cursis 
habrá  apreturas  de  las  cuales  saldrán  muchas  contusionesiy  muchos 
matrimonios;  se  agolpará,  finalmente,  el  público  en  las  cantinas. . . 
Total:  4.900  ebrios  recojidos  por  la  policía;  y  un  número  incalcu- 
lable de  recojidos  en  el  hogar. 

Tú  habrás  visto  los  Hugonotes  de  Echegaray,  es  decir,  los  quedan 
en  los  teatros  de  tandas  y  recordarás  aquella  escena  en  que  la  pia- 
dosa mujer  pregunta  a  los  misteriosos  encapuchados:  "¡Pero  uste- 
des no  son  frailes  de  verdad!  ¡Pero  ustedes  no  tienen  vergüenza!" 
Pues  bien,  lo  mismo  se  pregunta  hoi  a  los  rejidores:  "Pero  ustedes 
no  son  municipales  de  verdad!  ¡Pero  ustedes  no  tienen  ni  pizca  de 
vergüenza!»  Y  ellos  responderán  humildemente:  «Es  verdad;  ni 
somos  municipales  de  verdad  ni  tenemos  vergüenza. . .  ni  fondos, 
que  es  lo  peor». 

Quedamos  en  que  no  vienes  a  Santiago,  y  vamos  al  punto  esca- 
broso, que  quiero  pasar  como  gato  sobre  brasas.  Me  preguntas  si 
el  gobierno  provisorio  será  sentido  o  no  será  sentido.  En  una  pa- 
labra, deseas  saber  si  irá  jen  te  a  su  entierro.  Pues  bien,  te  diré  con 
franqueza,  que  creo  que  ni  cochero  se  va  a  encontrar  para  el  carro 
fúnebre. 

Hai  quien  dice  que  el  Te-Deum  del  dieciocho  se  cantará  este  año 
con  dos  motivos:  i.°  como  celebración  de  gracias  porque  Chile  salió 
de  la  esclavitud  de  la  colonia;  y  2.°  como  espresion  de  júbilo  por- 
que al  fin  se  acabó  el  gobierno  provisorio.  Pueda  ser  que  estas  cosas 


3^S 

no  pasen  de  bromas  irrespetuosas.  Como  me  las  dicen  te  las  tras- 
cribo, 

Necio!  Hablarme  a  mi  de  negocios;  a  mí,  que  detesto  a  la  arit- 
mética como  se  detesta  al  demonio;  a  mi,  que  me  desespero  de  qu^ 
dos  y  dos  tengan  forzosamente  que  ser  cuatro,  y  no  diez.  Pero  en 
fin;  estoi  con  buena  voluntad  y  la  pluma  corre.  Vamos  al  cuento. 
Creo  que  tus  capitales  pueden  tener  una  inversión  provechosa,  si 
te  animas  a  fundar  aquí  una  sociedad  de  ahorro,  con  sorteos  y  des- 
plumes periódicos. 

Tengo  proyectada  una,  que,  no  digo  un  millón,  diez  millones  va 
a  valer  con  é.  tiempo,  se  descuida  el  senado,  y  no  me  la  barajan 
a  tiempo  corla  moción  de  don  Eduardo  Matte. 

No  se  pagarían  derechos  de  emisión,  no  señor,  sino  un  modesto 

servicio  de  cinco  pesos  mensuales.  A  cada  tenedor  de  bonos  se  le 
obsequiara  un  cartucho  de  caramelos,  para  captarse  su  simpatía. 

En  el  mesón  de  la  oficina  pondríamos  muchachas  buenas  mozas, 

para  p&car  mas  fácilmente  a  los  imponentes.    Los  sorteos  serian 

períódcos  y  de  a  mil  pesos  cada  uno;  si  tú  te  empeñas  los  haremos 
de  cbco  mil,  que  para  todo  dará  el  negocio. 

¿(Jie  dónde  están  las  ganancias?  Oye:  <  Artículo  X,  Si  el  imponen- 
te tírda  veinticuatro  horas  en  pagar  sti  cuota  de  cinco  pesos,  per" 
dea  el  total  de  la  suma  impuesta.  Si  por  cualquier  motivo  no  se  le 
pidiera  recibir  en  la  oficina  su  cuota  el  mismo  dia  31  de  cada  mes» 
}a  sea  por  la  apretura,  ya  por  pereza,  ya  por  mala  voluntad  de  la 
áeñorita  empleada,  perderá  también  la  suma  impuesta.  Si  por  cual- 
quier accidente,  incluso  el  estrellón  de  una  góndola  eléctrica,  el 
imponente  tuviera  que  ir  al  hospital  o  a  la  botica  mas  cercana,  no 
llegando  así  a  tiempo  para  pagar  su  cuota,  perderá  también  todo 
derecho  a  la  suma  ya  pagada». 

Te  parece  bien?  Bueno:  ahora  va  ia  última  parte  de  mi  proyecto. 
Como  a  pesar  de  todas  estas  precauciones,  habría  muchos  que  lle- 
garían sano  y  salvos  al  mesón,  pienso  que  sean  socios  de  mi  ins- 
titución algunos  ajentes  de  la  policia  secreta,  para  que  me  los 
detengan  so  pretesto  de  investigar  un  crímen  hasta  que  pase  el  dia 
31.  De  esta  manera,  al  cabo  de  poco  tiempo,  todos  los  depósitos 
serian  nuestros,  y  le  venderíamos  la  sociedad  a  Pierpont  Morgan 
en  cinco  millones  de  pesos. 


3^6 

Naturalmente,  volvería  a  armarse  la  gorda,  y  no  faltaría  nn  se- 
nador bien  inspirado  que  presentara  una  nueva  modon  en  contra 
de  El.  Desplume  universal,  mutuo  y  colectivo,  que  así  se  lla- 
maría nuestra  sociedad. 

También  hai  por  el  momento  campo  vasto  para  firmar  con  el 
gobierno,  contratos  beneficiosos.  Por  ejemplo,  la  provisión  por 
quince  años  (tres  administraciones,)  del  alimento  y  ropa  de  todos 
los  empleados  públicos  de  Chile  Pero  apúrate,  poique  si  llega  el 
dieciocho,  ya  no  hai  tiempo  de  hacer  nada  de  esto. 

Y  pongo  punto  final,  porque  hai  cierto  límite  ente  la  carta  y  el 
libro.  Si  como  me  temo,  ésta  no  llegara  o  tu  poder,  no  reclames 
a  nadie.  Aun  no  se  ha  descubierto  el  medio  de  qu*  las  piedras 
oigaxL 


Las  pequeñas  contra ríeóaóes 


[l  número  de  cartas  que  hemos  recibido  aludiendo  a  un  artícu- 
lo nuestro  que  publicamos  hace  una  semana  con  el  título  de 
«Por  qué  nos  envejecemos  tan  pronto»,  nos  prueba  que  al 
hablar  de  las  pequeñas  contrariedades  de  la  vida  diaria,  he- 
mos acertado  con  un  tema  de  universal  interés. 
Entre  las  pequeñas  contrariedades  que  perturban  la  vida  en  San- 
tiago, figuran  especialmente  tres:  que  nadie  cumple  fielmente  sus 
compromisos;  que  casi  nunca  es  posible  reparar  una  cosa  que  se 
ha  perdido  o  quebrado;  y  que  la  servidumbre  gasta  una  constancia 
especial  para  contradecir  las  órdenes  que  recibe 

£1  capítulo  de  las  reparaciones  tiene  algo  que  ver  con  el  comer- 
cio y  es  digno  de  anticiparse  a  los  otros.  ¿Se  quiebran  algunas  co- 
pas? Es  necesario,  o  quedarse  sin  ellas  o  comprar  nuevamente  toda 
la  cristalería,  porque  la  tienda  tiene  lá  curiosa  fantasía  de  cambiar 
cada  seis  meses  de  surtido.  ¿Se  estravia  en  una  mudanza  la  perilla 
de  un  catre?  A  ningún  precio  se  la  puede  reponer.  O  se  compra  un 
catre  entero  para  poder  disponer  de  cuatro  perillas  de  repuesto,  lo 
que  seria  caro;  o  se  deja  incompleto  un  catre  en  el  almacén,  lo  que 
es  poco  menos  caro.  ¿Se  han  quebrado  unas  tazas  de  té?  Hai  que 
resignarse  a  conservar  otros  tantos  platillos  sobrantes;  porque  el 
almacén  ha  esperado  que  le  compren  la  loza  con  franja  color  lila 


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para  renovar  todo  el  surtido  con  la  misma  franja  color  rojo  encen- 
dido o  verde  nilo. 

Tienen  ustedes  una  pieza  empapelada  con  flores  de  lis  doradas 
en  fondo  verde.  Un  operario  al  meter  un  ropero  se  lleva  medio 
metro  de  pared.  Es  necesario  reparar  la  avería  y  se  echa  uno  a  la  calle 
a  recorrer  todo  el  comercio  en  busca  de  un  rollo  de  papel.  Se  ha 
concluido.  Hai  que  encargarlo  a  Alemania.  Ahora  lo  que  hai,  son 
flores  de  lis  rosadas  sobre  fondo  celeste:  una  indecencia.  Las  tiendas 
de  papeles  no  traen  surtido  sino  para  una  pieza:  el  que  rompe  una 
cuarta  de  papel  debe  mudarlo  todo. 

Ustedes  desean  armonizar  una  carpeta  de  mesa  con  el  papel,  y 
buscan  como  es  natural  un  paño  verde  oscuro  para  ponerle  encima 
un  galón  de  oro  viqo.  Pero  no  hai  paño  verde  ni  galones  de  oro. 

Lo  único  que  podría  hacerse  es  una  carpeta  de  paño  negro  con 
galones  plateados,  con  lo  que  se  lograría  un  catafalco  doméstico. . . 
Y  lo  mismo  ocurrirá  con  las  cortinas  que  hai  que  comprarlas  con 
un  matiz  turquesa  y  la  alfombra  que  no  podrá  conseguirse  sino  de 
color  frutilla,  y  los  globos  de  la  lámpara  que  saldrán  como  esas 
belas  con  líquidos  de  color  que  ponen  en  las  vidríeras  de  las  bo- 
ticas. 

No  es  por  mal  gusto,  sino  por  esta  pobreza  del  comercio,que  los 
interíores  de  las  casas  chilenas  producen  dolor  de  estómago,  a  fuer- 
za de  charrerías,  disonancias  y  combinaciones  disparatadas. 


Don  Pedro  Godoi,  con  cuyas  anécdotas  y  frases  chispeantes  po- 
dría ya  formarse  un  libro,  comprobó  después  de  una  larga  y  dolo- 
rosa  esperiencia,  que  despedir  a  un  3irviente  y  llamar  a  otro  en  su 
lugar,  no  significaba  otra  cosa  que  un  cambio  de  nombres,  Y  asi 
después  de  un  interminable  desfile  de  sirvientes  malos,  ladrones 
unos,  flojos  otros,  enamorados  en  exceso  los  mas,  y  borrachos  to- 
dos, resolvió  poner  en  práctica  un  sistema  de  su  invension.  Llamó 
al  mozo  a  su  escritorio  y  le  dijo: — ¿Cómo  te  llamas? — Manuel  Arra- 
tia. — Está  bien.  Tú  Arratia  eres  un  bríbon,  porque  cada  vez  que 
dejo  dinero  sobre  esta  mesa  te  lo  robas.  Ademas  te  has  puesto  a 
escríbir  tus  cartas  amorosas  sobre  mi  papel,  lo  que  es  una  insolen - 
Toma  esa  que  está  principiada:  mi  querida  china,  ¿quién  es  ésaí 
Ademas  eres  borracho,  ahora  mismo  apestas  a  aguardiente.  Ademas 


329 

no  te  lavas  ni  te  bañas  jamas;  no  quiero  profundizar  este  capítulo* 
—Ademas  eres  de  una  estupidez  perfecta,  porque  el  frasco  de  goma 
me  lo  has  dejado  boca  abajo.  Ademas  eres  sordo,  porque  ayer  te 
pedi  una  tetera  y  me  trajiste  una  escalera  y  por  no  gritar  mas  me 
quedé  con  la  escalera  en  la  pieza.  Bien;  ahora  te  vas,  es  decir,  se  va 
Manuel  Arratia,  ladrón,  insolente,  borracho,  estúpido  y  sordo;  y 
desde  hoi  te  llamarás  Matias  Delgado,  que  es  como  si  fuera  otra 
persona,  ¿entiendes?  honrado,  sumiso,  sin  vicios,  intelijente  y  de 
buen  oido.  Vamos,  Matias,  a  trabajar! 

Y  cuenta  el  jeneral  que  ese  mismo  dia  le  dijo: — ¡Saca  eso!  seña- 
lándole con  el  dedo  una  basura,  y  Matias  le  tomó  el  dedo. .  .para 
sacárselo. 

Pues  bien,  esta  clase  de  jentes  son  las  que  contribuyen  mas  al 
envejecimiento  prematuro. 

— Durante  trescientos  dias  de  los  trescientos  sesenta  y  cinco  del 
año — ^nos  cuenta  un  amigo — pierdo  veinte  minutos,  al  saltar  de  la 
cama,  buscando  las  zapatillas  para  salir  del  dormitorio.  Durante 
estos  veinte  minutos,  en  camisa,  me  arrastro  por  el  suelo,  miro 
detras  del  velador,  del  catre,  de  los  roperos  y  de  las  sillas  a  ver  si 
las  encuentro,  Con  los  ojos  au  cerrados,  con  todo  el  mal  humor 
que  es  posible  imajinar,  meto  un  paraguas  o  un  bastón  debajo  de 
cada  mueble.  Si  aparece  una  de  ellas,  la  otra  no  se  puede  conseguir. 

Grito,  vocifero,  hago  prometer  a  la  sirviente  por  la  sombra  de 
su  madre  que  al  dia  siguiente  las  zapatillas  aparecerán  en  su  sitio, 

Pero  todos  los  dias  represento  la  misma  escena.  ¿Ves  estas  camas? 
Las  zapatillas! 

— Ah,  si  tú  supieras— dice  otro  informante — las  batallas  que  he 
librado  al  rededor  de  las  peinetas,  paños,  escobillas  y  otros  utensi- 
lios del  lavatorio.  He  llegado  hasta  hacer  un  plano  para  que  el  mo- 
zo no  tenga  dudas  de  donde  debe  colocarse  cada  cosa.  Pues  nada» 
Al  dia  siguiente  la  peineta  está  metida  junto  con  el  jabón.  La  es- 
ponja destila  lentamente  agua  sobre  los  paños.  La  escobilla  aparece 
metida  por  el  mango  en  el  frasco  del  elixir.  ¿Sientes  mi  voz  ronca? 
Son  las  peroraciones  diarias  sobre  esta  cuestión. 

—¡Los  picaportes!— me  dice  un  tercer  informante. — ¡Qué  lucha 
incesante  para  que  las  puertas  tengan  sus  picaportes  metidos!  Pero 
inútil  todo  esfuerzo.  Al  abrir  una  hoja  se  abre  toda  la  puerta. . . 


330 

— ¡Los  pedestales!— dice  otro. — Después  de  las  sacudidas  diarias 
con  el  plumero,  todos  los  floreros,  estatuas  o  lo  que  sea,  quedan  a 
la  orilla  de  los  pedestales.  £1  otro  dia  entré  a  una  pieza  y  habiaun 
Napoleón  de  «terracotta»  balanceándose  sobre  el  abismo.  Parecía 
un  péndulo.  Le  libré  de  un  Waterloo  próximo  y  horroroso. 

— ¡Los  pelos! — dice  una  señora — los  pelos  en  la  sopa!  La  coci- 
nera resiste  el  gorro  blanco  de  hilo;  dice  que  son  cosas  de  gringos. 

En  mi  casa  mi  marido  sabe  siempre  si  la  cocinera  es  rubia  o  mo- 
rena, por  la  sopa.  Un  dia  me  dijo: — Has  cambiado  de  cocinera. — Nó; 
es  la  misma. — Entonces  se  tiñe  el  pelo,  de  rubio  veneciano.  Es  la 
moda. 

— La  sal  en  la  mesa — dice  otra. — No  tendré  tranquilidad  hasta 
que  durante  diez  días  seguidos  los  saleros  sean  colocados  indefec- 
tiblemente sobre  la  mesa. 

Y  así  sucesivamente  Las  pequeñas  contrariedades  son  inñnitas, 
son  de  cada  momento;  es  una  lluvia  que  cae  sobre  la  cabeza  y  no 
hai  paraguas  que  libren  de  sus  goteras. 

Por  eso  valen  pocas  de  ellas  tanto  cómo  una  desgracia  inmensa. 

La  falta  de  cumplimiento  en  todos  los  compromisos  será  mate- 
ria de  otro  artículo,  en  otra  ocasión. 


r 


Por  qué  nos  enuejecemos  tanto 


ÜN  viajero  norte-americano  que  visitó  a  Santiago  mas  o  menos 
hace  un  año,  ha  escrito  en  un  Magazine  cuyo  nombre  no  re- 
cordamos, estas  lineas. 
— ^Sentimos  mucho  no  poder  observar  la  población  en  un 
dia  normal,  en  que  todo  el  mundo  se  sintiera  de  buen  humor. 
Los  tres  dias  que  permanecimos  en  Santiago,  pesaba  una  grave 
preocupación  sobre  la  ciudad.  Los  hombres  marchaban  con  la  ca- 
beza baja  y  el  ceño  duro.  Aun  la  jente  joven  que  saliade  los  clubs 
y  bares  iba  triste  y  silenciosa.  En  la  puerta  de  la  principal  institu- 
ción social,  Club  de  la  Union,  se  agrupaban  algunas  personas  que 
lo  miraban  todo  con  verdadera  ira  en  el  rostro.  Un  hermoso  paseo, 
el  Parque  Cousiño,  parecía  campo  de  salud  para  enfermos,  tal  era 
el  jesto  resignado  y  severo  que  se  veia  en  las  damas  mas  hermo- 
sas, que  seguramente  hacian  ese  paseo  por  prescripción  médica». 
Las  observaciones  de  este  turista,  son  exactas  ssguramente- 
pero,  a  nuestro  juicio,  no  pesaba  entonces  ninguna  especial  preo- 
cupación sobre  Santiago.  Habitualmente  en  Chile  todo  el  mundo 
está  de  mal  humor.  En  las  calles  jamas  se  ve  una  sonrisa;  las  hijas 
de  familia  reciben  instrucciones  de  sus  madres  para  ir  erguidas 
como  cisnes  y  sin  jamas  reirse/íira  qtu  no  Usjalten  al  respeto;  los  es- 
tudiantes universitarios  no  gritan,  no  juegan,  no  levantan  la  voz. 


33^ 

no  se  sublevan,  no  les  pegan  a  los  profesores;  los  ebrios  mismos  o 
pronuncian  discursos  o  pelean,  o  lloran,  pero  jamas  cantan  o  se 
ríen.  Una  ñesta  nacional  o  tennina  a  bofetadas  y  botdlazos  o  en 
un  silencio  jeneral  precursor  de  tempestad.  Jamas  un  coro,  uno 
de  esos  coros  entusiastas  que  todos  los  países  civilizados  tienen 
para  cuando  se  juntan  hombres  y  están  contentos.  Aquí  se  estima 
simpleza  que  un  hombre  mayor  de  veinte  años  cante  en  voz  alta. 

Si  aun  vamos  a  observar  al  compañero  del  hombre —  al  perro— 
que  suele  tomar  algo  del  carácter  de  su  pais,  (y  si  no  ahí  está  el 
bull-dog^  ingles,  que  es  mal  ajestado,  de  mui  mal  humor,  que  no 
hace  amistades  fáciles,  pero  sí  duraderas;  el  caniche  francés,  que  es 
lijero  y  bullanguero,  que  lo  alegra  todo,  que  hace  fiestas  a  todo  el 
mundo  y  va  siempre  satisfecho  de  sí  mismo  y  sin  miedo  a  nada; 
el  dogo  de  Ulm,  alemán  enorme  y  grande,  que  presenta  un  aspecto 
pavoroso,  pero  es  bueno,  manso  y  fiel,  que  le  gustan  los  vejetales 
y  acostarse  temprano)  si  observamos —  decíamos —  al  compañero 
del  hombre,  hai  que  notar  que  jamas  dos  perros  del  pais,  finos  u 
ordinarios,  se  juntan  sin  lanzar  un  mutuo  gruñido  de  mal  humor 
y  hasta  de  amenaza. 

Alguien  ha  dicho  que  los  países  montañosos  son  tristes.  Pero 
el  mal  humor,  la  irascibilidad  ¿cómo  se  esplicarian? 

Cuando  vemos  hombres  de  cuarenta  años  que  representan  mas 
de  cincuenta,  mujeres  de  cincuenta  que  parecen  ancianas  del  hos" 
picio;  cuando  observamos  que  el  que  va  a  Europa  vuelve  con  me- 
nos arruga,  mas  liviano,  mejor  equilibrado,  ¿cómo  resistir  a  la  ten- 
tación de  esplicarse  el  curioso  misterío? 

Un  médico  me  lo  ha  dicho  brevemente. 

— En  Chile  la  jente  se  envejece  mas  luego  que  en  Europa.  Todo 
cliente  que  tiene  recursos,  recibe  de  mí  el  consejo  invariable  de  ir 
a  quitarse  años  al  viejo  mundo.  Lo  que  gasta,  son  las  pequeñas 
contrariedades,  las  dificultades  microscópicas,  los  disgustos  chicos 
de  cada  instante.  Mas  agotan'  cien  contratiempos  de  un  minuto  de 
de  largo  cada  uno,  que  una  desgracia  de  un  año.  Y  en  un  pais 
que  se  constituye,  todo  detalle,  todo  elemento  pequeño,  resulta  in- 
completo, defectuoso,  y  por  consiguiente,  enemigo  de  la  tranquili- 
dad y  de  la  paz  del  hombre. 


333 

Y  es  así,  no  hai  duda.  Un  conocido  j érente  de  Banco  me  lo  ha 
dicho  un  dia: 

— Esta  afección  cardíaca  que  me  persigue,  no  me  ha  venido  por 
la  muerte  de  mi  mujer,  de  mi  madre,  de  mis  cinco  hijos,  de  mis 
tres  hermanos,  no  señor;  me  ha  venido  porque  durante  seis  años 
he  tenido  que  gritarle  dos  veces  por  dia  al  portero,  porque  no  me 
colocaba  los  fósforos  sobre  la  mesa. 

En  el  colejio  recuerdo  que  un  alumno  de  historia  natural,  que 
deseaba  vengar  algo,  tuvo  la  paciencia  de  romperle  todos  los  dias, 
duraqte  seis  meses,  los  puntos  de  la  pluma  al  profesor.  Puedo  ju- 
rar que  su  palidez  primero,  sus  canas  en  seguida  y  su  muerte  mas 
tarde  vinieron  tan  prematuras  nada  mas  que  de  esta  endiablada 
•venganza,  que  envenenó  la  sangre  de  la  víctima. 


Se  levanta  uno,  vé  el  reloj,  no  es  la  hora  en  que  ha  encargado 
lo  despierten.  Salta  para  ir  al  baño;  el  agua  está  cortada  sin  previo 
aviso,  porque  trabajan  en  la  cañería.  El  paño  de  manos  tiene  olor 
a  aceite,  porque  a  la  lavandera  se  le  dio  vueltas  sobre  la  ropa  un 
frasco  de  palma-criste.  El  desayuno  está  frió,  porque  la  sirviente 
se  ha  levantado  tarde.  La  leche  se  ha  ahumado,  porque  la  cocina 
está  sucia.  El  diario  no  ha  llegado,  porque  se  lo  está  robando  el 
vecino. 

Se  llama  un  coche  para  ir  a  la  oficina.  El  coche  se  está  desar- 
mando, tiene  el  fondo  inmundo,  no  se  pueden  pescar  las  varillas 
de  bronce  de  la  ventanilla  para  escapar  los  tumbos  en  la  calle, 
porque  otro  pasajero  las  escupió  cuidadosamente.  Al  bajar,  uno  se 
entierra  una  pisadera  en  la  rodilla,  y  es  necesario  saltar  sobre  un 
tubo  del  alcantarillado  para  entrar  en  la  oficina.  En  ella  están  ba- 
rriendo, apesar  de  que  el  aseo  debería  haberse  terminado  una  hora 
antes. 

Al  abrirse  la  correspondencia,  nuevos  disgustos.  «Su  jiro  no  me 
ha  llegado».  «Me  estraña  no  haber  recibido  hasta  ahora  su  res- 
puesta». Supongo  no  deseará  hacer  usted  el  negocio,  porque  su 
contestación  anunciada  por  telegramas  no  se  ha  visto  por  ninguna 
parte».  Se  grita,  se  pide  el  copiador,  se  comprueba  que  todo  ha 
sido  replicado,  se  reiteran  las  cartas,  se  reclama  en  el  correo. . . 

Un  amigo  que  no  tiene  nada  que  hacer  entra  al  escritorio,  se 


334 

sienta  en  un  sofá  y  se  pone  a  tararear  una  romanza.  ¿Quieres  irte 
a  cantar  al  Conservatorio?  (Se  ha  callado)  ¡No  me  muevas  esos 
papeles,  hazme  el  servicio,  porque  me  los  vas  a  confundir!  Pero  el 
hombre  está  resuelto  a  no  irse,  porque  ha  tomado  mi  sombrero  y 
le  vé  la  marca  cuidadosamente. — ¿Cuánto  te  costó? — Ocho  pesos. 
—  ¿Buqué  parte? — Donde  Wegener. —  ¿Cuántos  tienes? — Dos. — 
¿No  has  comprado  jipi-japa?  Nó.  —  ¿Piensas  comprar?  —  Nó. — 
¿Estás  de  mal  humor?— Sí. 

El  jefe  de  la  casa  está  de  mal  humor  también,  por  circunstan- 
cias semejantes,  a  las  que  han  causado  el  mió.  Me  llama,  encuen- 
tra que  yo  soi  el  causante  de  que  el  dia  esté  nublado,  de  que  su 
señora  vaya  a  tener  un  hijo,  de  que  el  reloj  se  haya  descompuesto. 
Me  amonesta  severamente. 

Llego  a  mi  casa  a  almorzar,  también  de  mal  humor.  Mi  mujer 
me  corresponde  en  igual  diapasón.  Pero  el  matrimonio  no  sufre 
en  su  estabilidad,  porque  ella  ha  conocido  asi  a  su  padre,  a  su 
madre,  a  sus  hermanos  y  a  sus  tios. 


Es  indudable  que  no  todo  está  aquí  absolutamente  malo;  pero 
sí  lo  suficiente  para  abreviamos  en  cinco  o  diez  años  la  vida. 

Una  desgracia  o  contratiempo  grave,  se  ve  venir,  y  el  ánimo  se 
prepara  de  tal  manera,  que  cuando  llega  el  golpe  ya  no  duele 
tanto. 

¡Pero  esta  lluvia  de  piedrecillas. . .! 


^ 


un  BñUTIZO 


A  Alejandro  Murili«o 


UN  golpe  en  la  espalda  me  sacó  bruscamente  de  la  honda  abs- 
tracción en  que  marchaba  sumerjido.  Era  Andrés  uno  de  esos 
amigos  que  pasan  los  años  sin  aparecer  en  parte  alguna  y, 
sin  embargo,  son  más  nuestros  amigos  que  los  que  diaria- 
mente se  ven  en  todas  partes. 
— Te  convido  al  bautizo  de  mi  último  chico — me  dijo, 
— Entiendo  por  tus  palabras  que  tienes  varios  chicos. 
-Siete. 

— ¡Siete!  Tienes  mi  edad.  ¡Cómo  has  hecho  para  producir  tanto 
muchacho! 

— Mi  vida  es  mui  tranquila.  Tengo   ocho  años  de  matrimonio. 
No  salgo  de  noche. 
—¡Ya!  ¡Ya! 

—Pero  aún  no  me  contestas  si  vienes  al  bautizo.  Tal  vez  no  quie- 
ras venir.  Tú  te  rozas  solamente  con  los  grandes.  Mi  casa  es  mo- 
desta.. . . 

— Te  encuentro  socialista,  como  antes.  Iré  a  tu  bautizo,  aunque 
con  franqueza  le  tengo  miedo. 
— Temes  no  comer  bien. 


336 

— Por  tratar  de  ofenderme  te  has  descubierto.  ¿Qué  tiene  que  ha- 
cer una  comida  con  un  bautizo,  hijo  mió?  Hso  es  precisamente  lo 
que  temo,  que  la  fiesta  sea  larga. 

— Ustedes  los  aristócratas  se  bautizan  en  seco;  nosotros  los  de". 
pueblo  regamos  con  abundancia  esta  ceremonia.  No  comerás  ca- 
viar, ni  nidos  de  golondrinas,  ni  beberás  champagne  pero  creo 
que  lo  has  de  pasar  bien.  Te  queremos  mas  en  casa  que  en  otras 
partes,  donde  seguramente  te  pagas  mas  de  los  cariños. 

— Dale  con  la  diferencia  de  clases.  Toda  la  vida  te  has  colocado 
donde  has  querido  :  Nosotros  los  del  pueblo,  nosotros  los  pobres, 
entretanto  nos  hemos  criado  juntos  y  tú  tienes  mas  dinero  que  yo. 
Voi  a  tu  bautizo,  adiós. 

Y  Andrés  me  dio  un  apretón  de  mano  efusivo,  me  miró  con  des- 
confianza y  se  fué  diciendo: 

— No  iráá»,  no  irás.  Te  conozco.  La  fiesta  es  el  domingo.  Te 
espero  a  las  doce  del  dia  en  casa,  Huemul  724.  que  es  la  tuya.  Pero 


no  irás! 


«    #    # 


Un  bautizo  a  las  doce  del  dia,  pensé  yo,  no  es  bautizo;  es  un  al- 
muerzo. Será  un  almuerzo  estupendo.  En  seguida  habrá  baile  y 
onces  permanentes.  6e  comerá  tarde,  se  bailará  en  seguida.  Trata- 
ré de  escabullirme;  será  imposible  salir.  Cenaremos  al  comenzar  el 
alba.  Y  temblaba  de  pies  a  cabeza  repitiéndome  interiormente  todo 
este  pavoroso  programa.  Cuando  resuelto  a  sacarle  el  cuerpo  a  la 
fiesta,  a  pesar  de  mis  promesas,  de  mi  buena  amistad  por  Andrés, 
de  la  susceptibilidad  permanente  de  su  carácter,  y  de  mil  otras 
consideraciones  más,  escribía  una  conceptuosa  carta  de  escusa,  en- 
tró a  mi  oficina  Ovalle,  el  hombre  mas  alegre  y  mas  vividor  de  la 
tierra  y  me  dijo  que  estaba  invitado  a  casa  de  Andrés  y  que  espe- 
raba acompañarse  conmigo. 

—Será  un  dia  entero  perdido. 

— No  seas  loco.  Ni  será  solamente  un  dia,  ni  se  habrá  perdido  el 
tiempo.  Parece  que  no  fueras  artista.  Hai  que  observar,  hai  que 
gozar.  Tú  eres  aficionado  a  la  despensa  y  a  la  cocina  nacional; 
pues  bien,  tendrás  vino  excelente,  pavos  gordos,  aceitunas  estraor- 
dinarias,  queso  sublime,  malayas  voluptuosas.  Eres  también  admi- 


337 

rador  de  la  belleza  criolla,  y  puedes  tener  la  seguridad  de  un 
desfile  de  ojos  negros,  de  bocas  frescas,  de  orejas  pacientes,  de  pies 
inmóviles... 

«    -^    « 

Antes  de  cinco  minutos  de  entrar  en  casa  de  Andrés  sentimos 
una  confianza  estraordinaria.  £1  chico  habia  sido  ya  bautizado,  de 
tal  manera  que  se  veia  que  no  era  el  bautizo  lo  importante,  sino  «la 
cola». 

En  un  salón  espacioso  con  tres  ventanas  a  la  calle  y  otras  tres 
al  patio  lleno  de  naranjos,  con  los  muebles  rigurosamente  enfun- 
dados con  tela  blanca  y  huincha  roja  al  rededor,  con  los  retra- 
tos de  los  antepasados  alineados  en  la  pared,  hechos  unos  al  bro- 
muro, otros  al  lápiz  y  casi  todos  con  los  pies;  con  dos  enormes  es- 
pejos en  los  estreñios  y  multitud  de  cachivaches  sóbrennos  viejos 
«boules,»  nos  fuimos  reuniendo  los  invitados.  Habia  una  media  do- 
cena de  señoras  de  un  mismo  modelo,  año  65  mas  o  menos.  Todas 
ellas  eran  bajas,  regordotas,  bien  conservadas,  con  ojos  negros,  na- 
rices anchas,  bocas  espresivas.  Todas  ellas  llevaban  un  medallón 
al  cuello  con  el  retrato  de  su  marido.  Todas  ellas  se  balanceaban 
un  poco  al  andar,  uq  con  la  peculiar  cojera  de  los  patos,  sino  con 
el  rítmico  balanceo  de  la  fragata  sobre  el  mar  en  calma.  Todas 
ellas  tenian  a  sus  esposos — como  los  llamaban — no  solo  en  el  me- 
dallón sino  allí  cerca,  y  a  todos  ellos  y  ellas  tuvimos  el  honor  de 
ser  presentados:  el  señor  Valen zuela  dueño  de  la  Mercería  Sud- 
Americana;  el  señor  Andonaegui,  agrícultor;  el  señor  Jarabran,  ex- 
mayor del  antiguo  ejército;  el  señor  Martínez,  dueño  de  unas  mi- 
nas en  Maipo;  el  señor  Andraca,  especulador  en  frutos  del  pais  y 
otros  dos  señores  sin  nombre  que  nos  fueron  señalados  con  el  tí- 
tulo de  amigos  de  la  casa  y  nada  mas. 

Hacia  poco  rato  que  estábamos  reunidos,  cuando  regresó  la  jen - 
te  que  venia  de  la  parroquia.  El  chico  grítaba  como  un  barraco  y 
entró  a  la  sala  llevado  en  brazos  de  la  ma(lrina,y  escoltado  por  un 
enjambre  de  muchachos  y  muchachas.  Nos  hicimos  lenguas  en 
homenaje  a  la  belleza  del  recien  nacido.  Declaramos  con  absoluta 
serenidad  que  tenia  ojos  verdes,  que  se  parecía  a  la  madre  y  que 
seria  abogado. 


33» 

La  madre,  a  quien  se  había  dejado  el  tiempo  suficiente  para  le- 
vantarse del  lecho,  apareció  pálida,  displicente  y  exangüe,  y  ocupó 
un  sillón  cerca  de  una  de  las  ventanas  por  la  que  entraban  torren- 
tes de  sol.  No  le  olmos  la  voz  en  toda  la  jomada. 

-^¿A  quién  esperamos?— preguntan  con  esquisita  urbanidad  al- 
gunos de  los  seis  caballeros— comienza  a  sentirse  hambre! 

—Al  amigo  de  Andrés — contestan  varias  voces. 

A  pesar  de  que  el  hambre  arrecia,  nuevos  atractivos  distraen 
la  vista.  Entra  a  la  sala,  risueña,  pudorosa  y  lenta,  la  procesión 
de  las  señoritas  invitadas,  hijas  de  los  seis  caballeros  y  de  las 
seis  señoras  presentes,  y  sus  apellidos  Valenzuela,  Andonaegui, 
Jarabran,  Martínez  y  Andraca,  pasan  por  nuestros  oidos  acom- 
pañados de  los  mas  dulces  nombres  de  pila,  Elena,  Adriana, 
Glafira,  Leonor,  Sara,  Raquel,  Leontina,  Fany  y  Aida.  Unas  lle- 
van el  vestido  hasta  el  suelo,  y  el  pelo  anudado  sobre  la  cabeza, 
indicando  que  están  listas  para  la  vida;  las  demás  usan  el  ves- 
tido mas  corta,  desde  dos  centímetros  hasta  media  vara  del  suelo, 
y  el  pelo  caido  sobre  los  hombros  para  indicar  que  aun  no  están 
preparadas.  Sin  embargo,  sus  ojos  demuestran  que  los  capítulos 
de  las  cosas  conocidas  y  de  las  cosas  ignoradas,  son  familiares  y 
tienen  igual  estension  para  todas  ellas. 

— ¿Qué  hai,  Andrés? — pregunta  impaciente  el  señor  Jarabran. — 
No  vemos  de  hambre. 
—Un  instante.  Espero  a  mi  amigo. 

—Sí,  sí— decian  las  señoras— hai  que  esperar  al  amigo  de  Andrés. 
Ovalle  se  me  acerca  y  me  dice  en  voz  baja: 

—Dejando  a  un  lado  esos  seis  mastodontes,  de  los  que  pienso 
prescindir  en  absoluto;  a  la  enferma  que  me  parece  muda;  a  todas 
esas  damas  gordas  que  se  me  sientan  en  la  boca  del  estómago;  y 
a  este  famoso  amigo  de  Andrés,  que  no  conozco,  pero  a  quien  con 
el  favor  de  Dios  y  Maria  Santísima  he  de  darle  de  botetadas  hoi 
mismo,  la  cosa  me  parece  bien  simpática  y  agradable.  ¿Has  visto 
muchachas  mas  livianas  de  sangre?  ¿Ves  esa  morena  de  ojos  verdes 
que  se  rie  con  un  tono  gangoso  de  patito  nuevo?  ¿Has  visto  nada 
mas  alegre  que  esta  otra  de  azul,  con  los  labios  en  forma  de 
trompa? 


339 

La  descripción  fué  interrumpida  por  un  solo  grito: 
—¡El  amigo  de  Andrés! 

#    #    « 

Nunca  cuatro  palabras  han  producido  mayor  efecto.  Los  masto- 
dontes avanzaron  en  una  ala  desplegada,  las  fragatas  se  pusieron 
de  pie.  Andrés  recibió  al  recien  llegado  y  lo  condujo  en  triunfo 
hasta  él  sillón  de  la  enferma  la  cual  pronunció  dos  palabras  y 
cayó  desfallecida: 

— ;Cuánto  gusto! 

£1  amigo  de  Andrés  era  un  estranjero,  a  juzgar  por  su  aspecto,  de 
raza  sajona,  mas  bien  anglo-sajona,  de  cara  rojiza,  ojos  azules  pe- 
queños, bigote  color  de  zanahoria,  abultado  de  abdomen,  con  la 
cabeza  erguida  con  injustificada  soberbia.  Fué  saludando  a  todos 
con  un  apretón  de  mano,  pe:  o  cuando  el  apretón  le  tocaba  a  un 
Qombre  lo  acompañaba  con  un  jesto  de  desprecio.  Debo  declarar 
que  la  antipatía  de  este  señor  se  me  comunicó  con  la  rapidez  de 
un  pistoletazo. 

Andrés  aprovechó  el  tumulto  de  la  pasada  al  comedor  para 
decirme 

—Mira  a  mi  amigo  con  simpatia;  no  es  aristocrático  pero  tlen^ 
una  cabeza  estraordinaría  para  los  negocios. 

—¡Se  gasta  sus  modales! 

—Son  jenialidades.  Se  le  puede  permitir  todo  porque  es  un  indi- 
viduo superior. 

El  aspecto  del  comedor,  me  cortó  la  palabra,  y  me  embargó  por 
entero.  Lo  primero  que  llamaba  la  atención  era  una  larga  mesa  en 
una  sala  mucho  mas  larga.  Sobre  ella  estaban  alineados  tres 
grandes  castillos  de  dulces,  en  cuya  cima,  un  anjelito  de  azúcar 
soDre  un  alambre  en  espiral  se  movia  lijeramente.  En  torno  de 
estos  castillos  que  marcaban  la  espina  dorsal  de  la  mesa,  se  acu- 
mulaban en  desorden  jamones  planchados  y  azucarados;  jelatinas 
temblorosas  con  violetas  dentro  de  cada  figura;  pavos  asados 
wOn  sus  patas  encojidas  y  con  una  ramita  de  perejil  en  el  pico, 
aceitunas  aliñadas  con  torrejas  de  naranjas  agrias;  naranjas  dulces; 
íimas,  plátanos,  pastelillos   auesos  de  varias  clases;  botellas  de 


-xii 


tndx%  la»  marcas  imajínables  y  ixi*a  p^ofü^áoc  de  fiares  verdadera- 
njfrr.te  anir^^'jíca. 

Kl  ami^o  de  Andrés,  que  fué  sestado  a  la  derecha  de  la  nraJre 
dijo  con  U/no  sentencioso,  apenas  calmado  ¿  b-zZicsoc 

— Xom^tie  be  visto  en  Londres,  nn  cesa  ca.-  bocha! 

Sino  hoíñera  sido  porque  ocupaba  d  asiento  a  la  izquierda  de 
la  señora,  habría  preguntado  al  amigo  de  Andrés: 

^;E1  señor  ha  estado  en  Londres  alguna  vez? 

La  concurrencia  exasperada  por  la  larga  hora  de  espera  en  el 
salón,  se  dedicó  a  los  pavos,  jelatinas  y  jamones  con  verdadero 
rencon  E!  silencio  que  se  hizo  bruscamente  era  interrumpido  solo 
por  el  ruido  de  Ic^  cuchillos  y  tenedores  y  por  las  caiiaas  de  do^^ 
roímstas  y  cha5Kronas  muchachas  que  atendían  la  mesa.  0\  alie. 
colíjcado  en  medio  de  la  juventud  femenina,  había  logrado  captar- 
Me  rápidamente  su  simpatía,  y  según  pude  ver  y  oír,  comenzaba  a 
organizar  una  formidable  coalición  en  contra  dd  amigo  Andrés. 

Kf»te  era  el  aspecto  que  a  la  una  y  medía  del  dia  presentaba  la 
casa  de  mi  amigo  y  sus  diversos  invitados. 

•    •    • 

No  conocía  el  suplicio  de  un  almuerzo  iniciado  a  la  una  del  dia 
y  terininado  después  de  la  cinco  de  la  tarde.  A  la  cazuela  de  ave 
de  caldo  suculento,  matizado  con  vetas  rojas  de  puro  ají,  siguieron 
numerosos  platos  entre  los  cuales  se  destacaban  gloriosamente  las 
empanadas  de  horno,  una  mala3'a  con  fréjoles,  unos  tallerínes,  unos 
pejerre/es,  los  inevitables  ríñones,  las  ensaladas  de  diversas  clases, 
las  costillas,  las  jaivas,  la  calveza  de  ternera  y,  finalmente,  la  torti- 
lla de  erízos.  A  la  larga  lista  de  guisos,  siguió  una  larga  lista  de 
postres,  tortas,  jelatinas,  alfajores,  dulces  en  almíbar  y  frutas. 

Kl  amigo  de  Andrés  devoró  cada  plato  como  si  fuera  el  único 
que  se  le  ofrecía  después  de  un  largo  ayuno,  dijo  y  juró  que  jamas 
en  Londres  se  podría  dar  un  almuerzo  mas  rejio  y  diríjió  a  cada 
persona  una  impertinencia. 

Me  tocó  ser  el  primer  blanco  del  amigo  de  Andrés. 

— ¿B\  señor  es  periodista? — preguntó. 

-  -Sí,  señor,— le  replicaron. 


341 

— Encargado  quizás  de  recojer  novedades  en  la  calle,  ¿eh? 

— Nó,  nó; — interrumpió  galantemente  Andrés,— es  uno  de  nues- 
tros mejores  periodistas,  un  redactor  lleno  de  injenio. 

—En  Inglaterra  se  ocupan  de  este  asunto  los  que  no  sirven 
para  otra  cosa.  Antes  de  ir  un  hombre  a  la  cárcel,  se  le  mete  aden- 
tro de  un  diario. 

Andrés  tendió  suplicante  una  mano  en  dirección  mia  diciéndome: 

—Déjalo,  déjalo.  El  no  es  aristocrático,  pero  tiene  buena  in- 
tención. 

Pero  Ovalle,  que  babia  averiguado  que  el  amigo  de  Andrés  tra- 
bajaba en  una  bodega  y  acababa  de  hacer  una  especulación  en  co- 
chayuyo  que  le  habia  dado  algunos  pesos,  dijo  desde  su  estremo: 
—En  Chile  no  pasa  lo  mismo,  señor  mió.  Aquí,  cuando  alguien  no 
sin^e  para  nada  se  le  dedica  a  comerciar  en  frutos  del  pais.  Yo  he 
visto  condenar  a  un  criminal  a  prisión  perpetua  o  a  especular  en 
cochayu3'os. 

El  amigo  de  Andrés  enrojeció,  todos  los  demás  disimularon,  es- 
cepto  el  mayor  Jarabran,  que  con  temeraria  imprudencia  se  frotó 
las  manos,  y  también  las  muchachas  que  se  sonrieron  y  bajaron  los 
ojos  hipócritamente.  . 

El  señor  Andonaegui,  preguntando  por  Andrés  sobre  sus  nego- 
cios de  la  mercería,  contesta  que  el  fierro  galvanizado  se  vende  en 
mayor  cantidad  que  antes,  lo  que  le  hace  esperar  buen  éxito  para 
el  año. 

—No  lo  crea  usted — dice  el  amigo  de  Andrés. — Usted  tendrá  que 
cerrar  su  ferretería  dentro  de  poco,  porque  sus  empleados  no  en- 
tienden de  vender,  y  maltratan  al  público. 

A  Jarabran,  que  habla  de  la  batalla  de  Tacna,  le  dice: 

—¡No  ha  sido  tanto  este  batallo,  hombre! 

—¡Cómo! — ruje  el  ex-mayor. — Usted  un  estranjero  se  atreve  a 
hablar  así  de  una  de  las  mas  grandes  pajinas  nacionales! 

—Calma, — calma, — dice  Andrés  de  un  lado. 

—¡Bravo! — grita  Ovalle. 

Yo  hago  también  vigorosos  jestos  de  asentimiento. 

—¡Era  mui  fácil  ganarle  al  Perú,  hombre! — insiste  el  bárbaro. 

—¿Y  no  era  mas  fácil  ganar  a  los  boers? — replica  lívido  de  ira; 
Jarabran. 


34a 

Uno  de  los  señores  Innominados  que  está  cerca,  me  dice  a  me- 
dia voz: 

— Poco  le  importará  a  éste  lo  que  dice  el  maj'or,  porque  es  tan 
ingles  como  yo. 

— ¡Cómo! 

— Sí,  señor;  ha  nacido  en  Iquique:  es  ciudadano  peruano  y  no 
ha  estado  jamas  en  Inglaterra. 

Andrés  habla  calmando  la  natural  irritación  que  han  causado  to- 
das las  torpezas  de  su  amigo,  y  logra  ganar  algunos  minutos  de  si- 
lencio. El  au-e  está  insoportable,  los  guisos  han  concluido;  pero  los 
postres  no  parecen  conduu:  en  todo  el  dia.  Cuando  se  cree  que  ya 
ha  terminado  todo,  entran  bandqas  con  biscochos  y  hojaldres  en 
almíbar.  Después  de  tres  o  cuatro  platos  mas,  aun  se  ofrecen  plá- 
tanos, uvas,  «huevo  molle»,  miel  de  palma. 

Todos  están  encendidos,  hinchados,  hablan  en  voz  alta,  en  me- 
dio de  un  entusiasmo  desproporcionado  con  lo  que  dice.  Por  fin, 
después  de  una  prudente  esplicadon  mia,  se  levanta,  el  almuerzo 
y  podemos  salir  al  patio. 

«    «    « 

¡Al  fin!  La  artificial  distribución  de  los  asientos  toma  aquí  un 
mismo  nivel,  como  las  aguas  en  los  vasos  comunicantes.  Soi  arras- 
trado violentamente  por  Ovalle  al  grupo  de  las  chicas  donde  dice 
él  que  se  me  llama. 

— Usted  es  demasiado  serio — me  dice  una  de  ellas — y  es  menes- 
ter que  se  alegre. 

— Bueno.  Estoi  alegre:  basta  mirarles  los  ojos  a  ustedes  para  sen- 
tir buen  humor. 

— Entonces  lo  aprovechamos,  usted  escribe  en  A7  Mercurio  ¿ah? 

— Si,  señorita. 

— Bueno.  Dígame  cómo  acaba  la  novela  que  están  publicando 
ahora  en  la  tarde,  que  estamos  con  tanta  curiosidad. 

— Apúnteme  lo  último  que  usted  haleido. 

— Bueno.  El  barón  de  Cantilano  está  enamorado  de  la  marquesa 
Luisa  de  Flejury  y  le  acaba  de  declarar  su  amor.  Ahí  vamos.  ¿Se 
casan  o  no  se  casan? 

— Se  casan. 


ili 


v^ 


— ;Aí  qué  gusto!  Pero  entonces  sale  bastante  pavo. 

— Es  decir,  se  casan,  pero  se  mueren  los  dos, 

— ¡Cómo!  ¿Oyes  Glafira?  Dice  el  señor  que  se  mueren  el  barón  y 
la  marquesa. 

El  amigo  de  Andrés  tiende  su  sombra  funesta  sobre  el  grupo. 

— Señorita,  ¿puede  usred  bailar  conmigo? — pregunta  a  la  mas 
jentil  de  las  chicas. 

— Nó,  señor;  yo  no  bailo  todavía. 

— Sí,  pero  en  cambio  ya  estar  leyendo  usted  novelas. 

— Sí,  señor;  no  veo  que  tenga  que  hacer  una  cosa  con  otra.  Se 
baila  con  los  pies  y  se  lee  con  los  ojos. 

La  salida  es  celebrada  con  hostilidad  para  el  hombre  de  las  im- 
pertinencias. 

Apenas  se  retira,  estallan  las  invectivas  de  todo  jénero.  Una  de 
las  chicas,  aludiendo  a  la  famosa  especulación  en  cochayuyos,  pro- 
pone que  en  adelante  se  le  llame  «Mr.  Cochayuyo». 

Dd  agradable  grupo  me  estrae  con  solemne  jesto  el  señor  An- 
draca: 

—Venga  usted  acá,  periodista,  que  tenemos  que  echar  un  párrafo 
con  los  amigos  sobre  política. 

Caigo  en  medio  del  grupo  formado  por  los  seis  señores,  inclu- 
sos los  sin  nombres,  y  comienza  una  serie  de  preguntas,  respues- 
tas y  objeciones  sobre  la  cuestión  económica,  sobre  el  Consejo  de 
Instrucción  Pública,  sobre  la  esterilidad  de  la  labor  parlamentaria 
y  otros  problemas  no  menos  graves. 

El  señor  Andonaegui  es  partidario  de  una  revolución;  el  señor 
Andraca  insinúa  diversas  ideas  para  resolver  la  crisis  económica  y 
me  aconseja  defenderlas  editorialmen te.  Una  de  ellas  es  un  em- 
préstito de  quince  millones  de  libras  para  prestarlas  a  todas  las 
sociedades  anónimas  a  diez  años  de  plazo  y  con  seis  por  ciento  de 
interés: 

— Así  la  prosperidad  del  pais  no  sufre;  los  papeles  se  entonan  y 
todo  revive! 

Uno  de  los  caballeros  innominados  se  muestra  partidario  del 
papel  moneda,  y  el  ojtro  dá  argumentos  en  contra  de  la  inmigra 
cion  creyendo  darlos  a  favor  de  ella. 

Ovalle  y  Jarabran  me  buscan  para  que  vea  al^o  interesante. 


11' 


344 

— Oye — ^me  dice  aquel — ven  a  ver  a  Mr.  Cochayuyo. 

Y  llevándome  a  una  ventana  del  comedor,  me  hacen  ver  el  cs- 
traordinario  espectáculo  del  amigo  de  Andrés. ..  comiéndose  un 
sandwich!  El  salvaje  habia  quedado  con  hambre. 

»    «    « 

Durante  dos  horas,  hasta  que  se  enciende  la  luz  en  el  salón  la 
concurrencia  se  reparte  entre  una  danza  frenética,  incesante  y  la 
atención  al  ponche  y  otras  bebidas  que  se  sirven  en  el  comedor  y 
a  domicilio. 

Noto  que  la  atmósfera  se  hace  candente,  que  todo  el  mundo  se  ha 
puesto  cariñoso  y  espresivo.  La  chica  locuaz  que  se  interesaba  por 
saber  en  qué  hablan  parado  el  barón  con  la  marquesa,  me  pone  en 
apuros  preguntándome  si  se  besan  bastante  antes  del  matrimonio. 
Una  de  las  fragatas  me  hace  confidencias  literarias,  mientras  depo> 
sita  sobre  mí  dos  ojos  húmedos  de  corvina.  Ella  lee  bastante  y  pre- 
fiere la  lectura  amorosa  de  40°  a  la  sombra.  Desea  escribir  una  no- 
vela y  durante  media  hora  me  narra  el  argumento.  Se  lo  encuentro 
cursi  e  indecente;  pero  la  estimulo  al  trabajo,  prometiéndoli*  bajo 
palabra  de  honor  que  figurará  en  la  historia  literaria,  y  que  te  pu- 
blicaré en  el  diario  como  folletín  el  primer  tomo. 

El  mayor  Jarabran  se  ríe  solo  en  un  rincón.  ¿Por  qué  seretxá? 

En  vano  trato  durante  mucho  tiempo  de  bailar  con  alguna  com- 
pañera simpática,  porque  Mr.  Cocha5aiyo  desaparece  como  una 
exhalación  con  cada  una.  Ovalle  no  lo  hace  mal. 

Con  Andrés  me  empeño  infructuosamente  en  que  me  permita 
retirarme.  Tengo  un  compromiso  para  la  comida,  y  después  debo 
ir  al  teatro.  Todo  es  inútil.  La  puerta  de  calle  está  cerrada. 

Jarabran  se  rie  siempre. 

Una  corta  interrupción  del  baile  deja  ocasión  a  otra  de  las  fra- 
gatas para  acercarse  al  piano  y  cantar  una  romanza  « vorrei  morir», 
que  enternece  al  señor  Andraca  sobre  manera.  Tras  ella  canta  un 
joven,  y  en  medio  de  una  nota  alta  enronquece  súbitamente.  Jara- 
bran se  vé  obligado  a  espresarle  todo  avergonzado  que  le  perdone, 
que  no  se  rie  de  él,  sino  de  algo  mui  diverso. 

Un  nuevo  baile  se  inicia  y  Mr.  Cochayuyo  brinca  en  el  medio, 


345 

atropellaiido  a  todo  el  mundo,  llenando  todo  él  salón,  rompiéndola 
el  vestido  a  su  compañera,  pisándole  los  pies  a  los  espectadores  y 
enjugándose  con  un  pañuelo  sobre  el  rostro  la  mas  copiosa  traspi- 
ración que  he  visto  en  mi  vida.  Al  concluir  la  polka,  se  me  acerca 
con  el  cuello  convertido  en  acordeón  y  me  dice 

— Mi  no  baila  per  baila;  mi  baila  per  suda. 

Ovalle  lo  mira  con  indignación.  Jarabran  continúa  sonriéndose. 

De  pronto,  Mr.  Cocha3ruyo  palidece,  se  lleva  las  dos  manos  al 
estómago,  se  deja  caer  en  una  silla  y  comienza  a  lanzar  quejidos 
sofocados  en  el  primer  momento  y  desgarradores  mas  tarde. 

—¿Qué  üai? — ^preguntan  todos. — Tin  dolor  de  estómago.  ¡Que 
le  den  bicaitx>nato!  [Que  lo  acuesteol  \Ohl  ¡qué  desgracia! 

Pero  el  hombre  está  realmente  aíiljido. 

Se  lo  llevan  a  un  dormitorio,  Andrés  corre  de  un  lado  a  otro, 
y,  por  fin,  resuelve  hacer  llamar  un  coche  y  acompañar  al  infeliz 
a  su  casa  que  está  situada  a  pocas  cuadras. 

Con  la  ausencia  del  pobre  hombre,  se  produce  un  jeneral  alivio. 
Durante  media  hora  el  baile  queda  suspendido  y  cada  cual  dá  di- 
ferentes esplicaciones  del  suceso.  ¡Si  comió  tanto!  ¡Si  bebió  tanto! 
¡Si  es  una  esponja!  ;Si  es  tan  pesado  de  sangre! 

Por  fin,  una  nueva  polka  suena  en  el  piano  y  todo  el  mundo  se 
lanza  en  un  febril  movmiiento.  £1  mayor  Jarabran  se  me  acerca, 
me  lleva  a  un  ricon  y  me  dice: 

—¿Qué  le  parece  el  dolorazo  del  gringo? 

— Lo  siento. 

— Yo  no  señor.  Tenia  que  pagar  lo  que  dijo  de  la  batalla  de 
Tacna.  ¿Sabe  usted  de  qué  le  ha  venido  el  dolor? 

— No  caigo. 

—Fué  de  esto! 

Y  me  mostró  un  papelillo,  que  hoi,  no  sabría  reconocer.  Me  con- 
tó cómo  Ovalle  habia  salido  a  comprarlo  a  la  botica,  y  cómo  él  se 
lo  habia  dado  revuelto  en  el  ponche. 

—Tiene  para  gritar  toda  la  noche — me  agregó  con  absoluta 
tranquilidad. 

Desde  ese  momento  las  horas  se  precipitaron  en  la  mas  horrible 
algazara.  Andrés  no  dejaba  irse  a  nadie.  Dos  veces  fui  sorpren- 
dido cerca  de  la  puerta  de  calle  y  depositado  nuevamente  en  e| 


346 

salón.  Hl  ponche  habia  hecho  sus  víctimas  y  cada  vez  que  se  can- 
taba el  *'vorrei  morir"  el  señor  Andraca  lloraba  a  mares.  La  chica 
del  folletin  me  hizo  nuevas  preguntas  indiscretas  y  la  señora  lite- 
rata modificó,  el  último  capitulo  del  primer  tomo  en  homenaje  a 
mí,  haciéndolo  bastante  mas  colorado  de  lo  que  parecía  posible. 

Poco  a  poco  desaparecieron  todas  las  chicas  y  algunas  de  las 
señoras,  fatigadas  por  el  baile  y  la  dura  jomada.  Pero  el  piano 
siguió  marcando  valses,  mazurkas  y  polkas  que  encontraron  siem- 
pre entusiastas  parejas. 

Por  fin,  rendido  caí  en  una  silla.  Andrés  se  me  acercó  en  el 
acto: 

— Hai  que  ser  hombre,  Anjel!  Déjate  de  historias.  Todavia  es 
temprano. 

— Déjame  irme. 

—Estás  despreciando  mi  fiesta. 

—Si  no  te  desprecio  nada,  hijo  mió.  Es  que  son  mas  de  las  tres 
de  la  mañana  y  me  caigo  de  sueño. 

'  Nó,  señor)  hai  que  divertirse. 

Y  aun  tuve  que  bailar,  beber,  conversar  y  hasta  opinar  sobre  di- 
versos asuntos. 

Cuando  apareció  un  primer  débil  rayo  del  alba,  rozando  las  co- 
pas de  los  naranjos,  quise  disparar  y  salí  con  mi  sombrero. 

Andrés  me  tomó  de  un  brazo,  me  llevó  hasta  cerca  del  pasadizo 
que  conducía  al  fondo  de  la  casa  y  con  la  mirada  resplandeciente 
me  dijo: 

—¡Escucha! 

Se  sentía  un  ruido  sordo,  como  el  de  una  piedra  cayendo  sobre 
una  superficie  blanda: 

—Están  machucando  el  charqui  para  el  valdiviano.  ¡No  te 
vayas! 

Debí  morir  en  ese  instante.  Pero  Ovalle  y  Jarabran  que  venían 
de  la  calle  hablando  ruidosamente  me  llevaron  a  un  aparte 

—Hemos  dado  una  carrera  hasta  la  casa  del  gringo.  Todavía 
está  gritando.  Se  siente  en  li  calle.  Ahora  ¡vamos  al  valdiviano! 


Fantasía  óe  Pascua 


PARIS-SAXTIAGO 


Soñamos  que  regresábamos  de  París  (hai  sueños  disparatados, 
eh?  y  que  abríamos  nuestras  maletas  dejando  sobre  mesas, 
sofaes,  sillas  y  chimeneas,  esa  infinidad  de  cachivaches  que 
se  compran  en  una  esposicion. 

Entre  ellos  venían  algunos  objetos  de  térra -cotia,  otros  de 
bronce,  de  níquel  y  hasta  de  plata  oxidada.  Modelos  del  llamado 
arte  nuevo,  figuras  de  mujer  alargadas  y  vaporosas,  perfiles  de  me- 
dalla, hojas  de  trébol,  lirios  de  esmalte  morado  en  fondo  negro, 
cobre  verde,  etc  Todo  ese  pequeño  museo,  comprado  en  la  reali- 
zación de  una  joyería  ambulante,  fué  colocado  cuidadosamente  so- 
bre una  mesa,  en  el  medio  de  la  cual  se  destacaba  una  Cleo  de  Me- 
rode  de  plata  oxidada,  con  las  manos  cruzadas  tras  de  la  nuca  y 
con  una  maliciosa  sonrisa,  símbolo  del  París  de  las  revistas  ilus- 
tradas. 

Aquello  quedó  allí  mientras  no  instalábamos  de  una  manera  defi- 
nitiva nuestro  escritorio,  encontrando  albergue  a  tanta  monería. 

Llegó  la  Pascua  (es  sueño  ;ah?)  y  naturalmente,  como  recien  lle- 
gados, nos  fuimos  a  dar  una  vuelta  por  las  fondas  para  apreciar  si 


348 

Chile  había  progresado  o  nó  en  nuestra  ausencia.  Con  el  hábito  del 
turista  que  se  complace  en  comprar  objetos  pequeños  y  llenarse 
de  ellos  los  bolsillos,  adquirimos  una  colección  de  oUitas  de  las 
monjas,  de  esas  que  huelen  a  incienso  y  lucen  sus  vivos  colores  y 
sus  esmaltes  dorados. 

Tarde  ya,  rendidos  por  la  caminata,  pusimos  sobre  la  mesa  las 
oUitas  de  las  monjas,  que  ocuparon  modestamente  los  huecos  dga- 
dos  por  los  cachivaches  de  Paris,  y  no  tardamos  en  sumerj  irnos  en 
el  mas  profundo  sueño. 

Vino  el  no  ser— como  dicen  los  poetas — y  abrimos  los  ijjos  aese 
otro  mundo  en  que  todo  se  vé  indeciso,  notante,  vaga 

La  mesa  se  nos  acercó  al  lecho.  Los  recuerdos  de  París,  del  bou- 
levard,  de  la  esposicion,  de  Sada  Yacco,  la  actriz  japonesa,  de  la 
Réjane,  la  artista  parisiense,  se  nos  revolvían  con  la  horchata  con 
malicia,  con  los  claveles  y  albahacas  y  con  las  oUitas  de  las  mon- 

A3.  •  •  • 

Cleo  de  Merode,  la  estatuita  de  plata  oxidada,  con  sus  manos 
cruzadas  detras  de  la  nuca,  había  bostezado.  ¿Aburrida  de  Santia- 
go? ¿Con  nostaljia  de  París?  ¡Eso  le  íbamos  a  preguntar  cuando 
¿lia  habló:. 

— ¿Dónde  estoi?  Me  habia  quedado  dormida No  veo  sino  una 

oscuridad  muí  profunda.  Una  vez  que  me  acostumbre  veré  mas 
claro. .  ..sí,  pero  ¿qué  es  esto?  ¡AL'  ¿Qué  c'est  ce  petit  monstre? 

Indudablemente  se  refería  á  mi  colección  de  ollitas  de  las  mon- 
jas y  con  especialidad  al  huaso  de  a  caballo  que  se  levantaba  er- 
guido al  lado  de  una  monjita,  vecino  a  un  «brasero»  y  entre  una 
infinidad  de  jarritos  y  ollas. 

— ¡Jesús! — dijo  la  monjita,  santiguándose— esa  gabacha  no  huele 
bien.  I Y  qué  lijera  de  ropas!  ¡Y  qué  ojos.  Y  se  dio  vueltas  como  un 
trompo,  dándole  las  espaldas  a  Cleo  de  Merode,  que  se  quedó  mi- 
rándola con  ojos  tamaños. 

. .  ¡Oh!  Cette  dame  de  chanté  est  vraíment  terrible! 

Leí  conversación  siguió  entonces  entre  la  monja  y  el  bracero  de 
esta  manera: 

— Creo  que  hemos  caído  entre  jente  mala — dijo  la  monja— bus- 
cando calor  al  lado  de  aquel  bracero  destinado  a  darlo. 

— Sí;  todo  está  malo  ahora.  Ya  no  son  esos  tiempos  en  que  yo 


349 

tostaba  azúcar  para  el  mate,  y  estaba  siempre  al  medio  del  salón.. . . 

—Y  ahora  fíjese  usted  qué  manera  de  vestir  la  de  esta  francesa 
que  tengo  detrás  de  mí. . . 

— ¡Uy!  Qué  economía  de  ropa.  ¿Cómo  se  llamará? 

— Cleo  de  Merode — interrumpió  con  una  vocesita  arjentina  el 
«bibelot»  parisiense, 

— ¡Cleo!  ¡Dios  santo!  Si  ni  siquiera  tiene  nombre  cristiano.  ¿Qué 
es  esto  de  Cleo? 

— Como  no  ha  de  ser  cristiano,  maire— interrumpió  el  huaso,  el 
«petit  monstre»  a  que  se  había  referido  la  bailarina  de  plata  oxi- 
dada— cuando  así  principio  yo  mis  rezos:  «  Cleo  en  Dios  paire!» 

— Ah!  sL. . . 

— ^Ah!  si— corearon  los  dos — mientras  Cleo  miraba  con  una  cara 
llena  de  risa  a  su  pésimo  defensor. 

Pero  Cleo  de  Merode  hacia  mucho  tiempo  que  no  estiraba  las 
piernas  y  quiso  ensayar  su  arte.  Destrenzó  las  manos  de  detras  de 
la  nuca  y  se  desperezó.  Y  un  momento  después  se  descolgaba  del 
pedestal  de  un  saltito  y  quedaba  a  mui  poca  distancia  de  la  mon- 
jita  de  greda,  cada  vez  mas  indignada. 

— Qué  maneras  de  esta  mujer — decia — y  qué  modo  de  mirar  y 
de  reirse.  No,  no;  esta  no  es  persona  buena. 

— Oh,  mi  querida  señora — esclanió  Cleo — permítame  usted  que 
la  bese — y  antes  que  la  monjita  hubiera  podido  cubrirse  la  cara  con 
sus  dea  manos  ya  le  había  estampado  en  un  ojo  un  beso  ruidoso, 
estupendo. 

Hl  escándalo  que  se  produjo  fué  enorme.  El  brasero  lanzó  un  ru- 
jido,  varias  ollas  se  enrojecieron  de  indignación. 

Pero  ya  era  tarde.  Cleo  no  oia  ni  veia  a  nadie;  bailaba.  Lamonji- 
ta  no  solo  cerró  los  ojos,  sino  que  aun  se  puso  las  manos  encima 
de  los  párpados:  el  brasero  se  puso  patas  arribas,  y  varias  ollas  ro- 
daron por  la  mesa.  Poco  a  poco,  el  baile  aumentaba  3'  se  hacia  mas 
desenfrenado,  hasta  que  la  monjita,  insegura  de  sí  misma,  se  lanzó 
de  un  salto  al  suelo  haciéndose  trizas  en  él.  La  siguieron  un  mo- 
mento después,  el  bracero,  y  una  por  una  todas  las  ollas  con  uso 
de  razón. 

Quedó  sólo,  aislado,  sereno,  el  huaso,  ese  mamarracho  de  greda 
que  le  había  merecido  a  Cleo  el  nombre  de  monstruo. 


.'5" 


— Mira  «petit  monstre  > — dijo  Cleo  tú  eres  el  líiiico  tolerante, 
tú  la  única  cara  amiga  que  diviso,  y  aunque  no  la  tienes  mu  i  lava- 
da, no  importa. 

Y  dando  un  salto  quedó  montada  en  ancas  y  se  aferró  convulsa- 
mente a  la  cirtura  del  huaso. 

— Austin,  Austin— esclamó  éste — ¿Donde  te  habis  visto  en  otra? 

Pero  su  alegria  quedó  cortada  de  repente  y  siguió: 

— Ai,  patroncita;  si  esto  hubiera  pasado  en  vida  jcómo  habríamos 
galopiao!  Habríamos  ido  a  topiar  en  la  vara,  a  tomíir  tin  chacolí 
superior,  «un  cauceo»...Pero  nada  puedo  hacer  ahora,  patroncita, 
porque  soi  de  greda.. . . 

— ;De  greda!  ¡De  greda! — gritó  Cleo  con  voz  histérica — ¡Ai,  qué 
amarga  realidad!  ¡Austin,  Austin!  de  buena  te  has  escapado.  Si  hu- 
biera estado  viva,  ¡cómo  nos  habríamos  divertido!  Habría  cantado, 
reido,  bebido.  Te  habría  contado  cuentos.. .  Pero  soi  de  plat?»  oxi- 
dada! 

—¿De  plata.. . .?  luitíSnces  está  emparentáa  con  mis  espuelas,  pa- 
tnmcita,  que  son  de  plata.. . . 

— ¿También  están  oxidadas?.. . . 

—  No,  señorita:  están  empeñáas.... 

lui  ese  momento  se  desvaneció  el  sueño.  Entró  la  luz  del  alba 
por  la  ventana,  y  junto  con  ella  el  mozo  con  los  zapatos  lustrados. 

—Ai,  señor, — me  dijo — cómo  se  han  caído  estas  cosas  déla  mesa! 
Mejor  seria  acomodarlas  en  otra  parte,  porque  ya  no  caben.  ¿Dón- 
de pongo  esta  virjencita? — y  me  mostraba  a  Cleo  de  Merode  que 
estaba  con  tina  carita  de  mosca  muerta. 


.Y  así  terminó  la  fantasía   parisiense-santiaguina  de  Noche 
Buena. 


S^  t^ 


nimacen   óe  Conciencias 


Las  conciencias  se  venden. — La  AV- 
fornui. 

A  nadie  le  remuerde  su  conciencia. 
-  'La   ünion^ 


iQué  cosas  mas  estranas  se  encuentran  en  una  ciudad  grande,  a 
la  caída  de  la  noche!  Es  la  hora  en  qtte  el  oficinista,  cansado  de  la 
tarea  del  dia,  regresa  a  su  casa  o  al  Club  con  paso  desnia^-ado  y 
voluntad  inerte.  Es  la  hora  en  que  todo  destella  con  una  última 
luz,  como  lámparas  próximas  a  apagarse. 

Es,  en  fin,  la  hora  en  que  el  transeúnte  se  deja  tomar  por  el  pri- 
mer recien  llegado  y  vaga  a  merced  del  ajeno  deseo. 

Tyos  vagos  siempre  se  preguntan:  ¿qué  se  hace  en  este  pais  a  tal 
hora?  Para  ellos  deberla  fabricarse  un  reloj  en  cuya  esfera  se  gra- 
bara esta  pregunta  tanta  veces  como  horas  hai.  Y  sin  embargo  creo 
que  hai  una  hora  difícil  de  emplearla  en  algo  útil,  yes  la  última  de 
la  tarde,  o  la  primera  de  la  noche. 

Vagábamos  hace  una  semana  en  este  momento  de  indecisión  y 
demedia  sombra.  En  una  de  las  muchas  vidrieras,  apagadas  unas, 
a  poca  luz  otras,  entre  una  paqueteria  y  im  almacén  de  provisio- 
nes, un  botón  eléctrico  golpeaba  contra  el  cristal  llamando  la  aten- 


352 


don  del  transeúnte  hacia  cierta  tienda  estraña  que  lucia  una  plancha 
con  letras  doradas:  «Almacén  espiritual». 

'  Tratamos  de  investigar,  mirando  atentamente  la  vidriera  qué 
podia  significar  ese  letrero.  Nada  mas  que  un  ventilador  eléctrico 
ajitando  incesantemente  sus  aspas  con  el  rumor  de  un  inmenso 
moscardón,  se  veia  en  la  gran  ventana.  La  puerta,  por  otra  parte 
no  tenia  indicación  alguna  y  dos  cristales  esmerilados  impedían  la 
vista  hacia  el  interior. 

Naturalmente,  nos  provocó  esta  especie  de  indiferencia  por  el 
público,  y  empujando  la  mampara  nos  encontramos  en  una  sala 
estensa,  desnuda  en  tres  de  sus  murallas  y  con  un  pequeño  armario 
en  la  cuarta  donde  una  serie  de  frascos  envueltos  se  alineaban 
ordenadamente. 

Un  dependiente  avanzó  con  una  amable  venia,  aunque  no  sin 
cierta  ironia  en  los  labios: 

— ¿El  señor  se  ha  equivocado? 
'    — No  creo— respondí,  algo  confuso. — He  visto  que  éste  es  un 
almacén  espiritual,  y  deseo  saber  qué  pueden  venderme  en   este 
ramo. 

— No  es  la  costumbre  de  la  casa, — me  dijo  con  tranquilidad, — 
tomar  clientes  nuevos.  Nuestro  ramo  es  restrínjido  y  no  aspira 
absolutamente  a  difundirse  en  las  clases  bajas. .  .—No  me  coloque 
usted  tan  sencillamente  en  las  clases  bajas.  SI  este  es  un  almacén 
espiritual  y  yo  estoi  dotado  de  espíritu,  creo  que  podria  ser  un 
cliente. 

El  homore  pareció  convencerse,  y  tomando  de  una  mesa  un  plie- 
go de  papel  que  parecia  un  prospecto,  me  lo  alargó  en  silencio. 
He  aquí  su  contenido: 

«Gran  almacén  de  conciencias,  por  mayor  y  menor;  de  las  mejo- 
res marcas  conocidas;  y  de  todas  clases  y  modelos.  Hechas  y  sobre 
medida.  Conciencias  anchas  y  angostas,  de  madera,  de  cartón-pie- 
dra, de  fierro  con  porcelana  y  de  papel». 

Lo  miré  asombrado;  pero  él  no  titubeó. 

— Las  hai  a  todo  precios — me  agregó  en  voz  baja, 

— Yo^necesitaria  una;  pero  no  mui  angosta. 

— Son  las  mas  cómodas.  Peimitame  que  le  tome  la  medida. 

Durante  un  largo  cuarto  de  hora  el  hombre  me  aplicó  un  compás 


353 

pequeño  en  todo  el  cuerpo,  y  en  seguida  tomaba  notas  sobre  la 
mesa  en  un  papel.  A  ratos  me  sentí  tentado  a  la  risa,  porque  no 
veia  qué  relación  podía  tener,  la  dimensión  tal  o  cual  de  algunos 
de  mis  miembros  con  la  clase  de  conciencia  que  podia  necesitar. 

— Permítame  usted— me  dijo  al  terminar — no  quiero  ser  indis- 
creto; pero  usted  debe  ser  diputado  . .  Necesita  una  conciencia  tan 
desmensuramente  ancha  que  no  fabricamos  de  ese  número. 
— Nó,  señor;  no  soi  diputado. . .  pero  soi  periodista. 
— ¡Oh,  la,  la!  Dá  casi  lo  mismo.  Son  números  mui  altos.   Aqui 
quedaba  una  conciencia  de  sistema  algo  anticuado,  sumamente  an- 
cha y  se  la  llevó  hace  poco  un  Ministro  déla  Corte.  Yo  le  observé 
respetuosamente  que  tanto  valia  no  usarla,  tratándose  de  algo  tan 
ancho;  pero  me  dijo  que  su  puesto  le  obligaba  a  llevar  una  cual- 
quiera, por  holgada  que  le  quedara. 
—¿Se  interesa  alguien  por  las  angostas? 

—Casi  nadie.  Cada  dia  se  venden  menos.  Uno  que  otro  clérigo, 
uno  que  otro  vejestorio,  algún  comerciante  que  pierde  la  cabeza, 
alguien  que  ha  consultado  al  médico  y  le  ha  dicho  éste  que  sufre 
de  arterio -clorosis. 

El  empleado  parecia  hablar  con  gusto;  seguramente  a  causa  de 
su  habitual  silencio  en  una  tienda  tan  solitaria.  Mientras  yo  revi- 
saba algunas  marcas  nuevas  de  conciencias,  me  decia  éste: 

— Hai  jentes  que  jamas,  ni  por  curiosidad  han  venido  aquí  a 
preguntar  los  precios  siquiera  de  nuestro  artículo:  los  corredores 
de  comercio,  por  ejemplo.  En  cambio  los  tutores,  curadores,  repre- 
sentantes de  menores  y  otros  piden  siempre  «la  conciencia  tam- 
bor»... 
—¿Qué  es  eso? 

—Una  especialidad  de  la  casa.  Es  una  conciencia  sonora,  es 
decir,  que  mete  bulla,  que  llama  la  atención.  Con  ella  uno  logra 
fama  de  honrado,  aunque  no  lo  sea.  Antes  que  llegara  este  sistema 
se  usaba  solamente  la  conciencia  de  bolsillo  que,  en  la  misma  for- 
ma que  los  guantes  y  el  pañuelo,  podia  llevarse  consigo  o  dejarse 
en  la  casa.  Este  sistema  era  el  preferido  por  todos. 

—¿Tiene  usted  alguna  conciencia  silenciosa,  que  no  se  sienta  ni 
sienta,  que  palpite,  que  no  remuerda? 
[  — Precisamente  nos  han  llegado  de  Estados  Unidos,  algunas  que 


nosotros  llamamos  con  sordina.  Estas  sirven  mucho  para  jueces, 
comerciantes,  tesoreros  fiscales  y  abogados. 

Me  esplicó  el  dependiente  el  variado  surtido  que  dentro  de  poco 
se  pondría  a  la  venta.  Desde  luego  me  llamó  la  atención,  y  pensé 
que  podría  escribirse  algo  para  la  vida  social,  al  oir  que  llegarían 
algunas  conciencias  para  señoras,  con  diferentes  perfumes  en  el 
interíor. 

—Son  mui  curiosas,  me  agregó.  vSe  les  da  cuerda  como  a  un  re- 
loj, para  seis  u  ocho  dias. . . 

— Pero  supongo  que  las  señoras  las  andarán  llevando  como  sus 
relojes:  jeneralmente  parados. 

—No  lo  crea  usted;  de  esto  se  encargan  los  mandos.  Pueden 
ellos  no  llevar  conciencia,  pero  se  cuidarán  mui  bien  de  darle  cuer- 
da a  la  de  la  mujer. 

—Dígame  usled— pregunté  de  pronto-  me  estraña  no  vtr  los  gu- 
sanos. 

—¿Qué  gusanos? 

— El  gusano  de  la  conciencia: 

De  la  conciencia  el  velador  gusano 
les  roe  inexorante  el  corazón... 

— ¡Ah!  Sí,  sí.  Esas  son  antiguallas.  Hoi  dia  se  suprime  el  gusano 
También  se  ha  dulsificado  mucho  el  papel  de  la  conciencia.  Casi 
podría  decirse  que  ésta  ha  pasado  a  ser  artículo  de pastelelería.  Hoi 
nos  reimos  de  aquello: 

Conciencia  nunca  dormida 
mudo  y  i)ertinaz  tentigo 
que  no  dejan  nin  cantigo 
ningún  crimen  en  la  vida. 

Me  interesé  profundamente  en  el  almacén  espiritual,  y  pregunté 
si  no  seria  posible  desarrollarlo  en  algún  otro  departamento,  como 
por  ejemplo,  la  venta  de  talento  y  de  sentido  común. 

—Se  ha  estudiado  el  ramo — nio  dijo— pero  tiene  muchas  dificul- 
tades. Desde  luego  el  talento  es  imposible  fabricarlo.  Se  han  hecho 
verdaderos  aparatos  de  joyería,  pero  luego  se  descomponen.  Noso- 


^55 

tros  importamos  de  Holanda  dos  talentos  marca  btiena  estrella,'p2X2i 
la  política;  pero  a  los  pocos  años  de  uso  fallaron,  y  los  clientes 
quedaron  en  descubierto.  Asi  puede  desprestijiarse  la  casa.  En 
cuanto  a  los  aparatos  de  sentido  común,  aun  no  he  visto  nada  com- 
pleto. 
Cuando  me  iba  ya  a  retirar  me  dijo: 

—Tenemos  también  im  pequeño  artículo  que  se  llama:  «Laener- 
jia  al  alcance  de  todos»;  yo  la  llamada  mejor  «la  efervescencia  al 

alcance  de  todos»;  porque  consiste  en  una  carga  de  ácido  carbónico 
que  se  aplica  a  las  personas.  Es  necesario,  si,  renovarla  a  menudo. 
Hai  hoi  dia  cinco  diputados  que  vienen  aquí  cada  semana  a  car- 
garse de  gas.  El  otro  dia  se  nos  pasó  la  mano  en  uno,  y  se  destapó 
ruidosamente. 

Aun  oia  hablar  al  dependiente,  cuando  de  nuevo  me  encontré  en 
la  calle.  La  tienda  parecía  haberse  oscurecido  por  completo.  La 
oscuridad  de  la  calle  me  hizo  marchar  a  tropezones.  De  repente 
alguien  me  tomó  del  brazo.  Al  dar  vuelta  la  cara  me  encontré  con 
el  dependiente  que  al  pasarme  una  caja  me  decia: 

—Llévese  usted  esta  conciencia  para  políticos.  Llévela  gratis, 
porque  su  valor  es  tan  insignificante  que  las  estamos  relagando. 


OiUi 


Ho  SEñs  municiPñL 


CARTA  DE  UN  PADRE  A  SU  HIJO 


Mi  queribo  Juax: 

He  recibido  \fx  carta  y  aun  no  vuelvo  de  la  sorpresa  que  ella  me 
ha  producido.  Me  pides,  como  si  nada  me  pidieras,  la  auto- 
rización para  presentar  en  Rancagua  tu  candidatura  a  muni- 
cipal, en  el  puesto  vacante  que  dejó  el  señor  Marín. 

Créeme  que  he  llorado  de  pena,  al  ver  como  se  ha  maleado 
tu  buen  criterio  y  relajado  tu  estricta  conciencia.  Pareces  creer  que 
el  oficio  de  municipal  es  un  oficio  honesto,  y  que  puede  desempe- 
ñar un  hombre  digno  con  la  frente  levantada.  Mira;  este  punto  no 
lo  discutiremos.  Tengo  para  mí  que  es  mas  honroso  ser  en  ésta  tu 
ciudad  natal,  canastero  o  sacristán,  que  allá  miembro  del  Muni- 
cipio. 

Te  diré  que  en  nuestra  familia  tenemos  una  mancha.  Tu  abuelo 
cometió  un  asesinato  y  estuvo  diez  años  en  la  Peniteciaría.  Alguien 
me  dijo^  cuando  tú  naciste,  que  el  aiavismo  era  una  verdadera  lei,  y 
que  debía  temer  fundadamente  que  tú  salieras  con  la  herencia  del 
homicidio.  Inútil  fué  que  yo  te  educara  con  los  escrúpulos  con  que 


35» 

lo  he  hecho,  buscando  una  defensa  contra  esa  mancha  hereditaria. 
¿Pero  qué  he  sacado?  Ya  lo  ves;  la  mania  homicida  ha  brotado  por 
todos  tus  poros:  quieres  ser  municipal;  quieres  tener,  por  consi- 
guiente, en  tus  manos  la  vida  délos  habitantes  de  Rancagua,^'  de- 
jarla abandonada  a  las  continjencias  de  los  conventillos  ruinosos  y 
de  las  cloacas  abiertas. 

Mira,  Juan.  Si  quieres  ser  malo,  sé  falsificador  de  estampillas, 
profanador  de  tumbas  y  escalador  de  conventos;  pero,  por  favor, 
por  la  memoria  de  tu  madre,  por  mi,  por  tí,  no  seas  municipal. 

.  La  familia  está  ya  decaida,  sin  nombre,  sin  prestijio.  ¿A  qué  se- 
guir deshonrándola?  Si  fueras  mujer,  no  te  dejaría,  por  ningún 
motivo,  ser  conductora;  no  te  éstrañes,  pues,  que  siendo  hombre, 
te  impida,  con  enerjia  irresistible,  ser  municipal. 

Si  te  dá  por  los  oficios  humildes,  tienes  a  tu  vista  la  profesión 
de  campanero.  Subirte  a  una  torre,  repicar,  doblar  a  muerto,  ser  un 
verdadero  heraldo  de  las  cosas  tristes  y  de  las  nuevas  alegres,  do- 
minar la  ciudad  entera,  vivir  a  la  altura  en  que  vuelan  los  pájaros; 
en  fin,  ahí  tienes  tú  un  oficio  pobre,  sencillo,  modesto,  pero  que  no 
nos  humillarla.  Tiene,  es  cierto,  la  profesión  de  campanero,  el  in- 
conveniente que  no  se  puede  repicar  y  andar  en  la  procesión;  pero 
¡qué  quieres!  nada  hai  sin  dificultades.  En  cambio,  seguirás  estan- 
do siempre  en  materia  de  fondos  «a  tres  dobles  y  un  repique.»  Tam- 
bién podrías  ser  policial  del  punto,  guardián  del  orden  público, 
firme  sosten  de  la  tranquilidad  de  las  calles.  Es  verdad  que  es  un 
oficio  frió  y  sumamente  propenso  a  catarros;  pero  también  es  hon- 
roso poderse  llamar  a  si  mismo:  colaborador  de  la  paz  social.  Po- 
drías en  este  terreno  de  los  oficios  humildes,  ser  palanquero  de 
ferrocarril,  arreador  de  pavos,  vendedor  de  sustancia  de  aves  o 
faltes. 

Si  te  dá  por  los  oficios  honoríficos,  puedes  fundar  una  sociedad 
cualquiera  y  hacerte  presidente  de  ella.  Seria  escelente  idea  una 
liga  permanente  en  pro  de  los  damnificados  de  Guayaquil,  para 
pasarles  una  pensión  mensual  a  las  viudas  ecuatorianas  o  una  dote 
a  las  jóvenes  solteras  de  buena  cara,  que  están  dudosas  entre  ca- 
sarse o  abrazar  el  estado  relijioso. 

Si  te  da  por  los  oficios  audaces,  puedes  hacerte  diputado,  inven- 
tor, andarín.. .  o  tenor  Sotorra.  Si  eres  lo  último,  aborda  el  O  para^ 


359 

dito  sin  temor  alguno,  que  lo  mas  que  puede  pasar  es  que  el  públi 
co  se  tape  les  oídos. 

En  fin,  busca,  elije,  adopta  cualquier  oficio,  menos  el  de  muni- 
cipal. Sé  bailarina,  si  quieres;  pero  no  seas  edil. 

No  es  menester  que  pura  hacer  fortuna  e&plotes  un  sillón  muni- 
cipal; puedes  esplotar  una  viuda  rica,  con  mas  éxito  y  menos  des- 
honra. 

No  sabes  cuánto  me  ha  aflijido  la  idea  de  que  tú  quieres  ocupar 
d  puesto  vacante  que  hai  en  el  municipio  de  Rancagua.  Este  es  un 
mal  de  familia:  tu  hermanita  quiso  ser  a  todo  trance  cantinera  del 
Buin;  tu  hermano  mayor  queria  ser  tesorero  fiscal;  y  tu  tío  Ramón, 
taquero,  o,  mejor  dicho,  limpiador  de  acequias.  No  sigas  tú  ese  ca- 
mino errado  y  pernicioso,  Juan  mió;  y,  si  algún  mal  consejero  te 
sopla  tales  picardías,  y  tu  espíritu  desfallece,  y  vas  a  las  urnas,  y 
los  ciudadanos  te  elijen;  entonces,  o  dejas  de  llamarte  como  te  lla- 
mas, o  te  olvidas  de  este  viejo  que  te  dio  el  sc'r^  sin  sospechar  que 
te  iba  a  dar  el  ser  municipal. 

Vente  a  Linares,  donde  se  respira  buen  aire,  se  l^ebe  leche  pura 
y  no  hai  microbios.  Esa  ciudad  de  Rancagua  es  un  charco  donde  no 
se  puede  vivir. 

Te  guardaré  secreto  de  lo  que  has  querido  hacer,  para  que  las 
¡entes  honradas  de  aquí  no  comiencen  a  mirarte  en  menos. 

Debo,  sí,  advertirte  que  no  publiques  esta  carta,  porque,  como 
me  he  espresado  algo  mal  de  ese  municipio,  es  capaz  de  tomar  al- 
guna medida  en  contra  mía,  como  hacerme  pagar  patente  de  vehí- 
culo con  cuatro  caballos,  por  salir  a  la  calle.  Tu  afectísimo  padre. 


A    A    A    Á.    A    Á.    Á. 


▲    A    ▲    ▲    A 


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T    T    T 


T     T    ▼ 


T  r  ^ 


RELIQUIñS... 


DB  cuando  en  cuando  la  crónica  de  los  diarios  anuncia  el  descu- 
brimiento, casi  arqueolójico,  de  algún  veterano  que  le  ensi' 
liaba  el  caballo  al  jeneral  San  Martin  y  se  encontró  en  Can' 
cha  Rayada  y  en  Rancagua.  El  veterano  pasa,  naturalmente 
de  cien  años  de  edad  y  se  acuerda,  como  si  fuera  ayer,  de  los 
gloriosos  hechos  de  armas  de  la  independencia  nacional,  que  mira- 
mos ya  como  pajinas  históricas  consagradas  por  un  siglo. 

Pues  bien,  es  necesario  que  nuestros  lectores  no  crean  absoluta- 
mente en  esas  reliquias  históricas.  Los  veteranos  de  cien  años  para 
arriba,  no  tienen  de  soldados  sino  los  sucios  pantalones  azules 
con  rodilleras  y  manchas  antiquísimas.  Andan  con  los  pies  juntos, 
se  mué  ven  temblorosos  como  si  fueran  jelatinas  ambulantes,  no 
ven  ni  conocen  a  nadie,  abren  la  boca  como  espantandos  de  la  luz, 
del  ruido,  del  movimiento  y  se  marean  con  aquel  torbellino  que' 
se  desenvuelve  en  tomo  suyo  sin  respeto  ninguno  a  la  reliquia 
Un  diario  de  hoi  se  refiere  a  un  anciano  Narváez  que  ha  llega- 
do a  Valparaíso,  de  no  sabemos  dónde.  Tiene  105  años,  yes  seguro 
que  también  le  ofreció  un  cigarrillo  de  hoja  al  jeneral  O'Higgins  y 
conversó  una  vez  con  Freiré  y  le  dio  otra  vez  la  mano  a  Búlnes. 
En  ñn,  se  trata  de  otra  reliquia  histórica. 
El  viejito  se  mueve  por  las  calles  de  Valparaíso,  con  su  figura  de 


362 

chincol  entumecido,  tratando  de  despertar  sas  recuerdos  y  evocar 
algo  que  siente  cerca  de  su  corazón  apagado  ya.  Ha  tenido  una 
mujer  y  una  hija;  viven  allí  mirando  ese  mismo  mar  que  él  divisa, 
cerca  de  esos  mismos  cerros  que  tienen  al  alcance  de  su  mano; 
pero  ¿en  qué  calle? 

A  Narváez  debe  pasarle  algo  de  lo  que  le  ocurre  al  enfermo  que 
quiere  hablar  pero  que  siente  apagársele  la  voz  en  la  garganta,  y 
se  contenta  con  lanzar  un  suspiro.  Kl  espera  que  el  recuerdo  bata 
sus  largas  alas  de  seda  y  se  acerque.  Cree  ya  que  posa  la  tibia  ves- 
tidura al  lado  de  su  p>echo,  se  lleva  la  mano  al  corazón,  pone  el  oido 
atento  al  ruido  que  lo  cerca...  pero  nada,  absolutamente  nada. 
Todo  ha  muerto,  todo  ha  pasado.  £1  está  sobreviviendo  a  su  cora- 
zón, sobreviviendo  a  su  cabeza,  sobreviviendo  a  su  espíritu. . . 

Por  eso  le  llaman  el  sobreinviente.  Es  algo  asi  como  un  buque  que 
ha  desarbolado  la  tempestad  y  ha  deshabitado  la  muerte  y  se  aleja 
brincando,  de  ola  en  ola,  sin  mas  rumbo  que  el  azar. 

Hace  mas  de  tres  años,  estuvieron  de  moda  los  veteranos  de  la 
independencia,  los  sobrevivientes  de  Chacabuco  y  Maipo.  Salieron 
muchos  de  sus  modestas  casitas,  vestidos  dentro  de  los  informes 
casacones  de  otra  épc»ca.  Mr.  Spencer  los  enfocó  un  dia  y  nos  dio 
un  abanico  de  rostros  arrugados,  miradas  opacas,  de  un  color  de 
tierra  amarillenta  y  plomiza.  Los  cronistas  se  pusieron  literatos 
todos,  entintaron  sus  plumas  nuevas  en  la  mejor  tinta  del  mercado, 
y  liablaron  con  absoluto  candor  de  las  reliquias  sagradas,  de  esos 
lazos  de  unión  entre  cuatro  jeneraciones,  de  esos  narradores  verba- 
les de  la  epopeya  de  1810. 

La  curiosidad  nos  arrastró,  y  una  linda  mañana  pasábamos  el 
puente  de  la  Recoleta,  y  nos  presentábamos  al  pequeño  hogar  de 
uno  de  ellos.  Estaba  sentado  al  sol  frente  a  un  jardincito  con 
pelargonias  y  verbenas,  en  un  sillón  de  cuero,  los  pies  envueltos 
en  un  pañuelo  de  mujer,  y  metida  la  colilla  de  un  cigarro  tras  de 
la  oreja.  Parecia  una  perdiz  disecada  con  naftalina  y  puesta  al  sol 
para  que  se  murieran  las  polillas. 

Nos  acercamos  con  veneración  sagrada. 

— ¿Hablamos  con    un  sobreviviente  de  la  epopeya  de  1810? 
Por  los  ojillos  de  pájaro  del  veterano  no   pasó  nada.  Nos  miró 


363 

con  cnríosidad,  e  hizo  un  movimiento  de  narices  parecido  al  del 
conejo  cuando  huele  una  ramita  de  alfalfa. 

— ¿Podria  contarnos  usted  la  carga  de  O'Higgins  en  Chacabuco. 
los  sentimientos  patrióticos  que  animaban  su  pecho,  el  júbilo  de  la 
victoria,  el  entusiasmo  de  los  soldados? 

El  veterano  nos  volvió  a  mirar,  ajitó  de  nuevo  su  nariz  y  dijo, 
moviendo  la  cabeza: 

— Sí;  sí,  O'Higgins  era  godo. 

Quedamos  estupefactos.  La  reliquia  histórica  descendió  en  nues- 
tro concepto  hasta  parecer  un  pajarraco  momificado,  indigno  de 
seguir  viviendo  para  decir  atrocidades  tales. 

Cuando  un  hombre,  por  mui  reliquia  que  sea,  llega  a  un  estado 
tal,  debe  ser  retirado  compasivamente  de  la  circulación,  y  alberga- 
do en  un  asilo.  Las  reliquias  se  encierran  en  un  estuche;  no  se 
deja  que  les  caiga  la  lluvia  encuna,  ni  las  hiera  el  sol. 

La  relación  de  la  vagancia  de  ese  pobre  Narváez  nos  ha  llegado 
al  fondo  del  alma.  Ese  hombre  ni  es  reliquia,  ni  es  lazo  que  une 
jeneraciones,  ni  siquiera  es  persona.  Montón  de  huesos  que  toda- 
vía no  caen  desarmados  al  suelo;  organismo  cuya  desgregacion  ha 
retardado  la  vitalidad  asombrosa  de  los  soldados  de  antaño;  cadá- 
ver que  se  cree  todavía  pertenecer  al  gremio  de  los  vivos. 

Si  los  asilos  para  ancianos  no  sirven  para  retirar  de  la  interperie 
esos  despojos  respetables  por  mas  de  un  titulo,  para  nada  sirven. 


S3^  gJ^ 


^^^^^       ^^^^^       ^k^^^     ^kálk^     ^kíÉ^^     ^^lÉ^^     ^klt^^      ^hlÉ^^ 


no  uERñneo 


en  uiniE 


NO  veraneo.  Como  hombre  de  principios  fijos,  inamovibles  y 
sujetos  ya  a  larga  esperiencia,  declaro  que  no  veraneo. 
Recibí  una  prolija  lección  objetiva  de  lo  que  es  un  vera- 
neo a  pleno  campo.  Prefiero,  por  cierto,  desde  entonces,  un 
veraneo  a  pleno  infierno. 
Mi  amigo  Antonio  Puentes  decidió  llevarme  el  año  pasado  a  su 
fundo  JS¿  Atolladero,  distante  pocas  leguas — así  decia  él — de  una  es- 
tación de  ferrocarril.  Inútil  fué  que  le  demostrara  que  la  época  en 
que  Santiago  se  muestra  menos  aborrecible,  es  de  enero  a  marzo. 
Las  legumbres  bajan,  y  un  atado  de  espárragos  llega  a  valer 
menos  que  una  pina  al  jugo.  Bajan  también  las  aves  y  cuesta  me- 
nos un  pollo  qne  una  langosta  de  Juan  Fernandez.  Desaparecen 
de  Santiago  los  diputados,  los  acreedores,  los  jueces  >  los  aboga- 
dos. Kn  fin,  es  casi  un  crimen  emigrar  de  una  ciudad  durante  los 
dos  meses  en  que  se  hace  habitable,  hijiénica  y  hasta  simpática. 

Pero  ¡qué  hermoso  cuadro  me  trazó  Fuentes  con  su  tropical  ima- 
jinacion  de  miembro  del  Ateneo  y  dueño  de  ciento  cuarenta  vacas 
de  apellido  Durham! 


366 

— ^Vén— me  decia — te  levantarás  apenas  asome  el  sol  sobre  las 
crestas  del  arrayan.  Nos  bañaremos  en  un  recodo  del  estero,  fresco 
y  cristalino.  Beberetíios  uña  leche  gorda  como  crema,  blanca  como 
nieve,  fresca  y  suave  como  miel.  Iremos  a  la  quebrada  de  los  Bol- 
dos  a  buscar  heléchos,  a  cazar  perdices,  a  gozar  de  la  mas  encan- 
tadora vista  del  mundo.  Almorzaremos  las  mas  ricas  cazuelas,  los 
bisteques  mas  blandos,  los  corderos  mas  gordos,  las  lechugas  mas 
tiernas,  las  longanizas  mas  picantes,  las  empanadas  mas  jugosas  y 
las  malayas  mas  zazonadas.  Dormiremos  la  siesta  bajo  el  sauce 
llorón.  Pasaremos  el  dia  leyendo  versos  de  Musset  bajo  los  na- 
ranjos en  ñor.  Al  llegar  la  tarde  oiremos  a  caballo  el  canto  de  los 
pidenes  y  ese  silencioso  recojimiento  de  la  oración.  Comeremos 
temprano.  Mi  mujer  te  tocará  en  el  piano,  un  rico  Steinway,  la  «So- 
nata pasionata»  que  es  tu  delirio. .  .y  nos  dormiremos  en  el  mas 
suave  de  los  sueños. 

Cautivado,  como  los  navegantes  con  el  canto  de  la  sirena,  touié 
un  dia  el  tren  y  llegué  a  El  Atolladero, 

i»    i»    i« 

Eran  las  ocho  cuando  un  pitazo  del  tren  anunció  el  fin  de  mi 
viaje, — Mi  break  te  espera,  me  habia  dicho  Fuentes.  No  tienes  sino 
que  llamar.  Gritas  jMarcelino!  y  tendrás  un  fornido  mozo  a  tus 
órdenes 

Único  pasajero,  bajé  del  tren,  cargado  con  dos  maletas,  un  rollo 
con  bastón  y- paraguas,  y  un  cesto  de  mimbres  con  algunos  obse- 
quios a  la  esposa  de  Fuentes,  y  esperé  que  el  convoi  partiera  para 
gritar  conforme  a  las  instrucciones,  el  nombre  del  leal  servidor. 

Mis  clamores  se  perdieron  en  la  silenciosa  y  profunda  oscuri- 
dad de  la  estación.  £1  ahuUido  cercano  de  un  perro,  fué  la  única 
réplica  que  pude  percibir. 

— ¡Marcelino! — volví  a  gritar. 

Nuevo  silencio,  nuevos  ladridos,  luego  larga  y  prolongada  in- 
certidumbre.  Ni  una  luz  en  el  vasto  cercado  de  la  estación;  ni  un 
palanquero  dormido  sobre  los  vagones  que  apenas  alcanzaba  a  co- 
lumbrar a  lo  lejos;  ni  siquiera  uno  de  esos  farolillos  rojos  o  verdes 
que  anuncian  la  proximidad  de  un  cambiador. 


367 

Fuera  de  la  diferencia  de  donnir  en  tina  cama  blanda  y  tibia  a 
pernoctar  bajo  ese  galpón  abierto  a  todos  los  vientos,  la  cosa  no 
habría  sido  grave,  a  no  ser  porque  los  ladridos  del  perro  se  iban 
acercando  con  insistente  gradación.  Nuevos  gritos  a  Marcelino, 
con  el  mismo  desesperado  resultado.  Esta  vez  el  perro  avanzó  co- 
rriendo y  sin  dqar  de  ladrar.  A  tientas  encontré  un  banco  donde 
me  trepé  ájilmente  sin  soltar  el  rollo  del  bastón,  paraguas  y  otros 
útiles,  y  me  apronté  a  una  larga  y  silenciosa  lucha  con  los  elemen- 
tos: la  fatalidad  y  el  perro.  ¿Qué  podia  haber  ocurrido  para  segar 
al  nacer  las  hermosos  esperanzas  que  Fuentes  me  haí)ia  hecho  abri- 
gar sobre  su  hospitalidad?  ¿Marcelino  habria  sido  asesinado  en  el 
camino  por  algunos  forajidos? 

Entretanto,  el  perro  se  acercaba,  deseando  seguramente  entrar 
conmigo  en  un  desigual  combate.  Era  un  enorme  dogo  de  Ulm, 
absolutamente  fuera  de  sí.  Habria  sido  inútil  hacerlo  escojer  un  te- 
rreno conveniente  para  ambos.  Su  actitud  resuelta  no  admitia  lugar 
a  dudas.  Como  diera  dos  o  tres  saltos  para  trepar  al  banco,  me  vi 
obligado  a  repelerlo  con  mi  bastón;  con  lo  cual  las  hostilidades 
quedaron  declaradas. 

Pero  de  pronto  se  operó  en  el  dogo  una  favorable  evolución. 
Husmeó  en  tomo  de  mis  mí^letas  y  con  ttn  buen  criterio,  de  que 
no  lo  hubiera  creido  capaz,  elijió  la  canasta  para  hacer  en  ella  un 
examen  de  vista  de  Aduana. 

Con  el  mas  profundo  dolor  adiviné  que  el  perro  escojia  para  co- 
menzar su  cena,  una  hermosa  longaniza  que  iba  a  ofrecer  en  ren- 
dido homenaje  a  la  señora  de  mi  amigo.  Crujieron  sus  dientes  y 
llegó  hasta  mis  narices  el  picante  olor  de  salchicha. 

Inútil  habria  sido  disputar  con  el  perrazo  lo  que  quedaba  en  el 
canasto.  Entregárselo  a  su  avidez  era  pagar  una  prima  de  seguro 
sobre  vida  Pero  como  el  hambre  apretaba  también  para  mí  y  tenia 
la  risueña  espectativa  de  una  noche  en  ayunas  y  en  vela,  resolví 
retirar  del  canasto  algunos  víveres  con  toda  la  diplomacia  posible. 

,  Avancé  mi  bastón:  rujido  sordo.  Engarfié  la  oreja  del  canasto  y 
lo  atraje  hacia  mi:  salto  furioso  del  mastín,  y  colocación  estratéjica 
entre  el  cesto  y  el  banco. 

Todo  era  inútil.  Resolví  esperar  qtie  la  salchicha  hiciera  su  efecto 


368 

sobre  el  organismo  del  animal,  para  salir  de  mi  sitio  cuando  la  di- 
jestion  lo  llamara  a  mas  benévola  actitud. 

Terminada  la  suculenta  parte,  el  dogo  de  Ulm,  introdujo  su  hoci- 
co en  otros  paquetes,  y  a  juzgar  por  el  ruido  de  huesos  quebrados 
y  la  agradable  fragancia  despedida,  fueron  cuatro  perdices  en  esca- 
beche las  que  tomaron  el  tumo. 

Un  momento  después  el  insaciable  can  estraiaunjamon,  un  ver- 
dadero jamón  de  Valdivia.  Pero  dudando  de  tener  tranquilidad 
suficiente  para  acabarlo  en  paz,  lo  arrastró  hacia  si  y  se  sumió  en 
la  laboriosa  tarea,  mascando  suavemente  la  grasa  azucarada  y  plan- 
chada. Aproveché  ese  momento  para  intentar  bajar  a  tierra:  pero 
un  oportuno  rujido  me  contuvo. 

Lancé  un  nuevo  grito  a  Marcelino,  y  la  nada,  el  vacio,  la  oscu- 
ridaJ  por  todas  partes,  me  respondieron.  Entretanto  las  horas  vo- 
laban y  a  la  luz  de  un  fósforo  vi  en  el  reloj  las  once  de  la  noche. 
Tres  horas  mortales  hablan  pasado. 

El  perro  entietanto  parecia  satisfecho,  se  acercó  a  mi  maleta,  a 
mi  gran  maleta,  husmeó  y  luego  ¡horror!  quiero  ahorrarme  la 
angustia  de  repetirlo  y  a  mis  lectores  el  bochorno  de  oirlo. 

Resolví  salir  de  la  inacción;  salté  a  tierra  y  ajité  el  bastón.  Hl 
dogo  era  práctico,  demasiado  práctico,  porque  sin  siquiera  un  la- 
drido desapareció  a  escape  y  se  perdió  en  las  sombras. 

Me  lancé  entonces  a  dar  desesperados  golpes  sobre  todas  las 
puertas  de  la  estación. 

— Esto  es  una  vergüenza — gritaba— esto  es  an  salvajismoe  yo 
tengo  derecho  al  sueño.  Yo  necesito  un  hombre  Esta  estacicm 
está  a  cargo  de  perros.  Yo  se  lo  contaré  todo  a  Darío  Zañarto. 
Infames!  ;  Dormilones! 

Una  puerta  se  abrió.  Una  plácida  cara  de  jefe  de  estación  con 
sueño,  apareció  alumbrado  débilmente  por  una  linterna. 

— ¿Quien  grita? 

—¿Qué  quién  grita?  Un  ser  humano  tratado  como  presidiario 
Un  hombre  que  se  ha  depositado  en  una  estación  como  un  fardo 
de  pasto.  Una  victima  de  la  pereza  de  los  jefes  de  estación  y  del 
hambre  de  los  perros.  ¿Quién  me  devuelve  ahora  mi  sceeño  per- 
dido, mi  comunicación  con  seres  civilizados,  mis  salchichas,  mi 
perdices,  mi  maleta.^ 


3^ 

^¿Salchichas,  gerros,  perdices?— balbuceaba  espantado  el  hom- 
bre—Pero qué  diablos  tiene  usted?  ¿Quiere  usted  dejarme  en  paz? 
No  hubo  un  instante  de  vacilación.   Me  lancé  sobre  el  hombre. 

—O  rae  atiende  usted  como  a  una  persona—le  gritaba— o  le  es- 
trangulo como  a  un  gusano. 

El  jefe  entró  en  esplicaciones.  El  despachó  el  tren  de  ocho;  pero 
no  vio  pasajero  alguno.  Como  no  pasaba  otro  tren  hasta  la  media 
noche,  habia  aprovechado  para  dormir,  dejando  arreglado  su  des- 
pertador para  no  atrasarse.  Sentia  de  cuando  en  cuando  cierto 
grito  que  parecía  decir  ¡Marcelino!  pero  como  él  se  llamaba  Andresi 
no  le  dio  mayor  importancia  al  incidente. 

Se  ponia,  por  otra  parte,  incondicionalmente  a  mis  órdenes.  El 
break  de  Antonio  Fuentes  no  habia  estado  en  la  estación.  Segura- 
mente un  olvido,  la  pérdida  de  la  correspondencia  . .  Podía  darme 
un  guia  para  que  memovilazara  a  pié.  Dos  leguas  de  buen  camino 
podían  salvarse  fácilmente. 

Veinte  minutos  mas  tarde  me  ponia  en  marcha  precedido  del 
compañero  sumamente  esperto  en  las  cavernosas  oscuridades  que 
se  estendian  delante  de  mi. 

—Las  casas  están  cercarme  decia  para  consuelo.  Hai  que  andar 
fírme  dos  legñitas. 

Y  andábamos  a  largos  pasos,  llevando  él  delante  mis  dos  male- 
letas,  siguiéndolo  yo  cuatro  o  cinco  pasos  mas  atrás,  sin  ver  ni 
mis  propias  manos,  tal  era  la  profunda  negrura  de  esa  boca  de 
lobo. 

El  hombre  me  iba  contando  una  eterna  historia  de  cierto  salteo 
ocurrido  en  El  Atolladero,  Oia  atentamente  las  largas  peripecias  de 
la  narración,  cuando  de  pronto  su  vot  pareció  alejarse.  Como  de 
detras  de  un  grueso  muro  salían  sus  palabras,  esta  vez  mui  angus- 
tiosas: 

— Cuidado,  cuidado,  que  es  mui  hondo! 

No  tuve  tiempo  de  dar  un  paso:  Caí  sobre  una  cosa  blanda,  mo- 
vible y  entendí  por  los  gritos  que  era  mi  guia  que  en  ese  instante 
me  servia  de  colchón  en  el  fondo  de  un  pozo. 

— (Estamos  lucidos!  dijo  mi  acompañante.  Hai  que  aguardar 
el  alba. 


370 

Y  allí  me  quedé  samidi  a  cnatro  metros  bcgo  tierra,  cuerpo^a 
cueipo  con  mi  suerte  y  con  mi  guia,  maldiciendo  de  Marcelino,  del 
break,  del  campo,  del  veraneo,  del  dogo  de  ülm  y  de  Antonio  Fuen- 
tes, el  embustero,  el  truhán  que  me  habló  de  su  Atolladero  como  de 
un  Edén. 

un  compnnERo  oinni 

Con  las  primeras  luces  dd  alb^,  sentimos,  después  de  un  largo 
diálogo  de  gallos  que  duró  como  dos  horas,  el  canturreo  Iqano  de 
un  hombre  y  los  chillidos  de  una  carreta  que  seguramente  avan- 
zaba lentamente  hacia  nosotros. 

Era  tiempo  ya  de  salir  de  ese  hoyo  infecto  donde  todos  los  olo- 
res tenían  su  sitio  respectivo.  A  nuestros  gritos  desolados  el 
hombre  detuvo  su  carreta,  se  acercó  cautelosamente  al  pozo,  en- 
cendió luz  y  reconociendo  en  el  guia  a  un  antiguo  amigo  suyo, 
volvió  de  prisa  por  un  cordel.  Por  fin,  después  de  mucho  esfuerzo 
fui  estraido,  y  ayudé  poderosamente  al  salvamento  del  acompañan- 
te, que  no  quiso  soltar  las  maletas.  ¡En  qué  estado  las  vi  Dios 
mió! 

Pensé  volver  a  la  estación  por  el  mismo  camino  quehabia  hecho» 
para  no  presentarme  forrado  en  esa  inmunda  paja  y  en  ese  barro 
mal  oliente,  a  la  casa  de  mi  amigo.  Pero  resolví  después  ser  un 
acusador  mudo  de  su  desidia,  de  su  olvido,  de  su  falta  de  conside- 
ración. Y  emprendimos  la  marcha.  Acosados  por  los  perros  de  los 
inquilinos,  seguidos  por  sus  gansos  y  hasta  acometidos  por  un  gran 
chivato  overo,  llegamos  a  la  casa  de  Fuentes.  ¡Qué  gritos,  qué  es- 
clamaciones,  qué  jes  tos!  La  carta  no  habia  llegado;  y  para  consuelo 
la  señora  decia  en  medio  de  esclamaciones  regalonas: 

— ¡Si  aquí  no  llega  nunca  una  carta! 

Fui  empujado  hasta  una  pieza  donde  me  desvestí  mas  muerto 
que  vivo.  El  agua  en  que  tuve  que  lavarme  era  poco  mas  clara  que 
el  barro  que  me  envolvia. 

— Agua  de  campo,  hijo,  me  decia  alegremente  mi  amigo. — Al  to- 
mar un  sucio  paño  de  manos  para  enjugarme  la  cara: — ¡Cosas  de 
campo!  Al  alarganue  una  vieja  levita  que  me  hizo  ponerme  mien- 
tras se  secaban  mis  trajes: — ¡Ropa  de  canipol 


371 

La  mañana  pasó  rápidamente.  £1  cuento  de  mi  llegada,  mi  no- 
mérica  lucha  con  el  perro,  el  viaje  al  través  de  las  sombras,  mi  esta- 
día en  el  fondo  del  pozo,  todo  esto  regocijó  a  la  familia  Fuentes 
hasta  la  hora  de  almuerzo. 

Desde  el  corredor  donde  estábamos  reunidos,  sentia  yo  los  gritos 
de  la  gallina  destinada  a  la  cazuela,  que  era  perseguida  a  piedra  y 
garrote  a  lo  largo  del  huerto. 

—¡Cómo  estará  de  blando  el  animálito!  pensaba,  cuando  lo  van  a 
matar  un  cuarto  de  hora  antes  de  sei  virio. 

Cuando  llegó  el  momento  solemne  y  rodeado  de  la  prole  áe 
Fuentes,  entré  al  comedor,  una  pieza  baja,  algo  oscura,  en  que  zum- 
baba un  enjambre  de  moscas,  y  en  que  daba  vueltas  lentamente  uno 
de  esos  viejos  negros  abanicos  hechos  para  espantarlas;  pero  que 
no  las  espantan. 

—[Almuerzo  de  campo!  me  decia  jovialmente  mi  amigo.  Y  yo 
temblaba,  no  por  el  almuerzo,  sino  por  lo  de  campo. 

Se  sirvió  la  cazuela.  Un  gran  plato  lleno  de  un  caldo  en  que  flo- 
taban todos  los  vejetales  conocíaos,  y  algunos  no  rejistrados  toda- 
via;  un  choclo  de  dimensiones  estraordinarias,  y  un  ají  entero  abier- 
to en  varias  partes,  para  que  su  sustancia  penetrara  en  el  caldo  y 
el  caldo  en  él.  Habia  ademas  granos  de  pimienta,  hojas  de  perejil, 
trocitcs  de  cebolla,  torrejas  de  zanahorias  y  también  arroz  papas  y 
tomates.  Me  olvidaba  decir  que  ademas  divisé  dos  moscas  y  hasta 
lili  pequeño  cucarachito  que  no  se  sentia  bien  en  el  hirvi ente  caldo. 

Cada  cucharada  de  esa  infusión  me  parecía  plomo  derretido.  El 
ají  me  ahogaba.  Gruesas  lágrimas  saltaban  de  mis  ojos.  Dejé  a  un 
lado  un  grano  de  pimienta  creyéndolo  un  insecto  y  me  tragué  el 
pequeño  caleóptero  tomándolo  por  pimienta. 

—¡Animo!  me  gritaba  Fuentes.  ¡Cazuela  de  campo! 

De  pronto,  uno  de  los  niños,, con  la  cara  embarrada,  que  pugna- 
ba denodadamente  por  clavar  su  choclo^  lo  hizo  saltar  disparado 
hasta  mi  plato.  El  tenedoi  maternal  de  la  señora  entró  en  mi  caldo 
como  si  fuera  d  suyo  y  pescó  el  prófugo  pedazo.  En  cambio  el  ni- 
ño dijo  lleno  de  jentileza: 

—No  me  lo  como,  porque  se  cayó  en  el  plato  de  ese  caballero. 

—¡Niños  de  campol  me  dijo  Fuentes,  sonriendo    paternalmente. 


373 

Se  sirvió  después  sobre  una  fuente  una  verdadera  pieza  de  mu- 
seo. Era  un  gran  cráneo  perforado  en  distintas  partes.  Cabeza  de 

ternera  según  supe 

— Papá — gritó  uno  de  los  chicos — ¿ésta  es  la  ternera  que  murió 
ayer  de  fiebre? 

—No  te  asustes — ^me  dijo  Puentes — realmente  murió  ayer,  ptrro 
no  de  fiebre,  ni  de  picada.  Es  inofensiva 

— Talvez  era  tuberculosa,  interrumpió  la  señora. 

— Pero  no  tengas  miedo  decia  Fuente,  ¡es  carne  de  campo! 

— Sírvanle  un  ojo,  recomendó  alguien. 

— Y  la  lengua,  agregó  otro. 

— Los  sesos  que  son  tan  buenos. 

— Los  hocicos  que  son  mejores. 

Era  una  escena  de  antropófagos.  Pero  hube  de  comer  bajo  li  mi- 
rada fiscalizadora  de  la  familia.  Uno  de  los  chicos,  Julito,  m#  dgo 
caer  un  ojo  de  ternera  sobre  mi  plato,  agregando  con  un  gtidoso 
jesto: 

— Tengo  las  manos  limpias.  No  crea! 

La  cabeza  fué  primero  aserruchada  en  la  mesa,  golpeada  en  se- 
guida con  un  martillo  y  después  operada  con  una  maestría  de  ci- 
rujano. A  cada  instante  una  nueva  pregunta: 

— ¿Quiere  otro  pedazo  de  labio?  ¿Por  qué  no  se  sirVi  este  otro 
bocado  de  nariz? 

Por  fin  acabó  el  suplicio  de  la  cabeza,  y  una  nueva  lliente  entró. 
Eran  fréjoles.  Después  otra  con  picarones  y  otra  con  bisteques  su- 
culentos, por  último  una  torta  en  que  habian  entrado  300  huevos, 
unas  sandias  descomunales,  espolvoreadas  con  haHfta  tostada;  té 
en  seguida  y  biscochuelo  hecho  en  la  casa  y  manjar  blanco  del  mb- 
mo  oríjen. 

Salimos  cerca  de  las  tres  de  la  tarde  al  viejo  pafi'on  de  un  huer- 
to pintoresco.  Alegre  sitio;  ¡pero  qué  lleno  de  peligros!  Cada  paso 
mió  era  acompañado  alternativamente  por  Puentes  o  por  su  mujer, 
con  estas  o  parecidas  frases: 

— jTen  cuidado  con  esos  tábanos!  Hacen  unál  ronchas  mui  en- 
conosas. 

— No  ande  por  el  pasto  Jaramillo.  A  esta  hOfa  hai  muchas  cule- 
bras y  se  suben  por  las  piernas. 


— No  te  espaate  ese  abejorro,  t^érbaro,  porque  es  mucho  peor. 

— No  vaya  a  tocar  esa  yerba  Jaramiüo  porque  engranuja  las 
manos. 

— Alerta  c<»[  esos  castaños,  pofque  ahí  está  el  colmenar;  y  hai 
que  acercarse  con  máscaras. 

— ¡Uf!  No  pises  ahí. 

— ;  Ai!  no  pises  acá. 

Pero  ya  habia  |Msado.  ¡Horror!  [Cosas  de  campo. 

— Qué  agradable  el  aire  ¿eh? — pregunta  Fuentes! 

— Muí  agradable. 

— ¡Qué  melancólica  esta  hora!-<-dice  la  señora. 

— Muí  melancólica. 

— ¡Qué  aroma  tan  suave! 

— Muí  suave— contesto,  mirándome  desolado  los  zapatos. 

La  tarde  pasó  larga  y  aburrid^  Un  piño  de  ovejas  lo  oscureció 
todo  de  tierra,  y  la  melancolía  y  f¡L  aroma  se  cambiaron  en  estor- 
nudos. 

Poco  antes  de  llamársenos  a  oonier,  apareció  un  invitado.  Un 
hombre  gordo,  colorado,  con  un  pjo  y  dos  narices:  es  decir,  con  un 
ojo  aprovechable  y  una  nariz. 

partida  pqf  gala  en  dos 

como  dijo  el  poeta,  comparando  con  un  rubí  los  labios  de  una 
dama. 

Este  señor  se  llamaba  don  IJtrmóienes,  era  alcalde  de  [la  muni- 
cipalidad y  gran  ájente  electoral,  que  venia  a  conferenciar  con  Fuen- 
tes y  a  pasar  una  noche  bajo  su  techo. 

El  hombre  se  colocó  la  servilleta  amarrada  al  rededor  del  cuelgo, 
como  para  afeitarse,  se  arremangó  como  para  boxear,  y  comenzó 
la  para  él  importantísima  tarefi  de  comer.  Lo  hizo  como  un  rinoce- 
ronte, y  bebió  como  una  tierrn  jamas  regada.  Tomando  una  pechu- 
ga de  gallina  a  dos  manos  y  optre  las  furiosas  acometidas  que  le 
daba,  decia  horrores  contra  el  gobernador,  y  contra  un  don  Mauro 
que  no  supe  nunca  quién  er^. 

Por  fin  llegó  la  hora  de  dqrmir.  Todos  estaban  molidos  y  se  fue- 
ron pronto  a  sus  piezas.  Me  tocó  hacerlo  en  compañía  de  don  Her- 
mójenes. 


374 

Cuando  comenzábamos  a  desvestimos  y  mi  compañero  me  ex- 
plicaba prolijamente  cómo  don  Mattro  le  habia  robado  cinco  cua- 
dras de  tierras  a  un  don  José  Maria,  de  la  localidad,  yel  goberna- 
dor no  habia  pagado  unas  deudas  de  juego  a  no  sé  quién,  entró 
Fuentes  con  dos  fusiles  al  hombro. 

Mi  emoción  habría  sido  intensa,  si  no  fuera  por  sus  inmediatas 
esplicaciones: 

—Es  una  precaución  conveniente,  me  dijo. — No  te  diré  que  aquí 
salteen  seguido;  pero  puede  suceder  . . 

Salido  Puentes  prosiguió  la  historia  de  las  cuadras.  De  pronto 
el  narrador  se  iniemimpió  dirijiéndose  decididamente  hacia  el  la- 
vatorio. Ajitó  el  jarro  cómo  para  apreciar  su.  contenido,  asomó  su 
ojo  al  interior,  y  levantándolo  después  con  aire  triunfal  esclamó: 

— ¡Qué  linda  ponchera  compañero  de  mi  alma!  De  aquí  sale  mas 
de  un  litro.  Y  salió  disparado  dejándome  en  la  estupefacción  mas 
completa. 

Un  momento  después,  y  mientras  hacia  esfuerzos  para  dormir- 
me, pude  oir  un  diálogo  en  que  se  alternaban  voces  de  hombre  3' 
de  mujer. 

— No  te  apures  tanto  hombre,  decia  la  voz  del  alcalde,  si  he  ve- 
nido a  buscar  una  botellita  de  pisco  y  dos  de  vino  blanco  para  ha- 
cerme un  ponchecito  de  verano. 

— Si  no  me  apuro  por  eso. .  Tú  bien  sabes.  Pero  es  que  no  tolero 
que  vengas  aquí  con  pellizcos  a  mis  sirvientes. . . 

— Pero  tú  vez  Antonio,  interrumpió  la  señora,  que  a  este  hombre 
hai  que  vijilarlo  a  toda  hora.  Si  no  hubiera  estado  allí... 

—Bueno,  ya  no  habrá  mas  historias,  Julia. 

— Así  lo  espero. 

—Buenas  noches. 

— Buenas. 

Y  don  Hermójenes  hizo  irrupción  a  mi  pieza  con  las  tres  bo- 
tellas. 

— Cáspita,  amigo  Jaramillo.  He  hecho  una  plancha  mayúscula- 
Entré  al  comedor.  Sentí  bulla  en  un  estrenio,  y  por  no  perder  la 
costumbre  di  un  pellizco. 

—¿Al  aire? 

— Xo,  pues,  a  un  bulto  que  quería  escabullirse.  Un  bofetón  me 


dejó  ciego  de  un  lado.  £1  bulto  desapareció,  y  al  salir  del  comedor 
me  encontré  con  Fuentes  y  la  señora. .  .Yo  creo  que  fué  ella  la  del 
pellizco. 
Qué  chasco! 

Y  mientras  el  hombre  comenzaba  a  fabricar  su  ponche  en  el  ja- 
rro del  lavatorio,  yo  hacia  esfuerzos  por  conciliar  el  sueño  para 
reponerme  de  las  fatigas  de  la  jomada. 

—Me  hace  falta  un  limón,  murmuraba  entre  dientes  él  alcalde,  o 
mejor  un  duraznito.  Si  tuviéramos  un  amargo,  no  andaría  mal  la 
cosa. 

Y  salió  en  puntillas. 

Entre  sueños  lo  sentí  entrar  poco  después. 

— ;Diablos!-^eciar-esta  Julia  es  un  policiaL  Me  ha  seguido  aho- 
ra hasta  la  cocina  Y  es  claro,  no  he  conseguido  dar  un  solo  pelliz- 
co. En  fin,  el  ponche  está  listo  compañero. 

Yo  ñnji  roncar,  resuelto  a  no  probar  ese  líquido  de  dormitorio 
que  contrariaba  tanto  mis  hábitos. 

—¡Compañero!  ¡Arriba!  ¡Llegó  el  Buin!  ¡Arza! 

Tuve  que  despertar,  desperezándome. 

— Xo  señor,  yo  no  bebo.  Y  menos  en  la  escobillera.  ¿Cómo  cree 
usted...? 

—No  sea  dengoso  hombre.  Cuando  no  hai  vasos  se  bebe  en  la 
mano  si  es  necesario.  Arriba. 

Y  me  alargó  la  escobillera  rebalsando  de  un  líquido  detestable 
que  bebí,  dejándome  caer  de  nuevo,  como  después  de  un  purgan- 
te matinal 

La  oscuridad  se  hizo  al  fin.  Algunos  resoplidos  de  don  Hermó- 
jenes  iniciaron  una  serie  de  robustos  ronquidos  y  después  no  supe 
mas... 

Habian  pasado  dos  largas  horas  cuando  desperté  sobresaltado. 

-•¿Quién  va? 

Una  sombra  se  acercaba  a  mi  cama  sin  responder. 

—¿Quién  es?  grité  nuevamente. 

—No  hai  que  asustarse,  me  decía  don  Hermójenes!  Abra  la  boca, 
que  aquí  traigo  lleno  el  cachito. 

La  escob* llera  se  acercó  a  mis  labios,  ahogando  mis  inútiles 
orotestas. 

u 


37» 

HERñCLlTñ  y  DEmOCRITñ 

Don  Hermójenes  desapareció  como  un  demonio:  dejando  olor  a 
azufre. 

La  señora  Julia  me  ha  encargado  galantemente  que  me  haga 
cargo  de  sus  tres  hijitos,  y  los  acompañe  a  andar  por  el  campo. 

Las  tres  delicadas  criaturas  revelan  en  sus  caras  de  chimpancés  de 
tierna  edad,  las  mas  perversas  inclinaciones. 

— Confio  en  usted,  Jaramillo.  Que  no  corran  mucho,  que  no  les 
dé  el  sol,  que  no  se  mojen  los  pies  y  que  no  coman  frutal 

— ¡Ahí  es  nada! 

Los  tres  pequeños  cerdos  echan  a  correr  delante  de  mí.  Uno 
vuelve  a  los  cinco  minutos  con  un  pajarillo  que  según  parece  es  el 
que  pregunta  todas  las  mañanas:  ¿Has  visto  a  mi  tio  Austin? 

—Caballero— me  dice  el  desfachatado— ¿quiere  ver  lo  que  hai 
adentro  del  pájaro? 

— Nó;  no  quiero  ver  eso. 

—Es  que  se  puede  ver.  Yo  he  dado  vueltas  varios  chineóles  al 
revés  para  verlos  por  dentro. 

—¿Quién  te  ha  enseñado  eso,  coleóptero?  ¿Y  si  te  diera  yo  vuelta 
a  tí  por  el  revés? 

Pero  no  era  tiempo  de  impedirlo.  A3nidado  por  otro  de  sus  tier- 
nos hermanitos,  y  tomando  cada  uno  del  pico,  abrieron  el  pájaro 
departe  a  parte.  La  anjelical  criatura  me  puso  los  pelos  de  punta. 
Hubiera  querido  deshacerlo  en  el  suelo  como  a  una  araña  vene- 
nosa. 

Un  momento  después  pierdo  de  vista  a  los  inocentes  bichos  y 
me  lanzo  en  su  busca. 

— ¡Manuelito,  Julito,  Duardito! 

Dos  de  ellos  vuelven,  con  las  fisonomías  impasibles  y  me  dicen 
con  mucha  calma: 

—  Duardito  se  está  ahogando. 

—¿Dónde? 

—En  el  estanque  de  los  patos. 

Corrí  desolado  y  en  cuatro  saltos  estuve  al  lado  de  un  charco 
fétido  en  que  el  chico  lloraba  tendido  de  bruces. 


379 

— ^Quién  te  ha  metido  aquí? 

— Manuelito. 

— No  es  cierto,  embustero,  fué  Julio. 

— Nó;  fuimos  los  dos. 

— Vamos  a  ver.  Contármelo  todo,  porque  si  no  los  voi  a  arreglar. 

— Yo  dije:  el  que  quiera  ser  sapo  que  diga  ¡Yo!  Duardito  dijo  Yo 
Yo  le  volví  a  decir  ¿quieres  ser  sapo?  Y  él  volvió  a  decir  que  sí.  En- 
tonces lo  tomamos  con  Julito  y  lo  metimos  al  pozo.  Entonces 
éste  que  no  sabe  hacer  sapos,  se  comenzó  a  ahogar. 

— Mentira,  yo  se  hacer  sapos;  pero  no  en  el  agua. 

—Pero  no  llores  tonto;  los  sapos  no  lloran. 

Una  hermosa  perspectiva  se  me  ofrecía  por  delante:  manejar  esos 
monstruitos  durante  medio  dia!  Resolví  dejar  que  la  suerte,  la  jus- 
ticia divina  y  el  sol  obraran  sobre  ellos  en  cualquiera  forma;  y 
echándome  a  la  sombra  de  un  castaño  abrí  un  libro  y  me  puse 
a  leer. 

Por  suerte  para  los  chimpancés,  y  para  mí,  llegó  Fuentes  poco 
después  y  me  llevó  a  hacer  una  rápida  escursion  a  caballo  que 
duró  tres  mortales  horas. 

I^a  conversación  era,  por  supuesto,  para  mí  sumamente  agrada- 
ble. Me  enseñó  a  apreciar  en  qué  se  conoce  que  una  vaca  es  buena 
lechera  y  qué  es  necesario  hacer  para  que  los  quesos  no  salgan 
duros.  Me  hizo  pronunciarme  con  calor  en  favor  de  una  clase  de 
cameros  y  en  contra  de  otros.  Me  discutió  que  la  galega  se  debia 
estraer  con  azadón  y  no  con  la  pala.  Para  dar  base  a  la  discusión, 
supuso  él  mismo  que  yo  era  partidario  de  la  pala,  y  me  decia  a 
grandes  voces: 

— Tú  crees  como  todos  los  de  la  Sociedad  Nacional  de  Agricul- 
tura que  basta  la  pala. . . 

— Te  aseguro. . . 

— Me  vas  a  decir  que  la  pala  sirve  para  es  traer  la  correhuela. 
Pero  ¡qué  absurdo,  Jaramillo!  ¡Yo  no  te  creia  capaz  de  tal  contra- 
sentido! ¿Qué  idea  tienes  entonces  del  azadón? 

Iba  a  contestarle  que  no  habia  oido  antes  hablar  de  este  aparato, 
a  no  ser  en  las  cuentas  del  Gran  Capitán:  «palas,  picos  y  azado- 
nes». Pero  me  callé  para  que  triunfara  luego  la  pala,  y  Fuentes 
ine  dejara  en  paz. 


3^ 

Hice  lo  posible  para  daniie  a  conocer  como  hombre  entendido 
en  trabajos  agrícolas.  Creí  que  era  cuestión  de  urbanidad.  Natu- 
ralmente, mi  escasa  preparación  me  hacia  dar  traspiés  inolvidables 
Recuerdo  que  pasando  un  dia  por  su  sementera  de  trigo  me  dijo: 

—¿Creerás  que  aquí  ha  entrado  el  polvillo^ 

— ¿Y  esto  te  trac  perjuicio? 

— Mas  de  50*^/0  de  pérdida. 

— ;Pero  hombre!  ¿Y  te  quedas  mano  sobre  mano? 

—¿Y  qué  quieres  que  haga? 

—Sacudirlo  ..  Poner  cien  hombres  con  plumeros.,.  Y  acabar 
con  él! 

Fuentes  lanzó  unos  bramidos  horrorosos  que  después  compren- 
dí que  eran  de  risa.  Se  tomaba  el  estómago  entre  las  manos  y  de- 
cía entre  estallidos  de  hilaridad. 

— ¡Sacudir  el  polvillo  negro  con  plumeros!  ¡Qué  gracioso  este 
Jaramillo! 

Traté  de  enmendar  este  yerro  en  lo  que  fuera  posible.  Un  mo- 
mento después  se  quejó  de  la  dificultad  de  cosechar  la  avena,  el 
nabo  y  otras  semillas  pequeñas,  que  la  trilladora  dejaba  escapar. 

— ¿Por  qué  no  usas  una  draga? — le  dije. 

— jUna  draga!. . .  ¡Pero  hombre!  ¡Qué  cosa  mas  estupenda! 

—Una  draga  aplicable  a  la  agricultura. 

—¡No  seas  bruto,  Jaramillo!  ¿Por  qué  no  hablas  de  un  violin 
aplicable  a  la  agricultura? 

A  pesar  de  mi  ignorancia  reconocida,  cada  vez  que  Fuentes  de- 
seaba discutir  un  tema  agrícola,  me  suponía  a  mí  la  opinión  con- 
traria. Por  desgracia  yo  no  he  aprovechado  nunca  mis  amistades 
agrícolas,  y  así  es  la  materia  en  que  sé  menos.  Durante  mucho 
tiempo  creía  que  la  galega  era  una  nueva  raza  de  ovejas.  Hasta 
hace  poco  estaba  en  la  convicción  de  que  el  trigo  y  la  cebada  se 
daban  en  una  misma  mata,  como  las  brevas  y  los  higos  en  un  mis- 
mo árbol.  Esto  depende  de  que  mi  amigo  Eduardo  Guzman,  secre- 
tario de  la  Sociedad  Nacional  de  Agricultura,  no  me  hablaba  nunca 
sino  de  la  falta  de  brazos  y  de  la  fotografía  artística. 

Entre  éstas  y  otras  amenas  divagaciones, — que  Fuentes  cree  me 
entretienen  sobremanera,  por  la  espresion  de  carnero  intelijente 
que  pongo  al  oirías,— sobre  el  carbunclo,  la  tela  de  arañas  y  el  cardo 


38i 

negro,  llegó  la  noche.  Dos  mil  sapos  y  otros  tantos  grillos  entona- 
ron su  melodía  crepuscular.  Nada  hai  que  me  produzca  mas  tris- 
teza que  esta  salmodia  de  los  campos. . . 

La  familia  Fuentes  deseaba  distraerme  a  todo  trance.  Se  me 
ofrece  desde  luego  una  de  esas  encantadoras,  veladas  de  que  me 
hablaba  mi  amigo,  y  se  envia  a  un  fundo  vecino  en  busca  de  dos 
señoritas  Gamboa,  Fanny  y  Lucy,  respectivamente.  Ignoro  por  qué 
llevaban  sus  nombres  en  ingles,  porque  ellas  estaban  evidentemente 
en  castellano  corriente. 

Para  que  ambas  señoritas  desarrollaran  toda  su  productividad 
artística,  se  invitó  también  a  dos  jóvenes  del  pueblo:  Cid  y  Ruiz, 
tan  cortos  de  apellidos  como  de  jenio  y  de  palabras.  Se  les  podía 
llamar  los  galantes  monosilábicos. 

Antes  de  comenzar  la  velada,  me  advirtió  Fuentes  que  no  era 
tarea  fácil  agradar  y  parecer  bien  a  las  señoritas  Gamboa.  La  seño- 
rita Fanny  es  de  temperamento  triste  y  melancólico;  en  cambio 
Lucy  es  de  una  alegría  sin  límites.  A  la  primera,  todo  lo  que  sea 
desgarrador,  lastimero,  le  viene  bien.  A  la  segunda  le  complacen 
los  juegos  de  palabras,  los  dicharachos,  las  aventuras.  La  pri- 
mera es  la  Morgue,  la  segunda  el  Circo  Bravo. 

Cuando  fui  presentado  a  Fanny,  me  dijo  en  el  acto: 

— No  le  digo  que  tengo  mucho  gusto  en  conocerlo,  como  se  dice 
jeneralmente,  porque  no  sé  si  lo  volveré  a  ver. 

— Se  vá usted... 

— ¡Quiensabe!  Uno  no  puede  decir  si  se  vá  o  se  queda.  Líi  muerte 
viene  sin  sentirse.    • 

—Sí;  pero  a  su  edad. 

—A  mi  edad,  como  a  cualquiera  otra. . .  ¿Le  gusta  a  usted  el 

arte? 
—Así,  así.  ¿Y  a  usted? 

—A  mí  el  arte  triste,  el  arte  con  lágrimas.  Me  gusta  ver  cuadros 
impresionantes,  leer  lamentaciones  en  prosa  y  verso,  y  en  el  teatro 
solamente  tolero  «Las  dos  Huérfanas»,  ¿Sabe  usted  versos  bo- 
nitos? 

—Si  Fanny;  pero  solamente  versos  tristes: 


Lloro  en  áspera  Uannra 
y  sobre  espinas  suspiro, 
soi  espectro  de  amargura 
soi  cadáver  que  aun  respiro! 

— Qué  sentidos  son.  Yo  también  soi  un  cadáver! 

— Permítame  que  lo  dude. 

Cinco  minutos  mas  tarde  se  me  acercó  lyucy  que  se  puso  a  reir 
como  una  loca. 

— Usted  es  periodista.  Los  periodistas  me  encantan,  porque  son 
alegres  y  se  están  riendo  siempre. . . 

— Usted  nos  confunde  con  los  clowns,  señorita. 

— Nó,  caballero.  La  alegria  es  natural  en  un  periodista.  Ademas 
ustedes  saben  cosas  alegres.  Dígame  usted  algunos  versos  que 
hagan  reir. 

— Paco  Peco,  chico  rico 
insultaba  como  un  loco 
a  su  tio  Federico. 
Y  él  le  dijo: — Poco  a  poco 
Paco  Peco,  ¡poco  pico! 

— ¡Ai!  qué  lindo!  Yo  voi  a  apuntarlo. 

— El  piano — me  dice  la  señora  Fuentes — es  de  primer  orden; 
pero  tiene  algunas  inovaciones. 

-i ! 

— Cuando  lo  mandamos  al  fundo,  la  carreta  se  dio  vueltas,  se  cayó 

el  piano  al  rio  y  naturalmente  se  quebró  en  varias  partes.  Costó 
mucho  sacarlo,  y  los  peones  lo  arrastraron  a  lazo  como  siete  cua- 
dras. Una  parte  del  piano  §e  la  llevó  el  agua  por  supuesto  . 

— ¿Podria  saberse  cuál? 

— La  mitad  del  teclado,  algunas  cuerdas  y  los  pedales.  Pero  hai 
aquí  un  maestro  López  que  es  una  maravilla,  un  verdadero  jenio. . . 
Es  el  que  hace  los  yugos,  el  que  arregla  los  alambrados  de  los 
potreros,  y  el  que  le  compone  a  la  trilladora  cualquiera  pieza  que 
se  quiebre.  El  le  ha  puesto  al  piano  lo  que  le  faltaba.'  Las  teclas 
las  ha  hecho  de  huesos,  admirablemente.  Las  cuerdas  las  ha  su- 
plido con  alambres. . . 


383 

—¿No  habrá  puesto  alambres  de  púas  para  las  notas  agudas? 

— No  s^  pero  suenan  admirablemente.  Los  pedales  los  sacó  de 
un  pedazo  de  3aigo.  ¡Son  espléndidos! 

— De  manera  que  este  ya  no  es  un  piano  Steinway,  sino  un  pia- 
no López. 

—Precisamente.  ¡Pero  ya  verá  usted  qué  sonidos  tiene!  Lo  mas 
curioso  es  que  cuando  lo  tocamos  la  primera  vez,  hubo  que  sa- 
carle varios  pejerreyes  que  se  hablan  cazado  en  la  encordadura^ 
cuando  estuvo  en  el  rio. 

La  señorita  Panny  se  me  acerca  y  me  dirije  un  mirada  llena  de 
amargura: 

—¿Le  gusta  a  usted  la  música? 

— Sí,  señorita;  me  agrada  mucho  el  De  Profundis. 

— Y  los  ayes  ¿no  le  gustan? 

—¡Ai!  También  me  gustan. 

—Usted  es  un  espíritu  mui  selecto. 

— Sí,  y  mui  triste. 

— Dígame  otros  versos  tristes. 

— En  el  carro  de  los  muertos 

ha  pasado  por  aquí 
Uevaba  una  mano  fuera, 

por  eUa  la  conocí! 

Fanny  se  alejó  enjugando  una  lágrima.  Los  jóvenes  Cid  y  Ruiz 
escojen  en  silencio,  piezas  musicales  para  el  piano  del  maestro 
López.  Yo  tiemblo.  Lucy  me  asalta  de  pronto. 

— ¡Qué  risa  me  da  mirarlo! 

—Señorita.  Greo  que  yo  no  he  dado  motivo. . . 

— Nó;  no  es  por  eso;  pero  es  que  yo  me  rio  de  todo. 

— En  eso  nos  diferenciamos  de  los  animales,  Lucy.  En  la  risa. 

—De  veras.  Los  animales  no  se  ríen. 

^En  jeneral,  pero  ahí  tiene  usted  una  escepcion.  Los  señores 
Cid  y  Ruiz  están  riéndose. 

—¡Ai!  Pero  esos  no  son  dos  animales.  Son  dos  jóvenes. 

— Sí;  pueden  ser  dos  jóvenes  animales. 

— No  murmure,  Jaramillo.  Dígame  mejor  otros  versitos  alegres 


5^4 

— Cuántas  jen  tes  por  el  mundo, 
andan  mostrando  las  piernas: 
unas  por  faltas  de  medios, 
y  otras  por  faltas  de  medias. 

— ¿Qué  se  toca? — pregunta  Fuentes. 

— cl^as  lamentaciones  de  una  joven» — esclama  Cid,  pretendiente 
dolorido  de  Fanny. 

— «La  primera  risa  del  Bebé» — dice  Ruiz,  jubiloso  pretendiente 
de  Lucy. 

— «La  muerte  del  poeta» — solloza  Fanny  desolada. 

— «Jente  alegre» — grita  Lucy,  a  carcajadas.  Nadie  se  entiende. 

— ¡Que  decida  Jaramillo! 

— Temo  no  saber  armonizar  ios  sentimientos  tristes  y  alegres  de 
las  señoritas  Gamboa.  Propongo  un  valse  de  Lucero,  que  no  se 
sabe  si  es  tristre  o  alegre,  ni  siquiera  se  sabe  si  es  valse  o  si  es  de 
Lucero.  Se  llama  «Mírame  y  no  me  toques». 

— iQue  se  toque! 

Y  comenzó  a  tocarse.  Naturalmente,  toda  la  parte  fabricada  por 
el  maestro  López  no  suena,  o  suena  a  medias.  La  parte  Steinway 
se  hace  oir  como  avergonzada.  Es  una  verdadera  lucha  de  la  marca 
López  con  la  marca  Steinway.  Cuando  la  sección  López  da  un  gran 
bramido,  la  sección  Steinway  se  apaga  hasta  enmudecer.  Algunas 
veces,  mientras  las  teclas  Steinway  suenan,  comienzan  simultánea- 
mente a  tocar  las  teclas  López.  En  la  parte  mas  estúpida  del  valse 
y  cuando  todos  oian  con  silencio,  una  de  éstas  últimas  se  despren- 
dió estrellándose  en  la  cara  de  Fuentes.  Fué  necesario  traer  un 
martillo  para  ponerla. 

— ¿Qué  tal  el  piano? — pregunta  orgullosamente  la  señora. 

— Magnífico.  Las  notas  altas  suben  bastante,  y  las  bajas  casi 
están  al  nivel  del  sudo. 

Cid  y  Ruiz  asienten  gravemente.  Fanny  enjuga  una^lágrima,  y 
Lucy  sofoca  una  risa.  Fuentes  se  dedica  a  cazar  tres  o^  cuatro  in- 
sectos que  se  dan  de  cabezazos  sobre  la  pantalla  de  la  lámpara. 

Cuando  las  señoritas  Gamboa  se  retiran,  pregunto  a  Fuentes: 

— ^¿Cómo  se  las  aviene  la  señora  madre  de  estas  jóvenes  para  lle- 
rarlas  al  teatro,  y  evitar  que  una  desespere? 


385 

— Solamente  hai  una  piaza  a  la  que  pueden  ir  juntas.  tVida  ale- 
gre y  muerte  triste»  de  Echegaray. 

Pero  el  dia  se  ha  acabado  al  fin.  Nos  decimos  todos  buenas 
noches,  y  cada  mochuelo  a  su  olivo. 

•    «    • 

Kstoi  encerrado  en  mi  habitacian,  donde  la  cama  de  don  Hermó- 
jenes  me  recuerda  la  abominable  noche  del  dia  anterior.  Hai  que 
reconocer,  sin  embargo,  que  en  medio  de  ese  silencio,  de  esa  oscu- 
ridad absoluta  y  con  el  recuerdo  del  asalto  en  las  Máquinas,  habría 
preferido  la  compañía  del  bebedor  incansable  a  la  soledad  amena- 
zante en  que  me  encontraba. 

Rejistré  una  vez  mas  j;no  de  los  enormes  fusiles  que  Fuentes 
habia  tenido  la  precaución  de  dejar  al  lado  de  las  camas  y  comencé 
a  desvestirme.  Cuando  abría  la  ropa  para  introducirme  entre  las 
sábanas,  algo,  blando  me  topa.  Al  estender  la  mano,  logro  cazar  un 
pequeño  sapo,  luego  otro  y  otro.  Es  una  injeniosa  y  delicada  broma 
con  que  los  chimpancés  de  mi  amigo,  quieren  recordarme  su  exce- 
lente educación  a  toda  hora. 

Arrojados  los  batracios  poruña  ventana,  y  cambiadas  las  sábanas 
por  un  instintivo  movimiento  de  repulsión,  logro  tenderme  al  fin 
y  entregarme  a  ese  gratp  descanso  en  que  no  se  duerme,  pero  tam- 
poco se  está  despierto. 

Ruidos  estraños  me  vienen  desde  afuera.  De  pronto  parecen 
pisadas  cautelosas  sobre  el  corredor,  luego  un  perro  se  abalanza, 
después  un  silencio  largo  se  hace  en  todas  partes.  Reconozco  que 

un  gran  miedo  me  domina.  Esa  soledad,  ese  campo  inseguro 

Luego,  no  es  todo  tener  un  fusila  hai  que  manejarlo  bien.  Los  la- 
drones ademas  no  vienen  armados  de  guatapiques  japoneses. ..• 

Las  pisadas  se  repiten.  ¡Cáspita!  se  acercan...  mi  ventana  cruje 
Un  formidable  golpe  la  abre  de  par  en  par.  Sudor  frió  me  recorre 
la  cara,  y  no  puedo  dar  un  salto. . .  Un  hombre  se  aferra  en  los  pos- 
tigos, asoma  una  pierna,  y  cae  al  interíor. 

— Compañero — grita  la  voz  de  don  Hermójenes — me  he  atrasado 
dos  horas.  Debia  estar  aqui  a  las  once. 

— Tiene  usted  tmos  modos  encantadores  de  llegar... 


386 

— Sí,  ¿lo  cree  usted?  Vi  que  la  puerta  estaba  cerrada,  y  resolví 
saltar. 

— ¿No  contaba  usted  con  un  disparo  a  quema  ropa? 

— Nó,  porque  sé  que  esos  fusiles  no  disparan. 

— ¡Hombre!  Supongo  que  este  es  un  secreto  de  la  casa. . .  Porque 
si  los  ladrones  se  enteran. . . 

Vi  con  irritación  que  mi  compañero  se  ocupaba  en  abrir  un  pa- 
quete y  estraia  de  él  un  par  de  robustos  chorizos.  Resolví  ser  enér- 
jico  antes  de  esponerme  a  un  ofrecimiento. 

— ^Vea  usted  don  Hermójenes — le  dije — Usted  puede  comer  y 
beber  todo  lo  que  quiera.  (Siento  haber  tirado  por  la  ventana  unos 
sapos  que  habrían  podido  servirle).  Pero  le  prohibo  terminante- 
mente que  me  ofrezca  usted  nada. 

— Está  bien.  Me  gustan  los  hombres  claros — me  dijo. 

—¿Todo  el  mundo  duerme  don  Hermójenes? 

—Todo  el  mundo,  menos  esa  chica  Gamboa  que  le  dá  con  los 
muertos.  La  vi  en  el  jardin  parada  como  un  poste.  Parecía  un 
ciprés... 

— Buenas  noches. 

— Buenas. 

BñlO  LOS  PEumos 

El  recuerdo  de  las  azañas  de  los  niños,  de  las  repentinas  apari- 
ciones de  don  Hermójenes,  de  la  velada  musical,  de  las  señoritas 
Gamboa,  de  las  conferencias  sobre  agricultura,  me  hizo  pasar  una 
mala  noche.  Resolví  al  amanecer  despedirme  cordialmente  de  mis 
amigos  y  regresar  a  Santiago. 

Fuentes  al  saber  mi  resolución  puso  el  grito  en  el  cíelo. 

--No  te  puedes  ir  así.  Comienza  el  veraneo  agradable  y  liviano. 
Hai  para  esta  semana  un  programa  delicioso,  te  divertirás  bastan- 
te: tenemos  un  paseo  en  perspectiva. 

— ¿Paseo?  ¿Paseo  campestre?  ¡Me  vuelvo  a  Santiago!  Te  lo  rue- 
go por  lo  que  mas  quieras.  Déjame  en  paz  sentado  en  esta  mece- 
dora. Olvídate  de  mí.  Yo  no  vengo  a  pasear  sino  a  dormir  una 
siesta  debajo  de  un  sauce  o  de  un  nogal. 

— Es  imposible.  Van  al  paseo  las  Gamboa. . . 


_1?7_ 

— No  me  importa 

— Las  Loj)ez. 

—Me  tienen  sin  cuidado. 

— Las  Garcia. 

— Menos.  Aunque  vaya  la  bella  Otero  y  la  Cleo  de  Mérode,  por 
favor,  te  lo  ruego,  déjame  tenderme  de  espaldas  sobre  el  pasto,  sin 
tener  que  guardar  buenos  modales,  ni  galantear,  ni  decir  tonte" 
rias. 

— Es  inútil.  Ademas  irán  las  Flick,  ese  par  de  gringuitas  deste- 
ñidas, menudas,  ajiles,  que  parecen  dos  polillas  de  ojos  azu- 
les. 

—Renuncio  al  paseo. 

— ¡Pero,  hombre!  ¿Qué  tienes  tú?  Si  ademas  van  las  Silva.  ¿Re- 
nuncias sabiendo  que  van  las  Silva? 

— ;Por  favor!  déjame  aquí. 

— ¡ Ah!  Me  olvidaba,  Jaramillo.  Me  olvidaba  de  lo  mejor. .  .Aquí 
te  rindes.  Van  las  dos  Vallejos,  las  dos  ¿oyes?  la  de  ojos  ne- 
gros como  carbón  y  la  de  pardos  y  dormidos  ojos  como  ci- 
ruela. Las  Vallejos  de  cuerpo  jentil  como  bambúes  que  se  ajitan  al 
viento... 

— ¡Hoi  estás  de  remate!  ¿Quieres  entender  que  ni  las  Gamboa,  ni 
las  López,  ni  las  Garcia,  ni  las  Flick,  ni  las  Silva,  ni  las  Vallejos, 
me  importan  un  pepino?  Yo  vengo  a  descansar. 

— Descansarás. . . 

—¡Gracias! 

—Sí;  descansarás  en  el  paseo  campestre. 

— ¡Dale  con  la  tontería!  Ahí  no  descansaré.  Tendré  que  celebrar 
los  ojos  de  las  Vallejos,  el  cuerpo  de  las  Flick,  oir  las  tristezas  de 
Fanny  y  las  sonserias  alegres  de  Lucy;  lo  estol  viendo.  Si  no  hago 
esto,  me  tildarán  de  mal  educado.  ¡Maldito  paseo! 

La  esposa  de  mi  amigo  llegó  luego  a  reforzarme.  Me  dijo  que  la 
fiesta  tendría  lugar  bajo  unos  peumos  al  borde  de  una  vertiente; 
que  se  tocaría,  se  cantaría  y  se  bailarla  con  absoluta  independen- 
cia; que  se  mataría  una  ternera  y  diversas  aves  de  corral;  que  las 
Vallejos  eran  un  prodijio  de  belleza  y  que  seguramente  me  encan- 
tarían. 

— Voi— dije  con  resolución — voi,  en  primer  lugar  para  comer  la 


388 

ternera  y  después  para  irme  a  acostar  detras  de  un  peumo  y  echar 
una  siesta  sin  que  nadie  me  incomode. 
— Convenido. 

V      V      V 

A  las  siete  de  la  mañana,  mi  amigo  entró  ruidosamente  a  mi  pie- 
za, haciéndome  saltar  sobre  la  cama. 

— ¡Ya  es  hora! 

— ¿De  qué? 

— Del  paseo,  poltrón,  perezoso,  estúpido. 

Me  vestí  lo  mejor  que  pude.  Suprimí  el  chaleco,  poniéndome  en 
su  lugar  una  camisa  de  color  bastante  decente,  y  me  lancé  a  la 
puerta  de  calle  donde,  según  sentí  la  algazara,  debia  esperar  la  ca- 
balgata lista  para  partir. 

Junto  con  asomarme  en  la  puerta,  una  ovación  burlona  y  provo- 
cativa me  dejó  de  una  pieza:— ¡Viva  Jaramillo!  ¡Viva  el  madruga- 
dor! ¡Hurra! 

— Estamos  de  bromitas  me  dije  yo — ¡malo! 

Después  de  montar  a  caballo,  fui  presentado  a  una  serie  de  se- 
ñoritas y  de  jóvenes,  porque  lo  que  en  estos  casos  se  llama  el 
«estado  mayor»,  es  decir,  los  casados,  se  dirijian  a  los  peumos  en 
carruajes  y  carretas. 

Quedé  al  lado  de  una  de  las  mentadas  señoritas  Vallejos.  Lleva- 
ba un  ropón  a?iul  nada  mal  cortado,  y  una  pechera  encamada  que  le 
venia  a  las  mil  maravillas.  Dos  ojazos  negros,  rodeados  de  pesta- 
ñas también  negras,  eran  manejados  con  maestría.  La  señorita  Va^ 
Uejos  estaba  lejos,  mui  lejos,  de  ser  bonita;  pero  tenia  derecho  de 
figurar  en  primera  línea  entre  la  categoría  de  las  llamadas  interesan- 
tes. Lo  era:  es  decir,  interesaba. 

En  un  sitio  de  veraneo,  no  se  puede  uno  acercar  a  una  señorita, 
sin  decirle  a  boca  de  jarro  un  galanteo  de  esos  que  son  suficientes 
para  que  si  lo  oye  el  hermano  o  el  padre,  le  rompan  a  uno  cual- 
quiera cosa,  de  una  paliza.  Nosotros  que  siempre  hemos  pecado  de 
tímidos  con  el  bello  sexo,  dejamos  a  un  lado  la  timidez,  so  pena  de 

pasar  por  estúpidos. 

— Mucho  me  hablan  hablado,  señorita  Vallejos  de  su  belleza; 


3^9 

muchisimo.  Pero,  créame  usted,  que  la  idea  qne  de  su  cara  me  ha- 
bía formado,  queda  pálida  al  lado  de  la  realidad. 

— Es  favor  que  usted  me  hace — replicó  ella  con  voz  temblorosa, 
y  bajando  los  ojos  como  turbada  ante  el  peso  de  mi  impertinencia. 

Me  aturdí,  comprendí  que  merecía  ser  un  cuadrúpedo  cualquiera, 
y  arrepentido  de  mi  falta  de  educación,  le  hablé  a  la  señorita  Va- 
llejos  del  buen  clima  que  se  sentía  allí,  de  los  hennosos  árboles 
plantados  a  la  orilla  del  camino  y  de  otros  temas  igualmente  nue- 
vos e  interesantes.  De  repente  la  señorita  Vallejos  levantó  sus  ojos 
negros,  los  pasó  en  mí  con  suavidad,  como  se  puede  pasar  una 
pluma  que  vaga  en  el  aire,  sobre  un  objeto  cualquiera,  y  me  dijo: 

— ¿Pero  la  verdad  que  me  encuentra  usted  buena  moza? 

Me  sujeté  a  la  cabecilla  de  la  montura  para  no  caerme,  y  vuelto 
de  la  sorpresa,  me  resolví  a  no  quedar  corto. 

— Señorita;  no  le  miento  a  usted.  Hasta  ahora  no  había  visto 
jamas  unos  ojos  mas  encantadores  que  sus  ojos. 

— ¡Mire  lo  que  son  las  cosas!  No  hai  gustos  iguales.  Usted  me 
encuentra  bonitos  los  ojos:  pero  hai  otros  que  dicen  que  lo  mejor 
que  tengo  es  la  boca. 

— ;  Ah!  Pero  el  que  yo  le  encuentre  a  usted  demasiado  lindos  sus 
ojos,  señorita  Vallejos,  no  quiere  decir  que  no  me  parezca  su  boca 
una  dé  las  obras  mas  perfectas  de  la  naturaleza. 

—Es  usted  muí  galante. 

— Nó,  señorita;  se  lo  aseguro  a  usted.  Jamas  le  he  dicho  a  una 
mujer  que  es  hermosa. . . 

¡No  me  habia  topado  con  usted  todavía! 

— Como  se  conoce  que  es  periodista.  Casi  no  le  creo. . 

— Créame  usted.  Soi  verídico. 

— Así  le  dirá  usted  a  otras. 

— Ñó;  jamas. 

Un  rato  de  silencio.  La  cabalgadura  se  mueve  en  medio  de  una 
nube  de  tierra,  con  indescriptible  algazara.  Las  dos  Flick  pasan  a 
mi  lado  con  ropones  de  brin  crema.  Son,  en  efecto,  dos  mariposi- 
tas  ajiles,  livianas  como  semillas  de  cardo,  insignificantes  en  su 
pequenez.  Las  Silva,  las  Pérez,  las  García,  nos  adelantan  tam- 
bién, cada  una  con  su  c^da  uno.  Fanny,  que  marcha  sola,  me  di- 
rije  una  mirada  desgarradora. 


390 

En  este  intervalo,  la  Vallejos  me  da  una  lenta  y  húmeda  ojeada 
y  suspira.  Yo  le  doi  otra  y  suspiro.  En  seguida,  notando  que  nos 
hemos  quedado  rezagados,  galopamos  un  trecho  y  volvemos  a 
ocupar  un  lugar  en  primera  fila. 

Oigo  a  un  señor  gordiñon,  que  va  sobre  el  caballo  como  puede 
ir  un  saco  de  lana  abandonado  sueltamente  al  compás  del  galope, 
que  dice  a  la  pasada: 

— El  periodista  se  quema  las  alas. 

— ¡Imbécil! — pensé  para  mí,  lleno  de  la  mas  horrible  indignación. 

— ¿No  puedo  ir  al  lado  de  la  señorita  Vallejos  enumerándole  sus 
bellezas  físicas  por  orden  alfabético,  sin  quemarme  absolutamente 
nada? 

Por  fin,  se  divisa  a  lo  lejos  un  grupo  de  arboles,  frondosos  y 
apretados,  y  el  galope  aumenta.  Son  los  peumos:  el  centro  social 
de  aquel  bendito  pueblo  en  que  las  señoritas  le  preguntan  al  que 
llega  si  las  encuentra  hermosas,  con  la  misma  sencillez  con  que 
aquí  se  les  pregunta  como  está  la  salud  y  si  va  a  quedarse  algunos 
dias  en  la  ciudad.  ¡Los  peumos!  Teatro  de  la  mas  esquisita  y  pro- 
vinciana sociedad  que  hemos  conocido;  centro  de  idilios  cursis  con 
olor  a  aguaflorida\  sitio  de  horribles  cólicos  misereres  a  consecuen- 
cia de  los  almuerzos  y  onces  al  aire  libre;  nido  de  sueños,  ilusio- 
nes, esperanzas  y  desengaños  de  amor. 

Muí  pronto  toda  la  cabalgata  echó  pie  a  tierra  y  las  parejas  se 

distribuyeron  entre  el  follaje,  separándose  como  el  agua  del  aceite 
el  elemento  viejo  de  la  bullanguera  y  animosa  juventud. 

Muchas  horas  trascurrieron  de  alegre  espansion  para  unos  y  de 
mortal  aburrimiento  para  mí.  A  poco  rato,  la  señorita  Vallejos  me 
pareció  la  mas  empalagosa  criatura;  pura  miel  de  abejas.  Sus  ojos 
razgados,  bajándose  siempre  con  una  mentida  muestra  de  turba- 
ción, sus  mejillas  infladitas  y  llenas  de  una  pelusita  de  durazno 
maduro,  sus  labios  colorados  como  guindas;  todo  en  fin,  me  iba 
cargando  horriblemente  en  esa  pequeña  morenita  que  no  me  ha- 
bria  atrevido  a  calificar  de  desenvuelta,  pero  sí  de  cursL 

Por  fin,  llegó  el  almuerzo  y  a  pesar  de  los  esfuerzos  desespera- 
dos que  hice  por  alejarme  de  la  señorita  Vallejos,  fui  a  quedar  a 
su  lado. 


39  <. 

— ¡Usted  estará  ya  mui  aburrido  conmigo!— me  dijo  de  pronto. 
— ¡Qué  ocurrencias!  Hstoi  en  la  gloria. 

¡Qué  incansable  desfile  de  comestibles  de  toda  clase!  Cazuela  de 
ave,  empanadas,  salpicón,  aceitunas;  jamón  y  frutas,  todo  servido 
con  una  abundancia  desesperante  y  obligado  a  la  repetición  mas 
fatigosa.  Allí  se  comía  de  una  manera  salvaje,  primitiva,  absurda. 
Don  Hermójenes  mascaba  y  tragaba  con  el  ruido  con  que  masca  y 
traga  una  chancadora  las  piedras  que  se  le  arrojan.  Varias  damas 
entradas  en  años  apelaban  a  las  manos  y  esgrimían  sendos  encuen- 
tros de  gallinas  que  dejaban  mui  luego  reducidos  a  su  mas  simple 
espresion. 

Allí  luí  víctima  obligada  de  las  mas  atroces  observaciones.  La 
madre  de  las  señoritas  Vallejos,  una  señora  algo  nerviosa  que  ha- 
cia a  cada  instante  con  boca  y  nariz  el  mismo  jesto  que  hacen  los 
conejos  cuando  se  les  acerca  una  ramita  de  alfalfa,  me  dijo  de  pronto 

— Lo  felicito,  Jaramillo,  por  el  folletín  que  usted  está  publicando. 
Gracias,  señora.  Se  hace  lo  que  se  puede. 

— ¡Pero  qué  incansable  es  usted!  Mire,  diga  aquí  con  toda  fran- 
queza cuánto  se  demoró  usted  en  hacer  "La  Ultima  Pasión"  que 
está  publicando  £/  Mercurio.  Confiéselo. 

— Nó;  yo  le  diré  a  usted,  señora,  que  allí  metió  mano  un  señor 
Uchard. 

— ¡Ah!  Algo  le  ayudarían,  es  claro;  pero  ahí  estaba  patente  su 
mano.  Luego  ¡miren  que  es  gracia  estar  haciendo  novelas  cuando 
se  tiene  que  escribir  los  telegramas,  la  crónica  y  los  avisos  ¿no  es 
cierto? 

Un  señor  colorado  y  con  cara  de  zorro  me  mira  a  cada  instante 

sorriéndose  maliciosamente,  y  hasta  se  permite  hacerme  algunas 

señales  con  la  cabeza.  En  el  primer  momento  creí  que  se  trataba 

de  que  mi  corbata  estaba  chueca  y  la  enderecé;  mas  tarde  se  me 
ocurrió  que  todas  esas  miradas  y  señales  podian  advertirme  que 

mi  prendedor  se  salia  de  su  sitio  y  lo  afirmé  con  sumo  cuidado;  y 

por  último,  como  las  señas  y  miradas  irónicas  continuaban,  se  me 

ocurrió  que  podria  estárseme  pasando  la  mano,  en  las  1  ibaciones  y 

comencé  a  echarle  agua,  mucha  agua,  a  cada  copa  de  chacolí  que 
me  servían.  Sin  embargo,  el  caballero  con  cara  de  zorro  seguia 


39^ 

observándome  con  el  rabo  del  ojo  y  sonriéndose  en  seguida,  como 
diciendo:  ¡ah,  pillo! 

Una  señora  comenzó  á  decir  en  voz  alta  que  me  compadecía  pro- 
fundamente por  ser  periodista. 

— A  los  periodistas— decia  con  una  voz  gangosa  y  desafinada — 
les  pegan  casi  todos  los  dias.  ¿Dan  la  noticia  de  un  matrimonio? 
Pues  unas  veces  los  padres  de  los  novios,  otras  veces  los  rivales 
del  que  se  casa,  y  jeneralmente  el  novio  mismo,  van  donde  ellos  y 
los  hacen  pedazos  a  bofetadas.  ¿Publican  la  noticia  de  que  se  ha 
llevado  el  cadáver  de  una  persona  a  la  Morgue  y  resulta  que  la  per- 
sona no  ha  muerto?  Pues  va  el  cadáver  a  la  imprenta  y  les  pega. 
¿Escriben  un  nuevo  folletín?  Pues  saltan  las  personas  que  salen  en 
el  folletín  y  por  cada  vez  que  las  nombran,  le  dan  una  bofetada. 

— ¡Pero,  señora! — dije  yo  con  acento  convencido — a  ese  paso  ya 
no  estaríamos  vivos.  Usted  exajera  mucho. 

— Nó,  uó,  caballero.  A  ustedes  les  pegan  por  lo  menos  dia  de  por 
medio,  no  me  contradiga  usted,  porque  lo  sé. 

Junto  con  acabarse  el  almuerzo,  el  caballero  con  cara  de  zorro 
se  vino  hacia  mí,  abriéndose  paso  entre  todo  el  mundo.  Lo  esperé 
ansioso  de  saber  el  motivo  de  su  irónica  sonrisa.  Se  puso  al  frente, 
me  miró  con  fijeza  y  en  seguida  me  dio  una  palmada  en  la  cara, 
diciéndome  al  mismo  tiempo: 

— ¡Ah,  pillo!  ¡Buenas  piezas  son  ustedes  los  periodistas!  ¿Con 
que,  por  allá  en  Santiago  ustedes  son  los  arbitros  de  la  situa- 
ción, eh? 

— No  le  entiendo  a  usted, 

— No  se  me  haga  el  de  las  monjas,  hombre!  ¡Yo  me  esplico! 
(Otra  palmada)..  Esos  bastidores,  esos  camarines,  esas  tiples  jjá!  ^á! 
jal  ¡Ah,  pillo!  Cuente  usted,  hombre,  cuéntelo  usted  todo,  venga 
usted  aqui  al  pie  de  este  peumo  y  conversaremos  largo.  ¡Já! 
já!  Já! 

— Usted  me  perdonará,  caballero.  No  cultivo  el  ramo  de  basti- 
dcres.  Yo  no  sé  lo  que  allí  ocurre. 

Pero  el  señor  colorado,  animado  muchísimo  por  el  chacolí,  me 
instaba  vivamente  a  que  lo  recreara  con  detalles  que  él  estimaba 
pintorescos  y  deliciosos.  Mucho  trabajo  me  costó  convencerlo  de 
que  ser  periodista  no  era  precisamente  ser  petimetre. 


393 

Entretanto,  se  habia  susarrado  entre  los  comensales  que  mis 
asuntos  con  la  señorita  Vallejos  marchaban  viento  en  popa.  Aun 
llegó  a  mis  oidos,  por  conducto  de  mi  amigo,  que  la  señora  de 
Vallejos,  poniéndose  ya  en  el  caso  de  un  matrimonio  posible,  ha- 
bía dicho: 

— T.a  lástima  es  que  este  hombre  se  llame  Jaramillo.  No  puede 
ser  de  la  high-li/e.  Yo  conozco  unos  Jaramillos  del  Romeral  y  esa 
es  jente  de  tres  al  cuarto. 

Kn  ñn,  aquél  paseo  campestre  se  estiraba  de  un  modo  lamenta* 
ble.  Pero  yo  desesperado  de  la  señorita  Vallejos  que  como  un  mos- 
cardón me  rondaba,  monté  a  caballo  y  emprendí  algo  así  como  la 
retirada  de  los  diez  mil  diez  mil  veces  mas  pequeña. 


gi§^ 


FRE60LI...5 


Viene  Frégoli.  ¿Y  quién  es  Frégoli?  Una  celebridad.  Celebridad 
universal  porque  le  disputa  la  atención  de  la  prensa  a  la  Re- 
jane,  a  Rostand,  al  cardenal  Parocchi,  al  jeneral  Kitchener,  a 
la  bella  Otero  y  a  Waldeck  Rousseau.  Celebridad  universal 
porque  si  para  unos  no  hubo  Pirineos,  para  él  no  liai  ni  Atlán- 
tico ni  Pacífico,  ni  distancias  apreciables.  Tan  luego  está  en  los  sa- 
lones del  «Fígaro»  como  en  Méjico.  A  lo  mejor  aparece  en  Iquique- 
A  Buenos  Aires  llegará  en  dos  meses  mas,  disfrazado  de  Mr.  Hol- 
dich,  y  se  lo  comerán  a  abrazos  y  le  ofrecerán  banquetes  colosales 
y  cuando  se  haya  devorado  el  último,  a  la  hora  del  «champagne» 
que  es  la  de  las  confidencias,  se  quitará  la  careta  y  dirá: 

— Soi  Frégoli  No  vengo  en  nombre  del  arbitro.  Pero  no  habéis 
perdido  los  banquetes,  porque  si  alguna  vez  tenéis  con  Chile  liti- 
jio  de  límites  intelectuales,  el  arte  me  mandará  a  mí  de  perito  para 
demarcarlos. 

Bien.  ¿Pero  cuál  es  el  motivo  de  la  celebridad  de  Frégoli?  ¿Qué 
hace  Frégoli?  ¡Mudar  de  caras!  Cuántos  chilenos  dirán  al  oir  esto: 
— ¡Quién  hubiera  sabido  que  podia  llegarse  a  la  gloria  mudando 
de  caras!  ¡Nosotros  que  no  hemos  hecho  otra  cosa  en  la  vida! 

Y  la  verdad.  Frégoli  es  transformista  de  profesión;  pero  los  hai 
en  abundancia  que  se  dedican  al  transformismo  por  afición,  por 
placer  y  por  necesidad.  Si  existe  el  disimulo  y  la  hipocresía,  debe 


39^ 

existir  espontáneamente  el  arte  de  transformar  el  rostro.  Basta  pen- 
sar que  la  cara  reñeja  lo  que  pensamos  y  sentimos,  para  creer  que 
en  muchas  ocasiones  es  indispensable  poder  finjir  el  rostro. 

Un  candidato  a  diputado  va  a  su  departamento  poco  antes  de  la 
elección.  Encuentra  a  todos  sus  electores,  poco  cultos,  escasamen- 
te educados,  antipáticos  y  hasta  repulsivos.  Pero  necesita  sonreír 
y  sonríe;  necesita  iluminar  los  ojos  con  un  destello  simpático  7  los 
ilumina;  necesita  hablar  con  voz  insinuante  y  pone  en  ella  el  acen- 
to mas  amable.  Ha  sido  sin  quererlo  un  Frégoli  espontáneo. 

Pasa  la  elección.  Se  vuelve  a  Santiago  con  los  poderes  en  el  bol- 
sillo, la  satisfacción  en  el  espíritu  y  el  contento  en  el  rostro.  Ha 
hecho  muchas  promesas,  pero  a  las  promesas  se  las  lleva  el  viento 
como  a  las  semillas  de  cardo.  I<os  electores,  que  también  tienen 
piernas,  llegan  a  Santiago  y  cobran  las  promesas.  Kl  candidato 
hiela  en  los  labios  una  sonrisa  seca:  pone  tiesa  como  un  riel  la  es- 
pina dorsal;  no  saca  las  manos  de  los  bolsillos  para  no  verse  obli- 
gado a  estrechar  otras;  no  mira  jamas  hacia  el  lado  donde  listos 
para  saludar,  pacientes  para  aguardar,  ansiosos  por  pedir,  están  los 
antiguos  electores  recordando  la  música  de  las  antiguas  promesas. 
Ha  vuelto  a  ser  un  Frég«li  hecho  y  derecho. 

Y  así  es  la  vida.  Nadie  puede  tener  una  cara.  Lo  malo  es  cuando 
una  persona  tiene  de  un  mil  de  caras,  para  arriba. 

La  transformación  puede  estudiarse  en  análisis.  Se  escoje  una 
persona  «del  montón  *,  es  decir,  del  común  de  las  jentes  y  a  ella  se 
le  presenta  un  señor  cualquiera: 

—Le  present©  a  usted  al  señor  Castro. . . 

Se  aguarda  un  instante  para  ver  el  efecto  que  la  presentación 
produce  en  su  fisonomía.  Es  nula:  una  venia  indiferente,  una  son- 
risa fría,  un  apretón  de  manos  casi  imperceptible.  Nada.  Pero  en- 
tonces se  continúa: 

— . .  Encargado  de  negocios  de. . . 

La  fisonomía  se  ilumina.  Los  ojos  destellan  simpatía,  ctuiosi- 
dad,  casi  respeto.  Sigamos: 

— Nicaragua. 

La  fisonomía  se  vuelve  a  poner  fria.  Es  poca  cosa.  Pero  ade- 
lante: 


397 

—El  señor  es  un  millonario  de  su  pais,  que  viene  mas  bien  en 
viaje  de  placer,  que  por  carrera  diplomática, 

La  fisonomía  se  alumbra  como  si  sobf e  ella  hubiera  caido  un  re- 
flector de  luz  eléctrica.  Los  ojos  se  abren,  rodean  al  presentado  de 
una  oleada  cariñosa,  respetuosa  y  solemne.  Entonces,  el  apretón  de 
mano  que  ha  empezado  frió,  suelto,  mezquino,  termina  violento  y 
nervioso  acompañado  con  un  elocuente: 

—Mucho  placer  de  conocerlo.  Estoi  a  sus  órdenes. 

FrégoD  espontáneo. 

Descompongamos  ahora  la  transformación.  Presentamos  al  señor 
Garcia,  modesto  agrimensor,  natural  de  San  Femando,  que  va  bien 
vestido,  fuma  un  buen  cigarro  abano  y  usa  bastón  con  cacha  de 
plata,  de  arte  nuevo, 

— Le  presento  a  usted  al  señor  Garcia. 

El  sujeto  que  nos  sirve  para  el  esperimento  ha  oido  decir  que 
viene  de  Iquique  un  salitrero  Garcia  que  tiene  cosa  de  cuatro  mi- 
llones de  pesos  y  una  hija  soltera.  Confunde  en  un  instante  las 
cosas^  y  apreta  la  mano  al  agrimensor  creyendo  apretarla  al  sali- 
trero. 

— ¡Cuánto  gusto! 

Su  rostro  sonrie,  jesticula,  se  hace  especialmente  insinuante.  Por 
fin  pregunta: 
— ¿Su  familia  de  usted  está  buena? 
— No  la  tengo,  señor;  soi  soltero. 

¡Hum!  El  sujeto  comprende  que  hai  un  error;  pero  la  apostura 
del  señor  Garcia,  su  bastón,  su  cigarro,  lo  confirman  en  la  idea  de 
que  se  trata  de  un  hombre  mui  rico. 

— ¿Vamos  a  comer  juntos  al  Club?  Me  seria  mui  agradable  que 
usted  aceptara  esta  modesta  invitación. 

A  media  comida,  él  invitante  pregunta: 

—Y  los  rendimientos  del  salitre,  como  andan? 

— No  lo  sé,  señor;  me  interesa  poco  el  norte.  Yo  me  preocupo 
mas  del  sur.  De  salitres  no  entiendo  nada. 

La  fisonomía  del  festejante  se  ha  nublado.  La  risa  ha  desapae-r 
cido  de  los  labios,  como  un  grano  de  sal  de  la  superficie  del  agua 
don^^e  cae.  Los  ojos  se  han  puesto  sombríos. 


398 

— Su  profesión  de  usted  es. . . 

— Sí,  señor,  la  de  agrimensor.  El  trabajo  da  para  poco.  Hai  me- 
ses en  que  saco  doscientos  pesos;  pero  otros  ni  ochenta. 

El  rostro  se  ha  irritado.  Los  ojos  demuestran  despecho. 

Al  terminar  la  comida,  el  señor  Garcia  aprovecha  la  ocasión  para 
decirle 

— Si  usted  pudiera  hacer  algo  por  mí,  se  lo  agradecería  mucho. 
Alguna  colocación,  por  modesta  que  fuera  me  vendría  bien. 

El  festejante  cree  morirse.  Está  pálido,  molesto,  aburridísimo. 
Busca  un  pretesto  para  levantarse  y  huir. 

Antes  de  separarse,  el  agrimensor  le  dice  en  voz  baja: 

— ¿Podría  facilitarme  usted  diez  pesos,  y  se  los  devolveré  ma- 
ñana? 

Frégoli  viene  con  sus  grandes  cajas  de  personajes.  Ha  logrado 
reducir  al  menor  espacio  posible,  a  cada  uno  de  esos  jigantes  de 
la  gloria.  Napoleón  que  conquistó  la  Europa  porque  no  cabía  en 
Francia,  viene  metido  en  una  caja  de  corlees;  Bismarck,  que  tam- 
poco cabia  en  Alemania,  cabe  en  una  sombrerera,  en  compañía  de 
Pío  IX  y  de  Sara  Bemhardt  Cuando  el  señor  alcalde  se  muera— 
que  ojalá  no  suceda  nunca — cabrá  también  en  una  cajíta  de  pape- 
lillos, después  de  no  haber  cabido  ni  en  la  sala  de  la  alcaldía. 


^0^^        ^É^^^        ^É^^^      ^É^^^      ^É^^^      ^É^^^      ^É^^^       ^Él^^^ 


GE  LOS  ñRREPEnriDOS... 


ÜN  modesto  guardián,  Jara,  de  la  policía  de  Chillan,  se  escapó 
llevándose  una  carabina  y  un  tiro,  con  el  ánimo  de  hacer  la 
gran  cabriola  y  desaparecer  de  la  faz  de  la  tierra.  Escribió  en 
seguida  las  acostumbradas  cartas  de  adioses  a  su  esposa,  a  sus 
acreedores  y  a  sus  amigos:  "Te  escribo  estas  líneas  al  borde 
de  la  tumba.  Tú  calculas  que  esta  es  una  mesa  incómoda  y  que  se 
puede  por  ello  disculpar  la  ortografía.  Pongo  fin  a  mis  dias,  por- 
que soi  desgraciado.  Compadéceme  y  no  te  cases  con  otro.— /ara". 
En  seguida  el  guardián  se  alejó  a  un  sitio  oscuro,  lleno  de  som- 
bras. Allí  se  sentó  sobre  el  pasto  y  se  puso  a  oir  ese  jadeo  fatigoso 
del  silencio.  En  medio  de  aquellos  encontrados  rumores,  de  aque- 
llas palpitaciones  vagas,  de  esos  estraños  secretos  de  la  noche, 
creyó  sentir  a  su  alma  que  le  decia: 

— Jara,  no  seas  tonto,  no  te  mates.  Si  te  vas  a  la  eternidad,  tu 
puesto  de  guardián  se  lo  darán  a  otro. . . 
Jara  dio  un  salto,  y  volvió  a  oir. 
— Tu  mujer  se  casará  con  otro  . . 
Otro  salto. 

— Tu  caballo  mulato  será  de  otro. 
— Eso  no  lo  tolero — grita  Jara. — Mi  caballo  es  mió. 
—Pero  si  te  matas  simplón,  dejará  de  ser  tuyo. 
— Entonces  no  me  mato. 


400 

Y  Jara  volvió  del  monte  con  la  carabina  al  hombro,  resuelto  a  no 
abandonar  la  vida  en  dos  tirones. 

Llegó  a  su  casa  y  golpeó  a  la  puerta.  Su  mujer  salió  a  abrirle 

— ¿Eres  tu  Jara? 

— Sí  yo  sol 

— ¿Pero,  no  me  escribes  diciéndome  que  has  puesto  fin  a  tus 
dids? 

— Sí,  te  he  escrito  pero  me  arrepentí. 

— ¡Vaya!  No  me  gusta  a  mi  que  me  engañen.  Yo  no  te  he  po- 
dido nunca  que  te  mates;  pero  ya  que  lo  habias  resuelto,  debiste 
hacerlo. 

Y  Jara  se  presenta  al  día  siguiente  donde  el  intendente  a  devol 
ver  su  carabina  y  a  pedirle  perdón.  He  aquí  lo  que  decia  nuestro 
telegrama: 

"El  guardián  Jara  que  habia  desaparecido  llevándose  una  cara- 
bina y  un  tiro  a  bala  con  el  ánimo  de  suicidarse,  según  una  carta 
que  habia  dejado  a  su  esposa  al  partir,  ha  vuelto  rogando  al  inten- 
dente le  perdone  su  falta". 

El  suicida  arrepentido,  no  se  puede  negar  que  es  un  ser  profun- 
damente ridículo.  Sus  amigos  le  golpearán  la  espalda  en  la  calle, 
diciéndole  familiarmente. 

— Hola!  Hola!  ¿Con  que  te  querías  despachar  de  este  mundo? 
¿Qué  es  lo  que  te  pasa?  ¿Pierdes  dinero?  ¿Tu  mujer  . .?  ¿La  caja  de 
fondos. . .?  ¿Amores  contrariados? 

En  materia  de  suicidios  no  caben  paños  tibios.  Un  hombre  o  se 
mata;  o  no  se  mata.  Pero  no  debe  escribir  cartas,  y  despedirse  de 
la  vida,  y  después  quedarse  tranquilamente  en  su  casa. 


vff         1^ 


Uíljoen  y  Mapoleon 


OS.  telegramas  de  hoi  anuncian  que  el  jefe  boer  Viljóen  ha  lle- 
gado a  Santa  Elena  junto  con  otros  prisioneros  boers.  Viljoen 
no  ha  podido,  seguramente,  librarse  de  una  fuerte  emoción  ai 
recordar  al  primer  jigantesco  prisionero  que  llegó  a  Santa 
Elena. 
Al  caer  la  tarde  de  su  primer  dia  de  prisión,  Viljoen  ha  salido  a 
caminar  por  el  campo,  con  las  manos  atrás  y  la  cabeza  inclinada 
sobre  el  pecho,  que  es  como  andan  los  boers  después  que  les  quitan 
el  rifle  Mauser.   De  lepente,  como  quien  dice  a  la  vuelta  de  una 
esquina,  aparece  una  sombra. 
— ¿Qué  veo? — pregunta  Viljoen. 

— Seguramente  ves  algo — replica  la  sombra— ¿no  me  reconoces? 
— ;Hum! — dice  para  sí,  el  jefe  boer— yo  he  visto  en  alpina  re- 
vista ilustrada  esta  silueta:  un  hombre  bajo,  un  sombrero  de  dos 
picos  enorme  sobre  la  cabeza,  y  una  mano  metida  en  la  abotona- 
dura  del  largo  gabán.  ¡Cáspita!  Este  no  puede  ser  otro  que  Napo- 
león I! 
—Exacto. 

—¡Cómo! '  ¿Tú  eres  el  gran  Napoleón? 

— Sí,  hombre,  ¿tiene  esto  algo  de  particular?  Sin  embargo,  ha- 
blando en  plata,  debo  decirte  que  soi  solamente  la  sombra  de  Na- 
poleón. 


402 

— ^Vea  usted  lo  que  son  las  cosas.  Creí  que  un  hombre  tan  gran- 
de, debia  tener  también  una  gran  sombra. 

—En  primer  lugar  no  me  confunda  usted  con  un  quitasoL 
Después,  bien  sabrá  usted  amigo  Viljoen,  que  los  cuerpos  no  echan 
casi  sombra  cuando  tienen  él  sol  encima. . . 

—Me  permito  advertirle  que  hoi  el  sol  ya  se  ha  ocultado. 
— Nó,  señor;  el  sol  que  Napoleón  tiene  encima  no  se  oculta 
jamas. 

— Es  un  sol  permamente  como  las  boticas  de  tumo.  ¿Ah? 

—Sí;  es  el  sol  de  la  gloria. 

— ¡Cáspita!  Le  quedan  a  usted  los  modales. 

—Es  lo  que  no  he  perdido.  Usted  recordará  aquello  de  las  pirá- 
mides, cuando  dije  a  mis  soldados  que  cuarenta  siglos  los  contem- 
plaban desde  la  cima. . 

— Lo  recuerdo. 

—Pues,  se  me  pasó  la  mano  en  los  siglos.  Can  la  esperiencia  que 
hoi  tengo  habría  hablado  solo  de  veinte  siglos  a  lo  sumo. 

— Bueno.  ¿Y  qué  le  parece  a  usted  esta  guerra  en  que  estamos 
empeñados? 

— Interesante. 

—¿Nada  mas? 

—Conmovedora. 

— ¿Nada  mas? 

-Inútil 

— jCómo  inútil! 

— Sí,  señor  Viljoen.  Créame  usted  a  mí,  que  en  materias  de  gue- 
rra tengo  bastante  esperiencia.  Inútil. 

—No  comprendo. 

—Comprendo 

—No  comprendo. 

—Digo  que  comprendo  que  usted  no  comprenda.  Pero  óigame 
usted.  En  principiojeneral  no  se  debe  pelear  con  Inglaterra.  Créame 
usted  a  m¿ 

— Waterloo  ¿eh? 

—Hombre  no  me  toque  usted  ese  punto.  Ese  fué  un  cuadrillazo 
miserable.  No  lo  recordemos. 


403 

Y  lá  sombra  de  Napoleón  se  desvaneció,  mientras  Viljoen  se  que- 
daba pensando. 

— En  principio  no  se  debe  pelear  con  Inglaterra.  ¡Pero  eso  no 
es  el  principio!  Es  la  consecuencia.  El  principio  deberla  ser  que 
Inglaterra  no  debe  pelear  con  los  demás. 


c3^     c3^ 


Historia  de  un  piano 


TODA  mi  ambición  habia  sido  siempre  ser  piano  de  cola]  sin  em- 
bargo me  hicieron  sin  cola;  es  decir:  salí  coleado  en  mis  pre- 
tensiones. 
Sin  embargo  me  consolé  de  ser  piano  parado,  porque  recien 
llegué  a  Chile  y  acabado  de  desencajonar,  un  alemán  me  pro- 
bó el  teclado  y  dijo  en  voz  alta: 
— Rico  piano,  parece  de  cola. 

—Es  claro,  dije  yo  para  mis  cuerdas,  si  no  soi  de  cola,  merezco 
serlo. 

Y  tuve  tanto  gusto,  que  quedé  silbando  interiormente  como  me- 
dia hora,  y  todos  decian: 
— ¡Qué  piano  tan  sonoro! 

El  alemán  me  compró  y  me  llevó  a  su  casa,  donde  quedé  en  me- 
dio de  un  salón  cerca  del  busto  de  Bismark  y  de  un  cuadro  de  la 
Loreley,  en  ropas  menores. 

Siempre  me  tocaba  a  oscuras,  y  solo  trozos  de  Tanhausery  Lohen- 
grin.  Yo  sufria  mucho,  porque  mi  dueño  era  un  pianista  de  mucha 
ejecución,  y  no  hai  cosa  que  nos  machuque  mas  a  los  pianos  sen- 
sibles, que  la  ejecución. 

Lo  mismo  les  pasa  a  los  bombos.  De  la  misma  fábrica  en  que  yo 
nací,  salió  un  bombo  que  maldecia  a  VVagner  por  tradición  y  por 
instinto. 


4o6 

Un  dia  se  reunieron  también  a  oscnras  varíes  alemanes,  mbios, 
patilludos  y  con  gafas,  para  tocar  algo  de  Beethoven. 

Quise  probar  que  era  todo  lo  de  cola  posible,  y  me  porté  tan 
bien,  que  los  alemanes  se  fueron  levantando  de  sus  asientos,  des- 
pués poniéndose  en  puntillas,  después  subiéndose  sobre  las  sillas; 
y  uno  se  arrebató  tanto,  que  cuando  terminé,  resultó  que  estaba 
trepado  sobre  el  coronamiento  de  la  cortina: 

Pero  nada  es  durable  en  este  mundo.  El  alemán  resolvió  irse  a 
Europa  y  don  Ramón  Eyzaguirre  me  sacó  a  remate. 

Debí  salir  en  los  diarios,  porque  fué  mucha  jente  a  verme  y  oí 
los  juicios  mas  curiosos. 

— Tiene  buenos  sonidos — dijo  una  señora. 

— Es  demasiado  caro — decian  otros. 

— Buena  marca. . 

El  único  que  hablaba  de  mi  cualidad  de  parecerme  a  los  de  cola, 
era  don  Ramón,  por  lo  cual  le  guardo  gratitud  eterna. 

Por  fin  me  compró  una  familia  y  fui  conducido  a  un  gran  salón» 
lujoso  pero  de  mal  gusto. 

Primera  estrañeza:  encima  de  mí,  sobre  mi  tapa,  que  tanto  había 
respetado  mi  primer  dueño,  colocaron  unos  jarrones  que  me  pare- 
cieron antipáticos  desde  el  primer  momento. 

Segunda  estrañeza:  una  niña  bonita  y  con  unos  dedos  suavísi- 
mos toco  sobre  mí,  algo  que  no  entendí.  Solo  sé  decir  que  le  agra- 
decí que  no  tuviera  ejecución.  Después  supe  que  lo  que  habia 
tocado  era  una  charanga  de  un  tal  Puccini  que  han  dado  en  llamar 
Boheme  y  que  debia  llamarse  Sirop  o  Sucre  o  Mermelade. 

Confieso  que  como  instrumento  musical  eché  de  menos  a  Lo- 
hengrin;  pero  que  como  piano  frájil  e  inclinado  a  la  comodidad, 
pieferí  el  repertorio  y  la  manera  de  tocar  de  mi  remonísima  dueña. 

Vuelvo  a  decir  que  todo  termina  en  esta  vida;  y  que  un  piano 
;iene  vida  demasiado  larga  y  vé  muchas  cosas. 

Comencé  a  notar  que  cuando  mi  dueña  tocaba,  le  daba  vueltas 
as  hojas  a  la  música  un  joven  larguirucho  y  sumamente  pesado  de 
>angre.  Comprendí  que  estaban  de  novios  y  lo  lamenté  por  ella 
Cuánto  mejor  que  se  casara  conmigo!  pensaba,  porque  si  un  piano 
ís  mui  pesado  de  cuerpo,  ese  señor  es  mui  pesado  de  alma. 


4o7 

V  se  casaron.  Y  como  nadie  mas  tocaba  en  ta  casa,  me  entrega- 
ron a  otro  martiliero  para  que  me  rematara. 

Otra  vez  las  visitas,  otra  vez  las  pruebas.  Por  los  elojios  conocí 
que  yo  iba  a  menos;  nadie  nombró  la  cola  para  nada  i  en  cuanto  a 
los  sonidos  dijeron  que  eran  regulares.  ¡Oh  tremenda  desgracia! 
Caí  como  piano  de  estudio  y  tuve  que  soportar  el  método  Le- 
moine. 

Escalas  y  ejercicios  todo  el  dia,  con  una  constancia  atroz. 

Dia  por  medio  una  señora  lea  y  de  mal  humor,  que  hacia  la  clase 
de  piano  i  le  daba  pellizcos  a  las  chiquillas,  me  hacia  sonar. . . 

De  ahí  viene  la  frase  hacer  sonar  a  una  persona,  por  tratarla 
mal. 

Resolví  no  tocar,  sino  sonar,  y  a  veces  rujia  y  chillaba,  basta  que 
un  dia  entró  un  afinador,  me  desatornilló  y  me  rejistró  enteramente, 
se  robó  las  cuerdas  y  me  puso  unas  mas  viejas,  y  se  fué. 

«Cómo  protestar  de  esa  infamia?  ¿Con  qué  derecho  me  robaban 
la  juventud? 

Después  de  eso  caí  en  una  postración  de  ánimo  mui  grande,  y 
dijeron  que  tenia  los  sonidos  apagados,  y  volví  a  la  casa  de  marti- 
llo para  ser  rematado  de  nuevo. 

Temblando  de  mi  suerte,  fui  adquirido  por  una  familia  honrada; 
pero  que  vivia  en  la  calle  de  Eleuterio  Ramírez. 

En  el  salón,  habia  un  retrato  del  jeneral  Canto  y  otro  de  don 
Jorje  Montt,  y  una  litografía  de  un  cuadro  de  Mocci. 

Encima  de  mi  tapa,  pusieron  unos  canastillos  de  paja  con  cintas 
de  color,  traídos  de  Linares  o  de  no  sé  dónde. 

Este  detalle  me  hizo  temer  por  el  repertorio  musical  de  mis  nue- 
vos dueños.  Habia  en  la  casa  dos  niñas,  una  aficionada  a  la  mú- 
sica clásica  y  otra  a  la  música  lijera  ¡ai  de  mí!  y  las  dos  aficio- 
nadas al  matrimonio  ¡ai  de  ellos!  de  los  novios. 

La  ma>or,  la  clásica,  tocaba  algo  de  Hugonotes,  un  poco  de  Chopin 
y  trozos  de  Africana,  La  menor,  la  lijera,  tocaba  Málaga,  Jlambur-* 
go,  Jente  Alegre,  Los  Zuavos,  Dolores. 

Y  la  mamá— el  recuerdo  me  espanta — Estrella  Confidente, 
¡Me  encanallé! 

Habia  tertulias  en  la  noche,  y  yo  sonaba  con  cualquiera  mazur- 

14 


4o8 

ca. . .  Una  noche  soné  con  una  polka  alemana  nacional,  No  mas  mo^ 
raiorias,  y  me  desafiné  enteramente. 

Asi  desafinado  y  sin  que  nadie  lo  notara,  seguí  prestando  mis 
servicios.  Un  dia  cuando  la  menor  tocaba ^^/^  Alegre  o  Los  Zuavos, 
su  novio  que  le  daba  vueltas  a  las  pajinas  de  la  pieza,  y  que  toca- 
ba con  mucho  romadizo,  dejó  caer  una  gota  en  la  mano  déla  niña. 
Ella  creyó  que  lloraba  emocionado,  se  ablandó,  y  le  concedió  la 
mano. 

Seguí  con  la  clásica  y  con  Estrella  Confidente^  hasta  que  resolvie- 
ron en  un  apuro  pecuniario,  sacarme  a  remate. 

Y  aquí  estoi  escribiendo  estas  verdaderas  líneas,  entre  un  cíitre 
que  perteneció  a  un  tísico,  una  mesa  escritorio,  y  un  aparador  ba- 
rato. 

Al  frente  tengo  un  retrato  del  Arzobispo  Valdivieso,  y  al  lado» 
uno  de  Francisco  Bilbao  con  ataque  de  epilepsia. 

Sobre  mi  tapa  hai  un  busto  de  Pió  IX  y  una  ponchera  trizada 
y  debajo  de  mí,  tiestos  pocos  decentes  que  me  afrentan  y  me  hu- 
millan. 

Nadie  me  toca,  y  tengo  tal  afán  de  sonar,  que  gustoso  repetiría 
aun  No  mas  moratoria. 

Me  han  venido  a  ver  personas  de  mala  apariencia,  i  como  soi  un 
instrumento  de  buenas  costumbres,  me  desespera  la  idea  de  ir  a 
parar  a  mala  parte. 

Tengo  para  mí  que  un  piano,  cuando  llega  a  cierto  precio  al 
alcance  de  todos,  debe  hacerse  pedazos  antes  que  seguir  viviendo. 

He  oido  decir  que  en  la  guerra  del  Peni,  los  pianos  les  servian 
a  los  chilenos  para  hacer  cazuelas. 

Envidio  esos  pianos. 

He  escrito  estas  líneas  para  que  ningún  piano  bien  nacido  se 
envanezca. 

Se  las  dedico  especialmente  a  los  de  las  casas  de  Kirsinger  y 
Becker,  que  están  mui  orgullosos  con  su  virjinidad. 

Yo  casi  era  un  piano  de  cola  • 

Ahora  soi  una //¿///a. 

He  sentido  el  cambio  de  sexo. 


0) 


ISCeLANCñ 


A  don  JULIO  BOZO 


(Moustachb) 


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La  entrada  al  gran  país 


El,  viqo  Athos  despedía  a  su  hijo,  que  partía  para  el  mundo 
elegante  caballero  en  el  mas  brioso  y  bien  nacido  potro  de  la 
comarca.  La  tarde  estaba  pálida,  triste  y  como  enmohecida 
por  el  velo  tenue  y  húmedo  de  la  neblina  de  la  tarde.  Allá,  a 
lo  lejos,  como  una  promesa  de  ventura  y  de  dichas  no  cono- 
cidas, se  perfilaban  las  cadenas  de  cerros  azules  tras  los  cuales  co- 
menzaba el  bullicio  de  un  país  comercial,  próspero  y  opulento. 

El  joven  abandonaba  el  apartado  asilo  de  ese  hogar  silencioso  y 
sereno,  para  ir  a  buscar  horizontes  nuevos.  Su  guia  era  un  viajero 
que  traficaba  a  menudo  por  aquellos  contornos,  ofreciendo  merca- 
derías en  cambio  de  ganados. 

—Ya  es  la  hora  de  partir— dijo  éste — subiendo  a  su  caballo  y  ha- 
ciendo ademan  de  lanzarse  por  la  llanura. 

El  viejo  estrechó  la  mano  de  su  hijo,  y  le  alargó  un  saco  que 
contenia  dinero. 

— Esta  es  la  ofrenda — dijo  el  viejo — que  desde  tiempo  tradicional 
se  áa  al  que  parte.  Pero  yo  quiero  darte  algo  mas,  ya  que  tú  no 
partes  para  un  punto  cualquiera  sino  para  el  mundo.  Aquí  tienes 
este  otro  saco,  el  cual  deberás  abrir  muchas  veces;  contiene  él 
«prudencia».  Este  otro  que  pesa  mucho,  pero  que  luego  se  hace 
liviano,  contiene  '^virtud  k  Jvste  otro,  hijo  mío,  está  lleno  de  algo 


412 

que  necesitarás  muchas  veces:  «talento».  Y,  finalmente^  este  otro 
encierra  un  depósito  sagrado,  que  debe  acompañar  a  todo  hombre: 
«valor».  Aquí  los  tienes:  acomódalos  sobre  el  aderezo  de  tu  silla. . . 
Y  ¡adiós! 

Los  viajeros  tomaron  galope,  sintiendo  en  el  rostro  la  humedad 
de  la  neblina.  Poco  a  poco  se  borró  en  la  lejanía  la  columnita  de 
humo  que  subia  de  la  chimenea  del  hogar,  y  los  cerros  azules  per- 
filáronse, sombríos  como  una  muralla  de  carbón. 

A  las  dos  horas  de  camino,  el  guia  comprendió  que  era  difícil 
marchar  por  la  oscuridad.  Una  multitud  de  barrancos  y  quebradas 
cortaban  el  sendeio  y  se  hacia  menester  muchísima  cautela  para  no 
rodar  por  las  pendientes.  ¡Animo  y  adelante!— dijo  a  su  joven  com- 
pañero— aquí  es  necesario  mucha  audacia  y  mucha  lijereza. 

— Sí;  lo  comprendo — replicó  éste — pero  encuentro  mui  pesado 
mi  caballo  y  siento  algo  así  como  si  me  sujetara  una  mano  invi- 
sible. 

— Es  que  llevas  mucho  peso.  Bota  uno  de  los  sacos  que  te  dio 
tu  padre. 

— ¿Cuál  debe  ser? 

— El  mas  inservible,  el  de  la  prudencia. 

Y  el  saco  rodó  por  la  quebrada,  haciendo  un  estraño  ruido,  que 
mui  pronto  fué  devorado  por  el  silencio  de  esa  noche. 

Y  la  marcha  continuó  al  través  de  mil  precipicios,  como  borde- 
ando el  abismo  y  persiguiendo  a  la  muerte. 

El  silencio  de  los  campos  era  enorme,  la  incertidumbre  del  ca- 
mino que  llevaban,  matadora.  De  repente,  allá  en  el  fondo  del 
abismo,  clareó  un  resplandor  como  de  luces  agrupadas,  como  de 
fogatas  encendidas.  Hasta  los  viajeros  llegaba,  entrecortado  por  el 
viento,  el  rumor  de  cantos  en  que  claramente  se  percibían  voces  de 
mujer  y  clamoreo  de  orjia. 

— Allí  está  la  posada  de  la  Sirena — dijo  el  guia — buen  albergue 
para  los  viajeros.  Será  menester  pasar  allí  la  noche,  en  compañía 
de  mui  alegres  y  hermosas  camaradas. 

No  creo  alcanzar  hasta  allá — replicó  el  joven— siento  de  nuevo 
algo  secreto  que  me  detiene:  tengo  temor  de  avanzar. 

— Alijera  tu  caballo.  Bota  otro  saco. 

—¿Cuál? 


413 

—El  que  menos  valga  y  el  que  mas  pese;  el  de  la  virtud,  por 
ejemplo. 

Y  el  saco  rodó  por  el  abismo,  arrastrando  a  su  paso  los  guijarros 
sueltos  y  formando  el  ruido  sordo  de  un  trueno  lejano. 

V  los  viajeros  emprendieron  de  nuevo  el  galope  hacia  el  punto 
luminoso,  que  fué  surjiendo  como  una  aparición.  Mui  pronto  llega- 
ron a  sus  oídos  las  canciones,  y  el  chocar  de  vasos  y  botellas. 


Al  amanecer,  los  caballos  volvieron  a  quedar  listos  para  la  mar- 
cha que  debia  ser  pesada  y  fatigosa.  El  guia  llamó  a  un  esperimen- 
tado  mercader  que  hacia  muchas  veces  en  el  año  esa  misma  travesía, 
con  el  fin  de  que  alijerara  en  lo  posible  el  caballo  de  su  joven  pro- 
tejido y  no  volviera  a  presentarse  en  el  camino  obstáculo   alguno. 

— ¿Qué  llevas  en  este  saco  tan  grande? — preguntó  el  mercader. 

—Valor. 

—¿Valor?  ¡Oh!  ya  han  pasado  los  tiempos  en  que  era  menester 
llevar  de  un  lado  a  otro  tan  incómoda  carga.  Deberás  arrojarla  al 
suelo,  y  poner  en  su  lugar  el  que  lleva  tu  compañero,  lo  que  suple 
el  valor,  lo  que  lo  hace  enteramente  inútil 

—¿Y  qué  es  ello? 

—Este  rifle.  Con  él  apuntarás  a  la  distancia  sin  que  nadie  te  vea. 
Puedes  estar  temblando  de  miedo  y  arrojando  al  suelo  mortalmen- 
te  heridos  a  tus  enemigos.  Pueder  tener  deseos  de  huir,  y,  sin  em- 
bargo, infundirás  el  mismo  deseo  en  ellos.  Ya  el  valor  es  solo 
mercadería  para  museos,  anticuarios  e  insensatos. 

Y  los  caminantes  partieron,  confortados  con  el  sol  de  una  her- 
mosa mañana.  Volvieron  a  divisar  en  el  horizonte,  dibujadas  con 
audaces  líneas  y  tomando  ya  un  relieve  considerable,  las  montañas 
azules  del  gran  pais  a  donde  iban;  y  ya  perdieron  para  siempre  el 
último  picacho  de  la  última  sierra  del  pais  natal  que  abandonaba 
el  joven. 

Por  fin,  después  de  una  larga  y  penosa  marcha,  comenzaron  a 
atravesar  las  que,  a  lo  lejos,  parecían  azules  montañas,  y  llegaron 
a  las  puertas  del  gran  pais.  Un  guardia  avanzó  hasta  los  caminan- 
tes, les  detuvo  y  comenzó  a  examinar  el  bagaje  de  cada  cual. 


—Joven — dijo — diviso  entre  tus  sacos  uno  que  debe  quedar  fuera 
de  esta  puerta.  La  leí  coloca  aquí  entre  las  sustancias  esplosivas 
al  talento.  Entrégame  el  saco  que  lo  contiene  y  lo  destruiremos 
para  que  no  sea  una  amenaza  para  nadie. 

Y  el  joven  entregó  al  guardia  su  saco  y  se  quedó  con  el  único 
que,  ajuicio  de  todos,  debia  servirle  en  el  grcn  pais  a  que  entraba: 
el  dinero. 

Y  como  la  mañana  estaba  luminosa,  serena,  apacible,  el  guia 
entonó  un  cantar  alegre,  mientras  a  su  lado  vibraban,  ajitados  por 
el  viento,  los  alambres  de  cobre  que  unian  las  ciudades. 

Estaban  ya  en  el  centro  del  gran  pais. 


El  Sello  de  6uatemala 


LuisiTo  había  escrito  desde  el  colejio  y  mui  apresuradamente 
a  su  madre,  esa  mañana,  un  papel   que  decía  con  la  peculiar 
gramática  de  los  nueve  años;  "Mamasíta  mándeme  el  albun 
de  sellos  lo  mas  luego  que  pueda  porque  tengo  que  pegar 
muchos  hoi  supe  las  lecciones  no  crea  que  estoi  enfermo*'. 
Luisíto  era  el  priniojénito  de  un  matrimonio  joven.  Y  esa  «ma- 
masíta» era  la  mas  encantadora  morena  que  ha  formado  la  sangre 
española  desde  la  dominación  romana  hasta  nuestros  días.  Luisíto 
era,  pues,  el  regalón,  el  que  ocuj)aba  todo  ese  corazón  bueno,  jene- 
roso,  formado  solo  para  el  amor  y  animado  también  por  el  amor    . 
No  titubeó,  pues,  un  momento  al  leer  el  papel ito  escrito  con  la 
tinta  de  anilina  morada  del  colejio  de  los  jesuítas,  y  envió  con  ei 
sirviente  el  álbum  de  sellos,  no  sin  quedar  preocupada  de  ese  "no 
crea  qué  estoi  enfermo",  que  revelaba  tan  inocentemente  el  deseo 
del  chico  de  ocultar  algún  dolor  o  molestia. 

Y  efectivamente,  Luisito  habia  amanecido  ese  dia  con  el  color 
de  la  cara  algo  encendido,  los  ojos  mas  inquietos  y  luminosos  que 
de  costumbre,  y  con  poquísimas  ganas  de  jugar. 

Rehusó  tomar  parte  en  una  «barra  ínglesa^>,  reñida  y  sumamente 
interesante,  en  un  partido  de  pelotas  v  en  una  «troya»,  en  que  tenía 
muchas  probabilidades  de  ganar. 


4i6 

Apenas  recibió  el  álbum,  lo  abrió  precipitadamente,  y  sus  ojitos 
negros  y  saltones  se  fijaron  con  viveza  singular  en  un  hueco  ro- 
deado de  numerosas  estampillas  de  Guatemala.  Ese  hueco  era  el 
sitio  en  que  tenia  reunida  todas  sus  ambiciones  y  todos  sus  sueños. 
Era  nn  sello  azul, — «azulito»,  como  decia  él—con  una  cabeza  en  el 
medio,  que  habla  visto  un  dia  en  la  vidriera  de  una  cigarrería  de 
la  calle  de  Bandera,  y  costaba  tres  pesos. 

¡Tres  pesos!  Una  fortuna,  una  verdadera  fortuna,  siete  veces  su 
semanal  de  cuarenta  centavos  que  le  daba  su  mamá  al  salir  del 
colejio!  ¿Qué  hacer?  ¿Cómo  podría  seguir  ese  hueco  blanco,  solo, 
en  medio  de  toda  una  pajina  de  sellos? 

Luisito  acudió  a  un  compañero  que  también  tenia  colección  y  le 
espuso  el  horrible  estado  de  la  suya.  "Yo  telo  conseguiré— le  con- 
testó el  otro  chico — «mira»  te  lo  voi  a  conseguir  de  un  tio  mió  que 
escríbe  en  un  diárío,  y  recibe  cartas  de  todo  el  mundo  y,  ademas 
de  la  China». 

Luisito  estaba  visiblemente  ajitado,  sentia  la  cabeza  abombada, 
y  un  calorcillo  fastidioso  le  hacia  latir  las  sienes  constantemente 
Un  inspector  se  acercó  a  él,  lo  miró  un  instante,  le  tocó  la  frente 
con  la  mano,  y  no  pudo  menos  de  alarmarse. 

— ¿Qué  tiene  usted,  Luis? — le  preguntó. 

El  chico  le  mostró  su  álbum,  apuntando  tristemente  el  hueco 
blanco. 

—¡Me  falta  un  sello  de  Guatemala! 

Pero  momentos  después,  el  niño  era  conducido  a  la  cama  y  exa- 
minado por  el  doctor. . .  cuarenta  grados  de  fiebre. . .  podia  ser  ti- 
fus . .  podia  no  serlo. . .  tal  vez  una  infección. . .  en  fin,  las  dudas  y 
las  incertidumbres  de  siempre. 

Se  acordó  que  no  se  avisaría  a  la  casa  hasta  el  dia  siguiente,  por 
si  la  fiebre  bajaba  con  algunas  cápsulas  convenientemente  dis- 
tribuidas de  tres  en  tres  horas. 

Cuando  Luisito  quedó  solo,  tendido  en  su  blanca  camita  de  cole- 
jial,  y  miró  toda  la  sala,  al  travez  de  las  cortinillas,  solitario,  sin  un 
solo  compañero,  sintió  miedo.  Pero  mui  luego  el  sello  «azulito», 
el  sello  de  Guatemala,  llenó  enteramente  su  afiebrada  cabecita  y 
volvió  a  abrir  el  álbum  para  mirar  ese  hueco  desesperante. 

¡Tres  pesosl  ¿Seria  muí  difícil  ganar  tres  pesos?  ¿Tendrán  tres 


417 

pesos  en  casa?  ¡No  haber  nacido  en  Guatemala!  ¡SI  -hal  niños  en 
Guatemala,  deben  ser  mui  felices  con  el  sello  azul,  y  tendrán  mu- 
chos sellos  a  tres  pesos  cada  uno! 

La  fiebre  apretaba,  apretaba,  y  el  colejial  habia  echado  atrás  la 
cabeza  y  fijaba  los  ojos  en  el  techo,  viendo  reproducirse  millones 
de-veces  d  sello  azul. 

Llegó  la  noche,  y  con  la  noche  los  colejiales,  que  ocuparon  sus 
camas,  tosieron,  dejaron  caer  los  zapatos  sobre  el  entablado  y  des- 
pués se  durmieron  profundamente. 

Uno  solo  velaba.  Luisito  no  separaba  los  ojos  del  techo,  delei- 
tándose en  esa  loca  abundancia  de  sellos  azules.  ¡Cómo  tomar  al- 
guno! 

Entraron  al  dormitorio  el  médico  y  un  jesuita,  y  apartaron  el 
álbum  de  las  manos  del  chico.  El  termómetro  marcó  cuarenta  y  un 
grados.  El  doctor  salió  moviendo  la  cabeza^  remate  obligado  de 
tantas  curaciones! 

Luisito  deliraba.  Con  los  ojos  fijos  en  el  techo,  hablaba  a  media 
voz  con  los  ánjeles  que  revoloteaban  al  rededor  de  su  cama. 

Ellos  lo  llamaban  desde  lejos,  haciéndole  señales  misteriosas,  y 
él  les  preguntaba  si  en  el  cielo  hacian  colecciones  de  sellos  «di- 
fíciles». 

De  repente,  Luisito  hizo  un  esfuerzo  convulsivo  y  se  incorporó 
de  un  salto  en  la  cama,  alcanzó  con  la  mano  su  blusa  azul,  colgada 
de  un  perilla  del  catre,  buscó  en  los  bolsillos  y  sacó  un  lápiz.  Apo- 
yó el  álbum  sobre  el  mármol  del  lavatorio,  pegado  a  la  cama  y 
comenzó  a  escribir  con  el  pulso  tembloroso: 

«Mamá  cómpreme  un  sello  de  Guatemala  en  la  cigarrería,  cues- 
ta tres  pesos,  yo  se  los  pagaré  cuando  esté  grande  como  mi  papá 
sino  me  lo  compra  me  voi  al  cielo  porque  un  ánjel  me  ha  dicho 
que  allí  no  cuesta  nada».  . 

De  repente,  Luisito  fijó  de  nuevo  los  ojos  en  el  techo,  se  le  ilu- 
minó la  cara  de  risa  y  se  dejó  caer  sobre  la  almohada. 

Habia  muerto  el  colejial,  y  a  la  mañana  siguiente  lloraba  como 
una  loca,  sobre  la  blanca  camita,  la  señora  Fernandez,  que  habia 
adivinado  la  enfermedad  de  Luis  en  esa  frase  "  no  crea  que  estol 
enfermo". 

La  primera  salida  de  la  viuda  a  la  calle,  lacrimosa  aun  y  roja  de 


4iB 

llorar,  fué  para  comprar  el  sello  azul  y  pegarlo  en  ese  hueco,  últi- 
mo delirio  del  colejial. 

Y  cuando  soñaba  la  morena,  porque  también  era  buena  como  su 
hijo,  y  veia  ánjeles,  divisaba  entre  todos  ellos  a  uno  i^al  a  Luis, 
con  dos  sellos  azules  en  vez  de  las  alas  de  plumas  de  los  otros. 


giS^ 


Un  recuerdo  a  los  ausentes 


Ai«BGRBS  y  risueños  están  los  días  de  la  patria;  brillante  el  bol, 
fresca  la  brisa,  azul  el  firmamento  y  abierto  el  horizonte.  La 
bandera  flamea  sobre  las  ciudades,  como  una  querida  enseña 
^  de  gloria,  de  recuerdos,  de  paz,  de  dicha  y  de  tranquilidad.  Al 
amanecer,  tos  bronces  tocan  una  diana  vibrante  y  arrebata- 
tadora  que  parece  la  voz  de  Kxcelsior  de  una  juventud  vigorosa  que 
se  educa  en  los  cuarteles;  y  al  caer  la  tarde  retumba  el  estampido 
del  cañón,  como  un  trueno  lejano  de  tempestades  pasadas  y  de 
homéricas  borrascas. 

La  patria  esta  con  nosotros,  y  nosotros  dentro  de  su  corazón. 
Bajo  su  bandera  desplegada  al  viento,  nos  estrechamos  las  manos, 
todos  los  que  hemos  nacido  en  el  mismo  suelo,  y  nos  reconoce- 
mos hermanos  y  nos  perdonamos  las  distancias  y  nos  amamos  con 
altruista  y  jenerosa  afección. 

Pero  hai  un  recuerdo  que  atraviesa  ese  firmamento  azulado  y 
llega  a  posarse  sobre  el  alero  de  nuestro  hogar,  como  una  golon- 
drina huérfana  que  busca  calor.  Hai  un  recuerdo  que  parece  un 
suspiro  lejano,  venido  con  alas  de  seda  desde  mui  remotas  tierras, 
para  que  se  mezcle  aquí  con  esta  brisa  fresca  que  hace  flamear  las 
banderas»  remecerse  los  copos  blancos  y  morado?  de  las  lilas  y 
despeinar  los  rizos  de  pelo  de  las  muchachas  que  van  a  las  fiestas. 

Es  el  recuerdo  de  los  chilenos  ausentes,  de  los  que  no  pueden 
sentarse  a  nuestra  mesa  y  acercar  a  sus  labios  la  copa  de  vino,  de 


43  o 

los  que  no  pueden,  como  nosotros,  derramarse  por  las  calles,  riendo 
a  carcajadas  y  lanzando  vivas  enérjicos  y  sonoros  a  la  patria. 

Hai  muchos  que  han  partido  buscando*unos  la  fortuna,  otros  el 
nombre,  y  los  mas  el  pan  de  cada  dia.  Desterrados  voluntarios 
náufragos  de  la  vida,  galeotos  amarrados  al  duro  banco  del  trabajo; 
han  salido  a  bordo  de  un  buque,  ajitando  hasta  mui  lejos  sus  pa- 
ñuelos para  enviar  el  último  adiós  a  la  patria. 

¿Y  después?  Una  noche,  el  viento  estranjero  que  es  inhospita- 
lario y  no  habla  nada  al  oido,  ha  arrancado  una  hoja  del  calendario 
dejando  esta  leyenda:  i8  dk  setiembre. 

¡Qué  de  recuerdos  agolpados  en  un  instante!  ¡Qué  cúmulo  de 
sensaciones  fuertes  y  de  estremecimientos  del  espíritul  De  un  salto 
queda  a  un  lado  el  lecho  revuelto  por  la  fiebre,  y  la  ventana  se 
abre  de  par  en  par.  Allí  está  delante  la  nebulosa  y  ajitada  Londres, 
o  el  bullicioso  infierno  de  Paris,  coliseo  en  que  se  sigue  arrojando 
a  los  mártires  del  escándalo  para  que  se  los  devoren  las  fieras  de 
la  publicidad,  anárquica  confusión  de  elementos  contradictorios 
en  que  cada  cual  es  indiferente  y  desconocido  para  el  que  vive  a 
su  lado. 

Allí  está  todo  ese  mundo  que  jira  sobre  su  eje  de  siempre,  sin 
preocuparse  un  ardite  de  que  apoyado  en  una  ventana,  haya  un 
viajero  que  llore  de  nostaljia  y  suspire  de  pena;  allí  está  ese  remo- 
lino de  vertijinosa  marcha,  que  no  puede  oir  lamentarse  a  los  que 
sufren,  ni  reir  a  los  que  se  alegran. 

Abierta  esa  ventana,  entran  otras  brisas,  que  no  son  las  que  aquí 
sentimos,  pero  en  sus  alas  parecen  ir  los  jérmenes  de  una  reminis- 
cencia de  la  patria.  El  ausente  abre  los  ojos  y  dilatada  y  húmeda 
la  pupila,  la  fija  en  el  espacio  donde  cree  ver  surjir  su  hogar,  la 
silla  vacia  que  él  ocupaba  apegada  a  la  mesa,  y  los  seres  queridos 
dirijiendo  hacia  ella,  de  cuando  en  cuando,  esa  mirada  que  es  un 
recuerdo,  un  llamado,  un  deseo,  casi  una  conversación. 

Pensemos  también  en  los  compatriotas  que  van  en  la  tripulación 
de  un  buque  mercante,  bajo  bandera  inglesa,  navegando  en  alta 
mar.  Apoyados  en  la  borda,  fija  la  vista  sobre  la  estela  blanca  que 
dqa  el  barco,  creerán  sentir  entre  el  rumor  del  océano  y  los  golpes 
de  la  máquina,  algo  así  como  los  acordes  de  una  guitarra  y  el 
acompasado  tamboreo  con  que  se  preludut  la  oueca.  Quizás,  verán 


4^1 

surjir  como  una  aparición  ideal,  la  figura  de  la  muchacha  que  ama- 
ron, cuya  mirada  perseguian  en  el  baile  y  cuyas  veloces  vueltas  no 
podian  preveer. 

Y  pensemos  finalmente,  en  el  aventurero  y  nómade  gañan  que 
ha  partido  a  pie,  con  el  saco  al  hombro,  para  buscar  trabajo  y  riñas 
en  otras  tierras.  Pendenciero,  provocador  y  soberbio,  rodeado  de 
enemigos  que  lo  odian  porque  lo  temen,  se  emborrachará  una  vez 
mas  en  nombre  de  la  patria  y  caerá  a  la  vuelta  de  una  esquina  in- 
sultando al  peruano  al  arjentino  o  al  boliviano  que  le  tocó  el  pun- 
to flaco  de  su  patria. 

Esos  son  los  ausentes,  buenos  unos,  malos  otros;  pero  chilenos 
todos,  y  por  ende  hermanos  nuestros.  A  todos  ellos  llegue  un  eco 
de  estas  salvas,  una  racha  de  estas  alegres  brisas,  un  jirón  tricolor 
de  estas  altivas  banderas,  un  destello  de  esos  ojos  que  van  por  las 
calles  como  luminarias  encendidas. 

Y  por  último,  salgamos  del  Parpue  Cousiño,  donde  en  un  dia 
mas  va  a  resonar  la  algazara  de  todo  un  pueblo  que  se  divierte,  y 
corriendo  apenas  dos  cuadras  lleguemos  hasta  los  muros  rojos 
custodiados  por  centinelas,  qu^  guardan  a  los  infortunados  hijos 
del  crimen. 

I/as  pupilas  dilatadas  otras  veces  por  el  odio,  están  ahora  vela- 
das por  las  lágrimas;  es  el  ansia  de  libertad  que  les  llega  con  el  vien- 
to, la  promesa  de  vida  que  les  cae  con  el  sol,  la  esperanza  de  per- 
don  que  les  revive  con  el  estampido  de  esas  salvas  que  anuncian 
el  gran  dia  de  la  patria. 

Allí,  al  lado,  apenas  a  un  paso,  están  los  antiguos  amigos  bai- 
lando sobre  la  alfombra  verde  que  la  naturaleza  les  brinda.  Allí 
están  ellas  ..! 

Recordemos  a  todos  los  chilenos  que  lejos  de  la  patria  o  lejos  de 
la  sociedad,  se  unen  con  todo  su  espíritu  al  júbilo  de  estos  grandes 
dias.  Formemos  al  rededor  del  mundo  una  corriente  magnética,  y 
así  brillará  mas  el  sol,  se  verán  mas  soberbias  y  altivas  las  bande- 
ras y  se  deshielará  con  mas  solemne  pompa  la  diadema  blanca  de 
los  Andes. 

¡Que  no  falte  en  la  mesa  mas  modesta  y  humilde,  en  las  fondas 
mas  apartadas,  un  recuerdo  para  los  compatriotas  ausentes! 


lUüO  UERHE 


Lñ  ñ60niñ 


OuiEN  haya  sido  niño  alguna  vez — que  ya  van  siendo  pocos — 
y  leido  a  Julio  Verne,  y  soñado  sobre  las  láminas  de  sus 
libros  y  seguido  con  el  corazón  palpitante  y  el  alma  en  un 
hilo,  los  arriesgados  viajes  a  los  polos,  al  centro  de  la  tierra, 
a  la  luna  y  al  fondo  del  mar,  se  habrá  sentido  conmovido  al 
leer  la  noticia  de  sus  últimos  momentos. 

Naturalmente  la  imajinacion  tiende  a  representarse  en  estos  ins- 
tantes al  amigo  de  los  muchachos  de  todo  el  orbe,  emprendiendo 
un  último  viaje  mas  arriesgado  que  los  que  ha  descrito  en  sus  li- 
bros, y  del  cual  no  podremos  tener  láminas  porque  ya  sus  retinas 
muertas  y  opacas  no  reflejarán  nada  del  mundo  esterior,  cerrán- 
dose para  ver  solo  lo  mucho  que  comienza  a  ajitarse  y  a  bullir  en 
el  mundo  interno. 

Nos  lo  figuramos  en  el  «Nautilus»,  el  largo  cigarro  de  acero 
que  navegó  veinte  mil  leguas  debajo  del  mar.  Revestido  bajo  la 
estraña  figura  del  capitán  Nemo,  apoyada  en  la  mano  su  barba 
blanca,  y  fijos  los  ojos  a  través  de  los  gruesos  cristales  del  subma- 
rino, verá  Verne  en  vez  de  las  exóticas  revelaciones  del  fondo  del 
mar,  el  paisaje  ceniciento  y  frió  de  una  agonia  sin  dolores  pero  con 
angustias  dd  espíritu. 


434 

£1  buque  avanza  con  velocidad  silenciosa,  en  medio  de  rejiones 
desconocidas.  Hai  también  como  en  aquel  misterioso  viaje,  el  va- 
por de  las  sombras,  la  atracción  de  lo  ignoto,  el  silencio  de  la  muer- 
te. Quizá  alcance  a  ver  la  moribunda  vista  de  Veme,  almas  suspen- 
didas en  la  atmósfera  fria;  errantes  figuras  de  palidez  cadavérica 
buscando  un  sitio  en  que  descansar  de  su  larga  fatiga;  estrellas  de 
brillo  confuso,  alborando  a  lo  lejos  como  tina  sublime  promesa 

Aquellas  veinte  mil  leguas  que  recorrió  el  «Nautilus»,  abrién- 
dose paso  entre  jigantescas  algas,  y  rosando  con  su  bruñida  super- 
ficie de  acero  las  escamas  de  los  monstruos  marinos,  fueron  eter- 
namente largas,  en  medio  del  silencio^  de  la  oscuridad  y  del  hielo 
del  mar.  Pero  este  último  viaje,  que  ya  no  con  la  fantasía  sino  con 
sus  potencias  todas,  emprende  el  anciano  escritor,  tiene  su  término 
inmediato  en  un  paraje  lleno  de  luz,  que  ya  no  es  sm  Isla  Misteriosa^ 
sino  el  conocido  fin  de  las  jornadas  de  la  vida. 

La  muerte  de  Cánovas  del  Castillo  conmovió  a  los  estadistas,  la  de 
Humberto,  a  todos  los  hombres  de  orden  de  la  tierra;  pero  la  de 
Julio  Verne  tendrá  profunda  resonancia  en  la  jeneracion  de  quince 
años  de  todo  el  mundo. 

¡Ai  de  los  que  no  han  sido  niños!  dijo  un  filósofo,  ;Ai  de  los  que 

no  han  leído  a  Julio  Verne,  de  los  que  no  han  soñado  sobre  sus 

láminas,  de  los  que  no  han  vivido  con  sus  personajes  y  de  los  que 

no  se  han  propuesto  una  sola  vez  en  su  vida  hacer  un  viaje  de  es- 

ploracion  al  centro  del  África! 
Traducidos  a  todos  los  idiomas  del  mundo,  incluso  al  chino  y 

aljapones,  Julio  Verne  ha  sido  el  iniciador  de  millares  de  inteli- 
jencias jóvenes  en  los  misterios  déla  ciencia.  jCuántos  hombres 
de  cuarenta  años,  apoyados  en  la  baranda  de  la  cubierta  de  un  bu- 
que, o  balanceándose  sobre  la  canastilla  de  un  globo,  o  saltando 
al  áspero  paso  de  un  camello,  enviados  por  un  gobierno  a  espedi- 
cionar  o  impulsados  por  el  propio  espíritu  a  conocer  rejiones 
nuevas,  habrán  tendido  la  vista  al  través  de  los  años  al  libro  de 
Julio  Verne,  que  por  primera  vez  los  hizo  ambicionar  la  gloria  de 
esploradores! 

Lñ  CE6UERñ 

Nuestros  telegramas  de  ayer  decian  lo  siguiente: 

«^Paris,  octubre  19  de  1901. — El  eminente  y  popular  novelista 


425 

Julio  Verae  ha  quedado  completamente  ciego,  de  resultas  de  su  anti- 
gua afección  a  la  vista. 

Ksta  noticia  ha  producido  la  mayor  impresión  en  £uropa.  Kn 
esta  capital,  Londres  y  otras  ciudades,  se  organizan  suscriciones 
en  favor  del  ilustre  literato,  cuya  situación  es  en  estremo  preca- 
ria.» 

No  ha  sido  soberano^  ni  estadista,  ni  jeneral;  no  ha  sido  cantan- 
te famoso,  ni  eximio  campeón  de  esgrima,  ni  inventor,  ni  sabio.  Ni 
siquiera  ha  sido  uno  de  esos  literatos,  audaces  innovadores,  que 
rompen  el  viejo  molde,  y  vacian  el  metal  fundido  de  su  jenio,  en 
un  marco  de  forma  exótica  y  sin  embargo  bella. 

No  ha  sido  nada  de  eso  Julio  Verne,  y,  sin  embargo,  no  hai  una 
sola  ciudad  del  mundo,  en  que  su  nombre  no  sea  querido  de  los 
niños  y  recordado  por  los  viejos  con  la  grata  fruición  de  los  re- 
cuerdos. 

Verne  ha  sido  un  campeón  de  la  fantasia,  que  ha  atravesado  los 
espacios  sin  mas  alas  que  las  de  un  espíritu  jovial  y  vivaz,  y  que  se 
ha  internado  en  el  fondo  de  la  tierra,  sin  mas  ariete  que  el  de  una 
estraña  potencia  creadora  de  visiones  científicas. 

Verne  no  ha  sido  poeta,  ni  colorista,  ni  sicólogo.  Para  llegar 
hasta  la  luna  no  ha  subido  por  un  rayo  de  luz  plateada,  anudado 
en  las  nubes  como  una  cinta  de  seda,  encontrando  a  su  paso  ban- 
dadas de  ánjeles  y  oyendo  coros  celestiales.  Nó:  Verne  va  a  la  luna 
dentro  de  una  enorme  bala,  disparada  por  un  cañón  monstruoso,  y 
queda  por  fin  su  proyectil,  jirando  alrededor  del  astro  de  la  no- 
che, como  envuelto  por  ese  eterno  movimiento  de  rotación  y  de 
traslación. 

Antes  de  que  el  Narval  hubiera  realmente  bajado  al  fondo  del 
mar  en  Tolón,  realizando  así  la  soñada  concepción  del  submarino, 
Julio  Verne  habia  recorrido  veinte  mil  leguas  de  un  maravilloso 
viaje  bajo  las  aguas  del  océano,  en  medio  del  silencio  profundo  de 
esas  honduras  llenas  de  sombra  y  de  misterio.  Era  el  Nauiilus^  ese 
buque  constniído  en  los  astilleros  de  la  imajinacion,  y  el  capitán 
Ncmo  su  estraño  piloto.  Al  través  de  los  movibles  cristales  de  las 
aguas,  se  perfilaban  sombras  estrañas,  siluetas  fantásticas,  tentá- 
culos blandos  y  carnosos,  algas  y  plantas  marinas  agrupadas  en 
bosques  oscuros  y  silenciosos. 


426 

El  cable  nos  comunica  ahora  la  triste  nueva  de  que  Julio  Veme 
se  ha  cegado.  Trabajo  grande  cuesta  alaimajinacion.  bajaralaudaz 
esplorador  del  aire,  tierra  y  mar,  desde  esas  rejiones  en  que  no 
hai  lazos,  trabas  ni  ligaduras  para  la  fantasia  hasta  la  vereda  de 
su  ciudad  natal,  donde,  llevado  por  un  lazarillo,  irá  encorbado, 
triste  y  enfermo. 

Pero,  entretanto,  al  cerrar  Julio  Verne  sus  ojos  al  mundo  esterior, 
ha  quedado  a  solas  con  su  alma,  y  otro  inmenso  mundo  se  le  ha 
revelado  por  primera  vez.  Ha  conocido  él,  cuando  tenia  ojos  para 
la  luz,  para  el  color  y  para  los  cuerpos,  los  viajes  al  través  de  la 
atmósfera  inconsútil,  de  las  montañas  escarpadas  y  del  mar  sin  lí- 
mites; comenzará  hoi  a  conocer  la  peregmnacion  de  las  almas  por 
los  senderos  estrechísimos  de  la  dicha  y  por  los  anchos  caminos 
del  dolor. 

¡Cuántas  almitas  se  sentirán  conmovidas  hoi  por  la  ceguera  de 
ese  maestro  que  las  conducia  velozmente  de  sueño  en  sueño  y  de 
ilusión  en  ilusión! 

Y  pueda  ser  que  así,  como  en  la  superficie  de  una  laguna,  una 
piedra  arrojada  va  formando  ondas  y  círculos  que  llegan  hasta  la 
orilla,  llegue  con  estas  líneas  hasta  el  pobre  ciego  un  estremeci- 
miento cariñoso  de  tantos  espíritus  a  quienes  ha  hecho  calmar  su 
sed  de  sueños  y  de  aveturas. 


r>Qn  eOn 


oOo  cOr>  cQ>>  cQo  cOn  cOn  cOn  eOn 


T    T   T 


Ueróí  y  su  lecho  óe  muerte 


LOS  pueblos  tienen  su  corazoncito,  y  a  veces  su  corazonazo. . . 
Hai  pueblos  que  sienten  el  dolor  y  no  lloran:  Inglaterra  al 
lado  del  féretro  de  su  reina  es  un  simbolo  pálido,  sombrío,  de 
ojos  desmesuradamente  abiertos,  pero  mudo.  Italia  al  lado 
del  lecho  de  Verdi  es  una  mujer  enlutada  que  llora  a  mares 
con  sus  hermosos  ojos  negros  y  entrelaza  sus  manos  con  desespe- 
rado dolor. . .  Y  sin  embargo,  cada  uno  de  estos  pueblos  asiste  ala 
muerte  de  un  trozo  de  su  alma.  Victoria  encamaba  para  los  ingle- 
ses la  sobriedad,  la  fuerza  y  la  virtud  de  la  raza;  Verdi  simboliza 
para  los  italianos  el  arte,  el  amor  y  la  luz  del  alma  italiana. 

El  pueblo  consternado,  la  reina  Margarita  condolida,  una  mu- 
chedumbre que  se  agolpa  a  la  puerta  de  la  morada  de  su  gran 
músico,  son  elocuente  testimonio  de  que  con  Verdi  agoniza  una 
fibra  del  corazón  italiano  y  se  corta  una  cuerda  sensible  de  su 
alma. 

Ya  nos  olvidábamos  que  Veidi  era  un  hombre;  al  través  de  los 
ojos  de  la  fantasía,  le  veíamos  ya  idealizado  por  la  gloria,  tañendo 
en  una  harpa  de  cuerdas  de  plata  y  rodeado  de  ese  ambiente  azul 
con  que  se  sueña  el  paraíso. 

Forma  ideal,   purísima, 
De  la  belleza  eterna, 

le  veíamos  desligado  ya  de  las  terrestres  ligaduras,  y  vuelto  de 
nuevo  A  la  juventud  del  espíritu  y  del  cuerpo.  Cuesta  ahora  volver 
los  ojos  al  lecho  en  que  está  recostada  su  blanquísima  cabeza,  y  en 


42» 

que  las  manos  inquietas  por  la  fiebre,  buscan  un  invisible  tedadó 
para  dejar  escrito  en  el  pentagrama  el  último  jeraido  de  su  agonia. 

Rotas  en  un  rincón  las  cuerdas  de  su  harpa,  solitario  y  lleno  de 
polvo  en  otro,  el  órgano  en  que  ha  ensayado  sus  coros  de  peregri- 
nos; mudas  las  trompetas  de  plata  al  travez  de  las  cuales  ha  emi- 
tido las  sonoras  armonías  de  sus  marchas,  y  abierto  el  piano  sobre 
cuyas  teclas  de  marfil  han  corrido  sus  manos  en  busca  de  delicio- 
sas melodias,  el  maestro  lucha  con  la  muerte  y  defiende  con  todas 
las  fuerzas  de  su  alma  ese  cuerpo  que  era  una  caja  de  música  y  ese 
corazón  que  era  una  fuente  inagotable  de  inspiraciones. 

A  cada  instante  se  levanta  un  estremo  de  la  cortina,  y  una  ca- 
beza de  artista  se  asoma  descubierta  y  clava  los  ojos  en  la  mori- 
bunda mirada  del  maestro.  Ahí  está  él,  el  que  ha  iniciado  en  el 
arte  multitud  de  almas  sedientas  de  armonia,  el  que  bajo  su  batuta 
ha  hecho  jemir  los  violines,  estallar  la  orquesta  en  una  esplosion 
de  alegría,  o  erizarse  el  cabello  ante  el  grito  de  dolor  de  una  mori- 
bunda. ¡Ahí  está  Verdi!  Y  las  cabezas  de  sus  discípulos  inclinadas 
por  el  estupor,  inmóviles  por  la  pena,  parecen  querer  escuchar  lá 
última  nota  y  la  última  cadencia  de  esa  arpa  eólica,  que  solo  el 
viento  italiano  hacia  vibrar. 

Verdi  llegará  al  cielo  después  de  haber  llegado  allá  sus  himnos. 
Y  quizá  cuando  en  el  umbral  espere  el  momento  de  traspasarlo, 
reconozca  en  los  coros  anjélicos  algunos  de  los  suyos,  y  sienta 
alas  en  sus  espaldas  y  vuele  a  ponerse  frente  de  ellos  y  a  dirijirlos 
trasformado  en  inconsúltil  y  celeste  aparición. 

Aquí  ha  llegado  un  hombre — dirán — que  pasó  por  la  tierra  can- 
tando y  elevando  a  las  almas  a  lo  alto.  Como  las  golondrinas  ha 
volado  sin  tocar  el  suelo,  y  sin  rozar  sus  alas. 

Y  ocupará  su  trono  vicino  al  sol  como  canta  en  lírico  arrebatado 
Radamés  y  pasará  a  ser  símbolo  del  arte,  forma  ideal  del  senti- 
miento, nota  musical  cristalizada  en  la  gloria. 

Italia  elevará  a  Verdi  un  monumento  análogo  al  que  hizo  en 
bronce  España,  para  Gayarre:  un  ánjel  con  una  ala  desplegada  im- 
pone  silencio  con  su  diestra,  mientras  aplica  el  oido  al  féretro  a 
ver  si  se  escapa  una  última  armonia  de  su  espíritu. 

r2S      r2S 


U  -  HUHS  -  CññH6 


Li  -  Hung  -  Chang  se  muere. 
Asi  lo  dicen  los  telegramas  de  hoi,  evocando  con  ese  solo 
nombre,  toda  la  historia  del  complicado  drama  de  la  China 
Tendido  en  un  lecho  bajo  sobrecama  de  seda  amarilla  y 
grandes  pájaros  de  un  azul  intenso,  está  el  viejo  chino,  con 
stis  párpados  alargados  velando  las  pupilas  vidriosas  y  moribun- 
das. Sueña.  Enervado  por  esa  embriaguez  agónica  de  los  últimos 
momentos,  no  siente  los  pasos  de  sus  fieles  servidores  que  se  arras- 
tran silenciosamente  con  sus  zapatillas  de  lana,  y  parecen  en  torno 
del  lecho,  con  los  rostros  flacos,  alargados,  estupidos,  grandes  la- 
g^artos  que  han  salido  de  sus  cuevas  a  tomar  el  sol. 

Li-Hung-Chang  vuela  en  su  imajinacion  asiática,  abultada  por 
el  opio,  hacia  las  rej iones  donde  los  misioneros  cristianos  le  han 
dicho,  muchas  veces,  que  está  el  descanso  eterno. 

Vé  mucha  luz  en  torno  suyo,  una  luz  intensa,  azulada,  maravi- 
llosamente azulada.  Desaparece  mui  lejos  el  amarillento  paisaje  de 
su  tierra,  con  su  pálido  color  de  acuarela  sucia;  se  vé  como  línea 
de  tinta  china,  disipada  con  la  distancia  esa  gran  muralla  qne  ha 
altado  d  mundo;  y  se  hunde  en  la  sombra  de  esa  noche  eterna  el 
rumor  de  ese  ejército  internacional,  que  ha  profanado  a  la  sagrada 
China,  desgarrándole  el  corazón  y  dejando  esfumarse  en  el  aire  su 
^píritu. 


430 

En  seguida,  el  moribundo  vé  que  la  luz  azul,  se  hace  mas  inten- 
sa, hasta  obligarle  a  cerrar  sus  ojos.  Alguien  murmura  a  su  oido 
que  es.  la  rejion  de  que  han  hablado  los  misioneros  cristianos,  y 
Li-Hung-Chang  pretende  entrar.  Pero  una  espada  de  acero  que 
brilla  a  la  luz  como  una  ascua  encendida,  se  le  atraviesa  a  su  paso. 

— Yo  soi  la  Europa — le  dice  una  voz  plateada — yo  soi  la  Europa 
que  te  persigue  hasta  después  de  la  muerte.  Al  cielo  solo  llegan 
las  potencias  de  primer  orden. . . 

— ¿Y  yo  dónde  me  voi? 

— Al  seno  de  Ahraham. 

Y  Li-Hung-Chang  se  estremece  de  ira,  sobre  su  lecho  de  muerte 
bajo  el  baldaquín  con  grandes  cortinajes,  entre  los  cuales  asoman 
las  cabezas  de  lagarto  de  sus  servidores  anonadados. 

La  Europa!  El  la  conoce,  la  ha  estudiado,  la  ha  observado  con 
la  felonía  silenciosa  de  un  buen  chino.  Es  mala,  injusta,  corrom- 
pida, mezquina,  viciosa,  hipócrita,  mercantil  y  ruin.  Ha  clavado 
sus  zarpas  en  la  China,  como  las  dava  un  buitre,  en  la  débil  presa 
cojida  en  un  palomar.  Ha  esperado  la  ocasión  de  las  discusiones 
intestinas,  ha  mirado  todo  lo  que  pasaba  dentro  del  palacio  impe- 
rial por  las  cerraduras  de  las  puertas,  como  observan  los  lacayos, 
y  ha  descargado,  en  fin,  sus  masas  de  ejército,  juntando  cinco 
naciones  para  vencer  una  sola. 

Y  Li-Hung-Chang,  lanza  un  jemido  débil.  Las  cortmas  del  bal- 
daquin  se  abren,  y  las  cabezas  de  lagarto  de  sus  ssryidores  se 
acercan  en  actitud  interrogativa.  Alguien  le  deja  escurrir  en  sus 
labios  un  liquido,  una  viejísima  droga,  conservada  durante  tres  si- 
glos en  una  ampolleta  de  porcelana  blanca,  con  signos  y  dibujos 
dorados. 

Pero  de  nuevo  se  siente  lanzado  en  un  vuelo  loco,  a  ese  espacio 
inconmensurable,  donde  nota  la  fantasía  calenturienta  de  los  mo- 
ribundos. Hasta  allí  llega,  apagado  como  una  lejana  armonía,  el 
rumor  del  viento  que  azota  en  su  jardin  las  campanillas  de  plata, 
arrancando  una  melodía  quejumbrosa  y  vaga.  Allí  ve  dibujarse  en 
el  espacio,  jigantesca,  enorme,  colosal,  la  figura  pálida  de  la  Gran 
China. 

jLa  China!  Nadie  la  conoce  como  él.  Es  una  gran  araña,  que 
durante  muchos  años  ha  bordado  una  tela  con  hilos  finísimos,  re- 


_Í2Í_ 

cojiéndose  después  en  el  centro  de  ella  para  vivir  de  su  pasado 
envuelta  en  una  atmósfera  de  opio  que  hace  soñar  con  imájenes 
pálidas.  Ella  ha  descubierto  la  pólvora  para  que  después  los  euro- 
peos la  destrozaran  con  ella  y  la  hicieran  empaparse  en  sangre, 
Ella  ha  descubierto  la  imprenta,  para  que  después  la  Europa  predi- 
cara en  ella  la  cruzada  que  ha  capitaneado  Waldersee.  Ella  ha  ela-. 
horado  la  seda,  la  porcelana,  el  marfil,  para  que  la  Europa  sintiera 
despertarse  su  insaciable  codicia;  y  resolviera  devorarla.  Durante 
muchos  años  logró  ocultar  la  Gran  China,  envolviéndose  en  el 
misterio  que  era  un  trono  devorado  por  la  carcoma  de  los  siglos, 
hasta  que  el  tacón  brutal  de  los  ingleses,  hizo  saltar  un  pedazo  de 
corteza,  tras  del  cual  saltaron  otros  y  otros. 

Y  el  moribundo  da  un  nuevo  salto  sobre  su  lecho,  y  se  arrebuja 
con  la  sobrecama  de  seda  amarilla,  ornada  con  pájaros  de  un  azul 
intenso,  porque  siente  frió,  un  horrible  frío. 

Quiere  pedir  a  sus  fieles  servidores  que  llenen  la  estancia  con  el 
humo  ceniciento  del  opio,  para  morir  como  debe  morir  un  buen 
chino:  soñando  imájenes  dulces  y  placeres  livianos. 

Pero  no  puede  hablar,  porque  ya  los  labios  no  obedecen.  Y  levan- 
tando entonces  su  cabeza  para  mirar  todo  aquello  que  deja  para 
siempre,  vuelve  a  dejarla  caer  con  la  pesadez  del  sueño  eterno. 

Las  pesadas  cortinas  de  seda  del  baldaquín,  se  juntan  silencio- 
samente. Y  una  voz  fúnebre  recorre  las  estancias* 

— Li-Hung-Chang,  el  último  chino,  se  muere. 


No  de  otra  manera  murió  Boabdil,  el  último  moro. 


s^s^ 


UICTORIñ 


HACIA  muchos  años  que  el  cable  no  trasmitía  por  el  mundo, 
noticia  mas  sensacional  que  la  enfermedad  y  agonía  de  Vic- 
toria, la  reina  de  Inglaterra,  Sesenta  años  del  mas  glorioso 
reinado  del  siglo,  sesenta  años  del  mas  firme  y  esplendoroso 
poderío,  forman  a  la  reina  Victoria  un  altísimo  trono  que  casi 
tiene  nubes  por  dosel. 

Sobre  la  frente  de  la  augusta  soberana  irradian  las  glorias  ¿e  la 
vieja  Inglaterra;  vela  echado  a  sus  pies  el  león  británico,  llegan 
hasta  su  trono  los  vítores  de  triunfo  lanzados  desde  los  confines 
de  la  tierra,  y  una  música  celestial  se  difunde  en  torno  suyo  con  las 
majestuosas  y  graves  notas  del  God  save  the  queen. 

Mas  que  virtuosa  y  augusta  soberana  de  im  gran  pueblo,  Victo- 
ria es  el  alma  de  Inglaterra  encamada  en  el  cuerpo  de  su  reina; 
son  las  glorias  de  una  nación,  simbolizadas  en  un  espíritu;  son  las 
conquistas  de  un  siglo  colocadas  bajo  la  éjida  de  una  mujer. 
Y  superior  a  la  humana  frajilidad,  superior  a  la  contextura  débil 

de  sexo,  ha  sido  durante  sesenta  años,  conductora  de  los  mas  gran- 
des destinos  de  su  pueblo,  lumbrera  de  una  raza  y  reina  de  un 

siglo. 

Jamas  testa  alguna  coronada  ha  sentado  su  trono  en  mas  firmes 
cimientos  y  ha  levantado  su  cetro  a  mas  soberana  altura.  Un  pue- 
blo laborioso,  un  aguerrido  ejército,  una  invencible  escuadra,  una 


434 

nobleza  leal;  he  ahí  los  puntos  de  apoyo  del  primer  trono  de  la 
Europa,  he  ahí  también  las  fuentes  de  gloria  de  la  primera  poten- 
cia del  mundo. 

¿Habrá  rincón  del  globo  donde  no  se  hp.ya  visto  ñamear  al  vien- 
to la  bandera  de  Inglaterra,  y  oido  lanzar  al  espacio  un  viva  a  su 
reina? 

En  medio  del  brillante  apojeo  de  la  gran  nación,  e^i  medio  de  su 
cielo  de  gloria,  azulado  y  sereno,  algunas  nubes  han  venido  a  en- 
toldar el  horizonte.  Victoria  de  pie  sobre  la  cubierta  de  su  nave, 
ha  palidecido  mirando  a  lo  lejos  desencadenarse  la  tormenta. .  ..Ha 
visto  llena  de  mortales  inquietudes  partir  a  sus  ejércitos,  ha  sopor- 
tado con  dolorosa  entereza  las  traiciones  de  la  suerte  y  ha  llorado 

como  mujer  y  como  reina  sobre  la  tumba  de  sus  soldados Las 

lágrimas  de  la  anciana  y  augusta  reina,  han  pesado  en  la  misterio- 
sa balanza  que  rije  los  destinos  de  los  pueblos,  y  el  pabellón  de  In- 
glaterra ha  vuelto  a  erguirse  sobre  el  suelo  africano,  chorreando 
sangre,  pero  orgulloso  siempre. 

En  la  noche  de  la  guerra,  noche  oscura  en  que  no  luce  en  el  es- 
pacio ni  una  estrella,  la  reina  de  Inglaterra  ha  velado  ansiosa  en  la 
cubierta  de  su  nave,  escuchando  a  lo  lejos  el  apagado  rumor  de  las 
batallas  y  orando  a  Dios  por  los  destinos  de  su  pueblo.  De  repente 
ha  visto  suijir  del  mar  las  gloriosas  naves  hundidas  en  Trafalgar, 
y  Nelson,  el  héroe  del  siglo  ha  surjido  envuelto  en  el  pabellón 
británico  y  ha  hecho  misteriosas  señales  a  la  augusta  soberana.  Y 
Victoria  ha  comprendido  que  se  acercaba  su  fin  y  en  medio  del 
relijioso  silencio  de  su  pueblo  ha  inclinado  la  nevada  cabeza  sobre  el 
pecho. 

El  mundo  entero  ha  suspendido  un  momento  su  marcha,  para 
ser  mudo  y  respetuoso  testigo  de  la  agohia  de  la  reina  de  Ingla- 
terra y  un  estremecimiento  eléctrico,  ha  llevado  por  el  cable  a  todos 
los  confines  del  mundo  su  nombre  glorioso. 

Mas  que  tristeza,  ha  sido  estupor  y  asombro  el  que  ha  conmo- 
vido a  los  pueblos.  Sesenta  años  de  reinado  hablan  hecho  creer  in- 
mortal a  Victoria,  y  casi  habia  desaparecido  la  mujer  para  quedar 
el  símbolo  inmaterial  del  cetro  de  Inglaterra. 

La  reina  no  pasará  ahora  a  la  Historia,  habia  pasado  ya  con  el 
siglo  que  acaba  de  cerrarse. 


435 

En  estos  solemnes  momentos  en  que  Inglaterra  está  llena  de 
nerviosa  ansiedad,  rodeando  el  lecho  de  muerte  de  su  soberana, 
los  estandartes  ensangrentados  del  ejército  del  Transvaal  se  han 
abatido  hasta  tocar  el  suelo  con  sus  astas,  las  naves  de  la  China  se 
han  estremecido  bajo  el  pabellón  británico,  las  tropas  de  la  India 
han  descubierto  al  sol  sus  rostros  tostados,  los  cañones  de  Jibral- 
tar  han  tronado  al  caer  la  tarde,  el  pueblo  del  Canadá  ha  corrido 
ner\áosamente  a  las  puertas  del  palacio  de  gobierno  y  en  todos  los 
puertos  del  mundo  ha  habido  alguna  bandera  melancólicamente 
abatida  sobre  el  trinquete  de  una  nave. 

Ya  no  son  serenas  voces,  que  llenas  de  felicidad  saludan  a  su 
reina,  las  que  cantan  con  apagado  clamor  de  plegaria  el  God  save 
THK  QUEEN.  Es  la  súplica  de  un  gran  puelo  que  quiere  retener  so- 
bre su  trono  a  una  gran  reina. 


LUCHñS  GECLñSES 


ALCANFORES  Y  CRISANTEMOS 


NO  vamos  a  trazar  uno  de  esos  cuadros  otoñales  con  matices 
descoloridos  de  japonerias  traducidas  del  francés,  a  que  tan 
aficionados  se  ponen  nuestros  literatos  delante  de  los  hermo- 
sos y  elegantes  alcanfores  cultivados  con  el  mas  refinado 
artificio  de  los  jardineros  modernos.  Nó;  no  caeremos  noso- 
tros en  esas  mezclas  híbridas  en  que  se  injertan  orquídeas  en  copi- 
hues,  crisantemos  en  cardenales  y  camelias  en  coliflores.  Sabemos 
que  de  ellas  no  resulta,  como  pudiera  creerse,  una  flor  nueva, 
hermosa,  orijinal,  mitad  japonesa,  mitad  chilena;  sino  la  inevitable 
semilla  del  cardo  que  vuela  sin  rumbo  fijo  y  va  mas  lejos  a  sem- 
brar en  buen  terreno  la  yerba  mala. 

No  sabemos  ni  cómo  ni  cuándo  vino  del  Japón,  modestamente, 
sin  resonancias,  sin  crónicas  de  Lemaitre,  ni  de  Houssaye,  ni  de 
Fran9ois  de  Nion,  la  forma  natural,  sencilla  y  casi  anónima  dd  hoi 
bullicioso  crisantemo. 

Llegó  y  supo  aclimatarse  bajo  nuestro  cielo,  siguiendo  segura- 
mente con  la  inconsciencia  de  una  flor,  el  refrán  español  que  en- 
cierra como  en  un  evanjelio  pequeño  y  vulgar  el  gran  principio  de 
tolerancia  social:  en  la  tierra  a  que  fueres,  haz  lo  que  vieres. 


438 

Miró  a  su  lado  el  primer  crisantemo  y  vio  a  los  cardenales  redu- 
cidos a  una  forma  modesta  y  limitada,  a  las  rosas  encerradas  con 
todo  su  aroma  y  lozania  en  un  vaso  de  pétalos  relativamente  pe- 
queño, y  aun  a  las  mujeres  bellas,  graciosas,  intelijentes,  con  una 
estatura  diminuta  y  moderada,  y  resolvió  entonces  contener  las 
fuerzas  de  su  savia  y  amoldarse  a  esa  lei  fundamental  de  la  flora 
chilena:  ñores  pequeñas;  pero  abundantes. 

Y  entonces  el  crisantemo  japones  enorme  como  una  erizada 
cabeza  de  bacante,  se  deshizo  en  cien  flores  pequeñas,  livianas,  ale- 
gres, que  florecieron  bajo  el  sol  chileno  y  se  multiplicaron  dentro 
de  las  cercas  de  coligues  de  los  pequeños  jardines,  bajo  el  nombre 
de  alcanfores. 

El  crisantemo  traia  la  teoría  francesa  de  la  familia;  un  solo  hijo; 
pero  al  llegar  a  Chile  se  vio  obligado  a  adoptar  la  teoría  chilena: 
todos  los  que  Dios  mande.  Mui  pronto  pudo  convencerse  la  flor 
japonesa  de  que  en  Chile,  el  sol,  la  luz  y  el  aire,  ni  se  tasan,  ni  tie- 
nen límite  alguno:  miéxjtras  mas  flores  mejor. 

I^a  lucha  de  clases,  tan  cruda  y  ardiente  en  la  sociedad  de  los 
hombres,  ni  existe  ni  puede  existir  en  la  de  la  flores.  Si  una  mano 
de  artista  reúne  en  un  solo  ramo,  flores  de  trébol,  de  yuyo,  de  aca- 
cia, de  rábano  y  de  cedrón,  modestas  y  humildísimas  flores  criadas 
a  todo  sol  y  a  todo  viento,  ningún  ojo  habituado  a  descubrir  la 
belleza  al  través  del  mas  tosco  vaso,  dejará  de  reconocer  que  es 
bello  el  ramillete  y  de  sentir,  al  aspirar  su  perfume,  una  grata  emo- 
ción. Pero  si  alguien  osa  mezclar  esas  sencillas  flores  en  un  ramo 
de  rosas,  jazmines,  azahares  y  lilas,  la  mano  mas  delicada,  mas 
sensible  y  mas  piadosa,  se  verá  obligada  a  arrojarlas  lejos  al  esta- 
blecer la  cruel  comparación  entre  los  pétalos  brillantes  y  aterciope- 
lados de  las  unas,  y  las  sutiles  y  delicadas  hojitas  de  las  otras. 

Si  las  mujeres  hermosas  que  han  nacido  pobres  3'  humildes  se 
juntaran  entre  sí,  se  agruparan  entre  sí  y  no  buscaran  mas  altas 
ramas  para  colgar  su  nido;  no  tendrían  tarde  o  temprano  que  sen- 
tir en  su  pecho  esa  ansia  venenosa  de  envolverse  con  sedas  y  ador- 
narse con  joyas.  Sin  la  comparación,  no  existe  la  lucha  de  clases; 
y  como  nadie,  tratándose  de  flores,  se  atreve  a  revolver  las  senci- 
llas del  campo  con  las  artificiosas  de  los  jardines,  aun  no  ha  naci- 
do el  socialismo  en  la  jardinería. 


439 

wSin  embargo,  hemos  creído  ver  en  la  ufanía  con  que  los  nuevos 
crisantemos  se  alzan  solitarios  sobre  una  sola  vara,  cierto  despre- 
cio nial  disimulado  hacia  los  fecundos  y  desparramados  alcanfores 
chilenos.  El  crisantemo  japones,  cultivado  con  el  egoísmo  de  una 
sola  flor,  es  un  símbolo  artístico  llamado  para  la  orla  y  el  cartel  de 
ndamr,  pero  el  alcanfor  de  abundantes  y  pequeñas  flores,  es  el  me- 
jor ornato  para  las  canastillas  de  alambre  o  para  las  estendidas 
piezas  de  cristal  y  bronce. 

Harán  los  crisantemos  su  paseo  triunfal  por  los  jardines,  con- 
quistando adepto.%  y  recorriendo  un  camino  bordado  con  los  ribe- 
tes de  oro  y  nácar  de  una  literatura  enfermiza  \'  amarillenta.  Pero 
hiego  la  moda  que  adoró  las  orquídeas  para  olvidarlas  pronto, 
echará  también  a  un  lado  las  enormes  corolas  amarillas,  asalmona- 
das y  blancas. 

Y  nadie,  entre  tanto,  dejara  de  seguir  encontrando  bellos  los 
pequeños  alcanfores  que  son  lejítiniu  y  espontáneo  fruto  de  una 
tierra  joven. 


víf        vi? 


1.". 


\ 


iü^s^ll^ 


/ 


mmpoñmoR 


EN  los  tiempos  pasados,  existían  los  filósofos.  Eran  hombres 
adustos,  graves,  que  se  creian  llamados  a  grandes  destinos, 
que  amargaban  la  vida  de  los  demás  con  sus  sentencias  y 
que  terminaban  sus  dias  bebiendo  un  vaso  de  cicuta  por  or- 
den superior. 
Hoi  que  lo  trascendental  va  desapareciendo,  y  que  flota  como  una 
niebla  azuleja  que  lo  envuelve  todo,  un  vago  escepticismo,  una 
embriaguez  del  alma  y  im  cansancio  del  espíritu,  los  filósofos  vis- 
ten frac  y  guante  blanco,  se  deslizan  entre  las  parejas  que  danzan  y 
.apenas  se  les  conoce  la  filosofía  en  cierta  irónica  sonrisa  que  llevan 
estereotipada  entre  los  labios. 

Si  los  propagandistas  y  misioneros  han  necesitado  revestir  de 
modernísimas  y  tentadoras  formas,  las  austeras  palabras  de  la  fé; 
si  la  ciencia  para  llegar  al  pueblo  ha  tenido  que  salir  de  los  gabi- 
netes y  ataviarse  con  deslumbradora  poesía;  si  la  farmacia  ha  nece- 
sitado de  los  comprimidos  y  de  las  tabletas  para  no  hacer  odiosas 
sus  fórmulas;  la  filosofía  llamó  en  el  siglo  que  acaba  de  pasar,  a 
Cámpoamor  para  que  la  condensara  en  sus  doloras  >  la  hiciera 
entender  hasta  de  las  almas  femeninas. 

Y  Cámpoamor  surjió  en  un  pueblo  en  que  el  espíritu  tiende  a  los 
estremos,  ennegreciendo  ya  la  vida  con  criterio  fatalista,  o  ya  can- 
tándola con  inspirado  y  lírico  acento,  y  sentándose  en  el  fiel  de  la 


balanza  ypulsardo  uní*  lira  de  finísimas  cuerdas,  anunció  su  ¡le- 
grada con  esa  frase  que  pudo  ser  bandera  de  su  vitis  y  programa 
de  su  jenio: 

En  este  mundo  traidor 
nada  es  verdad  o  mentira; 
todo  se  vé  del  color 
del  cristal  con  que  se  mira. 

Y  enseñó  Canipoamor  una  risueña,  real  y  despreocupada  filoso- 
fia;  y  la  eiicer.ó  en  el  frájil  vaso  de  sus  doloras,  como  se  encierra 
la  esencia  de  rosa,  para  que  el  aire  no  la  desvanezca. 

El  escepticismo  de  Campoamor  es  vago,  lánguido,  sonriente  casi- 
no cierra  horizontes,  no  ennegrece  espíritus,  no  anubla  las  con- 
ciencias, no  per\nerte  los  corazones;  deshoja  las  rosas  como  Ofelia 
y  se  rie  como  Hámlet. 

Allí  está  aquella  dolora  que  comienza: 

Queriendo  un  rci  discutir 
Las  creencias,  llama  jente 
De  Ocaso,  Sur,  Norte,  Oriente. 
Tanto,  que  puedo  decir 
Que  está  allí  el  mundo  presente. 

Pasan  ante  Ir.  vista  del  rei,  la  belleza  la  gloria,  la  justicia,  la  vir- 
tud y  la  relijion  y  termina  así: 

Calló,  y  a  una  cortesia 
que  hÍ7,o  al  pueblo  el  rei,  de  pié; 
todo  el  concurso  aquel  dia 
creyendo  lo  que  creia, 
por  donde  hc  vino  se  fué. 

Y  allí  está  el  alma  de  Campoamor,  constituida  especialmente 
para  el  contraste,  para  el  examen,  para  el  desfile,  para  el  desequi- 
libro desesperante  de  la  vida,  para  la  movilidad  de  las  opiniones, 
para  la  filosofía  de  la  humanidad  en  una  palabra.  Allí  está  el  es- 
píritu que  convierte  en  una  imájen  de  Maria,  la  abandonada  efijie 
de  una  Venus,  el  mismo   que  oye  las  opiniones  de  la  multitud 


443 

viendo  el  paso  del  féretro  de  una  niña,  y  el  mismo  que  burlona- 
mente  pone  a  Heráclito  frente  a  Demócrito  y  con  un  a  leve  ironia 
escucha  el  llanto  del  uno  y  la  risa  del  otro. 

Campoamor  que  era  ya  mas  un  recuerdo  que  una  realidad,  no 
pudo  mantener  su  sonrisa  escéptica  ante  los  males  de  su  patria,  e 
impotente  para  encerrar  en  una  última  y  suprema  dolora  las  angus- 
tias de  España,  se  alejó  de  una  tierra  en  que  ya  las  heridas  eran 
tan  grandes  que  toda  la  fisolofia  del  mundo  habria  sido  poca  para 
contemplarlas  sin  tortura. 

Por  lo  demás  Campoamor  habia  esperado  la  muerte  a  pié  firme, 
como  el  soldado  veterano  que  no  pierde  el  paso,  sonriéndose  ya 
desde  antes  y  encojiendo  sus  hombros  sobre  el  dia  en  que  le  toca- 
rá el  último  viaje: 

Piensa  con  ojos  serenos 
Cómo  y  cuándo  morirás; 
Que  siendo  el  morir  lo  mas, 
El  cómo  y  cuándo  es  lo  menos. 

A  Campoamor  debia  erijírsile  un  monumento  análogo  al  que  se 
levantó  en  París  a  Guy  de  Maupassant;  su  estatua  arriba,  y  a  sus 
pies  una  mujer  hermosa  y  elegante  que  ha  dejado  caer  el  libro  de 
las  doloras  sobre  su  falda  y  ha  entornado  los  ojos  para  pensar  . . 

Ha  muerto  un  poeta  y  un  prosista;  se  ha  cortado  también  un 
vinculo  intelectual  entre  España  y  América. 


lOHn  pnBER 


NuRBMBBRG  i6.— Hoi  falle- 
ció en  esta  ciudad  el  famoso 
industrial  Mr.  John  Faber,  fa- 
bricante de  lápices. 

Difícilmente  habrá  muerte  alguna  de  estadista,  sabio,  literato  o 
soldado,  que  tenga  mayor  resonancia  que  la  que  indudable- 
mente puede  tener  la  de  Faber.  La  plombagina  de  cincuenta 
mil  millones  de  lápices  esparcidos  por  todo  el  mundo,  se  ha 
estremecido  ante  la  infausta  noticia.  Los  lápices  Faber  nú- 
mero I,  que  son  los  mas  sensibles,  han  teñido  en  el  papel  mas  ne- 
gro que  nunca,  trazando  veidederas  orlas  fúnebres. 

¿Quién  no  se  ha  detenido  muchas  veces  pensativo,  con  el  lápiz 
entre  los  labios,  en  el  momento  de  escribir,  acudiendo  a  leer  por 
centéciraa  vez  la  marca  John  Faber  núm,  2,  y  encariñándose  con 
esos  signos  dorados  impresos  en  el  estremo? 

¡Los  lápices!  Los  primeros  que  se  toman  en  la  vida,  son  los  lla- 
mados «de  piedra»,  para  trazar  sobre  la  pizarra  las  cantidades  y 
aprenderlas  a  leen  unidad,  decena,  centena,  unidad  de  mil,  decena 
de  mil,  centena  de  mil,  unidad  de  millón. .  .;Y  pensar  que  después, 
a  medida  que  se  crece,  se  van  olvidando  las  unidades  de  millón  y 
borrándose  las  decenas  de  mil,  y  quedando  en  la  memoria  en  el 


44^ 

bolsillo  las  simples  unidades  y  decenas,  y  solo  allá  por  los  días  de 
pago,  las  centenas! 

Desde  el  diplomático  que  traza  el  borrador  de  un  protocolo  en 
que  salen  las  partes  contratantes^  basta  el  mas  modesto  cabo  de  escua- 
dra que  encabeza  su  misiva  con  la  acostumbrada  fórmula:  «negra 
de  mi  alma«,  todo  el  mundo  necesita  del  lápiz:  el  rico  para  sumar 
lo  que  tiene,  el  pobre  para  sumar  lo  que  necesita  tener. 

Se  pide  un  lápiz  como  se  pide  un  fósforo,  un  cigarro,  un  cara- 
melo. Está  perfectamente  admitido  por  el  uso,  que  el  que  no  tiene 
un  lápiz,  lo  pueda  pedir  prestado  y  después  hacerse  el  distraído  y 
metérselo  en  el  propio  bolsillo. 

Faber  dedicó  su  vida  a  fabricar  lápices,  así  como  otros  se  dedi- 
can a  comer,  a  pronunciar  discursos,  a  ser  ministros  o  a  tener  fa- 
milia. A  fuerza  de  colocar  su  nombre  en  cada  lápiz,  en  cada  pa- 
quete, en  cada  caja,  habrá  muchos  que  ignoren  quien  fué  Gladstone 
pero  mu  i  pocos  ignorarán  quien  fué  Fiber,  Lo  que  prueba  que  mu- 
chísimas personalidades  que  andan  por  ahí,  no  se  fundan  en 
propios  méritos,  sino  en  la  debilidad  de  los  tímpanos  ajenos. 

A  fueza  de  leer  en  las  crónicas  de  los  diarios:  el  señor  X.,  distin- 
guido publicista;  el  señor  J,  hijienista  estraordinarío;  el  señor  N., 
representante  europeo,  llega  un  momento  en  que  los  tímpanos  ya 
no  separan  a  X.  ni  a  J.  ni  a  N.  de  sus  respectivos  epítetos,  y  todo 
es  que  le  digan  a  uno:  «¿conoce  usted  a  N.?»  para  que  se  responda 
al  instante:  ¡quién  no  lo  conoce!  lis  una  reputación  europea». 

Faber  es  un  rei  de  la  industria,  como  lo  es  Rodgers,  el  de  los  cu- 
chillos, Amstrong,  el  de  los  cañones  y  Scott,  el  de  la  emulsión.  Indi- 
viduos humildes  que  no  han  podido  perforar  esa  costra  de  la  indi- 
ferencia, por  el  lado  de  la  ciencia,  -de  la  política  o  de  la  sangre,  han 
trepado  por  sus  chimeneas  y  han  mirado  desde  allí  hacia  abajo  las 
cúpulas  de  los  palacios  y  los  monumentos  de  los  héroes.  Y  así  co- 
mo el  carbón  de  piedra  que  encienden  en  sus  hornos,  se  va  una 
parte  en  humo,  y  deja  otra  en  fuego  y  calor;  así  estos  soberanos  de 
la  industrja  gastan  sus  fuerzas  y  sus  enerjias  en  el  molejón  del  tra- 
bajo, pero  dejan  el  residuo  de  esas  fuerzas,  en  reluciente  oro  que 
se  amontona  á  sus  pies. 

Faber  hal)ia  ideado  no  solo  el  lápiz  plebeyo,  sino  ademas  el  lápiz 
artístico.  Ya  era  una  llave  que,  merced  a  un  tornillo  alargaba  la 


447 

punta  de  plombagina,  ya  era  un  revólver  para  escribir  con  el  cual  ha- 
bía que  apretar  un  gatillo,  ya  era  una  jeringuilla  liipodérmica,  ya 
una  bala,  ya  un  tirabuzón. 

Es  indudable  que  en  su  testamento  ha  dejado  establecido  que  el 
ataúd  que  debe  contener  sus  restos,  será  una  caja  cilindrica  que 
imite  un  lápiz  jigantesco.  En  el  estremo  llevará  esta  inscripción: 
Faber  núm,  /,  para  distinguirlo  de  sus  tres  hijos,  que  son  Faber  2, 

374- 
Si  el  fabricante  de  lápices  no  fué  creyente,  pudo  trazarse  con  su 

ataud-lápiz,  antes  de  meterlo  en  el  nicho,  una  gran  interrogación 

que  signifique  lo  que  se  pregunta  Becquer 

¿Vuelve  el  polvo  al  polvo? 
¿V^uela  el  alma  al  cielo? 
¿Todo  es  vil  materia 
Podredumbre  y  cieno? 


síP       vÍ7 


Un  drama  del  mar 

perpetuaóo  en  un  reloj 


SIMPÁTICO  y  siempre  elocuente  obsequio,  es  el  de  un  reloj.  Co- 
locado sobre  la  mesa  de  escritorio,  parece  un  ser  vivo  que 
repite  en  cada  tic-tac  el  recuerdo  cariñoso  de  la  persona  que 
lo  ofrendó.  Acompañando  hora  a  hora  y  dia  a  dia  en  el  peque- 
ño bolsillo  del  chaleco,  es  un  compañero  que  marca  el  tiempo 
limita  el  trabajo  y  encauza  la  esperanza. 

Quien  espera,  desespera— dice  el  refrán — pero  quien  al  esperar 
mira,  correr  sobre  la  esfera  de  porcelana  los  punteros,  no  perma- 
nece indeciso  sin  saber  si  lo  que  pasa  son  minutos  que  parecen 
sfglos  o  siglos  que  parecen  minutos. 

Todo  esto  hemos  pensado  al  leer  un  corto  párrafo  de  la  prensa 
de  Punta  Arenas. 

Don  José  Leoni^  capitán  del  vapor  Elenas  de  la  matrícula  de  ese 
puerto,  ha  recibido  en  medio  de  su  ruda  labor  de  marinero,  un 
lindísimo  reloj  de  oro,  encerrado  en  un  estuche  postal  con  estam- 
pillas de  un  lejano  pais. 

El  reloj,  a  fuerza  de  venir  viajando,  tenia  inmovilizada  la  cuer- 
da y  no  señalaba  hora  alguna.  Era,  al  parecer,  un  reloj  mudo,  casi 
un  mensajero  como  aquellos  esclavos  negros  que  ni  oian  ni  habla- 
ban y  que  las  Cleopatras  de  otros  tiempos  solian  mandar  en  busca 
de  aventuras  estrañas. 


1.°  DEnOUIEfnBRE 


DURANTE  trescientos  sesenta  y  cinco  dias  nos  ocupamos  de  la 
vida;  vale,  pues  la  pena  que  dediquemos  uno  solo  a  los 
muertos.  Ellos  nos  piden  en  el  primer  dia  de  noviembre,  un 
recuerdo  que  puede  cristalizarse  en  una  plegaria,  en  una  co- 
rona de  rosas  o  en  una  visita  a  la  calada  reja  de  sus  tumbas. 
En  medio  de  este  incesante  cinematógrafo  de  la  vida  que  se  desa- 
rrolla con  la  rapidez  de  relámpagos  consecutivos,  asoman  hoi  los 
rostros  pálidos  y  desencajados  de  los  deudos  ausentes  que  parecen 
pedimos  algo  al  través  de  sus  labios  inmóviles  y  descoloridos. 

Es  menester  detenerse  en  la  jornada,  volver  hacia  atrás  la  vista 
y  contar  el  número  de  los  que  han  desertado  en  silencio.  No  han 
sido  paladines  que  se  han  marchado  como  en  los  tiempos  antiguos, 
con  la  espada  en  la  mano  y  ondeando  sobre  el  casco  la  alba  pluma; 
han  sido  oscuros  soldados  de  esta  batalla  silenciosa,  peregrinos  de 
los  estrechos  senderos  del  dolor,  errantes  esploradores  de  la  vida. 
Han  partido  como  se  va  la  hoja  seca  llevada  por  el  viento;  y  al 
dar  vueltas  la  cabeza,  ya  no  hemos  visto  de  ellos  sino  la  huella  de 
su  paso,  y  el  último  eco  de  su  voz. 
Necesitamos,  pues,  poner  atento  oido  a  las  voces  misteriosas  que 


454 

hoi  cruzan  el  aire  con  invisibles  alas,  y  contestar  a  sus  súplicas 
con  un  recuerdo,  con  una  plegaria,  con  una  corona  de  rosa^ 
blancas 

T       '«•       TI* 

En  todas  las  casas  de  los  barrios  apartados  donde  la  baratura 
del  terreno  permite  tener  jardines  y  huertos;  en  las  quintas  veci- 
nas a  Santiago,  donde  florecen  los  rosales  a  ambos  lados  del  pa- 
rrón de  desnudos  sarmientos;  en  las  fincas  y  chacras  que  a  todos 
los  lados  de  esta  ciudad,  van  encadenándose  entre  alamedas  y  cer- 
cas de  espino;  se  nota  un  movimiento  inusitado  que  ajtta  las  pun- 
zantes ramas  de  las  rosas,  destroza  los  cardenales  y  arrastra  des- 
piadadamente con  los  juncos. 

Es  que  ha  llegado  el  dia  en  que  los  vivos  se  acuerdan  de  lo^ 
muertos;  y  las  rosas  blancas  caen  en  menuda  lluvia  de  pétalos  ti- 
bios y  delicados,  sobre  la  reja  de  hierro  o  la  lápida  de  mármol. 

Todavía  no  se  desprenden  las  últimas  flores  rosadas  del  durazno, 
ni  desaparece  el  sello  malancólico  que  deja  sobre  los  huertos  el 
otoño.  Kn  cambio  un  hálito  de  vida,  se  derrama  por  la  alfombra 
verde,  trepa  por  las  tapias  v  prende  él  rosetón  de  musgo  hasta  en 
el  tronco  seco  destinado  a  la  fogata. 

Toda  la  exuberancia  de  botones  que  estalla  en  el  rosal,  está  des- 
tinada a  formar  la  guirnalda,  las  cruces,  los  corazones  y  los  rami- 
lletes, que  simbolizando  recuerdos  o  esperanzas  van  a  caer  sobre 
las  tumbas. 

También  se  vé  en  esta  ofrenda,  la  lucha  de  las  clases,  la  diferen- 
cia de  las  fortunas;  de  la  corona  de  flores  dobles  y  perfumadas,  a 
la  pequeña  guirnalda  de  papel  encarrujado,  va  mas  di.stancia  que 
desde  el  templete  ejipcio,  griego  o  indio,  de  bronce  y  mármol,  hasta 
la  simple  cruz  de  álamo  plantada  sobre  el  suelo. 

4.    .§.    4. 

Todos  los  años,  cuando  la  ciudad  entera  se  levanta  con  bulli- 
ciosa algazara  a  llevar  flores  a  los  muertos,  nos  acordamos  de  ese 
enorme  cementerio  del  mar. 


455 

En  las  noches  calladas,  han  descendido  por  la  borda  de  los  bu- 
ques, deslizados  con  una  cuerda  y  envueltos  en  su  bandera,  los 
tripulantes,  los  viajeros  y  los  esploradores,  que  han  muerto  a  mi- 
liares de  lejj^uas  de  su  patria. 

¿Quién  podria  fijar  el  sitio  en  que  reposan  hoi  sus  restos?  ¿Quién 
podría  plantar  una  cruz  sobre  esas  ondas  enteramente  movidas? 

Los  náufragos  no  tienen  el  consuelo  de  las  coronas,  de  las  cru- 
ces, ni  de  los  epitafios.  Cuando  llega  la  noche  del  i.°  de  noviembre, 
>ale  la  luna  y  deja  caer  sobre  las  olas  una  corona  plateada  que  pro- 
yecta hasta  el  fondo  del  mar  su  tibia  y  azulada  claridgd.  Talvez 
entonces,  allá  en  lo  mas  profundo  de  esa  soledad  tenebrosa,  se  es- 
ireniecerán  los  huesos  y  entreverán  a  lo  lejos  u  la  esperanza  celeste 
y  divma. 


El   acorazado  de  carne 


"Vale  la  pena  de  rendir  este  homenaje  a  una  verdad  que 
debia  ser  familiar  y  que  representa  para  la  arjentina  mas 
que  una  escuadra  en  el  mar,  mis  que  un  arsenal  y  un  ejér- 
cito en  tierra:  el  soldado  chileno  es  un  ser  moral  e  inielfc- 
iualmente  inferior  lo  forma  el  roto,  producto^  étnico  de 
baja  estraccion,  dejenerado  por  la  consanguinidad  en  la 
especie  y  por  el  abuso  de  toaos  lo  vicios.  El  roto  es  inven- 
cthlemente  un  ebrio  consuetudinario  antes  de  llegar  a  los 
veinte  años 


Kl  soldado  inconsiente  puede  ir  con  bravura  a  la  refrie- 
ga; pero  si  espera  morder  en  blando  y  siente  que  hai .  ries- 
go de  dejar  los  dientes,  se  acobarda  con  igual  facilidad 


De  allí  saldrán,  sin  duda,  hordas  mas  o  menos  jermani- 
zadas;  pero  no  lejiones  de  hombres  movidos  por  la  con- 
ciencia del  deber,  que  es  invencible,  por  ideas  de  abnega- 
ción, por  ambiciones  altas. — (De  El  Diario  de  Buenos 
Airtrs). 


EN  la  enorme  polvareda  levantada  poi  la  prensa  bonaerense, 
han  sobresalido   los  chispazos  de  El  Diario,  chispazos  que 
brotan  del  pedernal   de  la  vanidad  arjentina,  herida  por  el 
acero  de  unos  dcstroyers  que  no  son  suyos.  Chispas  que  nada 
duran  ni  nada  encienden;  que  ni  siquiera  levantan  ampollas 
sobre  la  piel,  que  se  las  lleva  el  viento  y  las  apaga  carbonizándo- 
las; pero  que,  en  fin,  son  chispas  arrojadas  por  ese  soberano  des- 
precio que  finje  para  nosotros  el  epíritu  bonaerense. 

No  vamos  a  gastar  calor  porque  se  diga  que  el  soldado  chileno 
es  un  ser  moral  e  intelectualmente  inferior.  Esta  esuna  declaración 


45^ 

escrita;  y  bien  sabido  es  que  no  se  pniebael  nivel  moral  de  un 
soldado,  con  derramamientos  de  tinta  Stephen,  sino  de  sangre  roja. 
No  son  tampoco  los  puntos  de  la  pluma  de  acero  los  que  pueden 
ir  a  probar  el  empuje  de  los  pechos,  el  ardor  de  los  espíritus  y  la 
fuerza  de  los  brazos.  Hai  otros  puntos  mhs  fuertes,  mas  agudos, 
mas  vigorosos,  mas  cortantes,  que  pueden  barrer  con  trincheras  de 
carne,  detener  avalanchas  humanas,  ensartar  las  coronas  de  triunfo 
y  brillar  al  sol  como  diamantes  de  oro. 

Es  verdad  que  representaría  para  la  Arjentina  mas  que  una  es 
cuadra,  saber  que  ese  roto,  *  producto  étnico  de  baja  estraccion»,  no 
era  el   fiero  y  valeroso  guardador  del  suelo  chileno,  que  fecunda 
con  su  sudor  la  tierra  y  vela  incansable  por  la  paz. 

Es  verdad. . .  Pero  inútil  será  que  se  le' rebaje  de  nivel  en  las  ca- 
rillas de  un  periodista  que  no  le  conoce;  porque  volverá  a  subir  él, 
en  las  carillas  del  historiador  que  le  juzga. 

No  es  un  desconocido  para  nadie.  Tiene  su  lej^enda  larga,  f|ue 
brilla  como  una  patena  al  sol,  su  larga  tradición  que  es  un  himno 
de  trabajo,  su  epopeya  triunfal  que  está  recamada  con  la  .seda  de 
los  estandartes  enemigos,  hollinada  con  el  humo  de  las  batallas, 
teñida  en  sangre,  empapada  en  sudor,  escrita  en  hojas  de  acero. 

Decir  del  roto  que  es  ebrio,  es  como  juzgar  a  Napoleón  I.  di- 
ciendo que  no  era  aficionado  a  la  nuisica. 

Conocerán  probablemente  los  redactores  de  El  Díovíq  una  pe- 
queña zarzuela  representada  en  los  teatros  por  secciones  de  Bue- 
nos Aires,  y  últimamente  en  Santiago  por  una  tiple  recien  ligada 
Se  llama  El  Tio  de  Alcalá,  En  ella  figura  una  nuichacha  sola  en  el 
mundo,  que  habita  un  piso  alto,  cose  para  ganarse  la  vida  y  vela 
incansable  por  su  honra  inmaculada. 

Hai  muchos  antropófagos  de  veinte  años  que  la  cercan,  que  osan 
hablarla  y  que  suelen  asomar  de  pronto  su  cabeza  por  la  puerta 
entreabierta.  I^a  muchacha  ha  desconfiado  de  sus  fuerzas,  y  resuel- 
lo buscarse  una  defensa,  Un  tio  suyo,  que  ha  estado  a  verla  hace 
tiempo,  dej()  olvidado  tras  de  una  puerta  un  enorme  garrote,  que 
usaba  como  bastón,  y  un  sombrerazo,  que  abandonó  por  viejo.  La 
chica  cuelga  estas  prendas  en  una  percha,  y  cuando  entra  im  galán 

lleno  de  frases  ardorosas  en  los  labios,  se  pone  ella  los  dedos  so- 
bre los  suyos  y  le  dice: 


459 

— Chitl...  No  despierte  usted  a  mi  tio  que  duerme  al  otro  lado 
de  la  cortina. 

Y  asi  va  pasando  la  vida,  colgado  siempre  el  bastón,  durmiendo 
siempre  el  tio  y  bajando  en  puntillas  los  galanes. 

Hace  tiempo  que  fuimos  nosotros  en  compañía  del  roto  a  librar 
unas  batallas  de  que  puede  dar  testimonio  fidedigno  don  Roque 
Saenz  Peña.  Las  ganamos  y  nos  volvimos.  Temerosos  de  que  al- 
guien nos  molestara  sabiendo  que  el  roto  tenia  que  marcharse  a  su 
trabajo,  dgamos  colgado  en  una  percha  el  corvo. 

Y  asi  ha  ido  pasando  el  tiempo,  colgado  siempre  el  corvo,  tra- 
bajando siempre  el  roto  y  descendiendo  en  puntillas  los  vecinos. 

¿Creen  los  redactores  de  El  Diario  que  los  pretendientes  de  la 
muchacha  aquélla  le  tendrían  rabia  al  tio  de  Alcalá? 

Pues,  tomen  nota  en  este  caso,  de  que  nosotros  nos  esplicamos 
perfectamente  su  mala  voluntad  al  roto. 

En  cambio,  ¿quién  es  él?  Valeroso,  fuerte,  dócil,  paciente,  hábil, 
no  cuenta  el  tiempo  para  el  trabajo,  ni  mide  las  dificultades  para 
el  combate.  Sale  el  sol  y  está  inclinado  sobre  la  tierra;  su  espalda 
humea  bajo  el  fuego  del  dia;  su  rostro  se  enciende  por  el  sudor 
que  arde  sobre  la  piel  tostada;  se  hinchan  los  brazos  con  el  esfuer- 
zo de  la  barreta;  y  el  pecho  late  como  el  caldero  de  una  máquina 
que  se  fuerza  hasta  estallar. 

Cruza  las  distancias  como  incansable  aventurero.  El  rifle  no  le 
pesa  sobre  el  hombro,  y  el  cansancio  no  le  cierra  los  labios  con  el 
mntismo  del  aniquilamiento.  Habla  y  canta,  insulta  y  amenaza; 
pero  no  es  fanfarrón...  ¡Bien  sabe  el  Morro  de  Arica  que  no  es 
fanfarrón! 

Si  es  máquina  de  trabajo  es  también  máquina  de  guerra.  No  ne- 
cesitamos ir  a  comprarle  en  los  astilleros  de  Armstrong:  el  roto  es 
acorazado,  que  se  hace  solo  en  Chile.  La  carne  de  su  pecho  es 
acero  que  mana  sangre,  hierro  que  siente,  coraza  que  palpita. 

Para  ponerlo  de  pié  no  necesitamos  tocar  \o%  fondos  de  la  con- 
versión. Cuando  mucho  es  necesario  que  en  las  puertas  de  los 
cuarteles  se  toque  zafarrancho. 

Bien  sabe  El  Diario  que  el  roto  no  provoca,  lis  paciente,  es 
retraido,  es  silencioso.  Tiene  que  entusiasmarlo  la  esplosion  de 
luz,  de  brillo  y  de  sol  de  la  trilla,  para  arrancarle  el  chiste  de  los 


46o 

labios.  Tiene  que  exitarlo  la  voz  del  combate  para  arrancarle  del 
pecho  el  clamor  del  insulto. 

Entretanto,  no  hai  mas  que  mirar  lo  ouepasaaqui  y  lo  que  ocu- 
rre allá,  Andes  de  por  medio. 

Aquí  todo  el  mundo  trabaja,  calla  y  hace  su  camino.  Allá  se  en- 
ciende un  reguero  de  pólvora,  y  se  alza  un  clamoreo  de  ciclopes 
que  fabrican  rayos,  bajo  la  dirección  de  un  Vulcano  de  opereta. 

Vale  la  pena  que  desde  el  otro  lado  fijen  la  vista  en  este  poiten- 
toso  equilibrio  de  los  humores  de  un  pueblo  que  parece  hecho  de 
troncos  de  espinos. 

Y  los  troncos  de  espinos  bien  están  como  troncos... 

No  como  mazas. 


c3^    c3^ 


üummoT 


YA  se  ha  conquistado  la  tierra  y  el  mar;  es  menester  que  tam- 
bién se  pueda  conquistar  el  aire. 
Cayó  cautiva  la  tierra  desde  el  momento  en  que  el  hombre 
puso  sus  plantas  sobre  ella.  Desde  entonces  ha  sido  madre 
"  fecunda,  compañera  fiel  y  guardadora  eterna.  El  surco  abier- 
to ha  compensado  los  sudores  con  la  espiga  lozana;  la  llanura  ili- 
mitada ha  prometido  estensiones  para  la  ambición,  riquezas  para 
la  codicia,  y  base  firme  para  la  edificación  del  hogar;  y  sus  entra- 
ñas trasformadoras  han  sido  tumba  para  los  muertos,  y  eterno  la- 
boratorio para  la  naturaleza. 

El  mar  se  resistió  durante  mucho  tiempo  a  esta  imposición  de 
la  fuerza  humana,  y  los  primeros  poetas  cantaban  la  libertad  del 
mar,  como  la  suprema  libertad.  Hoi  dia,  subyugado  a  todas  las  ca- 
denas, se  doblega  también  ante  el  éxito  de  los  combates,  pasa  de 
un  poder  a  otro  como  botin  de  guerra,  y  hasta  entra  como  muía  de 
noria  a  llevar  fuerza  motriz  a  la  maquinaria  injeniosa. 

Quedaba  el  aire,  el  aire  solo;  porque  el  fuego  habia  sido  servil 
desde  su  cuna.  Quedaba  el  aire,  libre  de  todo  yugo,  de  toda  inva- 
sión, de  todo  límite;  y  los  poetas  al  cantar  la  libertad  han  esclama- 
do cien  veces:  «;Solo  el  aire  es  libre!» 
Desde  que  Montgolf ier  lanzó  al  espacio  el  primer  globo  de  papel 


Lo  que  hablan  dos  bocas 


SI  vemos  algo  lejano,  imposible,  quimérico,  es  la  realización  de 
la  paz  universal.  Así  como  no  eremos  posible  que  la  ciencia 
descubra  un  dia  la  fórmula  de  la  dicha,  no  pensamos  en  la 
posibilidad  de  que  se  equilibren  los  humores  terrestres  y  quede 
la  guerra  proscrita  para  siempre. 
Si  hubiera  hecho  la  distribución  jeográfica  de  los  pueblos  en  la 
misma  forma  en  que  los  boticarios  hacen  la  de  las  cápsulas  de  qui- 
nina, igual  contenido  para  igual  continente;  ya  habría  una  base 
sobre  la  cual  fundar  esperanzas  menos  locas  sobre  un  próximo 
advenimiento  de  la  paz.  En  seguida,  la  igualdad  de  los  productos, 
la  similitud  de  las  aspiraciones,  la  identidad  de  raza  y  aun  la  co- 
munidad de  lenguaje,  vendrían  a  pasar  sobre  todo  el  mundo  una 
plana  niveladora  y  a  hacer  creer  entonces  en  una  posible  paz  uni- 
versal. 

Hace  pocos  dias,  una  mujer  distinguida  entona  un  himno  en 
honor  de  la  paz  y  fulmina  maldiciones  elocuentísimas  en  contra 
de  la  guerra.  Y,  sin  embargo,  de  la  elocuencia  de  sus  frases,  de  la 
nobleza  de  sus  sentimientos,  de  la  sentimental  pasión  de  la  madre 
y  de  la  esposa,  habia  algo  de  retórico  y  de  académico  en  su  dis- 
curso. ¿Por  qué?  Porque  la  guerra  descansa  por  el  momento  en  la 
naturaleza  humana,  en  lá  organización  de  los  pueblos,  en  las  dife- 
rencias de  sus  espíritus.  Si  la  marcha  de  las  naciones  fuera  para- 


466 

lela,  como  una  apuesta  de  carruajes,  la  paz  estaría  impuesta  sin 
necesidad  de  predicarla;  pero,  como  no  hai  nadie  que  tuerza  d 
rumbo  de  los  unos  y  enderece  el  de  los  otros  y  restablezca  la  pa- 
ralela en  los  destinos  de  cada  cual,  es  inútil  aconsejarla. 

¿Quién  no  estará  convencido  de  que  la  paz  es  conveniente?  Quién 
seria  tan  insensible,  tan  loco,  que  deseara  la  guerra  por  la  guerra? 
Nadie,  absolutamente  nadie.  .Pero  la  guerra  existe  y  continúa  cer- 
niendo sus  alas  ensangrentadas  sobre  la  tierra. 

Hemos  oido  hablara  una  elocuente  predicadora  de  la  paz. . .  Una 
boca  de  bronce,  lanza  ahora  desde  Europa,  un  «hurra»  alaguen  a. 
Un  nuevo  cañón  de  larguísimo  alcance — por  consiguiente  de  mas 
alcance  que  la  frájil  voz  de  una  mujer  virtuosa — recien  salido  de^ 
molde,  limpio  y  brillante  como  un  bruñido  espejo  de  oro,  ha  lanza* 
do  su  mensaje  bélico  con  un  sonoro  y  entusiasta  estampido  de 
triunfo. 

¿Quién  convence  mas?  ¿La  madre  que  habla  dulcemente  al  co- 
razón, aconsejando  y  persuadiendo,  o  el  cañón  de  bronce  que  al- 
canza una  milla  mas  de  distancia?  Perdónenos  la  ilustrada  confe- 
rencista de  la  paz,  señora  de  Laperriére;  perdónenos  si  creemos  que 
hal)la  con  mas  elocuencia  el  nuevo  cañón  inventado  en  Inglaterra. 

La  voz  que  predica  la  paz,  es  una  voz  que  conmueve,  indivi- 
dual. El  nuevo  cañón  que  mata  mas  hombres  en  menos  tiempo,  es 
una  voz  que  conmueve  gubernativamente. 

Una  cátedra  mas  que  se  levanta  enseñando  el  odio  a  la  guerra, 
es  un  acontecimiento  literario  que  puede  afectar  mas  o  menos  los 
espíritus.  Pero  un  cañón  de  mas  alcance  y  rapidez  que  los  conoci- 
dos, es  una  voz  que  encuentra  eco  en  todas  las  oficinas  militares 
del  globo,  que  tiene  resonancia  en  las  cancillerías,  que  mueve  el 
dinero  para  encargos  secretos,  que  ajita  a  los  adictos  militares,  y 
que  prueba  que  lo  único  real,  existente,  humano,  es  la  guerra,  y  lo 
único  retórico,  académico,  utópico,  la  paz. 

Desaparecerá  el  cuadro  de  horrores  que  con  majestad  de  artista, 
nos  ha  trazado  Mme.  de  Laperriére,  a  medida  que  estos  cañones 
crezcan  en  el  alcance  y  progresen  en  velocidad.  Desaparecerá  el 
estampido  de  la  pólvora,  elemento  decorativo  que  con  las  llamas 
>'  el  humo  sirve  para  pintar  el  fatídico  campo  de  batalla;  se  acalla- 
rán los  gritos  inarmónicos  y  fieros  de  la  carga;  se  estinguirán  las 


467 

maldiciones  y  jeniidos  de  los  moribundos.  La  guerra  llegará  a  ha- 
cerse en  el  silencio  de  un  gabinete  quirúrjico  en  que  se  use  el  clo- 
roformo. La  artillería  matará  silenciosa  y  traidoramente,  trazando 
en  las  líneas  enemigas  un  abanico  mortal  que  se  abre  paso  y  deja 
el  suelo  sembrado  de  cadáveres.  Y  con  esto  la  conferencista  de  la 
paz  perderá  el  brillante  calor  de  sus  inspirados  discursos,  y  tendrá 
<iue  reconocer  que  merece  maldición  la  guerra  salvaje,  pero  que 
debemos  dejar  tranquila  a  la  guerra  civilizada  que  nace  y  que  pro- 
gresa. 

jAli!  los  países  sin  héroes,  sin  glorias   militares,   sin    soldados! 
Seria  establecer  en  el  mundo  la  burguesía  de  los  pueblos! 


SiS^ 


La  resurrección  óe  luóít 


LA  esposa  de  Botha  visita  a  dos  ministros»,  dice  sencillamente 
el  epígrafe  de  un  cablegrama  de  liendres,  publicado  ayer  en 
la  sección  estranjera  de  este  diario.  Y  seguidamente,  con  el 
tono  narrativo  y  sobrio  del  cable,  se  cuenta  algo  que  tiene  que 
conmover  profundamente  y  que  obliga  a  pensar  un  poco  mas 
que  de  costumbre  sobre  la  escueta  noticia  que  viene  cada  dia  de 
Europa. 

«La  esposa  del  jeneralísimo  boer  visitó  al  ministro  de  la  guerra 
Mr.  John  Brodrick;  al  de  las  colonias,  Joseph  Chamberlain;  y  al 
gobernador  de  la  Colonia  del  Vaal,  lord  Milner.  Parece  indudable 
que  a  todos  ellos  presentó  las  bases  de  paz  de  que  es  portadora  y 
sobre  cuyas  condiciones  nada  se  ha  traslucido» 

No  sabemos  si  a  todos  habrá  causado  la  simple  lectura  de  este 
cablegrama  el  profundo  sentimiento  de  simpatía  y  respeto  que 
inspira  esa  mujer,  que  abandona  valerosamente  la  tierra  del  ene- 
migo llevando  en  su  corazón  el  anhelo  de  la  paz,  y  en  sus  manos 
las  instrucciones  escritas  con  sangre  por  su  marido  y  sus  hijos. 

Nos  parece  que  hai  algo  en  ella,  que  la  acerca  a  la  bíblica  figura 
de  Judit,  saliendo  de  la  ciudad  sitiada  hacia  el  campamento  de 
Holofemes. 


470 

Sil  patria  arde  en  el  incendio  de  una  guerra  espantosa.  La  vasta 
llanura  del  Transvaal  está  cortada  por  trincheras,  batidas  unas,  in- 
domables las  otras,  Kl  sol  africano  no  alcanza  a  consumir  sóbrela 
tierra  caldeada  la  sangre  de  los  héroes,  sin  que  vuelva  a  hume<le- 
cerla  la  de  los  que  caen  tocándolas  con  sus  labios  entreabiertos. 

Hacia  todos  lados  el  horizonte  violáceo  con  tintes  de  sangre  y 
celajes  de  humareda,  cierra  la  vista  con  un  marco  que  parece  el 
cerco  de  una  enorme  tumba.  Rodeados  como  por  un  torlxíllino 
que  se  fuga,  dando  vueltas  sobre  la  tierra  y  levantando  mangas  de 
polvo,  pasan  rápidos  los  comandos  al  galope  desesperados  de  sus  ca- 
ballos hambrientos.  Alli  está  la  guerra  en  la  tierra  que  se  pisa,  en  el 
aire  que  se  respira,  en  la  luz  que  alumbra  y  en  el  sol  que  quema. 

En  esta  situación,  no  es  posible  <iue  salga  un  solo  hombre  para 
ir  a  pedir  paz,  porque  es  un  rifle  que  se  va  y  iira  brecha  que  se 
abre.  Hai  un  hogar,  en  que  el  jefe  de  la  familia  y  los  hijos  se  han 
ido  a  la  guerra,  para  defender  sus  umbrales  hasta  la  muerte.  Y  en 
ese  hogar  ha  quedado  solo  una  mujer,  que  mira  siempre  a  lo  lejos 
para  ver  si  se  abre  el  horizonte,  se  despeja  el  color  de  sangre  de 
las  nubes  y  aparece  la  luz  de  la  aurora. 

Esa  mujer,  es  la  esposa  del  jeneralísimo  Botha.  A  ella  le  toca 
partir,  y  parte.  Y  de  allí,  que  el  enviado  del  pueblo  mas  viril  de  la 
tierra,  sea  una  mujer. 

La  nueva  Judith  no  lleva  oculta  una  daga  para  castigaren  Cham- 
berlain  el  error  de  que  tal  vez  nadie  tiene  la  culpa.  Va  a  Inglaterra 
a  implorar  paz,  y  solamente  paz,  y  al  subir  las  gradas  del  palacio 
de  gobierno,  enlutada  como  una  viuda,  se  ha  estremecido  al  ver  en 
las  bayonetas  de  los  guardias,  las  mismas  con  que  ha  visto  en  su 
tierra  atravesados  los  pechos  de  los  héroes. 

¡Estos  son! — se  habrá  dicho,  llena  de  infinita  amargura — ¡son 
ellosl  Y  mientras  allá  se  están  acabando  los  hombres  y  las  muje- 
res, aquí  quedan  todavia,  hasta  para  montar  guardia  de  honor  a  los 
ministros! 

Los  marimachos  feministas,  los  seres  estraviados  que  creen  que 
la  mujer  para  cumplir  destinos  altos  debe  dejar  de  ser  mujer,  no 
deberían  dejar  pasar  esta  pasional  embajada  de  la  esposa  de  Botha, 
sin  medir  la  profunda  y  melancólica  belleza  que  lleva  envuelta  en 
sus  pliegues. 


47t 

Grande  es  la  figura  de  la  mujer  que  pide  perdón  para  un  des- 
graciado, indulto  para  un  criminal  y  piedad  para  una  víctima.  Pero 
es  sublime  la  de  la  embajadora  que  cruza  medio  mundo,  para  im- 
plorar paz  para  su  pueblo. 

La  esposa  de  Botha  habrá  hablado  ante  la  estirada  y  correctí- 
sima figura  de  Chamberlain,  con  lágrimas  en  los  ojos  y  sollozos 
en  el  pecho.  Habrá  dicho  allí,  sin  jactancias  de  que  no  es  capaz 
una  mujer,  que  solamente  cuando  muera  el  último  boer,  podrá  fla- 
mear en  paz  la  bandera  británica. 

Y  Mr.  Chamberlain  la  habrá  oido,  sin  dejar  de  pensar  un  solo 
instante^  que  vale  mas  que  muera  el  último  boer,  para  que  pueda 
flamear  en  paz  esa  bandera. 


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16 


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Batallas  silenciosas 


HABÉIS  oido  hablar  de  la  poesía  de  1^  guerra? 
Seguramente;  por  mas  que  las  naturalezas  sensibles  no 
puedan  encontrar  poesía  en  la  matanza,  en  la  desolación  y 
en  el  incendio, 

Y  sin  embargo  esos  ejércitos  que  avanzan  con  cautela, 
que  alargan  por  el  caminó  solitario,  por  el  faldeo  quebrado,  por  el 
monte  casi  impenetrable,  sus  tentáculos  de  esploracion,  y  de  repen- 
te se  encojen  con  la  sensibilidad  del  caracol  que  se  siente  tocado, 
o  de  pronto  se  lanzan  como  un  torrente  a  la  batalla,  lleno  de  humo 
y  de  fragor,  forman  indudablemente  un  poema  grandioso  al  que 
presta  alas  el  amor  de  la  patria  y  dá  poderoso  nervio  el  coraje  de 
los  héroes. 

Alguien  ha  dicho  que  las  batallas  antiguas  ganaban  en  poesía  a 
las  modernas.  Eran  aquellas  mas  bulliciosas,  éstas  mas  mecánicas, 
lylegaban  los  soldados  de  entonces  como  se  llega  a  un  torneo:  re- 
luciendo al  sol  las  corazas  bruñidas,  y  ondeando  las  plumas  sobre 
el  casco,  rompiendo  el  aire  los  cuernos  de  guerra  y  piafando  los 
inquietos  corceles  llenos  de  jaeces  y  aiinaduras.  Hoi  dia,  una  fila 
de  humitos  blancos  que  parecen  copos  de  algodón,  revienta  a  lo 
lejos.  Es  la  infantería  que  pelea  tendida.  Otra  fila  mas  lejana  esta- 
lla en  nueva  línea  de  humos  en  el  faldeo  de  los  cerros.  Es  la  artí- 


474_ 

Hería  que  toma  posiciones.  Y  las  ondulaciones  del  estampido  que 
marcan  las  peripecias  del  combate,  semejan  un  trueno  lejano  que 
se  aleja  o  acerca  en  dia  de  tormenta. 

Pues  bien:  la  guerra  va  a  hacerse  de  un  momento  a  otro  en  un 
silencio  de  tumbas. 

€  El  coronel  Humbert— dicen  nuestros  telegramas — ha  inventado 
un  aparato,  mediante  el  cual  quedan  suprimidos  el  fogonazo,  el 
humo  y  la  detonación  de  todas  las  armas  de  fuego. 
Este  aparato  puede  también  adaptarse  a  los  glandes  cañones. 

Será  el  campo  de  batalla  un  verdadero  gabinete  de  cirujia.  Los 
soldados  andarán  en  puntillas,  los  jefes  se  pondrán  un  dedo 
sobre  los  labios  las  filas  se  irán  raleando  en  un  silencio  sepulcral 

El  caminante  distraído  que  a  lomo  de  muía  llegue  por  un  sen- 
dero hasta  esta  pantomima,  preguntará  asombrado:  ¿Aquí  se  está 
ensayando  El  Tambor  de  Granaderos} 

— Nó,  señor,  le  replicarán— aquí  se  decide  la  suerte  de  Europa. 

Y  así  como  se  juega  una  partida  de  ajedrez  a  largas  distancias, 
y  desde  el  sosegado  silencio  de  una  mesa  de  trabajo,  así  se  des- 
cuartizaran los  ejércitos:  en  puntillas. 

No  tardarán  en  hacerse  las  batallas  en  el  laboratorio  de  un  quí- 
mico. Ese  matraz — dirá  el  sabio — con  un  líquido  rojo,  es  el  ejér- 
cito enemigo  de  cien  mil  hombres,  que  esta  muriendo.  Esa  olla  que 
hierve  al  fuego,  es  el  equilibrio  europeo,  sujeto  a  una  cocción  espan- 
tosa. Este  frasco  contiene  un  ácido  que  borra  las  naciones  del  mapa. 
Basta  usarlo  con  una  esponja,  en  una  disolución  al  uno  por  ciento! 

Y  entretanto,  la  poesía  de  las  batallas  se  vá'  Vemos  alejarse  los 
trenes  de  artillería  al  galope  de  sus  troncos  de  caballos.  Vemos 
huir  en  carrera  desenfrenada  los  rejiraientos  de  húsares,  dragones  y 
cosacos.  Es  la  guerra  que  se  aleja,  con  toda  esa  decoración  que  la 
hacia  disimular  sus  horrores.  Queda  hoi  solamente  el  rio  de  san- 
gre que  corre  por  el  campo,  el  tendal  de  cadáveres  que  queda  inse- 
pulto, el  silencio  de  la  muerte. 

Y  dicen  todos,  héroes  y  pusilánimes,  que  vale  mas  la  pena  mo- 
rir con  bulla! 


rf^ik^^^^^  ^Mh^^^Mk  d^^k^^^Mk 


LOS  PñRñOUñyOS 


UNA  orden  de  su  gobierno  obliga  a  partir,  para  su  patria,  a  tres 
de  los  distinguidos  oficiales  paraguayos  que  se  educan  mili- 
tarmente en  nuestro  ejército. 
Nos  daba  ayer  la  noticia  un  pundonoroso  oficial  del  Buin 
y  nos  agregaba  con  acento  de  tristeza: 
— Le  aseguro  a  usted  que  siento  a  los  tres  paraguayos  como  a 
tres  camaradas  de  la  infancia.  Al  despedirlos,  me  parece  que  asisto 
a  su  entierro  y  debo  llevar  franja  negra  al  brazo. 

Los  horticultores  no  se  equivocan  jamas  en  el  para  los  legos 
dificilísimo  arte  de  injertar  un  árbol  en  otro.  Se  necesita,  para  que 
el  injerto  entre  en  la  ajena  sustancia,  similitud  de  tejidos  y  de  sa- 
via. Entonces  las  células  se  confunden,  se  identifican  y  tarda  la 
primavera  en  hacer  subir  la  yema  precursora  del  brote  verde. 

Los  paraguayos  vinieron  a  Chile,  y  no  tardamos  en  comprender, 
ellos  y  nosotros,  que  la  composición  de  nuestra  sangre  era  una 
misma  y  conocida  fórmula:  33  por  ciento  de  resistencia,  33  por 
ciento  de  valor  y  33  por  ciento  de  nobleza.  Fórmula  ensayada  en 
los  laboratorios  de  las  batallas,  fórmula  sin  mezcla  de  algo  que 
tienen  otros  pueblos  vecinos,  fanfarronería;  fórmula  en  fin,  cuya 
eficacia  ha  sido  recomendada  por  esos  grandes  químicos  que  mez* 


476 

dan  sangre,  pólvora  y  humo  para  conseguir  la  aleación  de  la  vic- 
toria. 

Los  paraguayos  llegaron.a  Chile  y  creyeron  que  llegaban  al  Pa- 
raguaL  Eraun  curioso  efecto  de  óptica  internacional,  que  les  hizo 
encontrar  aquí  a  la  vuelta  de  cada  esquina,  conocidos  y  amigos 
con  los  que  creian  haber  conversado  antes  muchas  veces, 

Y  era  que  bajo  la  tierra  fértil  de  Chile,  palpitaba  también  un 
gran  poema  guerrero  como  el  Paraguai;  y  era  que  en  el  rótulo  de 
la  calle,  en  la  vitrina  de  la  tienda,  en  el  cuarto  de  banderas  del 
cuartel,  en  el  museo,  en  la  galería  de  pinturas,  en  todas  partes,  ha- 
bía una  reliquia  de  las  guerras  pasadas,  con  una  rotura  abierta  a 
bala  y  una  mancha  gris  de  sangre  seca. 

Vimos  a  los  paraguayos  recien  incorporados  a  los  cuerpos.  Ha- 
bían caído  en  elfos,  como  cae  una  gota'  de  agua  en  otras  gotas. 
Permaneciendo  en  el  casino  de  oficiales,  viendo  circular  el  alemán 
vaso  de  plaquet  lleno  de  cerveza  Pilsener,  oyendo  las  animadas 
militares,  era  difícil  averiguar  cuáles  eran  los  huéspedes  y  cuáles 
los  de  la  casa. 

Pocas  veces,  productos  de  este  revuelto  suelo  amencano  en  que 
todo  se  dá,  desde  la  palma  jigan te  hasta  el  cardo  negro,  desde  el 
estadista  de  vuelo  hasta  el  mandatario  ladrón,  hablan  podido  en- 
contrarse hermanos  al  travez  de  muchas  leguas  y  de  una  altísima 
cordillera  que  a  veces  parece  un  abismo  insalvable. 

Kl  Buin  y  los  Cazadores  abren  sus  casinos,  los  iluminan  con  es- 
plendidez; destapan  el  «champagne»  guardado  en  sus  bodegas,  y 
beben  una  copa,  en  la  que  fácilmente  podría  mezclarse  ima  lágri- 
ma, por  aquello  de  que  hai  quienes  prefieren  el  espumante  líquido 
con  una  gota  de  « amargo  j». 

Es  una  despedida,  y  una  despedida  larga.  Los  que  se  van,  vol- 
verán muchas  veces  con  el  pensamiento,  no  con  el  cuerpo.  La  pa- 
tria los  ha  llamado  y  han  debido  partir.  ¡Que  partan!  Pero  que 
cuando  lleguen  al  Paraguai  y  vayan  a  formar  en  las  filas  de  su 
ejército,  enseñen  en  ellos  que  este  es  un  pueblo  pacífico,  laborioso  y 
sano;  que  un  hombre  honrado  y  un  americano  de  corazón  no  debe 
creer  la  calumnia  internacional  que  se  nos  lanza  de  ciertas  forta- 
lezas en  que  flotó  un  tiempo  nuestra  bandera;   y  que  aquí  hai  en 


477 

las  filas  de  los  batallones,  huecos  que  podrían  ocuparse  con  mu- 
chachos paraguayos  de  espíritu  y  de  valor. 

¡Que  al  levantar  en  los  casinos  de  su  tierra  la  copa  de  cerveza» 
vean  al  través  de  los  cristales  del  fondo,  el  cielo  azul  de  Chile,  los 
ojos  negros  de  sus  mujeres,  las  manos  francas  y  abiertas  de  sus 
hombres! 

¡Que  sientan  nostalüa  de  Chile! 


FRIEDEnTHHL 


NO  se  ausente  nadie;  que  no  se  trata  del  relato  técnico  de  su 
último  concierto,  ni  siquiera  de  una  íntima  semblanza  suya, 
en  que  figura  el  número  de  cigarrillos  que  se  fuma  al  dia  y 
otras  prolijas  nimiedades  de  que  se  hace  gala  en  este  jénero 
periodístico. 
Por  otra  parte,  muchísimo  menos  bulla  ha  causado  la  llegada  de 
Friedenthal,  que  la  del  andarín  Soreilk.  Es  cuestión  de  gustos.  No 
se  crea  que  vayamos  por  esto  a  aprovechar  esta  ocasión  para  in- 
crepar a  la  sociedad  de  Santiago  porque  no  acude  a  oirle  al  eximio 
pianista  sus  maravillas  musicales. 

¡Quiá!  El  público  tiene  sus  veleidades  y  sus  cosas.  La  romería 
que  incesantemente  desfila  frente  a  la  jaula  de  los  monos  en  la 
Quinta  Normal,  bastaría  para  enriqíecer  en  una  sola  noche  a  Frie- 
denthal. ¿Y  qué? 

El  público  no  se  da  siempre  cuenta  exacta  de  las  cosas.  Un  jo- 
ven bastante  culto  nos  decia  la  otra  noche,  al  leer  en  el  programa 
del  concierto  Friedenthal  La  cabalgata  de  las  Walktrias:  Yo,  de  buena 
gana  iria,  si  supiera  que  con  el  viento  se  les  iba  a  levantar  un  poco 
el  ropón... 
Ya  lo  hemos  dicho:  todo  es  cuestión  de  gusto  y  como  sober 


4So 

gusto  no  hai  nada  escrito,  seria  sencillamente  torpe  que  quisiéra- 
mos imponer  el  nuestro. 

T       T       "l* 

El  viernes  en  la  noche  hacia  frió  en  todo  Santiago;  pero,  en  nin- 
guna parte  tanto  como  en  tomo  del  pobre  Friedenthal,  que 
desarrolló  maravillas  delante  de  una  escasa  concurreneia. 

El  teclado  que  recorre  el  distinguido  pianista,  es  como  todos.  Y 
allí  mismo  donde  una  señorita  cursi  podría  arrancamos  lágrimas 
con  Un  suspiro  en  tu  ausencia^  Friedenthal  nos  arrebata  en  el  Navio 
Fantasma,  nos  cautiva  en  la  Rapsodia  húngara  de  Lizt,  y  nos  arranca 
aplausos  en  las  filigramas  de  la  Gavota  de  Corelli. 

Esta  Gavotte  antigüe,  es  un  tejido  de  sartares  de  perlas.  Es  mas 
que  eso;  es  un  enrejado  de  oro,  sobre  el  cual  se  hubiera  engastado 
un  millón  de  brillantes.  Friedenthal  lo  desenrolla,  y  como  un  buen 
comerciante,  lo  ajita  a  la  luz  para  venderlo.  Es  conjunto  de  deste- 
llos azules,  opalinos,  rojos,  verdes,  blancos  y  morados;  ciega,  em- 
briaga, enerva;  y  si  la  materia  se  sobrepone,  y  los  ojos  tratan  de 
ver  al  través  de  ese  relampagueo  musical,  se  siente  la  sorpresa  de 
dos  prosaicas  manos  que  golpean  febrilmente  el  teclado  de  un 
piano  de  cola. 

La  Gavotte  antique  no  es  trabajo  de  músico;  es  labor  de  joyero. 
A  ratos  uno  encuentra  en  las  notas  la  dureza  y  frialdad  de  un 
mosaico  de  mármol;  en  seguida  la  trama  musical  aparece  como 
una  sencilla  filigrana  de  plata;  de  repente,  salta  la  pedreria,  como 
si  se  estuvieran  deshaciendo  collares  de  piedras;  y  en  seguida  todo 
este  conjunto  se  revuelve,  se  entremezcla  y  se  confunde. 

Sin  embargo,  la  Gavota  de  Corelli  no  hace  pensar  como  la  Sota- 
na appasionata  de  Beethoven.  Allí  hai  un  espíritu  grande  y  filosófi- 
co, que  se  envuelve  como  con  una  capa  luminosa  y  algo  etérea. 
Es  el  jenio  musical  que  pasa  de  incógnito. . .  Nos  descubrimos 

El  Navio  Fantasma  es  la  imajinacion  wagneriana,  condensada  por 
Friedenthal  en  un  tema  corto,  casi  estamos  por  decir  rápido.  Un 
loco  queria  trasladar  el  océano  Pacífico  al  Atlántico,  por  medio  de 
una  cucharita  de  té.  Friedenthal  ha  logrado  este  inmenso  absurdo, 
condensando  a  Wagner  en  una  fantasía  nebulosa,  antigua,  quetie- 


481 

ne  sin  embargo  colores  frescos,  y  que  dura  inedia  hora  en  desarro- 
llarse y  morir. 

El  tema  «...j^  (uiormece*^  es  lo  mas  admirablemente  sujestivo  que 
hemos  oido.  J^a  música  no  moria,  no  se  acababa,  no  cesaba;  se 
deshilaba  Uno  veia  cómo  se  iban  escapando  las  notas,  y  cómo  al 

fin  vibraba  una,  una  sola,  huérfana,  solitaria,  sin  punto  de  apoyo. . . 
£n  seguida,  las  manos  de  Priedenthal  hablan  dejado  de  moverse; 

pero  el  alma  seguia  la  nota  escapada,  y  la  seguia  mui  lejos  por  una 

peregrinación  silenciosa  y  como  agonizante 

*    T    V 

Un  soñador  que  se  sentaba  á  nuestro  lado,  pocos  momentos 
antes  nos  trazaba  el  cuadro  de  lo  que  él  deseaba  que  fuera  su  di- 
cha. Y  venia  aquello  del  saloncito  abrigado,  del  piano  abierto,  de 
la  esposa  alegre  y  joven;  tema  que  solo  por  ser  bello  se  salva  de 
ser  cursi.  Concluía  su  cuadro,  asegurando  que  solo  se  casaría  con 
una  mujer  que  tocara  el  piano  con  el  alma,  en  vez  de  hacerlo  con 
los  dedos. 

Al  salir  al  aire  frió,  y  en  el  momento  en  que  nos  subíamos  los 
cuellos,  el  soñador  dijo  con  voz  enérjica: 

— ^Estoi  resuelto. .  .¡Me  caso  con  Friedenthal! 


La  carpa  blanca 

— %•« — 

EL,  circo  Frank  Brown  levantará  pronto  su  carpa  blanca  y  em- 
prenderá el  vuelo  hacia  otras  ciudades  y  mas  tarde  hacia 
otros  paises.  Vida  errante  en  busca  de  fortuna,  que  se  desa- 
rrolla eternamente  con  el  ansia  del  éxito  que  se  ambiciona,  y 
que  suele  tener  también  amarguras  con  el  resultado  de  las 
esperanzas  que  se  desvanecen. 

Siempre  es  un  mismo  acto  en  varios  cuadros  el  que  va  dando 
vueltas,  a  la  vista  de  esa  íroupe  que  ya  no  tiene  patria,  o  que  mejor 
dicho,  tiene  por  patria  a  todo  el  mundo.  Primero  la  navegación, 
donde  van  los  caballos  amaestrados  metidos  en  una  jaula,  donde 
las  hermosas  equitadoras  disimulan  bajo  la  bata  de  viajera  y  el  des- 
mayo y  languidez  del  mareo,  esa  ajilidad  desenvuelta  y  provoca- 
tiva con  que  saltan  desde  la  arena  a  la  grupa  del  caballo  levantando 
los  brazos  y  saludando  con  ellos  al  público,  y  donde  los  clowns, 
rapados  y  vestidos  como  todo  el  mundo,  fuman  sus  pipas  apoya- 
dos en  la  borda,  y  evocan  en  su  espíritu  el  recuerdo  de  esos  triun- 
fos de  la  risa  que  han  provocado  a  fuerza  de  piruetas  y  tonterías. 
~  Mas  tarde,  la  carpa  blanca  que  se  levanta  en  medio  de  una  ciu- 
dad nueva;  el  hotel  frió  e  inhospitalario  que  nada  habla  al  alma  y 
que  por  el  contrario  hace  sentir  aun  a  los  que  no  lo  conocen  el 
vacio  del  hogar;  la  primera  noche  de  espectáculo  en  que  la  orques- 
ta toca  la  galoppe  eterna  y  salta  a  la  pista  el  caballo  blanco  de  cri- 
nes sueltas;  después,  la  entrada  con  un  vestido  celeste,  los  brazos 


484 

desnudos,  ceñidos  con  una  argolla  dorada,  él  pelo  levantado  sobre 
la  cabeza  con  una  camelia  blanca,  los  pies  con  zapatillas  de  seda 
y  lentejuelas;  y  en  fin,  la  salva  de  aplausos  que  estalla,  los  millares 
de  ojos  que  miran,  las  manos  que  se  ajitan,  los  labios  que  murmu- 
ran y  sonríen. 

Y  después,  vuelve  la  carpa  a  hundirse,  a  caer,  a  doblarse,  a  me- 
terse en  los  enormes  cajones,  como  un  gran  globo  de  tela  que 
pierde  el  aire  que  lo  bincha.  Los  caballos  salen  del  corral  hacia  la 
estación  de  embarque.  Las  equitadoras  vuelven  a  disfrazarse  con 
el  vestido  sencillo  de  viaje  y  a  ponerse  el  velo  blanco  v  ^  1  sombre- 
rito  ingles,  y  a  pasar  en  ei  tren  o  en  ei  vapor  por  pudorosas  hijas 
de  familia  que  van  buscando  aires  para  la  anemia.  Los  clowns  se 
desatan  la  enorme  corbata  blanca,  se  lavan  los  signos  pintados  en 
el  rostro  y  vuelven  a  encender  la*  pipa,  que  los  hará  soñar  en  la 
larga  travesía. 

Es  una  vida  orijinal  y  pintoresca;  pero  debe  sentirse  hastío  des- 
pués de  vivirla  mucho.  Allí,  al  través  de  esos  camarines  pequeños, 
divididos  por  tabiques  de  tela,  en  que  con  el  mismo  pincel  con  que 
se  retoca  a  los  payasos  se  han  pintado  narices  enormes,  corazones, 
relojes,  soles  con  rayos,  letras  y  nombres,  deberán  sentirse  infiden- 
cias, traiciones,  hostilidades,  murmuraciones  crueles,  todo  ese  ba- 
gaje de  naturalezas  mal  inclinadas,  que  ni  siquiera,  como  las  pie- 
dras de  rio.  han  perdido  las  puntas  y  aristas  con  el  roce  de  la 
vida. 

Puesta  frente  a  frente  del  Congreso,  la  carpa  blanca  del  Frank 
Bronw  equivocó  a  muchas  personas  de  buena  fé,  que  por  querer 
ver  al  saltón  Highins,  se  metieron  a  las  tribunas  de  la  cámara,  y 
por  oir  juzgar  a  la  administración  Errázuriz,  se  encontraron  de 
manos  a  boca  con  Rosita  de  la  Plata,  bailando   en  traje  de  torero. 

La  troupe  del  circo  se  irá  de  Santiago,  mas  o  menos  al  mismo 
tiempo  que  la  írojipe  pariamentaria:  unos  a  armar  la  carpa  en  otra 
parte,  y  los  otros  a  veranear  para  reponer  las  perdidas  fuerzas. 

Y  don  Andrés  Bello,  que  entre  el  ruido  del  parlamento  y  la  cha- 
ranga del  circo,  preferirla  a  ésta  sobre  aquél,  se  quedará  hoi  tran- 
quilo a  todo  sol,  contento  con  no  oir  ninguna. 

^     ^     ^ 


Una  ¡nuítadon 


UNA  mañana  de  las  recien  pasadas,  el  correo  urbano  tiró  por 
debajo  de  las  puertas  de  muchas  de  las  casas  de  Santiago, 
un  sobre  blanco  con  el  nombre  déla  señora  y  de  las  jóvenes 
de  la  casa. 
No  podía  contener,  pues,  ese  sobre,  la  citación  para  una 
reunión  política,  ni  cualquiera  de  esas  banales  cartas  de  negocio 
que  se  abren  con  distracción  y  se  leen  con  fastidio  No  podía  ser 
tampoco  uno  de  esos  frecuentes  anuncios  de  las  grandes  tiendas, 
enviado  bajo  la  dirección:  «Señora  dueño  de  casa».  (Reservada). 
Esta  última  palabra  con  el  objeto  de  que  el  marido  se  la  lleve  a  su 
escritorio  y  rompa  el  sobre  nerviosamente  creyendo  sorprender  un 
secreto,  para  encontrarse  con  la  poca  grata  noticia  de  que  han  lle- 
gado de  Europa  unos  trajes  de  color  punzó,  al  inverosímil  precio 
de  doscientos  pesos.  No  podia  ser  tampoco  una  de  esas  ceremo- 
niosas invitaciones  sociales  «a  tomar  el  té  a  las  9  y  media»,  tan 
conocidas  por  el  sello  con  el  monograma  del  invitante,  y  el  riquí- 
simo papel  imitación  de  pergamino  viejo. 

Entretanto  allí  estaba  el  sobre  al  pie  del  umbral  de  la  puerta,  con 
una  fina  letra  inglesa  de  mujer,  con  cierto  olor  a  incienso  y  a  flor 
de  la  pluma,  esperando  que  alguna  de  las  blancas  manos  a  quienes 
iba  especialmente  dirijido,  lo  desgarrara  y  se  impusiera  de  su  in- 
terior. 


486 

Creemos  adivinar  las  caras  sonrientes,  placenteras  y  de  buen  hu 
mor,  que  pusieron  esa  mañana  todas  las  niñas  bonitas  de  Santiago, 
o  casi  todas,  y  todas  las  señoras  virtuosas  y  respetables  o  casi  todas, 
al  abrir  el  sobre  blanco  y  desdoblar  con  ansiedad  la  esquelita  me- 
tida en  el. 

La  primera  línea  debió  ser  toda  una  májica  y  encantadora  visión 
de  alegres  años  pasados:  Sagrado  corazón,  Maestranza,  £n  un 
momento,  de  un  solo  golpe,  impensadamente,  una  brisa  fresca, 
llena  de  perfumes  de  huerto,  llena  de  recuerdos,  llena  de  risas,  sa- 
lió de  esa  esquela  en  que  una  monjita  habia  escrito  con  lindísima 
letra  inglesa  una  invitación  a  todas  las  antiguas  alumnas,  para  ce- 
lebrar el  centenario  de  la  orden. 

Las  antiguas  colejialas,  tan  olvidadas  muchas  de  esos  votos,  de 
entrar  a  un  convento,  hechos  en  momentos  de  microscópicos  de- 
sengaños de  una  vida  que  todavía  no  habían  vivido,  se  encontraron 
repentinamente  detenidas  delante  de  un  espejo  en  que  se  veía  una 
doble  imájen:  el  pasado  y  el  presente. 

¿Cuántas  querrían  volver  a  esos  años  tan  irrevocablemente  pasa- 
dos, en  que  vestían  el  uniforme  blanco,  y  en  que  su  única  ambición 
era  ganai  la  banda  azul? 

¿Cuántas  al  verse  en  ese  espejo,  con  las  primeras  canas,  hojeado 
ya  todo  el  libro  de  la  vida,  no  quisieran  volver  a  tener  los  desali- 
ñados buceles  rubios  de  las  colejialas,  sublevados  siempre  después 
de  cada  recreo,  por  el  salto  de  la  cuerda? 

Hubiéramos  querido  presenciar  muchos  de  esos  cuadros,  y 
creemos  que  mas  de  algunos  de  ellos  habrá  sido  digno  de  una  tela. 
Nos  figuramos  la  algazara  y  sorpresa  de  la  pollita  recién  entrada 
al  colejio,  al  saber  que  su  abuela  ha  sido  también  niña,  y  también 
colejiala  de  la  Maestranza. 

— Sí — dirá  la  abuela  con  los  ojos  fijos  en  esa  esquela,  en  que  lee 
mucho  mas  que  lo  que  hai  escrito — sí,  mi  almita,  yo  también  he 
sido  colejiala  de  la  Maestranza.. . . 

— ^¿Pero  así?  ¿Y  como  se  reían  las  niñas  de  sus  canas?  ¿Y  las 
monjas  no  le  prohibían  sus  capotas? 

— ¡Ah! — Yo  también  he  sido  como  tú,  loquilla,  y  he  tenido  pelo 
rubio,  y  he  jugado  al  pillarse,  y  he  corrido  mucho. . . 

Y  esa  oleada  de  juventud,  de  primavera,  de  recuerdos,  ese  chaber 


48; 

corrido  mucho»  que  es  tan  cruel  verdad,  le  ahogan  la  voz  en  la 
garganta. . . 

— En  fin. . .  en  un. . .  esas  son  historias  demasiado  viejas. 

¿Habrá  caído  una  de  las  esquelas  en  medio  de  una  tormenta  ma- 
trimonial de  esas  en  que  se  han  recreado  tanto  los  pintores?  Kl, 
despreocupado,  indiferente,  leyendo  el  diario  del  dia,  sin  pronun- 
ciar una  palabra;  ella,  con  la  vista  clavada  en  el  suelo^  apoyada  la 
barba  sobre  la  mano.  Y  pensar  en  seguida  en  sus  tiempos  de  co- 
lejiala,  recordar  el  pilar  al  lado  del  cual,  con  la  convicción  incons- 
ciente de  los  quince  años,  decia  a  sus  compañeras:  «¡Ah!  yo  no  me 
casaré  jamas!» 

Ese  llamado  jeneral  a  las  antiguas  alumnas,  se  nos  ocurre  que 
debe  tener  los  encantos  de  un  grupo  de  viejos  soldados.  ¡Qué  de 
cosas  de  contar!  ¡qué  mundo  de  recuerdos  que  evocar  unidos!  Hai 
las  batallas  del  corazón,  que  suelen  ser  tan  reñidas  como  las  ba- 
tallas de  sangre  y  fuego.  Hai  las  luchas  del  alma  que  suelen  tener 
tantos  heroísmos  como  las  luchas  de  los  ejércitos. 

En  los  largos  corredores,  con  pilares  verdes,  y  los  muros  eterna- 
mente blancos,  como  si  mano  alguna  los  hubiera  rozado,  ¡como 
se  formarán  grupos  de  las  contemporáneas  a  contarse  cosas  y  mas 
cosas! 

— ¡Tú,  casada! — esclamará  una — mirando  con  risueña  y  picaresca 
sonrisa  a  la  antigua  compañera,  que  ha  perdido  el  inocente  aire  de 
tortolita  huérfana,  para  tomar  el  despreocupado,  el  sereno,  el  equi- 
librado aspecto  de  la  esposa  y  de  la  madre  de  familia. 

Otra  tomará  alegremente  de  la  muñeca  a  una  antigua  condis- 
cípula  y  la  arrastrará  hasta  un  banco,  sentándola  a  su  lado. 

— Oye.  Te  tengo  que  contar  un  mundo  de  cosas.  ¿Entiendes? 
¡Pero  un  mundo!  Hacia  tanto  tiempo  que  no  nos  veíamos.  ¿Te 
acuerdas  cuando  hiciste  voto  de  no  ir  nunca  al  teatro? 

— Sí,  sí. 

— jAh!  picarona!  Y  hace  mui  poco  tiempo  que  te  vi,  lindísima, 
en  Carmen.,,  y  (bajando  la  voz)  miraste  a  las  bailarinas...  y  note 
pararon  los  ojos....  y.... 

— No  sigas,  loca.  Y  tú  ¿no  decías  que  los  hombres  eran  malos? 

— Y  lo  sigo  diciendo.... 

— ¿De  todos? 


488 

— De  todos.  . .  menos  uno. 

Y  allí  se  pasarán  las  dos  como  un  par  de  canarios,  descubrién- 
dose el  corazón,  sorprendiéndose  secretitos  menudos,  en  fin,  con- 
fesándose! 

¿Quedará  rincón  de  la  antigua  jaula,  que  no  recorran  las  anti- 
guas prisioneras?  T^a  sala  de  estudio,  las  clases,  el  comedor,  la 
capilla,  el  coro  donde  cantaban  en  el  mes  de  Maria,  el  salón  donde 
los  domingos  recibian  las  visitas... 

Mas  de  un  marido  esperará  impaciente  ese  dia,  la  vuelta  de  su 
mujer,  la  antigua  colejiala,  para  preguntarle  con  aire  socarrón: 

— ¿Y  mucho  me  has  pelado,  con  tus  antiguas  compañeras? 

Nosotros  también  esperaremos  ese  dia,  para  ver  si  recordando 
muchas  esos  tiempos  felices  en  que  eran  bonitas  y  todavía  no  lo 
sabian  de  boca  de  ningún  impertinente,  adoptan  de  nuevo  el  aire 
sencillo  de  colejialas,  y  dejan  el  aspecto  desdeñoso  y  aburrido  de 
piincesas  cautivas.... 


Lñ  CñPITULñClOH 


DEBER  O  HEROlSmO 


TELEGRAMAS  de  InglataiTa  nos  anuncian  que  el  ministro  de  la 
guerra  británica,  Mr.  Saint  John  Bredrick,  ha  espresado  que 
colocará  en  las  listas  de  retiro  a  diez  oficiales  de  graduación, 
a  consecuencia  de  haber  capitulado  en  la  guerra  de  Sud  Áfri- 
ca, sin  haber  justificado  satisfactoriamente  ese  procedi- 
miento. 

La  severa  medida  del  ministro  ingles,  presenta  ante  la  intelijen- 
cia  y  el  corazón  un  problema  que  afecta  profundamente  al  honor 
militar. 
¿Es  lícito  rendirse  ante  la  impotencia? 
¿Es  obligatorio  el  heroísmo? 

Desde  los  tiempos  en  que  Guzman  el  Bueno  presenció  desde  las 
murallas  de  Tarifa,  el  sacrificio  de  su  hijo,  hasta  la  última  batalla 
de  las  guerras  contemporáneas,  parece  que  el  honor  militar  y  las 
gpravísimas  responsabilidades  de  su  cargo,  lejos  de  corromperse  en 
el  universal  positivismo  que  nos  ha  alejado  moralmente  millones 
de  millones  de  años,  de  la  Edad  Media,  se  ha  acrisolado  v  tomado 
nuevo  vigor  y  alientos  nuevos. 


490 

Las  proezas  heroicas  por  la  conquista  de  dos  blancas  manos,  los 
hechos  maravillosos  por  la  redención  del  Santo  Sepulcro,  los  admi- 
rables torneos  y  porfiadas  justas  por  obtener  la  primada  déla  jen- 
tileza  y  la  palma  del  valor,  han  sido  relegadas  a  ese  viejo  arcon  de 
la  caballería  donde  está  también  el  traje  de  lentejuelas  de  los  bufo- 
nes y  el  complicado  laboratorio  de  los  brujos  y  alquimistas. 

Solo  la  patria,  ese  alto  concepto  de  amor,  de  virtud  y  de  gran- 
deza, que  se  empeñan  en  encontrar  falso,  hueco  y  sin  sentido  los 
anarquistas,  mantiene  intacto  su  cetro,  sin  bajar  una  linea  su  trono, 
sin  disminuir  un  átomo  su  influencia.  Y  si  por  ello  comenzó  el 
siglo  pasado  con  los  épicos  sacrificios  de  Trafalgar,  por  ella  se  ha 
cerrado  con  ese  velo  de  sangre,  al  través  del  cual  presenciamos 
una  lucha  a  muerte  en  el  estremo  del  África. 

Pero  la  interrogación  que  dejamos  abierta,  inquieta  al  espíritu  y 
le  urje. 

Ksos  altos  oñciales  ingleses,  que  van  a  recibir  una  severa  cen- 
sura en  un  pais  escencialmente  puntilloso  en  materias  de  honor  y 
de  dignidad  ¿merecen  el  calificativo  demasiado  rudo  de  cobardes? 
Seguramente  nó.  Nada  nos  permite  hacer  una  suposición  desdo- 
rosa del  valor  de  los  oficiales  ingleses,  cuando  el  cable  ha  estado 
constantemente  atestiguando  su  heroísmo. 

Es  probable,  casi  seguro,  que  los  diez  oficiales  tienen  honrosas 
menciones  en  los  partes  de  las  batallas,  y  se  han  encontrado  en  va- 
lerosos episodios  incidentales.  Se  trata  en  cada  uno  de  ellos,  de  un 
solo  acto,  de  una  capitulación,  que,  ajuicio  de  las  autoridades  in- 
glesas, no  está  esplicada  satisfactoriamente 

Tenemos,  pues,  ante  la  vista  un  caso  curioso.  Son  oficiales  con 
honor,  con  perfecto  conocimiento  de  sus  deberes,  con  refinada  y 
escrupulosa  conciencia  para  apreciar  los  casos  de  dignidad,  los  que 
van  a  recibir  un  castigo  talvez  severo  en  demasía  por  haber  capi- 
tulado ante  el  enemigo. 

Con  esta  medida  las  autoridades  militares  de  Inglaterra,  hacen 
sumamente  estricto  el  criterio  con  que  deben  juzgarse  los  hechos 
de  armas.  La  capitulación,  es  la  rendición  ante  la  impotencia;  y  el 
que  debe  juzgar  el  momento,  en  que  sobreviene  esta  impotencia,  es 
el  jefe  superior  de  la  tropa  sitiada  o  amenazada. 

Pero  viene  aquí  la  duda.  ¿Cuando  se  pronimcia  el  desequilibrio 


49' 

entre  la  fuerza  que  ataca  y  la  fuerza  que  se  defiende?  ¿Kn  qué  mo- 
mento la  desproporción  es  superior  a  las  fuerzas  humanas?  ¿En 
qué  instante  el  cumplimiento  del  deber  llega  al  límite  dei  heroísmo 
o,  sobrepasándole,  entra  en  la  temeridad?  ¿Dónde  está  «la  línea  im- 
perceptible en  que  coincide» — como  dijo  Núñez  de  Arce — la  luz 
con  la  sombra,  la  prudencia  con  d  miedo,  la  intelijente  retirada  con 
la  temeraria  resistencia. 

El  caso  es  complicado  y  casi  se  encuentra  envuelto  en  una  re- 
finada y  sutil  psicolojia  díficil  de  apreciar.  Acudamos  a  un  caso 
que  todos  los  chilenos  conocemos  por  ser  una  de  las  mas  brillan- 
tes pajinas  de  nuestra  historia. 

Después  de  afianzada  la  independencia  de  Chile,  hubo  enemigos 
de  O'Higgins,  que  le  acusaron  de  temerario  por  haber  atravesado 
el  formidable  cerco  de  Rancagua  con  setecientos  hombres.  Aunque 
el  héroe  de  la  independencia  pudo  encojerse  tristemente  de  hom- 
bros, ante  tan  necio  y  mezquino  ataque,  prefirió  contestar  y  lo  hizo 
en  una  carta  que,  autógrafa,  se  conserva,  en  términos  llenos  de 
dignidad  y  de  grandeza.  No  teniendo  a  la  vista  ese  nobilísimo  do- 
cumento, solamente  podemos  trascribir  su  idea.  lyos  que  me  acu- 
san de  temerario — dice  el  concepto — no  saben  lo  que  estremecía 
mi  alma  en  esos  momentos  solemnes  y  lo  que  se  agolpaba  con  des- 
conocida fuerza  a  mi  corazón,  ignoran  los  altísimos  sentimientos 
que  rodea  el  espíritu  y  lo  engrandecen,  y  no  pueden  apreciar  el  im- 
pulso, casi  sobrenatural  que  me  hizo  cargar,  en  medio  del  incendio 
y  de  la  matanza,  sobrepasando  las  trincheras  enemigas. 

Pues  bien,  eso  desconocido,  eso  misterioso,  eso  casi  sobrenatural 
que  forma  al  héroe,  cuando  hai  en  él  materia  prima  para  formarlo, 
¿no  tiene  su  equivalente  en  ese  otro  también  peculiar  del  asedio, 
también  esclusivo  de  la  muerte  que  cerca,  del  fin  que  amenaza,  de 
la  esterilidad  de  los  esfuerzos  que  desalienta? 

¿No  puede  presentarse  en  el  instante  mismo,  necesaria,  inevi- 
table y  sobradamente  justificada  la  capitulación,  que  mas  tarde, 
ante  la  frialdad  del  consejo  de  guerra,  vá  a  aparecer  a  los  mismos 
ojos  del  jefe  que  la  ordenó,  precipitada,  lijera  y  hasta  censurable? 

Porque,  aunque  del  carácter  británico  se  trate,  es  menester  reco- 
nocer que  la  sangre  fria  no  basta  para  mantener  en  idéntico  estado 
psicolójico  al  que  sudoroso  el  rostro,  lleno  de  pólvora  los  labios,  y 


492 

de  sangre  el  desgarrado  uniforme,  con  la  espada  en  la  mano  incita 
&1  combate,  que  al  que  de  guante  blanco,  severo  uniforme  de  pa- 
rada, y  el  kep{  en  la  mano,  está  de  pié  ante  el  consejo  de  guerra  ro- 
deado de  Maldad  física,  de  hielo  intelectual  y  de  hostilidad  en 
todos  los  ojos. 

El  que  en  uno  de  esos  críticos  momentos  de  la  vida  ha  hecho 
una  fogosa  y  lírica  declaración  de  amor,  arrodillado  en  tierra,  mano 
sobre  el  corazón  y  ojos  frenéticos,  según  todas  las  reglas  del  código 
de  los  Tenorios,  y  después  a  la  distancia  de  unos  meses  se  mira  y 
se  reconoce  en  tan  ridicula,  cursi  y  rematada  aventura,  larga  in- 
conscientemente esa  espontánea  carcajada  que  es  la  peor  condena- 
ción y  la  mas  definitiva  protesta  contra  la  propia  personalidad. 

Estas  contradicciones  del  espíritu,  tan  comunes,  tan  repetidas, 
tan  ciertas,  deben  presentar  ante  los  ojos  de  los  militares,  con  es- 
cepcional  interés,  este  problema: 

Es  mejor  ser  héroe  y  llegar  a  la  temeridad — se  dirán — que  ser 
prudente  y  consentir  en  la  capitulación. 

En  estos  casos  la  intelijencia  es  un  estorbo  y  debef  meterse  en  la 
mochila  junto  con  el  capote  de  invierno. 


Torneo  de  ñudacía 


Ucgado  el  placo,  al  despuntar  del  dia 
con  gran  gozo  de  muchos  esperado 
luegro  la  bulliciosa  compaflia 
comenzó  a  rodear  el  estacado. 
Era  tal  el  aprieto,  que  no  habia 
árbol,  pared;  ventana  ni  tejado, 
de  donde  descubrirse  algo  pudiese 
que  cubierto  de  jente  no  estuviese. 

(I«A  Axaücajta). 


NO  estamos  cegados  por  necia  pretensión  al  encontrar  en  esa 
estrofa  de  Hrcilla  algo  sintético  de  la  gran  fiesta  de  ayer.  No 
estamos  cegados  por  ese  orgullo  que  hoi  nos  echan  en  cara 
los  periodistas  asalariados  de  medio  mundo.  Cerca  de  noso- 
tros, la  voz  hidalga  de  un  marino  español  contestó  ayer,  a 
quien  le  preguntaba  su  opinión  sobre  el  torneo: 

— No  habia  visto  jamas  tales  cosas.. . .  pero  las  habia  leido  en  La 
Araucana! 

Cuando  a  las  dos  de  la  tarde  estaban  las  graderías  del  picadero 
totalmente  cubiertas  de  la  mas  primaveral  ostentación  de  trajes  y 
sombreros,  de  flores  y  cintas,  de  ojos  inquietos  y  de  abanicos  en 
incesante  movimiento;  cuando  un  enorme  jen  tic  se  estrechaba  con- 
tra las  barreras,  ganando  a  puñetazo  limpio  el  derecho  de  primera 
fila;  cuando  las  seis  bandas  de  cometas  recorrieron  la  pista  levan- 


494 

tados  al  aire  los  trompetines  de  bronce  y  lanzando,  a  la  manera  de 
los  antiguos  heraldos,  el  primer  anuncio  del  torneo;  nosotros  mira- 
mos mas  lejos  que  ese  vasto  recinto  en  que  íbamos  a  hacer  una 
estupenda  ostentación  de  nuestro  soldado,  mas  lejos  que  esta  ciu- 
dad que  entera  se  habia  agolpado  a  aplaudirlos  y  a  aclamarlos,  y 
vimos  una  borrosa  fila  de  puños  cerrados  y  amenazantes  que  ha- 
cían irónico  marco  a  ese  pedazo  de  alma  de  Chile  desenrrollándose 
sobre  las  puntas  de  las  lanzas  y  frente  a  la  desordenada  carga  de 
los  escuadrones. 

Durante  cuatro  horas  desfilaron  en  medio  de  estruendosos  víto- 
res, el  escolta,  los  cazadores,  los  granaderos,  los  guias,  los  lanceros 
y  los  dragones,  soldados  morenos,  rudos,  tostados,  audaces  y  fuer- 
tes, como  dignos  descendientes  deTucapel  y  de  Rengo,  que  llevan 
dentro  de  la  casaca,  cortada  a  la  prusiana,  el  alma  indómita  de 
Arauco,  y  la  brutalidad  potente  de  sus  hijos. 

La  estratejia  chilena  está  condeiiada  en  un  solo  toque:  caíacuerdtr, 
representado  en  infantería  por  la  bayoneta,  en  caballería  por  la 
lanza  y  en  el  mar  por  el  abordaje. 

Kl  roto  chileno  ama  el  choque,  necesita  el  choque,  siente  la  atrac- 
ción del  choque  de  ahí  que  en  batallas  memorables,  ha  habido  je- 
fes que  han  ordenado  cargar  al  galope  cerro  arríba,  o  caer  como 
avalanchas  de  muerte,  despeñadero  abajo. 

Ayer  se  ha  hecho  un  repaso  a  nuestra  historía  militar.  Ese  tor- 
neo ha  sido,  mas  que  torneo,  una  mirada  hacia  atrás,  pero  la  mi- 
rada soberbia  del  que  tiene  abolengos.  £1  roto,  montado  sobre  su 
caballo  de  combate,  con  la  lanza  en  la  mano,  simboliza  todo  un 
viejo  y  no  olvidado  poema  de  batallas,  que  nosotros  creíamos  sen- 
tir en  las  marciales  sinfonías  de  las  cornetas. 

Nuestro  soldado  y  su  caballo  son  dos  inseparables  hermanos, 
que  forman  un  solo  monumento  ecuestre  de  nuestras  glorías  mi- 
litares. 

¿Quién  no  conoce  al  primero?  Sufrido  en  las  privaciones,  audaz 
en  las  corazonadas,  héroe  en  las  batallas,  no  sentirá  jamas  el  ham- 
bre en  sus  jornadas,  ni  el  desaliento  en  la  campaña,  ni  el  temor  en 
la  pelea. 

¿Quién  no  conoce  al  segundo?  Pequeño,  vivo,  inquieto;  exhala- 
ción y  ra>o  en  la  carrera;  amenazante  y  cruel  ante  la  vara,  dócil 


495 

conductor  a  lo  largo  de  las  alamedas;  vadeador  intrépido  a  lo 
ancho  de  ios  rios;  incansable  devorador  de  las  distancias  y  mudo, 
sufrido  y  silencioso  ante  la  privación  y  el  hambre. 

Parece  el  primero,  de  pólvora  amasada  con  sangre  dehéro^.  Es 
el  segundo  descendiente  de  los  caballos  árabes  de  las  antiguas  jus- 
tas, y  de  las  heroicas  yeguas  que  han  cosechado  bajo  el  incansable 
galope  de  la  trilla,  la  mitad  de  la  riqueza  agrícola  de  este 
pais. 

Hra,  pues,  ayer  la  fiesta  de  estas  dos  entidades  de  nuestro  poder 
militar,  perfectamente  unidas  en  armoniosa  y  admirable  com- 
binación, en  los  cuerpos  de  caballería  de  la  República. 

O    O    O 

Primero  desfila  la  refinada  coquetería  de  la  equitación:  el  jinete 
derecho  sobre  la  silla,  las  piernas  membrudas  moldeando  el  cuerpo 
del  caballo,  la  barba  militarmente  recqjida,  y  la  mano  derecha  em- 
puñando airosamente  la  lanza  araucana  de  colihue. 

Después,  comienza  la  rivalidad  del  soldado  y  del  caballo,  en  que 
centellean  los  ojos,  se  adivinan  las  voces  de  mando,  se  salvan  con 
coraje  los  obstáculos,  se  estremece  el  suelo  con  el  galope  y  se  ha- 
cen con  la  lanza,  incontables  bizarrías  de  ajilidad  y  de  cer- 
teza. 

Después  sigue  la  poderosa  tiranía  del  jinete  sobre  su  caballo,  que 
que  se  tiende  dócil  bajo  los  fogonazos  del  tiroteo,  y  que  apenas  le- 
vanta la  cabeza  como  para  darse  también  cuenta  de  las  punterías 
y  de  la  dirección  de  los  fuegos. 

Y  como  si  esto  fuera  poco,  y  como  si  ya  no  se  creyera  que  esos 
jinetes  estaban  perfectamente  unidos  y  compenetrados  con  sus  ca- 
ballos, vienen  los  volteos  a  la  carrera,  en  que  el  soldado  tan  pronto 
cae  cuadrado  sobre  la  tierra  como  recupera  su  posición  correcta 
sobre  la  silla  o  vuelve  a  caec  al  otro  lado  en  la  mas  inverosímil  y 
asombrosa  ajilidad  y  coraje. 

La  impresión  ante  estos  diversos  despliegues  va  cambiándose 
poco  a  poco.  Comienza  el  agrado  y  cierto  orgullo  ante  la  correc- 
ción del  jinete;  sigue  el  aplauso  ante  la  maestría  con  que  se  salvan 
los  obstáculos;  sobreviene  la  admiración  por  la  docilidad  incompa- 


rabie  del  caballo  ante  la  orden  de  su  dueño;  y  asalta  el  estupor  y 
el  asombro  ante  la  soberbia  y  temeraria  audacia  de  esos  lidiadores 
de  hierro. 

Ayer  los  hemos  visto  colgando  de  las  sillas  y  casi  tocando  el 
suelo  con  la  cabeza  para  levantar  un  sable  a  la  carrera  del  caballo; 
o  tumbándose  con  flexibilidad  estraordinaria  en  el  momento  de 
trasponer  el  salto;  o  pasando  por  los  delgados  inestables  tablones 
de  un  puente  suspendido.  Todo  esto,  hecho  sin  esfuerzo,  sin  apa- 
ratos, sin  soberbia,  como  la  manifestación  sencilla  de  lo  que  es  en 
la  actualidad  la  caballería  chilena  y  de  lo  que  puede  llegar  a  ser  con 
el  tiempo. 

Cuando  ayer,  llenos  de  admiración  y  de  orgullo  nos  acercamos 
a  un  oficial  de  granaderos  para  estrecharle  efusivamente  la  mano, 
el  nos  contestó  con  modestia  y  con  naturalidad: 

— Todavía  se  puede  hacer  mucho  mas. 

£n  las  filas  de  los  guias  y  de  los  granaderos  venían  los  mas  her- 
mosos y  fuertes  soldados  que  hemos  visto  en  nuestro  ejército. 
Rostros  cobrizos,  brazos  cuya  musculatura  se  veia  estremecerse  al 
través  del  dormán,  ojos  vivaces  que  destellaban  chispas  al  partir 
de  galope  con  la  lanza  en  ristre,  verdaderas  resurrecciones  de  los 
atletas  que  cantó  Ercilla  y  que  inmortalizó  en  el  bronce  Plaza. 
Esos  soldados  vienen  del  sur,  del  corazón  de  Arauco,  donde  todavía 
llena  el  aire  el  recuerdo  de  las  antiguas  guerras,  y  donde  basta  ten- 
derse en  tierra  y  acercar  los  labios  al  suelo  para  recibir  las  emana- 
ciones de  tanta  sangre  heroica  derramada  allí  en  una  lucha  de 
siglos. 

Y  ¿qué  decir  de  los  dragones  de  Curicó? — Fué  ayer  el  remate  de 
la  fiesta,  pero  un  remate  soberbio  e  inesperado,  la  aparición  de  los 
dragones.  Partieron  por  la  pista,  llevando  todos  los  caballos  mar- 
cha de  parada,  muestra  estupenda  de  trabajo  y  de  paciencia;  si- 
guieron inimitables  en  los  saltos,  y  dieron  la  mas  alta  nota  del 
torneo  hípico  con  los  portentosos  volteos  a  la  carrera  del  caballo.  Es 
indudable  que  los  dragones  de  Curicó  son  los  primeros  jinetes  de 
América. 

O    O    O 

Muí  oportunamente  ha  venido  la  bizarra  y  espléndida  revista  de 
ayer,  a  demostrar  a  los  que  nos  acusan  de  belicosos  y  de  provoca- 


497 


dores,  que  no  necesitamos  de  armamentos  ni  de  cañones  para  con- 
fiar tranquilamente  en  las  enormes  fuerzas  vitales  de  nuestra  raza. 
Un  pais,  cuyo  pueblo  siente  desde  la  cuna  la  obsesión  de  la  pelea, 
que  pasa  la  mitad  de  su  existencia  sobre  el  caballo,  que  desprecia 
la  vida  soberanamente,  que  es  soldado  de  alma,  de  sangre  y  de  an- 
tecedentes, no  tiene  nada  que  temer  del  porvenir,  por  mas  que  a 
ratos  parezca  oscurecerse  con  las  neblinas  internacionales  que  tan 
a  menudo  están  cayendo  sobre  Sud- América. 

— No  necesitamos  mas  armamento, — nos  decia  ayer  un  oficial 
de  la  cuarta  zona — las  lanzas  son  demasiado  largas  para  un  chileno; 
bastarla  cortarlas  por  la  mitad y  tendríamos  el  doble! 


El  Salón  de  Bellas  ñrtes 


ññO  1903  <> 


LA  inauguración  del  Salón  de  Bellas  Artes  es  la  única  fiesta  in- 
telectual y  artística  que  va  quedando  en  este  pais,  cada  dia 
mas  invadido  por  el  prosaísmo  en  todas  las  esferas  de  la  ac- 
tividad. 

Ese  salón,  sobre  cuyas  claraboyas  tejen  las  arañas  cada  año 
sus  telas  impalpables,  resucita  luminoso  y  triunfal.  Un  rayo  de  sol, 
pero  un  rayo  ideal,  de  esos  que  forman  el  nimbo  de  los  santos,  el 
resplandor  de  las  visiones  y  los  destellos  de  los  triunfos,  envuelve 
en  una  gloriosa  claridad  nuestro  pequeño  templo  partenónico,  único 
y  último  reducto  de  la  belleza,  de  la  imajinacion  y  del  arte  chilenos. 
Los  árboles,  los  jardines  y  los  boscajes  de  la  Quinta  Normal 
exhuberantes  de  color  y  de  vida,  invitan  a  esta  visita  que  trae 
calma  para  el  espíritu  y  gratísimas  emociones  para  la  vista.  Se  abre 
el  Salón  de  Pinturas  en  la  época  en  que  se  abren  los  jardines  y  los 
huertos  a  la  plenitud  de  la  eflorescencia  y  de  la  vida,  y  así  es  fácil 


(i)  Estos  artículos  escepto  algunos  que  no  incluimos  en  esta  colección, 
aparecieron  firmados  Guerin, 


500 

comparar  la  luz,  el  aire,  el  sol  y  los  colores  que  ponen  nuestros  ar- 
tistas en  sus  telas,  con  los  colores,  el  sol,  el  aire  y  la  luz  que  ha 
puesto  Dios  en  la  naturaleza. 

O    O    O 

Los  que  sufren  la  invencible  tendencia  a  encontrar  que  todo 
decae  en  este  país,  no  pueden  darse  el  placer  de  esta  afirmación 
ante  el  afortunado  grupo  de  telas  presentadas  este  año  al  Salón. 

El  cuadro  de  jénero,  el  paisaje,  los  animales,  el  retrato,  las  flores 
y  la  naturaleza  muerta,  tienen  en  él  ejemplares  dignos  de  conside- 
ración y  de  estudio.  El  conjunto  es  brillante,  digno  de  un  progreso 
artístico  mas  avanzado  que  el  nuestro,  y  merecedor  de  un  aplauso 
entusiasta  y  franco. 

Con  escepcion  de  los  cuadros  de  Rafael  Correa,  las  telas  dd 
Salón  son  jeneralmente  fuertes  de  color  y  menos  vigorosas  en  el 
dibujo,  soportando  con  mas  facilidad  una  impresión  de  síntesis  que 
una  de  análisis. 

Es  natural  que  Rafael  Correa  sea  llamado  el  primero  ante  el  ju- 
rado del  público.  De  la  joven  jeneracion  es  el  que  ha  llegado  al  fin 
de  un  camino  erizado  de  escollos. 

Sus  dos  telas  de  animales  se  completan,  para  damos  una  con- 
cienzuda esposicion  de  su  arte.  «En  la  pradera»,  el  gran  cuadro 
pintado  en  Francia,  se  despierta  una  estension  de  paisaje  claro  y 
luminoso,  con  verdad  atmosférica  y  un  colorido  alegre  y  traspa- 
rente. No  es  una  tela  de  animales,  sino  un  paisaje  por  el  que  cruza 
en  un  instante  dado  un  grupo  de  vacas.  Estas  se  muestran  por 
consiguiente  bocetadas,  sin  mayores  detalles  porque  la  distancia  ni 
la  unidad  del  paisaje  lo  permiten.  En  la  otra  tela  de  menores  di- 
mensiones, «Entre  Cardos»,  Correa  ha  hecho  el  verdadero  retrato 
de  una  vaca  con  su  ternero.  Retrato  es,  según  el  diccionario  de  la 
lengua,  la  «pintura  o  efijie  que  representa  con  semejanza  la  figura 
de  una  persona  o  de  un  animal».  Correa  ha  mostrado  «En  la  pra- 
dera»  el  grupo  de  animales  que  componen  el  cuadro  armonizándose 
con  el  paisaje;  pero  ha  querido  en  «Entre  Cardos»  damos  uno  de 
esos  animales  componiendo  él  solo  un  cuadro  de  esquisita  sen- 
sación. 


$Q^ 

Bs  la  hora  en  que  el  sol  comienza  a  morir  y  en  que  los  mujidos 
de  los  animales  rompen  el  solemne  silencio  de  los  campos.  Los 
rayos  del  sol  se  han  hecho  mas  rojos;  pero  ya  no  queman  sobre  la 
tierra  ni  producen  esa  volatilización  de  los  colores  que  forma  una 
gasa  impalpable  y  vacilante  sobre  las  cosas-  La  vaca,  el  techo  de 
paja,  el  árbol,  bañados  en  esta  luz,  desnuda  por  decirlo  así,  mues- 
tran sus  contomos  mas  seguros  y  las  sombras  mas  precisas  sin  ser 
mas  fuertes  que  al' medio  dia.  La  vaca  tiene  la  gracia  elegante  del 
animal  sorprendido  en  altiva  posición  de  escrutar  en  torno  suyo. 
El  sol  muere  en  su  pelaje  rojo  y  blanco  cayendo  en  un  golpe  ma- 
ravillosamente tratado  que  rodea  el  cuello  espirando  sobre  el  pecho 
carnoso  y  fuerte.  Al  pie  un  pequeño  ternero  aun  no  bien  desarro- 
llado, recibe  parte  de  esta  luz  y  completa  el  cuadro. 

Correa  siente  el  campo  en  este  momento  que  no  es  todavia  el 
crepúsculo.  Es  una  hora  de  silencio  en  que  todo  se  pone  rojo:  los 
cardos  del  fondo  están  pintados  de  mano  maestra  y  con  un  éxito 
indiscutible.  Es  la  hora  en  que  la  mirada  del  artista  siente  toda  la 
emoción  de  la  llanura  verde,  y  de  los  animales  soberbiamente  ais- 
lados sobre  el  horizonte.  Es  seguramente  la  hora  en  que  Carducci 
sintió  el  sereno  y  sosegado  reposo  de  su  soneto: 

Tamo,  o  pío  vove,  e  mite  un  sentimento 
de  vigore  é  di  pace  al  cor  m'infonde 
o  che  solenne  come  un  monumento 
tu  guardi  i  campi  liberi  e  fecondi. 

El  público  admira  mas  la  gran  tela  «En  la  pradera»,  y  los  artis- 
tas elojian  mas  el  cuadro  «Entre  cardos».  Y  es  que  la  sensación  de 
lalijereza  aérea  de  un  dia  luminoso  y  claro,  es  mas  fácil  que  la  de 
una  tarde  larga  y  arrebolada.  Sin  embargo  los  dos  cuadros  son  dos 
hermosas  y  acabadas  obras  de  arte. 

Alguien  ha  dicho  en  el  Salón,  que  la  tela  de  animales  ho  vale  lo 
que  el  cuadro  de  figura  humana.  Profundo  error  el  animal  es  siem- 
pre la  figura  desnuda,  yjeneralmente  en  el  cuadro  de  figura,  el 
plegado  de  la  ropa  salva  muchísimos  escollos  de  dibujo.  Se  dice 
también  que  un  defecto  de  dibujo  en  un  animal,  pasa  inadvertido, 
mientras  que  en  la  figura  no.  Suponemos  que  un  jurado  está  siem- 


Tfr«  n  sitiiscion  de  descubrir  los  errores  de  dibujo  cualquiera  que 
<«•  U  clase  de  temas  sobre  que  versen  las  telas. 

TíT»  «testiguar  la  nobleza  de  la  pintura  de  animales  allí  están 
IVJ>civtÍ3t  con  sus  leones,  Durero  con  su  liebre  y  llegando  a  nues- 
— ;ís  ilias,  Rosa  Bonheur  con  su  último  cuadro  de  «Vaches  et 
íííívíu  dauvergne»,  Charpin,  Chaigneau  y  otros  que  han  hecho 
tvr.i»>leros  poemas  a  las  vacas  de  Normandia  o  de  Flandes, 
TUwftefoy  con  sus  caballos,  bueyes  y  corderos  y  el  norte- americano 
H«r\^y  con  sus  jaguares. 

Rjifael  Correa  es  entre  nosotros  el  único  pintor  de  animales,  y  ba 
"^;)do  a  ser  un  maestro  interpretándolos  a  pleno  aire  y  a  plena 

Pos  «Efectos  de  nieve»  hechos  también  en  Francia,  completan 
;,»  presentación  de  Correa  en  el  Salón  de  Bellas  Artes.  Son  her- 
■:)>,>sísimas  telas  en  que  las  facultades  del  colorista  y  del  artista 
vMUcienzudo  vuelven  a  presentarse  con  enerjia  y  con  cmn|dido 
«■xtto. 

Correa  estudiará  de  nuevo  nuestros  campos  y  encontrará  en  la 
brillante  gama  de  sus  colores,  nuevas  armonías  para  los  paisajes- 
Pintará  nuestros  animales  vagando  en  los  campos  feraces  del  cen- 
tro del  pais,  y  sus  telas  encontrarán  para  las  elegantes  líneas  dd 
fondo,  los  grupos  de  álamos  que  son  la  marca  comercial  del  paisaje 
diileno. 

Nuestro  pintor  lia  obtenido  un  gran  triunfo  por  todos  recono- 
cido y  por  todos  encomiado.  No  necesita  estímulos  para  seguir 
iniciante  en  su  abierto  camino,  pero  el  jurado  seguramente  le  con- 
cederá el  que  merece. 

junn  FRñncisco  BonzntEZ 

Hai  entre  nosotros  un  pintor  de  gran  independencia  de  espíritu 
de  carácter  que  tiene  credo  propio  y  vive  en  tienda 
ha  batido  cara  a  cara  con  su  suerte  en  una  lucha 
IOS  años  y  ahora  ha  vencido  plenamente;  Este  pintor 
risco  González. 

ichos  años  sus  manchas  no  eran  entendidas  sino  por 
>B.  No  conseguía  por  ellas,  ni  aplausos  ni  dinero.  Era 


S03 

una  batalla  penosa,  agotadora  de  las  fuerzas,  que  le  reservaba  al 
artista  un  desengaño  para  cada  dia.  Pero  González,  tenia  como  los 
antiguos  paladines,  una  dama  por  quien  seguia  librando  los  com- 
bates, dama  caprichosa  y  altanera,  no  siempre  dócil  a  sus  deseos, 
pero  mui  a  menudo  vencida  por  su  constancia.  A  ella  la  ha  buscado 
el  artista  en  el  breve  crepúsculo  fujitivo,  en  la  corta  alborada  que 
pasa  como  un  relámpago,  en  el  medio  dia  que  enerva  las  fuerzas 
y  hace  caer  los  brazos  fatigados.  La  naturaleza  lia  sido  para  nues- 
tro pintor  buena  amiga  y  alegre  camarada.  Ella  ha  dejado  caer  so- 
bre sus  cuadros  la  relijiosa  entonación  de  la  tarde,  el  roció  del  alba, 
y  el  inquieto  oleaje  del  aire  bajo  los  rayos  verticales  del  medio  dia. 

Se  ha  acusado  a  González  de  pintar  pequeñas  telas.  Alguien 
encontró  también  cortos,  demasiado  cortos  los  cantares  de  Heine. 
La  sinceridad  absoluta  a  que  se  sujetan  en  el  dia  los  pintores  de 
paisaje,  les  obliga  muchas  veces  a  abandonar  la  gran  tela  com- 
puesta en  el  taller,  para  buscar  solamente  el  pequeño  lienzo  pin- 
tado en  el  momento  mismo  en  que  dura  la  sensación  de  color. 

González  reza  su  oración  corta,  pero  ferviente.  No  soportaría  su 
inspiración  la  larga  tirada  de  telas  mayores,  sin  descender  y  en- 
friarse y  hacerse  falsa  y  prosaica. 

Miremos  el  rincón  de  huerto  que  a  González  cautiva.  Allí  no  hai 
árboles  cuyo  elegante  contorno  armonice  con  el  faldeo  de  cerro  y 
el  rancho  viejo.  Solamente  algunos  pedazos  de  tronco,  un  montón 
de  hojas  secas  y  alguna  hierba  que  brota  en  medio  de  ese  fin  de 
invierno. . .  Pero  allí  la  entonación  del  color  se  mezcla  en  deliciosa 
suavidad,  los  matices  se  funden,  las  tonalidades  se  compenetran, 
y  la  combinación  dulcísima,  delicada,  amable,  de  esas  luces  y  de 
esas  sombras,  cantan  una  verdadera  e  inspirada  melodía  que  con- 
mueve y  que  emociona. 

El  paisaje  moderno  se  simplifica.  Cada  vez  mas  tiende  a  hacerse 
de  tanta  fisonomía,  de  tanta  intensidad,  de  tanta  reí ij ion,  de  tanto 
misticismo  podría  decirse,  como  la  figura  humana  misma. 

Ya  no  se  componen  paisajes  poniendo  un  árbol  a  la  derecha, 
unos  cerros  al  fondo  y  una  figura  en  el  centro,  ya  no  se  busca  la 
línea  elegante,  artificialmente,  sino  que  se  la  encuentra.  El  paisaje 
es  justo,  preciso,  breve,  lacónico;  pero  hai  una  fuerte  intensidad  eu 
su  lenguaje,  una  profunda  emoción  en  su  espíritu. 

17 


504 

Por  esta  razón  se  ha  hecho  justicia  a  González.  Y  esta  es  la  causa 
de  que,  espuestos  sus  cincuenta  cuadritos  en  el  salón  de  El  Mer- 
curio^ vinieran  a  comprárselos,  diplomáticos,  estranjeros,  señoras, 
aficionados  y  hasta  algunos  que  antes  resistían  con  vigor  la  manera 
osada  de  González. 

En  el  Salón  de  Bellas  Artes,  un  grupo  de  paisajes  da  una  vivaz 
impresión  de  color  y  de  vida.  Las  «Torres  de  Santo  Domingo»  ba- 
ñadas por  el  sol  de  la  tarde,  se  destacan  vivamente  en  el  grupo. 
La  patina  con  que  el  sol  y  el  tiempo  han  cubierto  la  piedra  de  la 
vieja  iglesia,  ha  atraído  el  alma  del  artista  y  le  ha  arrancado  una 
estrofa  cálida  y  .sentida.  «La  casa  del  poeta»...  un  paisaje  otoñal, 
tibio  y  melancólico,  es  un  rincón  de  callejuela  cerca  del  Seminario, 
donde  una  pequeña  casita  y  un  álamo  amarillento  dan  la  sensación 
acabada  de  la  poesía,  de  la  simplicidad  y  del  silencio. 

Los  «Parrones  de  otoño»,  los  cBarriales  de  invierno»  y  los  «Pai- 
sajes de  verano  tienen  cada  uno  su  representante  en  los  números  56, 
52  y  62  del  catálogo.  Preciosos  paisajes  llenos  de  elocuencia  y  senti- 
mentalismo hablan  al  espíritu  en  su  idioma  de  los  colores  y  de  la 
luz;  orquestan  deliciosamente  Ixijo  el  sol;  rezan  su  inspirada  ple- 
garia a  la  naturaleza  viviente  y  pasional  de  los  campos  chilenos. 

Los  que  siguen  a  González  en  su  camino  van  a  su  táller  y  se 
llevan  estas  manchas  elocuentes.  El  número  de  entendidos  aumenta, 
y  ya  hai  pocos  salones  de  Santiago  que  no  tengan  una  de  esas 
deliciosas  orquestaciones  de  color. 

Este  artista  seguirá  produciendo  sus  poemas  cortos  y  fervorosos. 
Buscará  los  colores  que  como  mariposas  traviesas  se  esconden  en- 
tre las  sombras  o  aletean  bajo  el  sol.  Pintará  con  maestría  ese  re- 
flejo del  azul  del  cielo,  que  llueve  en  una  finísima  lluvia  de  ópalos 
sobre  las  hojas,  las  flores,  el  polvo  y  las  sombras.  Traducirá  el 
misterio  melancólico  de  las  tardes  de  otoño;  el  alegre  estallido  de 
las  primaveras  que  florecen;  o  la  desnuda  soledad  de  los  inviernos 
que  se  deshojan. 

Entre  las  muchas  telas  que  pinta  González  cada  año  hai  algunas 
que  sobreviven.  Las  demás  se  borran  y  se  pintan  otras  mas  afor- 
tunadas sobre  ellas. 

Hai  también  algunas  manchas  wagnerianas  que  permanecen  en 
un  rincón  del  taller,  sin  mas  admiradores  que  su  autor  mismo  que, 


505 

probablemente,  en  sus  horas  de  entusiasmo  las  encuentra  jeniales. 
Pero,  entretanto,  he  aquí  que  un  pintor  sincero  y  atrevido  triunfa 
entre  nosotros. 

UñLEHZUELñ  LLnnOS 

Don  Alberto  Valenzuela  Llanos  es  un  distinguido  y  lóven  ar- 
tista que  ha  luchado  con  verdadero  denuedo  para  realizar  sus  triun- 
fos en  el  paisaje.  Antes  de  conocer  los  secretos  que  hoi  le  dan  la 
victoria,  estudió  concienzudamente  la  naturaleza;  pero  no  logró 
sino  felices  impresiones  de  detalles.  Fuera  de  una  marina  suya, 
vigorosa  y  fuerte  de  color  que  adquirió  el  museo  hace  algunos  años, 
conocimos  algunos  paisajes  de  tarde  con  efectos  de  nieve  en  la  cor- 
dillera a  la  puesta  del  sol.  Tenían  una  tonalidad  caliente,  sentida 
y  mui  discreta.  Valenzuela  entendía  esas  horas  tranquilas  y  silen- 
ciosas del  paisaje  chileno,  le  dedicaba  inspiradas  canciones  de 
color,  pero  todavía  luchaba  con  las  dificultades  de  la  luz  y  de  la 
impresión  atmosférica. 

Hoi  dia  sus  apuntes  europeos  y  sus  cuadros  chilenos  muestran 
una  coloración  segura,  lijereza  de  aire,  y  vivo  sentimiento  de  la 
luz.  Los  árboles,  las  praderas,  el  mar  los  reflejos  de  sol  sobre  las 
cúpulas,  los  blancos  fundidos  de  la  nieve,  tiene  todos  en  la  paleta 
de  Valenzuela  Llanos,  un  elocuente  y  osado  intérprete. 

Su  «Primavera  en  Lo  Contador»  es  el  gran  paisaje  presentado 
por  Valenzuela  al  Salón.  Un  árbol  casi  sin  follaje  deja  caer  a  poca 
altura  del  suelo  ima  rama  florida.  La  vista  que  se  recrea  en  esa 
blanca  y  poética  eflorescencia  de  almendro  o  de  peral,  se  siente  in- 
vitada a  pasar  bajo  la  rama  que  columpia  el  viento  buscando  mas 
adentro  un  rincón  tibio,  misterioso  y  sombrío.  Un  grupo  de  árbo- 
les de  huerto  se  juntan  en  segundo  plano  y  producen  bajo  su  fo- 
llaje esa  vaguedad  de  las  sombras  y  de  las  cosas,  que  impiden  al 
caminante  saber  si  la  figura  que  se  mueve  en  el  fondo  de  una  ala- 
meda, viene  hacia  él  o  se  aleja...  Una  casa  de  campo  se  deja  ver 
entre  ramas  en  último  orden,  medio  hundida  entre  la  verdura  que 
comienza,  y  esa  brisa  de  perfume  y  de  brote  nuevo  que  lo  inunda 
todo.  El  cielo  azul,  mui  azul,  uno  de  esos  cielos  de  raso,  luminosos 
y  calientes,  que  tenemos  en  Chile,  arroja  sobre  toda  esta  primavera 


So6 

que  florece,  un  reflejo  que  hace  mas  verdes  las  hojas,  mas  blancas 
las  flores  del  almendro,  mas  alegre  y  blanda  la  hierba  que  tapiza  3* 
borda  poéticamente  el  suelo. 

Unos  piensan  que  el  color  del  cielo  deberla  ser  menos  intenso, 
otros,  que  un  cielo  tan  azul  deberla  proyectar  luz  mas  fuerte  sobre 
el  paisaje.  Valenzuda  Llanos  sabe  lo  que  hace,  y  es  absolutamente 
sincero;  bai  artistas  a  quienes  se  debe  creer  bajo  su  palabra. 

Entre  tanto,  su  «Primavera»  tiene  la  luz  viva,  la  atmósfera lijera, 
la  tonalidad  sonriente  de  las  primaveras  chilenas.  Es  la  época  en 
que  las  ramas  del  durazno  cuelgan  sobre  las  tapias  musgosas,  re- 
balsando del  huerto;  en  que  las  diucas  vuelven  a  ensayar  por  las 
mañanas  su  canción  alegre  y  gozosa;  en  que  el  sol  es  vivo,  el  aire 
limpio,  el  cielo  azul,  y  el  campo  lleno  de  verdura  y  de  color.  Son 
esas  mañanas  frescas  y  vivas  de  primavera,  las  que  cantó  Rubén 
Darío  en  unos  versos  fáciles  y  livianos: 

Qué  alegre  y  fresca  la  mañanita! 
me  agarra  el  aire  por  la  nariz; 
los  perros  ladran,  un  chico  grita 
y  una  muchacha  gorda  y  bonita 
junto  a  una  piedra  muele  maiz. 

La  «Tarde  en  Lo  Contador»,  es  un  paisaje  de  menores  dimen- 
siones, pero  de  indiscutible  valor.  El  cielo  con  nubes  es  uno  délos 
mas  hermosos  trozos  de  pintura  que  hemos  visto  en  paisajes  chi 
leños.  Hai  en  esta  tela  un  suave  aliento  de  poesia,  una  entonación 
sincera  y  perfectamente  sentida.  Como  en  pocos  paisajes,  la  sobrie- 
dad en  los  procedimientos  y  una  justa  armonía  en  los  colores,  leda 

a  esta  tela  la  serenidad  de  una  estrofa  clásica,  o  de  un  salmo  an- 
tiguo. 

El  •  Efecto  de  nieve»  en  los  alrededores  de  Paris,  y  el  «Fin  de 
Otoño «  en  Charenton,  son  dos  telas  traidas  de  Europa,  con  her- 
mosísimo colorido  y  una  atmósfera  trasparetite.  Los  tonos  blancos, 
suavemente  fundidos  por  un  pincel  maestro,  recuerdan  los  mejores 
paisajes  nevados  de  la  moderna  escuela  francesa.  Son  telas  de 
mérito  en  que  el  estudio  y  el  talento  se  han  hermanado  para  hacer 
la  obra  de  arte. 


507 

Un  pequeño  cuadríto  «La  iglesia  de  la  Salutte»,  en  Venecia,  es 
una  joya.  Un  dikttanHi  de  buen  gusto  lo  adquirió  apenas  abierto 
el  Salón.  Un  apunte  mui  hermoso  «Hn  alta  mar»,  constituye  otra 
linda  mancha  de  color  que  produce  una  impresión  elocuente  délas 
olas  y  tumbos  del  océano  desde  la  popa  del  buque.  Los  cuadritos 
de  «Lisboa»,  «Verano»  a  «Orillas  del  Maine»,  «Puerto de  Pernam- 
buco»  y  otros,  afianzan  la  victoria  del  jó /en  artista  que  va  en  la 
primera  fila  entre  los  luchadores  de  la  nueva  escuela. 

Valenzuela  Llanos  es  como  el  ya  maestro  Juan  Francisco  Gon- 
zález, de  los  iniciados  en  el  misterio  del  colpr.  Esa  interrogación 
que  hai  para  todo  profano  en  las  coloraciones  del  paisaje,  tienen 
pronta  respuesta  en  la  paleta  de  estos  privilijiados.  Las  audacias 
de  la  plena  luz,  los  misterios  velados  de  la  sombra,  la  poesia  de  la 
hoja  que  muere  en  el  otoño,  y  de  la  hoja  que  nace  en  la  primavera, 
son  interpretados  con  vigor,  con  certeza,  con  absoluta  conciencia, 
y  con  esa  sinceridad  artística  que  constituye  la  honradez  del  pintor. 

Los  cuadros  de  Valenzuela,  principalmente  sus  primaveras  y  sus 
tardes,  hacen  pensar  y  soñar.  Ante  esas  telas  con  verdad  y  poesia 
surjen  los  versos  de  un  poeta  español: 

Kl  viento  de  la  tarde  un  delicado 
olor  de  primavera  me  ha  traído 
y  entornando  los  ojos  he  soñado! 

••LOS  FUnOIDORES" 

El  juicio  del  público  y  el  de  la  prensa  han  designado  a  Araya 
como  uno  de  los  vencedores  del  Salón.  Su  cuadro  «Fundidores» 
es  una  tela  que  habla  con  elocuencia  de  los  progresos  del  artista  y 
que  gana  para  Araya  un  sitio  espectante  al  frente  de  la  joven  jene- 
racion  de  luchadores. 

Cuando  se  piensa  toda  la  enerjia  gastada  por  este  artista  para  es- 
tudiar sus  modelos,  todos  los  sacrificios  hechos  para  costearlos, 
toda  la  intuición  puesta  de  su  parte  para  comprenderlos,  y  ademas 
sus  pocos  años  de  labor  y  su  falta  de  esperiencia  en  estas  lides, 
uno  se  siente  inclinado  a  ser  mas  benévolo,  aunque  en  realidad  el 
juicio  de  su  obra  no  necesite  mucha  benevolencia. 


5o8 

Los  «Fundidores»  constituyen  una  gran  tela  en  que  las  ñguras 
son  mayores  que  el  tamaño  natural.  Se  impone  a  la  vista  sorpresi- 
vamente por  la  viveza  de  los  colores:  un  efecto  rojo  vivo  en  fondo 
oscuro  y  opaco.  Es  la  escena  de  vaciar  el  metal  en  el  molde,  según 
entendemos.  Cinco  o  seis  figuras  de  operarios  se  agrupan  alrede- 
dor del  reverbero  en  que  estalla  el  resplandor  mas  vivo  y  reciben 
su  reflejo,  manejado  audazmente  por  el  artista. 

La  escena  es  fria  y  no  habla  al  alma  con  la  elocuencia  con  que 
esos  episodios  del  trabajo  suelen  hablar.  Cuando  el  curioso  pene- 
tra al  taller  en  que  la  fragua  arde  incesantemente  como  el  fuego 
sagrado,  los  golpes  de  los  martillos  que  caen  alternativamente  so- 
bre el  hierro,  entablan  un  diálogo  que  el  espíritu  interpreta  en  forma 
sentimental  y  poética.  Los  operarios  con  la  faz  contraída  por  el 
sudor  y  la  fatiga,  muestran  la  vigorosa  musculatura  de  los  brazos, 
y  la  fuerte  y  ruda  modelación  de  la  espalda  que  parece  también 
formada  a  golpe  de  yunque.  Todo  es  allí  caliente  y  brutal.  Hai  ca- 
lor emanado  de  las  brasas  incandescentes  que  arden  en  las  fraguas 
y  caldean  como  ascuas  encendidas  al  aire;  hai  calor  en  la  tonalidad 
del  taller  animada  por  el  reflejo  del  fuego  y  por  el  contacto  de  ese 
trabajo  rudo  y  pertinaz;  hai  calor  en  fin,  en  los  rostros  encendidos, 
en  las  manos  que  doblan  el  hierro,  en  las  espaldas  que  se  encorvan 
y  en  las  piernas  que  se  afianzan  al  suelo. 

En  la  tela  de  Araya  hai  algo  de  convencional,  seguramente  pro- 
ducido por  una  escena  ficticia  y  preparada  ad-hoc  El  espectador 
no  siente  ese  calor,  no  se  abre  a  ese  sentimiento  de  poderosa  ener- 
jia,  no  suelta  ese  /a/t/  contenido  que  arranca  la  escena  realista  y 
elocuente.  Por  el  contrario,  mira  fríamente  aunque  con  interés  y 
espresa  con  absoluta  tranquilidad  que  el  cuadro  es  bueno. 

Por  otra  parte,  el  público,  poco  versado  en  los  secretos  del  arte, 
tiene  que  preguntarse  si  los  reflejos  de  la  luz  están  estudiados  de 
la  escena  real.  No  podríamos  nosotros  contestarlo.  Tampo  cocon- 
testan  las  figuras  algo  acartonadas  aunque  de  excelente  dibujo,  si 
en  el  fondo  de  ese  metal  ardiente  hai  color  verdadero  o  solamente 
luz  de  bengala. 

En  cambio,  vemos  en  esa  tela,  aparte  del  dibujo,  preciosas  cua- 
lidades que  ponen  a  Araya  en  situación  de  disputar  las  mas  valio- 
sas recompensas.  Espíritu  fuerte,  audacia  bien  dirijida,    talento 


509 

sano  y  bien. templado  no  ha  tomado  los  efectos  del  maestro  y  ha 
sabido  volar  con  alas  propias.  Araya  ha  vencido  esta  vez  y  seguirá 
venciendo,  porque  salvada  la  parte  mas  escabrosa  del  camino  le 
queda  la  ancha  y  fácil  senda  en  que  su  solo  estudio  le  seivirá  de 
guia. 

«Fundidores»  es,  seguramente,  un  cuadro  de  aliento  que  servirá 
de  heraldo  a  muchos  otros,  fuertes,  vigorosos  como  éste;  pero  con 
mas  sentido  íntimo,  con  mas  vida,  con  mas  elocuencia. 

Hoi  por  hoi,  Araya  es  la  esperanza  mas  sólida  entre  nuestros 
pintores.  Hai  seguridad  de  que  no  fallará,  dejando  decepcionados 
a  los  que  confian  en  sus  fuerzas. 


ÜUOUñY  TROUin 


HA  tocado  las  playas  chilenas  el  barco  francés  que  pasea  por 
todas  las  costas  del  mundo,  la  mas  escoj  ida  y  brillante  juven- 
tud de  su  marina.  Bajo  el  glorioso  pabellón  de  la  República, 
se  mece  en  la  bahia  de  Valparaíso  el  buque  escuela  que  lleva 
uno  de  los  nombres  mas  célebres  de  la  marina  europea,  y 
desde  su  cubierta  el  estampido  del  cañón  saluda  fraternal  y  noble- 
mente. 

Después  de  heridas  sangrientas,  Francia  recojió  sus  enerjiás  y 
su  vitalidad  secular  para  volver  a  hacer  de  su  ejército  y  escuadra 
las  mas  poderosas  de  Europa.  Nunca  un  propósito  tan  heroico  ha 
tenido  mas  rápida  coronación,  El  ejército  francés  es  uno  de  los 
primeros  del  mundo;  y  su  escuadra  adelanta  bajo  los  mares  un 
tentáculo  invisible  que  aun  no  encuentra  valla  enemiga  que  lo  de- 
tenga: los  sub-marinos. 

Duguay  Trotlin  fué  el  rei  de  los  corsarios.  Jamas  ha  surjido  en 
una  época  heroica,  un  hombre  que  simbolice  con  mas  enérjico  re- 
lieve el  espíritu  de  su  raza  y  la  impresión  de  su  época. 

Aun  no  nacian  las  escuadras  de  Inglaterra  y  Holanda,  cuando 
por  lei  histórica  debían  batirse  cada  pulgada  del  mar  con  la  ar- 
mada francesa.  Era  el  corso  el  que  desplegaba  entonces  los  heroís- 
mos, la  nobleza  y  el  espíritu  que  después  levantaron  las  escuadras 


5'^ 

de  linea.  Y  Dugnay  Trouin  fué  el  mas  glorioso  corsario  que  re- 
jistran  los  anales  del  mar. 

Habia  nacido  en  1673.  Vivia  en  uno  de  esos  pueblos  pequeños 
en  que  la  torrecita  de  la  parroquia  cubre  como  con  una  ala  des- 
plegada toda  una  población  tranquila.  Lo  destinaron  a  la  Iglesia; 
pero  el  aventurero  jenial  de  mas  tarde  comenzó  a  estallar  bajo  las 
infantiles  formas  del  pequeño  aldeano. 

A  los  16  años  fué  embarcado  en  un  buque  corsario  el  «Trínité» 
que  se  lanzó  como  un  león  a  hacer  difíciles  presas  en  los  barcos 
ingleses  y  holandeses.  Duguay  Trouin  pasó  de  un  salto  del  nido 
a  la  pelea.  También  pasaba  de  la  tranquila  somnolencia  de  una 
aldea  a  la  vida  de  la  inmortalidad. 

Kn  esa  edad  en  que  comienzan  a  despuntase  en  el  alma  los  pri- 
meros sentimientos  de  la  vida  y  del  amor;  y  en  que  la  juventud  se 
estiende  y  se  abre  en  miles  de  horizontes  claros,  como  un  rosal 
silvestre  en  millares  de  botones,  Duguay  Trouin,  junto  con  cum- 
plir los  dieciocho  años  saltaba  al  puente  de  la  fragata  «Douycan» 
para  mandarla  él  solo  en  sus  campañas  incesantes. 

Viene  entonces  en  su  vida  una  pajina  de  poema.  Por  primera 
vez  la  sinfonía  guerrera  de  su  existencia,  cesa  un  momento  para 
dejar  oir  una  voz  de  mujer. 

Era  el  año  1694.  Duguay  iba  a  bordo  del  cDilijente»,  a  combatir 
la  escuadra  inglesa  de  Sir  David  Mitchell,  compuesta  de  seis  bu- 
ques. El  muchacho  corsario  se  lanzó  a  la  batalla,  ebrio  de  arrojo  y 
de  valor.  Durante  una  hora  tronó  la  pólvora,  se  levantó  de  las  na- 
ves horrible  gritería,  y  los  barcos  se  fueron  sobre  los  barcos  bus- 
cándose cada  cual  el  corazón. 

El  «Dilijen te»  se  encontró  acorralado;  su  tripulación  de  héroes 
fué  cayendo  sobre  el  puente,  y  quedó  solo  Duguay  Trouin  desa- 
fiando al  orgulloso  pabellón  de  Sir  David  Mitchell,  que  ñameaba 
elegantemente  sobre  el  palo  de  la  nave  capitana,  como  pudiera  ña- 
mear  en  la  cúpula  de  un  teatro. 

El  muchacho  de  veinte  años  fué  apresado  y  conducido  a  Ply- 
mouth.  Era  el  otoño  y  la  tierra  estaba  cubierta  da  hojas  secas. . . 
Al  caer  la  tarde,  el  corsario,  abstraído  en  su  pensamientos,  sentia  al 
rededor  de  su  cárcel,  el  crujido  de  las  hojas  bajo  la  planta  de  los 
curiosos  que  se  reunían  a  mirarle. 


513 

Entre  ellos  principió  a  acudir  una  linda  muchacha,  hija  de  un 
comerciante  de  la  plaza.  Ella  sabia  la  historia  de  ese  joven  rubio, 
de  ojos  claros  y  talla  jentil  y  vigorosa.  Sabia  que  era  enemigo  de 
su  patria;  pero  el  amor  salva  todas  las  fronteras,  suaviza  todos  los 
odios  y  olvida  todos  los  dolores. 

La  niña  le  abrió  de  noche  las  puertas  de  la  prisión  y  se  contentó 
con  verlo  cruzar  el  canal  de  la  Mancha,  sollozando  de  angustia. 
Duguay  llegó  a  Saint  Malo,  de  donde  habia  partido,  para  hacer  su 
primer  estreno  en  el  «Trinité». 

El  león  estaba  libre  de  nuevo. 

Un  año  reunió  una  flota  y  esperó  en  alta  mar  a  la  escuadra  por- 
tuguesa que  llevaba  al  continente  las  riquezas  del  Brasil.  No  llegó 
a  tiempo,  y  la  presa  escapó. 

Preparó  de  nuevo  su  espedicion  y  se  volvió  a  dar  cita  con  la 
suerte,  para  aguardar  el  paso  del  codiciado  convoi  de  barcos.  No 
fué  posible  librar  batalla,  porque  el  mar  levantó  enormes  vallas  de 
olas  y  salvó  las  naves  portuguesas  de  los  osados  aunque  débiles 
buques  de  Duguay. 

Pero  éste  volvió  de  nuevo  otro  año.  Ya  hasta  las  olas  lo  cono- 
cían y  al  verlo  se  dijeron:  ,«Este  es  el  corsario,  que  viene  todos  los 
años  a  esperar  a  la  flota  del  Brasil».  Pero  atemorizados  los  portu- 
gueses de  la  presencia  de  este  hombre  no  convidado  a  la  fiesta,  no 
enviaron  ese  año  la  remesa  anual  al  tesoro  portugués. 

Duguay  Trouin  se  volvió  pensando  algo.  Al  año  siguiente  cayo 
sobre  Rio  Janeiro.  Si  no  salia  la  flota  portuguesa,  habia  que  bus- 
carla en  el  puerto.  Las  fortalezas  tronaron  muchas  horas  segui- 
das. Duguay  se  batió  con  implacable  zana,  y  por  fin  saltó  a  tierra. 
La  población  habia  huido  dejando  una  ciudad  solitaria.  El  capitán 
corsario  hizo  volver  a  los  habitantes  y  les.  impuso  condiciones. 

La  juventud  le  dio,  por  fin,  un  adiós  a  Duguay,  mientras  que  la 
victoria  seguia  acompañándolo. 

Una  noche  el  corsario  velaba  apoyado  en  la  borda  de  su  buque. 
En  medio  de  la  sombra  creyó  ver  surjir  un  barco  con  bandera 
negra.  Por  primera  vez  tuvo  miedo. 

El  barco  se  acercó  y  un  espectro  saltó  a  su  cubierta  al  abordaje. 

— ¿Quién  eres  tú?,  le  gritó  Duguay. 


5'4 

— Soi  la  muerte,  dijo  el  espectro.  En  poco  tiempo  mas  deberás 
embarcarte  en  mi  nave. 

Fué  una  noche  larga  y  triste.  El  corsario  recorrió  su  vida.  Vio 
la  blanca  torrecita  de  su  pueblo.  Recordó  la  corona  que  alcanzaron 
a  ponerle  en  su  cabeza  de  seminarista.  Pensó  en  la  rubia  mu- 
chacha de  Plymouth,  que  le  salvó  la  vida,  y  sintió  por  primera  vez 
angustia  horrible. 

Duguay  murió  en  Paris  rodeado  del  respeto  y  del  amor  de  todos. 

Fué  valeroso,  noble,  desinteresado. 

Todos  se  enriquecieron  a  su  lado.  El  quedó  pobre  solamente. 

Llegó  el  espectro  al  lado  de  su  lecho  y  le  recordó  que  era  nece- 
sario embarcarse. 

Y  el  corsario  partió  para  no  volver. 

Era  ese  el  único  mar  que  no  habia  surcado  antes. 

4.     4.     4 

Y  ahora  su  grande  espíritu  cruza  los  mares  de  nuevo  y  lleva  de 
costa  en  costa  y  de  puerto  en  puerto,  un  grupo  de  jóvenes  marinos 
franceses  que  hacen  las  primeras  armas  de  una  gloriosa  carrera. 

¡Salud  a  la  sombra  inmortal  de  Duguay  Trouin,  y  a  los  marinos 
franceses  que  tripulan  la  nave  erijida  eu  su  nombre! 


La  Sinfonía  del  Miagara 


«El  príncipe  Enrique  de  Pru- 
sia,  con  su  comitiva,  pasó  el  dia 
de  ayer  en  el  Niágara». 


LA  gran  república  ha  conducido  al  huésped  real  que  recorre 
atónito  sus  ciudades,  hasta  la  catarata  del  Niágara,  una  de  las 
maravillas  del  mundo. 
Allí  donde  la  naturaleza  humana  se  rinde  ante  la  fuerza 
tormentosa  de  esas  aguas,  Enrique  de  Prusia  puso  atento  el 
oido,  despierto  el  corazón  y  ájil  la  fantasia. 

— Creo  oir — habrá  dicho— algo  así  como  preludios  de  orquesta- 
ción wagneriana.  Me  parece  que  del  medio  de  estas  aguas  que  sal- 
tan en  un  haz  jigantesco  de  chispas  y  de  espuma,  brotarán  estam- 
pidos de  cañón,  gritos  de  batallas,  cantos  de  mujer,  estortores  de 
agonia  y  burras  de  triunfo. 

Y  el  espíritu  de  Mac-Kinley,  separándose  de  aquella  revuelta 
tempestad  de  truenos  y  rujidos,  como  un  jirón  de  impalpable  gasa, 
susurra  al  oido  de  Enrique: 

— Príncipe:  oye  atentamente  lo  que  dice  al  viajero  la  catarata  del 
Niágara.  Este  clamor  sordo,  enorme,  de  gradaciones  terribles  y 
jigantescas,  discorde  a  veces,  concertado  y  unísono  otras,  es  el 
poema  sinfónico  de  mi  patria.  Lo  que  entre  estas  aguas  que  saltan 


Si6 

con  ímpetu  titánico,  llega  hasta  el  oido  del  caminante,  es  la  epo- 
peya del  trabajo,  de  la  civilización  y  de  la  victoria.  Aquí  oyes  tú 
el  himno  triunfal  de  un  gran  pueblo. 

Y  la  sombra,  desapareciendo  en  el  aire  como  si  fuera  una  chispería 
de  la  misma  catarata,  fué  a  confundirse  con  ese  torrente  que  se 
lanza  al  abismo  durante  siglos. 

Y  Enrique  oyó  con  el  silencio  relijioso  con  que  en  Bayreuth 
oyen  los  adoradores  de  Wagner  la  cabalgata  de  las  Walkirias.  Y 
el  Niágara  decia  asi: 

Recorriendo  la  tierra  americana,  he  visto  sus  ciudades,  sus  fá- 
bricas, sus  campos,  y  he  resuelto  lanzarme  de  la  altura  antes  que  el 
vértigo  me  despeñara  en  el  abismo.  Han  cruzado  mis  aguas  los 
injenieros  mas  intrépidos,  los  soldados  mas  fuertes,  las  mujeres 
mas  hermosas  de  la  tierra.  He  sentido  contar  a  los  millonarios  sus 
caudales  y  después,  de  sobremesa,  me  han  arrojado  a  mi  cauce  mi- 
llares de  doi/ars,  mientras  cantaban  alegremente.  Sobre  mí,  que  me 
arrastro  a  flor  de  tierra,  hai  otra  gran  serpiente  que  vibra  en  el  aire. 
Es  el  rio  de  la  palabra  humana  que  se  aleja  cabalgando  en  alam- 
bres de  cobre,  con  carrera  vertijincsa  v  frenética.  Viajero:  mira 
donde  quieras,  y  en  lugar  del  viejo  bosque  de  robles  y  de  pinos, 
encontrarás  la  selva  de  cañones  que  alzan  sus  bocas  al  cielo  y 
arrojan  espirales  de  humo.  Mira  donde  quieras,  si  vienes  de  Rusia, 
y  verás  a  todo  el  mundo  libre.  Mira  donde  quieras,  si  vienes  de 
Jermania,  y  verás  que  el  sable  de  acero  brilla  solamente  en  las  ba- 
tallas. Mira  donde  quieras,  si  de  Inglaterra  llegas,  y  verás  que  las 
guerras  se  inician  y  se  acaban  de  un  golpe. 

&    f^    9É 

Y  en  ese  momento,  cayendo  el  sol  sobre  el  torrente  de  las  aguas, 
se  formó  en  la  blanca  chisperia  el  arco  iris,  como  si  se  hubieran 
echado  pinceladas  de  color  sobre  el  mas  trasparente  cristal  de  roca. 

Y  del  fondo  de  la  sinfonía  wagneriana  pareció  salir  un  coro  de 
voces  dulcísimas,  arjentinas,  celestiales,  que  cantaban  a  la  libertad, 
a  la  paz  y  al  progreso. 


JP       JP 


"íDe  mata  tu  ¡nóiferencia** 


El*  párrafo  de  crónica  que  anuncia  la  aparición  oe  un  nuevo 
valse,  jeneralniente  un  valse  brillante,  tiene  la  majia  de  atraer 
sobre  cualesquiera  otros  la  mirada  de  un  centenar  de  chiqui- 
llas filarmónicas,  que  tanto  se  ensayan  en  tocar  el  piano  forte 
como  en  recorrer  por  primera  vez  el  teclado  del  amor.  Por 
cierto  que  los  bemoles  de  estos  últimos  ejercicios  son  mucho  mas 
difíciles  que  los  de  los  primeros. 

En  un  diario  de  la  mañana  se  da  la  noticia  de  la  publicación  de 
tres  composiciones  pira  piano,  del  finado  compositor  nacional  don 
Rodolfo  Lucero.  Suj estivos  estos  títulos  como  siempre  lo  han 
sido  los  del  malogrado  Lucero,  se  llaman  las  obras  inéditas:  Los 
ojos  de  un  Arcánjel,  Acuérdate  de  mi  y  Me  mata  tu  indiferencia. 

La  noticia,  tardia  para  que  el  recuerdo  a  la  memoria  de  Rodolfo 
Lucero  sea  una  nota  de  actualidad  palpitante,  viene,  sin  embargo, 
en  los  diarios  de  hoi.  Acuérdate  de  mi^  dice  una  de  sus  composicio- 
nes; y  se  nos  ocurre  que,  en  efecto,  en  algún  pequeño  salón  de  la 
calle  Eleuterio  Ramírez  o  de  Gálvez  adentro,  el  pequeño  salón  en 
que  los  muebles  están  metidos  en  fundas  blancas  y  hai  sobre  el 
piano  canastillos  con  flores  de  trapo;  el  salón  en  que,  debajo  de 
cada  florero,  se  ha  puesto  un  pañito  bordado  por  las  niñas  de  la 
casa  y  en  medio  de  la  mesa  de  centro,  una  mistelera  obsequiada  por 


5i8 

un  pretendiente  ya  olvidado,  durante  un  noviazgo  ya  fenecido;  se 
nos  ocurre,  decimos,  que  allí  se  ha  sentado  la  muchacha  de  ojos  y 
pelo  negros,  fijando  los  ojos  en  las  pajinas  recien  impresas  del 
valse  de  Lucero,  y  dejando  volar  ta  fantasía  a  muchos  almibarados 
recuerdos  de  antaño. 

Y  mientras  las  sencillas  melodías  de  tono  quejumbroso,  blandas 
y  suaves  como  motas  de  algodón,  verdaderas  melopeas  cursis  que 
parecen  hablar  de  artículos  de  tocador,  y  sujteren  imajinaciones  es- 
polvoreadas con  polvos  de  arroz,  van  saltando  del  teclado  y  ca- 
yendo a  la  gastada  alfombra,  donde  comienza  ya  a  aparecer  la  trama 
de  cañamazo,  la  muchacha  recuerda  el  primer  valse  de  Lucero  y  las 
primeras  emociones  del  baile,  cuando  en  el  piano  tocaban  Por  amor 
cantan  las  aves,  y  ella  jiraba  como  una  ondina  en  brazos  de  un  Romeo, 
traidor  mas  tarde,  ingrato  y  fementido. 

Todo  esto  se  recuerda.  Y  el  modesto  Lucero,  que  luchó  por  la 
vida  y  consiguió  un  dia  que  le  llamaran  iluslrisimo  señor  en  una  nota 
brasilera  en  que  le  daban  las  gracias  por  una  composición  de  ca- 
rácter diplomático  mas  que  musical,  sonriendo  mas  allá  de  la 
muerte,  se  preguntará  lleno  de  dudas:  ¿Será  esta  la  inmortalidad? 

Nó,  no  es  la  inmortalidad.  Pero  hai  injenios  modestos  que  logran 
dejar  con  obras  de  escaso  valor  artístico,  huellas  profundas  e  im- 
borrables. Ni  Chopin  el  clásico,  ni  Shaminade  el  esquisito,  logra- 
rían hacer  comprender  en  ese  salón  cito  que  hemos  apuntado  mas 
arriba,  el  mas  sencillo  de  sus  admirables  compases.  Entre  tanto,  el 
valse  de  Lucero,  con  su  nombre  de  cursi  intención,  con  ese  tono 
melancólico  y  acuecado^  con  el  compás  señalado  hasta  la  exajera- 
cion;  inspira  idílicas  sujestiones,  hace  brillar  los  ojos  con  emoción 
sencilla,  y  convierte  en  desenfrenado  baile  la  reunión  modesta  en 
que  unas  parejas  se  aman  y  otras  desean  amarse. 

¡Lucerol  El  comprendía  perfectamente  que,  como  a  Lázaro,  le 
tocaba  sólo  recojer  las  migajas  del  banquete  musical  a  que  están 
invitados  los  grandes  maestros;  él  veia  lejos  de  sí,  niui  lejos,  des- 
tellando en  el  horizonte  como  una  aurora  boreal,  la  luz  de  la 
armonía  y  la  esplosion  del  jenio;  pero  como  el  loco  que  quiere  alcan- 
zar con  sus  manos  una  estrella,  pretendía  en  vano  recorrer  ese  cami- 
no; pero  reconocida  la  impotencia  de  sus  esfuerzos,  se  contentaba  al 
fin  con  caer  de  rodillas  y  rendir  culto  relijioso  a  la  suprema  belleza. 


5^9 

Y  el  maestro  tenia  que  reconocer  que  las  hojas  de  sus  valses  no 
llegarían  a  posarse  sobre  el  atril  de  los  aristocráticos  pianos  de 
cola,  esas  enormes  cajas  sonoras  de  tapa  levantada,  que  parecen  en 
el  rincón  de  la  lujosa  sala,  una  enorme  ave  herida,  que  despliega 
una  ala  negra  al  viento.  En  esos  pianos  tenian  sólo  entrada  res- 
petuosa los  grandes  concertistas  encabezados  por  Listz,  y  no  los 
modestos  soñadores,  que  pasaban  las  veladas  recorriendo  el  teclado 
con  mano  febril,  sin  conseguir  una  sola  melodía  feliz,  de  esas  que 
estallan  como  un  cohete  de  luz  y  quedan  silbando  en  el  laire,  sino 
pobrísimas  concepciones  de  escaso  vuelo,  prosaicas  armonías  de 
frialdad  imponderable. 

Si  una  composición  musical  de  los  grandes  maestros  puede  com- 
pararse con  una  ave  que  vuela,  los  valses  de  Lucero  no  llegan  a 
ser  otra  cosa  que  volantines  chupetes.  Pero  ¿qué  culpa  tenia  él? 
Cada  cual  llega  donde  puede. 

Entre  tanto,  que  ningún  osado  se  atreva  a  deprimir  al  finado 
maestro  Lucero  delante  de  sus  parroquianos  de  20  años.  Delante 
de  ellos  se  podrá  decir  que  Verdi  era  un  organillero;  pero  que  no 
se  diga  que  Lucero  no  era  uno  de  los  primeros  jenios  musicales 
del  siglo  pasado. 

Los  valses  de  Lucero  se  vendían  en  Chile  y  en  la  costa  del  Pa- 
cífico, mucho  mas  que  esos  simpáticos  valses  de  Ramenti,  el  com- 
positor arjentino.  Naturalmente,  aquellos  son  mui  inferiores  a 
éstos.  En  realidad,  no  admiten  comparación. 

La  casa  editora  llamaba  muchas  veces-a  Lucero  para  demandar 
con  ansias  su  último  valse.  El  maestro  lo  sacaba  de^  bolsillo  y  lo 
tocaba  al  piano. 

— Está  bien,— le  decia  un  alemán. — Pero  deberá  usted  agregarle 
tres  pajinas  para  poderlo  vender  a  un  peso. 

— Muí  sencillo:  se  da  vueltas  el  motivo  de  abajo  para  arriba. 

Y  lo  daba  vueltas  del  revés,  como  se  puede  hacer  con  un  cal- 
cetín. 

Los  valses  de  Lucero  son  una  especie  de  diccionario  cursi  del 
amor.  ¿El  joven  se  ponia  desdeñoso  con  su  novia?  Se  sentaba  ésta 
al  piano  y  tocaba  Me  7Ío  de  tus  desdenes,  ¿Insistía  en  su  frialdad  e  in- 
diferencia? Le  llegaba  el  tumo  al  vals:  Quiéreme  y  uo  te  pesará.  Por 
el  contrario,  ¿se  ponia  él  demasiado  fervoroso,  mui  elocuente,  mui 


520 

apasionado?  Abría  ella  en  el  atríl  un  valse  y  le  decía: — ^Voi  a  to- 
carte El  corazón  ardiendo, 

Hoi  dia,  muerto  Lucero,  y  prodncida  en  tomo  suyo  una  simpatía 
deferente,  seguirá  hablando  la  carátula  de  su  último  valse 

Acuérdate  de  mi, 

Y  nos  acordaremos  de  él,  que  fué  un  hombre  bueno,  modesto, 
luchador  abnegado  y  artista  humilde. 


HO  mñS  TUBERCULOSIS 


EL  TRIUnFO  DEL  PñLQUI 


LA  Academia  de  Medicina,  según  nuestros  telegramas  de  ayer, 
confirmados  por  los  de  la  mañana  de  hoi,  ha  recibido  infor- 
maciones sobre  la  curación  del  84  por  ciento  de  los  casos  de 
tuberculosis,  por  medio  de  la  inyección  de  un  líquido  estraido 
de  ciertas  plantas  orijinarias  de  Chile  y  Colombia. 
¿Qué  dicen  esos  médicos  que  han  salvado  los  Andes,  cruzado  el 
Atlántico,  recorrido  la  Hurppa,  en  busca  de  un  remedio  contra  la 
tuberculosis,  al  encontrarse  con  que  la  panacea  estaba  en  la  casa? 
Cuentan  que  un  dia  estuvo  un  príncipe  mui  joven,  mui  hermoso 
y  mui  rico — como  deben  ser  los  príncipes — en  una  pequeña  aldea 
donde  habia  cinco  o  seis  muchachas  sumamente  hermosas.  El 
príncipe  las  atendió  a  todas,  las  obsequió  a  todas  y  al  parecer  se 
fué  de  todas  enamorado — que  es  lo  que  también  suele  ocurrir  con 
los  príncipes.  Pero,  al  poco  tiempo,  se  supo  que  al  llegar  a  su  pa- 
lacio, el  príncipe  habia  resuelto  casarse  con  una  de  las  cinco  o  seis 
muchachas  de  la  aldea.  Y  aquí  fueron  las  incertidumbres,  las  es- 
peranzas, las  ansiedades,  los  temores,  las  consultas  largas  en  el 
espejo,  de  todas  esas  candidatos  a  princesas,  porque  cada  cual  se 


creía,  al  mismo  tiempo  que  las  otras,  la  única  preferida  del  prín* 
cipe. 

Demos  una  mirada  a  las  yerbas  chilenas  que  esperan  su  senten- 
cia de  fama  y  renombre  universal,  y  las  veremos  a  todas  diciendo 
con  suprema  esperanza:  ¿Seré  yo  la  afortunada? 

Jfaó/a  elpalqui:  Aquí  estoi  yo,  humilde  yerba  que  crezco  a  todo 
aire  y  a  todo  sol,  en  el  potrero  ilimitado.  Soi  veneno  para  los  ter- 
neros, es  verdad,  ¿pero  ignora  alguien  en  Chile  que,  golpeándolas 
con  mis  varillas,  caen  súbitamente  muertas  las  culebras?  Y  la  tu- 
l>erculosis  ¿no  han  dicho  todas  las  eminencias  que  es  una  culebra 
que  se  arrastra  sin  sentirse  y  se  enrosca  cuando  menos  se  piensa? 
Soi  yo;  no  hai  duda.  jSoi  yo  la  del  premio  gordo!  Me  cultivarán  en 
largas  melgas  abiertas  al  sol,  me  guardarán  en  invernáculos  en  los 
paises  helados,  me  empaquetarán  en  fajas  de  colores,  con  etiquetas 
vistosas  y  elegantes.  En  la  cuarta  plana  del  Fígaro  apareceré  en 
grandes  letras:  Palqui,  Palqui,  la  célebre  herbé  du  Chili.  Lasculcqut 
peut  7>oiis  gnérir  de  la  tuberculosis.  Se  méfier  des  conirefafons. 

En  el  AWí'  Vork  Herald  una  pajina  entera  cantará  mis  virtudes: 
¡Palquif  ¡Palgtfi!  Tlte  great  Chillan  plant,  SoU  remedy  for  ihe  tuberculosis. 
Bel  vare  of  imitations. 

Y  quedaré  en  los  escaparates  de  las  droguerías  dentro  de  her- 
mosísimos frascos  de  cristal! 

Habla  el  culen:  ¿Y  yo?  Me  dice  el  corazón  que  mis  florcitas  azules 
son  señal  de  buena  suerte.  Mis  raspaduras  han  librado  a  una  buena 
parte  de  la  humanidad  de  los  retortijones  de  estómago.  El  que  se 
ensalza  será  humillado,  y  el  que  se  humilla  será  ensalzado.  Me  da 
en  el  corazón  que  el  palqui  se  va  a  quedar  para  matar  culebras  so- 
lamente. iSi  me  sacara  el  premio  gordo!  Pasarla  a  ser  The  cuUn.  Le 
culen^  etc.,  etc. 

Habla  el  nafre  ¿Y  todavía  no  se  les  ocurre  que  la  elejida  soi  yo? 
¡Se  conoce  que  no  han  tenido  ustedes  fiebres!  Denme  cuarenta  gra- 
dos y  junta  de  médicos,  rodeen  al  enferme  de  sollozos  y  suspirosi 
llamen  al  confesor  si  es  preciso.  Y  en  esta  decoración  entro  yo. . .  (No 
me  pregunten  ustedes  cómo  entro,  porque  eso  seria  revelar  secretos 
que,  a  pesar  de  ser  secretos,  los  conocen  todos  ustedes).  Entro  yo, 
decia,  y  la  fiebre  baja.  Créanlo,  la  Academia  de  Medicina  no  tardará 
en  declararme  jerba  célebre,  yerba  académica,  y  yerba  inmortaL 


523 

Habla  el  holdcr.  ¡Cuidado  conmigo!  Sirvo  para  el  hígado,  y  si  no 
me  engaño,  los  hígados  no  están  mui  distantes  de  los  pulmones. 
Yo  no  ambiciono  nada.  Levanto  mi  follaje  verdinegro  en  el  faldeo 
de  los  cerros.  Sirvo  de  paradero  a  los  pájaros,  de  sombra  a  los 
arrieros,  de  orientación  a  los  cateadores  de  entierros  o  de  minas. 
Pero  si  viene  la  inmortalidad,  que  venga. 

Hablan  varias:  ¿Seremos  nosotras?  Nos  tratan  de  maleza,  pero  las 
yerbateras  nos  recetan.  ¡Cuidado! 

Y  así  sigue  la  cosa.  Podria  de  todo  ello  hacerse  -una  zarzuela 
nacional  que  se  llamara  La  Yerbatera, 

Pero,  volviendo  a  nuestro  tema,  ;qué  grata  sorpresa  la  recibida! 

Que  alce  ahora  el  gallo  la  Arjentina,  que  hagan  propaganda  en 
contra  nuestra  el  Perú  y  Bolivia,  que  se  niege  Inglaterra  a  fallar  en 
favor  nuestro  el  litijió  de  límites,  y  les  diremos  nosotros  con  ener- 
jia:  «¡No  hai  palqui,  caballeros!  A  morirse  todos  de  tuberculosis!» 

Pero  puede  resultar  ¡ai  de  nosotros!  que  las  potencias  delicadas 
de  pulmones,  acuerden  conquistarnos  por  razón  de  humanidad, 
diciéndonos:  «¡o  el  palqui  o  la  vida!»  Nosotros  contestaríamos  lle- 
nos de  arrogante  soberbia:  «Ni  el  palqui  ni  la  vida*.  Pero  con  se- 
guridad nos  quitarían  ambas  cosas. 

Al  elefante  lo  dejaron  en  paz,  mientras  no  se  corrió  que  tenia 
colmillos  de  marfil. 

¡Alerta  con  la  yerba! 


v^       vff 


El  caballero  Bartes 

(A  una  amiga  de  doce  afios) 


ERAN  esos  tiempos  en  que  había  justas  y  torneos,  en  que  los 
caballeros  vestian  casco  y  cora/a,  en  que  las  damas  escu- 
chaban las  trovas  cantadas  al  pié  de  sus  ventanas,  y  en  que 
subian  por  la  noche  los  trovadores  a  decir  frases  de  amor,  con 
una  mano  sobre  el  puño  de  la  espada  y  la  otra  rodeando  el 
blando  talle  de  la  castellana.  Eran  esos  tiempos  en  que  la  guerra 
y  el  amor  se  disputaban  el  imperio  del  mundo,  y  en  que  los  casos 
graves  y  difíciles  se  resolvían  por  el  ministerio  de  las  hadas. 

£1  joven  caballero  Bartes  habia  sido  trovador.  En  las  noches  de 
luna  pulsaba  el  laúd  al  pie  de  los  castillos,  y  era  fama  en  toda  una 
vasta  comarca,  que  a  sus  notas  habían  caído  desmayadas  de  amor 
muchas  mujeres  hermosas.  Las  manos  del  joven  caballero  Bartes 
eran  blanc&s  y  finas,  y  tan  bien  pulsaban  las  cuerdas  del  laúd 
arrancándoles  notas  hasta  entonces  desconocidas,  como  acaricia- 
ban cabelleras  negras  de  las  morenas  castellanas,  haciéndolas  lan- 
guidecer de  dicha. 

Bartes  aspiraba  a  unirse  a  una  princesita  de  quince  años,  mui 
rubia,  con  unos  ojos  mui  verdes,  distinta  a  las  ardientes  mujeres 
de  su  país,  que  habia  conocido  en  unas  tierras  lejanas.  Siete  du- 
ques habían  solicitado  su  mano,  y  la  princesita  Silma  pensaba  y 
meditaba  plácidamente  para  resolverse,  porque  era  mui  niña  muí 
inocente  y  muí  poco  aficionada  a  los  guerreros. 


5^ 

Muí  a  menudo  había  en  el  castillo  de  los  padres  de  Silma,  que 
eran  hijos  de  reyes,  torneos  en  que  los  siete  duques  lucían  la  des- 
treza de  sus  lanzas  de  plata  y  la  ajilidad  de  sus  caballos,  blancos 
como  la  nieve. 

Pero,  en  cambio,  en  las  noches  de  luna,  Silma  oia  al  pie  de  sn 
ventana  unas  armonías  desconocidas,  que  ni  eran  voces  de  ánjdes, 
ni  música  guerrera,  y  que  le  conmovían  esa  alma  y  ese  cuerpecito 
de  virjen,  que  habian  formado  quince  primaveras  seguidas,  con  la 
esencia  de  las  flores  del  contomo. 

Un  dia  Silma  separó  las  ramas  verdes  de  la  madreselva,  que  ya 
entonces  servia  para  encubrir  castamente  las  imprevistas  desnu- 
deces de  las  veladas  de  amor,  y  asomó  la  rubia  cabeza.  Abajo, 
parado  al  pié  de  la  tupida  enredadera,  un  trovador  moreno  y  de 
negros  ojos  pulsaba  el  laúd  y  clavaba  en  su  ventana  la  amorosa 
mirada  que  jamas  habla  encontrado  en  los  siete  duques  de  caballos 
blancos. 

¿Me  querrá  a  mi  ese  hombre? — pensó  Silma.  Y  en  su  almita  de 
quince  años,  cerrada  aun  a  los  misterios  del  amor,  sintió  un  estre- 
mecimiento. Quisiera  irme  con  él — pensó — a  un  país  en  que  las  mu- 
jeres tengan  también  los  ojos  negros  y  negro  el  cabello,  en  que  se 
ame  mucho  a  la  luz  de  la  luna,  en  que  no  se  sienta  ruido  de  armas. 

Pero  Bartes  habla  terminado  j-a  su  canción,  y  se  alejó  tristemente 
a  la  luz  de  la  luna  hacia  el  pais  en  que  todos  tenían  ojos  negros, 
en  que  habia  un  cielo  mui  azul,  unas  montañas  verdes  y  unas  mu- 
jeres de  mirada  ardiente. 

«    «    « 

En  un  bosque  cerca  del  castillo  del  joven  caballetu  Bartes,  en 
que  sucedían  cosas  misteriosas  y  no  oídas,  habia  una  hada  joven, 
que  aparecía  sólo  en  las  noches  de  luna  y  que  protejia  los  amores 
contrariados.  Ella  habló  a  Bartes  de  la  viíjencita  rubia,  y  sopló  en 
el  oido  de  Silma  el  primer  incendio  de  amor.  Y  hubo  escala  de 
cnerdas,  y  hubo  un  caballo  negro  en  que  escapó  Silma  al  lado  de 
Bartes  y  llegaron  ambos  al  castillo,  y  ya  no  pudieron  ver  a  la  hada 
joven  que  aparecía  en  las  noches  de  luna  y  protejia  los  amores 
contrariados. 


527 

Esa  noche  los  siete  duques  llegaron  con  muchísima  jente  armada 
de  lanzas,  rodearon  el  castillo  de  Bartes,  que  no  tenia  servidores,  y 
tomando  a  Silma  por  la  cintura,  huyeron  con  ella  sin  dar  oidos  a 
su  llanto  de  niña. 

Bartes  quedó  solo,  y  resolvió  no  seguir  viviendo,  ya  que,  sin  ser- 
vidores, no  era  posible  poner  sitio  a  los  siete  duques.  Y  cuando  iba  a 
Isinzarse  desde  la  torre  del  castillo  hacia  el  foso  mas  hondo  que  lo 
circundaba,  una  voz  de  mujer  le  dijo:  0\r.  Trovador.  Era  el  hada  del 
bosque. 

«En  el  bosque  en  que  yo  vivo  hai  antiguos  combatientes  que 
murieron  en  una  batalla  mui  lejana.  Sobre  cada  combatiente  creció 
después  un  árbol — créelo,  Bartes — y  yo  tengo  facultad  para  hacer- 
los revivir.  Marcha  tú  sobre  los  siete  duques,  sin  mirar  nunca  hacia 
atrás,  y  de  cada  árbol  del  bosque  irá  saliendo  un  combatiente  ar- 
mado, y  cuando  salgas  del  bosque  irá  tras  de  ti  un  ejército  mas 
numeroso  que  el  de  los  siete  duques  unidos». 

El  hada  estrechó  a  Bartes  con  sus  largos  y  jóvenes  brazos,  y 
Bartes  salió  de  Castillo,  animado  por  estraña  fortaleza.  La  noche 
estaba  serena,  plateada,  sobre  la  negra  silueta  del  bosque.  Bartes 
sentia  sonar  sus  pasos  solitarios  sobre  el  suelo,  y  dudaba  mucho 
de  la  hada  joven,  porque,  aunque  era  su  amiga,  no  tenia  todavía  el 
saber  de  las  hadas  viejas. 

Entró  al  bosque  cuando  el  silencio  era  intenso,  y  avanzó  con  va- 
lor. Un  estremecimiento  recorrió  su  cuerpo;  otros  pasos  sonaban 
tras  de  sí,  otros  que  no  eran  los  suvos  y  que  parecían  de  un  hom- 
bre pesado  por  las  armas. 

Los  pasos  aumentaban  a  medida  que  se  internaba  en  el  bosque. 
Ya  no  era  un  guerrero,  eran  cien  guerreros  que  marchaban  con  el 
sordo  rumor  de  sus  zapatos  de  acero.  Bartes  no  miraba  sino  hacia 
el  frente,  y  mentía  con  honda  emoción  y  estraño  temor  cómo  au- 
mentaban los  guerreros  y  cómo  el  rumor  de  la  marcha  parecía  ya 
un  trueno. 

Había  roce  de  las  mallas  de  cuero  con  la  corteza  de  los  árboles, 
ruido  de  choques  de  las  lanzas  con  las  corazas,  acompasado  golpe 
de  los  pies  calzados  de  acero  reluciente.  Y  el  rumor  era  cada  vez 
mas  grande,  porque  los  guerreros  iban  centuplicándose  cuanto  se 
iba  haciendo  mas  espeso  el  bosque. 


5»» 

A  lo  Igos  se  dibujó  la  silueta  del  castillo  de  los  siete  duques,  y 
un  agudo  sonido  del  cuerno  de  cobre  de  la  atalaya  armada  en  la 
mas  alta  torre,  rompió  los  aires  y  fué  saltando  en  ecos  cortados  y 
deshechos,  hasta  ya  no  sentirse 

Al  sonido  de  ese  cuerno  de  alarma  respondieron  los  guerreros 
que  seguían  a  Bartes  con  un  clamoreo  de  otros  tiempos  mui  anti- 
guos, que  ya  no  se  usaba  entonces,  ni  habrían  podido  darlo  las 
gargantas  humanas. 

El  combate  comenzó  cuerpo  a  cuerpo,  porque  los  siete  duques 
salieron  fuera  de  los  muros,  y  los  guerreros  de  Bartes,  vestidos  de 
estraña  manera,  los  decapitaron  al  cabo  de  una  hora  de  reñida  pe- 
lea, y  dejaron  millaies  de  cabezas  tapando  los  fosos  del  castillo. 

Silma  cayó  desmayada  en  brazos  del  joven  caballero  Balites,  que 
se  volvió  al  castillo,  sin  mirar  hacia  atrás. 

Al  entrar  al  bosque,  los  pasos  fueron  disminuyendo  gradual- 
mente. Ya  no  eran  miles  sino  cientos,  ya  no  eran  cientos  sino  uno, 
ya  no  eran  sino  los  pasos  de  Bartes,  que  llevaba  sobre  sus  hombros 
la  liviana  carga  de  la  pálida  y  desmayada  virjencita. 

A  la  puerta  del  castillo  estaba  la  joven  hada  con  los  ojos  lloro- 
sos, sentada  en  la  escalinata  de  piedra. 

«Convídame  en  pago — !e  dijo  a  Bartes — a  presenciar  muda  este 
festin  de  amor.  Yo  no  tuve  hada  que  me  uniera  al  hombre  amado. 
Hoi,  inconsútil  ya,  me  contento  con  ver  cómo  se  aman  los  que  yo 
uno  a  la  luz  de  la  luna. 

Y  es  fama  que  al  día  siguiente  se  encontró  al  pie  de  cada  árbol 
del  bosque  una  mancha  de  sangre. 


\lé  \íá\lá 


Lñ  RIQUEZñ  DEL  COBRE 


(FANTASÍA    HINEKA) 


Se  nota  mucha  activi- 
dad en  el  mercado  del  co- 
bre... 

El  cobre  disponible  se 
vende  a  xio^  libras  ester* 
linas... 

ESTAS  palabra.s  del  cable,  que  dicen  muí  poco  para  el  que  va  le- 
yendo distraídamente  las  noticias  de  Europa,  cantan  al  oido 
del  minero  como  las  sirenas  de  los  viejos  cuentos  al  oido  de^ 
navegante. 
¿Qué  cantan?  El  eterno  himno  de  los  sueños  y  de  las  es- 
peranzas, en  medio  de  la  luminosa  aureola  de  la  riqueza  que  se  le- 
vanta a  lo  lejos  como  un  sol  naciente. 

*       T       * 

El  minero  va  a  caballo  internándose  por  el  cajón  de  cordillera,  y 
bordea  lentamente  la  cuesta  al  pie  de  la  cual  ruje  el  rio,  arrastrando 
inmensas  piedras  que  simulan  un  lejano  cañoneo.  El  mmero  va 


S30 

pensativo,  con  la  cabeza  caída  sobre  el  pecho,  repitiéndose  esa  do- 
cuente  cifra,  ;ciento  diez  libras!  y  figurándose  con  desesperación  la 
lentitud  con  que  los  apires  sacan  sobre  los  hombros  el  metal,  y  la 
desalentadora  pereza  con  que  las  muías  lo  conducen  hasta  d  fe- 
rrocarril. 

La  cabeza  se  puebla  de  proyectos,  que  luego  la  realidad  ahuyenta 
como  una  bandada  de  golondrinas  posada  sobre  el  hilo  dd  tde- 
grafo.  ¡Cómo  hacer!  De  pronto  le  parece  que  alguien  ha  repetido  a 
su  lado  la  interrogación:  ;Cómo  hacer?  Es  el  murmullo  del  río 
que  le  habla: 

— ¿Sientes  mi  fuerza?  ¿Aprecias  la  velocidad  con  que  avanzan 
mis  aguas?  ¿Sabes  calcular?  ¿Ignoras  que  un  solo  litro  cayendo 
desde  mil  metros  de  altura  desarrolla  un  caballo  de  fuerza?  ¿Sabes 
cuántos  millones  de  litros  van  pasando  en  este  instante  a  tu\dsta? 
¿Oyes  esa  campana  que  suena  a  lo  lejos,  como  un  colosal  gongo 
golpeado  por  un  martinete  jigante,  3'  que  te  pide  cobre,  cobre,  co- 
bre? Encajóname,  lánzame  desde  la  altura,  deja  caer  la  cascada  im- 
ponente sobre  la  turbina  silenciosa,  y  yo  fundiré  tus  piedras  y  de- 
jaré en  la  orilla  del  mar  el  chorro  de  cobre  que  la  cordillera  ha 
cristalizado  en  sus  entrañas. 

Y  las  aguas  pasaron  con  su  estruendo,  y  al  chocar  entre  las  ro- 
cas de  la  orilla,  saltaba  la  espuma  y  heríala  el  sol! 

•fr    4    4 

El  minero  llegó  al  pié  del  cerro  y  comenzó  la  ascención.  Sus 
ojos  ávidos  miraban  la  faja  oscura  que  cntzaba  la  montaña  en  mi- 
llares de  metros.  Esa  faja  era  el  cobre,  el  cobre  solicitado  con  ansia 
por  todos  lf)s  mercados,  el  cobre  de  que  va  hablando  el  ño  en  sü 
nimor  incesante. 

La  faja  sube  y  sube,  asomando  sobre  el  suelo  sus  crestones  du- 
ros y  negruzcos,  en  los  cuales  brilla  de  cuando  en  cuando  una 
manchita  morada  con  reflejos  de  zafiros  y  de  oro.  Se  hunde  des- 
I)ues  con  el  cerro  mismo,  aparece  turjente  con  sus  macizos,  o  desa- 
]>arece  en  la  quebrada  honda  e  impenetrable,  para  asomar  mas  lejos, 
CMi  la  cumbre  de  otros,  hasta  perderse  de  vista,  incansable  en  su 
(ostentación  de  riqueza. 


531 

Al  caer  el  dia,  el  minero  llega  a  la  cancha,  una  mezquina  esten- 
sion  plana  formada  a  barretazos  en  la  roca  dura  y  suspendida  como 
un  nido  de  águila  sobre  el  espacio.  Siente  a  lo  lejos  retumbar  en 
la  quebrada  el  estampido  de  los  últimos  tiros  dados  en  el  fondo 
del  socavón,  y  rendido  por  la  jomada,  se  desmonta  en  silencio  y  se 
recuesta  entre  los  sacos  cargados  de  metal. 

Hs  un  sueño  largo^  interminable,  poblado  de  figuras  que  danzan 
sobre  la  cancha  y  se  despeñan  al  abismo. 

El  río  ha  hablado  la  verdad.  Las  aguas  han  sido  ya  encajonadas, 
y  se  despeñan  desde  enorme  distancia,  formándose  un"  arco-iris 
en  la  chisperia  de  espuma  que  se  levanta.  Una  inmensa  turbina 
jira  en  el  silencio  solemne  de  esa  tarde,  y  los  hilos  de  cobre  van  en 
todas  direcciones  llevando  la  luz,  el  calor  y  la  fuerza.  Otro  cable, 
pero  este  es  de  acero  retorcido,  baja  desde  la  cima  del  cerro;  y  pasan 
sobre  él,  silbando  como  balas,  los  carros  cargados  de  metal.  Hai 
un  silencio  enorme  en  todo  esto.  Ni  un  hombre  cruza,  ni  una  voz 
humana  se  siente.  £s  el  agua  que  se  ha  convertido  en  todo,  en 
vida,  en  sangre,  en  cerebro,  en  voluntad,  en  fuerza. 

V      V      9 

El  minero  ha  despertado.  La  tarde  se  oscurece.  La  realidad  se 
presenta  de  un  golpe.  Los  apires  aparecen  negros,  sudorosos,  can- 
sados, en  la  boca  de  la  mina,  y  silban,  silban  como,  siempre  para 
aliviar  los  pulmones  que  parecen  estallar. 

El  último  tiro  no  da  buenas  esperanzas.  ¡Es  la  eterna  batallal 
Son  las  muías,  son  los  arrieros,  son  los  fundidores  los  que  se  en- 
riquecen. 

El  cobre  está  ano  libras;  pero  el  minero  seguirá  recostándose 
cada  noche  sobre  esos  sacos,  y  el  rio  seguirá  cantando  su  eterno 
poema  de  la  fuerza. 


<r>5 


-^^ 


La    Feria    Popular 


/\  uÉ  pintoresco  campamento  el  del  Parque  Cousiño!  ho  que 
^  I  I  la  vista  alcanza  a  abarcar  es  una  pequeñísima  parte  de  ese 
III  infierno  humano  que  bulle  como  un  enjambre  bajo  los  ár- 
I  \mW  boles  y  se  ajita  como  un  reguero  de  pólvora  encendido. 
I  ^  Si  el  curioso  se  detiene  un  solo  instante  en  el  medio  4e 
la  ancha  avenida  que  rodea  la  elipse,  verá  pasar  en  un  solo  grupo» 
formando  una  sola  compacta  corriente,  coches,  carretones,  golon- 
drinas, jente  de  a  caballo,  htiasos,  militares,  hombres  de  a  pié,  mu- 
jeres con  elegantes  y  chillones  trajes  de  percal.  Todos  van  tan  jun- 
tos, que  parece  pueden  quedar  envueltos  de  un  momento  a  otro  en 
las  ruedas  y  las  patas  de  los  caballos;  pero  es  esa  una  madeja  que, 
perpetuamente  enredada,  se  va  desenredando  sin  cesar. 

AHÍ  están  las  fondas,  formando  una  improvisada  población,  tra- 
zada por  el  capricho  y  edificada  por  la. alegría.  Allí  está  esa  insa- 
ciable boca,  que  se  traga  una  ciudad  entera  y  todavía  espera  pa- 
rroquianos. 

El  campamento  no  ha  acabado  todavía  de  instalarse.  Entre  las 
velas  blancas  de  las  carpas,  circulan  aun  esos  arquitectos  que,  con 
una  pieza  de  tocuyo,  edifican  en  cinco  minutos  La  antigua  gloria  de 
Balmaceda,  dando  los  últimos  toques  a  su  obra. 

Desde  allí  se  ve  la  elipse  levantando  al  cielo,  azul  y  sereno,  una 


534 

enorme  columna  de  polvo  dorado,  mientras  que  cada  vez  que  una 
racha  de  viento  sopla  con  fuerza,  se  logran  divisar  los  puntitos  ro- 
jos, amarillos  y  azules  de  la  tropa. 

La  alegria  mas  franca  y  espontánea  es  el  carácter  de  esta  feria 
tradicional,  que  amanece  como  por  encanto  el  diezinueve,  lo  mismo 
que  si  hubiera  nacido  sobre  la  alfombra  de  césped  verde,  regada 
con  el  relente  de  las  noches  anteriores. 

Allí  pasa  en  gordo  y  cuidado  caballo  tordillo  o  alazán,  el  huaso 
de  las  inmediaciones  de  Santiago,  con  arreos  nuevos  y  lujosas  es- 
puelas de  plata.  Allí  pasa  la  gran  carretela  equipada  por  alemanes, 
que  lanzan  al  aire  las  mas  sonoras  carcajadas  de  su  repertorio,  y  arro- 
jan a  los  transeúntes  serpentinas  de  papel,  que  van  a  enredarse  en  el 
pelo  enmarañado  de  las  cantoras,  o  en  los  gallardetes  de  las  fura 
buríos  tradicionales.  Pasan  los  breaks  llenos  de  muchachas  alegres 
que  han  comprado  en  la  puerta  un  canasto  de  naranjas  durísimas, 
y  van  disparándolas  en  la  travesia  y  levantando  protestas  de  unos 
y  menos  cultas  respuestas  de  otros.  Allí  pasan  las  niñas  que  van 
montadas  en  ancas,  v  asidas,  mitad  por  cariño  y  mitad  por  seguri- 
dad personal,  a  la  cintura  de  los  jinetes.  Y  allí  van,  en  fin,  los  que 
ya  han  probado  demasiadas  veces  el  ponche,  y  se  sienten  co\\ 
vahídos. . . 

Aquc4  desfile  no  cesa,  va  errante  en  busca  de  su  centro.  De  re- 
pente se  desbanda,  y  de  repente  vuelve  a  recibir  refuerzos.  Es  una 
cintura  animada  que  rodea  el  Parque,  un  verdadero  hormiguero 
que  .se  alarga  hasta  la  lejana  guarida. 

CUECA   CON  TAMBOREO  V   HUIFA 

Lo  que  se  desarrolla  ante  la  vista  atónita  y  mareada,  es  un  ver- 
dadero kaleidoscopio,  en  que  cada  dos  pasos  hai  cuadro  nuevo,  co- 
lores nuevos  y  figuras  nuevas. 

Allí  están  las  tradicionales  fondas:  la  de  la  Sucesión  de  T.  Campos, 
la  de  la  Gloria  de  Balmaceda,  la  de  La  znuda  RojaSy  la  del  A/>earse,  »j- 
üas,  que  aquí  hai  ponche!  la  inolvidable  y  tantas  veces  descrita  de 
cueca  con  tamboreo  y  hitifa  y,  finalmente,  una  pintoresca  y  pequeña 
fonda  con  el  sujestivo  título  de  Cantina  del  Ci)ngreso, 

Muchas  de  estas  fondas  están  perfectamente  alfombradas,  tienen 
grandes  espejos  en  el  interior,  piano  forte,  sofaes,  mesas  y  sillas. 


^ 


535 

Naturalmente,  se  levanta  en  lugar  principal  la  elegante  arpa  que 
mas  tarde  sonará  incesantemente,  dando  el  diapasón  altísimo  de  la 
embriaguez  lírica. 

[Calumnia!  La  cueca  no  ha  muerto;  aun  no  ha  nacido  el  sepul- 
turero que  la  eche  encima  la  última  palada  de  tierra.  Y  a  la  cueca 
no  se  la  puede  enterrar  viva. . .  ¡Se  mueve  tanto! 

Que  está  decaída,  que  desfallece  como  una  flor  arrancada  de  la 
mata,  que  ya  no  es  la  hija  de  Andalucía  y  Arabia,  que  ya  no  des- 
tella chispas  si  no  la  ilumina  la  llama  azul  de  alcohol;  eso  es  ver- 
dad, tristemente,  aunque  haya  falsos  voceros  que  lo  nieguen! 

La  hemos  buscado,  la  hemos  perseguido,  tras  de  los  árboles  de 
los  bulliciosos  bosques  laterales  del  Parque. 

La  vimos  muchas  veces,  desgreñada,  sucia,  mal  vestida,  beoda, 
arrastrando  por  el  suelo  la  serpiente  dorada  de  sus  gracias,  la  ten- 
tadora culebra  de  sus  encantos  femeninos,  el  inimitable  y  alegre 
laberinto  de  sus  vueltas.  ¡No  era  ella! 

Pero  en  cambio  la  encontramos  de  repente,  a  la  vuelta  de  una 
avenida.  Nuestro  coche  se  detuvo.  El  público  paró  también,  y  se 
hizo  en  torno  el  silencio  de  la  ansiedad.  Había  allí  algo  que  im- 
ponía y  admiraba:  se  bailaba  la  cueca  clásica^  el  jenuino  baile  que 
queda  sólo  bajo  las  ramadas  de  la  trilla,  y  allá  al  remate  délas  lar- 
gas y  sombrías  alamedas  de  Colchagua  y  Curicó. 

Era  difícil  verlo  todo  y  observarlo  todo,  porque  la  jen  te  se  arre- 
molinaba furiosamente,  abriéndose  paso  a  fuerza  de  codos. 

Ella  era  jentil,  esbelta,  pálida,  con  ojos  negros;  él  no  tenia  ga- 
llardía ninguna;  pero  sí,  una  ajilidad  estraordinaria.  La  muchacha 
llevaba  un  vestido  negro,  con  un  gran  ramo  de  flores  en  el  pecho 
y  una  cinta  celeste  sobre  el  pelo  negrísimo,  acomodado  en  ondas 
y  con  cíen  peinetas  sobre  la  cabeza.  Apenas  se  movía,  mientras  que 
su  compañero  la  enredaba  con  cien  mil  jiros  y  vueltas.  Sus  movi- 
mientos eran  airosos  y  elegantes,  pero  sobrios:  la  cabeza,  las  cade- 
ras, las  rodillas  y  los  píes,  marcaban  el  compás  con  suavísima  in- 
clinación. Se  veía  pasar  la  graciosa  curva  del  baile  al  través  del 
seno  alzado  por  la  respiración  y  el  cansancio,  y  bajar  por  sobre  la 
líne^  de  las  caderas,  para  llegar  hast